La pequeña Roque.  Guy de Maupassant

Libro. La pequeña Roque (Book. Little Louise Roque)
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El peatón Médéric Rompel, a quien la gente de la región llamaba familiarmente Médéri, salió a la hora de costumbre de la casa de Correos de Roüy-le-Tors. Tras cruzar la pequeña población con su largo paso de soldado veterano, atajó primero por los prados de Villaumes para llegar a orillas del Brindille, que lo llevaba, siguiendo el agua, al pueblo de Carvelin, donde iniciaba el reparto.

Caminaba de prisa, a lo largo del estrecho río que espumeaba, gruñía, hervía y fluía por su lecho de hierbas, bajo una bóveda de sauces. Las grandes piedras que detenían la corriente tenían a su alrededor un anillo de agua, una especie de corbata rematada por un nudo de espuma. En algunos lugares había cascadas de un pie de altura, a menudo invisibles, que hacían, bajo las hojas, bajo los bejucos, bajo un techo de verdor, un gran ruido colérico y suave; más adelante las riberas se ensanchaban, se encontraba un laguito apacible donde nadaban truchas entre toda esa cabellera verde que ondea en el fondo de los arroyos tranquilos.

Médéric seguía su camino, sin ver nada, y sin pensar más que en esto: «Mi primera carta es para los Poivron, luego tengo una para el señor Renardet; conque tengo que atravesar el oquedal.» Su chaqueta azul, ceñida a la cintura por una correa de cuero negro, pasaba con marcha rápida y regular bajo la fila verde de los sauces; y su bastón, una fuerte vara de acebo, avanzaba a su lado al mismo ritmo que sus piernas.

Así pues, salvó el Brindille por un puente que consistía en un solo árbol, lanzado de una orilla a otra, y que tenía por única barandilla una cuerda sostenida por dos estacas clavadas en las riberas.

El oquedal, perteneciente al señor Renardet, alcalde de Carvelin, y el principal propietario del lugar, era una especie de bosque de viejos árboles, enormes, rectos como columnas, y que se extendía en una longitud de media legua, a la orilla izquierda del río, que servía de límite a aquella inmensa bóveda de follaje. A lo largo del agua habían crecido grandes arbustos, caldeados por el sol; pero en el oquedal no se encontraba más que musgo, un musgo espeso, suave y blando, que difundía por el aire estancado un ligero olor a moho y a ramas muertas.

Médéric aflojó el paso, se quitó el quepis negro galoneado de rojo y se enjugó la frente, pues ya hacía calor en los prados, aunque aún no eran las ocho de la mañana.

Acababa de ponérselo otra vez y de reanudar su paso ligero cuando vio, al pie de un árbol, un cuchillo, un cuchillito de niño. Cuando lo recogió, descubrió también un dedal, y después un alfiletero dos pasos más adelante.

Habiendo recogido aquellos objetos, pensó: «Se los entregaré al señor alcalde»; y prosiguió su camino; pero ahora con los ojos bien abiertos, esperando siempre encontrar otra cosa.

De repente se detuvo en seco, como si hubiera chocado con una valla de madera, pues, a diez pasos de él yacía, tendido de espaldas, un cuerpo infantil, desnudo, sobre el musgo. Era una niñita de unos doce años.

Tenía los brazos abiertos, las piernas separadas, la cara tapada con un pañuelo. Un poco de sangre maculaba sus muslos.

Médéric avanzó de puntillas, como si temiera hacer ruido, o recelara un peligro; y abría mucho los ojos.

¿Qué era aquello? Estaría dormida, sin duda. Después reflexionó que nadie duerme así, completamente desnudo, a las siete y media de la mañana, bajo árboles fríos. Entonces estaba muerta; y se hallaba en presencia de un crimen. Ante esta idea, un escalofrío le corrió por los riñones, aunque fuese un ex soldado.

Y además era una cosa tan rara en la región, un asesinato, y el asesinato de un niño, encima, que no podía dar crédito a sus ojos. Pero no presentaba ninguna herida, sólo aquella sangre coagulada en la pierna.

¿Cómo, pues, la habían matado?

Se había detenido muy cerca de ella; y la miraba, apoyado en su bastón. La conocía, claro, pues conocía a todos los habitantes de la comarca; pero, al no poder verle la cara, no podía adivinar su nombre. Se inclinó para retirar el pañuelo que le cubría el rostro; después se detuvo, con la mano extendida, retenido por una reflexión.

¿Tenía derecho a alterar algo del estado del cadáver antes de las pesquisas de la justicia? Se imaginaba a la justicia como una especie de general a quien nada se le escapa y que concede tanta importancia a un botón perdido como a una cuchillada en el vientre. Bajo aquel pañuelo, quizá se encontrase una prueba capital; era una pieza de convicción, en fin, que podría perder su valor tocada por una mano torpe.

Entonces se levantó para correr a casa del alcalde; pero otro pensamiento lo retuvo de nuevo. Si la chiquilla estaba aún viva, por casualidad, no podía abandonarla así. Se arrodilló, muy suavemente, bastante lejos de ella, por prudencia, y alargó la mano hacia su pie. Estaba frío, helado, con ese frío terrible que hace tan espantosa la carne muerta y que no deja lugar a dudas. El cartero, ante aquel tacto, sintió que el corazón le daba un vuelco, como dijo después, y que la saliva se le secaba en la boca. Levantándose bruscamente, echó a correr por el oquedal hacia la casa del señor Renardet.

Marchaba a paso gimnástico, con el bastón bajo el sobaco, los puños cerrados, la cabeza echada hacia adelante; y su bolsa de cuero, llena de cartas y periódicos, le golpeaba cadenciosamente los riñones.

La casa del alcalde se encontraba al final del bosque que le servía de parque y bañaba todo una esquina de sus muros en un pequeño estanque que formaba en aquel lugar el Brindille.

Era una gran mansión cuadrada, de piedra gris, muy antigua, que había sufrido asedios en tiempos, y rematada por una enorme torre, de veinte metros de altura, edificada en el agua.

Desde lo alto de aquella ciudadela se vigilaba antaño toda la región. La llamaban la torre del Zorro (Renard), sin que se supiera exactamente por qué; y de esa apelación sin duda había salido el apellido Renardet que llevaban los propietarios de aquel feudo que, según decían, pertenecía a la misma familia hacía más de doscientos años. Pues los Renardet formaban parte de esa burguesía casi noble que con frecuencia se encontraba en las provincias antes de la Revolución.

El cartero entró de un salto en la cocina, donde desayunaban los criados, y gritó: «¿Se ha levantao el señor alcalde? Tengo que hablarle ahora mismo.» Sabían que Médéric era hombre de peso y de autoridad, y comprendieron en seguida que había ocurrido algo grave.

El señor Renardet, avisado, ordenó que pasase. El peatón, pálido y jadeante, con el quepis en la mano, encontró al alcalde sentado ante una larga mesa cubierta de papeles esparcidos.

Era un hombre alto y grueso, pesado y rubicundo, fuerte como un buey y muy querido en la región, aunque violento en exceso. De unos cuarenta años de edad y viudo desde hacía seis meses, vivía en sus tierras como un hidalgo rural. Su temperamento fogoso le había acarreado con frecuencia situaciones penosas, de las que lo sacaban siempre los magistrados de Roüy-le-Tors, como amigos indulgentes y discretos. ¿Acaso no había un día derribado de lo alto del pescante al conductor de la diligencia porque había estado a punto de aplastar a su perro de muestra, Micmac? ¿No le había partido las costillas a un guardabosques que levantaba un acta contra él porque atravesaba, con la escopeta al hombro, unas tierras pertenecientes a un vecino? ¿E incluso no cogió por las solapas al subprefecto, que se detenía en el pueblo en el curso de una visita administrativa, calificada por el señor Renardet de visita electoral? Porque, por tradición familiar, militaba siempre en la oposición al gobierno.

El alcalde preguntó: «¿Qué pasa, Médéric?

—He encontrado una niñita muerta en su oquedal.» Renardet se irguió, con la cara de color de ladrillo: «¿Qué dice?... ¿Una niña?

—Sí, señor, una niñita, desnuda del todo, de espaldas, con sangre, ¡muerta, bien muerta!» El alcalde renegó: «¡Maldita sea! Apuesto a que es la pequeña Roque. Acaban de avisarme de que ayer por la noche no regresó a casa de su madre. ¿En qué lugar la descubrió usted?» El cartero explicó el sitio, dio detalles, se ofreció a acompañar al alcalde.

Pero Renardet respondió con brusquedad: «No. No lo necesito a usted. Envíeme en seguida al guarda rural, al secretario del ayuntamiento y al médico, y prosiga su ronda. Rápido, rápido, váyase, y dígales que se reúnan conmigo en el oquedal.» El peatón, hombre disciplinado, obedeció y se retiró, furioso y desolado de no asistir a las diligencias.

El alcalde salió a su vez, cogió su sombrero, un gran sombrero flexible, de fieltro gris, de alas muy anchas, y se detuvo unos segundos en el umbral de su residencia. Ante él se extendía un vasto césped sobre el que se destacaban tres grandes manchas, roja, azul y blanca, tres macizos de flores abiertas, una frente a la casa y las otras a los lados. Más lejos se erguían hacia el cielo los primeros árboles del oquedal, mientras que a la izquierda, por encima del Brindille ensanchado en estanque, se veían largas praderas, toda una región verde y llana, cortada por acequias y por hileras de sauces semejantes a monstruos, a enanos rechonchos, siempre podados y luciendo sobre un tronco enorme y corto un tembloroso plumero de delgadas ramas.

A la derecha, detrás de los establos, los cobertizos, todas las edificaciones que dependían de la finca, empezaba el pueblo, rico, habitado por ganaderos.

Renardet bajó lentamente los peldaños de la escalinata, y, doblando a la izquierda, llegó a la orilla del agua, que siguió a pasos lentos, las manos a la espalda. Caminaba con la cabeza gacha; y de vez en cuando miraba a su alrededor por si veía a las personas a quienes había mandado a buscar.

Cuando hubo llegado bajo los árboles, se detuvo, se destocó y se enjugó la frente como había hecho Médéric; pues el ardiente sol de julio caía como lluvia de fuego sobre la tierra. Después el alcalde prosiguió su marcha, se detuvo de nuevo, volvió sobre sus pasos. De pronto, bajándose, mojó el pañuelo en el arroyo que corría a sus pies y se lo extendió en la cabeza, debajo del sombrero. Gotas de agua se deslizaban a lo largo de sus sienes, por sus orejas siempre violáceas, por su cuello poderoso y rojo y entraban, una tras otra, bajo el blanco cuello de su camisa.

Como nadie aparecía aún, se puso a golpear el suelo con el pie, y después llamó: «¡Eh! ¡Eh!» Una voz respondió a la derecha: «¡Eh! ¡Eh!» Y el médico apareció bajo los árboles. Era un hombrecillo flaco, ex cirujano militar, tenido por muy capaz en las cercanías. Cojeaba, pues había sido herido en campaña, y se ayudaba con un bastón para caminar.

Después vio al guarda rural y al secretario del ayuntamiento que, avisados al mismo tiempo, llegaban juntos. Tenían cara de espanto y acudían jadeantes, andando y corriendo sucesivamente para darse prisa, y agitando tanto los brazos que parecían acometer con ellos más trabajo que con las piernas.

Renardet le dijo al médico: «¿Sabe usted de qué se trata?

—Sí, una niña muerta que Médéric encontró en el bosque.

—Está bien. Vamos.» Se pusieron a caminar uno al lado del otro, seguidos por los otros dos hombres. Sus pasos no hacían el menor ruido sobre el musgo; sus ojos buscaban algo delante de sí, a los lejos.

El doctor Labarbe extendió el brazo de pronto: «Miren, ¡ahí está!» Muy lejos, bajo los árboles, se divisaba una cosa clara. De no haber sabido lo que era, no lo hubieran adivinado. Parecía reluciente y tan blanca que se la hubiese tomado por una sábana caída, pues un rayo de sol que se deslizaba entre las ramas, iluminaba la carne pálida con una gran raya oblicua que cruzaba el vientre. Al acercarse, distinguieron poco a poco la forma, la cabeza cubierta, vuelta hacia el agua, y los dos brazos separados como para una crucifixión.

«Tengo un calor terrible», dijo el alcalde.

Y, bajándose hacia el Brindille, mojó de nuevo el pañuelo, que volvió a colocarse sobre la frente.

El médico apresuraba el paso, interesado por el descubrimiento. En cuanto estuvo junto al cadáver, se inclinó para examinarlo, aunque sin tocarlo. Se había puesto los quevedos, como cuando uno mira un objeto curioso, y daba lentas vueltas alrededor.

Dijo sin alzarse: «Violación y asesinato, que vamos a comprobar ahora mismo. Esta chiquilla es, por lo demás, casi una mujer, vean su busto.» Los dos senos, ya bastante desarrollados, caían sobre el pecho, flácidos por la muerte.

El médico quitó suavemente el pañuelo que cubría la cara. Esta apareció negra, espantosa, con la lengua fuera, los ojos saltones. Prosiguió: «Pardiez, la han estrangulado una vez hecha la cosa.» Le palpaba el cuello: «Estrangulada con las manos sin dejar además ningún rastro especial, ni marca de uñas ni huella de dedos. Muy bien. Es la pequeña Roque, en efecto.» Volvió a colocar delicadamente el pañuelo: «No puedo hacer nada; está muerta desde hace doce horas, por lo menos. Hay que avisar a la justicia.» Renardet, de pie, con las manos a la espalda, miraba fijamente el cuerpecito extendido en la hierba.

Murmuró: «¡Qué miserable! Habría que encontrar sus vestidos.» El médico palpaba las manos, los brazos, las piernas. Dijo: «Acababa sin duda de darse un baño. Deben estar al borde del agua.» El alcalde ordenó: «Tú, Principe (era el secretario del ayuntamiento), vete a buscarme esas prendas a lo largo del arroyo. Tú, Máxime (era el guarda rural), corre a Roüy-le-Tors y tráeme al juez de instrucción y a los gendarmes. Tienen que estar aquí dentro de una hora. Ya sabes.» Los dos hombres se alejaron con viveza; y Renardet le dijo al doctor: «¿Qué canalla habrá podido hacer semejante cosa en este pueblo?» El médico murmuró: «¿Quién sabe? Cualquiera sería capaz. Cualquiera en particular y nadie en general.

No importa, debe ser algún vagabundo, algún obrero sin trabajo. Desde que tenemos la República, no se ve por los caminos más que eso.» Ambos eran bonapartistas.

El alcalde prosiguió: «Sí, no puede ser más que un extraño, un transeúnte, un vagabundo sin hogar ni tierra...» El médico agregó con una apariencia de sonrisa: «Y sin mujer. Al no tener ni una buena cena ni un buen albergue, se ha procurado lo demás. Nadie se imagina cuántos hombres hay en la tierra capaces de una fechoría en un momento dado. ¿Sabía usted que la pequeña había desaparecido?» Y con la punta de su bastón, tocaba uno tras otro los dedos rígidos de la muerta, como si de las teclas de un piano se tratase.

«Sí. La madre vino a buscarme ayer, hacia las nueve de la noche, pues la niña no había regresado a las siete a cenar. La hemos llamado hasta medianoche por los caminos; pero no se nos ocurrió pensar en el oquedal. Por lo demás, era preciso que hubiera luz, para realizar búsquedas verdaderamente útiles.

—¿Quiere usted un cigarro? —dijo el médico.

—No, gracias, no tengo ganas de fumar. Me da cierta grima ver eso.» Permanecían ambos de pie, frente a aquel frágil cuerpo de adolescente, tan pálido, sobre el musgo oscuro. Una gran mosca de vientre azul que se paseaba a lo largo de un muslo, se detuvo sobre las manchas de sangre, volvió a echar a andar, subiendo siempre, recorriendo la cadera con su marcha viva e irregular, trepó a un seno, después bajó para explorar el otro, buscando algo de beber sobre aquella muerta. Los dos hombres miraban aquel punto negro errante.

El médico dijo: «Qué bonita es una mosca en la piel. Las damas del siglo pasado tenían mucha razón cuando se pegaban un lunar en la cara. ¿Por qué se habrá perdido esa costumbre?» El alcalde parecía no oírlo, perdido en sus reflexiones.

Pero de repente se volvió, pues un ruido lo había sorprendido; una mujer con gorro y delantal azul corría bajo los árboles. Era la madre, la Roque. En cuanto vio a Renardet, empezó a chillar: «¡Mi niña! ¿Dónde está mi niña?», tan enloquecida que no miraba al suelo. La vio de repente, se paró en seco, juntó las manos y alzó los dos brazos lanzando un clamor agudo y desgarrador, un clamor de animal mutilado.

Después se abalanzó hacia el cuerpo, cayó de rodillas y quitó, como si lo arrancase, el pañuelo que cubría la cara. Cuando vio aquel rostro espantoso, negro y convulso, sé irguió con una sacudida, después se postró con el rostro en el suelo, lanzando entre el espesor del musgo gritos espantosos y continuos.

Su gran cuerpo flaco, al que se le pegaban las ropas, palpitaba, sacudido por convulsiones. Se veían sus tobillos huesudos y sus secas pantorrillas envueltas en gruesas medias azules estremecerse horriblemente; y escarbaba en el suelo con sus dedos engarfiados como para hacer en él un hoyo donde esconderse.

El médico, emocionado, murmuró: «¡Pobre vieja!» Renardet sintió en la barriga un ruido singular; después lanzó una especie de ruidoso estornudo que le salió al mismo tiempo por la nariz y por la boca; y, sacándose el pañuelo del bolsillo, se echó a llorar, tosiendo, sollozando y sonándose con estrépito. Balbucía: «¡Mal... mal... mal... maldita sea! ¿Quién será el cerdo que ha hecho esto?... Me... me... me gustaría verlo en la guillotina...» Pero reapareció Principe, con aire desolado y las manos vacías. Murmuró: «No encuentro nada, señor alcalde; nada de nada en ninguna parte.» El otro, pasmado, respondió con voz grosera, ahogada en lágrimas: «¿Qué es lo que no encuentras?

—Las ropas de la pequeña.

—Pues... pues... busca mejor... y... y... encuéntralas... o... o tendrás que vértelas conmigo.» El hombre, sabiendo que al alcalde no se le podía llevar la contraria, volvió a marcharse con pasos desalentados, lanzando al cadáver una ojeada oblicua y temerosa.

Bajo los árboles se alzaban voces lejanas, un rumor confuso, el ruido de una muchedumbre que se aproximaba, pues Médéric, durante su ronda, había diseminado la noticia de puerta en puerta. La gente del pueblo, estupefacta al principio, había charlado de eso en la calle, de un umbral a otro; después se había congregado; habían cotilleado, discutido, comentado el acontecimiento durante unos minutos, y ahora acudían a ver.

Llegaban en grupos, un poco vacilantes e inquietos, por miedo a la primera emoción. Cuando distinguieron el cuerpo, se detuvieron, sin atreverse a avanzar más y hablando en voz baja. Después se armaron de valor, dieron unos pasos, volvieron a detenerse, avanzaron de nuevo, y pronto formaron en torno a la muerta, a su madre, al médico y a Renardet, un apretado corro, agitado y ruidoso que se cerraba con los súbitos empujones de los recién llegados. Pronto llegaron hasta el cadáver. Algunos incluso se bajaron a palparlo. El médico los apartó. Pero el alcalde, saliendo bruscamente de su torpor, se puso furioso y, cogiendo el bastón del doctor Labarbe, se arrojó sobre sus administrados balbuciendo: «Largaos de aquí...

largaos de aquí... hato de bestias... largaos de aquí.» En un segundo el cordón de curiosos se ensanchó en doscientos metros.

La Roque se incorporó, se dio media vuelta, se sentó, y ahora lloraba con las manos unidas sobre la cara.

Entre la multitud, se discutía el asunto; y ávidos ojos de muchachos exploraban el joven cuerpo desnudo. Renardet se dio cuenta y, quitándose bruscamente su chaqueta de lino, la echó sobre la chiquilla, que desapareció por entero bajo la amplia prenda.

Los curiosos se aproximaban poco a poco; el oquedal se llenaba de gente; un continuo rumor de voces ascendía bajo el espeso follaje de los grandes árboles.

El alcalde, en mangas de camisa, seguía de pie, el bastón en la mano, en actitud de combate. Parecía exasperado por aquella curiosidad del pueblo y repetía: «Si uno de vosotros se acerca, le rompo la cabeza como a un perro.» Los campesinos le tenían mucho miedo; se mantuvieron apartados. El doctor Labarbe, que fumaba, se sentó al lado de la Roque, y le habló, intentando distraerla. La vieja se quitó en seguida las manos de la cara y respondió con un torrente de frases lacrimosas, vaciando su dolor en la abundancia de palabras. Contó toda su vida, su boda, la muerte de su hombre, boyero, matado de una cornada, la infancia de su hija, su miserable existencia de viuda sin recursos con la pequeña. No tenía más que eso, su pequeña Louise; y se la habían matado; la habían matado en aquel bosque. De repente, quiso volver a verla y, arrastrándose de rodillas hasta el cadáver, levantó por una punta la prenda que la cubría; después la dejó caer y empezó a chillar de nuevo. La multitud callaba, mirando ávidamente todos los gestos de la madre.

Pero de pronto se produjo un gran alboroto; gritaban: «¡Los gendarmes! ¡Los gendarmes!» A lo lejos aparecieron dos gendarmes, que llegaban a todo correr, escoltando a su capitán y a un señor bajito de patillas rojas, que bailaba como un mono sobre una gran yegua blanca.

El guarda rural había encontrado al señor Putoin, el juez de instrucción, en el mismo momento en que éste montaba a caballo para su paseo de todos los días, pues se las daba de gran jinete, con gran regocijo de sus subordinados.

Echó pie a tierra con el capitán, y estrechó las manos del alcalde y del doctor, lanzando una mirada de hurón a la chaqueta de lino abultada por el cuerpo que yacía debajo.

Cuando estuvo perfectamente al tanto de los hechos, mandó ante todo alejar al público, al que los gendarmes echaron del oquedal, pero que reapareció bien pronto en el prado y formó una hilera, una gran hilera de cabezas excitadas e inquietas a lo largo del Brindille, del otro lado del arroyo.

El médico, a su vez, dio sus explicaciones, que Renardet escribía a lápiz en su agenda. Se hicieron todas las comprobaciones, se anotaron y comentaron sin conducir a ningún descubrimiento. Príncipe también había regresado sin haber hallado rastros de la ropa.

Esa desaparición sorprendía a todo el mundo, pues nadie podía explicársela más que por un robo; y, como aquellos andrajos no valían un franco, el propio robo resultaba inadmisible.

El juez de instrucción, el alcalde, el capitán y el doctor se habían puesto también a buscarlas de dos en dos, apartando las más pequeñas ramas a lo largo del agua.

Renardet le decía al juez: «¿Cómo puede ser que ese miserable haya escondido la ropa o se la haya llevado, y dejado así el cuerpo al aire libre, a la vista?» El otro, socarrón y perspicaz, respondió: «¡Eh! ¡Eh! ¿Acaso una astucia? El crimen ha sido cometido o por un animal o por un pillo redomado. En cualquier caso, conseguiremos descubrirlo.» El ruido de un carruaje les hizo volver la cabeza. Eran el suplente, el médico forense y el escribano del tribunal que llegaban a su vez. Se volvió a iniciar la búsqueda mientras charlaban con animación.

Renardet dijo de repente: «Les comunico que se quedarán a almorzar conmigo.» Todos aceptaron con sonrisas, y el juez de instrucción, opinando que ya se había ocupado bastante, por ese día, de la pequeña Roque, se volvió hacia el alcalde «Puedo mandar que lleven a su casa al cuerpo, ¿no? Ya tendrá usted alguna habitación para guardármelo hasta esta noche.» El otro se turbó, balbuciendo: «Sí, no... no... A decir verdad, prefiero que no entre en mi casa... a causa...

a causa de mis criados... que... que ya hablan de aparecidos en... en mi torre, en la torre del Zorro... Ya sabe usted... No se quedaría ni uno solo... No... Prefiero no tenerlo en casa.» El magistrado esbozó una sonrisa: «Bueno... Mandaré que se lo lleven de inmediato a Roüy, para el examen legal.» Y, volviéndose hacia el suplente: «Puedo utilizar su coche, ¿no?

—Sí, claro.» Todos volvieron hacia el cadáver. La Roque, ahora, sentada al lado de su hija, le cogía una mano, y miraba ante sí con ojos vagos y alelados.

Los dos médicos trataron de llevársela para que no viera cómo cogían a la pequeña; pero ella comprendió en seguida qué iban a hacer y, arrojándose sobre el cuerpo, lo estrechó entre sus brazos.

Acostada sobre él, gritaba: «No se la llevarán, es mía, es mía ahora. Me la han matao, ¡quiero quedarme con ella! ¡No me la quitarán!» Todos los hombres, turbados e indecisos, permanecían de pie a su alrededor. Renardet se arrodilló para hablarle. «Escuche, señora Roque, es preciso, para saber quién la ha matado; si no, no se sabría; es preciso que lo busquemos para castigarlo. Se la devolveremos cuando lo hayamos encontrado, se lo prometo.» Este razonamiento ablandó a la mujer y en su mirada enloquecida despertó el odio: «Entonces, ¿lo cogerán?, dijo.

—Sí, se lo prometo.» Ella se levantó, decidida a dejar actuar a aquella gente; pero, cuando el capitán murmuró: «Es sorprendente que no se encuentren sus ropas», una nueva idea que aún no se le había ocurrido penetró bruscamente en su cabeza de campesina, y se preguntó: «¿Dónde está su ropa? Es mía. La quiero. ¿Dónde la han metido?» Le explicaron que no se había podido encontrar; entonces la reclamó con desesperada obstinación, llorando y gimiendo: «Es mía, la quiero; ¿dónde está? ¡La quiero!» Cuanto más intentaban calmarla, más sollozaba ella, más se obstinaba. No pedía ya el cuerpo, quería los vestidos, los vestidos de su hija, acaso tanto por inconsciente codicia de pobre para quien una pieza de plata representa una fortuna, como por ternura materna.

Y cuando el cuerpecito, envuelto en mantas que habían ido a buscar a casa de Renardet, desapareció en el coche, la vieja, de pie bajo los árboles, sostenida por el alcalde y el capitán, gritaba: «Ya no tengo na, na de na, na más en este mundo, na de na, ni siquiera su gorrito, su gorrito; ya no tengo na, na de na, ni siquiera su gorrito.» El cura acababa de llegar; un sacerdote muy joven y ya gordo. Se encargó de llevarse a la Roque, y se fueron juntos hacia el pueblo. El dolor de la madre se atenuaba con las sagradas palabras del eclesiástico que le prometía mil compensaciones. Pero repetía sin cesar: «Si tuviera aunque sólo fuese su gorrito...», obstinándose con esa idea que dominaba en ese momento sobre todas las otras.

Renardet gritó desde lejos: «Almuerza usted con nosotros, señor cura. Dentro de una hora.» El sacerdote volvió la cabeza y respondió: «Con mucho gusto, señor alcalde. Estaré con ustedes al mediodía.» Y todos se dirigieron hacia la casa, cuya fachada gris y cuya alta torre, plantada al borde del Brindille, se divisaba a través de las ramas.

La comida duró mucho tiempo; se hablaba del crimen. Todo el mundo fue del mismo parecer; había sido cometido por algún merodeador, que pasaba por allí por casualidad, mientras la pequeña se bañaba.

Después los magistrados regresaron a Roüy, anunciando que volverían al día siguiente muy temprano; el médico y el cura se fueron a sus casas, mientras Renardet, tras un largo paseo por los prados, regresó al oquedal, por donde paseó hasta la noche, a pasos lentos, las manos a la espalda.

Se acostó muy temprano y dormía aún al día siguiente cuando el juez de instrucción entró en su cuarto.

Se frotaba las manos; parecía contento, dijo: «¡Ah! ¡Ah! ¿Duerme usted aún? ¡Eh!, bueno, amigo mío, tenemos novedades esta mañana.» El alcalde se había sentado en la cama: «¿Qué pasa?

—¡Oh! Algo muy singular. Ya recuerda usted cómo la madre reclamaba, ayer, un recuerdo de su hija, el gorrito, sobre todo. Pues bien, al abrir la puerta esta mañana ha encontrado, en el umbral, los dos zuecos de la niña. Eso prueba que el crimen ha sido cometido por alguien del pueblo, por alguien que se apiadó de ella.

Y además el cartero Médéric me ha traído el dedal, el cuchillo y el alfiletero de la muerta. Conque el nombre, al llevarse las ropas para ocultarlas, dejó caer los objetos que había en el bolsillo. Por mi parte, concedo sobre todo importancia al asunto de los zuecos, que indica cierta cultura moral y capacidad de enternecimiento en el asesino. Conque, si le parece bien, vamos a pasar revista juntos a los principales habitantes del pueblo.» El alcalde se había levantado. Llamó para que le trajesen agua caliente para afeitarse. Decía: «Encantado; pero será bastante largo, y podemos empezar en seguida.» El señor Putoin se había sentado a horcajadas sobre una silla, continuando así, incluso dentro de casa, con su manía de la equitación.

El señor Renardet ahora se cubría el mentón de espuma blanca mirándose en el espejo; después pasó la navaja por el suavizador y prosiguió: «El principal habitante de Carvelin se llama Joseph Renardet, alcalde, rico propietario, hombre brusco que pega a los guardas y a los cocheros...» El juez de instrucción se echó a reír: «Con eso me basta; pasemos al siguiente...

—El segundo en importancia es el señor Pedellent, teniente de alcalde, ganadero, también rico propietario, un campesino astuto, muy socarrón, muy retorcido en cuestiones de dinero, pero incapaz, en mi opinión, de haber cometido semejante fechoría.» El señor Putoin dijo: «Sigamos.» Entonces, mientras se afeitaba y se lavaba, Renardet prosiguió la inspección moral de todos los habitantes de Carvelin. Tras dos horas de discusión, sus sospechas se habían centrado en tres individuos de poco fiar: un cazador furtivo llamado Cavalle, un pescador de truchas y cangrejos llamado Paquet y un boyero llamado Clovis.

Las investigaciones duraron todo el verano; no se descubrió al criminal. Los sospechosos, detenidos, pudieron probar con facilidad su inocencia, y la justicia tuvo que renunciar a perseguir al culpable.

Pero el asesinato parecía haber conmovido al pueblo entero de forma singular. En las almas de sus habitantes perduraba una inquietud, un vago temor, una sensación de misterioso espanto, procedente no sólo de la imposibilidad de descubrir la menor huella, sino también y sobre todo el extraño hallazgo de los zuecos delante de la puerta de la Roque, al día siguiente. La certidumbre de que el homicida había asistido a las comprobaciones, que vivía aún en el pueblo, sin duda, acosaba los espíritus, los obsesionaba, parecía cernerse sobre la región como una incesante amenaza.

El oquedal, por otra parte, se había convertido en un lugar temido, evitado, que se creía lleno de aparecidos. En otros tiempos, los habitantes iban a pasear por él los domingos por la tarde. Se sentaban en el musgo al pie de los enormes árboles, o bien marchaban a lo largo del agua acechando a las primeras truchas que escapaban bajo las hierbas. Los chavales jugaban a las bochas, a los bolos, al chito, a la pelota, en ciertos lugares de suelo llano y apisonado que habían descubierto; y las chicas, en hileras de cuatro o cinco, se paseaban del brazo, cantaban con chillonas voces romanzas que herían los oídos, cuyas notas falsas turbaban el aire tranquilo y daban dentera como si fuesen gotas de vinagre. Ahora nadie iba ya bajo la bóveda tupida y alta, como si esperasen encontrarse siempre con algún cadáver tirado.

Llegó el otoño, cayeron las hojas. Caían día y noche, descendían arremolinándose, redondas y ligeras, a lo largo de los grandes árboles; y se empezaba a ver el cielo a través de las ramas. A veces, cuando una racha de viento pasaba sobre las copas, la lluvia lenta y continua se espesaba bruscamente, se convertía en un chaparrón vagamente rumoroso que cubría el musgo con una tupida alfombra amarilla, que crujía un poco bajo los pasos. Y el murmullo casi inasible, el murmullo flotante, incesante, dulce y triste de aquella caída, parecía una queja, y las hojas que seguían cayendo parecían lágrimas, grandes lágrimas derramadas por los grandes árboles tristes que lloraban noche y día por el final del año, por el final de las auroras tibias y de los dulces crepúsculos, por el final de las brisas cálidas y de los claros soles, y también quizás por el crimen que habían visto cometer bajo su sombra, por la niña violada y muerta a sus pies. Lloraban en el silencio del bosque desierto y vacío, del bosque abandonado y temido, por el que debía vagar, muy sola, el alma, el almita de la chiquilla muerta.

El Brindille, crecido con las tormentas, fluía más de prisa, amarillo y colérico, entre sus riberas, entre dos hileras de sauces finos y desnudos.

Y he aquí que Renardet, de repente, volvió a pasearse por el oquedal. Todos los días, a la caída de la noche, salía de su casa, bajaba a pasos lentos la escalinata, y caminaba bajo los árboles con aire soñador, las manos en los bolsillos. Marchaba durante mucho tiempo sobre el musgo húmedo y blando, mientras una legión de cuervos, que había acudido desde las cercanías para dormir en las grandes copas, se desplegaba a través del espacio, a la manera de un inmenso velo de luto que flotaba al viento, lanzando clamores violentos y siniestros.

A veces se posaban, acribillando a manchas negras las ramas enredadas contra el cielo rojo, contra el cielo sangriento de los crepúsculos de otoño. Y luego, de repente, volvían a remontarse graznando espantosamente y desplegando de nuevo por encima del bosque el largo festón oscuro de su vuelo.

Se dejaban caer por último sobre las cimas más altas y poco a poco cesaban sus rumores, mientras la noche creciente mezclaba sus plumas negras con el negro del espacio.

Renardet seguía errando al pie de los árboles, lentamente; después, cuando las opacas tinieblas ya no le permitían andar más, regresaba a casa, caía como un piedra en su sillón, ante la chimenea clara, tendiendo hacia el hogar sus pies húmedos, que humeaban un buen rato contra la llama.

Ahora bien, una mañana corrió una gran noticia por la región: el alcalde mandaba talar el oquedal.

Veinte leñadores estaban ya trabajando. Habían empezado por el rincón más próximo a la casa, y avanzaban a toda velocidad en presencia del amo.

Primero, los podadores trepaban por el tronco.

Sujetos a él por un cinturón de cuerda, lo rodean primero con los dos brazos, y después, levantando una pierna, le asestan un fuerte golpe con una punta de cero fijada a la suela. La punta entra en la madera, queda clavada en ella, y el hombre se eleva por encima como en un peldaño para asestar con el otro pie un golpe con la otra punta, sobre la que se sostendrá de nuevo mientras vuelve a empezar con la primera.

Y, conforme va subiendo, levanta un poco más el cinturón de cuerda que lo ata al árbol; sobre sus riñones, cuelga y brilla la hacheta de acero. Sigue trepando suavemente como un animal parásito atacando a un gigante, asciende pesadamente a lo largo de la inmensa columna, abrazándola y espoleándola para ir a decapitarla.

En cuanto llega a las primeras ramas, se detiene, suelta de su costado el agudo podón y golpea. Golpea con lentitud, con método, cortando el miembro muy cerca del tronco; y de pronto la rama cruje, se dobla, se inclina, es arrancada y cae, rozando en su caída los árboles vecinos. Después se aplasta contra el suelo con un gran ruido de maderas rotas, y todas sus menudas ramitas palpitan un buen rato.

El suelo se cubría de restos que otros hombres cortaban a su vez, liaban en haces y apilaban en montones, mientras que los árboles que aún seguían en pie parecían desmesurados postes, estacas gigantescas amputadas y afeitadas por el cortante acero de los podones.

Y, cuando el podador había terminado su tarea, dejaba en lo alto del tronco recto y esbelto el cinturón de cuerda que había llevado allá, volvía a bajar en seguida a golpes de espuela por el tallo desmochado, que los leñadores atacaban entonces por la base asentando grandes golpes que resonaban en todo el resto del oquedal.

Cuando le herida del pie parecía bastante profunda, unos cuantos hombres tiraban, lanzando un grito cadencioso de la cuerda sujeta en la cima, y el inmenso mástil de pronto crujía y caía al suelo con el ruido sordo y la sacudida de un lejano cañonazo.

Y el bosque disminuía cada día, perdiendo sus árboles derribados como un ejército pierde sus soldados.

Renardet no se apartaba de allí; allí estaba de la mañana a la noche, contemplando, inmóvil y con las manos a la espalda, la muerte lenta de su oquedal. Cuando caía un árbol, le ponía un pie encima, como sobre un cadáver. Después alzaba los ojos al siguiente con una especie de impaciencia secreta y tranquila, como si esperase, desease algo al final de aquella carnicería.

Entretanto, se acercaban al lugar donde había sido encontrada la pequeña Roque. Llegaron por fin a él, una tarde, a la hora del crepúsculo.

Como estaba oscuro, con el cielo cubierto, los leñadores quisieron interrumpir el trabajo dejando para el día siguiente el derribo de una enorme haya, pero el dueño se opuso, y exigió que en el acto se podara y abatiera aquel coloso que había dado su sombra al crimen.

Cuando el podador lo hubo dejado desnudo, hubo terminado el arreglo del condenado, cuando los leñadores hubieron socavado su base, cinco hombres empezaron a tirar de la cuerda atada a lo alto.

El árbol resistió; su poderoso tronco, aunque cortado hasta el centro, era rígido como el hierro, los trabajadores, todos a una, con una especie de saltos regulares, tensaban la cuerda hasta casi acostarse en el suelo, y lanzaban un sofocado grito gutural que mostraba y regulaba sus esfuerzos.

Dos leñadores, de pie junto al gigante, seguían empuñando sus hachas, como dos verdugos dispuestos a golpear de nuevo, y Renardet, inmóvil, con la mano sobre la corteza, esperaba la caída con una emoción inquieta y nerviosa.

Uno de los hombres le dijo: «Está usted demasiado cerca, señor alcalde; cuando caiga, puede herirle.» No respondió ni retrocedió; parecía dispuesto a agarrar él mismo el haya con ambos brazos para derribarla como un luchador.

Se produjo de repente, en el pie de la alta columna de madera, un desgarramiento que pareció correr hasta la cima como una dolorosa sacudida; se inclinó un poco, a punto de caer, pero resistiéndose aún. Los hombres, excitados, atiesaron los brazos, hicieron un esfuerzo mayor; y cuando el árbol, roto, se derrumbaba, de pronto Renardet dio un paso hacia adelante, y después se detuvo, con los hombros levantados para recibir el choque irresistible, el choque mortal que lo aplastaría contra el suelo.

Pero el haya, desviándose un poco, se limitó a rozarle los riñones, tirándolo de bruces a cinco metros de allí.

Los trabajadores se abalanzaron a levantarlo; ya se había alzado él mismo sobre las rodillas, atontado, con ojos extraviados, y pasándose la mano por la frente, como si despertase de un ataque de locura.

Cuando estuvo de nuevo en pie, los hombres, sorprendidos, lo interrogaron, sin comprender lo que había hecho. Respondió, balbuciendo, que había tenido un instante de extravío, o mejor dicho, un segundo de retorno a la infancia, que se había imaginado que tendría tiempo de pasar bajo el árbol, como los críos pasan corriendo ante los carruajes al trote, que había jugado con el peligro, que, desde hacía ocho días, sentía crecer en su interior esa necesidad, preguntándose, cada vez que un árbol crujía para caer, si se podría pasar bajo él sin ser alcanzado. Era una tontería, lo confesaba; pero todo el mundo tiene esos minutos de insanía y esas tentaciones de un estupidez pueril.

Se explicaba con lentitud, buscando las palabras, con voz sorda; y luego se marchó diciendo: «Hasta mañana, amigos míos, hasta mañana.» En cuanto entró en su habitación, se sentó ante su mesa, que la lámpara, rematada por una pantalla, iluminaba vivamente, y, cogiéndose la frente entre las manos, se echó a llorar.

Lloró mucho tiempo, después se enjugó los ojos, alzó la cabeza y miró el reloj de pared. Aún no eran las seis. Pensó: «Tengo tiempo antes de cenar», y fue a cerrar la puerta con llave. Entonces volvió a sentarse ante la mesa; abrió el cajón del centro, cogió un revólver y lo colocó sobre sus papeles, a plena luz. El acero del arma brillaba, lanzaba reflejos semejantes a llamas.

Renardet lo contempló algún tiempo con la mirada turbia de un hombre borracho; después se levantó y empezó a caminar.

Iba de un extremo a otro de la estancia, y de vez en cuando se detenía para volver a caminar al punto. De pronto abrió la puerta de su cuarto de aseo, empapó una servilleta en el cántaro de agua y se mojó la frente, como había hecho la mañana del crimen. Después volvió a caminar. Cada vez que pasaba ante la mesa, el arma brillante atraía su mirada, buscaba su mano, pero él espiaba el reloj y pensaba: «Aún tengo tiempo.» Dieron las seis y media.. Cogió entonces el revólver, abrió la boca mucho con una horrible mueca, y se metió dentro el cañón como si hubiera querido tragarlo. Permaneció así unos segundos, inmóvil, con el dedo en el seguro, y después, bruscamente sacudido por un estremecimiento de horror, escupió la pistola sobre la alfombra.

Y volvió a caer en su sillón, sollozante: «No puedo. ¡No me atrevo! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué hacer para tener el valor de matarme?» Llamaban a la puerta; se irguió, enloquecido. Un criado decía: «La cena del señor está servida.» Respondió: «Está bien. Ahora bajo.» Entonces recogió el arma, la encerró de nuevo en el cajón, después se miró al espejo de la chimenea para ver si su rostro no le parecía demasiado convulso. Estaba rojo, como siempre, acaso un poco más rojo, nada más. Bajó y se sentó a la mesa.

Comió lentamente, como un hombre que quiere prolongar la comida, que no quiere encontrarse a solas consigo mismo. Después fumó varias pipas en la sala mientras quitaban la mesa. Después volvió a subir a su habitación.

En cuanto se hubo encerrado allí, miró debajo de la cama, abrió todos los armarios, exploró todos los rincones, registró todos los muebles. A continuación encendió las velas de la chimenea y, dando varias vueltas sobre sí mismo, recorrió con la vista toda la estancia, pues sabía perfectamente que iba a verla, como todas las noches, a la pequeña Roque, a la chiquilla que había violado y después estrangulado.

Todas las noches recomenzaba la odiosa visión. Era al principio una especie de zumbido en sus oídos como el ruido de una trilladora o el paso lejano de un tren sobre un puente. El empezaba entonces a jadear, a ahogarse, y tenía que aflojarse el cuello de la camisa y el cinturón. Caminaba para hacer circular la sangre, intentaba leer, intentaba cantar; era en vano; su pensamiento, a su pesar, volvía al día del asesinato, y se lo hacía recomenzar en sus más secretos detalles, con todas las más violentas emociones desde el primer minuto al último.

Había sentido, al levantarse aquella mañana, la mañana del horrible día, un poco de aturdimiento y de jaqueca, que atribuía al calor, de modo que se quedó en su habitación hasta que lo llamaron a almorzar.

Después de comer, había echado una siesta; y luego había salido a media tarde para respirar la brisa fresca y sedante bajo los árboles de su oquedal.

Pero en cuanto estuvo fuera, el aire pesado y ardiente de la llanura lo oprimió aún más. El sol, todavía alto en el cielo, derramaba sobre la tierra calcinada, seca y sedienta, oleadas de encendida luz. Ni el menor soplo de viento movía las hojas. Todos los animales, los pájaros, los mismos saltamontes, callaban. Renardet llegó a los grandes árboles y empezó a caminar sobre el musgo, allí donde el Brindille evaporaba un poco de frescura bajo la inmensa techumbre de ramas. Pero no se sentía a sus anchas. Le parecía que una mano desconocida, invisible, le apretaba el cuello; y casi no pensaba en nada, aunque de ordinario tenía pocas ideas en la cabeza. Sólo un vago pensamiento le obsesionaba desde hacía tres meses, el pensamiento de volverse a casar. Sufría al vivir solo, sufría moral y físicamente. Habituado desde hacía diez años a sentir una mujer cerca de sí, acostumbrado a su presencia de todos los instantes, a su abrazo cotidiano, sentía la necesidad, una necesidad imperiosa y confusa de su contacto incesante y sus besos regulares. Desde la muerte de la señora Renardet, sufría sin cesar, sin entender bien por qué, sufría al no sentir ya su vestido rozándole las piernas todo el día, y al no poder ya calmarse y debilitarse entre sus brazos, sobre todo.

Llevaba apenas seis meses viudo y ya buscaba por los contornos alguna jovencita o al alguna viuda con la que podría casarse cuando hubiera terminado el luto.

Tenía un alma casta, pero alojada en un poderoso cuerpo de Hércules, y las imágenes carnales empezaban a turbar su sueño y sus vigilias. Las expulsaba; regresaban; y murmuraba a veces riéndose de sí mismo: «Aquí estoy, como San Antonio.» Habiendo tenido esa mañana varias de esas obsesivas visiones, le asaltó de repente el deseo de bañarse en el Brindille para refrescarse y apaciguar el ardor de su sangre.

Conocía algo más lejos un punto ancho y profundo donde la gente del pueblo iba a remojarse a veces en verano. Allá fue.

Tupidos sauces ocultaban aquel claro estanque donde la corriente se remansaba, dormitaba un poco antes de volver a fluir. Renardet, al acercarse, creyó oír un ligero ruido, un débil chapoteo que no era el del arroyo en las riberas. Apartó suavemente las hojas y miró. Una chiquilla, completamente desnuda, toda blanca a través de las ondas transparentes, golpeaba el agua con las dos manos, bailando un poco dentro de ella, y girando sobre sí misma con encantadores ademanes. Ya no era una niña, no era aún una mujer; era regordeta y desarrollada, aunque conservaba un aire de cría precoz, crecida de prisa, casi madura. Él no se movía, paralizado por la sorpresa, por la angustia, con el aliento cortado por una emoción rara y punzante.

Permanecía allí con el corazón palpitante como si uno de sus sueños sensuales acabara de realizarse, como si un hada impura hubiese hecho aparecer ante él aquel ser turbador y demasiado joven, aquella pequeña Venus campesina, nacida de las burbujas del arroyuelo, como la otra, la grande, de las olas del mar.

De pronto la niña salió del baño y, sin verlo, avanzó hacia él para recoger sus ropas y vestirse. A medida que se acercaba con pasitos vacilantes, por miedo a los guijarros puntiagudos, él se sentía empujado hacia ella por una fuerza irresistible, por un arrebato bestial que excitaba toda su carne, enloquecía su alma y lo hacía temblar de pies a cabeza. Ella se quedó de pie, unos segundos, tras el sauce que lo ocultaba. Entonces, perdiendo la razón, él apartó las ramas, se arrojó sobre ella y la estrechó entre sus brazos. Ella cayó, demasiado asustada para resistirse, demasiado espantada para llamar, y él la poseyó sin comprender lo que hacía.

Despertó de su crimen como uno despierta de una pesadilla. La niña empezaba a llorar.

El dijo: «Cállate, cállate ya. Te daré dinero.» Pero ella no escuchaba; sollozaba.

Él prosiguió: «Pero cállate de una vez. Cállate ya. Cállate ya.» Ella gritó, retorciéndose para escapar.

Él comprendió bruscamente que estaba perdido; y la agarró por el cuello para detener en su boca aquellos clamores desgarradores y terribles. Como ella seguía debatiéndose con la fuerza exasperada de un ser que pretende huir de la muerte, él colocó sus manos de coloso sobre la pequeña garganta henchida de gritos, y en unos instantes la había estrangulado, de tan furiosamente que apretaba, sin que pensara en matarla, sino sólo en hacerla callar.

Después se enderezó, enloquecido de horror.

Yacía ante él, ensangrentada y con la cara negra. Iba a escapar, cuando en su alma trastornada surgió el instinto misterioso y confuso que guía a todos los seres en peligro.

Había que tirar el cuerpo al agua; pero otro impulso lo empujó hacia las ropas, con las que hizo un pequeño paquete. Entonces, como llevaba bramante en los bolsillos, lo ató y lo escondió en un profundo hoyo del río, bajo un tronco de árbol cuyo pie se bañaba en el Brindille.

Después se marchó, a grandes pasos, llegó a los prados, dio un enorme rodeo para que lo vieran los campesinos que habitaban muy lejos de allí, al otro lado del pueblo, y regresó a cenar a la hora de costumbre, contando a sus criados todos los detalles de su paseo.

Esa noche durmió, sin embargo; durmió con un denso sueño de animal, como deben dormir a veces los condenados a muerte. Sólo abrió los ojos con los primeros resplandores del día, y esperó, torturado por el miedo al descubrimiento de la fechoría, la hora normal de despertarse.

Después tuvo que asistir a todas las diligencias. Lo hizo a la manera de los sonámbulos, con una alucinación que le mostraba las cosas y los hombres a través de una especie de sueño, entre una nube de embriaguez, con esa sospecha de irrealidad que turba el ánimo a la hora de las grandes catástrofes.

Sólo el grito desgarrador de la Roque le atravesó el corazón. En ese momento estuvo a punto de arrojarse a los pies de la vieja, gritando: «Fui yo.» Pero se contuvo. Sin embargo, durante la noche fue a sacar del agua los zuecos de la muerta, para llevarlos al umbral de la madre.

Mientras duró la investigación, mientras tuvo que guiar y despistar a la justicia, estuvo tranquilo, fue dueño de sí, astuto y sonriente. Discutía sosegadamente con los magistrados todas las suposiciones que se les pasaban por la cabeza, rebatía sus opiniones, demolía sus razonamientos. Incluso experimentaba cierto placer agrio y doloroso al perturbar sus pesquisas, al enredar sus ideas, al declarar la inocencia de los sospechosos.

Pero a partir del día en que se abandonaron las investigaciones, se volvió cada vez más nervioso, más excitable aún que antaño, aunque dominase sus cóleras. Los ruidos repentinos le hacían saltar de miedo; temblaba por la menor cosa, se estremecía de pies a cabeza cuando una mosca se posaba en su frente.

Entonces lo invadió una imperiosa necesidad de moverse, forzándolo a carreras prodigiosas, teniéndolo levantado noches enteras, durante las que caminaba por su cuarto.

No es que lo acosaran los remordimientos. Su naturaleza brutal no se prestaba al menor matiz de sentimiento o de temor moral. Hombre enérgico e incluso violento, nacido para guerrear, asolar los países conquistados y matar a los vecinos, lleno de instintos salvajes de cazador y de batallador, para él no contaba en nada la vida humana. Aunque respetase a la Iglesia, por política, no creía ni en Dios ni en el diablo, y no esperaba por consiguiente, en la otra vida, ni castigo ni recompensa por sus actos en la de aquí. Por toda creencia, conservaba una vaga filosofía compuesta por todas las ideas de los enciclopedistas del siglo pasado; y consideraba la religión como una sanción moral de la ley, inventadas una y otra por los hombres para regular las relaciones sociales.

Matar a alguien en duelo, o en la guerra, o en una disputa, o por accidente, o por venganza, o incluso por baladronada, le hubiera parecido una cosa divertida y arrogante, y no hubiera dejado más huellas en su espíritu que el disparo a una liebre; pero había sentido una emoción profunda con el asesinato de aquella niña. Lo había cometido al principio enloquecido por una embriaguez irresistible, en una especie de tormenta sensual que le arrebató la razón. Y había guardado en el corazón, guardado en la carne, guardado en los labios, guardado hasta en sus dedos de asesino, una especie de amor bestial, al mismo tiempo que un horror espantado, hacia aquella chiquilla sorprendida por él y matada cobardemente. A cada instante su pensamiento volvía a aquella escena horrible; y aunque se esforzaba por desechar aquella imagen, aunque la apartaba con terror, con desagrado, la sentía vagar por su espíritu, dar vueltas a su alrededor, esperando sin cesar el momento de reaparecer.

Entonces tuvo miedo de las noches, miedo de las sombras que caían a su alrededor. No sabía aún por qué las tinieblas le parecían pavorosas; pero las temía instintivamente; las notaba pobladas de terrores. El pleno día no se presta al espanto. En él se ven las cosas y los seres; y por ello durante él sólo se encuentran las cosas y los seres naturales que pueden mostrarse a la luz del sol. Pero la noche, la noche opaca, más espesa que las murallas, y vacía, la noche infinita, tan negra, tan vasta, donde uno puede rozar cosas espantosas, la noche en la que se siente errar, merodear, un terror misterioso, ¡le parecía ocultar un peligro desconocido, próximo y amenazador! ¿Cuál?

Pronto lo supo. Una noche que no dormía, y que estaba sentado en su sillón, bastante tarde, creyó ver moverse la cortina de su ventana. Esperó, inquieto, con el corazón palpitante; la colgadura estaba inmóvil; después, de pronto, se agitó de nuevo; o al menos él pensó que se agitaba. No se atrevía a levantarse; no se atrevía a respirar; y, sin embargo, era valiente; había luchado a menudo y le habría gustado descubrir ladrones en su casa.

¿Era cierto que se movía la cortina? Se lo preguntaba, temeroso de que sus ojos lo engañaran. Era tan poca cosa, por lo demás, un leve estremecimiento del tejido, una especie de temblor de los pliegues, apenas una ondulación como la que produce el viento. Renardet permanecía con la mirada fija, el cuello estirado; y bruscamente se levantó, avergonzado de su miedo, dio cuatro pasos, cogió la colgadura con las dos manos y la apartó lentamente. Al principio no vio sino los cristales negros, negros como láminas de tinta reluciente.

La noche, la gran noche impenetrable se extendía detrás de ellos hasta el invisible horizonte. Él seguía de pie ante aquella sombra ilimitada; y de repente distinguió un resplandor, un resplandor móvil, que parecía remoto. Entonces acercó la cara al marco, pensando que un pescador de cangrejos pescaba furtivamente en el Brindille, pues era medianoche pasada, y el resplandor se arrastraba a orillas del agua, bajo el oquedal.

Como aún no divisaba nada, Renardet encerró los ojos entre las manos; y bruscamente el resplandor se convirtió en una claridad, y vio a la pequeña Roque desnuda y ensangrentada sobre el musgo.

Retrocedió crispado de horror, chocó con el asiento y cayó de espaldas. Se quedó unos minutos angustiado, después se sentó y empezó a reflexionar. Había tenido una alucinación, sin más; una alucinación provocada por un merodeador nocturno que caminaba a orillas del agua con un farol. ¿Qué había de extraño, por lo demás, en que el recuerdo de su crimen le trajese a veces la visión de la muerta?

Levantándose, bebió un vaso de agua, y después se sentó. Pensaba: «¿Qué voy a hacer, si esto vuelve a empezar?» Y volvería a empezar, lo notaba, estaba seguro. Ya la ventana tentaba su mirada, lo llamaba, lo atraía. Para no verla, le dio la vuelta a la silla; después cogió un libro e intentó leer; pero pronto le pareció oír que algo se agitaba a sus espaldas, e hizo girar bruscamente sobre una pata su sillón. La cortina se movía de nuevo; sí, se había movido, esta vez; no cabía ninguna duda; se lanzó hacia ella y la cogió con una mano tan brutal que la tiró al suelo con su galería; después pegó ávidamente la cara al vidrio. No vio nada. Todo estaba negro allá fuera; y respiró con la alegría de un hombre a quien le acaban de salvar la vida.

Después volvió a sentarse; pero casi en seguida le embargó de nuevo el deseo de mirar otra vez por la ventana. Desde que la cortina había caído, aquélla constituía una especie de agujero oscuro, atrayente, temible, sobre la campiña en sombras. Para no ceder a esta peligrosa tentación, se desnudó, sopló las velas, se acostó y cerró los ojos.

Inmóvil, de espaldas, con la piel caliente y sudorosa, esperaba el sueño. De repente una gran luz atravesó sus párpados. Los abrió, creyendo la casa en llamas. Todo estaba negro, y se apoyó en un codo para tratar de distinguir la ventana que seguía atrayéndole, irremisiblemente. A fuerza de tratar de ver, divisó unas estrellas; y se levantó, cruzó la habitación a tientas, encontró los cristales con las manos extendidas, aplicó la frente sobre ellos. Allá abajo, entre los árboles, ¡el cuerpo de la chiquilla relucía como el fósforo, iluminando la sombra a su alrededor!

Renardet lanzó un grito y escapó hacia la cama, donde se quedó hasta la mañana, la cabeza escondida debajo de la almohada.

A partir de ese momento, su vida resultó intolerable. Pasaba los días con el terror de las noches; y cada noche, la visión recomenzaba. Apenas encerrado en su habitación, intentaba luchar, pero en vano. Una fuerza irresistible le hacía levantarse y lo empujaba hacia los cristales, como para llamar al fantasma, y al punto lo veía, tendido primero en el lugar del crimen, tendido con los brazos abiertos, las piernas abiertas, tal como había sido encontrado el cuerpo. Después la muerta se levantaba y avanzaba, a pasitos cortos, como había hecho la niña al salir del río. Avanzaba suavemente, en derechura, pasando sobre el césped y sobre el macizo de flores secas; después se elevaba en el aire; hacia la ventana de Renardet. Iba hacia él, como había ido el día del crimen, hacia el asesino. Y el hombre retrocedía ante la aparición, retrocedía hasta la cama y se desplomaba sobre ella, sabiendo perfectamente que la pequeña había entrado y que ahora estaba detrás de la cortina, .que se movería en seguida. Y miraba la cortina hasta que se hacía de día, clavaba en ella los ojos, esperando sin cesar ver salir a su víctima. Pero ésta no se mostraba; se quedaba allí, bajo el tejido agitado a veces por un temblor. Y Renardet, con los dedos crispados sobre las sábanas, las apretaba al igual que había apretado la garganta de la pequeña Roque. Oía dar las horas; escuchaba latir en el silencio el péndulo del reloj y los golpes profundos de su corazón. Y sufría, el mísero, más de lo que ningún hombre haya sufrido nunca.

Después, en cuanto una línea blanca aparecía en el cielo raso, anunciando la proximidad del día, se sentía liberado, por fin solo, solo en su cuarto; y volvía a acostarse. Dormía entonces unas horas, con un sueño inquieto y febril, en el cual volvía a iniciarse a menudo la espantosa visión de sus vigilias.

Cuando bajaba a almorzar a mediodía, se sentía con agujetas como tras una prodigiosa fatiga; y apenas comía, obsesionado siempre por el temor a aquélla, a la que volvería a ver a la noche siguiente.

Sabía perfectamente, empero, que no se trataba de una aparición, que los muertos no vuelven, y que su alma enferma, su alma obsesionada por un solo pensamiento, por un recuerdo inolvidable, era la única causa de su suplicio, la única evocadora de la muerta resucitada por ella, llamada por ella y puesta en pie también por ella ante sus ojos, donde permanecía impresa la imborrable imagen. Pero sabía también que no se curaría, que jamás escaparía a la persecución salvaje de su memoria; y se decidió a morir, con tal de no soportar más aquellas torturas.

Entonces buscó la manera de matarse. Quería algo sencillo y natural, que no hiciera pensar en un suicidio, pues tenía en mucho su reputación, el apellido legado por sus padres; y si alguien sospechaba la causa de su muerte, pensarían sin duda en el crimen inexplicado, en el asesino aún sin hallar, y no tardarían en acusarle de la fechoría.

Se le había ocurrido una idea extraña, la de dejarse aplastar por el árbol al pie del cual había asesinado a la pequeña Roque. Se decidió, pues, a mandar talar el oquedal y a simular un accidente. Pero el haya se negó a romperle el espinazo.

Al volver a su casa, presa de loca desesperación, había cogido el revólver, y luego no se había atrevido a disparar.

Sonó la hora de la cena; había comido, y después había vuelto a subir. Y no sabía lo que iba a hacer. Se sentía cobarde ahora que había escapado por primera vez. Hacía un rato estaba dispuesto, fortalecido, decidido, dueño de su valor y de su resolución; ahora era débil y tenía miedo a la muerte, tanto como a la muerta.

Balbucía: «No me atreveré, no me atreveré»; y miraba con terror, ora el arma sobre la mesa, ora a la cortina que tapaba su ventana. Le parecía también que en cuanto su vida cesara se produciría algo horrible.

¿Algo? ¿Qué? ¿Acaso la encontraría? Ella la acechaba, lo esperaba, lo llamaba, y era para atraparlo a su vez, para atraerlo a su venganza y decidirlo a morir por lo que se mostraba así todas las noches.

Se echó a llorar como un niño, repitiendo: «No me atreveré». Después cayó de rodillas y balbució: «Dios mío, Dios mío.» Aunque sin creer en Dios, empero. Y no se atrevía ya, en efecto, a mirar a la ventana, donde sabía que se agazapaba la aparición, ni a la mesa, donde brillaba el revólver.

Cuando se levantó, dijo en voz alta: «Esto no puede seguir así, hay que acabar de una vez.» El sonido de su voz en la habitación silenciosa hizo correr un estremecimiento de miedo por sus miembros; pero como no se decidía a tomar una resolución; como sentía perfectamente que el dedo de su mano se negaría siempre a soltar el seguro del arma, volvió a ocultar la cabeza bajo las mantas de la cama, y reflexionó.

Tenía que encontrar algo que lo forzara a morir, que inventar una astucia contra sí mismo que no le permitiera la menor vacilación, el menor retraso, ninguna posible queja. Envidiaba a los condenados a quienes llevan al patíbulo entre soldados. ¡Oh! ¡Si pudiera rogarle a alguien que disparase; si pudiera, confesando el estado de su alma, confesando su crimen a un amigo de confianza que no lo divulgaría jamás, obtener de él la muerte! Pero ¿a quién pedirle tan terrible servicio? ¿A quién? Buscaba entre la gente que conocía. ¿Al médico? No. Sin duda lo contaría todo, más adelante. Y de repente una extravagante idea cruzó por su mente. Le escribiría al juez de instrucción, al que conocía íntimamente, para denunciarse. Le diría todo, en aquella carta, el crimen, las torturas que soportaba, su resolución de morir, sus vacilaciones, el medio que empleaba para forzar su desfalleciente valor. Le suplicaría, en nombre de su vieja amistad, que destruyese la carta en cuanto supiera que el culpable se había hecho justicia a sí mismo. Renardet podía contar con el magistrado, sabía que era de fiar, discreto, incapaz incluso de una palabra ligera. Era uno de esos hombres que tienen una conciencia inflexible regida, dirigida, regulada por su sola razón.

Apenas hubo trazado este proyecto, una extraña alegría invadió su corazón. Ahora estaba tranquilo.

Escribiría su carta, lentamente, y después, al nacer el día, la depositaría en el buzón clavado en el muro de su granja, después subiría a la torre para ver llegar al cartero, y cuando el hombre de la chaqueta azul se marchara, se arrojaría de cabeza sobre las rocas donde se apoyaban los cimientos. Tendría buen cuidado de que lo vieran antes los trabajadores que talaban el bosque. Después podría subir al escalón saliente que sujetaba el mástil de la bandera que ondeaba en los días de fiesta. Rompería el mástil de un empujón y se precipitaría con él. ¿Cómo no pensar en un accidente? Y se mataría en el acto, dados su peso y la altura de la torre.

Saltó al punto de la cama, se sentó a la mesa y empezó a escribir; no olvidó nada, ni un detalle del crimen, ni un detalle de su vida de angustias, ni un detalle de las torturas de su corazón, y terminó anunciando que se había condenado a sí mismo, que iba a ejecutar al criminal, y rogando a su amigo, a su viejo amigo que velase para que jamás se empañara su memoria.

Al acabar la carta, se dio cuenta de que había llegado el día. La cerró, la lacró, escribió la dirección, después bajó con pasos ligeros, corrió hasta la cajita blanca pegada al muro, en una esquina de la granja, y cuando hubo echado en ella el papel que le pesaba en la mano, regresó a toda prisa, echó los cerrojos de la puerta principal y se encaramó a la torre para esperar el paso del peatón que se llevaría su sentencia de muerte.

¡Se sentía tranquilo ahora, liberado, salvado!

Un viento frío, seco, un viento helado pasaba sobre su rostro. Lo aspiraba ávidamente, con la boca abierta, bebiendo su caricia glacial. El cielo estaba rojo, de un rojo ardiente, de un rojo invernal, y toda la llanura blanca de escarcha brillaba bajo los primeros rayos de sol, como si estuviera salpicada de vidrio molido. Renardet, de pie, destocado, miraba la vasta comarca, los prados a la izquierda, a la derecha el pueblo cuyas chimeneas empezaban a humear para la comida matinal.

A sus pies veía deslizarse el Brindille, entre las rocas donde en seguida se aplastaría. Se sentía renacer en aquella hermosa aurora helada, y lleno de fuerza, lleno de vida. La luz lo bañaba, lo cercaba, penetraba en él como una esperanza. Mil recuerdos lo asaltaban, recuerdos de mañanas semejantes, de marchas rápidas sobre la tierra dura que resonaba bajo los pasos, de cazas afortunadas a orillas de las lagunas donde duermen los patos salvajes. Todas las buenas cosas que le gustaban, las buenas cosas de la existencia se agolpaban en su recuerdo, lo aguijoneaban con deseos nuevos, despertaban todos los vigorosos apetitos de su cuerpo activo y poderoso.

¿E iba a morir? ¿Por qué? ¿Iba a matarse súbitamente, porque tenía miedo de una sombra? ¿Por miedo a nada? ¡Era rico y todavía joven! ¡Qué locura! Pero ¡si bastaba con una distracción, con una ausencia, con un viaje, para olvidar! Esa misma noche no había visto a la niña porque su mente, preocupada, se había distraído con otra cosa. ¡Acaso ya no volvería a verla! Y si lo acosaba aún en aquella casa, ¡con toda seguridad no lo seguiría a otros lugares! ¡La tierra era grande, y el futuro largo! ¿Por qué morir?

Su mirada vagaba por los prados, y divisó una mancha azul en el sendero a orillas del Brindille. Era Médéric que venía a traer las cartas de la ciudad y a llevarse las de la aldea.

Renardet tuvo un sobresalto, la sensación de un dolor que lo traspasaba, y se lanzó por la escalera de caracol para recoger su carta, para reclamársela al cartero. Poco le importaba que lo vieran, ahora; corría a través de la hierba donde la helada ligera de las noches formaba una espuma, y llegó ante el buzón, en la esquina de la granja, al mismo tiempo que el peatón.

El hombre había abierto la cajita de madera y cogía los pocos papeles dejados allí por los habitantes del pueblo.

Renardet le dijo: «Buenos días, Médéric.

—Buenos días, señor alcalde.

—Oiga, Médéric, he echado al buzón una carta que necesito. Vengo a pedirle que me la dé.

—Está bien, señor alcalde, se le devolverá.» Y el cartero alzó los ojos. Se quedó estupefacto ante el rostro de Renardet; tenía las mejillas amoratadas, los ojos turbios, cercados de negro, como hundidos en la cabeza, el pelo en desorden, la barba enredada, la corbata suelta. Era evidente que no se había acostado.

El hombre preguntó: «¿Es que está usted enfermo, señor alcalde?» El otro, comprendiendo de pronto que su aspecto debía ser muy extraño, perdió su aplomo, balbució: «No... claro que no... Sólo que he saltado de la cama para pedirle esa carta... dormía... ¿Comprende?...» Una vaga sospecha pasó por la mente del ex soldado. Preguntó: «¿Qué carta?

—La que usted va a devolverme.» Ahora Médéric vacilaba, la actitud del alcalde no le parecía natural. Quizás había un secreto en aquella carta» un secreto político. El sabía que Renardet no era republicano, y conocía todos los trucos y todas las supercherías que se emplean en las elecciones.

Preguntó: «¿A quién va dirigida la tal carta?

—Al señor Putoin, el juez de instrucción: ya sabe usted, el señor Putoin, ¡muy amigo mío!» El peatón buscó entre los papeles y encontró el que le reclamaban. Entonces empezó a mirarlo, dándole vueltas y más vueltas entre sus dedos, muy perplejo, muy turbado por el temor a cometer una falta grave o enemistarse con el alcalde.

Viéndolo vacilar, Renardet hizo un movimiento para coger la carta y arrebatársela. Aquel gesto brusco convenció a Médéric de que se trataba de un misterio importante y lo decidió a cumplir con su deber, costara lo que costara.

Metió el sobre en su bolsa y la cerró, respondiendo: «No, no puedo, señor alcalde. Puesto que es para la justicia, no puedo.» Una espantosa angustia oprimió el corazón de Renardet, que balbució: «Pero usted me conoce bien. Puede usted incluso reconocer mi letra. Le digo que necesito ese papel .

—No puedo.

Vamos, Médéric, sabe usted que soy incapaz de engañarle, le digo que lo necesito.

—No. No puedo.» Un estremecimiento de cólera sacudió el alma violenta de Renardet.

«Pero, ¡rediez!, tenga cuidado. Sabe usted que no me ando con bromas yo, y que puedo hacer que lo despidan de su puesto, ¡monigote!, y sin tardanza. Y además soy el alcalde del pueblo, a fin de cuentas; y ahora le ordeno que me devuelva ese papel.» El peatón respondió con firmeza: «No, ¡no puedo, señor alcalde!» Entonces Renardet, perdiendo la cabeza, le agarró del brazo para quitarle la bolsa; pero el hombre se soltó con una sacudida y, retrocediendo, levantó su grueso bastón de acebo. Pronunció, sin perder la calma: «¡Oh! No me toque, señor alcalde, o le doy un palo. Tenga cuidado. ¡Cumplo con mi deber!» Sintiéndose perdido, Renardet, bruscamente se volvió humilde, dulce implorante como un niño que llora.

«Vamos, vamos, amigo mío, devuélvame esa carta, le recompensaré, le daré dinero; tenga, tenga, le daré cien francos, ¿oye usted?, cien francos.» El hombre giró sobre sus talones y echó a andar.

Renardet lo siguió, jadeante, balbuciendo: «Médéric, Médéric, escuche, le daré mil francos, ¿oye usted?, mil francos.» El otro seguía andando, sin responder. Renardet prosiguió: «Lo haré a usted rico... ¿oye?, lo que usted quiera... Cincuenta mil francos... Cincuenta mil francos por esa carta... ¿Qué le importa?... ¿No quiere?

Bueno, pues cien mil... dígame... cien mil francos... ¿oye usted?... cien mil francos... cien mil francos.» El cartero se volvió, con gesto duro, mirada severa: «Ya está bien; basta, o repetiré a la justicia todo lo que acaba de decirme.» Renardet se paró en seco. Se había acabado. Ya no cabían esperanzas. Se dio la vuelta y escapó hacia su casa, galopando como una animal perseguido.

Entonces Médéric se detuvo a su vez y contempló con estupefacción aquella huida. Vio al alcalde entrar en la casa, y siguió esperando, como si no pudiera dejar de ocurrir algo sorprendente.

Pronto, en efecto, la alta figura de Renardet apareció en la cima de la torre del Zorro. Corría como un loco en torno a la plataforma; después agarró el mástil de la bandera y lo sacudió con furia sin lograr romperlo, y después, de pronto, como un nadador que se tira de cabeza, se lanzó al vacío con las dos manos hacia adelante.

Médéric se abalanzó para prestarle auxilio. Al cruzar el parque, vio a los leñadores que iban a su trabajo.

Les dio voces proclamando el accidente; y encontraron al pie de los muros un cuerpo ensangrentado, cuya cabeza se había aplastado contra una roca. El Brindille rodeaba la roca y por sus aguas, ensanchadas en aquel lugar, claras y tranquilas, se veía correr un largo reguero rosa de sesos y sangre mezclados.

The former soldier, Mederic Rompel, familiarly called Mederic by the country folks, left the post office of Roily-le-Tors at the usual hour. After passing through the village with his long stride, he cut across the meadows of Villaume and reached the bank of the Brindille, following the path along the water's edge to the village of Carvelin, where he commenced to deliver his letters. He walked quickly, following the course of the narrow river, which frothed, murmured and boiled in its grassy bed beneath an arch of willows.

Mederic went on without stopping, with only this thought in his mind: "My first letter is for the Poivron family, then I have one for Monsieur Renardet; so I must cross the wood."

His blue blouse, fastened round his waist by a black leather belt, moved in a quick, regular fashion above the green hedge of willow trees, and his stout stick of holly kept time with his steady tread.

He crossed the Brindille on a bridge consisting of a tree trunk, with a handrail of rope, fastened at either end to a stake driven into the ground.

The wood, which belonged to Monsieur Renardet, the mayor of Carvelin and the largest landowner in the district, consisted of huge old trees, straight as pillars and extending for about half a league along the left bank of the stream which served as a boundary to this immense dome of foliage. Alongside the water large shrubs had grown up in the sunlight, but under the trees one found nothing but moss, thick, soft and yielding, from which arose, in the still air, an odor of dampness and of dead wood.

Mederic slackened his pace, took off his black cap adorned with red lace and wiped his forehead, for it was by this time hot in the meadows, though it was not yet eight o'clock in the morning.

He had just recovered from the effects of the heat and resumed his quick pace when he noticed at the foot of a tree a knife, a child's small knife. When he picked it up he discovered a thimble and also a needlecase not far away.

Having taken up these objects, he thought: "I'll entrust them to the mayor," and he resumed his journey, but now he kept his eyes open, expecting to find something else.

All of a sudden he stopped short, as if he had struck against a wooden barrier. Ten paces in front of him lay stretched on her back on the moss a little girl, perfectly nude, her face covered with a handkerchief. She was about twelve years old.

Meredic advanced on tiptoe, as if he apprehended some danger, and he glanced toward the spot uneasily.

What was this? No doubt she was asleep. Then he reflected that a person does not go to sleep naked at half-past seven in the morning under the cool trees. So, then, she must be dead, and he must be face to face with a crime. At this thought a cold shiver ran through his frame, although he was an old soldier. And then a murder was such a rare thing in the country, and, above all, the murder of a child, that he could not believe his eyes. But she had no wound-nothing save a spot of blood on her leg. How, then, had she been killed?

He stopped close to her and gazed at her, while he leaned on his stick. Certainly he must know her, for he knew all the inhabitants of the district; but, not being able to get a look at her face, he could not guess her name. He stooped forward in order to take off the handkerchief which covered her face, then paused, with outstretched hand, restrained by an idea that occurred to him.

Had he the right to disarrange anything in the condition of the corpse before the official investigation? He pictured justice to himself as a kind of general whom nothing escapes and who attaches as much importance to a lost button as to the stab of a knife in the stomach. Perhaps under this handkerchief evidence could be found to sustain a charge of murder; in fact, if such proof were there it might lose its value if touched by an awkward hand.

Then he raised himself with the intention of hastening toward the mayor's residence, but again another thought held him back. If the little girl were still alive, by any chance, he could not leave her lying there in this way. He sank on his knees very gently, a little distance from her, through precaution, and extended his hand toward her foot. It was icy cold, with the terrible coldness of death which leaves us no longer in doubt. The letter carrier, as he touched her, felt his heart in his mouth, as he said himself afterward, and his mouth parched. Rising up abruptly, he rushed off under the trees toward Monsieur Renardet's house.

He walked on faster than ever, with his stick under his arm, his hands clenched and his head thrust forward, while his leathern bag, filled with letters and newspapers, kept flapping at his side.

The mayor's residence was at the end of the wood which served as a park, and one side of it was washed by the Brindille.

It was a big square house of gray stone, very old, and had stood many a siege in former days, and at the end of it was a huge tower, twenty metres high, rising out of the water.

From the top of this fortress one could formerly see all the surrounding country. It was called the Fox's tower, without any one knowing exactly why; and from this appellation, no doubt, had come the name Renardet, borne by the owners of this fief, which had remained in the same family, it was said, for more than two hundred years. For the Renardets formed part of the upper middle class, all but noble, to be met with so often in the province before the Revolution.

The postman dashed into the kitchen, where the servants were taking breakfast, and exclaimed:

"Is the mayor up? I want to speak to him at once."

Mederic was recognized as a man of standing and authority, and they understood that something serious had happened.

As soon as word was brought to Monsieur Renardet, he ordered the postman to be sent up to him. Pale and out of breath, with his cap in his hand, Mederic found the mayor seated at a long table covered with scattered papers.

He was a large, tall man, heavy and red-faced, strong as an ox, and was greatly liked in the district, although of an excessively violent disposition. Almost forty years old and a widower for the past six months, he lived on his estate like a country gentleman. His choleric temperament had often brought him into trouble from which the magistrates of Roily-le-Tors, like indulgent and prudent friends, had extricated him. Had he not one day thrown the conductor of the diligence from the top of his seat because he came near running over his retriever, Micmac? Had he not broken the ribs of a gamekeeper who abused him for having, gun in hand, passed through a neighbor's property? Had he not even caught by the collar the sub-prefect, who stopped over in the village during an administrative circuit, called by Monsieur Renardet an electioneering circuit, for he was opposed to the government, in accordance with family traditions.

The mayor asked:

"What's the matter now, Mederic?"

"I found a little girl dead in your wood."

Renardet rose to his feet, his face the color of brick.

"What do you say—a little girl?"

"Yes, m'sieu, a little girl, quite naked, on her back, with blood on her, dead—quite dead!"

The mayor gave vent to an oath:

"By God, I'd make a bet it is little Louise Roque! I have just learned that she did not go home to her mother last night. Where did you find her?"

The postman described the spot, gave full details and offered to conduct the mayor to the place.

But Renardet became brusque:

"No, I don't need you. Send the watchman, the mayor's secretary and the doctor to me at once, and resume your rounds. Quick, quick, go and tell them to meet me in the wood."

The letter carrier, a man used to discipline, obeyed and withdrew, angry and grieved at not being able to be present at the investigation.

The mayor, in his turn, prepared to go out, took his big soft hat and paused for a few seconds on the threshold of his abode. In front of him stretched a wide sward, in which were three large beds of flowers in full bloom, one facing the house and the others at either side of it. Farther on the outlying trees of the wood rose skyward, while at the left, beyond the Brindille, which at that spot widened into a pond, could be seen long meadows, an entirely green flat sweep of country, intersected by trenches and hedges of pollard willows.

To the right, behind the stables, the outhouses and all the buildings connected with the property, might be seen the village, which was wealthy, being mainly inhabited by cattle breeders.

Renardet slowly descended the steps in front of his house, and, turning to the left, gained the water's edge, which he followed at a slow pace, his hand behind his back. He walked on, with bent head, and from time to time glanced round in search of the persons he had sent for.

When he stood beneath the trees he stopped, took off his hat and wiped his forehead as Mederic had done, for the burning sun was darting its fiery rays on the earth. Then the mayor resumed his journey, stopped once more and retraced his steps. Suddenly, stooping down, he steeped his handkerchief in the stream that glided along at his feet and spread it over his head, under his hat. Drops of water flowed down his temples over his ears, which were always purple, over his strong red neck, and made their way, one after the other, under his white shirt collar.

As nobody had appeared, he began tapping with his foot, then he called out:

"Hello! Hello!"

A voice at his right answered:

"Hello! Hello!"

And the doctor appeared under the trees. He was a thin little man, an ex-military surgeon, who passed in the neighborhood for a very skillful practitioner. He limped, having been wounded while in the service, and had to use a stick to assist him in walking.

Next came the watchman and the mayor's secretary, who, having been sent for at the same time, arrived together. They looked scared, and hurried forward, out of breath, walking and running alternately to hasten their progress, and moving their arms up and down so vigorously that they seemed to do more work with them than with their legs.

Renardet said to the doctor:

"You know what the trouble is about?"

"Yes, a child found dead in the wood by Mederic."

"That's quite correct. Come on!"

They walked along, side by side, followed by the two men.

Their steps made no sound on the moss. Their eyes were gazing ahead in front of them.

Suddenly the doctor, extending his arm, said:

"See, there she is!"

Far ahead of them under the trees they saw something white on which the sun gleamed down through the branches. As they approached they gradually distinguished a human form lying there, its head toward the river, the face covered and the arms extended as though on a crucifix.

"I am fearfully warm," said the mayor, and stooping down, he again soaked his handkerchief in the water and placed it round his forehead.

The doctor hastened his steps, interested by the discovery. As soon as they were near the corpse, he bent down to examine it without touching it. He had put on his pince-nez, as one does in examining some curious object, and turned round very quietly.

He said, without rising:

"Violated and murdered, as we shall prove presently. This little girl, moreover, is almost a woman—look at her throat."

The doctor lightly drew away the handkerchief which covered her face, which looked black, frightful, the tongue protruding, the eyes bloodshot. He went on:

"By heavens! She was strangled the moment the deed was done."

He felt her neck.

"Strangled with the hands without leaving any special trace, neither the mark of the nails nor the imprint of the fingers. Quite right. It is little Louise Roque, sure enough!"

He carefully replaced the handkerchief.

"There's nothing for me to do. She's been dead for the last hour at least. We must give notice of the matter to the authorities."

Renardet, standing up, with his hands behind his back, kept staring with a stony look at the little body exposed to view on the grass. He murmured:

"What a wretch! We must find the clothes."

The doctor felt the hands, the arms, the legs. He said:

"She had been bathing no doubt. They ought to be at the water's edge."

The mayor thereupon gave directions:

"Do you, Principe" (this was his secretary), "go and find those clothes for me along the stream. You, Maxime" (this was the watchman), "hurry on toward Rouy-le-Tors and bring with you the magistrate with the gendarmes. They must be here within an hour. You understand?"

The two men started at once, and Renardet said to the doctor:

"What miscreant could have done such a deed in this part of the country?"

The doctor murmured:

"Who knows? Any one is capable of that. Every one in particular and nobody in general. No matter, it must be some prowler, some workman out of employment. Since we have become a Republic we meet only this kind of person along the roads."

Both of them were Bonapartists.

The mayor went on:

"Yes, it can only be a stranger, a passer-by, a vagabond without hearth or home."

The doctor added, with the shadow of a smile on his face:

"And without a wife. Having neither a good supper nor a good bed, he became reckless. You can't tell how many men there may be in the world capable of a crime at a given moment. Did you know that this little girl had disappeared?"

And with the end of his stick he touched one after the other the stiffened fingers of the corpse, resting on them as on the keys of a piano.

"Yes, the mother came last night to look for me about nine o'clock, the child not having come home at seven to supper. We looked for her along the roads up to midnight, but we did not think of the wood. However, we needed daylight to carry out a thorough search."

"Will you have a cigar?" said the doctor.

"Thanks, I don't care to smoke. This thing affects me so."

They remained standing beside the corpse of the young girl, so pale on the dark moss. A big blue fly was walking over the body with his lively, jerky movements. The two men kept watching this wandering speck.

The doctor said:

"How pretty it is, a fly on the skin! The ladies of the last century had good reason to paste them on their faces. Why has this fashion gone out?"

The mayor seemed not to hear, plunged as he was in deep thought.

But, all of a sudden, he turned round, surprised by a shrill noise. A woman in a cap and blue apron was running toward them under the trees. It was the mother, La Roque. As soon as she saw Renardet she began to shriek:

"My little girl! Where's my little girl?" so distractedly that she did not glance down at the ground. Suddenly she saw the corpse, stopped short, clasped her hands and raised both her arms while she uttered a sharp, heartrending cry—the cry of a wounded animal. Then she rushed toward the body, fell on her knees and snatched away the handkerchief that covered the face. When she saw that frightful countenance, black and distorted, she rose to her feet with a shudder, then sinking to the ground, face downward, she pressed her face against the ground and uttered frightful, continuous screams on the thick moss.

Her tall, thin frame, with its close-clinging dress, was palpitating, shaken with spasms. One could see her bony ankles and her dried-up calves covered with coarse blue stockings shaking horribly. She was digging the soil with her crooked fingers, as though she were trying to make a hole in which to hide herself.

The doctor, much affected, said in a low tone:

"Poor old woman!"

Renardet felt a strange sensation. Then he gave vent to a sort of loud sneeze, and, drawing his handkerchief from his pocket, he began to weep internally, coughing, sobbing and blowing his nose noisily.

He stammered:

"Damn—damn—damned pig to do this! I would like to seem him guillotined."

Principe reappeared with his hands empty. He murmured:

"I have found nothing, M'sieu le Maire, nothing at all anywhere."

The mayor, alarmed, replied in a thick voice, drowned in tears:

"What is that you could not find?"

"The little girl's clothes."

"Well—well—look again, and find them—or you''ll have to answer to me."

The man, knowing that the mayor would not brook opposition, set forth again with hesitating steps, casting a timid side glance at the corpse.

Distant voices were heard under the trees, a confused sound, the noise of an approaching crowd, for Mederic had, in the course of his rounds, carried the news from door to door. The people of the neighborhood, dazed at first, had gossiped about it in the street, from one threshold to another. Then they gathered together. They talked over, discussed and commented on the event for some minutes and had now come to see for themselves.

They arrived in groups, a little faltering and uneasy through fear of the first impression of such a scene on their minds. When they saw the body they stopped, not daring to advance, and speaking low. Then they grew bolder, went on a few steps, stopped again, advanced once more, and presently formed around the dead girl, her mother, the doctor and Renardet a close circle, restless and noisy, which crowded forward at the sudden impact of newcomers. And now they touched the corpse. Some of them even bent down to feel it with their fingers. The doctor kept them back. But the mayor, waking abruptly out of his torpor, flew into a rage, and seizing Dr. Labarbe's stick, flung himself on his townspeople, stammering:

"Clear out—clear out—you pack of brutes—clear out!"

And in a second the crowd of sightseers had fallen back two hundred paces.

Mother La Roque had risen to a sitting posture and now remained weeping, with her hands clasped over her face.

The crowd was discussing the affair, and young lads' eager eyes curiously scrutinized this nude young form. Renardet perceived this, and, abruptly taking off his coat, he flung it over the little girl, who was entirely hidden from view beneath the large garment.

The secretary drew near quietly. The wood was filled with people, and a continuous hum of voices rose up under the tangled foliage of the tall trees.

The mayor, in his shirt sleeves, remained standing, with his stick in his hands, in a fighting attitude. He seemed exasperated by this curiosity on the part of the people and kept repeating:

"If one of you come nearer I'll break his head just as I would a dog's."

The peasants were greatly afraid of him. They held back. Dr. Labarbe, who was smoking, sat down beside La Roque and spoke to her in order to distract her attention. The old woman at once removed her hands from her face and replied with a flood of tearful words, emptying her grief in copious talk. She told the whole story of her life, her marriage, the death of her man, a cattle drover, who had been gored to death, the infancy of her daughter, her wretched existence as a widow without resources and with a child to support. She had only this one, her little Louise, and the child had been killed—killed in this wood. Then she felt anxious to see her again, and, dragging herself on her knees toward the corpse, she raised up one corner of the garment that covered her; then she let it fall again and began wailing once more. The crowd remained silent, eagerly watching all the mother's gestures.

But suddenly there was a great commotion at the cry of "The gendarmes! the gendarmes!"

Two gendarmes appeared in the distance, advancing at a rapid trot, escorting their captain and a little gentleman with red whiskers, who was bobbing up and down like a monkey on a big white mare.

The watchman had just found Monsieur Putoin, the magistrate, at the moment when he was mounting his horse to take his daily ride, for he posed as a good horseman, to the great amusement of the officers.

He dismounted, along with the captain, and pressed the hands of the mayor and the doctor, casting a ferret-like glance on the linen coat beneath which lay the corpse.

When he was made acquainted with all the facts, he first gave orders to disperse the crowd, whom the gendarmes drove out of the wood, but who soon reappeared in the meadow and formed a hedge, a big hedge of excited and moving heads, on the other side of the stream.

The doctor, in his turn, gave explanations, which Renardet noted down in his memorandum book. All the evidence was given, taken down and commented on without leading to any discovery. Maxime, too, came back without having found any trace of the clothes.

This disappearance surprised everybody; no one could explain it except on the theory of theft, and as her rags were not worth twenty sous, even this theory was inadmissible.

The magistrate, the mayor, the captain and the doctor set to work searching in pairs, putting aside the smallest branch along the water.

Renardet said to the judge:

"How does it happen that this wretch has concealed or carried away the clothes, and has thus left the body exposed, in sight of every one?"

The other, crafty and sagacious, answered:

"Ha! ha! Perhaps a dodge? This crime has been committed either by a brute or by a sly scoundrel. In any case, we'll easily succeed in finding him."

The noise of wheels made them turn their heads round. It was the deputy magistrate, the doctor and the registrar of the court who had arrived in their turn. They resumed their search, all chatting in an animated fashion.

Renardet said suddenly:

"Do you know that you are to take luncheon with me?"

Every one smilingly accepted the invitation, and the magistrate, thinking that the case of little Louise Roque had occupied enough attention for one day, turned toward the mayor.

"I can have the body brought to your house, can I not? You have a room in which you can keep it for me till this evening?"

The other became confused and stammered:

"Yes—no—no. To tell the truth, I prefer that it should not come into my house on account of—on account of my servants, who are already talking about ghosts in—in my tower, in the Fox's tower. You know—I could no longer keep a single one. No—I prefer not to have it in my house."

The magistrate began to smile.

"Good! I will have it taken at once to Roily for the legal examination." And, turning to his deputy, he said:

"I can make use of your trap, can I not?"

"Yes, certainly."

They all came back to the place where the corpse lay. Mother La Roque, now seated beside her daughter, was holding her hand and was staring right before her with a wandering, listless eye.

The two doctors endeavored to lead her away, so that she might not witness the dead girl's removal, but she understood at once what they wanted to do, and, flinging herself on the body, she threw both arms round it. Lying on top of the corpse, she exclaimed:

"You shall not have it—it's mine—it's mine now. They have killed her for me, and I want to keep her—you shall not have her——"

All the men, affected and not knowing how to act, remained standing around her. Renardet fell on his knees and said to her:

"Listen, La Roque, it is necessary, in order to find out who killed her. Without this, we could not find out. We must make a search for the man in order to punish him. When we have found him we'll give her up to you. I promise you this."

This explanation bewildered the woman, and a feeling of hatred manifested itself in her distracted glance.

"So then they'll arrest him?"

"Yes, I promise you that."

She rose up, deciding to let them do as they liked, but when the captain remarked:

"It is surprising that her clothes were not found," a new idea, which she had not previously thought of, abruptly entered her mind, and she asked:

"Where are her clothes? They're mine. I want them. Where have they been put?"

They explained to her that they had not been found. Then she demanded them persistently, crying and moaning.

"They're mine—I want them. Where are they? I want them!"

The more they tried to calm her the more she sobbed and persisted in her demands. She no longer wanted the body, she insisted on having the clothes, as much perhaps through the unconscious cupidity of a wretched being to whom a piece of silver represents a fortune as through maternal tenderness.

And when the little body, rolled up in blankets which had been brought out from Renardet's house, had disappeared in the vehicle, the old woman standing under the trees, sustained by the mayor and the captain, exclaimed:

"I have nothing, nothing, nothing in the world, not even her little cap —her little cap."

The cure, a young priest, had just arrived. He took it on himself to accompany the mother, and they went away together toward the village. The mother's grief was modified by the sugary words of the clergyman, who promised her a thousand compensations. But she kept repeating: "If I had only her little cap." This idea now dominated every other.

Renardet called from the distance:

"You will lunch with us, Monsieur l'Abbe—in an hour's time."

The priest turned his head round and replied:

"With pleasure, Monsieur le Maire. I'll be with you at twelve."

And they all directed their steps toward the house, whose gray front, with the large tower built on the edge of the Brindille, could be seen through the branches.

The meal lasted a long time. They talked about the crime. Everybody was of the same opinion. It had been committed by some tramp passing there by mere chance while the little girl was bathing.

Then the magistrates returned to Rouy, announcing that they would return next day at an early hour. The doctor and the cure went to their respective homes, while Renardet, after a long walk through the meadows, returned to the wood, where he remained walking till nightfall with slow steps, his hands behind his back.

He went to bed early and was still asleep next morning when the magistrate entered his room. He was rubbing his hands together with a self-satisfied air.

"Ha! ha! You are still sleeping! Well, my dear fellow, we have news this morning."

The mayor sat up in his bed.

"What, pray?"

"Oh! Something strange. You remember well how the mother clamored yesterday for some memento of her daughter, especially her little cap? Well, on opening her door this morning she found on the threshold her child's two little wooden shoes. This proves that the crime was perpetrated by some one from the district, some one who felt pity for her. Besides, the postman, Mederic, brought me the thimble, the knife and the needle case of the dead girl. So, then, the man in carrying off the clothes to hide them must have let fall the articles which were in the pocket. As for me, I attach special importance to the wooden shoes, as they indicate a certain moral culture and a faculty for tenderness on the part of the assassin. We will, therefore, if you have no objection, go over together the principal inhabitants of your district."

The mayor got up. He rang for his shaving water and said:

"With pleasure, but it will take some time, and we may begin at once."

M. Putoin sat astride a chair.

Renardet covered his chin with a white lather while he looked at himself in the glass. Then he sharpened his razor on the strop and continued:

"The principal inhabitant of Carvelin bears the name of Joseph Renardet, mayor, a rich landowner, a rough man who beats guards and coachmen—"

The examining magistrate burst out laughing.

"That's enough. Let us pass on to the next."

"The second in importance is Pelledent, his deputy, a cattle breeder, an equally rich landowner, a crafty peasant, very sly, very close-fisted on every question of money, but incapable in my opinion of having perpetrated such a crime."

"Continue," said M. Putoin.

Renardet, while proceeding with his toilet, reviewed the characters of all the inhabitants of Carvelin. After two hours' discussion their suspicions were fixed on three individuals who had hitherto borne a shady reputation—a poacher named Cavalle, a fisherman named Paquet, who caught trout and crabs, and a cattle drover named Clovis. II

The search for the perpetrator of the crime lasted all summer, but he was not discovered. Those who were suspected and arrested easily proved their innocence, and the authorities were compelled to abandon the attempt to capture the criminal.

But this murder seemed to have moved the entire country in a singular manner. There remained in every one's mind a disquietude, a vague fear, a sensation of mysterious terror, springing not merely from the impossibility of discovering any trace of the assassin, but also and above all from that strange finding of the wooden shoes in front of La Roque's door the day after the crime. The certainty that the murderer had assisted at the investigation, that he was still, doubtless, living in the village, possessed all minds and seemed to brood over the neighborhood like a constant menace.

The wood had also become a dreaded spot, a place to be avoided and supposed to be haunted.

Formerly the inhabitants went there to spend every Sunday afternoon. They used to sit down on the moss at the feet of the huge tall trees or walk along the water's edge watching the trout gliding among the weeds. The boy's used to play bowls, hide-and-seek and other games where the ground had been cleared and levelled, and the girls, in rows of four or five, would trip along, holding one another by the arms and screaming songs with their shrill voices. Now nobody ventured there for fear of finding some corpse lying on the ground.

Autumn arrived, the leaves began to fall from the tall trees, whirling round and round to the ground, and the sky could be seen through the bare branches. Sometimes, when a gust of wind swept over the tree tops, the slow, continuous rain suddenly grew heavier and became a rough storm that covered the moss with a thick yellow carpet that made a kind of creaking sound beneath one's feet.

And the sound of the falling leaves seemed like a wail and the leaves themselves like tears shed by these great, sorrowful trees, that wept in the silence of the bare and empty wood, this dreaded and deserted wood where wandered lonely the soul, the little soul of little Louise Roque.

The Brindille, swollen by the storms, rushed on more quickly, yellow and angry, between its dry banks, bordered by two thin, bare, willow hedges.

And here was Renardet suddenly resuming his walks under the trees. Every day, at sunset, he came out of his house, descended the front steps slowly and entered the wood in a dreamy fashion, with his hands in his pockets, and paced over the damp soft moss, while a legion of rooks from all the neighboring haunts came thither to rest in the tall trees and then flew off like a black cloud uttering loud, discordant cries.

Night came on, and Renardet was still strolling slowly under the trees; then, when the darkness prevented him from walking any longer, he would go back to the house and sink into his armchair in front of the glowing hearth, stretching his damp feet toward the fire.

One morning an important bit of news was circulated through the district; the mayor was having his wood cut down.

Twenty woodcutters were already at work. They had commenced at the corner nearest to the house and worked rapidly in the master's presence.

And each day the wood grew thinner, losing its trees, which fell down one by one, as an army loses its soldiers.

Renardet no longer walked up, and down. He remained from morning till night, contemplating, motionless, with his hands behind his back, the slow destruction of his wood. When a tree fell he placed his foot on it as if it were a corpse. Then he raised his eyes to the next with a kind of secret, calm impatience, as if he expected, hoped for something at the end of this slaughter.

Meanwhile they were approaching the place where little Louise Roque had been found. They came to it one evening in the twilight.

As it was dark, the sky being overcast, the woodcutters wanted to stop their work, putting off till next day the fall of an enormous beech tree, but the mayor objected to this and insisted that they should at once lop and cut down this giant, which had sheltered the crime.

When the lopper had laid it bare and the woodcutters had sapped its base, five men commenced hauling at the rope attached to the top.

The tree resisted; its powerful trunk, although notched to the centre, was as rigid as iron. The workmen, all together, with a sort of simultaneous motion,' strained at the rope, bending backward and uttering a cry which timed and regulated their efforts.

Two woodcutters standing close to the giant remained with axes in their grip, like two executioners ready to strike once more, and Renardet, motionless, with his hand on the trunk, awaited the fall with an uneasy, nervous feeling.

One of the men said to him:

"You are too near, Monsieur le Maire. When it falls it may hurt you."

He did not reply and did not move away. He seemed ready to catch the beech tree in his open arms and to cast it on the ground like a wrestler.

All at once, at the base of the tall column of wood there was a rent which seemed to run to the top, like a painful shock; it bent slightly, ready to fall, but still resisting. The men, in a state of excitement, stiffened their arms, renewed their efforts with greater vigor, and, just as the tree came crashing down, Renardet suddenly made a forward step, then stopped, his shoulders raised to receive the irresistible shock, the mortal shock which would crush him to the earth.

But the beech tree, having deviated a little, only rubbed against his loins, throwing him on his face, five metres away.

The workmen dashed forward to lift him up. He had already arisen to his knees, stupefied, with bewildered eyes and passing his hand across his forehead, as if he were awaking from an attack of madness.

When he had got to his feet once more the men, astonished, questioned him, not being able to understand what he had done. He replied in faltering tones that he had been dazed for a moment, or, rather, he had been thinking of his childhood days; that he thought he would have time to run under the tree, just as street boys rush in front of vehicles driving rapidly past; that he had played at danger; that for the past eight days he felt this desire growing stronger within him, asking himself each time a tree began to fall whether he could pass beneath it without being touched. It was a piece of stupidity, he confessed, but every one has these moments of insanity and these temptations to boyish folly.

He made this explanation in a slow tone, searching for his words, and speaking in a colorless tone.

Then he went off, saying:

"Till to-morrow, my friends-till to-morrow."

As soon as he got back to his room he sat down at his table which his lamp lighted up brightly, and, burying his head in his hands, he began to cry.

He remained thus for a long time, then wiped his eyes, raised his head and looked at the clock. It was not yet six o'clock.

He thought:

"I have time before dinner."

And he went to the door and locked it. He then came back, and, sitting down at his table, pulled out the middle drawer. Taking from it a revolver, he laid it down on his papers in full view. The barrel of the firearm glittered, giving out gleams of light.

Renardet gazed at it for some time with the uneasy glance of a drunken man. Then he rose and began to pace up and down the room.

He walked from one end of the apartment to the other, stopping from time to time, only to pace up and down again a moment afterward. Suddenly he opened the door of his dressing-room, steeped a towel in the water pitcher and moistened his forehead, as he had done on the morning of the crime.

Then he, began walking up and down again. Each time he passed the table the gleaming revolver attracted his glance, tempted his hand, but he kept watching the clock and reflected:

"I have still time."

It struck half-past six. Then he took up the revolver, opened his mouth wide with a frightful grimace and stuck the barrel into it as if he wanted to swallow it. He remained in this position for some seconds without moving, his finger on the trigger. Then, suddenly seized with a shudder of horror, he dropped the pistol on the carpet.

He fell back on his armchair, sobbing:

"I cannot. I dare not! My God! my God! How can I have the courage to kill myself?'"

There was a knock at the door. He rose up, bewildered. A servant said:

"Monsieur's dinner is ready."

He replied:

"All right. I'm coming down."

Then he picked up the revolver, locked it up again in the drawer and looked at himself in the mirror over the mantelpiece to see whether his face did not look too much troubled. It was as red as usual, a little redder perhaps. That was all. He went down and seated himself at table.

He ate slowly, like a man who wants to prolong the meal, who does not want to be alone.

Then he smoked several pipes in the hall while the table was being cleared. After that he went back to his room.

As soon as he had locked himself in he looked, under the bed, opened all the closets, explored every corner, rummaged through all the furniture. Then he lighted the candles on the mantelpiece, and, turning round several times, ran his eye all over the apartment with an anguish of terror that distorted his face, for he knew well that he would see her, as he did every night—little Louise Roque, the little girl he had attacked and afterward strangled.

Every night the odious vision came back again. First he seemed to hear a kind of roaring sound, such as is made by a threshing machine or the distant passage of a train over a bridge. Then he commenced to gasp, to suffocate, and he had to unbutton his collar and his belt. He moved about to make his blood circulate, he tried to read, he attempted to sing. It was in vain. His thoughts, in spite of himself, went back to the day of the murder and made him begin it all over again in all its most secret details, with all the violent emotions he had experienced from the first minute to the last.

He had felt on rising that morning, the morning of the horrible day, a little dizziness and headache, which he attributed to the heat, so that he remained in his room until breakfast time.

After the meal he had taken a siesta, then, toward the close of the afternoon, he had gone out to breathe the fresh, soothing breeze under the trees in the wood.

But, as soon as he was outside, the heavy, scorching air of the plain oppressed him still more. The sun, still high in the heavens, poured down on the parched soil waves of burning light. Not a breath of wind stirred the leaves. Every beast and bird, even the grasshoppers, were silent. Renardet reached the tall trees and began to walk over the moss where the Brindille produced a slight freshness of the air beneath the immense roof of branches. But he felt ill at ease. It seemed to him that an unknown, invisible hand was strangling him, and he scarcely thought of anything, having usually few ideas in his head. For the last three months only one thought haunted him, the thought of marrying again. He suffered from living alone, suffered from it morally and physically. Accustomed for ten years past to feeling a woman near him, habituated to her presence every moment, he had need, an imperious and perplexing need of such association. Since Madame Renardet's death he had suffered continually without knowing why, he had suffered at not feeling her dress brushing past him, and, above all, from no longer being able to calm and rest himself in her arms. He had been scarcely six months a widower and he was already looking about in the district for some young girl or some widow he might marry when his period of mourning was at an end.

He had a chaste soul, but it was lodged in a powerful, herculean body, and carnal imaginings began to disturb his sleep and his vigils. He drove them away; they came back again; and he murmured from time to time, smiling at himself:

"Here I am, like St. Anthony."

Having this special morning had several of these visions, the desire suddenly came into his breast to bathe in the Brindille in order to refresh himself and cool his blood.

He knew of a large deep pool, a little farther down, where the people of the neighborhood came sometimes to take a dip in summer. He went there.

Thick willow trees hid this clear body of water where the current rested and went to sleep for a while before starting on its way again. Renardet, as he appeared, thought he heard a light sound, a faint plashing which was not that of the stream on the banks. He softly put aside the leaves and looked. A little girl, quite naked in the transparent water, was beating the water with both hands, dancing about in it and dipping herself with pretty movements. She was not a child nor was she yet a woman. She was plump and developed, while preserving an air of youthful precocity, as of one who had grown rapidly. He no longer moved, overcome with surprise, with desire, holding his breath with a strange, poignant emotion. He remained there, his heart beating as if one of his sensuous dreams had just been realized, as if an impure fairy had conjured up before him this young creature, this little rustic Venus, rising from the eddies of the stream as the real Venus rose from the waves of the sea.

Suddenly the little girl came out of the water, and, without seeing him, came over to where he stood, looking for her clothes in order to dress herself. As she approached gingerly, on account of the sharp-pointed stones, he felt himself pushed toward her by an irresistible force, by a bestial transport of passion, which stirred his flesh, bewildered his mind and made him tremble from head to foot.

She remained standing some seconds behind the willow tree which concealed him from view. Then, losing his reason entirely, he pushed aside the branches, rushed on her and seized her in his arms. She fell, too terrified to offer any resistance, too terror-stricken to cry out. He seemed possessed, not understanding what he was doing.

He woke from his crime as one wakes from a nightmare. The child burst out weeping.

"Hold your tongue! Hold your tongue!" he said. "I'll give you money."

But she did not hear him and went on sobbing.

"Come now, hold your tongue! Do hold your tongue! Keep quiet!" he continued.

She kept shrieking as she tried to free herself. He suddenly realized that he was ruined, and he caught her by the neck to stop her mouth from uttering these heartrending, dreadful screams. As she continued to struggle with the desperate strength of a being who is seeking to fly from death, he pressed his enormous hands on the little throat swollen with screaming, and in a few seconds he had strangled her, so furiously did he grip her. He had not intended to kill her, but only to make her keep quiet.

Then he stood up, overwhelmed with horror.

She lay before him, her face bleeding and blackned. He was about to rush away when there sprang up in his agitated soul the mysterious and undefined instinct that guides all beings in the hour of danger.

He was going to throw the body into the water, but another impulse drove him toward the clothes, which he made into a small package. Then, as he had a piece of twine in his pocket, he tied it up and hid it in a deep portion of the stream, beneath the trunk of a tree that overhung the Brindille.

Then he went off at a rapid pace, reached the meadows, took a wide turn in order to show himself to some peasants who dwelt some distance away at the opposite side of the district, and came back to dine at the usual hour, telling his servants all that was supposed to have happened during his walk.

He slept, however, that night; he slept with a heavy, brutish sleep like the sleep of certain persons condemned to death. He did not open his eyes until the first glimmer of dawn, and he waited till his usual hour for riding, so as to excite no suspicion.

Then he had to be present at the inquiry as to the cause of death. He did so like a somnambulist, in a kind of vision which showed him men and things as in a dream, in a cloud of intoxication, with that sense of unreality which perplexes the mind at the time of the greatest catastrophes.

But the agonized cry of Mother Roque pierced his heart. At that moment he had felt inclined to cast himself at the old woman's feet and to exclaim:

"I am the guilty one!"

But he had restrained himself. He went back, however, during the night to fish up the dead girl's wooden shoes, in order to place them on her mother's threshold.

As long as the inquiry lasted, as long as it was necessary to lead justice astray he was calm, master of himself, crafty and smiling. He discussed quietly with the magistrates all the suppositions that passed through their minds, combated their opinions and demolished their arguments. He even took a keen and mournful pleasure in disturbing their investigations, in embroiling their ideas, in showing the innocence of those whom they suspected.

But as soon as the inquiry was abandoned he became gradually nervous, more excitable than he had been before, although he mastered his irritability. Sudden noises made him start with fear; he shuddered at the slightest thing and trembled sometimes from head to foot when a fly alighted on his forehead. Then he was seized with an imperious desire for motion, which impelled him to take long walks and to remain up whole nights pacing up and down his room.

It was not that he was goaded by remorse. His brutal nature did not lend itself to any shade of sentiment or of moral terror. A man of energy and even of violence, born to make war, to ravage conquered countries and to massacre the vanquished, full of the savage instincts of the hunter and the fighter, he scarcely took count of human life. Though he respected the Church outwardly, from policy, he believed neither in God nor the devil, expecting neither chastisement nor recompense for his acts in another life. His sole belief was a vague philosophy drawn from all the ideas of the encyclopedists of the last century, and he regarded religion as a moral sanction of the law, the one and the other having been invented by men to regulate social relations. To kill any one in a duel, or in war, or in a quarrel, or by accident, or for the sake of revenge, or even through bravado would have seemed to him an amusing and clever thing and would not have left more impression on his mind than a shot fired at a hare; but he had experienced a profound emotion at the murder of this child. He had, in the first place, perpetrated it in the heat of an irresistible gust of passion, in a sort of tempest of the senses that had overpowered his reason. And he had cherished in his heart, in his flesh, on his lips, even to the very tips of his murderous fingers a kind of bestial love, as well as a feeling of terrified horror, toward this little girl surprised by him and basely killed. Every moment his thoughts returned to that horrible scene, and, though he endeavored to drive this picture from his mind, though he put it aside with terror, with disgust, he felt it surging through his soul, moving about in him, waiting incessantly for the moment to reappear.

Then, as evening approached, he was afraid of the shadow falling around him. He did not yet know why the darkness seemed frightful to him, but he instinctively feared it, he felt that it was peopled with terrors. The bright daylight did not lend itself to fears. Things and beings were visible then, and only natural things and beings could exhibit themselves in the light of day. But the night, the impenetrable night, thicker than walls and empty; the infinite night, so black, so vast, in which one might brush against frightful things; the night, when one feels that a mysterious terror is wandering, prowling about, appeared to him to conceal an unknown threatening danger, close beside him.

What was it?

He knew ere long. As he sat in his armchair, rather late one evening when he could not sleep, he thought he saw the curtain of his window move. He waited, uneasily, with beating heart. The drapery did not stir; then, all of a sudden, it moved once more. He did not venture to rise; he no longer ventured to breathe, and yet he was brave. He had often fought, and he would have liked to catch thieves in his house.

Was it true that this curtain did move? he asked himself, fearing that his eyes had deceived him. It was, moreover, such a slight thing, a gentle flutter of drapery, a kind of trembling in its folds, less than an undulation caused by the wind.

Renardet sat still, with staring eyes and outstretched neck. He sprang to his feet abruptly, ashamed of his fear, took four steps, seized the drapery with both hands and pulled it wide apart. At first he saw nothing but darkened glass, resembling plates of glittering ink. The night, the vast, impenetrable night, stretched beyond as far as the invisible horizon. He remained standing in front of this illimitable shadow, and suddenly he perceived a light, a moving light, which seemed some distance away.

Then he put his face close to the window pane, thinking that a person looking for crabs might be poaching in the Brindille, for it was past midnight, and this light rose up at the edge of the stream, under the trees. As he was not yet able to see clearly, Renardet placed his hands over his eyes, and suddenly this light became an illumination, and he beheld little Louise Roque naked and bleeding on the moss. He recoiled, frozen with horror, knocked over his chair and fell over on his back. He remained there some minutes in anguish of mind; then he sat up and began to reflect. He had had a hallucination—that was all, a hallucination due to the fact that a night marauder was walking with a lantern in his hand near the water's edge. What was there astonishing, besides, in the circumstance that the recollection of his crime should sometimes bring before him the vision of the dead girl?

He rose from the ground, swallowed a glass of wine and sat down again. He was thinking:

"What am I to do if this occurs again?"

And it would occur; he felt it; he was sure of it. Already his glance was drawn toward the window; it called him; it attracted him. In order to avoid looking at it, he turned his chair round. Then he took a book and tried to read, but it seemed to him that he presently heard something stirring behind him, and he swung round his armchair on one foot.

The curtain was moving again; unquestionably, it moved this time. He could no longer have any doubt about it.

He rushed forward and grasped it so violently that he pulled it down with its pole. Then he eagerly glued his face to the glass. He saw nothing. All was black outside, and he breathed with the joy of a man whose life has just been saved.

Then he went back to his chair and sat down again, but almost immediately he felt a longing to look out once more through the window. Since the curtain had fallen down, the window made a sort of gap, fascinating and terrible, on the dark landscape. In order not to yield to this dangerous temptation, he undressed, blew out the light and closed his eyes.

Lying on his back motionless, his skin warm and moist, he awaited sleep. Suddenly a great gleam of light flashed across his eyelids. He opened them, believing that his dwelling was on fire. All was black as before, and he leaned on his elbow to try to distinguish the window which had still for him an unconquerable attraction. By dint of, straining his eyes he could perceive some stars, and he rose, groped his way across the room, discovered the panes with his outstretched hands, and placed his forehead close to them. There below, under the trees, lay the body of the little girl gleaming like phosphorus, lighting up the surrounding darkness.

Renardet uttered a cry and rushed toward his bed, where he lay till morning, his head hidden under the pillow.

From that moment his life became intolerable. He passed his days in apprehension of each succeeding night, and each night the vision came back again. As soon as he had locked himself up in his room he strove to resist it, but in vain. An irresistible force lifted him up and pushed him against the window, as if to call the phantom, and he saw it at once, lying first in the spot where the crime was committed in the position in which it had been found.

Then the dead girl rose up and came toward him with little steps just as the child had done when she came out of the river. She advanced quietly, passing straight across the grass and over the bed of withered flowers. Then she rose up in the air toward Renardet's window. She came toward him as she had come on the day of the crime. And the man recoiled before the apparition—he retreated to his bed and sank down upon it, knowing well that the little one had entered the room and that she now was standing behind the curtain, which presently moved. And until daybreak he kept staring at this curtain with a fixed glance, ever waiting to see his victim depart.

But she did not show herself any more; she remained there behind the curtain, which quivered tremulously now and then.

And Renardet, his fingers clutching the clothes, squeezed them as he had squeezed the throat of little Louise Roque.

He heard the clock striking the hours, and in the stillness the pendulum kept ticking in time with the loud beating of his heart. And he suffered, the wretched man, more than any man had ever suffered before.

Then, as soon as a white streak of light on the ceiling announced the approaching day, he felt himself free, alone at last, alone in his room; and he went to sleep. He slept several hours—a restless, feverish sleep in which he retraced in dreams the horrible vision of the past night.

When he went down to the late breakfast he felt exhausted as after unusual exertion, and he scarcely ate anything, still haunted as he was by the fear of what he had seen the night before.

He knew well, however, that it was not an apparition, that the dead do not come back, and that his sick soul, his soul possessed by one thought alone, by an indelible remembrance, was the only cause of his torture, was what brought the dead girl back to life and raised her form before his eyes, on which it was ineffaceably imprinted. But he knew, too, that there was no cure, that he would never escape from the savage persecution of his memory, and he resolved to die rather than to endure these tortures any longer.

Then he thought of how he would kill himself, It must be something simple and natural, which would preclude the idea of suicide. For he clung to his reputation, to the name bequeathed to him by his ancestors; and if his death awakened any suspicion people's thoughts might be, perhaps, directed toward the mysterious crime, toward the murderer who could not be found, and they would not hesitate to accuse him of the crime.

A strange idea came into his head, that of allowing himself to be crushed by the tree at the foot of which he had assassinated little Louise Roque. So he determined to have the wood cut down and to simulate an accident. But the beech tree refused to crush his ribs.

Returning to his house, a prey to utter despair, he had snatched up his revolver, and then did not dare to fire it.

The dinner bell summoned him. He could eat nothing, and he went upstairs again. And he did not know what to do. Now that he had escaped the first time, he felt himself a coward. Presently he would be ready, brave, decided, master of his courage and of his resolution; now he was weak and feared death as much as he did the dead girl.

He faltered:

"I dare not venture it again—I dare not venture it."

Then he glanced with terror, first at the revolver on the table and next at the curtain which hid his window. It seemed to him, moreover, that something horrible would occur as soon as his life was ended. Something? What? A meeting with her, perhaps. She was watching for him; she was waiting for him; she was calling him; and it was in order to seize him in her turn, to draw him toward the doom that would avenge her, and to lead him to die, that she appeared thus every night.

He began to cry like a child, repeating:

"I will not venture it again—I will not venture it."

Then he fell on his knees and murmured:

"My God! my God!" without believing, nevertheless, in God. And he no longer dared, in fact, to look at his window, where he knew the apparition was hiding, nor at his table, where his revolver gleamed. When he had risen up he said:

"This cannot last; there must be an end of it"

The sound of his voice in the silent room made a chill of fear pass through his limbs, but as he could not bring himself to come to a determination, as he felt certain that his finger would always refuse to pull the trigger of his revolver, he turned round to hide his head under the bedclothes and began to reflect.

He would have to find some way in which he could force himself to die, to play some trick on himself which would not permit of any hesitation on his part, any delay, any possible regrets. He envied condemned criminals who are led to the scaffold surrounded by soldiers. Oh! if he could only beg of some one to shoot him; if after confessing his crime to a true friend who would never divulge it he could procure death at his hand. But from whom could he ask this terrible service? From whom? He thought of all the people he knew. The doctor? No, he would talk about it afterward, most probably. And suddenly a fantastic idea entered his mind. He would write to the magistrate, who was on terms of close friendship with him, and would denounce himself as the perpetrator of the crime. He would in this letter confess everything, revealing how his soul had been tortured, how he had resolved to die, how he had hesitated about carrying out his resolution and what means he had employed to strengthen his failing courage. And in the name of their old friendship he would implore of the other to destroy the letter as soon as he had ascertained that the culprit had inflicted justice on himself. Renardet could rely on this magistrate; he knew him to be true, discreet, incapable of even an idle word. He was one of those men who have an inflexible conscience, governed, directed, regulated by their reason alone.

Scarcely had he formed this project when a strange feeling of joy took possession of his heart. He was calm now. He would write his letter slowly, then at daybreak he would deposit it in the box nailed to the outside wall of his office; then he would ascend his tower to watch for the postman's arrival; and when the man in the blue blouse had gone away, he would cast himself head foremost on the rocks on which the foundations rested, He would take care to be seen first by the workmen who had cut down his wood. He could climb to the projecting stone which bore the flagstaff displayed on festivals, He would smash this pole with a shake and carry it along with him as he fell.

Who would suspect that it was not an accident? And he would be killed outright, owing to his weight and the height of the tower.

Presently he got out of bed, went over to the table and began to write. He omitted nothing, not a single detail of the crime, not a single detail of the torments of his heart, and he ended by announcing that he had passed sentence on himself, that he was going to execute the criminal, and begged his friend, his old friend, to be careful that there should never be any stain on his memory.

When he had finished this letter he saw that the day had dawned.

He closed, sealed it and wrote the address. Then he descended with light steps, hurried toward the little white box fastened to the outside wall in the corner of the farmhouse, and when he had thrown into it this letter, which made his hand tremble, he came back quickly, drew the bolts of the great door and climbed up to his tower to wait for the passing of the postman, who was to bear away his death sentence.

He felt self-possessed now. Liberated! Saved!

A cold dry wind, an icy wind passed across his face. He inhaled it eagerly with open mouth, drinking in its chilling kiss. The sky was red, a wintry red, and all the plain, whitened with frost, glistened under the first rays of the sun, as if it were covered with powdered glass.

Renardet, standing up, his head bare, gazed at the vast tract of country before him, the meadows to the left and to the right the village whose chimneys were beginning to smoke in preparation for the morning meal. At his feet he saw the Brindille flowing amid the rocks, where he would soon be crushed to death. He felt new life on that beautiful frosty morning. The light bathed him, entered his being like a new-born hope. A thousand recollections assailed him, recollections of similar mornings, of rapid walks on the hard earth which rang beneath his footsteps, of happy days of shooting on the edges of pools where wild ducks sleep. All the good things that he loved, the good things of existence, rushed to his memory, penetrated him with fresh desires, awakened all the vigorous appetites of his active, powerful body.

And he was about to die! Why? He was going to kill himself stupidly because he was afraid of a shadow-afraid of nothing! He was still rich and in the prime of life. What folly! All he needed was distraction, absence, a voyage in order to forget.

This night even he had not seen the little girl because his mind was preoccupied and had wandered toward some other subject. Perhaps he would not see her any more? And even if she still haunted him in this house, certainly she would not follow him elsewhere! The earth was wide, the future was long.

Why should he die?

His glance travelled across the meadows, and he perceived a blue spot in the path which wound alongside the Brindille. It was Mederic coming to bring letters from the town and to carry away those of the village.

Renardet gave a start, a sensation of pain shot through his breast, and he rushed down the winding staircase to get back his letter, to demand it back from the postman. Little did it matter to him now whether he was seen, He hurried across the grass damp from the light frost of the previous night and arrived in front of the box in the corner of the farmhouse exactly at the same time as the letter carrier.

The latter had opened the little wooden door and drew forth the four papers deposited there by the inhabitants of the locality.

Renardet said to him:

"Good-morrow, Mederic."

"Good-morrow, Monsieur le Maire."

"I say, Mederic, I threw a letter into the box that I want back again. I came to ask you to give it back to me."

"That's all right, Monsieur le Maire—you'll get it."

And the postman raised his eyes. He stood petrified at the sight of Renardet's face. The mayor's cheeks were purple, his eyes were anxious and sunken, with black circles round them, his hair was unbrushed, his beard untrimmed, his necktie unfastened. It was evident that he had not been in bed.

The postman asked:

"Are you ill, Monsieur le Maire?"

The other, suddenly comprehending that his appearance must be unusual, lost countenance and faltered:

"Oh! no-oh! no. Only I jumped out of bed to ask you for this letter. I was asleep. You understand?"

He said in reply:

"What letter?"

"The one you are going to give back to me."

Mederic now began to hesitate. The mayor's attitude did not strike him as natural. There was perhaps a secret in that letter, a political secret. He knew Renardet was not a Republican, and he knew all the tricks and chicanery employed at elections.

He asked:

"To whom is it addressed, this letter of yours?"

"To Monsieur Putoin, the magistrate—you know, my friend, Monsieur Putoin!"

The postman searched through the papers and found the one asked for. Then he began looking at it, turning it round and round between his fingers, much perplexed, much troubled by the fear of either committing a grave offence or of making an enemy of the mayor.

Seeing his hesitation, Renardet made a movement for the purpose of seizing the letter and snatching it away from him. This abrupt action convinced Mederic that some important secret was at stake and made him resolve to do his duty, cost what it may.

So he flung the letter into his bag and fastened it up, with the reply:

"No, I can't, Monsieur le Maire. As long as it is for the magistrate, I can't."

A dreadful pang wrung Renardet's heart and he murmured:

"Why, you know me well. You are even able to recognize my handwriting. I tell you I want that paper."

"I can't."

"Look here, Mederic, you know that I'm incapable of deceiving you—I tell you I want it."

"No, I can't."

A tremor of rage passed through Renardet's soul.

"Damn it all, take care! You know that I never trifle and that I could get you out of your job, my good fellow, and without much delay, either, And then, I am the mayor of the district, after all; and I now order you to give me back that paper."

The postman answered firmly:

"No, I can't, Monsieur le Maire."

Thereupon Renardet, losing his head, caught hold of the postman's arms in order to take away his bag; but, freeing himself by a strong effort, and springing backward, the letter carrier raised his big holly stick. Without losing his temper, he said emphatically:

"Don't touch me, Monsieur le Maire, or I'll strike. Take care, I'm only doing my duty!"

Feeling that he was lost, Renardet suddenly became humble, gentle, appealing to him like a whimpering child:

"Look here, look here, my friend, give me back that letter and I'll recompense you—I'll give you money. Stop! stop! I'll give you a hundred francs, you understand—a hundred francs!"

The postman turned on his heel and started on his journey.

Renardet followed him, out of breath, stammering:

"Mederic, Mederic, listen! I'll give you a thousand francs, you understand—a thousand francs."

The postman still went on without giving any answer.

Renardet went on:

"I'll make your fortune, you understand—whatever you wish—fifty thousand francs—fifty thousand francs for that letter! What does it matter to you? You won't? Well, a hundred thousand—I say—a hundred thousand francs. Do you understand? A hundred thousand francs—a hundred thousand francs."

The postman turned back, his face hard, his eye severe:

"Enough of this, or else I'll repeat to the magistrate everything you have just said to me."

Renardet stopped abruptly. It was all over. He turned back and rushed toward his house, running like a hunted animal.

Then, in his turn, Mederic stopped and watched his flight with stupefaction. He saw the mayor reenter his house, and he waited still, as if something astonishing were about to happen.

In fact, presently the tall form of Renardet appeared on the summit of the Fox's tower. He ran round the platform like a madman. Then he seized the flagstaff and shook it furiously without succeeding in breaking it; then, all of a sudden, like a diver, with his two hands before him, he plunged into space.

Mederic rushed forward to his assistance. He saw the woodcutters going to work and called out to them, telling them an accident had occurred. At the foot of the walls they found a bleeding body, its head crushed on a rock. The Brindille surrounded this rock, and over its clear, calm waters could be seen a long red thread of mingled brains and blood.

 
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