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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 6. Llamita en Baguenaud
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Al salir de la Bastilla Gringoire bajó por la calle de SaintAntoine á la velocidad de un caballo desbocado. Llegado a la puerta de Boudoyer, se fue recto hacia la cruz de piedra, que se elevaba en el centro de aquella plaza, como si hubiera sido capaz de distinguir en la oscuridad la figura de un hombre vestido de negro y encapuchado que se hallaba sentado en los escalones del crucero.

El personaje de negro se levantó.

-¡Por la muerte y la pasión de Cristo! me sacáis de quicio, Gringoire. El vigía de la torre de Saint-Gervais acaba de cantar la una y media de la mañana.

-¡Oh! -replicó Gringoire-. La culpa no ha sido mía sino de la ronda y del rey. ¡Acabo de librarme de buena! Me ha faltado un punto para que me ahorquen. Es mi destino.

-Siempre te falta algo -le dijo el archidiácono-. Vamos, date prisa. ¿Conoces el santo y seña?

-Fijaos maestro que he visto al rey. Vengo de allí. Usa calzas de fustán. Ha sido toda una aventura.

-¡Pareces un molino con tantas palabras! ¿Y qué más me dan tus aventuras? ¿Tienes el santo y seña de los truhanes?

-Lo tengo, estad tranquilo. Ilamita vagabunda.

-Muy bien, pues sin él no podríamos entrar en la iglesia. Los truhanes han cortado las calles. Y menos mal que han debido encontrar resistencia. Quizás podamos llegar aún a tiempo.

-Sí, maestro, pero, ¿cómo haremos para entrar en Nuestra Señora?

-Tengo la llave de las torres.

-¿Y cómo saldremos?

-Por detrás del claustro hay un portillo que da al Terrain y de allí al río. He cogido la llave y esta mañana he dejado amarrada una barca.

-¡Qué bien me he escapado de la horca! -recordó Gringoire.

-¡Vamos! ¡Pronto! -dijo dom Claude.

Y los dos bajaron a grandes pasos hacia la Cité.