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El Joven rey.  Oscar Wilde
Libro. El joven rey
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Era la noche anterior al día fijado para su coronación, y el joven rey se hallaba solo en su espléndida cámara. Todos sus cortesanos se habían despedido de él, inclinando la cabeza hasta el suelo, según el ceremonial de la época, y se habían retirado al gran salón del palacio para recibir las últimas lecciones del profesor de Etiqueta, pues todavía algunos de entre ellos conservaban modales naturales, que, es innecesario decirlo, constituye una falta gravísima entre cortesanos.

El muchacho, porque todavía era un muchacho, ya que apenas había cumplido los dieciséis años, no lamentaba su marcha y, por el contrario, se había dejado caer con un gran suspiro de alivio sobre las muelles almohadas de su diván bordado, quedándose allí con la boca abierta y la mirada perdida, como uno de los oscuros faunos del bosque o un joven animal de la selva recién capturado por los cazadores.

Y, en verdad, eran los cazadores los que le habían descubierto, tropezando con él casi por casualidad cuando, desnudo de piernas y con el caramillo en la mano, seguía el rebaño del pobre cabrero que le había criado y cuyo hijo creyó siempre ser. Hijo de la única hija del viejo rey, secretamente casada con alguien socialmente inferior - un forastero, decían algunos, que se había hecho amar de la princesa a través de la magia de su laúd, mientras otros hablaban de un artista de Rímini al que la princesa había honrado, tal vez demasiado, y que había desaparecido súbitamente de la ciudad dejando sin terminar su trabajo en la catedral -, cuando la criatura contaba apenas una semana fue arrancado del lado de su madre mientras ésta dormía y entregado al cuidado de un aldeano pobre y de su esposa, que no tenían hijos y vivían en un lugar lejano del bosque, a más de una jornada de caballo de la ciudad. El dolor o la peste, según declaró el médico de la Corte, o, según insinuaciones de otros, un rápido veneno italiano servido en una copa de vino especiado, mató una hora después de su despertar a la blanca princesa que le había dado vida, y en el momento en que el fiel mensajero que llevaba el niño sobre el arzón de su silla se inclinó sobre su agotada montura y llamó a la puerta de la pobre cabaña del cabrero, el cuerpo de la princesa era bajado a la fosa abierta en un cementerio desierto, más allá de las puertas de la ciudad; una tumba en la que se decía que descansaba otro cuerpo, el de un joven de una belleza maravillosa y exótica cuyas manos estaban atadas a la espalda con una cuerda y cuyo pecho estaba acribillado de rojas heridas.

Ésta era, por lo menos, la historia que los hombres se susurraban al oído. Lo cierto era que el viejo rey, en su lecho de muerte, ya sea presa de remordimiento por su enorme pecado o, simplemente, deseando que el reino no pasara a manos de otro linaje, había mandado buscar al muchacho y, en presencia del Consejo, le había reconocido como heredero suyo.

Y parece que, desde el primer momento después de ser reconocido, el muchacho dio muestras de aquella extraña pasión por la belleza que tanta influencia estaba destinada a tener en su vida. Los que le acompañaron, a las habitaciones dispuestas para él solían hablar de la exclamación de placer que escapó de sus labios cuando vio las delicadas vestiduras y las ricas joyas preparadas para él y la alegría casi feroz con que se despojó de su burda túnica de cuero y capa de piel de cordero. Echaba en falta, es cierto, a veces, la libertad de la vida en el bosque y se rebelaba contra las fastidiosas ceremonias de la Corte, que le ocupaban tan gran parte de sus días, pero el maravilloso palacio - Joyeuse, le llamaban - del que era señor ahora le parecía un mundo nuevo recién creado para su deleite. Tan pronto como podía escapar de las reuniones del Consejo o del Salón de Audiencias, bajaba corriendo la gran escalera, con sus leones de bronce dorado y sus peldaños de brillante pórfido, y vagaba de estancia en estancia y de corredor en corredor, como quien buscara en la belleza un sedante a su dolor, un restablecimiento de una enfermedad.

En estos viajes de descubrimiento, como él los llamaba, y en verdad eran para él auténticos viajes por un país de maravilla, solía ir acompañado por los rubios y esbeltos pajes de la Corte, con sus mantos flotantes y alegres cintas, pero las más veces iba solo, porque con rápido instinto, que más bien parecía adivinación, se daba cuenta de que los secretos del arte se aprenden mejor en secreto y que la Belleza, lo mismo que la Sabiduría, prefieren el adorador solitario.

De este período de su vida se contaron muchas historias curiosas. Se decía que un grueso burgomaestre que había ido a pronunciar una florida pieza oratoria en representación de los habitantes de la ciudad le había descubierto de rodillas, como en adoración, ante un gran cuadro recién traído de Venecia, lo que parecía presagiar el culto a nuevos dioses. En otra ocasión se le había perdido de vista por espacio de varias horas, y después de larga búsqueda había sido encontrado en un cuartito de uno de los torreones del lado norte del palacio, contemplando como en éxtasis una piedra preciosa griega en la que estaba tallada la figura de Adonis. Se le había visto, según voz popular, con sus ardientes labios en la frente de mármol de una antigua estatua descubierta en el lecho del río, cuando la construcción del puente de piedra, y que llevaba grabado el nombre del esclavo bitinio de Adriano. Se había pasado toda una noche estudiando los efectos de la luz de la luna sobre una imagen de plata de Endimión.

Todos los materiales raros y preciosos lo fascinaban, y, en su afán por procurárselos, había enviado a varios mercaderes, algunos a comprar ámbar a los rudos pescadores de los mares del Norte; otros a Egipto, en busca de la curiosa turquesa verde que sólo se encuentra en las tumbas de los reyes y a la que se suponen poderes mágicos; otros más a Persia, en busca de alfombras de seda y cerámicas pintadas, y por fin unos a la India, a comprar gasas y marfiles y piedras de luna y brazaletes de jade, madera de sándalo y esmaltes azules y chales de Cachemira.

Pero lo que más le preocupaba era la túnica que tenía que vestir el día de su coronación, la túnica de oro tejido, y la corona tachonada de rubíes, y el cetro con sus hileras de perlas. Precisamente en esto pensaba esa noche recostado sobre su lujoso diván, contemplando el gran leño de pino que se iba consumiendo en la chimenea. Los diseños, que eran obra de los más afamados artistas de la época, habían sido sometidos a su aprobación meses atrás, y había dado órdenes para que los artífices trabajaran de noche y de día para ejecutarlos y para que en todo el mundo se buscasen piedras preciosas dignas de sus trabajos. Se veía con la imaginación ante el altar mayor de la catedral con sus vestiduras reales, y una sonrisa jugueteaba en sus infantiles labios e iluminaba con su brillo sus oscuros ojos de fauno.

Después de cierto tiempo se levantó y, apoyándose en la tallada campana de la chimenea, miró a su alrededor, a la habitación débilmente iluminada. Las paredes estaban recubiertas de ricos tapices representando el Triunfo de la Belleza. Un gran armario con incrustaciones de ágata y lapislázuli llenaba una esquina, y frente a la ventana había una arquilla curiosamente trabajada, con paneles de laca y mosaico de oro, en la que se guardaban delicadas copas de cristal de Venecia y una copa de ónice oscuro y veteado. Pálidas amapolas veíanse bordadas sobre la colcha de seda, como si las cansadas manos del sueño las hubiera dejado caer, y altas columnitas de marfil sostenían el dosel de terciopelo rematado por grandes plumas de avestruz, blancas como blanca espuma, hasta la pálida plata del artesonado. Un Narciso sonriente, de bronce verde, sostenía un espejo sobre su cabeza. Sobre la mesa se veía una copa, achatada, de amatista.

Por la ventana divisaba la enorme cúpula de la catedral, levantándose como una inmensa burbuja sobre las casas sumidas en sombras, mientras los cansados centinelas iban y venían por la brumosa terraza junto al río. Allá, a lo lejos, en un campo, cantaba un ruiseñor. Un leve aroma de jazmín entraba por la ventana abierta. El muchacho apartó los oscuros rizos que le caían sobre la frente y, cogiendo un laúd, dejó que sus dedos corrieran sobre las cuerdas. Sus párpados, pesados, cayeron sobre sus ojos, y una extraña languidez se apoderó de él. Nunca hasta entonces había percibido con tanta agudeza o con tanta exquisita alegría la magia y el misterio de las cosas bellas.

Cuando la medianoche sonó en el reloj de la torre, agitó una campanilla, y sus pajes entraron y le desvistieron con gran ceremonia, echando agua de rosas sobre sus manos y deshojando flores sobre su almohada. Poco después de abandonar los pajes la estancia, el muchacho se quedó dormido.

* * *

Y mientras dormía tuvo un sueño, y éste fue su sueño:

Creyó que estaba de pie en un desván, de techo bajo, entre el zumbido y tableteo de muchos telares. La escasa luz del día penetraba por enrejadas ventanas, permitiéndole ver las descarnadas figuras de los tejedores inclinados sobre sus bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, estaban en cuclillas entre los enormes traveses. Cuando las lanzaderas corrían entre la urdimbre, levantaban las pesadas tablillas, y cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer las tablillas y juntaban los hilos. Sus caritas estaban contraídas por el hambre y sus delgadas manos temblaban, inseguras. Unas demacradas mujeres estaban sentadas, cosiendo, ante una mesa. Un espantoso hedor llenaba la estancia. La atmósfera era pestilente y pesada, y las paredes chorreaban humedad.

El joven rey se acercó a uno de los trabajadores, se detuvo junto a él y le observó.

Y el tejedor le miró enojado y dijo:

- ¿Quién eres tú para mirarme así? ¿Acaso un espía puesto aquí por el amo?

- ¿Quién es tu amo? - preguntó el joven rey.

- ¡Nuestro amo! - exclamó el tejedor con amargura -. Es un hombre como yo. La verdad es que hay poca diferencia entre nosotros..., pero él viste ropas buenas, mientras yo llevo harapos, y mientras a mí me debilita el hambre, él padece por exceso de alimentación.

- El país es libre - dijo el joven rey -, y tú no eres esclavo de nadie.

- En la guerra - contestó el tejedor -, los fuertes esclavizan a los débiles, y en la paz el rico esclaviza a los pobres. Tenemos que trabajar para vivir, y nos dan sueldos tan míseros que nos morimos. Trabajamos para ellos de la mañana a la noche, y mientras ellos amontonan oro en sus cofres, nuestros hijos se marchitan antes de tiempo y los rostros amados se vuelven duros y malos. Nosotros pisamos las uvas y otros beben el vino. Sembramos el trigo y nuestra mesa está vacía. Estamos encadenados aunque ningún ojo lo ve, y somos esclavos aunque los hombres nos llamen libres.

- ¿Y es así con todos?

- Así es con todos - contestó el tejedor: con los jóvenes y con los viejos, con las mujeres y con los hombres, con los chiquitines y con los que los años han doblegado. Los mercaderes nos oprimen, y tenemos que obedecer sus mandatos. El sacerdote pasa a nuestro lado rezando su rosario, pero nadie se apiada de nosotros. Por nuestras calles sin sol se arrastra la Pobreza, con su mirada hambrienta, y el Pecado, con su cara repugnante, la sigue de cerca. La Miseria nos despierta por la mañana y la Vergüenza vela con nosotros por la noche. ¿Pero a ti qué te importa todo esto? Tú no eres de los nuestros. Tu rostro es demasiado feliz.

Y, ceñudo, le volvió la espalda y pasó la lanzadera por la urdimbre, y el joven rey vio que estaba enhebrada de hilo de oro.

Y un terror enorme se apoderó de él y dijo al tejedor:

- ¿Qué es esta vestidura que estáis tejiendo? - Es la túnica para la coronación del joven rey - contestó -. ¿Pero a ti qué te importa?

Y el joven rey lanzó un gran grito y despertó, y he aquí que se hallaba en su propia estancia, y a través de la ventana vio la enorme luna color de miel, suspendida en el aire oscuro.

* * *

Y volvió a quedarse dormido y soñó, y éste fue su sueño:

Creyó estar echado sobre la cubierta de una enorme galera en la que remaban cien esclavos. El jefe de la galera estaba sentado a su lado sobre una alfombra. Era negro como el ébano, y su turbante era de seda carmesí. Grandes aretes de plata atravesaban los gruesos lóbulos de sus orejas, y en sus manos sostenía unas balanzas de marfil.

Los esclavos estaban desnudos, excepto por un harapiento paño de cintura, y cada hombre estaba encadenado a su vecino. El ardiente sol caía de lleno sobre ellos, y los negros corrían de un extremo a otro por una especie de pasarela, y los azotaban con tiras de cuero. Los remeros tensaban sus flacos brazos cuanto podían y daban impulso a los remos dentro del agua. Las palas, al hundirse, salpicaban.

Por fin llegaron a una pequeña bahía y empezaron a sondear. Soplaba una ligera brisa terrestre que dejaba un polvillo rojo sobre cubierta y en la latina grande. Tres árabes montados sobre asnos salvajes llegaron a galope y les arrojaron lanzas. El jefe de la galera cogió un arco pintado y disparó contra uno de ellos, dándole en la garganta; éste cayó pesadamente en la arena, y sus compañeros se alejaron velozmente. Una mujer envuelta en un velo amarillo les seguía sobre un camello, pero de vez en cuando se daba vuelta y miraba hacia el muerto.

Tan pronto hubieron echado el ancla y bajado la vela, los negros descendieron a las bodegas y subieron una larga escala de cuerda, fuertemente lastrada de plomo. El jefe de la galera la tiró por la borda después de haber asegurado su extremo en dos ganchos de hierro. Entonces los negros cogieron al más joven de los esclavos, le quitaron los grilletes, taponaron su nariz y sus orejas con cera y amarraron una gran piedra a su cintura. Pesadamente bajó por la escala de cuerda y desapareció en el fondo del mar. En el lugar donde se hundió aparecieron unas burbujas. Algunos de los otros esclavos miraron con curiosidad hacia el mar. En la proa de la galera estaba sentado un encantador de tiburones golpeando monótonamente un tambor.

Momentos después, el joven esclavo surgió del agua y, jadeando, se agarró a la escala llevando una perla en la mano derecha. Los negros se la quitaron y volvieron a echarlo al agua. Los esclavos se durmieron sobre sus remos.

Una y más veces subió el joven y todas las veces trajo una hermosa perla. El jefe de la galera las iba pesando y guardando en un saquito de cuero verde.

El joven rey trató de hablar, pero su lengua parecía pegada al paladar y sus labios se negaban a moverse. Los negros charlaban entre sí e iniciaron una pelea por una sarta de cuentas de colores. Dos pajarracos volaban en torno al barco.

Entonces el joven esclavo surgió del agua por última vez, y la perla que trajo era más bella que todas las perlas de Ormuz, porque tenía la forma de luna llena y era más blanca que la estrella de la mañana. Pero su rostro tenía una extraña palidez, y al caer sobre cubierta brotó la sangre de sus oídos y de su nariz. Se estremeció apenas, y de pronto dejó de moverse. Los negros se encogieron de hombros y echaron el cuerpo al mar.

Y el jefe de la galera se rió y, tendiendo la mano, tomó la perla y cuando la vio la apretó contra su frente y se inclinó.

- Será para el cetro del joven rey - dijo, y con un ademán ordenó a los negros que levaran anclas.

Y cuando el joven rey oyó esto lanzó un grito y despertó y a través de la ventana vio los largos dedos grises de la aurora intentando agarrar las estrellas que se apagaban.

* * *

Y se durmió de nuevo, y soñó, y éste fue su sueño:

Creyó que vagaba por un bosque sombrío, lleno de frutos extraños y de flores maravillosas pero envenenadas. Las víboras le silbaban al pasar, y los loros, de brillantes colores, huían chillando de rama en rama. Enormes tortugas dormían sobre el barro caliente. Los árboles estaban poblados por monos y pavos reales.

Anduvo y anduvo hasta llegar a la linde del bosque, y allí vio una inmensa multitud de hombres trabajando en el lecho de un río seco. Se desparramaban y movían como hormigas. Cavaron hoyos profundos en la tierra y se metieron por ellos. Unos rompían las peñas con grandes hachas, otros cogían la arena a puñados. Arrancaban los cactos por las raíces y pisoteaban sus flores escarlata. Se movían, se llamaban, y ninguno permanecía ocioso.

Desde la oscuridad de una caverna, la Muerte y la Avaricia los vigilaban, y la Muerte dijo:

- Estoy cansada; dame la tercera parte de ellos y deja que me vaya.

Pero la Avaricia meneó la cabeza negativamente y contestó:

- Son mis criados.

Y la Muerte le dijo:

- ¿Qué tienes en la mano?

- Tengo tres granos de trigo - contestó -. ¿Qué te importa?

- Dame uno de ellos - exclamó la Muerte - para plantarlo en mi jardín; sólo uno de ellos y me marcharé.

- No te daré nada - dijo la Avaricia, y escondió la mano entre los pliegues de su vestidura.

Y la Muerte rió y tomó una copa y la mojó en un charco de agua, y de la copa se alzó el Paludismo. Luego pasó por entre la gran multitud, y la tercera parte quedó muerta. Una niebla fría la seguía, y las serpientes de agua corrían a su lado.

Y cuando la Avaricia vio que había muerto la tercera parte de sus hombres, se golpeó el pecho y lloró. Golpeó sus estériles entrañas y gritó con fuerza:

- Has matado la tercera parte de mis siervos; vete. Hay guerra en las montañas de Tartaria, y los reyes de ambos lados te están llamando. Los afganos han sacrificado el toro negro y marchan al combate. Han golpeado sus escudos con las lanzas y se han cubierto con su yelmo de hierro. ¿Qué significa mi valle para ti, para que te entretengas tanto en él? Vete y no vuelvas más.

- No - contestó la Muerte -; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.

Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes. - No te daré nada - masculló.

Y la Muerte lanzó una risotada y cogió una piedra negra y la tiró, y de entre unas matas de cicuta silvestre salió la Fiebre en traje de llamas. Pasó a través de la multitud y la tocó, y cada hombre tocado murió. La hierba se secó bajo sus pies a medida que avanzaba.

Y la Avaricia se estremeció y se cubrió la cabeza de ceniza.

- Eres cruel - gritó -, eres cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la India y las cisternas de Samarkanda se han secado. Hay hambre en las ciudades amuralladas de Egipto, y la langosta ha llegado del desierto. El Nilo no ha rebasado sus orillas y los sacerdotes han maldecido a Isis y a Osiris. Ve hacia aquellos que te necesitan y deja a mis siervos.

- No - contestó la Muerte -; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.

- No te daré nada - dijo la Avaricia.

Y la Muerte rió de nuevo y silbó por entre sus dedos, y una mujer vino por el aire. Llevaba Peste escrito sobre su frente y una manada de flacos buitres la rondaba. Cubrió el valle con la sombra de sus alas y no quedó hombre vivo.

Y la Avaricia huyó chillando a través del bosque y la Muerte saltó sobre su caballo rojo y partió a galope, y su galope era más rápido que el viento.

Y del cieno que cubría el fondo del valle surgieron dragones y espantosos seres cubiertos de escamas, y los chacales llegaron trotando por la arena, con el hocico levantado, olfateando.

Y el joven lloró y dijo:

- ¿Quiénes eran esos hombres y qué estaban buscando?

- Rubíes para la corona de un rey - contestó alguien que estaba detrás de él.

Y el joven rey se sobresaltó y, volviéndose, vio a un hombre con hábito de peregrino, llevando en la mano un espejo de plata.

Y el joven palideció y quiso saber: - ¿Para qué rey?

Y el peregrino contestó:

- Mira en este espejo y le verás.

Y miró en el espejo y al ver su propio rostro lanzó un gran grito y despertó, y la brillante luz del sol entraba a raudales en la estancia y en los árboles del jardín y del patio cantaban los pájaros.

* * *

Y el chambelán y los altos funcionarios del Estado entraron y se prosternaron ante él, y los pajes le trajeron la túnica de oro tejido y depositaron ante él la corona y el cetro.

Y el joven rey los miró, y en verdad eran preciosos.

Más preciosos que cuanto hubiera visto en su vida. Pero recordó sus sueños y dijo a sus nobles:

- Llevaos estas cosas, porque no las usaré.

Y los cortesanos se asombraron, y algunos se rieron porque creyeron que hablaba en son de burla.

Pero les habló de nuevo, severamente, y dijo:

- Llevaos estas cosas lejos de mí y escondedlas. Aunque sea el día de mi coronación, no las usaré. Porque ésta, mi túnica, ha sido tejida en el telar de la Desesperación por las blancas manos del Dolor. Hay Sangre en el corazón del rubí y Muerte en el corazón de la perla.

Y les contó sus tres sueños.

Y cuando le oyeron los cortesanos, se miraron unos a otros, diciéndose en un murmullo:

- Con seguridad está loco, porque, ¿qué es un sueño sino un sueño, y una visión sino una visión? No son cosas reales para que uno las tome en serio. ¿Y qué tenemos nosotros que ver con las vidas de aquellos que trabajan para nosotros? ¿Acaso el hombre tiene que esperar a comer el pan hasta que haya visto al sembrador, ni beber vino hasta que haya hablado con el viñador?

Y el chambelán habló al joven rey y dijo:

- Mi señor, os ruego que apartéis de vos esos pensamientos negros y vistáis esta preciosa túnica y ciñáis vuestra cabeza con esta corona. Porque, ¿cómo conocerá el pueblo que sois un rey, si no lleváis vestiduras y atributos reales?

- ¿Es así, en verdad? ¿No me reconocerán como rey si no llevo vestidura real?

- ¡No os reconocerán, mi señor! - exclamó el chambelán.

- Creí que había hombres cuyo solo aspecto era real - contestó -; pero tal vez sea como tú dices. Sin embargo, no vestiré esta túnica ni seré coronado con esta corona, sino que saldré de este palacio tal como vine a él.

Y rogó a todos que le dejaran, excepto a un paje al que retuvo como compañero, un muchacho un año más joven que él. Le retuvo para su servicio, y cuando se hubo bañado en agua clara, abrió un gran cofre policromado y de él sacó la túnica de cuero y el burdo manto de piel de cordero que había vestido cuando guardaba, en la colina, las flacas cabras del cabrero. Vistió esas humildes prendas y en su mano tomó el cayado de pastor.

Y el pajecillo abrió asombrado sus grandes y azules ojos y le dijo sonriendo:

- Mi señor, veo vuestra túnica y vuestro cetro, ¿pero dónde está vuestra corona?

Y el joven rey cortó una rama de zarza silvestre que trepaba por el balcón y la dobló, y con ella formó un cerco y se lo puso sobre la cabeza.

- Ésta será mi corona - contestó.

Y así vestido salió de su estancia y entró en el gran salón, donde los nobles le esperaban.

Y los nobles se rieron y algunos de ellos le increparon:

- Mi señor, el pueblo espera a su rey, y vos le mostráis un mendigo.

Y otros, indignados, protestaban:

- Cubre de vergüenza nuestro Estado y es indigno de ser nuestro señor.

Pero él no respondió palabra, sino que siguió adelante, y bajó por la deslumbrante escalera de pórfido, y atravesó las puertas de bronce, y montó su caballo, y cabalgó hacia la catedral con el pajecillo corriendo a su lado:

Y la gente reía y decía:

- Es el bufón del rey el que pasa a caballo - y se burlaban.

Y él tiró de las riendas y les dijo:

- No, soy el rey - y les contó sus tres sueños.

Y un hombre salió de entre la multitud y le habló con amargura y dijo:

- Señor, ¿sabéis acaso que del lujo de los ricos sale la vida del pobre? Vuestra pompa nos nutre y vuestros vicios nos dan pan. Trabajar para un amo es amargo, pero no tener un amo para el que trabajar es más amargo aún. ¿Creéis que los buitres nos alimentarán? ¿Y qué remedio encontraréis para estas cosas? ¿Diréis al comprador: «Comprarás por tal cantidad», y al vendedor: «Venderás a este precio»? No lo creo. Por lo tanto, volved a vuestro palacio y vestid la púrpura y el lino. ¿Qué tenéis que ver con nosotros y con los que sufrimos?

- ¿No son hermanos los ricos y los pobres? - preguntó el joven rey.

- Sí - contestó el hombre -, y el nombre del hermano rico es Caín.

Y los ojos del joven rey se llenaron de lágrimas, y siguió cabalgando por entre las murmuraciones de la gente, y el pajecillo se asustó y le abandonó.

Y cuando llegó al gran portal de la catedral, los soldados cruzaron sus alabardas y dijeron:

- ¿Qué buscas aquí? Nadie entra por esta puerta excepto el rey.

Y la ira enrojeció su rostro, y les dijo:

- Yo soy el rey - y, apartando las alabardas, entró.

Y cuando el anciano obispo le vio entrar con sus ropas de cabrero se levantó asombrado de su sitial y avanzó a su encuentro y le dijo:

- Hijo mío, ¿son éstas las vestiduras de un rey? ¿Y con qué corona voy a coronarte y qué cetro colocaré en tu mano? En verdad, éste debería ser para ti un día de gozo y no de humillación.

- ¿Acaso el Gozo puede vestir lo que ha confeccionado el Dolor? - contestó el joven rey. Y le contó sus tres sueños.

Y cuando el obispo los hubo oído, frunció el ceño y dijo:

- Hijo mío, soy un anciano, estoy en el invierno de mis días y sé que en todo el mundo ese hacen muchas cosas malas. Los feroces ladrones bajan de las montañas y raptan a los niños y los venden a los moros. Los leones acechan las caravanas y saltan sobre los camellos. El jabalí salvaje arranca la raíz del maíz en el valle, y las zorras roen las viñas de la colina. Los piratas devastan la costa y queman los barcos de los pescadores y les roban las redes. En los marjales salinos viven los leprosos, tienen casas de cañas y nadie puede acercárselas. Los mendigos vagan por las ciudades y comparten su comida con los perros. ¿Puedes evitar que estas cosas sean? ¿Harás del leproso tu compañero de lecho, y sentarás al mendigo en tu mesa? ¿Hará el león lo que mandes y te obedecerá el jabalí? ¿No es Aquel que creó la desgracia mucho más sabio que tú? Por tanto, no encarezco lo que has hecho, sino que te ruego que vuelvas a palacio y alegres tu rostro y vistas la túnica digna de un rey, y te coronaré con la corona de oro y colocaré en tu mano el cetro de perlas. En cuanto a tus sueños, no pienses más en ellos. El peso de este mundo es demasiado fuerte para que tenga que sufrirlo un solo corazón.

- ¿Y dices esto en esta casa? - preguntó el joven rey, y pasando ante el obispo, subió los escalones del altar y se detuvo ante la imagen de Cristo.

Se detuvo ante la imagen de Cristo, y a su derecha y a su izquierda se hallaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el vino ambarino y la jarrita de los santos óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo, y los enormes cirios ardieron alegremente ante el enjoyado tabernáculo, y el humo del incienso se unió en guirnaldas azules en la cúpula. Inclinó su cabeza en oración, y los sacerdotes, con sus rígidas vestiduras, se alejaron del altar.

Y de pronto se oyó el tumulto desatado en la calle y los nobles entraron con las espadas desenvainadas, y sus penachos agitados, y sus escudos de acero bruñido, gritando:

- ¿Dónde está el soñador de sueños? ¿Dónde está ese rey vestido como un mendigo..., ese muchacho que cubre de oprobio nuestro pueblo? En verdad que vamos a matarle, porque es indigno de gobernarnos.

Y el joven rey volvió a inclinar la cabeza y rezó, y cuando hubo terminado su oración se levantó y volviéndose cara a ellos los miró con tristeza.

Y he aquí que a través de las vidrieras de colores la luz cayó sobre él a raudales, y los rayos del sol tejieron en torno suyo una túnica mucho más bella que la que había sido tejida según su gusto. El seco cayado floreció y se cubrió de lirios más blancos que las perlas. La zarza floreció también y dio rosas que eran más rojas que los rubíes. Más blancos que perlas eran los lirios, y sus tallos eran de brillante plata. Más rojas que el más rojo rubí eran las rosas, y sus hojas eran de oro batido.

Y se quedó de pie con sus ropajes de rey y las puertas del enjoyado tabernáculo se abrieron y del cristal de la radiante custodia brotó una luz maravillosa y mística. Allí estaba, con sus ropas de rey, y la Gloria de Dios llenó el lugar, y los santos en sus hornacinas talladas parecieron moverse. Con su hermoso traje de rey estaba ante ellos, y sonó la música del órgano y los trompeteros soplaron en sus trompetas y el coro de niños empezó a cantar.

Y el pueblo cayó de rodillas, asustado, y los nobles envainaron sus espadas y le rindieron pleitesía, y el rostro del obispo palideció y sus manos temblaron.

- Uno más Grande que yo te ha coronado - exclamó arrodillándose ante él.

Y el joven rey bajó del altar mayor y volvió a palacio por entre la multitud. Pero ninguno se atrevió a alzar los ojos a su rostro, porque era el rostro de un ángel.

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