David Copperfield.  Charles Dickens

Capítulo 60. Agnes (第60章. 愛妮絲)
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Cuando nos dejaron solos, mi tía y yo estuvimos char­lando hasta muy entrada la noche. Me contó que todas las cartas de los emigrantes respiraban esperanza y alegría; que míster Micawber había enviado ya muchas veces pequeñas sumas de dinero para saldar sus deudas, « como debe hacerse de hombre a hombre; que Janet había vuelto al servicio de mi tía al establecerse esta de nuevo en Dover, y que, por úl­timo, había renunciado a su antipatía por el sexo masculino, casándose con un rico tabernero, y habiendo confirmado mi tía aquel gran principio ayudando y asistiendo a la novia y hasta honrando la ceremonia con su presencia. He aquí al­guno de los puntos sobre los que versó nuestra conversa­ción, aunque ya me había hablado de ello en sus cartas, con más o menos detalles. Míster Dick tampoco fue olvidado. Mi tía me dijo que se dedicaba a copiar todo lo que le caía en las manos, y que con aquel trabajo había conseguido que el rey Carlos I se mantuviera a una distancia respetuosa; que estaba muy contenta de verle libre y satisfecho, y que, en fin (conclusión que no era nueva), sólo ella sabía todo lo que valía.

-Y ahora, Trot -me dijo, acariciándome la mano mien­tras estábamos sentados al lado del fuego, siguiendo nuestra antigua costumbre-, ¿cuándo vas a it a Canterbury?

-Buscaré un caballo a iré mañana por la mañana, a me­nos de que quieras venir conmigo.

-No -dijo mi tía en tono breve-; pienso quedarme aquí.

-En ese caso iré a caballo. No hubiese atravesado hoy Canterbury sin detenerme si hubiera sido para ver a otra per­sona que no fueras tú.

En el fondo estaba encantada; pero me contestó: «¡Bah, Trot! Mis viejos huesos hubieran podido esperar hasta ma­ñana». Y volvió a acariciarme la mano mientras yo miraba al fuego, soñando.

Soñando. No podía saberme tan cerca de Agnes sin sentir en toda su fuerza los sentimientos que me habían preocu­pado tanto tiempo. Quizá ahora estaban dulcificados por el pensamiento de que aquella lección me estaba merecida por no haberlo previsto cuando tenía todo el porvenir ante mí; pero no por eso dejaba de sentirlo. Todavía oía yo la voz de mi tía repetirme lo que ahora comprendía mejor: « ¡Oh Trot! ¡Ciego!, ¡ciego!, ¡ciego!».

Guardamos silencio durante unos minutos. Cuando le­vanté los ojos vi que me observaba atentamente. Quizá ha­bía seguido el hilo de mis pensamientos, menos difícil de se­guir ahora que cuando mi espíritu se obstinaba en mi ceguera.

-Quizá te parezca que a su padre se le han blanqueado mucho los cabellos; pero en lo demás está mucho mejor: es un hombre nuevo. Ya no aplica su medida limitada a todas las alegrías y a todas las penas de la vida humana. Créeme, hijo mío; es necesario que todos los sentimientos se hayan empequeñecido mucho en un hombre para que se pueda me­dir con semejante medida.

-Es cierto -le respondí.

-En cuanto a ella, la encontrarás ---dijo mi tía- tan be­lla y tan buena, tan tierna y tan desinteresada como siempre. Si supiera un elogio mayor, Trot, no dudaría en dárselo.

Y, en efecto, no había mejor elogio para ella, ni más amargo reproche para mí. ¡Oh! ¿Por qué fatalidad me había extraviado de aquel modo?

-Si enseña a las niñas que la rodean a ser como ella ---continuó mi tía, y sus ojos se llenaron de lágrimas-, Dios sabe que será una vida bien empleada. «Dichosa de ser útil», como decía ella. ¿Y cómo podría ser de otra manera?

-Tiene Agnes algún- -pensaba alto, más bien que ha­blaba.

-¿Algún qué? --dijo vivamente mi tía.

-Algún enamorado -dije.

-Por docenas --exclamó mi tía, con una especie de or­gullo indignado-. Hubiera podido casarse veinte veces, amigo mío, desde que te has marchado.

-No lo dudo -dije-; pero ¿ha encontrado un hombre digno de ella? Pues de no ser así, ella no le querría.

Mi tía permaneció silenciosa un momento, con la barbilla apoyada en la mano. Después, levantando lentamente los ojos:

-Sospecho ---dijo- que está enamorada de uno, Trot.

-¿Y es correspondida? -pregunté.

-Trot -repuso gravemente mi tía-, no tengo derecho para decirte más. Ella no se ha confiado nunca a mí, y sólo son suposiciones mías.

Me miraba atentamente, con inquietud (hasta la vi tem­blar), y me di cuenta, más que nunca, de que seguía mis ínti­rnos pensamientos. Hice una llamada a todas las resolucio­nes que había tomado durante tantos días y noches de lucha -on mi corazón.

-Si es así -proseguí---, creo que lo será...

-No digo que lo sea -dijo bruscamente mi tía-; no de­bes fiarte de mis sospechas. Al contrario, has de guardar se­creto. A lo mejor es una idea mía, y no tengo derecho a decir nada.

-Si fuera así -continué-, Agnes me lo dirá algún día. Una hermana, a la que he demostrado tanta confianza, tía, no me negará la suya.

Mi tía separó su mirada de mí, tan lentamente como la ha­bía fijado, y, pensativa, se tapó la cara con una mano. Poco a poco puso la otra mano encima de mi hombro, y permaneci­mos así, uno al lado de otro, pensando en el pasado, sin cam­biar una palabra hasta el momento de acostarnos.

Al día siguiente, temprano, salí para el lugar donde había pasado el tiempo lejano de mis estudios. No puedo decir que me sintiera completamente dichoso con la esperanza de ga­nar una batalla conmigo mismo, ni con la perspectiva de ver pronto su rostro querido.

Pronto recorrí, en efecto, aquel camino, que conocía tan bien, y atravesé aquellas calles tranquilas, donde cada piedra me era tan familiar corno un libro de clase a un colegial. Fui a pie hasta la vieja casa; después me alejé; tenía el corazón demasiado lleno para decidirme a entrar. Volví, y vi al pasar la ventana baja de la torrecilla donde Uriah Heep y después míster Micawber trabajaban: ahora era un saloncito; ya no había oficinas. Y la casa tenía el mismo aspecto limpio y cuidado que cuando la había visto por primera vez. Rogué a la criada que vino a abrirme que dijera a mistress Wickfield que un caballero deseaba verla de parte de un amigo que vol­vía del extranjero. Me hizo subir por la vieja escalera, advir­tiéndome que tuviera cuidado con los escalones (los conocía yo mejor que ella), y entré en el salón. Nada había cambiado. Los libros que leíamos juntos Agnes y yo estaban en el mismo sitio; volví a ver en el mismo rincón el pupitre en que tantas veces había trabajado. Todos los pequeños cambios que los Heep habían introducido en la casa habían sido des­hechos. Todo estaba lo mismo que en los tiempos felices.

Me asomé a una ventana, y miraba las casas de la otra acera recordando cuántas veces las había contemplado los días de lluvia, cuando vine a estudiar a Canterbury, y todas las suposiciones que me divertía hacer sobre la gente que se asomaba a sus ventanas, y la curiosidad con que los seguía subiendo y bajando las escaleras, mientras la lluvia golpea­ba el empedrado. Recordaba que compadecía con toda mi alma a los que llegaban a pie, por la noche, en la oscuridad, empapados y arrastrando las piernas, con su envoltorio al hombro, en la punta de un palo. Todos aquellos recuerdos estaban todavía tan frescos en mi memoria; sentía el mismo olor de la tierra húmeda y de hojas mojadas; hasta me pare­cía el mismo viento que me había desesperado durante mi penoso viaje.

El ruido de la puertecita que se abría en el zócalo de ma­dera tallada me hizo estremecer. Me volví. La bella y serena mirada de Agnes encontró la mía. Se detuvo, poniéndose la mano en el pecho; yo la cogí en mis brazos.

-Agnes, querida mía, ¡he llegado demasiado de impro­viso!

-No, no; ¡estoy tan contenta de verte, Trotwood!

-Querida Agnes; yo sí que soy dichoso volviéndote a ver

La estrechaba contra mi corazón, y durante un momento nos miramos en silencio. Después nos sentamos uno al lado del otro, y vi en su rostro angelical la expresión de alegría y de afecto con que soñaba día y noche desde hacía años.

Estaba tan ingenua, tan bella, tan buena; le debía tanto y la quería tanto, que no podía expresar lo que sentía. Traté de bendecirla, traté de darle las gracias, traté de decirle (como lo había hecho a menudo en mis cartas) toda la influencia que ejercía sobre mí; pero mis esfuerzos eran vanos. Mi ale­gría y mi amor parecían mudos.

Con su dulce tranquilidad calmó mi inquietud; me re­cordó el momento de nuestra separación; me habló de Emily, a quien había ido a ver en secreto muchas veces; me habló, de una manera conmovedora, de la tumba de Dora. Con el instinto siempre justo que le daba su noble corazón tocó tan dulce y delicadamente las cuerdas dolorosas de mi memoria, que ni una de ellas dejó de responder a su llamamiento ar­monioso, y yo prestaba oído a aquella triste y lejana melo­día, sin que me hicieran sufrir los recuerdos que despertaba en mi alma. ¿Cómo hubiera podido sufrir, cuando todo lo dominaba ella, como las alas del ángel bueno de mi vida?

-¿Y tú, Agnes? -dije por fin-. Háblame de ti. No me has dicho todavía nada de lo que haces.

-¿Y qué podría decirte? -repuso con su radiante son­risa-. Mi padre está bien. Nos encuentras muy tranquilos en nuestra vieja casa, que nos ha sido devuelta; nuestras in­quietudes se han disipado; sabiendo eso, Trotwood, lo sabes todo.

-¿Todo, Agnes? --dije.

Me miró no sin un poco de sorpresa y de emoción.

-¿No hay nada más, hermana mía? -dije.

Palideció; después enrojeció y palideció de nuevo. Me pareció que sonreía con serena tristeza, y movió la cabeza.

Había intentado hacerle hablar del asunto de que me ha­bía hablado mi tía, pues, por dolorosa que fuera para mí aquella confidencia, quería someter mi corazón y cumplir con mi deber hacia Agnes. Pero al ver que se turbaba no in­sistí.

-¿Tienes mucho que hacer, querida Agnes?

-¿Con mis discípulas? --dijo levantando la cabeza; ya había recobrado su serenidad habitual.

-Sí. ¿Te darán mucho trabajo, no?

-Es un trabajo tan dulce -repuso-, que sería casi in­grata si le diera ese nombre.

-Nada de lo que es bueno lo parece difícil -repliqué.

Palideció de nuevo, y otra vez, al bajar la cabeza, vi la triste sonrisa.

-¿Te esperarás para ver a mi padre --dijo alegremente-, y pasarás el día con nosotros? ¿Quizá hasta quieras dormir en tu antigua habitación? La seguimos llamando tuya.

Aquello era imposible, porque había prometido a mi tía volver por la noche; pero me gustaría mucho pasar el día con ellos.

-Ahora tengo que hacer --dijo Agnes-. Te dejo con tus antiguos libros y nuestra antigua música.

-Si hasta me parecen las antiguas flores --dije mirando a mi alrededor-; o, por lo menos, las mismas que te gusta­ban antes.

-Es que me gusta -repuso Agnes sonriendo- conser­varlo todo durante tu ausencia, lo mismo que cuando éramos niños. ¡Éramos tan felices entonces!

-Sí. ¡Dios lo sabe! --dije.

-Y todo lo que me recuerda a mi hermano --dijo Agnes volviendo hacia mí sus ojos cariñosos- me hace com­pañía. Hasta esta miniatura de cestito -dijo, enseñándo­me el que llevaba a la cintura, lleno de llaves- me parece, cuando lo oigo sonar, que me canta una canción de nuestra juventud.

Sonrió y salió por la puerta, que había abierto al entrar.

Estaba decidido: conservaría con cuidado religioso aquel afecto de hermana. Era todo lo que me quedaba, y era un tesoro. Si quebrantaba aquella confianza queriendo desnaturalizarla, la perdería para siempre y ya no podría renacer. Tomé la firme resolución de no exponerme; cuanto más la amaba, más interés tenía en no traicionarme ni un momento.

Me dediqué a pasear por las calles, y volví a ver a mi an­tiguo enemigo, el carnicero (ahora comisario, con el bastón colgado en su tienda). Fui a ver el sitio donde habíamos combatido, y allí estuve recordando a miss Shepherd, y a la mayor miss Larkins, y todas mis pasiones, amores y odios de aquella época. Lo único que había sobrevivido era Agnes, mi estrella siempre brillante y cada vez más alta en el cielo.

Cuando volví, míster Wickfield estaba ya en casa; había alquilado, a unas dos millas de la ciudad, un jardín, donde iba a trabajar casi todos los días, y le encontré tal como mi tía me le había descrito. Comimos con cinco o seis niñas, discípulas de Agnes. Míster Wickfield ya no era más que la sombra del retrato que había en la pared.

La tranquilidad y la paz que reinaban en aquella apacible morada, y de las que guardaba un recuerdo tan profundo, ha­bían renacido. Cuando terminó la comida, míster Wickfield no tomó vino, subimos todos. Agnes y sus discípulas se pu­sieron a cantar, a jugar y a trabajar juntas. Después del té las niñas nos dejaron y nos quedamos los tres solos hablando del pasado.

-Tengo muchos asuntos de los que arrepentirme, Trotwood -dijo míster Wickfield, moviendo su cabeza blanca-; lo sabes muy bien; pero así y todo, aunque estuviera en mi mano, no me gustaría borrar tu recuerdo.

Lo creía, pues Agnes estaba a su lado.

-No me gustaría, pues sería destruir al mismo tiempo el de la paciencia, la abnegación, la fidelidad, el amor de mi hija, y eso no lo quiero olvidar, no; ni aun para llegar a olvi­darme de mí mismo.

-Le comprendo -le dije con dulzura-. Siempre he pensado en ello... siempre... con veneración.

-Pero nadie sabe, ni siquiera tú -añadió-, todo lo que ha hecho, todo lo que ha soportado, todo lo que ha sufrido mi Agnes.

Agnes puso su mano sobre el brazo de su padre, como para detenerle, y estaba pálida, muy pálida.

-Vamos, vamos --dijo con un suspiro, rechazando evi­dentemente el recuerdo de una pena que su hija había tenido que soportar, que quizá soportaba todavía (pensé en lo que me había dicho mi tía). Trotwood, nunca te he hablado de su madre. ¿Te ha hablado alguien de ella?

-No, señor.

-No hay mucho que decir... aunque sufrió muchísimo. Se casó contra la voluntad de su padre, que renegó de ella. Antes de que naciera mi Agnes le suplicó que la perdonase. Era un hombre muy duro, y su madre había muerto hacía mucho tiempo. La rechazó, y destrozó su corazón.

Agnes se apoyó en el hombro de su padre y le pasó un brazo alrededor del cuello.

-Era un corazón dulce y tierno --dijo-, y lo hizo peda­zos. Yo sabía cómo era de frágil y delicada. Nadie podía sa­berlo como yo. Me amaba mucho, pero nunca fue dichosa. Sufría siempre por aquel golpe doloroso, y cuando su padre la rechazó por última vez, estaba enferma, débil... empeoró y murió. Me dejó con Agnes, que sólo tenía entonces quince días, y con los cabellos grises que me has visto desde el pri­mer día que viniste aquí.

Abrazó a su hija.

-Mi cariño por mi hija era un amor lleno de tristeza, pues mi alma estaba enferma. Pero ¿para qué seguirte ha­blando de mí? Es de su madre de quien quería hablarte, Trot­wood. No necesito decirte lo que he sido ni lo que soy, lo adivinas, lo sé. En cuanto a Agnes, no necesito decirte lo que es, siempre he encontrado en ella algo de la triste histo­ria de su pobre madre; por eso lo he hablado esta noche, ahora que estamos reunidos de nuevo, después de tantos cambios. Ya te lo he dicho todo.

Bajó la cabeza. Agnes inclinó hacia él la suya de ángel, que tomó con sus caricias filiales un carácter más patético todavía después de aquel relato. Una escena tan conmove­dora venía a propósito para fijar de un modo muy especial en mi memoria el recuerdo de aquella tarde, la primera de nuestra reunión.

Agnes se levantó y, acercándose suavemente al piano, se puso a tocar una de las cosas que tocaba antes y que había­mos escuchado tantas veces en aquel mismo sitio.

-¿Tienes intención de seguir viajando? -me preguntó, mientras yo estaba de pie a su lado.

-¿Qué opina mi hermana?

-Espero que no.

-Entonces no pienso hacerlo, Agnes.

-Puesto que me consultas, Trotwood, lo diré que tu re­putación creciente y tus éxitos deben animarte a seguir, y aunque yo pudiera pasarme sin mi hermano --continuó, fi­jando sus ojos en mí-, quizá el éxito lo reclame.

-Lo que soy es obra tuya, Agnes, y tú debes juzgarlo.

-¿Mi obra, Trotwood?

-Sí, Agnes, mi querida muchacha -le dije, inclinán­dome hacia ella-; he querido decirte hoy, al volverte a ver, algo que tengo en el corazón desde la muerte de Dora. ¿Re­cuerdas que fuiste a buscarme al gabinete y me enseñaste el cielo, Agnes?

-¡Oh, Trotwood! -repuso ella, con los ojos llenos de lágrimas, ¡Era tan amante, tan ingenua, tan joven! ¡Nunca podré olvidarla!

-Tal corno te apareciste entonces, hermana mía, eso has sido siempre para mí. Lo he pensado muchas veces desde aquel día. Siempre me has enseñado el cielo, Agnes; siem­pre me has conducido hacia un fin mejor; siempre me has guiado hacia un mundo más elevado.

Ella movió la cabeza en silencio; a través de sus lágrimas volví a ver la dulce y triste sonrisa.

-Y te estoy tan agradecido, Agnes, tan agradecido eter­namente, que no sé nombrar el afecto que me inspiras. Quiero que sepas, y sin embargo no sé cómo decírtelo, que toda mi vida creeré en ti, y me dejaré guiar por ti, como lo he hecho en medio de las tinieblas, que ya pasaron. Suceda lo que suceda, a pesar de los nuevos lazos que puedas formar y de los cambios que puedan ocurrir entre nosotros, yo te seguiré siempre con los ojos, creeré en ti y te querré como hoy y como siempre. Seguirás siendo mi consuelo y mi apoyo. Hasta el día de mi muerte, hermana mía, lo veré siempre ante mí señalándome el cielo.

Agnes puso su mano en la mía, y me dijo que estaba or­gullosa de mí y de lo que le decía, pero que no merecía aque­llas alabanzas. Después continuó tocando dulcemente, pero sin dejar de mirarme.

-¿Sabes, Agnes? Lo que he sabido esta tarde por tu pa­dre responde maravillosamente al sentimiento que me ha­bías inspirado cuando te conocí, cuando sólo era un colegial.

-Sabías que no tenía madre -contestó con una son­risa- y eso te predisponía a quererme un poco.

-No era eso sólo, Agnes. Sentía, casi tanto como si hu­biera sabido esa historia, que había en la atmósfera que nos rodeaba algo dulce y tierno que no podía explicarme; algo que en otra me hubiera parecido tristeza (y ahora sé que te­nía razón), pero que en ti no me lo parecía.

Agnes tocaba algunas notas y seguía mirándome.

-¿No te ríes de las ideas que acariciaba entonces? ¿Esas ideas locas, Agnes?

-No.

-Y si eo dijera que aun entonces comprendía que podrías amar fielmente, a pesar de toda decepción, amar hasta tu úl­tima hora, ¿no te reirías tampoco de ese sueño?

-¡Oh no, no!

Por un instante su rostro tomó una expresión de tristeza, que me hizo estremecer; pero un momento después seguía tocando dulcemente y mirándome con su serena y dulce son­risa.

Mientras volvía por la noche a Dover, perseguido por el viento, como por un recuerdo inflexible, pensaba en ella y temía que no fuera dichosa. Yo no era feliz; pero había con­seguido hasta entonces encerrar en mí mismo al pasado; y pensando en ello mientras miraba el cielo, pensaba en la morada eterna donde podría un día quererla con un amor desconocido para la tierra y decirle la lucha que se había li­brado en mi corazón...

屋里只剩下姨奶奶和我以后,我們一直談到深夜。已移居海外的人每次來信都怎樣愉快并滿怀希望;米考伯先生怎樣已寄回一筆筆小數目的錢以償還“金錢的債務” ——他過去怎樣像在男子漢和男子漢之間那樣嚴格辦事樣借下的債;珍妮怎樣在我姨奶奶回多佛后又來伺候她,并實行那排斥男性的主義而和一個生意不錯的酒店老板結了婚;我姨奶奶怎樣表示對那偉大的主張表示認可而幫助和教導那新娘,還親自參加了那場婚禮;這些都是我們所談到的——我也早從我過去收到的許多信中知道了。當然,我們不會忘記狄克先生。我姨奶奶告訴我,他曾不斷抄寫他能得到的一切東西,并借這一工作而把查理王一世放到了一邊。他是自由而快樂的了,不再感到生活的乏味,這又怎樣成為她一生的主要快樂和收獲之一;還有除了她,沒有別人能充分理解他是個什么樣的人——這仍被當作一個全新的總結。

“特洛,你什么時候,”當我們像原先那樣在火爐前坐下時,姨奶奶拍拍我的手背說道,“你什么時候去坎特伯雷呀?”

“如果你不和我一起去,姨奶奶,我就明天早上騎馬去。

你去嗎?”

“不!”我姨奶奶用她那种簡捷明了的方式說道,“我不想去別的地方。”

那我就騎馬去,我說。如果我不是迫切想看到她而是要看別的人,我今天就不會經過坎特伯雷而不在那儿留下了。

她听了我的話很開心,不過她說道:“得了,特洛,我的老骨頭准能留到明天呢!”見我又在若有所思地坐在那里盯著火時,她又拍拍我的手。

我所以若有所思,因為我不能不在回到這里時而且挨愛妮絲這么近時而不感到那久已揪心的悔愧。這悔愧使我領悟到早年我不曾學到的東西,也許它已減輕了許多,但仍然是悔愧。“哦,特洛,”我好像又听到姨奶奶那樣說,我現在也比較要更為了解她了——“盲目,盲目,盲目!”

我們兩個都沉默了几分鐘。當我抬起眼睛時,我發現她目不轉睛地盯著我。也許,她已看出我的心思了,因為我覺得我的心思雖然曾是狂熱的,現在卻比較容易被猜度的了。

“你會發現,她父親已是白發蒼蒼的老人了,”我姨奶奶說道,“可在各方面來說,他比過去更好了——他成了一個自新的人。你也會發現,他現在不再用他唯一的狹小尺度來衡量其他人的趣味,歡樂和憂傷了。相信我,孩子,當那一切被那樣衡量著;一定會縮小許多呢。”

“當然,一定縮小了。”我說道。

“你會發現,她,”我姨奶奶繼續說道,“還一如既往地善良、美麗、誠懇、無私。如果我知道有更高的稱許之詞,特洛,我一定用來形容她。”

對她怎么稱贊也不會過份;對我怎么責備也不會過頭。

哦,我偏离正途多遠了呀!

“如果她把她周圍的女孩調教得像她自己那樣,”我姨奶奶噙著淚花誠懇地說道,“哦,上帝知道,她就沒白白活這一生了!有用和快樂,正像她當日說過的!她怎么會沒有用和不快樂呢!”

“愛妮絲有沒有——”我自言自語道。

“嘿!嘿!有沒有什么呀?”我姨奶奶很尖銳地說道。

“有沒有愛人。”我說道。

“二十個呢,”我姨奶奶怀著一种憤怒的驕傲叫道,“自你去后,我親愛的,她完全可以結二十次婚呢!”

“沒有疑問,”我說道,“這是沒有疑問的。可是她有沒有配得上她的愛人呢?愛妮絲不會看中配不上她的人呀。”

我姨奶奶手托著下巴沉思了一會儿。她慢慢抬起眼皮看著我說道:

“我怀疑她有一個心上人,特洛。”

“一個有出息的人?”我說道。

“特洛,”我姨奶奶很嚴肅地說道,“我不能說。我連把這話告訴你的權利都沒有。她從來沒對我說過,只不過我自己這么猜罷了。”

她看著我,那么關切,那么注意,我甚至發現她在顫抖了。這時,我覺察到她對我最近的心思非常留心。在那許多個日日夜夜,我內心反复沖突后所下的決心這時更堅定了。

“如果是那樣,”我開始說道,“我希望是——”

“我不知道是不是那樣,”我姨奶奶赶緊說道,“你不應該受我怀疑之心的影響。你應當把我的猜測放在心底。也許,我的猜測是毫無根据的。我不該說出來。

“如果是那樣,”我重复道,“愛妮絲會在她認為适當的時候告訴我的。我對其坦誠公布過那么多秘密的妹妹,姨奶奶,是不會覺得難于向我啟齒的。”

姨奶奶的目光像當初轉向我時那么緩緩收回。她沉思著用手捂住她的眼,慢慢地將另一只手放在我肩頭。我們就這樣坐在那里回首往事。一直到我們分手就寢,我們都沒再說任何話。

一清早,我騎馬去我過去上學的地方。雖然我抱著戰胜自己的決心,但想到馬上就要又見到她了,我不能說我是很輕松的。

記得很清楚的地方很快就游歷過了,我便來到那里每塊石頭于我都是一篇儿童故事的安靜街道。我步行到那老住宅前,卻又走開,因為我心情太激動了而無法走進去。我終于回來了。我經過那里時,朝曾先為尤來亞、后為米考伯先生坐著的那圓室的矮窗里張望。我看到這房間已改成一個小客廳了,事務所已沒有了。除此以外,那安靜地老宅仍和我當年首次見到它時一樣清洁整齊。我請接待我的新女仆轉告威克費爾德小姐,說一位海外朋友差遣來問候她的人到了。我被帶著走上那光線幽暗的樓梯,并被提醒要留心這樓梯——我早已熟悉的樓梯——然后就到了那沒任何變化的客廳。在架子上放著愛妮絲和我當年讀過的書,我過去很多夜里坐在其旁做功課的那書桌還擺在老地方。希普母子曾硬加在那里的一些變化又都消失了,一切都是原樣了。一切都和在快樂歲月里的一樣。

我站在窗前,看那古老街道對面的住房,回憶起我剛到時是怎樣在陰雨的下午張望著它們,回憶我怎樣總猜測不時在窗口出現的人,并用目光追隨他們上下樓梯;那時女人總穿著木鞋呱呱嗒嗒地走過人行道,讓人發悶的雨斜斜落下,從對面的噴水口泄出,然后流到大路上;我記起在那陰雨的夜晚,當無家可歸的人們用棍子穿起行李放到肩頭,蹣跚而過時,我怀著什么樣的心情觀察他們,仍和那時一樣,我覺得街上彌漫著濕土、濕樹葉、濕棘藜的气味,還覺到有在我那困苦旅行中吹到我身上的風。

鑲板壁的牆上那扇小門開了,我吃了一惊地轉過身來。她向我走過來,她美好明淨的眼光与我的相遇。她站住了,把手放在她胸前。我把她摟到怀中。

“愛妮絲,我親愛的姑娘!我來得太突然了!”

“不,不!看到你,我很高興,特洛伍德!”

“親愛的愛妮絲,又見到了你,我多幸福呀!”

我緊緊摟住她。有一會儿,我們倆都沒說話。然后我們并肩坐下;她天使般的臉轉向了我,她那歡迎的表情正是我整年整年無論是睡夢里還是醒來都在我心頭想往的。

她那么誠實,那么美麗,那么善良——我受她的恩惠實在太多了。我覺得她太可愛了,我找不到可以表達我感情的詞句。我想為她祝福,我想向她道謝,我想告訴她,我受她的影響有多大(就像我曾在信中常說到的那樣);可我的一切努力都是枉然。我的愛和喜樂是難以言表的。

她用她才有的那可愛的詳和使我平靜了下來。引我談起我們的分別。她對我說她曾背著我多次看望過的愛米麗,對我深情地談起朵拉的墳墓。她憑她高尚心靈的精确本能輕柔和諧地撥動了我的記憶之弦,使得那每條弦都和美,使我可以平靜地听那若有若無的悲愴哀樂,卻又不用躲避被它喚醒的其它記憶。當那全部樂音中有她——我生命中的吉祥天使——可愛的旋律時,我又怎么會回避呢?

“你自己呢,愛妮絲,”我慢慢說道,“給我談談你自己吧。

你几乎一點都沒對我說你這么久以來的生活呢!”

“我有什么說的呢?”她容光煥發的臉上布滿微笑地說道,“爸爸很平安。你在這儿看到我們了,我們安安靜靜地生活在我們自己的家里;我們的憂愁消除了,我們的家庭又回到了原樣;親愛的特洛伍德,知道了這個,你就什么都知道了。”

“什么都知道了,愛妮絲?”我說道。

她帶著一絲不安地望著我,顯得吃惊。

“再沒別的什么了,妹妹?”我說道。

她臉上褪去的紅暈又回來了,然后再度褪去。她微笑了;

我覺得那微笑中含有一种無言的悲哀。她又搖搖頭。

我本想引她談我姨奶奶暗示的那問題,因為我雖知道明白那秘密會令我痛苦,可我要磨煉我的心,盡我對她的責;但是一見她這么不安,我就不去談那問題了。

“你有很多事要做吧,親愛的愛妮絲?”

“我學校的事?”她又神情泰然地抬起眼睛說道。

“是呀,學校的事很辛苦吧,是嗎?”

“那种辛苦是那么讓人愉快,”她回答道,“用辛苦兩個字來形容它,似乎對它不起呢。”

“凡是好事于你都不難。”我說道。

她臉上的紅暈又一度复來而复去。當她低下頭時,我又一次看到那同樣悲哀的微笑。

“你可以等到爸爸回來,”愛妮絲高興地說道,“和我們一起度過一個白天吧?也許你可以在你自己的臥室里睡吧?我們總把那臥室叫做你的臥室。”

我不能那樣,因為我已答應過姨奶奶要晚上騎馬回她那里,可我一定盡興地在這里度過整整一個白天。

“我還得做一會儿的囚犯呢,”愛妮絲說道,“不過這儿有的是舊書,特洛伍德,還有舊的樂譜呢。”

“連那些花也還在這里,”我朝四下看著說道,“也許還是那种。”

“你在國外的日子里,”愛妮絲笑著接過去說道,“我喜歡讓一切都保持我們還是孩子時的那樣子。因為,我覺得那時我們很幸福。”

“我們那時的确很幸福!”我說道。

“一切能使我想起哥哥的小玩藝都是我喜歡的伴侶,”愛妮絲用她熱誠的目光高高興興地看著我說道。“連這個”,她把依然挂在她腰上的那個裝滿鑰匙的小籃子指給我看,“似乎也叮叮當當響著老調儿呢!”

她又笑了笑,就從她先前進來的那門出去了。

我的任務是用宗教的精神來守護這姐妹的感情。這是我留給自己的一切了,也是一种珍寶。如果我動搖了這神圣的信任和習慣的基礎——正是在這基礎上那姐妹的感情才被交托給我的——那么我就會失去這感情,永遠也不可复得。我非常重視這點。我越愛她,就越不能忘記這點。

我到街上散步。我又看見了我的老對頭,就是那個屠夫,他現在是個地方民團的治安人員了,他的指揮棒就挂在肉店里;由于看到了他,我就去看我當年和他交戰的地方,在那里我又回想起謝福德小姐和大拉金斯小姐,還有所有那些當然沒有結果的愛情、舊日的喜好和憎惡。除了愛妮絲,當年的一切都已隨時間逝去了。只有她一直是我頭上的一顆星,越來越亮,越來越高。

我回來時,威克費爾德先生已從他的一個花園回家了。那花園在城外兩英里左右的地方,現在,他几乎每天去那里管理。我發現他确實像我姨奶奶所說的那樣。當我們同半打左右的小女孩一起坐下進晚餐時,他似乎是牆上他那英俊肖像畫的一個影子了。

我記憶中那安靜地方又充滿了昔日的詳和安宁。晚餐后,因為威克費爾德先生不再喝酒了,我也不想喝。我們便都去了樓下,愛妮絲和她的小學生在那里唱歌、做游戲、做功課。喝過茶后,那些孩子离開了我們,我們三人就坐在一起,談起了往事。

“我過去,”威克費爾德先生搖搖白發蒼蒼的頭說道,“干了許多讓我悔恨的事——非常讓我悔讓我恨的事,特洛伍德,你知道得很清楚的。不過,就算我可以把過去勾消,我也不會那樣干。”

看到我身邊他這張臉,我不難相信他的話。

“我要那樣的話,就會勾消那忍耐、忠誠、孝心和天真的愛心,不!哪怕我忘掉自己,也不能忘掉這一切!”他又說道。

“我了解你,先生,”我溫和地說道,“我尊敬那歲月,一直都尊敬。”

“可是沒人知道,連你也不知道,”他接過去說道,“她做了多少,忍了多少,她怎樣努力掙扎過。親愛的愛妮絲呀!”

她懇求似地把手放到他胳臂上,請他不要再說下去。她的臉非常蒼白。

“好了,好了!”他歎了口气說道。我這時看出,他把和我姨奶奶告訴我的事有關的那些讓她受過或仍在忍受痛苦的事放開到一邊了。“嘿!我還沒把她母親的事告訴過你呢,特洛伍德。有誰對你說起過嗎?”

“從沒有呢,先生。”

“事并不多,但其中痛苦很多。她違背了她父親的意愿而嫁給了我,于是他和她斷絕了關系。在愛妮絲來到這個世界上之前,她請求他原諒她。可他心腸非常硬,而她的母親又早去世了。被她父親拒絕后,她的心傷透了。”

愛妮絲靠在他肩上,輕輕摟住他的脖子。

“她生有一顆多情而溫柔的心,”他說道,“她的心受了傷。我非常了解那情深的天性。如果我還不了解,就沒人能了解了。她很愛我,卻又從來都沒快樂過。她就一直暗中忍受這痛苦。她原本不太健康,在遭他最后拒絕時又受了挫折——這不是第一次,這是許多次以后的最后一次——她憔悴了,終于死了。她留給我的是出生才兩個星期的愛妮絲,還有你剛來時就看到的我頭上那白發。”

他親吻愛妮絲的面頰。

“我對我可愛的孩子所怀有的感情是一种病態的感情,可那時我的精神是完全不健康的。我不再說那事了。我不想談我自己,特洛伍德,只想談她的母親和她。如果我告訴你一點有關我過去和現在的線索,我想你會明自的。愛妮絲是什么樣的,我不必說了。我一直都從她的個性中辨認她母親的一些往事,所以,今晚當我們三個經過那些很大的變化又聚到一起時,我把這故事告訴你。我已經把它全講出來了。”

他那垂下了的頭,她那有如天使的臉和孝心,使這故事有一种比過去更令人悲哀的凄涼。如果我要用什么來紀念這一夜的團聚,那就應該用這段故事。

愛妮絲從她父親身旁站起,輕輕走到她的鋼琴邊,彈起我們過去在一起時她常彈奏的一些老曲子。

“你還有出國的打算嗎?”我站到她身邊時,她問道。

“我的妹妹對此可有什么意見?”

“我希望不要再走了。”

“那我就不想再走了,愛妮絲。”

“因為你問我,特洛伍德,我認為你不應該再走了,”她溫柔地說道,“你那日漸增長的聲望和成功使你做好事的能力也增加了;就算·我能愛惜我哥哥,”她眼睛看著我,“時光也許不肯呢。”

“我是你造就的,愛妮絲。你應當尤其明白這點。”

“·我造就你,特洛伍德?”

“是的!愛妮絲,我親愛的姑娘!”我俯身對她說道,“今天我們見面時,我就想告訴你自朵拉去世后就一直縈繞在我心頭的一件事。你還記得嗎,你那時從樓上下來,到我的小房間里看我——向上伸出手來,愛妮絲?”

“哦,特洛伍德!”她回答道,兩眼充滿淚水。“那么可愛,那么坦白,那么年輕!我怎么能忘呢?”

“從那時起,我就常想,我認為你——我的妹妹——一直都像你那時那樣,一直都向上指著,愛妮絲;你一直引我走上更好的路,一直引我向上,更向上!”

她只是搖頭。我從她淚光后看到那同樣悲哀恬靜的微笑。

“為了這個,我如此感激你,愛妮絲,如此离不開你,我心底的感情是難于言表的。我希望你能知道,卻又不知道怎樣才能讓你知道:我要終生依賴你,接受你的指導,就像以前在你指導下穿過黑暗一樣。無論發生什么事,無論你會建立什么樣的新關系,無論我們之間會有什么變化,我都永遠敬你,愛你,像現在和過去一樣,你要像你一向所做的那樣成為我的安慰和依靠。直到我死,我最親愛的妹妹,我都要永遠看到你在我前面,向上指著!”

她把手放到我的手中,對我說,她為我和我說的那番話而自豪,雖然我的夸贊遠遠過獎了。于是,她又溫和地彈起琴,只是不再把目光從我身上移開。

“愛妮絲,你知道嗎?今晚我听到的話,”我說道,“令我奇怪——好像是我最初見到你時對你所怀的感情中一部分,好像是我在魯莽的學生時代坐在你身邊時對你所怀的感情的一部分。”

“你知道我沒有母親,”她微笑著答道,“所以對我怀有同情。”

“不僅僅如此,愛妮絲,我知道(好像我已知道這個故事了),在你身邊環繞著一种無法言傳的溫柔和親切的東西。這种東西,据我知道,在別人身上可變成憂傷,可在你身上就不同了。”

她仍然望著我,同時溫柔地彈著琴。

“你會笑話我這么幻想吧,愛妮絲?”

“不會的!”

“我真地相信,就是在那時,我都覺得,在你生命停止前,無論有多少障礙,你都會永遠真正持有熱情,永遠不會變的。

你會為我這些話笑話我嗎?——你會為我這么夢想笑話我嗎?”

“哦,不會的!哦,不會的!”

就在那一瞬間,一道苦惱的陰影從她臉上掠過;可就在我對那陰影有所覺時,它已消失了;她看著我,仍然臉帶微笑,十分平靜,繼續彈奏著。

在冷寂的夜間,我騎著馬回家,風像一個不安的夢一樣從我身邊吹過。我想到那一切,便擔心她實際上并不快樂。·我是不快樂的;可是,迄今為止,我已真誠地把過去打上了印封上了。想到向上指著的那個她時,就覺得她仿佛向我指著上面那個天空。在那里,在不可思議的未來,我還可以怀著在塵世上未告白的愛情愛她,也可以告訴她當我在這世上愛她時我內心的一切抗爭。

 
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