El Retrato de Dorian Gray.  Oscar Wilde
Capítulo 20. (Capítulo 20. )
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El aire de la noche era una delicia, tan tibio que Dorian Gray se colocó el abrigo sobre el brazo y ni siquiera se anudó en torno a la garganta la bufanda de seda. Mientras se dirigía hacia su casa, fumando un cigarrillo, dos jóvenes vestidos de etiqueta se cruzaron con él, y oyó cómo uno le susurraba al otro: «Ése es Dorian Gray». Recordó cuánto solía agradarle que alguien lo señalara con el dedo o se le quedara mirando y hablara de él. Ahora le cansaba oír su nombre. Buena parte del encanto del pueblecito adonde había ido con tanta frecuencia últimamente era que nadie lo conocía. A la muchacha a la que cortejó hasta enamorarla le había dicho que era pobre, y Hetty le había creído. En otra ocasión le dijo que era una persona malvada, y ella se echó a reír, respondiéndole que los malvados eran siempre muy viejos y muy feos. ¡Ah, su manera de reírse! Era como el canto de la alondra. Y ¡qué bonita estaba con sus vestidos de algodón y sus sombreros de ala ancha! Hetty no sabía nada de nada, pero poseía todo lo que él había perdido.

Estava uma noite linda, e tão amena que levava o casaco no braço e nem sequer pôs o lenço de seda em volta do pescoço. Quando se dirigia para casa, a fumar o seu cigarro, passaram por ele dois jovens em trajo de cerimónia. Ouviu um deles cochichar para o outro: «Aquele é Dorian Gray». Lembrou-se da satisfação que costumava sentir quando as pessoas o apontavam, ou se quedavam a olhá-lo, ou falavam dele. Agora ficava farto só de ouvir o próprio nome. Parte do encanto da pequena aldeia em que tantas vezes ficara ultimamente era o facto de ninguém o conhecer: À rapariga que seduzira até à paixão dissera frequentemente que era pobre, e ela acreditara nele. Dissera-Lhe uma vez que era um homem mau, mas ela rira-se dele e respondera que as pessoas más eram sempre muito velhas e feias. O que ela rira! Parecia um tordo a cantar. E que bonita era com seu vestido de algodão e os enormes chapéus! Ela tudo ignorava, mas possuía tudo o que ele perdera.

Al llegar a su casa, encontró al ayuda de cámara esperándolo. Le dijo que se acostara, se dejó caer en un sofá de la biblioteca y empezó a pensar en las cosas que lord Henry le había dicho.

Quando chegou a casa encontrou o criado à sua espera. Disse-lhe que se fosse deitar, e atirou-se para cima do sofá da biblioteca, quedando-se a reflectir sobre algumas das coisas que Lord Henry lhe dissera.

¿Era realmente cierto que no se cambia? Sentía un deseo loco de recobrar la pureza sin mancha de su adolescencia; su adolescencia rosa y blanca, como lord Henry la había llamado en una ocasión. Sabía que estaba manchado, que había llenado su espíritu de corrupción y alimentado de horrores su imaginación; que había ejercido una influencia nefasta sobre otros, y que había experimentado, al hacerlo, un júbilo incalificable; y que, de todas las vidas que se habían cruzado con la suya, había hundido en el deshonor precisamente las más bellas, las más prometedoras. Pero, ¿era todo ello irremediable? ¿No le quedaba ninguna esperanza?

Era mesmo verdade que nunca conseguíamos mudar? Sentiu uma ânsia louca pela sua mocidade imaculada, a flor da sua juventude, como Lord Henry uma vez Lhe chamara. Sabia que se maculara, que corrompera o espírito e alimentara de horrores a imaginação, que havia sido uma influência maléfica para outros, e que sentira um júbilo terrível ao tê-lo sido, e que, das vidas que se haviam cruzado com a sua, fora à mais pura e prometedora que trouxera o opróbrio. Mas tudo isso era irreparável? Para ele não havia esperança?

¡Ah, en qué monstruoso momento de orgullo y de ceguera había rezado para que el retrato cargara con la pesadumbre de sus días y él conservara el esplendor, eternamente intacto, de la juventud! Su fracaso procedía de ahí. Hubiera sido mucho mejor para él que a cada pecado cometido le hubiera acompañado su inevitable e inmediato castigo. En lugar de «perdónanos nuestros pecados», la plegaria de los hombres a un Dios de justicia debería ser «castíganos por nuestras iniquidades».

Ah! Que monstruoso momento de soberba e paixão aquele em que suplicara que fosse o retrato a carregar o fardo dos seus dias, e ele mantivesse o esplendor impoluto da eterna juventude! Todo o seu fracasso se devera a isso. Tinha sido melhor para ele que cada pecado da sua vida trouxesse consigo o castigo firme e imediato. O castigo purificava. Não o «Perdoai os nossos pecados, Castigai-nos pelas nossas iniquidades" é que deveria ser a prece de um homem dirigida a um Deus de justiça.

El curioso espejo tallado que lord Henry le regalara hacía ya tantos años se hallaba sobre la mesa, y los cupidos de marfileñas extremidades seguían, como antaño, rodeándolo con sus risas. Lo cogió, como había hecho en aquella noche de horror, cuando por primera vez advirtiera un cambio en el retrato fatal, y con ojos desencajados, enturbiados por las lágrimas, contempló su superficie pulimentada. En una ocasión, alguien que le había amado apasionadamente le escribió una carta que concluía con esta manifestación de idolatría: «El mundo ha cambiado porque tú estás hecho de marfil y oro. La curva de tus labios vuelve a escribir la historia». Aquellas frases le volvieron a la memoria, y las repitió una y otra vez. Luego su belleza le inspiró una infinita repugnancia y, arrojando el espejo al suelo, lo aplastó con el talón hasta reducirlo a astillas de plata. Su belleza le había perdido, su belleza y la juventud por la que había rezado. Sin la una y sin la otra, quizá su vida hubiera quedado libre de mancha. La belleza sólo había sido una máscara, y su juventud, una burla. ¿Qué era la juventud en el mejor de los casos? Una época de inexperiencia, de inmadurez, un tiempo de estados de ánimo pasajeros y de pensamientos morbosos. ¿Por qué se había empeñado en vestir su uniforme? La juventud lo había echado a perder.

O espelho minuciosamente trabalhado, que Lord Henry Lhe oferecera havia já tantos anos, encontrava-se em cima da mesa, e os alvos Cupidos da moldura riam-se como dantes. Pegou nele, como fizera naquela noite de horror em que notara pela primeira vez a transformação no retrato fatídico, e, com olhos desvairados e enevoados pelas lágrimas, mirou a superfície polida. Um dia, alguém que o amara loucamente escrevera-lhe uma carta apaixonada que terminava com estas palavras de idolatria: «O mundo mudou porque és feito de ouro e marfim. As curvas dos teus lábios rescrevem a história.» Relembrou as frases e repetiu-as para si uma vez e outra. Então abominou a sua própria beleza e, arremessando ao chão o espelho, esmagou-o sob o tacão em estilhaços de prata. Foi a sua beleza que o arruinara, a sua beleza e a juventude pela qual suplicara. Sem essas duas coisas, a sua vida teria sido imaculada. A sua beleza não fora senão um disfarce, a sua juventude um simulacro. O que era a juventude, na melhor das hipóteses? Um tempo de inexperiência e imaturidade, de fúteis caprichos e pensamentos mórbidos. Por que vestira ele as suas roupagens? A juventude causara a sua corrupção.

Era mejor no pensar en el pasado. Nada podía cambiarlo. Tenía que pensar en sí mismo, en su futuro.

A James Vane lo habían enterrado en una tumba anónima en el cementerio de Selby. Alan Campbell se había suicidado una noche en su laboratorio, pero sin revelar el secreto que le había sido impuesto. La emoción, o la curiosidad, suscitada por la desaparición de Basil Hallward pronto se desvanecería. Ya empezaba a pasar. Por ese lado no tenía nada que temer. Y, de hecho, no era la muerte de Basil Hallward lo que más le abrumaba. Le obsesionaba la muerte en vida de su propia alma. Basil había pintado el retrato que echó a perder su vida. Eso no se lo podía perdonar. El retrato tenía la culpa de todo. Basil le dijo cosas intolerables que él, sin embargo, soportó con paciencia. El asesinato fue obra, sencillamente, de una locura momentánea. En cuanto a Alan Campbell, el suicidio había sido su decisión personal.

Había elegido actuar así. Nada tenía que ver con él.

Era melhor não pensar no passado. Nada o poderia alterar. Era em si próprio e no seu futuro que havia que pensar. James Vane ficara oculto numa campa anónima da igreja de Selby. Alan Campbell suicidara-se de noite no seu laboratório, mas não revelara o segredo que havia sido obrigado a saber. O alvoroço suscitado pelo desaparecimento de Basil Hallward não tardaria a passar. Já começava a diminuir. Ele estava em total segurança. Na verdade, nem era a morte de Basil Hallward o que mais lhe pesava na consciência. O que o atormentava era a morte viva da própria alma. Basil pintara o retrato que lhe destruíra a vida. E isso não Lhe podia perdoar. O retrato fora o causador de tudo. Basil dissera-Lhe coisas insuportáveis que ele, contudo, levara com paciência. O assassínio fora simples loucura de um momento. Quanto a Alan Campbell, suicidara-se por sua livre vontade. Fora decisão sua. Ele nada tinha a ver com o caso.

¡Una vida nueva! Eso era lo que necesitaba. Eso era lo que estaba esperando. Sin duda la había empezado ya. Había evitado, al menos, la perdición de una criatura inocente. Nunca volvería a poner la tentación en el camino de la inocencia. Sería bueno.

Uma vida nova! Era disso que precisava. Era aquilo de que estava à espera. Certamente já a havia começado. Ao menos, poupara a inocência de alguém. Jamais atentaria contra a inocência. Seria um homem bom.

Al pensar en Hetty Merton, empezó a preguntarse si el retrato habría cambiado. Sin duda no sería ya tan horrible como antes. Quizá, si su vida recobraba la pureza, expulsaría de su rostro hasta el último resto de las malas pasiones. Quizás, incluso, habían desaparecido ya. Iría a verlo.

Ao pensar em Hetty Merton, começou a interrogar-se se o retrato do quarto trancado teria mudado. Com certeza que não continuava tão horrível como fora. Se a sua vida se tornasse pura, talvez conseguisse expulsar do retrato todo o vestígio de paixão ruim. Talvez que os estigmas da maldade se tivessem já desvanecido. Iria ver.

Tomó la lámpara y subió sigilosamente las escaleras. Al descorrer el cerrojo, una sonrisa de alegría iluminó por un instante el rostro extrañamente joven y se prolongó unos momentos más en torno a los labios. Sí, practicaría el bien, y aquel retrato espantoso que llevaba tanto tiempo escondido dejaría de aterrorizarlo. Sintió que ya se le había quitado un peso de encima.

Pegou no candeeiro que estava sobre a mesa e subiu as escadas de mansinho. Ao destrancar a porta, passou-lhe pelo rosto espantosamente jovem um sorriso de júbilo, que permaneceu nos lábios por um instante. Sim, havia de ser bom, e a coisa hedionda que ele escondera deixaria de ser o terror da sua vida. Tinha a sensação de que esse peso já lhe saíra de cima do peito.

Entró sin hacer el menor ruido, volviendo a cerrar la puerta con llave, como tenía por costumbre, y retiró la tela morada que cubría el cuadro. Un grito de dolor e indignación se le escapó de los labios. No se notaba cambio alguno, con la excepción de un brillo de astucia en la mirada y en la boca las arrugas sinuosas de la hipocresía. El lienzo seguía siendo tan odioso como siempre, más, si es que eso era posible; y el rocío escarlata que le manchaba la mano parecía más brillante, con más aspecto de sangre recién derramada. Dorian Gray empezó entonces a temblar. ¿Le había empujado únicamente la vanidad a llevar a cabo su única obra buena? ¿O había sido el deseo de una nueva sensación, como apuntara lord Henry, con su risa burlona? ¿O tal vez el deseo apasionado de representar un papel que nos empuja a hacer cosas mejores de lo que nos corresponde por naturaleza? ¿O, quizá, todo aquello al mismo tiempo?

Entrou silenciosamente, fechou a porta, como habitualmente fazia, e puxou a cortina púrpura. Soltou um grito de dor e indignação. Não viu transformação alguma, salvo uma expressão de astúcia nos olhos e, na boca, o ricto da hipocrisia. Aquilo continuava abominável - mais abominável, se possível, do que antes - e a cor escarlate das gotas que orvalhavam a mão era ainda mais viva, mais parecendo sangue recém-derramado. Então ele começou a tremer. Teria sido apenas vaidade o que o levara a cometer a sua única boa acção? Ou o desejo de uma nova sensação, como sugerira Lord Henry, com seu riso de troça?

Pero, ¿por qué era más grande la mancha roja? Parecía haberse extendido como una horrible enfermedad sobre los dedos cubiertos de arrugas. Había sangre en los pies pintados, como si aquella cosa hubiera goteado..., sangre incluso en la mano que no había empuñado el cuchillo. ¿Una confesión? ¿Quería aquello decir que iba a confesar su crimen? ¿Que iba a entregarse para que lo ejecutaran? Se echó a reír.

La idea le pareció monstruosa. Además, aunque confesara, ¿quién iba a creerlo? No había en ninguna parte resto alguno del pintor asesinado. Todas sus pertenencias habían sido destruidas. Él mismo había quemado maletín y abrigo. El mundo diría simplemente que estaba loco. Lo encerrarían en un manicomio si se empeñaba en repetir la misma historia... Sin embargo, era obligación suya confesar, soportar públicamente la vergüenza y expiar la culpa de manera igualmente pública. Había un Dios que exigía a los seres humanos confesar sus pecados en la tierra así como en el cielo. Nada de lo que hiciera le purificaría si no confesaba su pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros. La muerte de Basil Hallward le parecía muy poca cosa. Pensaba en Hetty Merton. Porque aquel espejo de su alma que estaba contemplando era un espejo injusto. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía? ¿No había habido más que eso en su renuncia? Había habido algo más. Al menos así lo creía él. Pero, ¿cómo saberlo...? No. No hubo nada más. Sólo renunció a la muchacha por vanidad. La hipocresía le había llevado a colocarse la máscara de la bondad. Había ensayado la abnegación por curiosidad. Ahora lo reconocía.

Pero aquel asesinato..., ¿iba a perseguirlo toda su vida? ¿Siempre tendría que soportar el peso de su pasado?

Ou aquela paixão por desempenhar um papel que, por vezes, nos conduz a actos mais perfeitos do que nós mesmos? Ou, talvez, todas estas coisas juntas? E por que seria que a mancha vermelha era maior agora? Parecia ter alastrado, como horrível doença, pelos dedos engelhados. Havia sangue sobre os pés pintados, como se tivesse pingado, havia sangue até na mão que não empunhara a faca. Confessar? Quereria dizer que ele tinha que confessar? Entregar-se, e ser condenado à morte? Riu-se. Considerava a ideia monstruosa. Além disso, mesmo se confessasse, quem iria acreditar nele? Não havia vestígios do homem assassinado em parte alguma. Tudo o que lhe pertencia fora destruído. Ele mesmo queimara o que estivera guardado no vão das escadas. Todos diriam muito simplesmente que ele estava louco. Interná-lo-iam se persistisse na sua história... No entanto, era seu dever confessar, sofrer o vexame público e expiar publicamente os seus delitos. Existia um Deus que convocava os homens para confessarem os seus pecados à terra e ao céu. Tudo o que fizesse não o purificaria se não confessasse o seu pecado. O seu pecado? Encolheu os ombros num gesto de indiferença. A morte de Basil Hallward parecia-Lhe insignificante. Pensava em Hetty Merton. Afinal, era injusto este espelho em que se mirava, o espelho da sua alma. Vaidade? Curiosidade? Hipocrisia? Não houvera nada mais na sua renúncia senão isso? Houvera algo mais. Pelo menos ele acreditava que sim. Mas quem poderia dizer?... Não. Nada mais houvera. Poupara-a por vaidade. Usara com hipocrisia a máscara da bondade. Por curiosidade experimentara a auto-renúncia. Reconhecia tudo isso agora.

¿Tendría que confesar? Nunca. No había más que una prueba en contra suya. El cuadro mismo: ésa era la prueba. Lo destruiría. ¿Por qué lo había conservado tanto tiempo? Años atrás le proporcionaba el placer de contemplar cómo cambiaba y se hacía viejo. En los últimos tiempos ese placer había desaparecido. El cuadro le impedía dormir. Cuando salía de viaje, le horrorizaba la posibilidad de que lo contemplasen otros ojos. Teñía de melancolía sus pasiones. Su simple recuerdo echaba a perder muchos momentos de alegría. Había sido para él algo así como su conciencia. Sí. Había sido su conciencia. Lo destruiría.

Mas este crime havia de persegui-lo toda a vida? Teria de carregar para sempre com o passado? Ele teria mesmo de confessar? Nunca. Restava apenas uma prova contra ele. O próprio retrato. Isso era uma prova. Destruí-lo-ia. Por que o conservara tanto tempo? Houve um tempo em que sentira prazer vê-lo mudar e envelhecer. Ultimamente não sentia esse prazer. À noite impedia-o de dormir.

Quando se ausentava, invadia-o o pavor de que outros olhos o contemplassem. Repassara de melancolia as suas paixões. À sua simples lembrança, se haviam frustrado muitos momentos de alegria. Representava para si uma consciência. Sim, era a sua consciência. Tinha de o destruir.

Miró a su alrededor, y vio el cuchillo con el que apuñaló a Basil Hallward. Lo había limpiado muchas veces, hasta que desaparecieron todas las manchas. Brillaba, lanzaba destellos. De la misma manera que había matado al pintor, mataría su obra y todo lo que significaba. Mataría el pasado y, cuando estuviera muerto, él recobraría la libertad. Acabaría con aquella monstruosa vida del alma y, sin sus odiosas advertencias, recobraría la paz. Empuñó el arma y con ella apuñaló el retrato.

Procurou com o olhar, e viu a faca que apunhalara Basil Hallward. Limpara-a muitas vezes, até não ficar mancha alguma. Estava polida e brilhava. Como matara o pintor, assim havia de matar a sua obra, e tudo o que ela reprsentava. Mataria o passado, e com essa morte ele sentir-se-ia livre. Mataria essa monstruosa vida da alma e, sem os seus hediondos avisos, ele ficaria em paz. Agarrou na faca e apunhalou o retrato.

Se oyó un grito y el golpe de una caída. El grito puso de manifiesto un sufrimiento tan espantoso que los criados despertaron asustados y salieron en silencio de sus habitaciones. Dos caballeros que pasaban por la plaza se detuvieron y alzaron los ojos hacia la gran casa. Luego siguieron caminando hasta encontrar a un policía y regresar con él. Llamaron varias veces al timbre, pero sin recibir respuesta. Con la excepción de una luz en uno de los balcones del piso alto, todo estaba a oscuras. Al cabo de un rato, el policía se trasladó hasta un portal vecino para contemplar desde allí el edificio.

-¿Quién vive en esa casa? -le preguntó el caballero de más edad.

-El señor Dorian Gray-respondió el policía.

Ouviu-se um grito e um tombo. O grito de agonia foi tão horrível que os criados, assustados, acordaram e saíram silenciosamente dos seus quartos. Dois cavalheiros, que passavam em baixo na Praça, pararam e olharam para a grande mansão. Continuaram a andar até que encontraram um polícia, e voltaram atrás com ele. O homem tocou várias vezes à campainha, mas ninguém apareceu. Com excepção de uma luz numa das janelas do último andar, a casa estava completamente às escuras. Pouco depois, afastou-se e ficou parado num portal próximo a observar.

Las dos personas que le escuchaban intercambiaron una mirada de inteligencia y, mientras se alejaban, había en su rostro una mueca de desprecio. Uno de ellos era tío de sir Henry Ashton.

- De quem é aquela casa, senhor guarda? - perguntou o mais velho dos dois indivíduos.

- De Mr. Dorian Gray, senhor - respondeu o polícia.

Dentro de la casa, en la zona donde vivía la servidumbre, los criados a medio vestir hablaban en voz baja. La anciana señora Leaf lloraba y se retorcía las manos. Francis estaba tan pálido como un muerto.

Ao afastarem-se, olharam um para o outro e riram com um riso escarninho. Um deles era o tio de Sir Henry Ashton.

Dentro de casa, na parte reservada ao pessoal doméstico, os criados, semivestidos, falavam uns com os outros, sussurrando. A velha Mrs. Leaf chorava e torcia as mãos. Francis estava pálido como a morte.

Transcurrido un cuarto de hora aproximadamente, el ayuda de cámara tomó consigo al cochero y a uno de los lacayos y subió en silencio las escaleras. Los golpes en la puerta no obtuvieron contestación. Y todo siguió en silencio cuando llamaron a su amo de viva voz. Finalmente, después de tratar en vano de forzar la puerta, salieron al tejado y descendieron hasta el balcón. Una vez allí entraron sin dificultad: los pestillos eran muy antiguos.

Cerca de um quarto de hora depois, chamou o cocheiro e um dos lacaios, e subiram as escadas. Bateram à porta, mas não obtiveram resposta. Bradaram. Estava tudo em silêncio. Por fim, depois de, em vão, tentarem arrombar a porta, subiram ao terraço e desceram para a varanda. As janelas cederam facilmente, que os ferrolhos eram velhos.

En el interior encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor tal como lo habían visto por última vez, en todo el esplendor de su juventud y singular belleza. En el suelo, vestido de etiqueta, y con un cuchillo clavado en el corazón, hallaron el cadáver de un hombre mayor, muy consumido, lleno de arrugas y con un rostro repugnante. Sólo lo reconocieron cuando examinaron las sortijas que llevaba en los dedos.

Quando entraram, viram pendurado na parede um magnífico retrato do seu amo, tal como era quando o viram a última vez, em todo o fulgor da sua deslumbrante juventude e beleza. No chão jazia um homem morto, em trajo de cerimónia, com uma faca cravada no coração. Estava mirrado, enrugado e tinha uma cara repugnante. Examinaram-lhe os anéis, e só então o reconheceram.

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