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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 5. El retiro donde el rey de Francia reza sus horas
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Es probable que el lector no haya olvidado que momentos antes de detectar la banda nocturna de los truhanes, Quasimodo, observando París desde lo alto de su campanario, no veía briIlar más que una sola luz, que iluminaba una ventana en el piso más elevado de un alto y sombrío edificio por el lado de la Porte de Saint-Antoine. Aquel edificio era la Bastilla y la luz era la vela de Luis XI.

Efectivamente, hacía dos días que Luis XI se encontraba en París y tenía que marcharse dos días más tarde hacia su fortaleza de Montliz-lès-Tours. Sus visitas a la buena ciudad de París eran siempre muy raras y, en cualquier caso, muy cortas; parece que echaba de menos el no encontrar cerca de él suficientes trampas, horcas y arqueros escoceses.

Aquel día había venido a pernoctar a la Bastilla. La habitación real de cinco toesas cuadradas que tenía en el Louvre, con su hermosa chimenea adornada con doce enormes animales y trece profetas y su gran lecho de tres metros por tres y medio, no le seducía demasiado; se sentía un canto perdido entre tanta grandeza. Aquel buen rey burgués prefería la Bastilla, con su pequeño dormitorio y una cama sencilla; y además la Bastilla estaba más fortificada que el Louvre.

Aquel cuartito que el rey se había reservado en la famosa prisión era, a pesar de todo, lo suficientemente amplio, y ocupaba la última planta de una torreta unida al torreón principal. Era una estancia de forma redonda, tapizada con esteras de paja brillante con un precioso artesonado, cubierto de adornos con flores de lis de estaño dorado y también decorados con pinturas varias los espacios entre las vigas. Las paredes estaban recubiertas de ricas maderas sembradas de rosetas de estaño blanco y pintadas con un rico verdegay hecho con oropimente y añil.

No había más que una ventana, una gran ojiva enrejada con alambre de latón y barrotes de hierro, oscurecida además con hermosos cristales de colores con las armas del rey y de la reina, valorados en más de veintidós sueldos cada uno.

Sólo había una entrada, una puerta moderna, de medio punto rebajado, tapizada por dentro, y por fuera adornada con uno de esos pórticos de madera de Irlanda, frágiles edificios de una ebanistería, trabajada delicadamente, como aún podían encontrarse en antiguas mansiones de hace ciento cincuenta años.

«Aunque no van con los tiempos y desentonan en cvalquier parte», dice Sauval con cierto enojo, «nuestros abuelos no quieren deshacerse de ellos de ninguna manera y los conservan, en contra de la opinión del resto de la familia».

No se veía en aquella habitación nada con lo que ordinariamente se amueblan las viviendas normales.

Ni bancos, ni esos escabeles comunes, en forma de caja, ni de los otros, más caros, de los de a cuatro sueidos cada uno, con pilares y contrapilares. Sólo se veía una silla plegable de brazos, muy hermosa; la madera estaba pintada con rosas sobre fondo rojo; el asiento de cordobán bermejo, adornado con largas franjas de seda y bordeado de clavos de oro. La soledad de aquella silla era muestra de que sólo una persona tenía derecho a sentarse en aquella habitación. junto a la silla y muy cerca de la ventana había también una mesa, cvbierta con una tela con figuras de pájaros. Encima de la mesa, una escribanía manchada de tinta, varios pergaminos, algunas plumas y una copa de plata cincelada. Algo más lejos, un brasero, un reclinatorio de terciopelo carmesí, realzado con botones de oro; al fondo una cama sencilla, de damasco amarillo y encarnado, sin adornos ni remates. Era la misma cama, famosa por haber soportado el sueño o el insomnio de Luis XI, que aún podía contemplarse; hace doscientos años, en el domicilio de un consejero de estado, descubierta por madame Pilou, célebre en la obra Cyrur, bajo el nombre de Arricidie y de La moral viva.

Así era la habitación a la que llamaban «el retiro en donde reza sus horas el señor Luis de Francia».

En el momento en el que hemos entrado allí con el lector, la habitación estaba muy oscura. El toque de queda había sonado ya una hora antes; era de noche y no había más que la vacilante luz de una vela para iluminar a cinco personajes reunidos en aquel retiro. El primero era un señor, soberbiamente vestido, con unas calzas y un jubón escarlata a rayas plateadas y una casaca de paño dorado con dibujos negros.

Aquella espléndida vestimenta, en donde se reflejaba la luz, parecía salpicada de llamas en todos sus pliegues. El personaje que así vestía llevaba su escudo de armas bordado en el pecho, con vivos colores: un cheurón, acompañado en punta por un gamo rampante. En el escudo figuraban además, a la derecha, un ramo de olivo y a la izquierda un cuerno de gamo. El personaje llevaba al cinto una rica daga cuyo puño de plata dorada tenía forma de cimera y estaba rematado por una corona condal. Parecía persona poco grata, orgullosa y altiva. En una primera impresión, podría descubrirse en su rostro la arrogancia y luego la astucia. No estaba tocado y llevaba en la mano una pancarta.

De pie, detrás de la silla de brazos, en la que él se sentaba, con el cuerpo semidoblado, en una postura muy descuidada, con una pierna sobre la otra y un codo apoyado en la mesa, había otro personaje muy mal vestido. Imaginémosle con dos rótulas zambas, dos pantorrillas flacas, pobremente cubiertas con malla de lana negra, el torso envuelto en un gabán de fustán, forrado de piel, en el que el cuero se veía más que la piel; y ya para terminar, un viejo sombrero grasiento, de paño negro, muy corriente, rodeado con un cordón de figuritas de plomo. Todo esto, con un raído solideo que apenas dejaba asomar un cabello, distinguía a aquel personaje sentado. Su cabeza estaba tan echada sobre el pecho que no podía verse nada de su cara, exceptuando la punta de la nariz en la que daba un rayo de luz y que parecía bastante grande. Por las arrugas de su mano se deducía que era un anciano. Era Luis XI.

Cerca de ellos hablaban en voz baja dos hombres, vestidos a la moda flacnenca, y lo suficientemente iluminados para que, cualquiera de los que hubieran asistido a la representación del misterio de Gringoire, hubiera podido reconocer en ellos a los dos principales flamencos, Guillaume Rym, el sagaz pensionario de Gante, y Jacques Coppenole, el popular calcetero. Se recordará que aquellos dos hombres estaban mezclados en la política secreta de Luis XI.

Y en fin, el último, al fondo, cerca de la puerta, de pie en la penumbra, inmóvil como una estatua, era un hombre fornido, de miembros vigorosos, atuendo militar y casaca adornada con escudo de armas. Su rostro cuadrado, con los ojos saltones, con una enorme boca y con las orejas semiocultas por mechones de pelo liso, sin frente apenas, tenía bastante de perro y de tigre.

Todos permanecían descubiertos excepto el rey.

El caballero que se hallaba junto al rey le estaba leyendo una especie de informe bastante largo que su majestad parecía escuchar con atención. Mientras tanto, los dos flamencos hablaban en voz baja.

-¡Por la cruz de Cristo! -gruñía Coppenole-. Ya estoy cansado de permanecer de pie. Pero, ¿es que no hay posibilidad aquí de encontrar una silla?

Rym le respondió con un gesto negativo, acompañado de una discreta sonrisa.

-¡Por la cruz de Crisco! -insistía Coppenole, molesto por tener que bajar tanto la voz-; me dan ganas de sentarme en el suelo, con las piernas cruzadas, como un cálcetero, igual que hago en mi establecimiento.

-Ni penséis en ello, maese Jacques.

-Muy bien, maese Guillaume, pero, ¿es que aquí sólo podemos estar de pie?

-O de rodillas -respondió Rym.

En aquel momento se oyó la voz del rey y los demás se callaron.

-¡Cincuenta sueldos los trajes de nuestros criados y doce libras las capas de los funcionarios de nuestro reino! ¡Eso es! ¡Seguid tirando el oro! ¿Estáis loco, Olivier?

Y mientras hablaba así, el viejo había levantado la cabeza. Se veían brillar en su cuello las conchas de oro del collar de San Miguel. La lámpara iluminaba de pleno su perfil descarnado y malhumorado. Arrancó el papel de las manos de Olivier.

-¡Nos estáis arruinando! -le grito paseando sus ojos hundidos por el informe-. ¿Qué es esto? ¿Para qué necesitamos una residencia tan lujosa? ¡Dos capellanes a razón de diez libras al mes cada uno y un sacrístan a cien sueldos! ¡Un ayuda de cámara a noventa libras al año! ¡Cuatro ayudantes de cocina a ciento veinte libras al año cada uno! ¡Un especialista en asados, otro en salsas, otro en potajes, un jefe de cocina, un bodeguero, a razón de diez libras mensuales cada unó! ¡Dos pinches de cocina a ocho fibras! ¡Un palafrenero y sus dos ayudantes a veinticuatro libras mensuales! ¡Un recadero, un pastelero, un panadero y dos carreteros a sesenta libras al año! ¡Y el herrero a ciento veinte libras! ¡Y mil doscientas para el encargado del tesoro! ¡Quinientas para el pagador! Pero ¿qué es todo esto? ¡Es una locura! ¡Los sueldos de nuestros criados arruinan al país! ¡Todos los tesoros del Louvre se fundirán con cal tren de gastos!

¡Tendremos que vender pasta la vajilla! Y el año que viene, si Dios y nuestra Señora (aquí levantó su sombrero con respeto) nos lo permiten, tendremos que beber en vasos de estaño.

Al llegar aquí, echó una ojeada a la copa de plata que brillaba encima de la mesa. Carraspeó y continuó diciendo.

-Maese Olivier: los príncipes que reinan en los grandes señoríos, al igual que los reyes y los emperadores, no deben hacer ostentación de suntuosidad en sus mansiones, pues todo ello se conoce y corre por el reino como si fuera fuego. Así, pues, maese Olivier, entérate bien: nuestros gastos aumentan cada año y ello me desagrada. ¡Cómo diablos puede ser! Hasta el 79 los gastos no pan ido más allá de treinta y seis mil libras y en el 80, la suma asciende a cuarenta y tres mil seiscientas diecinueve (tengo todas estas cifras en la cabeza), en el 81, sesenta mil seiscientas ochenta libras y este año: ¡por vida mía, ascenderán a ochenta mil fibras! ¡Duplicado en cuatro años! ¡Monstruoso!

Se detuvo sofocado y luego prosiguió más encolerizado.

-¡Sólo veo en torno a mí gente que engorda a costa de mis estrecheces! ¡Me chupáis los escudos por todos los poros!

Todos se mantenían en silencio pues se trataba de uno de esos arrebatos que conviene no interrumpir; después prosiguió:

-Es como esa petición en latín, de la nobleza de Francia, para que nos obliguemos a restablecer lo que ellos denominan las grandes cargas de la corona. ¡Cargas son en efecto!, pero cargas que aplastan. ¡Ay, señores!, decís que no somos un rey, para reinar dapifero nullo, buticulario nullo!(17) ¡Vive Dios, que yo os haré ver si somos o no somos rey!

Al decir esto se sonrió, consciente de su poder; su mal humor se calmó y dijo volviéndose hacia los flamencos.

17. ¡Sin escudero, ni trinchante, ni copero alguno!

-Os dais cuenta, amigo Guillaume. El panadero mayor, el bodeguero mayor, el gran chambelán o el gran senescal no sirven de nada. Viéndolos así, a mi alrededor, me recuerdan a los cuatro evangelistas alrededor del gran reloj del palacio, que Philippe BriIle acaba de reparar; están muy adornados, con color de oro, pero no marcan las horas y la aguja horaria no los necesita para nada.

Por un momento se quedó pensativo y luego añadió moviendo su vieja cabeza.

-¿Ja, ja! Por Nuestra Señora que yo no soy Philippe Brille y no pienso teñer vasallos de adorno. Pienso más bien como el rey Eduardo: salvad al pueblo y matad a los señores. Prosigue, Olivier.

El personaje a quien se dirigía volvió a tomar el cuaderno y se puso a leer en voz alta.

-«... A Adam Tenon, encargado de la custodia de los sellos de la prebostería de París, por la plata y por el grabado de los mencionados sellos, que pan sido hechos nuevos pues los anteriores, a causa de su antigüedad, estaban ya caducos y no servían: doce libras parisienses.

»... A Guillaume Frère la suma de cuatro libras y cuatro sueldos parisinos, por sus trabajos y salarios por alimentar y ocuparse de las palomas de los dos palomares del palacio de las Tournelles, durante los meses de enero, febrero y marzo de este año, al haber aportado para estos fines siete sextercio de cebada.

»A un franciscano, por haber confesado a un criminal, condenado a muerte cuatro sueldos parisinos.»

El rey escuchaba en silencio y tosía de vez en cuando; entonces se acercaba la copa a los labios y bebía un sorbo haciendo muecas de desagrado.

-«En este año se pan hecho, por orden de la justicia, cincuenta y seis pregones a son de trompeta por calles y plazas de París: están pendientes de abono.

»Por haber buscado y excavado en algunos lugares, tanto en París como fuera de París, en búsqueda de dineros que se suponía escondidos en esos lugares, sin haber encontrado nada de lo que se buscaba, cuarenta y cinco libras parisinas.»

-¡Enterrar un escudo para desenterrar un sueldo! -dijo el rey.

-«... Por la reparación de seis paneles de vidrio blanco del palacio de las Tournelles, en el lugar en donde se encuentra la jaula de hierro, trece sueldos.

»... Por la forja y entrega, por órdenes del rey y el día de los monstruos, de cuatro escudos con las armas de dicho señor, con capas a su alrededor y sombreros de rosas, seis libras...

»... Por dos mangas nuevas al viejo jubón del rey, veinte sueldos. Por una caja de grasa para lastrar las botas del rey, quince denarios. Por la construcción de un establo nuevo para los cerdos negros del rey, treinta libras parisinas. Por varios tabiques, planchas y trampas para encerrar a los leones de San Pablo, veintidós libras...»

-¡Pues ya resultan caros esos animales! -dijo Luis XI-. Pero, ¡no importa! Es un hermoso lujo del rey.

Tengo un enorme león rojizo que me gusta mucho por su arrogancia. ¿Le habéis visto, maese Guillaume?

Los príncipes deben tener ese tipo de animales miríficos. Para nosotros, los reyes, los perros deben ser leones y los gatos tigres. Lo grande le va a la corona. En los tiempos paganos, de Júpiter, cuando el pueblo ofrecía a las iglesias cien bueyes y cien ovejas, los emperadores ofrendaban cien leones y cien águilas. Era feroz aquello, pero también hermoso. Los reyes de Francia han tenido siempre rugidos en torno a su trono; pero se me hará justicia si os digo que gasto aún menos dinero que epos y que tengo un número de leones, de osos, de elefantes y de leopardos en cantidad mucho más modesta. Seguid, seguid, maese Olivier; hemos querido hacer esta indicación a nuestros amigos flamencos.

Guillaume Rym hizo una profunda inclinación, mientras que Coppenole con aspecto enfadado, se parecía a uno de esos osos de los que había hablado el rey. Su majestad, sin embargo, no se fijó en ello; acababa de mojar sus labios en la copa y escupió la bebida diciendo:

-¡Puaf! ¡Qué asquerosa tisana!

El que leía prosiguió:

-«Por la manutención de un pícaro de a pie, encarcelado desde hace seis meses en la celda de los ladrones, en espera de lo que se decida sobre él, seis libras y cuatro sueldos.»

-Pero, ¿qué es eso? -interrumpió el rey-. Alimentar a quien habría que colgar. ¡Santo cielo! No daré ni un sueldo más para alimentarle. Olivier, encargaos de este asunto con el señor d'Estouteville y hacedme desde hoy mismo los preparativos de bodas de ese galán con la horca. Proseguid.

Oliver hizo una señal con el pulgar en el artículo referente al pfcaro de a pie y pasó a otra cosa.

-«A Henriet Cousin, verdugo de la justicia de Paris, la suma de sesenta sueldos parisinos, cantidad ordenada y fijada por el preboste de París, por haber comprado, de orden del ya indicado señor preboste, una gran espada de hoja, para con ella ejecutar y decapitar a las personas que por justicia son condenadas por sus deméritos y hay que proporcionar a la dicha espada una funda y lo demás que le sea propio; asimismo ha reparado y hecho una funda para la vieja espada que se había mellado al ajusticiar a micer Luis de Luxemburgo, como puede aparecer con claridad...»

El rey le interrumpió:

-Ya basta. Apruebo la suma de todo corazón. Esos gastos nunca los escatimo. Nunca he lamentado ese dinero, proseguid.

-«Por haber hecho una gran jaula...»

-¡Ah! -exclamó el rey asiéndose con sus manos a los brazos de la silla-. Ya sabía yo que había venido aquí, a la Bastilla, para algo. Esperád, maese Olivier; me gustaría ver personalmente esa jaula. Ya me indicaréis su costo cuando la haya visto. Señores flamencos, vengan a verla; es muy curioso. Entonces se levantó apoyándose en el brazo de su interlocutor, hizo señas a la especie de mudo que se mantenía de pie junto a la puerta para que marchara delante de él y a los flamencos para que le siguieran y salió de la habitación. .

La real compañía se incrementó a. la puerta de su retiro, con hombres de armas, con pesadas vestiduras de hierro, y esbeltos pajes portadores de antorchas.

Avanzaron durante algunos minutos por el interior de la oscura torre, Ilena de escaleras y corredores por el espesor de los muros. El capitán de la Bastilla iba en cabeza y hacía abrir las portezuelas ante el viejo rey enfermo y encorvado, que tosía al caminar.

Todas las cabezas se agachaban al pasar por cada una de las portezuelas, excepto la de aquel viejo encorvado ya poí los años.

-¡Hum! -decía entre sus encías, pues ya no le quedaban dientes-,estoy ya muy preparado para la puerta del sepulcro. A puerta baja, pasante encorvado.

Por fin, después de franquear una última puerta, tan atiborra da de cerraduras que tardaron casi un cuarto de hora en abrirla penetraron en una amplia y alta sala en ojiva, en cuyo centro s distinguía, al resplandor de las antorchas, un enorme cubo maci zo, de mampostería, de hierro y de madera, hueco en su interior Se trataba de una de esas conocidas jaulas de prisioneros de es tado, conocidas por el nombre de lat hijitas del rey. Había en su paredes dos o tres ventanucos con un entramado de rejas tan den so que no se veían los cristales. La puerta la formaba una gra losa de piedra lisa, como la de los sepulcros. Eran puertas de esa que sólo sirven para entrar, sólo que aquí el muerto era un viv El rey echó a andar lentamente a su alrededor, examinándol con cuidado, mientras que maese Olivier, que le seguía, leía en voz alta la memoria de gastosI:

-«Por haber hecho una gran jaula de madera, con gruesas vigas, largueros y soleras de nueve pies de largo por ocho de ancho y con una altura de siete pies entre el suelo y el techo, cepillada y claveteada con gruesos pernos de hierro que ha sido colocada en una de las torres de la bastiba de San Antonio, en cuya jaula fue encerrado, por mandato del rey nuestro señor, un prisionero que procedía de otra vieja jaula caduca ya y decrépita. Se han empleado en la mencionada nueva jaula noventa y seis vigas de base y otras cincuenta y dos verticales y diez soleras dé tres toesas de largo: la obra ha corrido a cargo de dieçinueve carpinteros para escuadrar, trabajar y cortar toda la indi¿ada madera en el patio de la Bastilla durante veinte días...»

-Y de buenos troncos de roble -añadió el rey golpeando con el puño el maderamen.

-«... Se han utilizado para esta caja -prosiguió el otro-, doscientos veinte grandes pernos de hierro, de nueve y ocho pies; los demás de tamaño mediano, con las tuercas, arandelas y contrafuertes para los dichos pernos; todo este material de hierro supone un peso de tres mil setecientas treinta y cinco libras; además ocho grandes escuadras de hierro para sujetar dicha jaula con los crampones y clavos, que pesan en conjunto otras doscientas dieciocho libras de hierro, sin contar el utilizado en el enrejado de las ventanas de la habitación en donde se ha instalado la jaula, ni las barras de hierro de la puerta de la habitación y otras cosas...»

-Es un buen montón de hierro -dijo el rey-, para así contener la ligereza de un espíritu.

-«... El total supone trescientas diecisiete libras, cinco sueldos y siete denarios.»

-¡Vive Dios! -exclamó el rey.

Este juramento, que era el favorito de Luis XI, parece que despertó a alguien en el interior de la jaula pues se oyó ruido de cadenas arrastrándose por el suelo y una voz débil que parecía surgida de la tumba decía.

-¡Señor! ¡Señor! ¡Piedad!

Pero no podía verse a quien esto decía.

-¡Trescientas diecisiete libras, cinco sueldos y siete denarios! -insistía Luis XI.

Aquella voz lastimera que había surgido de la jaula, dejó helados a todos los allí presentes, incluso al mismo maese Olivier. Sólo el rey daba la impresión de no haberla oído. A una orden suya, maese Olivier prosiguió con la lectura y su majestad continuó inspeccionando fríamente aquella jaula.

-«... Además de todo esto, se ha pagado también a un albañil que ha hecho los agujeros para colocar las rejas de la ventana y el suelo para la habitación en donde se encuentra la jaula, pues el anterior no habría podido soportar el peso de la misma; veintisiete libras y catorce sueldos parisinos...»

La voz inició de nuevo sus súplicas y sollozos.

-¡Piedad, señor! Os juro que fue monseñor el cardenal de Angers quien hizo aquella traición y no yo.

-¡El albañil sabe lo que hace! -dijo el rey-. Pero, continuad, Olivier.

-«... A un ebanista por ventanas, camastros, silla-retrete y otras cosas, veinte libras y dos sueldos parisinos...»

La voz proseguía aún.

-¡Ay, señor! ¿No queréis escucharme? Os aseguro que no fui yo quien escribió aquello al señor de Guyenne sino monseñor La Balue, el cardenal.

-El ebanista es caro también -observó el rey-. ¿No hay más?

-Ya lo creo, señor. «... A un cristalero, por los cristales de la mencionada jaula, cuarenta y seis sueldos y ocho denarios parisinos...»

-¡Tened piedad, majestad! ¿No es suficiente que se hayan repartido todos mis bienes entre los jueces, mi vajilla al señor de Torcy, toda mi librería a maese Pierre Doriolle, todos mis tapices al gobernador del Rosillón? Soy inocente, señor. Hace ya catorce años que estoy en esta jaula de hierro pasando frío. ¡Tened piedad, señor! El cielo os lo agradecerá.

-Maese Olivier, decidme la suma total -pidió el rey.

-Trescientas sesenta y siete libras, ocho sueldos y tres denarios parisinos.

-¡Virgen Santa! -exclamó el rey-. ¡Es lo que se dice una jaula ultrajante!

Entonces arrancó el cuaderno de las manos de maese Olivier y se puso a contar con los dedos, él mismo, examinando alternativamente la jaula y la nota. Pero el prisionero no cejaba de sollozar. Aquello resultaba lúgubre en la oscuridad y los rostros se miraban entre sí, pálidos.

-¡Catorce años, majestad; desde el mes de abril de 1469! ¡Por la madre de Dios, señor, escuchadme!

¡Vos habéis gozado entretanto del calor del sol! ¡Y yo, miserable de mí, no volveré a ver la luz! ¡Piedad, señor! ¡Sed misericordioso! La clemencia es la más hermosa de las virtudes reales, que rompe las corrientes de la cólera. ¿Cree vuestra majestad que, a la hora de la muerte, puede suponer un gran consuelo para un rey el no haber dejado ninguna ofensa sin castigo? Además, señor, yo no he traicionado a vuestra sociedad; ha sido el señor de Angers. Arrastro una pesada cadena con una enorme bola de hierro, tanto más pesada cuanto que es injusta. ¡Señor! ¡Tened piedad de mí!

-Olivier -dijo el rey moviendo la cabeza-, observo que se cobra el modio de yeso a veinte sueldos y sólo cuesta a doce. Habrá que rehacer este informe.

Y dando la espalda a la jaula, se dispuso a salir de aquella habitación; el desventurado prisionero, ante el alejamiento de las antorchas y del ruido, dedujo que el rey se estaba retirando y gritó desesperadamente.

-¡Señor! ¡Señor!

La puerta se cerró y ya no vio ni oyó más que la voz ronca del carcelero que le cantaba la canción:

Maître Jean Balue A perdu la vue De ses évêches; Monsieur de Verdun N'en a plus pas un Tous sont dépêches(18).

18. Maese Jean Balue / Ha perdido la vista / de sus obispados; El señor de Verdun / ya no tiene ni uno; / todos han desaparecido.

El rey subía en silencio a su retiro, seguido de su cortejo, que estaba asustado por los últimos lamentos del condenado. De pronto, su majestad se volvió hacia el gobernador de la Bastilla.

-A propósito, ¿había alguien en la jaula?

-¡Pardiez, señor! -respondió el gobernador estupefacto por la pregunta.

-¿Quién era?

-El señor obispo de Verdun.

El rey lo sabía mejor que nadie, pero ésa era una de sus manías.

-¡Ah! -exclamó ingenuamente, como si fuese la primera vez que pensara en ello-; Guillaume de Harancourt, el amigo del señor cardenal La Balue. ¡Un buen diablo, ese obispo!

Un momento después, se abrió la puerta del retiro para volver a cerrarse de nuevo tras la entrada de los cinco personajes, conocidos ya del lector desde el comienzo de este capítulo. Todos volvieron a sus sitios, a sus actitudes y prosiguieron sus charlas en voz baja.

Durante la ausencia del rey, habían dejado en su mesa algunos despachos a los que el mismo rey se aprestó a romper los lacres y comenzó presto a leerlos uno tras otro. Hizo un gesto a maese Olivier, que parecía desempeñar junto a él el oficio de ministro, para que tomase la pluma y, sin hacerle partícipe del contenido de los despachos, comenzó a dictarle en voz baja las respuestas que éste escribía, bastante incómodo, arrodillado delante de la mesa.

Guillaume Rym observaba.

El rey hablaba tan bajo que los flamencos no oían nada de lo que dictaba, a no ser algún trozo aislado y poco inteligible como:

-... Conservar para el comercio los lugares fértiles y los estériles para las manufacturas... Enseñar a los señores ingleses nuestras cuatro bombardas, la Londres, la Bravante, la Bourg-en-Bresse y la Saint-Omer...

A causa de la artillería, la guerra se hace ahora más juiciosamente... Al señor de Bressuire, nuestro buen amigo... Sin tributos no puede mantenerse un ejército..., etcétera.

En una ocasión alzó la voz.

-¡Vive Dios! El señor rey de Sicilia sella sus cartas con lacre amarillo, como un rey de Francia. Quizás sea un error el permitírselo. Mi buen primo el príncipe de Borgoña no concedía escudos de armas sobre campo de gules. La grandeza de las casas se asegura con la integridad de las prerrogativas. Toma nota de esto, Olivier.

Y en otra ocasión.

-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué despacho tan largo! ¿Qué es lo que nos reclama esta vez nuestro hermano el emperador?

Luego añadía, recorriendo con los ojos la misiva y entrecortándola con interjecciones:

-¡Es cierto! Las Alemanias son tan grandes y tan poderosas que apenas si puede creerse. Claro que no nos olvidamos del viejo proverbio: «El más bello condado, Flandes; el ducado más hello, Milán, y el más hermoso de los reinos, Francia.» ¿No es cierto, señores flamencos?

Esta vez Coppenole hizo una reverencia a la vez que Guillaume Rym; era un halago al patriotismo del calcetero.

Hubo aún un último despacho que hizo fruncir el ceño a Luis XI.

-¡Qué es esto! -exclamó-. ¡Quejas y protestas contra nuestras guarniciones de la Picardía! Olivier, escribid ahora mismo al señor mariscal de Rouault indicándole que la disciplina se relaja, que los gendarmes de las ordenanzas, la guardia noble, los arqueros, los suizos, todos están provocando molestias infinitas entre los villanos. Que los soldados, no satisfechos con los bienes que encuentran en casa de los labradores, les obligan a bastonazos o a golpes de guja, a ir a buscarles vino a la ciudad o pescado de las pescaderías a otros abusos. Que el señor rey está enterado de todo ello y que estamos dispuestos a preservar a nuestro pueblo de tales molestias, robos y pillajes. Que estamos decididos a ello, ¡por Nuestra Señora!

Que además no nos satisface que ningún menestral, barbero, ni escudero, vaya vestido como un príncipe, con ropas de terciopelo, de seda y con anillos de oro. Que tales veleidades ofenden a Dios. Que nos, que somos gentilhombre, nos contentamos con un jubón de paño de a dieciséis sueldos la vara de París. Que también los señores lacayos pueden rebajarse hasta ahí. Mandad y ordenad: a nuestro amigo, el señor de Rouault.

Dictó esta carta, en voz alta, con un tono firme y cortado. Estaba acabando cuando se abrió la puerta y dio acceso a un nuevo personaje que se precipitó, todo asustado, en la habitación gritando -¡Señor! ¡Señor! ¡Hay una sedición popular en París!

El rostro grave de Luis XI se contrajo, pero aquella emoción visible pasó como un relámpago. Se contuvo y dijo con una severidad tranquila.

-¡Compadre Jacques, entráis con mucha brusquedad!

-¡Señor! ¡Es una revuelta! -prosiguió sofocado el compadre Jacques.

El rey, que se había levantado, le cogió con rudeza por el brazo y le dijo al oído, de modo que sólo él pudo oírlo, con cólera concentrada y echando una mirada de lado a los flamencos.

-¡Cállate o habla bajo!

El recién llegado comprendió en seguida y empezó a hacerle, muy bajo y muy alarmado, una narración que el rey escuchaba con calma, mientras que Guillaume Rym hacía observar a Coppenole el rostro y las ropas del recién llegado; su capucha forrada de piel, caputia fourrata, su epitoga corta, epitogia curia, su toga de terciopelo negro, que definían a un presidente del tribunal de cuentas.

Apenas este personaje hubo dado al rey algunas explicaciones, cvando Luis XI se echó a reír a carcajadas.

-¡La verdad es que podéis decirlo en voz alta, compadre Coictier! ¿Por qué habláis así de bajo? Nuestra Señora sabe muy bien que nada ocultamos a nuestros buenos amigos flamencos.

-¡Pero, Señor!

-¡Hablad alto!

El «compadre Coictier» permanecía mudo de asombro.

-Hablad ya, señor -insistió el rey-. ¿Hay una revuelta de villanos en nuestra buena villa de París?

-Sí señor.

-¿Que va dirigida, decís, contra el señor bailío del Palacio de Justicia?

-Eso parece -respondió el compadre, entre balbuceos confuso todavía por el cambio brusco a inexplicable que acababa de producirse en la actitud del rey.

Luis XI prosiguió.

-¿Y dónde decís que la ronda ha encontrado a ese gentío?

-Iban en marcha desde la Grande-Truanderie hacia el Pontaux-Changeurs. Yo mismo la he encontrado mientras me dirigía hacia aquí para dar cumplimiento a las órdenes de vuestra majestad. Incluso he podido oír cómo algunos gritaban: «¡Abajo el bailío de París!»

-¿Y qué quejas tiene esa genie contra el bailío?

-¡Ah! -dijo el compadre Jacques -pues que es su señor.

-¿Sólo eso?

-¡Sólo eso, señor! Son los bribones de la Corte de los Milagros y hace ya mucho tiempo que se quejan del bailío del que dependen. No quieren reconocerle ni como su juez ni como veedor de su zona.

-¡Vaya, vaya! -prosiguió el rey con una sonrisa de satisfacción que intentaba, en vano, disimular.

-En todas sus demandas ante el parlamento -prosiguió el compadre Jacques-, afirman siempre que sólo tienen como señores a vuestra majestad y a su Dios, que me parece a mí que es el diablo:

-Vaya, vaya -dijo el rey frotándose las manos y riendo con aquella risa interior que le iluminaba el rostro.

No podía disimular su alegría aunque a veces intentara reportarse. Nadie podía comprender lo que pasaba ni el propio «maese Olivier».

Por un momento se quedó silencioso y pensativo pero con gesto alegre.

-¿Son muchos? -preguntó de pronto.

-Ciertamente, señor -respondió el compadre Jacques.

-¿Cuántos?

-Unos seis mil, al menos.

El rey uo pudo evitar el decir:

-¡Muy bien! -y preguntó-: ¿Están armados?

-Con guadañas, picas, arcabuces, picos; con todo tipo de armas agresivas y muy violentas.

Al rey no pareció inquietarle lo más mínimo aquella relación de armas, hasta el punto de que el compadre Jacques se creyó en la obligación de añadir:

-Si vuestra tnajestad no envía con presteza auxilios al bailío, está perdido.

-Se los enviaremos -manifestó el rey con una apariencia de seriedad-; está bien. Vamos a enviárselos porque el bailío es amigo nuestro. ¿Seis mil, decís? ¡Son tipos muy decididos! La audacia es maravillosa, pero nos estamos muy enojados. La verdad es que esta noche tenemos poca gente disponible. Pero mqñana por la mañana proveeremos.

El compadre Jacques protestó:

-¡Tiene que ser ahora mismo, majestad! Habrá tiempo para saquear al bailío más de veinte veces; violarán a la señora y le colgarán a él. ¡Por Dios, señor! ¡Enviadle ayuda, antes de mañana!

El rey le miró de frente.

-He dicho mañana por la mañana. Era una de esas miradas que no podían tener réplica.

Después de un silencio Luis XI elevó de nuevo el tono de su voz.

-Compadre Jacques, vos tenéis que saberlo... ¿Cuál era...? -rectificó. ¿Cuál es la jurisdicción feudal del bailío?

-Señor, el bailío del Palacio tiene la calle de la Calandre hasta la calle de la Herberie, la plaza de Saint-Michel y los lugares vulgarmente conocidos como los Muneaux, situados cerca de la iglesia de Notre Dame-des-Champs (aquí Luis XI levantó el borde de. su sombrero). Son unos trece en total más la Corte de los Milagros, más la leprosería llamada la Banlieue, más coda la calle que comienza en la leprosería y termina en la Porte de Saint Jacques. Es veedor de todos esos lugares y administrador de la alta, media y baja justicia; en una palabra, señor absoluto.

-Ya -dijo el rey rascándose la oreja izquierda con la mano derecha-; ¡es una buena parte de mi ciudad!

¡Vaya, vaya! ¿Así que el señor bailío era rey de todo esto?

Esta vez no se corrigió y prosiguió, como hablándose a ~' mismo:

-¡Muy bonito, señor bailío! Teníais entre los dientes un bonito pedazo de nuestro París.

Y de pronto explotó:

-¡Vive Dios! Pero, ¿qué se han creído esas gentes que se pretenden veedores, jueces y dueños absolutos en nuestra casa? ¿Quiénes son para creerse los amos de las calles, justicias y verdugos en los barrios? De modo que, igual que los griegos creían que había tantos dioses como fuentes y los persas tantos como estrellas, ¿el francés cree que hay tantos reyes como patíbulos puede contar? ¡Pardiez, que es mala cosa y que esta confusión me desagrada! Me gustaría saber si es por la gracia de Dios por la que haya en París otro veedor que el rey, otra justicia que la de nuestro parlamento y otro emperador que nos en este imperio. ¡Por mi alma que será preciso que venga el día en que no haya en Francia más que un rey, un señor, un juez o un verdugo, al igual que en el cielo hay un solo Dios!

Levantó de nuevo su sombrero ante este nombre y prosiguió, siempre con aire soñador y con el acento del cazador al acecho que lanza, de pronto, la jauría.

-¡Muy bien, pueblo mío! ¡Valiente! ¡Destruye a esos falsos señores! Haz bien tu trabajo. ¡Píllalos!

¡Cuélgalos! ¡Saquéalos!... ¡Hala! ¿No queréis ser reyes, señores míos? ¡Vamos, pueblo!

Al llegar aquí se interrumpió bruscamente y se mordió el labio, como para retomar su pensamiento medio escapado. Luego se quedó observando, con su mirada penetrante, uno a uno, a los cinco personajes que le rodeaban y, de pronto, cogiendo el sombrero con ambas manos y mirándole fijamente, le dijo.

-¡Seguro que lo quemarías si supieras lo que arde en mi cabeza!

Después, echando de nuevo a su alrededor la mirada inquieta y atenta del zorro que vuelve, astuto, a su madriguera, añadió:

-Pero, ¡no importa! Socorreremos al señor bailío. Por desgracia tenemos aquí muy pocas tropas en este momento para luchar contra tal gentío. Hay que esperar a mañana. Estableceremos el orden en la Cité y colgaremos sin miramientos a cuantos cojamos.

-¡A propósito, señor! -intervino el compadre Coicitier-, lo había olvidado en el primer momento de turbación; la vigilancia ha cogido a dos rezagados de la banda; si vuestra majestad desea verlos, tengo aquí a esos dos hombres.

-¡Que si quiero verlos!, pero, ¿qué dices? ¡Vive Dios! ¡Olvidársete una cosa así! ¡Rápido, Olivier! ¡Ve a buscarlos!

Maese Olivier salió y volvió momentos más tarde con los dos prisioneros, rodeados por los arqueros de la ordenanza.

Al primero se le notaba la sorpresa en su cara regordeta de idiota y de borracho. Iba vestido de harapos y andaba doblando la rodilla y arrastrando un pie. El segundo era una figura pálida y sonriente que el lector ya conoce.

El rey los examinó durante un momento, sin decir una palabra, y luego preguntó al primero.

-¿Cómo te llamas?

-Gieffroy Pincebourde.

-¿Tu oficio?

-Truhán.

-¿Qué pensabas hacer en ese condenado motín?

El truhán miró al rey, mientras balanceaba sus brazos con aire de atontado. Era una de esas cabezas mal conformadas en donde la inteligencia se encuentra tan a. gusto como una llama debajo de un apagavelas.

-No sé. Todos iban y yo iba también.

-¿No ibais a atacar y a asaltar a vuestro señor el bailío de palacio?

-Sólo sé que íbamos a coger algo en casa de alguien. No sé más.

Un soldado mostró al rey una hoz que habían quitado a un truhán.

-¿Reconoces este arma? -le preguntó el rey.

-Sí; es mi hocino. Soy viñador.

-¿Reconoces a este hombre como compañero tuyo? -le preguntó Luis XI, señalando al otro compañero.

-No; no le conozco de nada.

-¡Basta! -dijo el rey. Y haciendo un gesto con el dedo al personaje silencioso a inmóvil que se encontraba cerca de la puerta y al que ya conocemos-: Compadre Tristan; este hombre es para vos.

Tristan l'Hermite hizo una reverencia y dio orden en voz baja a dos arqueros que se llevaron al pobre truhán.

El rey se había aproximado mientras tanto al segundo prisionero que sudaba la gota gorda.

-¿Tu nombre?

-Señor, Pierre Gringoire.

-¿Tu oficio?

-Filósofo, señor.

-Cómo te atreves, bribón, a atacar a nuestro amigo, el señor bailío del Palacio y qué tienes que decir sobre ese motín popular?

-Majestad, yo no estaba allí.

-¿Cómo? ¡Sinvergüenza! ¿No has sido detenido por la ronda entre los amotinados?

-No, majestad; hay un error. Es la fatalidad. Yo escribo tragedias. .Majestad, os suplico que me oigáis.

Soy poeta. Los de mi profesión paseamos nuestra melancolía por las calles, de noche y esta noche iba paseando por allí. Ha sido una gran coincidencia. Me han detenido equivocadamente. Soy inocente de esta tetnpestad cívica. Habéis visto, majestad, cómo el truhán no me ha reconocido. Conjuro a vuestra majestad...

-¡Cállate! -le dijo el rey entre dos sorbos de tisana-. Nos estás rompiendo la cabeza.

Tristan l'Hermite se adelantó hacia Gringoire y señalándole con el dedo dijo:

-Majestad, ¿puedo también llevarme a éste?

Eran las primeras palabras que había pronunciado.

-Bueno -respondió displicente el rey--: No veo que haya inconvenientes.

--¡Pero yo sí los veo, y muchos! -contestó Gringoire. Nuestro filósofo se encontraba en aquel momento más verde que una aceituna. Dedujo, por el aspecto frío a indiferente del rey, que la única solución podría estar en alguna escena patética y se precipitó a los pies de Luis XI, gritando con gran gesticulación desesperada:

-¡Señor! Majestad, dignaos escucharme. Señor, no os enfurezcáis por tan poca cosa como yo. El gran rayo de Dios no se precipita nunca sobre una lechuga. Majestad, sois un monarca augusto y poderosos, apiadaos de un pobre hombre, honrado, al que le resultaría más difícil provocar cualquier revuelta que a un trozo de hielo sacar chispas. Graciosa majestad; la bondad es una virtud de reyes y leones. ¡Ay!, el rigor no hace sino enfurecer el ánimo; las bocanadas impetuosas del cierzo no serán capaces de arrancar su capa al caminante; sin embargo el sol, lanzándole sus rayos, le irá calentando poco a poco hasta obligarle a quedarse en camisa. Majestad, vos sois el sol. Insisto ante vos, soberano dueño y señor, en que yo no soy un truhán ladrón y desconsiderado. Las revueltas y el bandolerismo no son los compañeros de Apolo y yo no soy de esos que forman parte de bandas que luego provocan algaradas y sediciones, sino un fiel vasallo de vuestra majestad. El mismo celo que manifiesta el marido por la honra de su mujer, el sentimiento de amor que tiene el hijo para su padre, debe manifestarlos también un buen vasallo para gloria de su rey; debe sacrificarse por el cuidado de su casa ofreciendo con generosidad sus servicios. Cualquier otra pasión por la que se dejase arrastrar no sería más que locura. Éstas son, majestad, mis reglas de conducta. No me consideréis sedicioso y saqueador por mis ropas viejas y gastadas. Si me concedéis vuestra gracia, majestad, emplearé mi vida en rogar a Dios por vos, de rodillas, de la mañana a la noche. ¡Ay! No soy muy rico, es cierto; incluso soy bastante pobre pero no, por ello, vicioso. Todo el mundo sabe que las bellas letras no producen grandes riquezas y que los más que se entregan a la lectura de los buenos libros, no disponen casi nunca de un buen fuego en invierno. La abogacía se lleva todas las ganancias y no deja sino la paja a las demás profesiones de la inteligencia. Existen cuarenta y tres proverbios, excelentes todos, sobre la capa raída de los filósofos. ¡Oh, majestad! Sólo la clemencia es la única luz capaz de iluminar el interior de un alma grande. Es ella la que lleva la antorcha delante de las demás virtudes; sin ella serían como ciegos que buscan a Dios a tientas: La misericordia, que es lo mismo que la clemencia, crea el amor en la gente y es éste el más poderoso cuerpo de guardia para la persona de un príncipe. ¿Qué más os da, a vos, majestad, a quien todos miran deslumbrados, que haya un pobre hombre de más sobre la tierra? ¡Un pobre a inocente filósofo, chapoteando entre las tinieblas de la calamidad, con su bolsillo vacío, resonando sobre su vientre también vacío! Además, majestad, soy escritor y los grandes reyes se colocan una perla en su corona al proteger las letras. Hércules no desdeñaba el título de Musageta(19). Mathias Corvin protegía a Jean de Monroyal, ornamento de las matemáticas. Sin embargo no parece una buena manera de proteger las letras el ahorcar a los literatos. ¡Qué mancha habría caído sobre Alejandro si hubiera hecho ahorcar a Aristóteles! Esta mancha no habría sido un pequeño lunar en el rostro de su reputación para embeIlecerle, sino una úlcera maligna para desfigurarle. ¡Majestad! He escrito un bello epitalamio para Mademoiselle de Flandes y el muy augusto monseñor el delfín. Creeréis que esto no es la obra de un incitador a la rebelión.

Ya ve vuestra majestad que no soy un escritorzuelo; que he estudiado con provecho y que poseo una elocuencia natural. ¡Perdonadme, majestad!, y al mismo tiempo será un hecho galante para Nuestra Señora.

¡Os juro además que me provoca un pánico horrible la idea de ser ahorcado!

19 Nombre mitológico aplicado primeramente a Apolo, bajo cuya dirección estaban las musas.

Hércules también recibió este nombre.

Mientras así hablaba, el desolado Gringoire besaba las pantuflas del rey y Guillaume Rym comentaba bajito a Coppenole.

-Hace bien en arrastrarse por el suelo, pues los reyes son como el Júpiter de Creta, sólo tienen oídos en los pies.

Sin preocuparse por el Júpiter de Creta, el calcetero respondió con una franca sonrisa y la vista fija en Gringoire.

-¡Oh! ¡Qué bien lo ha dicho! Me parece estar oyendo al canciller Hugonet pidiéndome clemencia.

Cuando Gringoire hubo por fin acabado de hablar, estaba jadeante. Levantó la cabeza tembloroso hacia el rey que se entretenía en raspar con la uña una mancha que tenían sus calzas por la rodilla. Después, su majestad se puso a beber otro poco de tisana, pero no decía nada y aquel silencio torturaba a Gringoire.

Finalmente, el rey se quedó mirándole.

-¡Vaya charlatán insoportable! -dijo; luego, volviéndose hacia Tristan l'Hermite, añadió-: ¡Bah!

¡Dejadle!

Gringoire se quedó sentado en el suelo loco de alegría.

-¡En libertad! -gruñó Tristán-. No desea vuestra majestad que quede retenido algún tiempo en la jaula.

-Compadre -prosiguió Luis XI-, crees que hacemos jaulas de trescientas sesenta y siete libras, ocho sueldos y tres denarios para pájaros como éste. Suéltame a ese miserable lujurioso (a Luis XI le gustaba mucho esta palabra que, con ¡Vive Dios! constituía el fondo de su jovialidad) y echadle fuera a patadas.

-¡Uf! -exclamó Gringoire-, ¡éste es un rey!- y por miedo a una contraorden, se precipitó hacia la puerta que Tristan le abrió de mala gana. Los soldados salieron también, empujándole y golpeándole, lo que Gringoire soportó como un verdadero filósofo estoico.

El buen humor del rey, desde que le comunicaron la revuelta contra el bailío, se veía en todos sus hechos, y la clemencia inusitada no era una muestra de las menores. Tristan l'Hermite, en su rincón, tenía la misma cara enfurruñada de un dogo al que le han enseñado algo y se lo han quitado.

El rey tamborileaba alegremente con sus dedos en el brazo de su silla la marcha de Pont-Audemer. Era un príncipe bastante astuto, pero sabía ocultar más fácilmente sus penas que sus alegrías. Sus manifestaciones externas de alegría ante cualquiera buena noticia llegaban muy lejos a veces; así, a la muerte de Carlos el Temerario, llegó a ofrecer unas balaustradas de plata a la basílica de Saint-Martin de Tours(20); y con motivo de su advenimiento al trono se olvidó de ocuparse de las exequias de su padre.

20. San Martín de Tours es el-patrono de Francia.

-¡Decid, majestad! -exclamó de pronto jacques de Coictier-. ¿Qué ha pasado con el recrudecimiento de vuestra enfermedad para la que me habéis mandado venir?

-¡Oh! En verdad, compadre, que me hace sufrir mucho; me silban los oídos y tengo como rastrillos de fuego que me desgarran el pecho.

Coictier tomó la mano del rey y buscó el pulso con ademán de médico entendido.

-Fijaos, Coppenole -decía Rym en voz baja-, ahí le tenéis eptre Coictier y Tristan; ésa es toda su corte; un médico para él y un verdugo para los otros.

Coictier le estaba tomando el pulso y su gesto era cada vez más alarmante. Luis XI le miraba preocupado pues Coictier se alarmaba a ojos vistas. El buen hombre no tenía otras rentas que la mala salud del rey y la explotaba como mejor podía.

-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Esto parece grave, desde luego.

-¿Verdad que sí? -inquirió el rey inquieto.

-Pulsur creber, anhelant, crepitanr, irregulariaz(21) -continuaba diciendo el médico.

21. Pulso ptecipitado, farigado, ruidoso, irregular.

-¡Vive Dios!

-Esto puede llevarse a un hombre antes de tres días.

-¡Por Nuestra Señora! -exclamó el rey-. ¿Y cuál es el remedio, amigo?

-En ello estoy, majestad.

Hizo sacar la lengua al rey; movió la cabeza con gesto preocupado y en medio de todo aquel paripé.

-Pardiez, majestad -prosiguió de pronto-. Me he enterado de que hay una vacante de recaudador, y yo tengo un sobrino.

-Doy el puesto a tu sobrino compadre Jacques -le respondió el rey-, pero sácame este fuego del pecho.

-Ya que nuestra majestad se muestra tan generoso y clemen te no querrá negarme una pequeña ayuda para de mi casa en la calle de Saint-André-des-Arcs.

-¡Bueno! -respondió el rey.

-Estoy ya casi sin recursos -prosiguió el doctor- y sería una lástima que la casa se quedara sin tejado; no por la casa en sí, que es sencilla y muy del gusto burgués, sino por los cuadros de Jehan Fourbault, que alegran las paredes. ¡Hay una Diana voladora, tan extraordinaria, tan tierna y tan delicada, con una expresión tan ingenua! Tiene la cabeza tan bien peinada, con un cuarto creciente como corona, y sus carnes son tan blancas que tienta incluso a quienes la miran con demasiada atención. Hay también una Ceres. Es también una hermosa divinidad. Está sentada sobre unas gavillas de trigo y tocada con una guirnalda galante de espigas entrelazadas con salsifís y otras flores. No hay nada tan enamorado como sus ojos, ni más torneado que sus piernás, ni más noble que su porte, ni pliegues mejor compuestos que los de su falda.

Es una de las bellezas más inocentes y más perfectas que haya ejecutado pincel alguno.

-¡Verdugo! -masculló Luis XI-: ¡Dime a dónde quieres llegar!

a conscrucción -Necesito un tejado para esas pinturas, majestad y, aunque no cueste mucho, ya no me queda dinero.

-¿Cuánto vale cu tejado?

-Pero... sería un tejado de cobre, historiado y dorado..., unas dos mil libras todo lo más.

-¡Ay, asesino! -gritó el rey-. No me arranca un diente que no me cueste más que un diamante.

-¿Tengo mi tejado entonces? -preguntó Coictier.

-Sí; y vete al diablo, pero cúrame.

Jacques Coiciter dijo, haciendo una profunda indinación:

-Señor, necesitáis un repercusivo para curaros. Os aplicaremos a los riñones el gran defensivo compuesto de ceraco, bolo de Armenia, clara de huevo, aceite y vinagre. Continuaréis además con vuestra tisana y respondemos de vuestra majestad.

Una lámpara brillando no atrae sólo a un mosquito. Maese Olivier, viendo al rey tan pródigo y creyendo oportuno el momento, se acercó a su vez al rey.

-Majestad...

-¿Qué ocurre ahora? -dijo Luis XI.

-Señor, sabéis que maese Simón Radin ha muerto.

-Bien, ¿y qué?

-Es que era consejero del rey para la juscicia del cesoro.

-Bien, ¿y qué?

-Señor su puesto está vacante.

Mientras hablaba así, el rostro altivo de maese Olivier había abandonado la expresión arrogance por otra más humilde. Es el recambio de que dispone la cara de un cortesano. El rey le mird fijamente y dijo con un tono seco.

-Comprendo -y prosiguió-: maese Olivier, el mariscal de Boucicaut decía: KNo hay más dones que los de un rey ni más lugar de pesca que el mar.» Ya veo que sois de la misma opinión que el señor de Boucicaut, pero tenéis que oír esco también, pues nuestra memoria es muy buena: en el G8 os hemos nombrado doncel de nuescra cámara; en el 69 guardián del castillo du Pont de Saint-Cloud, con un salario de cien libras tornesas (vos las queríais parisienses). En noviembre del 73, mediante camas de presentación entregadas a Gergeole, os hemos instiruido como conserje del bosque de Vincennes, en lugar de Gilbert Acle, escudero; en el 75 official mayor del bosque de Rouvray-lez-Saint-Cloud, en lugar de Jacques le Maire; en el 78 os hemos concedido graciosamente, por camas patentadas, selladas con doble cinta de lacre verde, una renta de diez libras parisinas para vos y vuestra mujer, a percibir por el asentamiento de los mercaderes en la plaza de la escuela de Saint-Germain; en el 79 os hemos nombrado oficial mayor del bosque de Senart, en lugar del pobre de Jehan Daiz; más tarde capitan del castillo de Loches; luego gobernador de Saint-Quintin y capitán del Pont-de-Meulant, del que os hacéis Ilamar conde. De los cinco sueldos de multa que paga cualquier barbero que afeite en un día de fiesta tres os los guardáis vos y nos dejáis lo que queda. Hemos accedido al cambio de vuestro apellido Le Mauvais(22), que iba muy bien con vuestro aspecto. En el 74 os hemos otorgado, con gran disgusto de nuestros nobles, escudo de armas de mil coiores que os hacen un pecho de pavo real. ¡Vive Dios! ¿No estáis aún satisfecho? ¿No es lo bastante abundante y milagrosa la pesca? ¿No teméis acaso que un salmón de más pueda hacer zozobrar vuestra nave? El orgullo y la avaricia pueden perderos, compadre. Al orgullo le siguen siempre la ruina y la vergüenza. Reflexionad sobre lo que os digo y callaos.

22. El malo Tales palabras, pronunciadas con severidad, hicieron reflejar de nuevo la insolencia en el rostro despechado de maese Olivier.

-¡Vaya! -murmuró casi en voz alta-. Se ve claro que hoy está enfermo el rey. Hoy todo es para su médico.

Luis XI lejos de irritarse por esta inconveniencia, añadió con cierta bondad.

-¡Ah! Olvidaba que también os hice embajador mío en Gante cerca de madame Marie. Sí señores -añadió el rey dirigiéndose hacia los flamencos- ha sido incluso embajador. En fin, compadre -prosiguió dirigiéndose ahora hacia maese Olivier-, no nos enfademos, pues somos ya viejos amigos. ¡Qué tarde se ha hecho! Bueno; ya hemos terminado por hoy. Afeitadme.

Seguro que nuestros lectores no han tenido que esperar hasta ahora para reconocer en maese Olivier a ese Fígaro terrible que la providencia, esa gran hacedora de dramas, ha mezclado tan artísticamente a la larga y sangrante comedia de Luis XI. No es éste el momento para extenderse sobre este personaje tan singular. Este barbero real tenía tres nombres: en la corte se le llamaba cortésmente Olivier le Daimy; entre el pueblo era conocido por Olivier el Diablo; su verdadero nombre era sin embargo Olivier le Mauvais.

Olivier le Mauvais permaneció inmóvil, como enojado con el rey, al tiempo que miraba de reojo a Jacques Coictier.

-¡Sí, sí, el médico! -comentaba entre dientes.

-¡Pues sí! El médico tiene aún más crédito que tú -añadió el rey con una sencillez insistente-. Es así de fácil: él me tiene cogido por todo el cuerpo y tú sólo puedes hacerlo por el mentón. Anda, mi pobre barbero, ya veremos cómo lo arreglamos. ¿Qué dirías de mí y qué sería de tu cargo si yo fuera corno el rey Chilperico que tenía la costumbre de cogerse la barba con la mano? Venga, compadre, a tu oficio; ve a buscar lo necesario y aféitame.

Viendo Olivier que el rey la había tomado por el lado de la risa y que no había manera de enojarle, salió rezongando a ejecutar sus órdenes.

El rey se levantó entonces y se acercó a la ventana y, al abrirla, dijo de pronto en medio de una gran agitación.

-¡Ah!, claro!, aquel resplandor en el cielo, por el lado de la Cité, es que están quemando al bailío. No puede ser otra cosa. ¡Ay, mi buen pueblo! ¡Qué bien colaboras por fin en la destrucción de los señoríos!

Y entonces, dirigiéndose a los flamencos:

-Señores, venid a ver esto. ¿No es fuego aquel resplandor?

Los dos ganteses se acercaron.

-Un gran fuego -dijo Guillaume Rym.

-¡Oh! -añadió Coppenole, cuyos ojos brillaron de pronto-. Eso me recuerda el incendio de la mansión del señor d'Hymbercourt. Debe haberse producido un gran revuelo en ese sitio.

-¿Lo creéis así, maese Coppenole? -y la mirada de Luis XI era en ese momento tan brillante y alegre como la del calcetero.

-¿Verdad que debe tratarse de un asalto difícil de resistir?

-¡Por la cruz de Cristo! Señor, vuestra majestad tendrá que emplear en esa lucha unas cuantas compañías de hombres de armas.

-¿Quién? ¿Yo? Eso es diferente -respondió el rey-; si yo quisiera...

El calcetero respondió con osadía.

-¡Si la revuelta es como me imagino, de poco os servirá querer, majestad!

-Compadre -le contestó Luix XI-; con dos compañías de mi ordenanza y unas andanadas de serpentina se liquida rápido una muchedumbre de villanos.

Pero el calcetero parecía dispuesto a plantar cara al rey, a pesar de las señas que le hacía Guillaume Rym.

-Majestad, los suizos eran también unos villanos y el señor duque de Borgoña un gentilhombre que miraba por encima del hombro a aquella canalla. En la batalla de Grandson, señor, también decía:

«¡Cañoneros, fuego a los villanos!» y juraba por San Jorge. Pero el cabecilla, magistrado Scharnachtal, se lanzó sobre el apuesto duque con su masa y su pueblo, y en aquel choque contra villanos de piel de búfalo, el reluciente ejército borgoñón se rompió como un cristal con una pedrada. Y aquellos villanos mataron a un buen número de caballeros y se encontró al señor de Château-Guyon, el más alto señor de Borgoña, muerto junto con su gran caballo grisón en un pequeño prado pantanoso.

-Bueno, amigo -prosiguió el rey-, estáis hablando de una batalla y aquí se trata de una revuelta y acabaré con ella en cuanto me plazca fruncir el ceño.

Coppenole le replicó con indiferencia.

-Puede que así sea majestad. Pero en ese caso es que no ha llegado aún la hora del pueblo.

Guillaume Rym se creyó en la obligación de intervenir.

-Maese Coppenole, estáis hablando a un rey poderoso.

-Ya lo sé -respondió gravemente el calcetero.

-Dejadle hablar mi querido amigo -dijo el rey-. Aprecio ese hablar franco. Mi padre, Carlos VII, decía que la verdad estaba enferma; pero yo creía que más bien estaba muerta y que ni siquiera había encontrado confesor. Maese Coppenole acaba de desengañarme.

Entonces, colocando con familiaridad su mano en el hombro de Coppenole, prosiguió:

-¿Qué decíais, pues, maese Jacques?...

-Decía majestad, que quizás tengáis razón y que aún no haya sonado la hora para vuestro pueblo.

Luis XI le lanzó una mirada penetrante.

-¿Y cuándo llegará esa hora?

-Ya la oiréis sonar.

-¿Y en qué reloj, por favor?

Coppenole, con su actitud tranquila y rústica, pidió al rey que se aproximara a la ventana.

-Escuchad, señor. Aquí tenéis un torreón, una atalaya, cañones, burgueses y soldados. Cuando suene la alarma en la atalaya y truenen los cañones; cuando el torreón se derrumbe con estrépito, cuando burgueses y soldados griten y se maten entre ellos, entonces habrá sonado la hora.

El rostro de Luis XI se tornó sombrío y soñador. Se quedó un momento en silencio y luego dio unos golpes suaves con la mano en la espesa muralla del torreón, como cuando se acaricia la grupa de un corcel.

-¡A que no! ¡A que tú no vas a derrumbarte tan fácilmente, mi buena Bastilla!

Y luego, dirigiéndose, en un gesto brusco, hacia el flamenco.

-¿Habéis presenciado alguna vez una revuelta, maese Jacques?

-La he hecho -respondió el calcetero.

-¿Cómo os las arregláis para hacer una revuelta? -preguntó el rey.

-¡Oh! -respondió Coppenole- no hay nada más fácil. Hay mil maneras. Primero tiene que haber descontento en la ciudad. La cosa no es rara. Luego está el carácter de sus habitantes; los de Gante son propicios a la revuelta. Quieren siempre al hijo del príncipe, pero jamás al príncipe. Y en fin, una mañana, imagino, se presentan en mi tienda y me dicen: «Tío Coppenole, pasa esto o pasa aquello. La señorita de Flandes quiere salvar a sus ministros, el gran bailío dobla el precio de los granos» o cualquier otra cosa; lo que sea. Entonces yo, voy y dejo el trabajo, salgo de mi calcetería y empiezo a gritar en la calle: «¡A saco!»

Siempre se encuentra en cualquier parte algún barril desfondado; me subo a él y empiezo a decir muy alto las primeras palabras que me vengan a la boca, lo que más me preocupe. Empieza a agolparse gente, se levanta la voz, se empieza a gritar, tocan a rebato, se arma a los villanos con las armas que se quitan a los soldados; se arrima la gente del mercado y ¡ya está!, y siempre será igual mientras haya señores en los señoríos, burgueses en los burgos y aldeanos en las aldeas.

-¿Y contra quién os rebeláis de tal suerte? -preguntó el rey-. :Contra vuestros bailíos? ¿Contra vuestros señores?

-Sí. A veces. Pero eso depende. A veces también contra el duque.

Luis XI fue a sentarse de nuevo y añadió con una sonrisa.

-¡Ah! Aquí, por el momento sólo es contra los bailíos.

En ese instante volvió Olivier le Daim; le seguían dos pajes que llevaban el aseo del rey; pero lo que más llamó la atención de Luis XI fue que venía además acompañado del preboste de París y del caballero de la ronda, personajes ambos que parecían consternados. El rencoroso barbero también daba esa impresión, aunque al mismo tiempo parecía contento. Él tomó la palabra para decir:

-Señor, pido perdón a vuestra majestad por la calamitosa noticia que os traigo.

El rey se volvió tan vivamente que las patas de su silla desgarraron la estera del suelo.

-¿Qué es ello?

-Majestad -prosiguió Olivier le Daim con la expresión malvada del hombre que se alegra de poder comunicar algo violento-. Esta sedición popular no va dirigida contra el bailío.

-¿Contra quién va entonces?

-Contra vos, majestad.

El viejo rey se puso de pie, erguido como un joven.

-¡Explícate, Olivier! ¡Explícate! ¡Y piensa bien lo que dices, porque lo juro, por la cruz de Saint-L6, que si estás mintiendo, la espada que cortó el cuello del señor de Luxemburgo no está aún lo bastante mellada para que no pueda segar también el tuyo!

Aquel juramento produjo un efecto formidable. Luis XI no había jurado más que dos veces en toda su vida por la cruz de Saint-Lô.

Olivier acababa de abrir la boca para responder.

-Majestad...

-¡Ponte de rodillas! -le interrumpió violentamente el rey-. ¡Tristan, vigila a este hombre!

Olivier se puso de rodillas y dijo fríamente.

-Señor, la corte del parlamento condenó a muerte a una bruja y ha buscado asilo en Nuestra Señora. El pueblo quiere rescatarla de viva fuerza. El señor preboste y el señor caballero de la ronda, que vienen del motín, pueden desmentirme si no digo verdad. El pueblo ha puesto sitio a Nuestra Señora.

-¡No faltaba más! -dijo el rey en voz baja, pálido y temblando de cólera-. ¡Nuestra Señora! ¡Asaltan a Nuestra Señora en su catedral, a mi buena dueña! ¡Levántate Olivier! Tienes razón. Te concedo el cargo de Simón Radin. Tienes razón ya que es a mí a quien atacan pues si la bruja está bajo la salvaguardia de la iglesia, la iglesia está bajo mi protección. ¡Y yo que pensaba que estaban atacando al bailío! ¡Van contra mí!

Rejuvenecido por el furor empezó a andar a grandes pasos por la habitación. Ya no se reía; estaba enfurecido a iba y venía nervioso. El zorro se había convertido en hiena y su sofoco le impedía hablar; sus labios se movían de rabia y sus puños descarnados se crispaban. De pronto levantó la cabeza, sus ojos hundidos parecían llenos de luz y su voz resonó como un clarín.

-¡Mano dura, Tristan! ¡Mano dura a esos villanos! ¡Anda, Tristan amigo mío! ¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!

Pasada aquella erupción, volvió a sentarse y dijo con rabia fría y concentrada.

-¡Ven aquí, Tristan! Aquí cerca, en esta misma Bastilla, tenemos las cincuenta lanzas del vizconde de Gil, que supone trescientos caballos. Disponed de ellos. Está además la compañía de los arqueros de nuestra ordenanza de M. de Cháteaupers, disponed de ella. Tomad también a las gentes del prebostazo, de los mariscales del que vos sois el preboste. En el H6tel Saint-Paul encontraréis cuarenta arqueros de la nueva guardia del señor Delfin, tomadla también y con todo ello id pronto a Nuestra Señora. ¡Ay, señores villanos de París que os lanzáis así en contra de la corona de Francia, de la santidad de Nuestra Señora y de la paz de esta república! ¡Extermina, Tristan, extermina! Que no quede nadie sino es para ir a Montfaucon.

-Está bien, majestad -dijo Tristan haciendo una reverencia.

Y luego añadió tras un silencio.

-¿Y qué hago con la bruja?

La preguntá obligó al rey a reflexionar.

-¡Ah! La bruja. Señor de Estouteville, ¿qué pretendía hacer el pueblo con ella?

-Señor -respondió el preboste de París-, imagino que, puesto que el pueblo quiere sacarla de su asilo de Nuestra Señora, es que debe sentirse molesto por esa impunidad y quiere colgarla.

El rey pareció reflexionar profundamente y después, dirigiéndose a Tristan l'Hermite.

-Muy bien, compadre. Extermina al pueblo y cuelga a la bruja.

-Eso es -dijo Rym muy bajo a Coppenole-. Castigar al pueblo por querer algo y hacer él luego lo que quiere.

-Muy bien, majestad -respondió Tristan-. Pero si la bruja se encuentra aún en Nuestra Señora, ¿se la puede prender a pesar del asilo?

-¡Vive Dios! ¡El asilo! -dijo el rey rascándose la oreja-, pero de todas formas hay que colgar a esa mujer.

Entonces, como asaltado por una idea súbita, se echó de rodillas delante de la silla, se quitó el sombrero, que dejó en la silla y mirando con devoción una de las figurillas que le adornaban:

-¡Oh! -dijo con las manos juntas-, perdonadme, Nuestra Señora de París, mi graciosa patrona. Sólo lo haré esta vez. Pero hay que castigar a esa criminal. Os aseguro, santísima Virgen, dueña mía, que es una bruja indigna de vuestra bondadosa protección. Vos conocéis, señora, que muchos príncipes y muy piadosos todos, han sobrepasado este privilegio de las iglesias, a la mayor gloria de Dios y por necesidades de estado. San Hugo, obispo de Inglaterra, permitió al rey Eduardo que prendiera a un hechicero en su iglesia. San Luis de Francia, mi señor, transgredió por la misma razón la iglesia del señor San Pablo. Y monseñor Alfonso, hijo del rey de Jerusalén, también transgredió la mismísima iglesia del Santo Sepulcro.

Perdonadme por esta vez, Nuestra Señora de París. No volveré a hacerlo y en cambio os donaré una bella estatua de plata, igual a la que el año pasado ofrecí a Nuestra Señora d'Ecouys. Que así sea. Se santiguó, se levantó, volvió a peinarse y dijo a Tristan.

-Daos prisa, compadre. Llevad al señor de Châteaupers con vos y tocad a rebato y aplastad al populacho. Colgaréis también a la bruja. Ya lo he dicho. Creo además que la ejecución debe ser realizada por vos. Tendréis que darme cuenta de ello. Vamos a ver, Olivier, aféitame, que esta noche no voy a acostarme.

Tristan l'Hermite hizo una inclinación y salió. El rey, con un gesto, despidió a Rym y Coppenole, al tiempo que les decía:

-Que Dios os guarde, mis buenos amigos flamencos. Id a descansar un poco. La noche avanza y ya estamos casi más cerca del amanecer que otra cosa.

Los dos se retiraron y al llegar a sus residencias, con escolta del capitán de la Bastilla, Coppenole dijo a Guillaume Rym.

-Bueno; ¡estoy harto de un rey que tose como él! Yo he visto borracho a Carlos de Borgoña y no era tan malo como Luis Xl enfermo.

-Maese Jacques -respondió Rym-, ocurre que para los reyes el vino es menos cruel que la tisana.