El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 106. La partición (Capítulo 106. A partilha)
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En la casa de la calle de San Germán de los Prados, que había escogido para su madre y para sí Alberto de Morcef, el primer piso estaba alquilado a un personaje misterioso.

No prédio da Rua Saint-Germain-des-Prés que Albert de Morcerf escolhera para a mãe e para si, o primeiro andar, constituído por um apartamentozinho completo, estava alugado a uma personagem muito misteriosa.

Era un hombre a quien el conserje no había podido nunca ver la cara, entrase o saliese, porque en el invierno la cubría con una bufanda encarnada, como los cocheros de casas grandes que esperan a sus amos a la salida del espectáculo, y en verano se sonaba siempre en el momento de pasar por delante de la portería.

Preciso es decir que contra las costumbres establecidas, nadie espiaba a aquel vecino, y que la noticia de que era un gran personaje poderoso a influyente había hecho respetar su incógnito y sus misteriosas apariciones.

Essa personagem era um homem a quem nem mesmo o porteiro jamais vira a cara, quer quando entrava, quer quando saía. Porque no Inverno metia o queixo numa dessas gravatas encarnadas como as dos cocheiros das casas ricas que esperam os patrÕes à saída dos espectáculos e no Verão assoava-se sempre precisamente no momento em que poderia ser visto ao passar diante do cubículo. Escusado será dizer que, contrariamente a todos os usos e costumes, esse habitante do prédio não era espiado por ninguém e que o boato que corria de que o seu incógnito ocultava um indivíduo muito altamente colocado e de braço comprido bastava para que se respeitassem as suas misteriosas apariçÕes.

Sus visitas eran ordinariamente fijas, aunque algunas veces se adelantaban o retrasaban, pero casi siempre, lo mismo en invierno que en verano, a las cuatro de la tarde, tomaba posesión de su cuarto y jamás pasaba en él la noche.

As suas visitas eram habitualmente fixas, embora por vezes fossem antecipadas ou adiadas; mas quase sempre, de Inverno ou de Verão, era por volta das quatro horas que tomava posse do seu apartamento, no qual nunca passava a noite.

La discreta criada, a la que estaba confiado el cuidado de la habitación, encendía la chimenea en el invierno a las tres y media, y a la misma hora en verano subía helados y refrescos.

Como hemos dicho, a las cuatro llegaba el misterioso personaje.

às três e meia, no Inverno, o lume era aceso pela criada discreta que cuidava do apartamentozinho; às três e meia, no Verão, as janelas eram abertas pela mesma criada.

Veinte minutos más tarde un coche se detenía a la puerta de la casa, y una mujer vestida de negro o de azul muy oscuro, pero cubierta siempre con un espeso velo, se apeaba, pasaba como un relámpago por delante de la portería y subía sin que se sintiesen en la escalera sus ligeras pisadas.

jamás le preguntaron adónde iba.

às quatro horas, como dissemos, chegava a misteriosa personagem.

Vinte minutos depois dele, parava uma carruagem diante do prédio; uma mulher vestida de preto ou de azul-escuro, mas sempre envolta num grande véu, apeava-se, passava como uma sombra diante do cubículo e subia a escada sem que se ouvisse estalar um só degrau debaixo dos seus pés ligeiros.

Sus facciones, como las del caballero, eran completamente desconocidas a los guardianes de la puerta, conserjes modelos, solos quizás en la inmensa cofradía de porteros de la capital, capaces de semejante discreción,

Nunca acontecera perguntarem-lhe aonde ia.

A sua cara, tal como a do desconhecido, era portanto absolutamente estranha aos dois guardas da porta, porteiros modelo, talvez os únicos, na imensa confraria dos porteiros da capital, capazes de semelhante discrição.

Inútil es decir que jamás pasaba del primer piso, llamaba a la puerta de un modo particular, abríase ésta, se cerraba en seguida herméticamente, y he aquí todo.

Escusado será dizer que a mulher não ia além do primeiro andar. Aí, arranhava numa porta de forma especial, a porta abria-se, voltava a fechar-se hermeticamente e pronto.

Para salir tomaban las mismas precauciones que para entrar.

Para saírem do prédio, a mesma manobra que para entrarem.

Primero salía la desconocida, cubierta siempre con el velo, y tomaba el coche, que desaparecía tan pronto por un lado de la calle como por el otro. A los veinte minutos bajaba el desconocido cubierto con su bufanda o tapándose con el pañuelo.

A desconhecida saía primeiro, sempre velada, e metia-se na sua carruagem, que ora desaparecia por uma extremidade da rua, ora por outra. Depois, passados vinte minutos, saía por sua vez o desconhecido, enterrado na sua gravata ou oculto pelo seu lenço, e desaparecia igualmente.

Al día siguiente a aquel en que el conde de Montecristo hizo la visita a Danglars y tuvo lugar el entierro de Valentina, el misterioso inquilino entró hacia las diez de la mañana en lugar de las cuatro de la tarde.

No dia seguinte àquele em que o conde de Monte-Cristo visitara Danglars, dia do funeral de Valentine, o locatário misterioso entrou por volta das dez horas da manhã, em vez de entrar, como de costume, cerca das quatro horas da tarde.

Casi inmediatamente y sin aguardar el intervalo ordinario, llegó un coche de alquiler, y la señora cubierta con el velo subió rápidamente la escalera.

Quase imediatamente, e sem guardar o intervalo habitual, chegou uma carruagem de praça e a dama velada subiu rapidamente a escada.

A porta abriu-se e fechou-se.

La puerta se abrió y se cerró, pero antes que estuviese del todo cerrada, la señora había exclamado:

Mas ainda antes de a porta se fechar, a dama exclamou:

- Lucien, meu amigo!...

-¡Oh! ¡Luciano! ¡Oh!, ¡amigo mío!

De modo que el conserje, que sin quererlo había oído aquella exclamación, supo por primera vez que su inquilino se llamaba Luciano; pero como era un portero modelo, se propuso no decirlo ni aun a su mujer.

De modo que o porteiro, que ouviu sem querer tal exclamação, soube então pela primeira vez que o seu locatário se chamava Lucien. Mas como era um porteiro modelo, prometeu a si mesmo nada dizer nem sequer à mulher.

- Afinal, que aconteceu, querida amiga? - perguntou aquele de quem, na sua perturbação ou precipitação, a dama velada revelara o nome. - Vamos, diga!

-Y bien, ¿qué hay, amiga querida? -respondió éste, pues la turbación y prisa de la señora le habían hecho conocer quién era-, hablad, decid.

- Meu amigo, posso contar consigo?

-¿Puedo contar con vos?

- Certamente, sabe-o muito bem. Mas que aconteceu? O seu bilhete desta manhã deixou-me numa perplexidade terrível. Nunca vi tanta precipitação e desordem nos seus escritos. Vamos, tranquilize-me ou assuste-me por completo!

-Desde luego, ya lo sabéis. Pero ¿qué ocurre? Vuestro billete de esta mañana me ha producido una terrible preocupación. La precipitación, el desorden de vuestra carta, vamos, tranquilizaos, o acabad de espantarme de una vez. ¿Qué hay?

- Lucien, uma grande novidade! - disse a dama, pousando em Lucien um olhar interrogador. - O Sr. Danglars partiu esta noite.

-¡Luciano, un gran acontecimiento! -dijo la señora, fijando en él una mirada investigadora-, el señor Danglars se ha fugado la pasada noche.

- Partiu?... O Sr. Danglars partiu? Para onde?

- Ignoro.

- Ignora? ... Quer dizer que partiu para não mais voltar?

-¡Danglars! ¿Y dónde ha ido?

-Lo ignoro.

-¡Cómo! ¿Lo ignoráis? ¿De modo que es para no volver más?

- Sem dúvida! às dez horas da noite os seus cavalos conduziram-no à Barreira de Charenton. Aí, encontrou uma berlinda de posta completamente atrelada, meteu-se nela com o seu criado de quarto e disse ao seu cocheiro que ia a Fontainebleau.

-¡Sin duda! A las diez su carruaje le condujo a la barrera de Charentón. Allí encontró una silla de posta, subió con su ayuda de cámara, diciendo a su cochero que iba a Fontainebleau.

-Entonces, ¿qué decís?

- E a senhora, que diz a isso?

- Espere, meu amigo. Ele deixou-me uma carta...

- Uma carta?...

- Sim. Leia.

E a baronesa tirou da bolsa uma carta aberta, que apresentou a Debray.

-Esperad, amigo mío. Me había dejado una carta.

-¿Una carta?

-Sí; leed.

Y la baronesa sacó del bolsillo una carta abierta que presentó a Debray.

Antes de a ler, Debray hesitou um instante, como se procurasse adivinhar o que ela continha, ou antes como, fosse o que fosse que ela contivesse, estivesse decidido a tomar antecipadamente um partido.

Se detuvo un momento antes de leerla, como si hubiese querido adivinar el contenido, o más bien, como si hubiera ya tomado un partido decisivo, cualquiera que fuese el contenido. Firme en su resolución sin duda, empezó a leer al cabo de algunos segundos. He aquí lo que contenía la carta que tal turbación produjera en el ánimo de la señora Danglars.

Passados alguns segundos, decerto já com as suas ideias bem definidas, leu.

Eis o que continha a carta que lançara tão grande perturbação no espírito da Sr.a Danglars:

- «Minha senhora e fidelíssima esposa.”

Sem querer, Debray deteve-se e olhou a baronesa, que corou quase até à raiz dos cabelos.

- Leia - insistiu ela.

Debray continuou:

«Señora y muy cara esposa.»

Sin pensar en lo que hacía, Debray miró fijamente a la baronesa, y ésta se puso encendida.

-Leed-le dijo.

Debray prosiguió:

Quando receber esta carta já não terá marido! Oh, não perca a cabeça!... Já não terá marido, como já não terá filha, isto é, estarei numa das trinta ou quarenta estradas que levam fora de França.

«Cuando recibáis esta carta, ya no tendréis marido. ¡Oh!, no os alarméis, no tendréis marido, como no tenéis hija; es decir, que estaré en uno de los treinta o cuarenta caminos que conducen a la frontera de Francia.

devo-lhe explicaçÕes, e como a senhora é mulher para as compreender perfeitamente, dar-lhas-ei.

Escute, pois:

»Os debo algunas explicaciones, y como sois mujer que las comprendéis perfectamente, voy a dároslas.

Esta manhã tive de fazer um pagamento de cinco milhÕes; fi-lo. Seguiu-se quase imediatamente outro da mesma importância; adiei-o para amanhã. hoje parto para evitar esse amanhã, que me seria muito desagradável suportar.

»Escuchad, pues:

compreende o que quero dizer, não é verdade, minha senhora e preciosíssima, esposa?

»Esta mañana tuve que rembolsar cinco millones y los he pagado; casi inmediatamente he debido pagar igual suma. La he aplazado para mañana, y me marcho hoy para evitar ese mañana, que me sería, creédmelo, muy desagradable.

»Comprendéis perfectamente, ¿no es cierto, señora y muy querida esposa?

repito:

compreende, porque conhece tão bem como eu os meus negócios; conhece-os até melhor do que eu, atendendo a que se fosse preciso dizer o que foi feito de uma metade da minha fortuna, ainda há pouco bastante considerável, eu seria incapaz disso minha senhora, pelo contrário, estou certo de que o diria perfeitamente.

»Digo que comprendéis, porque conocéis tan bien como yo el estado de mis negocios, y aun mejor que yo, puesto que si debiese decir dónde ha ido a parar una gran parte de mi fortuna, antes tan bella, no sería capaz de hacerlo, mientras que vos, por el contrario, lo sabéis perfectamente.

porque as mulheres possuem instintos de uma certeza infalível e são capazes de explicar por meio de uma álgebra que inventaram o próprio maravilhoso. eu, que só conhecia as minhas contas, fiquei sem saber nada no dia que as minhas contas me enganaram.

»Porque las mujeres tienen un instinto infalible, y explican por un álgebra de su invención hasta lo maravilloso. Yo, que no conozco más que mis números, nada sé desde el día en que ellos me engañaron.

alguma vez estranhou a rapidez da minha queda, minha senhora?

ficou um pouco encandeada com a incandescente fusão dos meus lingotes?

eu, confesso-o, só vi fogo; esperemos que a senhora tenha encontrado um pouco de ouro nas cinzas.

»¿Habéis admirado alguna vez la prontitud de mi caída, señora? ¿No os ha llamado la atención la pronta fusión de mis barras? Yo solamente he visto el fuego, preciso será que hayáis encontrado algún oro entre las cenizas.

é com esta consoladora esperança que me afasto, minha senhora e prudentíssima esposa, sem que a minha consciência me censure nem um bocadinho por a abandonar. restam-lhe amigos, as cinzas a que me referi e, para cúmulo da felicidade, a liberdade que me apresso a conceder-lhe.

»Me alejo de vos, señora y prudente esposa, con esta consoladora esperanza, sin tener el menor remordimiento de conciencia al abandonaros. Os quedan amigos, las cenizas en cuestión, y para colmo de dicha, la libertad que me apresuro a devolveros.

no entanto, minha senhora, é altura de colocar nesta carta uma palavra de explicação íntima.

enquanto tive a esperança de que a senhora trabalhasse para o bem-estar da nossa casa, para a fortuna da nossa filha, fechei filosoficamente os olhos; mas como a senhora transformou a casa numa vasta ruína, não quero servir de alicerce à fortuna de outrem.

»Con todo, señora, ha llegado el momento de colocar en este párrafo una palabra de explicación íntima. Mientras creí que trabajabais por el bienestar de nuestra casa y la felicidad de nuestra hija, he cerrado filosóficamente los ojos, pero como habéis hecho de la casa

recebi-a rica, mas pouco honrada.

desculpe-me falar-lhe com esta franqueza, mas como provavelmente só para nós dois, não vejo por que motivo disfarçaria as minhas palavras.

una vasta ruina, no quiero servir de fundamento a la fortuna de otro. Os he tomado por mujer rica, mas no por mujer honrada. Disculpadme si os hablo con esa franqueza, pero como creo no hablar más que para los dos, no veo que nada me obligue a disimular mis palabras. He aumentado nuestra fortuna, que durante quince años ha ido siempre creciendo hasta el momento en que catástrofes desconocidas a ininteligibles hasta para mí han venido a destrozarla, sin culpa de mi parte.

aumentei a nossa fortuna, que durante mais de quinze anos foi crescente, até ao momento em que catástrofes desconhecidas e ainda incompreensíveis para mim a atacaram e derrubaram sem que, posso dizê-lo, a culpa fosse de algum modo minha.

pela minha parte a senhora trabalhou para aumentar a sua, o que conseguiu, estou moralmente convencido disso.

deixo-a portanto como a recebi: rica, mas pouco honrada.

adeus.

também eu vou a partir de hoje trabalhar por minha conta.

Creia em todo o meu reconhecimento pelo exemplo que me deu e que vou seguir.

»Vos, señora, habéis trabajado para aumentar la vuestra, y estoy moralmente convencido de que lo habéis conseguido. Os dejo, pues, como os tomé, rica, pero con poca honra.

seu marido muito dedicado.

Barão Danglars.

A baronesa não tirara os olhos de Debray durante esta longa e penosa leitura. E, apesar do domínio bem conhecido que ele possuía sobre si mesmo, viu o rapaz mudar de cor uma ou duas vezes.

» Adiós, me marcho, y desde hoy trabajaré por mi cuenta. Creed en mi eterno agradecimiento por el ejemplo que me habéis dado y que voy a seguir.

Quando acabou, Debray dobrou lentamente o papel e recaiu na sua atitude pensativa.

»Vuestro afectísimo marido,

- Então? - perguntou a Sr.a Danglars, com uma ansiedade fácil de compreender.

Barón Danglars.»

- Então o quê, minha senhora? - perguntou maquinalmente Debray.

La baronesa seguía con la vista a Debray durante aquella larga y penosa lectura, y vio que el joven, a pesar de su conocido dominio sobre sí, mudó de color dos o tres veces.

- Que ideia lhe inspira essa carta?

- Uma muito simples, minha senhora: inspira-me a ideia de que o Sr. Danglars partiu com suspeitas.

Cuando concluyó, cerró lentamente la carta y volvió a su estado pensativo.

- Sem dúvida. Mas é tudo o que tem para me dizer?

- Não compreendo - disse Debray, com uma frieza glacial.

-¿Y bien? -le preguntó la señora Danglars con una ansiedad fácil de comprender.

- Partiu! Partiu definitivamente! Partiu para não mais voltar!

-¡Y bien!, señora-repitió maquinalmente Debray.

- Não acredite nisso, baronesa - redarguiu Debray.

-¿Qué idea os inspira esa carta?

Una idea muy sencilla, señora. Me inspira la idea de que el señor Danglars ha partido con sospechas.

-Sin duda, ¿pero es eso cuanto tenéis que decirme?

-No comprendo -dijo Debray con una frialdad glacial.

-¡Se ha marchado!, sí, para no volver más.

-¡Oh! -dijo Debray-, no creáis nada de eso, baronesa.

- Não, digo-lhe eu, não voltará. Conheço-o, é um homem inquebrantável em todas as resoluçÕes que são de seu interesse. Se me julgasse útil para alguma coisa, ter-me-ia levado. Se me deixa em Paris é porque a nossa separação pode ser útil aos seus projectos. É portanto irrevogável e estou livre para sempre - acrescentou a Sr.a Danglars com a mesma expressão de súplica.

-Os digo que no volverá, es un hombre de resoluciones invariables y que sólo mira su interés. Si me hubiese juzgado útil para alguna cosa me hubiera llevado consigo. Me deja en París porque nuestra separación puede servir para sus proyectos. Es, pues, irrevocable y está perfectamente libre para siempre -añadió la señora Danglars con el mismo acento de súplica.

Mas Debray, em vez de responder, deixou-a na ansiosa interrogação do olhar e do pensamento.

- Então o senhor não me responde? - perguntou ela por fim.

- Só tenho uma pergunta a fazer-lhe: quais são os seus planos?

- Ia perguntar-lhe o mesmo -, respondeu a baronesa, com o coração palpitante. - Que devo fazer?

- Ah!... - exclamou Debray. - É portanto um conselho que me pede?

Pero en lugar de responder, Debray la dejó en aquella penosa ansiedad producida por una interrogación entre la mirada y el pensamiento.

- Sim, é um conselho que lhe peço - respondeu a baronesa, com o coração apertado.

- Então se é um conselho que me pede - respondeu friamente o rapaz -, aconselho-a a ir viajar.

-¡Qué! -dijo al fin-, ¿no me respondéis, caballero?

- Viajar!... - murmurou a Sr.a Danglars.

-Sólo tengo una cosa que preguntaros. ¿Qué pensáis hacer?

-Eso mismo iba a preguntaros -respondió la baronesa, cuyo corazón palpitaba aceleradamente.

-¡Ah! -dijo Debray-, ¿me pedís un consejo?

-Sí, os lo pido -dijo la baronesa con el corazón oprimido.

-Pues entonces -respondió el joven con frialdad-, os aconsejo que viajéis.

-¿Que viaje? -murmuró la señora Danglars.

-Eso es. Es cierto, como ha dicho Danglars, que sois rica y perfectamente libre, una ausencia de París os es necesaria, según creo, después del doble escándalo del frustrado matrimonio de Eugenia y la fuga de Danglars. Lo que importa es que todo el mundo sepa que os han abandonado y os crea pobre, porque difícilmente se perdonaría a la mujer del bancarrotero la opulencia y el gran tren de vida. Para lo primero basta que permanezcáis quince días en París, repitiendo a todos que os han abandonado, contando el cómo a vuestras mejores amigas, que lo repetirán en todas partes. En seguida dejaréis vuestra casa, abandonaréis alhajas, dinero, muebles, cuanto haya en ella, y todos alabarán vuestro desinterés y generosidad. Todos os creerán entonces abandonada y pobre, menos yo, que conozco vuestra posición, y que estoy pronto a presentaros mis cuentas como un socio leal.

- Certamente. Como disse o Sr. Danglars, é rica e absolutamente livre. Uma ausência de Paris será indispensável, pelo menos segundo creio, depois do duplo escândalo da anulação do casamento de Mademoiselle Eugénie e do desaparecimento do Sr. Danglars. A única coisa que interessa agora é que toda a gente a saiba abandonada e a julgue pobre; porque ninguém perdoaria à mulher do falido a sua opulência e o estadão da sua casa. Para o primeiro caso, basta que fique apenas quinze dias em Paris e que repita a toda a gente que foi abandonada. Diga-o às suas melhores amigas, que elas se encarregarão de espalhar na sociedade como tal abandono se deu. Depois, deixará o seu palácio, e nele as suas jóias, renunciará a qualquer indemnização, e toda a gente elogiará o seu desinteresse e lhe cantará louvores. Então, sabê-la-ão abandonada e considerá-la-ão pobre. porque só eu conheço a sua situação financeira e estou pronto a prestar-lhe contas como leal associado.

A baronesa empalideceu, aterrada, à medida que escutava este discurso com tanto, mais espanto e desespero quanto maior era a calma e a indiferença com que Debray o pronunciava.

- Abandonada! - repetiu ela. - oh, e bem abandonada!... Sim, tem razão, senhor, e ninguém duvidará do meu abandono.

Foram estas as únicas palavras que aquela mulher, tão orgulhosa e violentamente apaixonada, conseguiu responder a Debray.

La baronesa, pálida y aterrada, había escuchado aquel discurso con tanto espanto y desesperación, como con calma a indiferencia lo había pronunciado Debray.

- Mas rica, muito rica mesmo - prosseguiu Debray, tirando da carteira e espalhando-os em cima da mesa alguns papéis que continha.

-¡Abandonada...! ¡Oh!, sí, tenéis razón, Luciano, y bien abandonada.

Tales fueron las únicas palabras que aquella mujer altiva y tan perdidamente enamorada pudo responder a Debray.

A Sr.a Danglars esperou que ele acabasse, muito ocupada a conter as pulsaçÕes do coração e a reter as lágrimas que sentia perlarem-lhe as extremidades das pálpebras. Mas por fim o sentimento da dignidade levou a melhor na baronesa, e se não conseguiu conter o coração, conseguiu pelo menos não chorar.

-Pero rica y muy rica -prosiguió él sacando una cartera y extendiendo sobre la mesa los papeles que contenía.

La señora Danglars le dejó hacer, sin ocuparse más que de ahogar sus suspiros y retener sus lágrimas, que a pesar suyo se asomaban a sus ojos.

Sin embargo, al fin pudo más en ella el sentimiento de su dignidad, y si no logró sofocar su corazón, logró al menos contener sus lágrimas.

-Señora -dijo Debray-, hará seis meses o poco más que nos asociamos. Habéis puesto un capital de treinta mil francos.

»En el mes de abril de este año empezó precisamente nuestra asociación.

»En mayo hicimos las primeras operaciones.

»En el mismo mes ganamos cuatrocientos mil francos.

»En junio el beneficio subió a novecientos mil.

»En julio agregamos un millón setecientos mil francos. Vos lo sabéis, el mes de los bonos en España.

- Minha senhora - disse Debray -, há cerca de seis meses que nos associámos. A senhora entrou com uma quota de cem mil francos. A nossa sociedade foi constituída em Abril deste ano. Em Maio iniciámos as nossas operaçÕes. E ainda em Maio ganhámos quatrocentos e cinquenta mil francos. Em Junho, o lucro ascendeu a novecentos mil. Em Julho, adicionámos-lhe um milhão e setecentos mil francos; foi, como sabe, o mês dos títulos de Espanha. Em Agosto, perdemos no começo do mês trezentos mil francos; mas em 15 desse mesmo mês tínhamo-los recuperado e no fim do mês tínhamo-nos desforrado, pois as nossas contas, apuradas desde o dia da nossa associação até ontem, em que as fechei, dão-nos um activo de dois milhÕes e quatrocentos mil francos, isto é, um milhão e duzentos mil francos para cada um. Agora - continuou Debray, compulsando a sua agenda com o método e a tranquilidade de um cambista - temos oitenta mil francos de juros compostos daquela importância que se encontra em meu poder...

» En el mes de agosto perdimos al principio del mes trescientos mil francos, pero al quince los habíamos vuelto a ganar. Ayer ajusté nuestras cuentas desde el día de nuestra asociación, y me dan un activo de dos millones cuatrocientos mil francos, es decir un millón doscientos mil francos para cada uno.

- Mas - interrompeu-o a baronesa - que significam esses juros, se o senhor nunca aplicou esse dinheiro?

-¿Pero qué quieren decir esos intereses, si jamás habéis hecho valer ese dinero?

-Estáis en un error -dijo fríamente Debray-, tenía vuestros poderes y he usado de ellos. Tenemos, pues, cuarenta mil francos de intereses por vuestra parte, más cien mil francos de la primera remesa de fondos, es decir, vuestra parte asciende a un millón trescientos mil francos.

Ahora bien, anteayer tuve la precaución de movilizar vuestro dinero. No hace mucho tiempo, como veis, y se diría que adivinaba lo que iba a suceder. Vuestro dinero está aquí: la mitad en billetes de banco, la otra mitad en bonos al portador. Cuando digo aquí es porque es verdad, pues no creyendo mi casa bastante segura, y rehuyendo la indiscreción de los notarios, lo he guardado en un cofre sellado, oculto en aquel armario.

- Peço-lhe perdão, minha senhora - respondeu friamente Debray - , mas tinha procuração sua para o aplicar e utilizei a sua procuração. Tem portanto a haver quarenta mil francos de juros, mais os cem mil francos da quota inicial, isto é, um milhão trezentos e quarenta mil francos à sua parte. Ora, minha senhora - continuou Debray -, tomei a precaução de mobilizar anteontem o seu dinheiro; não há muito tempo, como vê, e dir-se-ia que já esperava ser chamado urgentemente a prestar-lhe contas. O dinheiro está aqui, metade em notas e metade em títulos ao portador. Digo aqui e é verdade, porque como não considerava a minha casa suficientemente segura, não achava os notários bastante discretos e as propriedades falam ainda mais alto do que os notários, e como, finalmente, a senhora não tem o direito de comprar nada nem de possuir seja o que for fora da comunhão de bens conjugal, guardei todo esse dinheiro, hoje a sua única fortuna, num cofre cravado no fundo deste armário, em que, para maior segurança, me encarreguei pessoalmente do trabalho de pedreiro.

-Ahora -dijo Debray, abriendo el armario y sacando un cofrecito pequeño-, he aquí ochocientos billetes de banco de mil francos, un cupón de rentas de veinticinco mil francos y un bono a la vista de ciento diez mil francos, sobre mi banquero, y como éste no es el señor Danglars, podéis estar segura de que se pagará a su presentación.

La señora Danglars tomó maquinalmente el bono, el cupón de ventas y los billetes de banco. Aquella enorme fortuna parecía bien poca cosa puesta sobre la mesa. La señora Danglars, con los ojos secos, pero con el pecho oprimido por mil suspiros, encerró en su bolso los billetes de banco, puso en su cartera el bono y el cupón de rentas, y en pie, pálida a inmóvil, esperó una palabra de amor que la consolase de ser tan rica.

»Agora - continuou Debray, abrindo primeiro o armário e depois o cofre -, agora, minha senhora, aqui tem oitocentas notas de mil francos cada uma, que como vê, parecem um grosso álbum encadernado em ferro... Juntei-lhes um cupão de juro de vinte e cinco mil francos e para saldo de contas, que, segundo creio, ascende a qualquer coisa como cento e dez mil francos, aqui tem uma ordem de pagamento à vista sobre o meu banqueiro, e como o meu banqueiro não é o Sr. Danglars, pode estar tranquila que a ordem será paga.

A Sr.a Danglars pegou maquinalmente na ordem à vista, no cupão e nas notas.

Aquela enorme fortuna parecia muito insignificante espalhada ali em cima de uma mesa.

Pero la esperó en vano.

Com os olhos secos, mas o peito cheio de soluços, a Sr.a Danglars reuniu-a, guardou o estojo de aço na bolsa, meteu o cupão e a ordem de pagamento à vista na carteira, e de pé, pálida e muda, esperou uma palavra meiga que a consolasse de ser tão rica.

-Ahora tenéis una existencia magnífica -dijo Debray-, sesenta mil libras de renta, suma enorme para una mujer que no podrá tener casa abierta hasta dentro de un año por lo menos. Estáis en el caso de poder contentar todos vuestros caprichos, sin contar con que si vuestra parte os parece insuficiente, podéis tomar de la mía cuanto queráis, pues estoy pronto a ofreceros, a título de préstamo, se entiende, todo lo que poseo, es decir, un millón sesenta mil francos.

-Gracias, caballero, me dais mucho más de lo que necesita una mujer que está resuelta a no presentarse en el mundo, al menos en muchos años.

Debray se admiró por un momento, mas volviendo en sí rápidamente, hizo un gesto que podría traducirse por...

Mas esperou em vão.

- Agora, minha senhora - disse Debray -, tem uma existência magnífica, qualquer coisa como sessenta mil libras de rendimento, o que é enorme para uma mulher que não poderá ter casa senão daqui a um ano, pelo menos. É um privilégio para todos os caprichos que lhe passarem pela cabeça, sem contar que se achar a sua parte insuficiente, em atenção ao passado que lhe escapa poderá recorrer à minha. Estou disposto a oferecer-lhe, a título de empréstimo, bem entendido, tudo o que possuo, isto é, um milhão e sessenta mil francos.

-Como gustéis.

- Obrigada, senhor, obrigada - respondeu a baronesa. - Como sabe, acaba de me entregar muito mais do que precisa uma pobre mulher que não conta, senão daqui a muito tempo, pelo menos, reaparecer na sociedade.

La señora Danglars había esperado hasta entonces, pero al ver la acción de Debray, la mirada oblicua que la acompañó, la reverencia profunda y el silencio significativo que se siguió, levantó la cabeza, abrió la puerta, y sin cólera, sin odio, pero con decisión, encaminóse a la escalera sin dignarse saludar por última vez al que así la dejaba marchar.

Debray mostrou-se momentaneamente surpreendido , mas recompôs-se e fez um gesto que se poderia traduzir como a forma mais delicada de exprimir esta ideia: «Como queira!”

-¡Bah! -dijo Debray-, proyectos y nada más. Permanecerá en su casa, leerá novelas y jugará al whist, ya que no puede jugar a la bolsa.

Tomó su cartera, y señaló con cuidado las cantidades que acababa de pagar.

-Me quedan un millón sesenta mil francos -dijo-, ¡lástima que la señorita de Villefort haya muerto! Esa mujer en todos sentidos me convenía y me hubiera casado con ella.

Até ali, a Sr.a Danglars talvez esperasse ainda alguma coisa; mas quando viu o gesto indiferente que acabava de escapar a Debray e o olhar oblíquo com que esse gesto fora acompanhado, assim como a reverência profunda e o silêncio significativo que se seguiram, ergueu a cabeça, abriu a porta e, sem cólera, sem nervosismo, mas também sem hesitação, dirigiu-se para a escada, desdenhando até honrar com um derradeiro cumprimento àquele que a deixava partir daquele modo.

Y flemáticamente, según su costumbre, esperó que transcurrieran veinte minutos después de la salida de la señora Danglars para marcharse.

- Ora, ora! - exclamou Debray depois dela sair. - Apesar de poder fazer belos projectos, ficará no seu palácio, lerá romances e jogará o seu lansquené, visto não poder jogar na bolsa.

Los empleó en hacer números con el reloj sobre la mesa.

Em seguida pegou na agenda e riscou cuidadosamente as importâncias que acabava de pagar.

Aquel personaje diabólico que cualquier imaginación aventurera hubiera creado si Lesage no se hubiera adelantado a ello, Asmodeo, que levanta los tejados de las casas para ver lo que pasa en el interior, gozaría siquiera de un singular espectáculo, si levantase en el momento a que nos referimos, y en el cual Debray hacía sus cuentas, el techo de la casa de la calle de San Germán de los Prados.

- Resta-me um milhão e sessenta mil francos... Que pouca sorte Mademoiselle de Villefort ter morrido! Era a mulher que me convinha sob todos os aspectos para casar com ela.

E, fleumaticamente, conforme era seu hábito, esperou que a Sr.a Danglars tivesse saído há vinte minutos para se decidir a sair por sua vez.

Durante esses vinte minutos, Debray fez contas, com o relógio pousado a seu lado.

Encima del cuarto en que Debray acababa de partir con la señora Danglars dos millones y medio, había otra habitación ocupada por personas que ya conocemos, las cuales han representado un papel demasiado importante en los sucesos que hemos contado, para que no las veamos de nuevo con interés.

En aquella habitación estaban Mercedes y Alberto.

Essa personagem diabólica que qualquer imaginação aventurosa criaria com mais ou menos felicidade se Le Sage lhe não tivesse adquirido a prioridade na sua obra-prima; esse Asmodeu que levantava os telhados das casas para as ver por dentro, teria gozado um singular espectáculo se erguesse, no momento em que Debray fazia as suas contas. o telhado do prediozito da Rua Saint-Germain-des-Prés.

Mercedes había cambiado mucho en pocos días, no porque en los tiempos de su mayor auge hubiese ostentado el fausto orgulloso que separa todas las condiciones y hace que no se reconozca la misma mujer cuando se presenta más sencillamente vestida, ni tampoco por-

Por cima do quarto em que Debray acabava de dividir com a Sr.a Danglars dois milhÕes e meio ficava outro também habitado por pessoas nossas conhecidas, as quais desempenharam papel muito importante nos acontecimentos que contámos até aqui e que por isso reencontramos com algum interesse.

que hubiese llegado a aquel estado en el que es preciso volver a vestir la librea de la miseria, no; Mercedes había cambiado, porque el brillo de sus ojos se había amortiguado, y se había desvanecido su sonrisa, porque, en fin, una perpetua cortedad de ánimo retenía en sus labios aquella palabra rápida que lanzaba otras veces una imaginación siempre pronta y activa.

Nesse quarto residiam Mercédès e Albert.

Mercédès mudara muito havia alguns dias. Não porque, mesmo no tempo da sua maior riqueza, alguma vez tivesse exibido o fausto orgulhoso que corta visivelmente com todas as condiçÕes e faz com que se deixe de reconhecer imediatamente a mulher quando nos surge mais simplesmente vestida; nem porque tivesse caído nesse estado de depressão em que somos obrigados a envergar a libré da miséria. Não, Mercédès estava mudada porque os seus olhos já não brilhavam, porque a sua boca já não sorria, porque finalmente um perpétuo enleio lhe detinha nos lábios a palavra pronta que denotava outrora um espírito sempre atento.

La pobreza no había marchitado la imaginación de Mercedes, tampoco la falta de valor le hacía insoportable su pobreza; habiendo bajado de la altura en que vivía, y perdida en la nueva esfera que había escogido, su vida era cual el estado de aquellas personas que salen de un salón brillantemente iluminado para pasar a una habitación completamente oscura; parecía una reina que salía de su palacio para entrar en una cabaña, y que reducida a lo estrictamente necesario, no se la reconocía ni en la vajilla ordinaria que ella misma colocaba sobre su mesa, ni en el catre que sustituyera a su magnífico lecho.

Não fora a pobreza que secara o espírito de Mercédès, nem era a falta de coragem que lhe tornava pesada a pobreza.

Mercédès, apeada do ambiente em que vivia, isolada na nova esfera que escolhera, como essas pessoas que saem de uma sala esplendidamente iluminada para entrarem de súbito nas trevas; Mercédès parecia uma rainha que passara do seu palácio para uma cabana e que, reduzida ao estritamente indispensável, não se reconhecia nem na louça de barro que era obrigada a pôr pessoalmente na mesa, nem no catre por que trocara o seu leito.

En efecto, la bella catalana, o la noble condesa, no tenía ni su mirada altiva ni su encantadora sonrisa, porque al fijar sus ojos sobre cuanto la rodeaba, sólo veía objetos de tristeza: un cuarto tapizado con papel sobre fondo gris, que los propietarios económicos buscan con preferencia como más duradero; el suelo sin alfombra y los muebles todos llamaban la atención y obligaban a fijarse en la pobreza de un falso lujo, cosas todas que rompían la armonía tan necesaria a las personas acostumbradas a un conjunto elegante.

Efectivamente, a bela catalã, como a nobre condessa, já não tinha nem o seu olhar orgulhoso, nem o seu sorriso encantador, porque quando pousava os olhos no que a rodeava só via objectos pobres. Era um quarto forrado com um desses papeis em que predominam os tons cinzentos, que os senhorios económicos escolhem de preferência por serem os que menos se sujam; não havia tapetes no chão e os móveis davam nas vistas e forçavam os olhos a deterem-se na pobreza de um falso luxo. Enfim, tudo coisas que quebravam com os seus tons garridos a harmonia tão necessária a olhos habituados a um conjunto elegante.

La señora de Morcef vivía allí desde que había abandonado su palacio. Trastornábale la cabeza aquel silencio monótono, cual a un viajero al llegar al borde de un horrendo precipicio, y viendo que Alberto la miraba disimuladamente a cada momento para sondear el estado de su corazón, se esforzaba en sonreír con los labios, ya que le faltaba el dulce fuego de la sonrisa en los ojos, sonrisa que causa el mismo efecto que la reverberación de la luz, es decir, la claridad sin calor.

A Sr.a de Morcerf vivia ali desde que deixara o seu palácio. A cabeça andava-lhe à roda perante aquele silêncio eterno, como anda à roda ao viajante chegado à beira de um abismo. Notando que Albert a observava constantemente às escondidas, para descobrir o seu estado de espírito, obrigara-se a um monótono sorriso dos lábios, que, na ausência desse fogo tão suave do sorriso dos olhos, produz o efeito de uma simples reverberação de luz, isto é, de uma claridade sem calor.

Alberto, por su parte, estaba preocupado, hallábase impedido por un resto de lujo que no le permitía presentarse según su condición actual. Quería salir sin guantes, y hallaba sus manos demasiado blancas para caminar a pie por toda la ciudad, y sus botas eran de charol y demasiado lujosas.

Pela sua parte, Albert andava preocupado e sentia-se pouco à vontade, constrangido, com um resto de luxo que o impedia de assumir a sua condição actual. Queria sair sem luvas e achava as mãos demasiado brancas, queria percorrer a cidade a pé e achava as botas demasiado brilhantes.

Con todo, aquellas dos criaturas, tan nobles a inteligentes, reunidas indisolublemente con los lazos del amor maternal y filial, habían llegado a comprenderse sin hablar y a ahorrarse todos los preámbulos que se deben entre amigos para establecer la verdad material de que depende la vida.

No entanto, estas duas criaturas tão nobres e inteligentes, ligadas indissoluvelmente pelos laços do amor maternal e filial, tinham conseguido compreender-se sem falar de nada e economizar todos os rodeios usados entre amigos para estabelecer a verdade material de que depende a vida.

Alberto, en fin, había podido decir a su madre sin hacerla palidecer:

-Madre mía, no tenemos dinero.

Albert pudera finalmente dizer à mãe sem a fazer empalidecer:

Jamás Mercedes había conocido la miseria, muchas veces en su juventud había hablado ella misma de pobreza, pero no es lo mismo necesidad y pobreza; son dos sinónimos, entre los cuales media todo un mundo. Entre los catalanes, Mercedes tenía necesidad de mil cosas, pero nunca le faltaban otras mil, mientras las redes cogían bastante pescado y éste se vendía. Y después, sin amigas, con sólo un amor que no tenía relación alguna con los detalles materiales de la situación, no pensaba más que en sí, y Mercedes, con lo poco que poseía, era aún generosa cuanto podía. Hoy debía pensar en dos y sin poseer nada.

- Minha mãe, já não temos dinheiro.

Mercédès nunca conhecera verdadeiramente a miséria; muitas vezes, na sua juventude, ela própria falara de pobreza, mas isso não era a mesma coisa: pobreza e necessidade são sinónimos entre os quais há Um mundo de intervalo.

Entre os Catalães, Mercédès tinha necessidade de muitas coisas, mas nunca lhe faltavam outras. Enquanto as redes estavam boas, pescava-se o peixe; vendido o peixe, tinha-se fio para consertar as redes.

E depois, privada de afectos, tendo apenas um amor que em nada interferia nos pormenores materiais da situação, cada um pensava em si, só em si e em mais ninguém.

Acercábase el invierno. En aquel cuarto ya frío, Mercedes no tenía fuego, cuando un calorífero del que salían mil ramales calentaba otras veces su casa desde la antecámara al tocador; no tenía ni aun una flor, cuando su habitación estaba antes llena de ellas a peso de oro. ¡Pero tenía a su hijo!

Do pouco que tinha, Mercédès fazia o seu quinhão tão generosamente quanto possível; agora, tinha de fazer dois quinhÕes... a partir do nada.

O Inverno aproximava-se. Naquele quarto nu e já frio, Mercédès não tinha aquecimento, ela a quem outrora um calorífero com inúmeras ramificaçÕes aquecia a casa desde as antecâmaras até ao boudoir. Não tinha nem uma pobre florinha, ela cujos aposentos eram uma estufa quente mantida a peso de ouro!

La exaltación de un deber quizás exagerado les había sostenido hasta entonces en las esferas superiores. La exaltación se aproxima mucho al entusiasmo y el entusiasmo nos hace insensibles a las cosas de la tierra. Era preciso al fin hablar de lo positivo después de haber apurado todo lo ideal.

Mas tinha o seu filho...

A exaltação de um dever talvez exagerado sustentara-os até ali nas esferas superiores.

A exaltação é quase entusiasmo, e o entusiasmo torna as pessoas insensíveis às coisas terrenas.

Mas o entusiasmo esfriara e fora necessário descer pouco a pouco do país dos sonhos ao mundo das realidades.

-Madre mía -decía Alberto en el momento en que la señora Danglars bajaba la escalera-, contemos un poco nuestras riquezas. Tengo necesidad de un total para trazar bien mis planes.

Era necessário falar do positivo, depois de ter esgotado todo o ideal.

-Total, nada -dijo Mercedes con dolorosa sonrisa.

- Minha mãe - dizia Albert, no preciso momento em que a Sr.a Danglars descia a escada -, deitemos contas a todas as nossas riquezas, por favor. Preciso de um total para traçar os meus planos.

-Sí, madre mía; total, primero tres mil francos. Pretendo que con esos tres mil francos pasemos los dos una vida envidiable.

- Total, nada - respondeu Mercédès com um sorriso doloroso.

-¡Niño! -respondió Mercedes suspirando.

- Na realidade, minha mãe, total, três mil francos, à primeira vista, e tenho a pretensão de, com esses três mil francos, proporcionar a ambos uma rica vida.

-Sí, mi buena madre; os he gastado, por desgracia, mucho dinero, y conozco ya su valor: es enorme. Con esos tres mil francos he edificado un porvenir milagroso y de eterna seguridad.

- Criança! - suspirou Mercédès.

Mercedes dijo ruborizándose:

-¿Pensáis eso, hijo mío? ¿Pero ante todo aceptaremos esos tres mil francos?

- Por Deus, minha pobre mãe, infelizmente gastei-lhe dinheiro suficiente para lhe conhecer o valor! É enorme, acredite. Três mil francos... Com esta importância conseguirei um futuro miraculoso de eterna segurança.

-Es cosa convenida, me parece -dijo Alberto con un tono fume-, los aceptaremos, tanto más, cuanto no los tenemos, pues se encuentran, como sabéis, enterrados en el jardín de la pequeña casa

- Falas assim, meu amigo - continuou a pobre mãe -, mas primeiro é preciso saber se aceitamos esses três mil francos.

de la alameda de Meillán en Marsella. Con doscientos francos, iremos ambos a Marsella.

-¡Con doscientos francos! -dijo Mercedes-. ¿Pensáis lo que decís, Alberto?

- Parece-me que isso está assente - redarguiu Albert em tom firme. - Aceitamo-los, tanto mais que não os temos, pois estão, como sabe, enterrados no jardim dessa casita das Alamedas de Meilhan, em Marselha. Com duzentos francos, iremos ambos a Marselha.

-¡Oh!, en cuanto a eso estoy perfectamente informado por las diligencias y los vapores, y mis cálculos están ya hechos. Tomáis vuestro asiento para Chalons, treinta y cinco francos.

- Com duzentos francos! - exclamou Mercédès. - E onde estão eles, Albert?

Alberto tomó la pluma y escribió:

Berlina, treinta y cinco francos. . . . . . . . . . . . 35 francos

- Oh, quanto a isso não se preocupe! Informei-me nas diligencias e nos vapores e fiz os meus cálculos. Reservámos-lhe lugar para Chalon na diligência; como vê, minha mãe, trato-a como um a rainha... São trinta e cinco francos.

De Chalons a Lyon vais por el vapor, seis francos . . . 6 »

Albert pegou numa pena e escreveu:

Diligência - 35 francos

De Lyon a Avignon, lo mismo, dieciséis francos. . . . . 16 »

De Chalon a Lião, de vapor - 6 francos

De Avignon a Marsella, ídem, siete francos. . . . . . . 7 »

De Lião a Avinhão, também de vapor - 16 francos De Avinhão a Marselha - 7 francos

Gastos durante el viaje, cincuenta francos. . . . . . . 50 »

Despesas de viagem - 50 francos

Total - 114 francos

_______

Total . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 114 »

- Ponhamos cento e vinte - acrescentou Albert, sorrindo. - Como vê, sou generoso, não é verdade, minha mãe?

-Pongamos ciento veinte. Veis que soy generoso, ¿verdad, madre mía? -añadió sonriéndose.

-¿Pero y tú, mi pobre hijo?

- Mas tu, meu pobre filho?

- Eu? Não viu que me reservo oitenta francos? Um rapaz, minha mãe, não necessita de muitas comodidades. De resto, sei o que é viajar.

-¡Yo!, no os preocupéis. Me reservo ochenta francos. Un joven, madre mía, no tiene necesidad de tantas comodidades, y además sé lo que es viajar.

-Sí, con lo silla de posta y lo ayuda de cámara.

- Com a tua sege de posta e o teu criado de quarto.

- De todas as maneiras, minha mãe.

- Pois bem, seja - concordou Mercédès. - Mas onde estão esses duzentos francos?

-No importa, madre mía.

-Pues bien, sea -dijo Mercedes-, ¿pero y esos doscientos francos?

-Helos aquí, y otros doscientos más. He vendido mi reloj y mis sellos en cuatrocientos francos. Somos ricos, pues en lugar de ciento catorce francos que necesitáis para vuestro viaje, tenéis doscientos cincuenta.

- Esses duzentos francos estão aqui, e ainda mais duzentos... Olhe vendi o meu relógio por cem francos e os berloques por trezentos. Que sorte! Berloques que valiam três vezes o relógio. Sempre a eterna história do supérfluo! Estamos portanto ricos, pois em vez de cento e catorze francos para a sua viagem terá duzentos e cinquenta.

-¿Pero debemos algo en esta casa?

- Mas não devemos qualquer coisa aqui?

-Treinta francos, que voy a pagar de mis ciento cincuenta, y puesto que sólo necesito ochenta para el camino, veis que estoy nadando en la abundancia.

- Trinta francos, mas pago-os dos meus cento e cinquenta francos. Isso está resolvido. Aliás, bem vistas as coisas, não preciso de mais do que oitenta francos para a viagem. Como vê, estou a nadar em dinheiro. Mas isto não é tudo. Que me diz a isto, minha mãe?

Y Alberto sacó una pequeña cartera con broches de oro, restos de su anterior opulencia, o quizá tierno recuerdo de una de aquellas mujeres misteriosas, que cubiertas con un velo llamaban a la puerta escondida. La abrió y mostró un billete de mil francos.

E Albert tirou de uma agendazinha de fecho de ouro, resto das suas antigas fantasias ou talvez mesmo terna recordação de alguma das mulheres misteriosas e veladas que batiam à portinha, uma nota de mil francos.

-¿Qué es eso? -inquirió Mercedes.

- Que é isso? - perguntou Mercédès.

-Mil francos, madre mía. ¡Oh!, es muy bueno.

-Pero ¿de dónde tienes tú mil francos?

- Mil francos, minha mãe. Oh, esteja descansada que são perfeitamente honestos!

-Escuchad y no os conmováis.

- Mas onde os arranjaste?

Alberto se levantó, besó a su madre en ambas mejillas, y se puso a mirarla fijamente.

- Escute, mãe, e não se impressione demasiado.

E Albert levantou-se, beijou a mãe em ambas as faces e ficou parado a olhá-la.

-No tenéis idea, madre mía, de cuán hermosa os encuentro -dijo el joven con un profundo sentimiento de amor filial-, sois la más bella, como la más noble de cuantas mujeres he conocido.

- Não imagina, mãe, como a acho bonita! - declarou o rapaz com profundo sentimento de amor filial. - Na verdade, é não só a mais bonita, mas também a mais nobre mulher que jamais vi!

-¡Hijo querido! -dijo Mercedes, procurando retener una lágrima que asomaba a sus ojos.

-En verdad, sólo os faltaba ser desgraciada para cambiar mi amor en adoración.

- Querido filho - murmurou Mercédès, procurando em vão reter uma lágrima que lhe brilhava ao canto da pálpebra. - Realmente, só lhe faltava ser infeliz para transformar o meu amor em adoração.

-No soy desgraciada, puesto que tengo a mi hijo -dijo Mercedes-, y no lo seré mientras siga teniéndolo.

- Não serei infeliz enquanto tiver o meu filho - declarou Mercédès.

-¡Ah!, precisamente, ved donde empieza la prueba, ¡madre mía!, sabéis que es cosa convenida.

- Muito bem! - disse Albert. -Mas aí é que começa a questão. Sabe o que está combinado?

- Combinámos alguma coisa? - perguntou Mercédès.

-¿Hemos convenido algo? -preguntó Mercedes.

-Sí; en que viviréis en Marsella, y yo iré a África, donde en lugar del nombre que he dejado, me crearé uno, honrando, el que he escogido.

- Combinámos. Combinámos que a senhora ficaria a morar em Marselha e que eu partiria para áfrica, onde, em vez do nome a que renunciei, honraria o nome que adoptei.

Mercédès suspirou.

Mercedes exhaló un suspiro.

-Pues bien, querida madre, desde ayer que estoy enganchado en los spahis -añadió el joven bajando los ojos con cierta vergüenza, porque ignoraba cuán sublime era rebajándose-, o más bien he creído que mi cuerpo era mío y que podía venderlo. Desde ayer reemplazo a uno. Me he vendido, como dicen, más caro de lo que yo creía valer -añadió procurando sonreírse-, es decir, por dos mil francos.

- Pois bem, minha mãe: desde ontem que estou alistado nos sipaios - acrescentou o rapaz, baixando os olhos com certa vergonha, pois nem ele próprio sabia tudo o que o seu rebaixamento tinha de sublime. - Ou antes, julguei que o meu corpo me pertencia inteiramente e que o podia vender. Desde ontem que substituo alguém. Vendi-me, como dizem, e - acrescentou tentando sorrir - mais caro do que estava convencido que valia, ou seja por dois mil francos.

-¿Así esos mil francos...? -dijo temblando Mercedes.

- Portanto, estes mil francos?... - disse, tremendo, Mercédès.

-Constituyen la mitad de la suma; la otra la entregarán dentro de un año.

- São metade da importância, minha mãe. A outra virá daqui a um ano.

Mercedes levantó los ojos al cielo con una expresión que nadie sería capaz de pintar, y las dos lágrimas que hacía rato estaban detenidas en sus párpados, corrieron por sus mejillas.

Mercédès ergueu os olhos ao céu com uma expressão que ninguém saberia exprimir e as duas lágrimas que lhe brilhavam ao canto dos olhos transbordaram sob a sua emoção íntima e correram-lhe silenciosamente ao longo das faces.

-¡El precio de su sangre! -murmuró.

- O preço do teu sangue! - murmurou.

-Sí, si me matan -dijo sonriéndose Morcef-; pero os aseguro, mi buena madre, que por el contrario, tengo intención de defender encarnizadamente mi existencia. Jamás he tenido tantas ganas de vivir como ahora.

- Sim, se for morto - redarguiu, rindo, Morcerf. - Mas garanto-lhe, boa mãe, que, pelo contrário, tenho a intenção de defender ferozmente a pele. Nunca senti tanta vontade de viver como agora.

- Meu Deus! Meu Deus! - exclamou Mercédès.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -dijo Mercedes.

-Además, ¿por qué creéis que he de morir? ¿La Moricière, ese Rey del Mediodía, ha muerto? Changarnier, Bèdau, Morrel, a quienes conocemos, ¿no viven? Pensad, madre mía, ¡cuál será vuestra alegría cuando me veáis volver con mi uniforme bordado! Os confieso que

creo estar muy bien, y he escogido ese regimiento por coquetería.

- Aliás, por que motivo havia de ser morto, minha mãe? Porventura Lamoricière, esse outro Ney do Meio-Dia, foi morto? E Changarnier, foi morto? E Bedeau, foi morto? E Morrel, que nós conhecemos, foi morto? Pense pois na sua alegria, minha mãe, quando me vir regressar com o meu uniforme bordado! Declaro-lhe que nesse aspecto conto ser imponente e que escolhi aquele regimento por vaidade.

Mercedes suspiró. procurando sonreírse. Aquella santa madre comprendió que no debía permitir que su hijo sufriese solo todo el peso del sacrificio.

Mercédès suspirou e tentou sorrir. Aquela santa mãe compreendia que não lhe ficava bem deixar que o filho suportasse todo o peso do sacrifício.

-Pues bien -replicó Alberto-, ¡me comprendéis, madre mía!, tenéis ya cuatro mil francos; con ellos viviréis bien dos años.

- Portanto - prosseguiu Albert -, a mãe já tem mais de quatro mil francos garantidos. Ora, com quatro mil francos viverá bem dois anos...

- Achas? - disse Mercédès.

-¿Lo crees? -dijo Mercedes.

A la condesa se le escaparon estas dos palabras con un dolor tan verdadero que no se le ocultó a Alberto: oprimiósele el corazón, y tomando la mano de su madre la apretó entre las suyas.

Estas palavras escaparam à condessa, e com uma dor tão verdadeira que o seu autêntico sentido não passou despercebido a Albert. Este sentiu o coração confranger-se-lhe e disse, pegando na mão da mãe, que apertou ternamente nas suas:

-Sí, viviréis --dijo.

- Sim, viverá!

-Viviré, sí, pero tú no partirás, ¿verdad, hijo mío?

- Viverei! - exclamou Mercédès. - Mas tu não partirás, não é verdade, meu filho?

-Madre mía, partiré -dijo Alberto con voz tranquila y firme-, me amáis demasiado para dejar que permanezca ocioso a inútil, y además he firmado.

- Minha mãe, partirei - respondeu Albert em voz calma e firme. - Ama-me demasiado para me querer junto de si ocioso e inútil. De resto, já assinei.

-Obrarás según lo voluntad, hijo mío, pero yo obraré según la de Dios.

- Procederás como for da tua vontade; eu procederei conforme for da vontade de Deus.

-No según mi voluntad, madre mía, sino según la razón y la necesidad. Somos dos criaturas sin nada, ¿es verdad? ¿Qué es la vida para vos hoy?, nada. ¿Qué es para mí?, poca cosa sin vos, madre mía. Creedme, bien poca cosa, porque sin vos hubiera cesado desde el día en que dudé de mi padre y rechacé su nombre. En fin, viviré si me prometéis esperar aún, si me confiáis el cuidado de vuestra dicha futura, duplicáis mis fuerzas. Luego iré a ver al gobernador de Argelia, cuyo corazón es leal y enteramente de soldado; le contaré mi lúgubre historia y le rogaré vuelva de vez en cuando la vista hacia mí, y si me cumple su palabra, y si observa mis acciones, antes de seis meses seré oficial o habré muerto. Si soy oficial, tendréis vuestra suerte asegurada, madre mía, porque tendré dinero para vos y para mí, y además un nuevo nombre que ambos llevaremos con orgullo porque será el vuestro. ¡Si muero...!, bien, entonces morid si queréis, y vuestras desgracias tendrán un término en su exceso mismo.

- Não de acordo com a minha vontade, minha mãe, mas sim de acordo com a razão e a necessidade. Somos duas pessoas desesperadas, não é verdade? Que é a vida para si, hoje? Nada. Que é a vida para mim? Oh, muito pouco sem a senhora, minha mãe, acredite! Porque sem a senhora juro-lhe que esta vida teria cessado no dia em que duvidei do meu pai e reneguei o seu nome! Enfim, viverei se me prometer ter ainda esperança; se me deixar o cuidado da sua felicidade futura, duplicará a minha energia. Procurarei o governador da Argélia, que é um coração leal e sobretudo essencialmente soldado, e contar-lhe-ei a minha lúgubre história. Pedir-lhe-ei que olhe de vez em quando para mim, e se me der a sua palavra de que o fará e apreciar o meu comportamento, dentro de seis meses serei oficial ou estarei morto. Se for oficial, o seu futuro estará assegurado, minha mãe, porque terei dinheiro para si e para mim, e além disso um novo nome de que ambos nos orgulharemos, pois esse será o seu verdadeiro nome. Se morrer... Bom, se morrer, então, minha mãe, morra também, se quiser, e as nossas desventuras acabarão devido ao seu próprio excesso.

-Bien -respondió Mercedes con noble y elocuente mirada-, tienes razón, hijo mío, probemos a ciertas personas que nos observan y esperan nuestros actos para juzgarnos. Probémosles que somos dignos de compasión.

- Está bem - respondeu Mercédès, fitando-o com o seu nobre e eloquente olhar. - Tens razão, meu filho: provemos a certas pessoas que nos observam e esperam os nossos actos para nos julgar, provemo-lhes que somos pelo menos dignos de lástima.

-Pero nada de ideas tristes, querida madre -dijo el joven-, os juro que somos dichosos en lo que cabe. Sois una persona de talento y resignación. Yo he simplificado mis gustos y no tengo necesidades; una vez en el servicio, ya soy rico. Cuando hayáis llegado a casa del señor Dantés, estáréis tranquila. ¡Probemos! ¡Os lo ruego, madre mía! ¡Probemos!

- Mas nada de ideias fúnebres, querida mãe! - exclamou o jovem. -Juro-lhe que somos, ou pelo menos que podemos ser felizes. A senhora é ao mesmo tempo uma mulher cheia de inteligência e resignação; eu adquiri gostos simples e modestos, creio. Uma vez ao serviço, estarei rico; uma vez na casa do Sr. Dantès, a senhora estará tranquila. Tentemos! Peço-lhe, minha mãe, tentemos.

-Sí, hijo mío, porque tú debes vivir para ser aún dichoso -respondió Mercedes.

- Pois sim, tentemos, meu filho, porque tu deves viver, porque deves ser feliz - respondeu Mercédès.

-Así, he aquí nuestras particiones hechas -dijo el joven afectando gran serenidad-. Podemos partir hoy mismo. Retengo, como he dicho, vuestro asiento.

-Pero ¿y el tuyo, hijo mío?

- Nesse caso, minha mãe, uma vez que as nossas divisÕes estão feitas, podemos partir hoje mesmo - acrescentou o rapaz, simulando uma grande descontracção. - Vamos, como já lhe disse, marquei-lhe lugar.

-Debo permanecer dos o tres días aquí, madre mía. Esto será un principio de separación, y debemos acostumbrarnos a ella. Preciso de algunas recomendaciones y adquirir ciertas noticias sobre África. Nos veremos en Marsella.

- E o teu, meu filho?

- Eu devo ficar ainda dois ou três dias, minha mãe. É um princípio de separação e temos de nos ir habituando a isso... Preciso de algumas recomendaçÕes, de algumas informaçÕes acerca de África, e irei ter consigo a Marselha.

-Pues bien, sea -dijo Mercedes poniéndose un chal, único que había traído y que por casualidad era un cachemira negro de gran precio-, partamos.

- Pois sim, partamos! - exclamou Mercédès, envolvendo-se no único xaile que trouxera e que por acaso era de caxemira preta de alto preço. - Partamos!

Alberto recogió sus papeles, llamó para pagar los treinta francos que debía al amo de la casa, y ofreciendo el brazo a su madre bajó la escalera.

Albert guardou à pressa os seus papéis, tocou para pagar os trinta francos que devia, ofereceu o braço à mãe e desceram a escada.

Alguien bajaba delante de ellos, y esa persona, al oír el crujido de un vestido de seda, volvió la cabeza.

Alguém descia adiante deles; esse alguém, ao ouvir o ruge-ruge de um vestido de seda virou-se.

- Debray! - murmurou Albert.

-¡Debray! -murmuró Alberto.

- Morcerf! - exclamou o secretário do ministro, parando no degrau em que se encontrava.

-Vos, Alberto -respondió el secretario del ministro deteniéndose en el escalón en que estaba.

Pudo más en él la curiosidad que el deseo de guardar el incógnito, a más de que ya le habían conocido.

A curiosidade levou a melhor em Debray sobre o seu desejo de conservar o incógnito. De resto, já fora reconhecido.

Parecía curioso, en efecto, encontrar en aquella casa ignorada al joven cuya aventura había hecho tanto ruido en París.

Além disso, tinha a sua piada encontrar naquele prédio ignorado o rapaz cuja triste aventura acabava de causar tão grande escândalo em Paris.

- Morcerf? - repetiu Debray.

-Morcef -repitió Debray.

Y viendo en la oscuridad el talle, joven aún, y el velo negro de la señora de Morcef:

Depois, notando na semi-obscuridade o aspecto ainda jovem e o véu negro da Sr.a de Morcerf, acrescentou com um sorriso:

- Oh, perdão! Deixo-o, Albert...

-¡Oh!, disculpadme-añadió-, os dejo, Alberto.

Albert compreendeu o pensamento de Debray.

Este conoció la idea.

-¡Madre mía! -dijo volviéndose a Mercedes-, es el señor Debray, secretario del ministro del Interior y mi ex amigo.

- Minha mãe - disse, virando-se para Mercédès -, é o Sr. Debray, secretário do ministro do Interior, um antigo amigo meu.

- Como antigo?... - balbuciou Debray. - Que quer dizer?

-¡Cómo! -balbució Debray-, ¿qué queréis decir con eso?

-Digo esto porque hoy ya no tengo amigos y no debo tenerlos; os doy gracias por haber tenido la bondad de reconocerme, caballero.

- Digo isto, Sr. Debray - respondeu Albert -, porque hoje já não tenho amigos nem devo voltar a tê-los. Agradeço-lhe muito ter-se dignado reconhecer-me, senhor.

Debray subió dos escalones y fue a dar afectuosamente la mano a su interlocutor.

Debray subiu dois degraus e veio dar um enérgico aperto de mão ao seu interlocutor.

-Creedme, mi querido Alberto -dijo con toda la emoción de que era capaz-, creedme, he sentido mucho vuestras desgracias, y en todo y por todo estoy a vuestra disposición.

- Creia, meu caro Albert - disse com a emoção de que era susceptível -, creia que senti profundamente a desventura que o atingiu e que estou ao seu dispor para tudo.

-Gracias -dijo Alberto sonriéndose-, pero en medio de todas

nuestras desgracias somos aún bastante ricos para no tener necesidad de incomodar a nadie. Salimos de París, tenemos nuestro viaje pagado, y aún nos quedan cinco mil francos.

- Obrigado, senhor - respondeu Albert, sorrindo -, mas, apesar da nossa desventura, ficámos suficientemente ricos para não necessitarmos de recorrer a ninguém. Deixamos Paris e, depois de paga a nossa viagem, restam-nos cinco mil francos.

Debray, que llevaba un millón en el bolsillo, se sonrojó, y por poco práctico que fuese no pudo menos de reflexionar que la misma casa contenía hacía poco dos mujeres: una, justamente deshonrada, se iba pobre con un millón y quinientos mil francos bajo su capa, y la otra, injustamente perseguida, pero sublime en su desgracia, salía rica con poco dinero.

O rubor subiu à testa de Debray, que tinha um milhão na carteira; e por pouco poético que fosse o seu espírito exacto, não pôde deixar de reflectir que no mesmo prédio tinham estado pouco antes duas mulheres, das quais uma, justamente desonrada, se considerava pobre com um milhão e quinhentos mil francos debaixo das pregas da sua capa, e outra, injustamente atingida, mas sublime na sua desgraça, se considerava rica com alguns francos.

Tales comparaciones echaron por tierra sus combinaciones políticas. La filosofía del ejemplo le aterró, balbució algunas palabras de urbanidad general y bajó rápidamente.

Este paralelo deitou por terra os seus propósitos de cortesia; a filosofia do exemplo esmagou-o. Balbuciou algumas palavras de mera delicadeza e desceu rapidamente.

Aquel día, los empleados del ministerio, sus subordinados, tuvieron que sufrir su malhumor.

Naquele dia, os amanuenses do ministério seus subordinados tiveram de lhe aturar resignadamente o mau humor.

Por la tarde compró una hermosa casa en el boulevard de la Magdalena, que le producía de renta cincuenta mil libras.

Mas à tardinha tornava-se comprador de um belíssimo prédio situado no Bulevar da Madalena, que rendia cinquenta mil libras.

Al día siguiente y a la hora en que Debray firmaba el contrato, es decir, sobre las cinco de la tarde, la señora Morcef, después de haber abrazado tiernamente a su hijo y recibido los abrazos de éste, montaba en una berlina de la diligencia.

No dia seguinte, à hora em que Debray assinava a escritura, ou seja, por volta das cinco da tarde, a Sr.a de Morcerf, depois de beijar ternamente o filho e de ser ternamente beijada por ele, subia para a diligência, cuja porta se fechava atrás de si.

En las mensajerías Laffitte, un hombre estaba oculto tras una ventana del entresuelo que hay encima del despacho. Vio subir a Mercedes, salir la diligencia y alejarse a Alberto.

No pátio da empresa de transportes Laffitte encontrava-se um homem escondido atrás de uma das janelas arqueadas das sobrelojas. Esse homem viu Mercédès subir para a carruagem; viu partir a diligência; viu Albert afastar-se.

Pasó la mano por su frente y murmuró:

Então passou a mão pela testa, cheio de dúvidas, e murmurou:

-¡Cómo haré para devolver a dos inocentes la dicha de que les he privado! Dios me ayudará.

- Ai de mim, como hei-de restituir àqueles dois inocentes a felicidade que lhes roubei? Deus me ajudará.