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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 4. Un torpe amigo
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Aquella noche Quasimodo no dormía. Acababa justo de hacer la última ronda por la iglesia y no se había fijado siquiera que, en el momento en que estaba cerrando las puertas, el archidiácono había pasado cerca de él y había mostrado un cierto malhumor al verle echar cuidadosamente los cerrojos de la enorme armadura de hierro que daba a las dos anchas hojas de la puerta la solidez de una muralla. Dom Claude mostraba además un aspecto más preocupado que de costumbre. Por otra parte, maltrataba constantemente a Quasimodo desde aquella aventura nocturna en la celda de la Esmeralda. Pero por más rudo que fuera su trato, y aunque incluso alguna vez le pegara, nada era capaz de quebrantar la sumisión, la paciencia y la entrega del fiel campanero. Soportaba todo lo que viniese del archidiácono sin un reproche y sin ninguna queja. Ya fueran injurias, amenazas a incluso golpes. Todo lo más le seguía con su mirada inquieta cuando dom Claude subía por la escalera hacia la torre, aunque, desde aquella ocasión, el archidiácono no había vuelto voluntariamente a presentarse ante los ojos de la egipcia.

Sin embargo, aquella noche, después de haber echado una última mirada a sus pobres campanas, tan descuidadas ahora, a Jacqueline, a Marie y a Thibauld, había subido hasta lo más alto de la torre septentrional y allí, dejando en ei tejado su linterna sorda, bien cerrada, se había quedado contemplando París. La noche, como ya hemos dicho, era muy oscura y París que, por decirlo así, no estaba iluminado en aquella época, presentaba a la vista un confuso montón de masas negras, cortado aquí y allá, por la curva blancuzca del Sena.

Quasimodo sólo veía luz en la ventana de un edificio lejano cuyo perfil vago y sombrío se perfilaba muy por encima de los tejados, hacia la Porte de Saint-Antoine. También allí había alguien en vela.

Dejando flotar por aquel horizonte de brumas su mirada cínica, el campanero presentía muy dentro de sí una vaga preo,.cupación. Hacía ya varios días que se sentía inquieto y vigilante. Veía rondar continuamente en torno a la catedral a hombres de aspecto siniestro que vigilaban a la joven y pensaba que se estaba tramando algún complot contra la desventurada refugiada. Se imaginaba que existía un odio popular hacia ella igual que existía ese odio hacia él y tenía la impresión de que muy pronto podría ocurrir algo imprevisto. Por eso permanecía en el campanario, al acecho, roñando en .rur ensueñor como dice Rabelais, con el ojo tan pronto en la celda como en París, montando la guardia, como un buen perro, con el corazón lleno de temor y desconfianza.

De pronto, mientras escrutaba la gran ciudad con aquel único ojo que la naturaleza, por una especie de compensación, le había hecho tan penetrante que casi bastaba para reemplazar a los demás órganos de los que carecía Quasimodo, le pareció que la silueta del muelle de la Vieille-Pelleterie tenía algo especial, que había un cierto movimiento en aquel punto que la línea del pretil que se destacaba en negro sobre el reflejo blanco del agua, no estaba igual que la de los otros malecones, sino que se ondulaba ante la vista, como las olas de un río o como las cabezas de una muchedumbre en marcha.

Aquello le pareció raro y miró con más atención. Aquel movimiento parecía dirigirse hacia la Cité, pero no se veía ninguna luz. Se mantuvo durante algún tiempo en el malecón y luego iba fluyendo poco a poco, como dirigiéndose hacia el interior de la isla, hasta que de pronto cesó y el aspecto del malecón volvió a verse recto a inmóvil como siempre.

En el momento en que Quasimodo se hacía sobre ello un montón de conjeturas, creyó distinguir que el movimiento aquel reaparecía otra vez por la calle del Parvis y que se prolongaba por la Cité, perpendicularmente a la fachada de Nuestra Señora. Aunque la oscuridad era intensa, logró distinguir por fin, cómo una cabeza de columna desembocaba por esa calle y cómo un enorme gentío se extendía en un momento por la plaza. En medio de aquella oscuridad sólo fue capaz de distinguir que se trataba de un enorme gentío.

Aquel espectáculo producía miedo por sí mismo; y es que el silencio de aquella procesión tan especial, tan interesada en ocultarse en las sombras oscuras de la noche, no era menos profundo que la propia oscuridad. Sin embargo algún ruido tenía que originar, aunque sólo fuera el producido por sus pisadas aunque éste no pudiera llegar a nuestro sordo. Aquella muchedumbre de la que apenas si lograba ver algo y de la que no oía nada andaba y se agitaba sin embargo muy cerca de él y le producía el efecto de un desfile de muertos, mudo a impalpable, perdido entre las sombras.

Le parecía ver que avanzaba hacia él una niebla llena de hombres y que las sombras se movían en la oscuridad.

Entonces renacieron sus temores y por un momento le vino a la mente la idea de una tentativa contra la gitana y sintió confusamente la violencia de aquella situación y fue entonces cuando reflexionó con unos razonamientos más rápidos y mejores de lo que habría cabido esperar de un cerebro tan mal organizado como el suyo.

¿Sería conveniente despertar a la gitana? ¿Ayudarla a huir? ¿Por dónde? Las calles estaban sitiadas y la iglesia pegada al río por la parte posterior. No tenía barca y entonces comprendió que no había escapatoria por ahí. Existía sin embargo una posibilidad: luchar hasta la muerte si fuera preciso, en el pórtico de la catedral; resistir al menos hasta que pudieran venir a ayudarle, si es que alguien podía venir, en vez de turbar el sueño de la Esmeralda, pues siempre sería demasiado pronto el despertar a la pobre desgraciada para morir.

Detenido en esta decisión, se puso a estudiar al enemigo con más calma.

El gentío aumentaba por momentos en la plaza del Parvis. Deducía que no debían hacer apenas ruido puesto que las ventanas de las calles y de la plaza permanecían cerradas. De pronto vio brillar una luz y en un instance se encendieron siete a ocho antorchas que se paseaban por encima de las cabezas agitando sus mechones de fuego. Quasimodo vio entonces claramente cómo se amontonaba en la plaza un terrible rebaño de hombres y mujeres, harapientos, armados con guadañas, picas, hoces, partesanas cuyas mil puntas relucían; por codas partes bieldos negros ponían cuernos a aquellas caras horribles. Se acordó vagamente de aquel populacho y creyó reconocer en aquellas caras a quienes unos meses antes le habían saludado como papa de los locos. Un hombre que llevaba una antorcha en una mano y un látigo en la otra se subió a una piedra del pretil de la plaza y parecía arengar al gentío. Luego vio cómo aquel extraño ejército tomaba posiciones en torno a la iglesia. Quasimodo recogió su linterna y bajó a la plataforma de entre las tomes para poder ver de más cerca y preparar la manera de defenderse.

Clopin Trouillefou se había colocado ante el gran pórtico de Nuestra Señora y había organizado a su tropa para la batalla. Aunque no esperaba ninguna resistencia, quiso, como un general prudence, conservar un orden que le permitiera hacer frente, en caso de necesidad, a un ataque súbito, a la vigilancia o a la guardia de los doscientos veinte arqueros. Así, pues, había escalonado a su brigada de cal manera que, vista desde lo alto y desde lejos, se habría pensado en el triángulo romano de la batalla de Ecnoma, en el hocico de cerdo de Alejandro o en la famosa cuña de Gustavo Adolfo. La base de este triángulo se apoyaba en el fondo de la plaza, de manera que cerraba la calle del Parvis; uno de sus lados miraba al Hôtel-Dieu y el otro a la calle de Saint-Pierre-auxBoeufs. Clopin Trouillefou se había situado en la cúspide con el duque de Egipto, nuestro amigo Jehan y los epilépticos más atrevidos.

No era cosa muy rara en las ciudades de la Edad Media una empresa como la que los truhanes intentaban en aquellos momentos contra Nuestra Señora. Lo que hoy llamamos policía no existía entonces.

En las ciudades populosas, en las capitales sobre todo, no había un poder central, único y regulador. El feudalismo había construido de una manera muy curiosa estas grandes comunas. La ciudad estaba formada por un conjunto de mil señoríos que la dividían en numerosos compartimentos de formas y tamaños diversos.

De ahí las mil policías contradictorias; es decir, la falta de policía. En París, por ejemplo, independientemente de los ciento cuarenta y un señores con pretensiones feudales, había veinticinco que se creían con derechos propios; desde el obispo de París, que tenía ciento cinco calles, hasta el prior de Notre-Dame-desChamps que tenía cuatro. Todos estos justicieros feudales no reconocían más que nominalmente la autoridad soberana del rey. Todos tenían derechos viarios y todos se encontraban en sus propios feudos.

Luis XI fue aquel obrero infatigable que inició y avanzó notablemente en la demolición del edificio feudal, continuado más tarde por Richelieu y Luis XIV, en beneficio de la monarquía, y acabado por Mirabeau en beneficio del pueblo.

Luis XI intentó romper la red de señoríos que cubría París, lanzando contra ellos, violentamente, dos o tres decretos de policía general. Así en 1465, se dio orden a los habitantes de que, una vez llegada la noche, iluminasen con velas sus ventanas y de que cerrasen a sus perros bajo pena de horca; en aquel mismo año ordenó que por las noches fueran cerradas las calles con cadenas de hierro y se prohibió que por la noche se llevasen dagas o cualquier otra arma ofensiva. Pero muy poco después todos estos intentos de legislación general cayeron en desuso y la gente dejó que el viento apagara las velas de sus ventanas y que los perros vagasen por las calles; las cadenas de hierro sólo se utilizaron en épocas de sitio y la prohibición de llevar dagas no acarreó más cambios que el nombre de la calle Coupe-Gueule por el de Coupe-Gorge(15), lo que no deja de ser un progreso evidente. El viejo armazón de las jurisdicciones feudales se mantuvo en pie; era inmenso el amontonamiento de bailiajes y de señoríos que se cruzaban en la ciudad, estorbándose, mezclándose, enredándose unos con otros; era inútil la maraña de rondas, de contrarrondas y de subrondas, a través de las cuales pasaban, a mano armada, el bandidaje, la rapiña y la sedición. Así que dentro del desorden general, no podían considerarse como un acontecimiento inaudito estos asaltos, por una parte del populacho, hacia palacios, residencias o a las casas mismas, en los barrios más poblados. En la mayor pane de los casos, los vecinos no se mezclaban en el asunto, salvo si les afectaba de una manera directa. Se taponaban los oídos ante los disparos, cerraban las contraventanas, atrancaban sus puertas, dejaban que el asunto se arreglase con la guardia o sin la guardia y al día siguiente se comentaba en París: «Esta noche han robado en casa de Étienne Barbette; han asaltado al mariscal de Clermont...a Por eso tenían almenas en los muros a incluso matacanes por encima de las puertas no sólo las mansiones reales, como el Louvre, el Palais, la Bastille, las Tournelles, sino también las residencias señoriales como el Petit-Bourbon, l'Hôtel de Sens, l'Hôtel d'Angoulême, etc. Otros, entre los que no se encontraba la catedral, estaban fortificados. El abad de Saint-Germaindes-Prés estaba almenado como un barón y la abadía había gastado más dinero en bombardas que en campanas. Todavía en 1610 podía contemplarse la fortaleza de la que hoy apenas si queda la iglesia.

15 Podría traducirse por un cambio de Corta-caras a Corta-cuellos.

Pero volvamos a Nuestra Señora.

Una vez tomadas las primeras disposiciones, y hay que decir en honor a la disciplina de los truhanes que las órdenes de Cfopin fueron ejecutadas en silencio y con una precisión admirable, el digno jefe de la banda se subió al pretil de la plaza y elevó su voz ronca y áspera, mirando hacia la catedral y enarbolando su antorcha cuyas llamas agitadas por el viento y veladas por su propia. humareda, hacían aparecer y desaparecer a la vista la rojiza fachada de la iglesia.

-A ti, Louis de Beaumont, obispo de París, consejero en la corte del parlamento, yo Clopin Trouillefou, rey de Thunes, gran Coésre, príncipe de la germanía, obispo de los locos, te digo: Nuestra hermana, falazmente condenada por magia, se ha refugiado en tu iglesia y en consecuencia le debes asilo y protección. Sin embargo la corte del parlamento quiere prenderla y tú has consentido en ello, tanto que rnañana mismo la colgarían en la Grève, si Dios y los truhanes no estuvieran aquí; por eso venimos a ti, obispo. Si tu iglesia es sagrada, también lo es nuestra hermana. Y si nuestra hermana no es sagrada, tampoco lo es tu iglesia. Por esto te conminamos a que nos la entregues si quieres salvar tu iglesia; o nos la devuelves o asaltamos tu iglesia y estará bien hecho. En testimonio de lo cual, planto aquí mi bandera y ¡que Dios te guarde, obispo de París!

Desgraciadamente Quasimodo no pudo oír aquellas palabras, pronunciadas con un afire de majestad sombría y salvaje. Uno de los truhanes presentó su bandera a Clopin, que solemnemente la plantó entre dos adoquines. Era una horcade cuyas púas colgaba, sanguinolento, un trozo de carne podrida.

Hecho esto, el rey de Thunes se volvió y paseó su mitada sobre su ejército, formado por una feroz multitud de hombres entre los que las miradas brillaban tanto como las picas.

Después de una breve pausa:

-¡Adelante hermanos! ¡Al trabajo cerrajeros!

Treinta hombres fornidos, de musculatura robusca y cara de ce- rrajeros, salieron de las filas con martillos, tenazas y barras de hierro al hombro. Se dirigieron hacia la puerta principal de la catedral, subieron los escalones y pronto se les vio a todos bajo la ojiva, forzando la puerta con tenazas y palancas.

Un montón de truhanes los seguía para ayudarlos o simplemente para mirarlos; entre todos abatrotaron las once gradas del pórtico. Pero la puerta aguantaba.

-¡Demonios! ¡Qué dura y qué tescaruda! -decía uno.

-¡Es vieja y tiene los cartílagos endurecidos! -decía otro.

-¡Ánimo, camaradas! -insistía Clopin-. Me apuesco la cabeza contra una zapacilla, a que habéis abierto la puerta, recuperado a la muchacha y desvalijado el altar mayor antes de que se haya despertado un solo perdiguero. ¡Fijaos!, parece que la cerradura escá a punco de saltar.

Un estrépito horrible que resonó en aquel momento decrás deél incerrumpió las palabras de Clopin. Se dio la vuelta y vio cómo una enorme viga acababa de caet del cielo aplastando a una docena de truhanes sobre la escalinata misma de la iglesia; después había rebocado sobre el empedrado con el escruendo de un cañonazo, destrozando aquí y allá las piernas de unos cuancos cruhanes que se apartaban con gritos de terror. En un abrir y cerrar de ojos el recinto reservado de la plaza quedó vacfo. Los cerrajeros, aunque procegidos por las profundas bdvedas del pórtico, abandonwton la puerta y hasta el mismo Clopin se reciró a una discancia respetuosa de la iglesia.

-¡De buena me he librado! -exclamó Jehan-. ¡Oí el silbido de la viga! ¡Pero Pierre L'Asommeur ha quedado aplascado!

No es posible describir la sorpresa y el pánico que la caída de aquella viga provocó en los asaltantes.

Durante algunos minutos se quedaron con la vista fija en el afire, más temerosos por la caída de aquellos maderos que por veinte mil arqueros del rey.

-¡Por Satanás! -mascullo el duque de Egipto-; ¡esto huelea magia!

-Es la luna la que nos ha cirado ese tronco -dijo Andry le Rouge.

-Y eso que dicen que la lung es amiga de la Virgen -exclamó François Chanceprune.

-¡Por mil papas! -gritaba Clopin-. ¡Sois todos unos imbéciles! -pero campoco él sabía cómo explicar la caída del madero.

Sin embargo, no podían discinguír nada en la fachada, a cuya parte superior no llegaba la daridad de las antorchas.

El pesado madero escaba allí en medio y se oían los gemidos de algunos desgraciados que habían recibido el primer impacto y que estaban partidos en dos al haberles pillado contra el ángulo- de los escalones de piedra.

Pasados los primeros momentos de asombro, el rey de Thunes encontró por fin una explicación que pareció plausible a sus compañeros.

-¡Maldita sea! ¿Será que los canónigos se defienden? Entonces, ¡a saco!, ¡a saco!

-¡A saco! -repitió la muchadumbre con un hurra furioso, al tiempo que lanzaban una primera descarga de flechas y de arcabuces contra la fachada de la catedral.

Ante esta detonación, los cranquilos habicances de las casas circundantes se despercaron y se vieron abrir unas cuantas ventanas y aparecer en ellas genre con gorros de noche y velas en las manos.

-¡Tirad contra las ventanas! -gricó Clopin y éstas volvieron a cerrarse inmediatamente dejando a los curiosos, que apenas si habían tenido tiempo de echar una ojeada asuscada a aquel escenario de lutes y tumulco, sudando de miedo y volviéndose junto a sus mujeres. Se preguntaban si no se estaría celebrando un aquelarre en la plaza de la catedral o si se tratatía de un nuevo rialto de los borgoñones, como en el 64.

Entonces los maridos empezaban a pensar en los pillajes, las mujeres en las violaciones y todos se echaban a cemblar.

-¡A saco! -repecían los truhanes; pero no se atrevían a aproximarse. Miraban a la iglesia y al madero y éste no se movía; la iglesia conservaba su aspecto tranquilo y desierto pero había algo que helaba de terror a los truhanes.

-¡Vosotros, cerrajeros, manos a la obra! -gritó Trouillefou- Hay que forzar la puerta -pero nadie dio un paso.

-¡Por todos los demonios! ¡Pero es que tenéis miedo de una viga!

Un viejo cerrajero se dirigió a él.

-Capitán, no es la viga la que nos asusta; es la puerta que está toda cosida con barras de hierro y las tenazas no sirven de nada.

-¿Qué necesitaríais, pues, para derribarla? -les preguntó Clopin.

-¡Ah! Se necesitaría un ariete.

El rey de Thunes se acercó valientemente hacia el enorme madero y puso el pie encima.

-Aquí tenéis uno -les dijo-; os lo han enviado los canónigos -y saludando burlonamente hacia la iglesia dijo-: ¡Gracias canónigos!

La bravata produjo su efecto; el embrujo del madero se había roto y los truhanes recobraron su valor.

Pronto la pesada viga, levantada como una pluma por doscientos brazos vigorosos, vino a lanzarse con furia contra la gran puerta que ya antes habían intentado derribar. Viéndolo así, con la semiclaridad que las escasas antorchas esparcían por la plaza, aquel largo madero empujado por aquella multitud de hombres, que le precipitaban corriendo contra la iglesia, se habría creído ver a un monstruoso animal de mil patas embistiendo, con la cabeza baja, al gigante de piedra.

Al choque de la viga, la puera semimetálica resonó como un inmenso tambor; no se rompió, pero la catedral entera se estremeció y se oyeron retumbar las cavidades profundas del edificio. En aquel instante, una lluvia de peñascos comenzó a caer de lo alto de la fachada sobre los asaltantes.

-¡Demonios! -exclamó Jehan- ¿Será que las torres nos lanzan sus balaustradas a la cabeza?

Pero ya el impulso se había dado y el rey de Thunes predicaba con el ejemplo: decididamente era el obispo que intentaba defenderse. Entonces se empezó a atacar la puerta con más rabia, a pesar de las enormes piedras que, cayendo de lo alto de las torres, rompían cabezas a diestro y siniestro.

Lo más destacable era que aquellas piedras caían de una en una pero muy seguidas. Los truhanes sin embargo notaban siempre dos al mismo tiempo; una en su piernas y otra en la cabeza. Quedaban muy pocos sin recibir ningún golpe y un montón de heridos y muertos, envueltos en sangre, se removía bajo los pies de los asaltantes que, cada vez más excitados y furiosos, redoblaban sus ímpetus. La larga viga continuaba golpeando la puerta a intervalos regulares, como el badajo de una campana, la lluvia de piedras no cesaba y la puerta seguía gimiendo.

El lector habrá podido adivinar fácilmente que aquella resistencia inesperada que tanto exasperaba a los truhanes venía de Quasimodo.

Por desgracia, la casualidad estaba ayudando al valiente sordo.

Cuando bajó a la plataforma situada entre las torres, sus ideas eran muy confusas. Había corrido durante algunos minutos por la galería, yendo y viniendo como un loco, viendo desde arriba la masa compacta de los truhanes, dispuestos a asaltar la iglesia y pidiendo, a Dios o al diablo, que salvase a la gitana.

Había tenido la idea de subir al campanario meridional y tocar a rebato. Pero antes de llegar a poner la campana en movimiento, antes de que la enorme voz de Marie hubiera tenido tiempo de lanzar un solo clamor, ¿no lo habrían tenido los truhanes, más que sobrado, para derribar diez veces la puerta de la iglesia? Coincidía justo con el momento en que los cerrajeros avanzaban hacia ella con todas sus herramientas. ¿Qué hacer entonces?

De pronto se acordó de que algunos albañiles habían estado todo el día reparando el muro, el armazón y el tejado de la torre meridicional. Aquello fue como un rayo de luz: el muro era de piedra, la techumbre de plomo y la armazón de madera. Se trataba de aquella armazón prodigiosa, tan tupida, que la llamaban el bosque.

Quasimodo corrió hacia aquella torre. Los espacios inferiores estaban efectivamente llenos de materiales. Había montones de piedra, láminas de plomo enrolladas, haces de listones, sólidas vigas aserradas ya y montones de cascote. Todo un arsenal.

La situación era apremiante, pues las tenazas y los martillos estaban trabajando abajo, en la puerta.

Entonces, con una fuerza, que el sentimiento del peligro hacía aumentar, levantó una de las vigas, la más larga y pesada, la sacó por una claraboya y luego, cogiéndola por la parte exterior de la torre, la fue deslizando por el ángulo de la balaustrada que rodea la plataforma y la arrojó al vacío. La enorme viga, en aquella caída de ciento sesenta pies, arañando la fachada y arrancando esculturas, dio varias vueltas sobre sí misma, como el aspa de un molino que fuese volando por los aires. Cuando llegó al suelo, se alzó aquel horrible grito y la negra viga, rebotando en el suelo parecía una serpiente que saltara.

Quasimodo vio cómo los truhanes se dispersaban a la caída del madero, como se esparce la ceniza cuando un niño sopla encima.

Supo aprovechar su espanto y mientras ellos se quedaron mirando supersticiosamente el madero, caído del cielo, y dejaban tuertos a los santos de piedra del pórtico con una descarga de saetas y perdigones, Quasimodo iba amontonando en silencio cascotes, piedras y morrillos a incluso hasta los sacos de herramientas de los albañiles, en los bordes de la balaustrada por donde ya había lanzado la viga.

Por eso, en cuanto se dispusieron a embestir la gran puerta, la granizada de piedras comenzó a caer y les pareció que la iglesia se demolía a sí misma sobre sus cabezas.

Si alguien hubiera visto a Quasimodo en aquellos momentos se habría asustado. Independientemente de los proyectiles que había amontonado junto a la balaustrada, había apilado también un montón de piedras en la misma plataforma, y cuando se le acabaron los morrillos del borde anterior, cogía del otro montón. Así que se agachaba, se levantaba, se volvía a agachar y a levantar, con una actividad increíble. Su enorme cabeza de gnomo se asomaba por la balaustrada y caía al vacío una enorme piedra y luego otra y otra más. De vez en cuando, seguía con la vista la caída de un buen pedrusco y cuando daba en el blanco decía:

-¡¡Hun!!

Pero los truhanes no desmayaban y ya la gruesa puerta, con más de veinte embestidas, había temblado ante el ímpetu del ariete, multiplicado por la fuerza de cien hombres. Los paneles se cuarteaban; los cincelados saltaban hechos astillas, los goznes se levantaban sobre sus machos a cada embestida, los tablones crujían y las maderas se deshacían entre las nervaduras de hierro. Por suerte para Quasimodo, había más hierro que madera.

Pero él se daba cuenta de que aquella enorme puerta estaba cediendo y, aunque no lo oía, cada golpe repercutía a la vez en las cavernas de la iglesia y en sus entrañas. Desde arriba veía cómo los truhanes, triunfantes y llenos de rabia, levantaban sus puños a la tenebrosa fachada; entonces echaba de menos, para la gitana y para él mismo, las alas de los búhos que huían en bandadas por encima de su cabeza. Aquella lluvia de pedruscos no era bastante para rechazar a los asaltantes.

En aquellos momentos de angustia, observó, un poco más abajo de la balaustrada, desde donde él seguía aplastando a los truhanes, que había dos largas gárgolas de piedra situadas exactamente por encima de la puerta. El orificio interno de las gárgolas daba sobre el pavimento de la plataforma y entonces tuvo una idea: corrió a buscar un haz de leña a su cuartucho de campanero, colocó sobre la leña muchas latas y rollos de plomo y municiones aún sin usar y, bien dispuesta la hoguera en el agujero de las dos gárgolas, la prendió fuego con su farol.

Mientras tanto, y como ya no caían piedras, los truhanes habían dejado de mirar a lo alto. Los bandidos, jadeantes cual una jauría que acosa al jabalí en su cubil, se apresuraban tumultuosamente en torno al gran portón, muy desvencijado ya por el ariete, pero todavía de pie; esperaban con gran agitación el golpe definitivo que lo abatiera por completo. Se apelotonaban para estar lo más cerca posible, para lanzarse los primeros, cuando se abriese, en aquella opulenta catedral, receptácvlo inmenso en donde, durante tres siglos, se habían concentrado enormes riquezas. Se recordaban unos a otros, con rugidos de placer y de avaricia, las hermosas cruces de plata, las bellas capas de brocado, las suntuosas túnicas de plata dorada, las magnificencias del coro, el esplendor solemne de las grandes fiestas, las Navidades deslumbrantes de cirios, las Pascuas henchidas de sol; en fin, toda la magnificencia de aquellas solemnidades esplendorosas, en donde las custodias, candelabros, cálices, tabernáculos y relicarios recubrían los altares con una capa de oro y de diamantes. Es cierto que en aquel momento los leprosos y los tullidos pensaban mucho menos en la liberación de la gitana que en el saqueo de Nuestra Señora. Podríamos pensar, sin temor a error, que, para muchos de ellos, la Esmeralda no era más que un pretexto, si es que los ladrones tuvieran necesidad de pretextos.

De pronto, cuando se habían agrupado en torno al ariete para asestar un golpe definitivo, conteniendo todos la respiración y tensando sus músculos para aplicar tbda su fuerza a la embestida, un alarido, más espantoso aún que el que estallara cuando la caída del madero, se alzó entre ellos. Los que no gritaban, los que aún estaban vivos, se quedaron atónitos mirando. Dos chorros de plomo fundido caían de lo alto del edificio sobre lo más denso de aquella multitud. Aquella marea de hombres acababa de derrumbarse bajo el chorro del metal fundido, que había hecho, en los dos puntos en donde caía, dos agujeros negros y humeantes entre la multitud como lo haría el agua caliente cayendo sobre la nieve.

Se veía allí revolcarse a gentes moribundas, medio calcinadas, que aullaban de dolor. Además de los dos chorros principales caían también gotas que se esparcían sobre los asaltantes y penetraban en las cabezas como barrenas de fuego. Era un fuego pesado que acribillaba a aquellos miserables como una hirviente granizada.

Los gritos eran desgarradores. Todos huían ciegamente tanto los más valientes como los más asustadizos, dejando caer el pesado madero encima de los cadáveres, y la plaza del Parvis quedó vacía por segunda vez.

Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la catedral y era algo extraordinario lo que estaban viendo: en la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que subía entre los campanarios con turbillones de chispas, una gran llamá revuelta y furiosa, de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda.

Por debajo de aquella llama, por debajo de la oscura balaustrada de tréboles al rojo, dos gárgolas con caras de monstruos vomitaban sin cesar una lluvia ardiente que se destacaba contra la oscuridad de la fachada inferior. A medida que aquellos dos chorros líquidos se aproximaban al suelo, se iban esparciendo en haces, como el agua que sale por los mil agujeros de una regadera.

Por encima de la llama, las enormes torres, de las que en cada una se destacaban dos caras, una toda negra y otra totalmente roja, parecían aún más altas por la enorme sombra que proyectaban hacia el cielo.

Sus innumerables esculturas de diablos y de dragones adquirían un aspecto lúgubre y daba la impresión de que la inquieta claridad de la llama les insuflara movimiento. Había sierpes que parecían reír, gárgolas que podría creerse que aullaban, salamandras que resoplaban en las llamas, tarascas que estornudaban por el humo; y entre todos aquellos monstruos, despertados así de su sueño de piedra por aquella llama y por aquel clamor, había uno que andaba y al que, de vez en cuando, se le veía pasar por el frente de la hoguera como un murciélago ante una luz. Seguramente aquel extraño faro iba a despertar, a lo lejos, al leñador de las colinas de Bicetre, temeroso al ver temblar sobre sus brezos la sombra gigantesca de las torres de Nuestra Señora.

Un silencio de terror se extendió entre los truhanes durante el coal sólo se oyeron los gritos de alarma de los canónigos, encerrados en su claustro, inquietos como caballos en una cuadra que arde; se oía también el ruido furtivo de ventanas que se abrían y cerraban rápidamente, el barullo interior de las casas y del Hetel- Dieu, el viento entre las llamas, los últimos estertores de los moribundos y el continuo chisporroteo de la lluvia de plomo contra el suelo.

Los principales truhanes se habían retirado bajo el porche de la mansión de Gondelaurier para tomar decisiones. El duque de Egipto, sentado en una de las piedras esquineras del porche, contemplaba con temor religioso la fantasmagórica hoguera que relucía a más de sesenta metros en el aire. Clopin Trouillefou se mordía los puños con rabia.

-Es imposible entrar -murmuraba entre dientes.

-¡Es una vieja iglesia encantada! -mascullaba el viejo bohemio Mathias Hungadi Spicali.

-¡Por los bigotes del papa! -añadía un socarrón canoso que había estado en el ejército-. Estas gárgolas de iglesia escupen plomo derretido mejor que los matacanes de Lectoure.

-¿Veis ese demonio que va y viene por delante del fuego? -decía el duque de Egipto.

-¡Pardiez! -dijo Clopin-. Es el maldito campanero, es Quasimodo.

El gitano asintió con la cabeza.

-Os digo que es el alma de Sabnac, el gran marqués, el demonio de las fortificaciones. Toma la forma de un soldado armado con cabeza de león y a veces monta en un horrible caballo. Convierte a los hombres en piedras y hace las torres con ellas. Manda a más de cincuenta legiones. Seguro que es él. Le reconozco.

A veces se viste con una túnica dorada a la manera de un turco.

-¿Dónde está Bellevigne de l'Etoile -preguntó Clopin.

-Ha muerto -respondió una truhana.

Audry le Rouge sonreía con una risa estúpida.

-Nuestra Señora está dando trabajo al Hôtel-Dieu (16). -decía.

16. Hotel-Dieu es el equivalente de hospital. El hospital principal de una ciudad.

-¿Pero no va a haber manera de derribar la puerta? -exclamó el rey de Thunes dando una patada.

El duque de Egipto le mostraba tristemente los arroyos de plomo hirviendo que no cesaban de rayar la negra fachada como dos largos husos de fósforo.

-Se han visto iglesias que se defendían así ellas solas -comentó suspirando-. Santa Sofía de Constantinopla, hace ya de esto cuarenta años, echó al suelo en tres ocasiones seguidas a la media luna de Mahoma, sacudiendo sus cúpulas, que son sus cabezas. Guillaume de París, que construyó ésta, era un mago.

-¿Habrá que retirarse entonces vergonzosamente como unos vulgares cobardes? -dijo Clopin- y ¿dejaremos ahí a nuestra hermana para que esos lobos encapuchados la cuelguen mañana?

-¿Y la sacristía en donde hay oro a espuertas? -añadió un truhán del que lamentamos desconocer el nombre.

-¡Por las barbas de Mahoma! -gritó Trouillefou.

-¡Hay que intentarlo una vez más! -insistió el truhán.

Mathias Hungadi asintió con la cabeza.

-Pero no entraremos por la puerta. Hay que encontrar el defecto de la armadura a la vieja bruja: un agujero, una falsa poterna, cualquier juntura.

-¡Qué dices! ¡Vuelvo ahora mismo! -dijo Clopin-. Por cierto, ¿dónde estará el estudiante ése, Jehan, que se puso tan pertrechado?

-Estará muerto seguramente porque no se le oye reír -dijo alguien.

El rey de Thunes frunció el entrecejo.

-¡Cuánto lo siento! Había un corazón valeroso bajo aquella chatarra. ¿Y maese Pierre Gringoire?

-Capitán Clopin -dijo Andry el Rojo-, se largó antes de que llegáramos al Pont-aux-Changeurs.

Clopin golpeó el suelo con el pie.

-¡Maldita sea! Es él quien nos mete en el jaleo y luego nos deja plantados en medio. ¡Cobarde charlatán!

-¡Capitán Clopin! -gritó Andry el Rojo, que estaba mirando hacia la calle del Parvis-. Ahí viene el estudiante.

-¡Alabado sea Plutón! -dijo Clopin-, pero ¿qué diablos trae arrastando?

En efecto, era Jehan, que corría tanto como se lo permitían su pesada vestimenta de paladín y una larga escalera que iba arrastrando por el suelo, más sofocado que una hormiga transportando una hoja de hierba veinte veces más larga que ella.

-¡Victoria! ; Te Deom! -gritaba el estudiante-. Ésta es la escalera de los descargadores del puerto Saint Landry.

Clopin se aproximó a él.

-Pero muchacho, ¿qué diablos quieres hacer con esa escalera?

-Ya la tengo -respondió Jehan sofocado-. Sabía que la guardaban en el cobertizo de la casa del teniente.

Allí hay una moza que me conoce y que me encuentra hermoso como un Cupido. Me las he arreglado para que me dé la escalera. La moza ha venido a abrirme en camisón.

-Bueno, pero, ¿qué pretendes hacer con la escalera? -le insistió Clopin.

Jehan le miró con aire de complicidad a hizo sonar sus dedos como castañuelas. Estaba sublime en aquel momento. Tenía en la cabeza uno de esos cascos recargados del siglo xv que asustaban al enemigo con sus cimeras quiméricas. Su cimera iba erizada con diez puntas de hierro, de manera que Jehan hubiera podido disputar el temible epíteto de __________ al navío homérico de Néstor.

-¿Que qué pretendo hacer con ella augusto rey de Thunes? ¿Veis esa fila de estatuas con cara de idiotas, ahí arriba, encima de los pórticos?

-Sí, ¿y qué?

-Es la galería de los reyes de Francia.

-Y ¿qué más me da? -le respondió Clopin.

-¡Esperad! Hay una puerta, al final de esa galería, que sólo está cerrada con pestillo; con esta escalera subo y estoy en la iglesia.

-Muchacho, déjame subir el primero.

-Nada de eso, camarada; la escalera es mía. Vos seréis el segundo.

-¡Que Belcebú lo lleve! -le dijo Clopin malhumorado-. No quiero ir detrás de nadie.

-En ese caso, Clopin, búscate una escalera.

-Y Jehan echó a correr por la plaza arrastrando su escalera a la vez que gritaba:

-¡Seguidme, muchachos!

En un momento apoyaron la escalera en la balaustrada de la galería inferior, por encima de los pórticos laterales. Todo un grupo de truhanas con gran alboroto se arremolinó junto a ella para subir, pero Jehan mantuvo su derecho y fue el primero que puso los pies en los banzos. El trayecto era bastante largo. La galería de los reyes de Francia está hoy elevada unos veinte metros por encima del suelo. Las once gradas de la escalinata la elevaban aún más. Jehan subía lentamente, estorbado por su pesada armadura; con una mano se cogía a los banzos de la escalera y con la otra sostenía la ballesta. Cuando iba por la mitad echó una ojeada, apenada, a los pobres truhanes muertos que llenaban la escalinata.

-¡He aquí un montón de cadáveres digno del quinto canto de la Mada! -y continuó subiendo seguido de los truhanes que llenaban la escalera. Al ver cómo iba elevándose onduladamente en las sombras aquella línea de espaldas acorazadas, se habría pensado en una serpiente con escamas de acero, trepando por la pared de la catedral. Jehan que sería la cabeza y que iba silbando, completaba aquella fantasía.

El estudiante llegó por fin al balcón de la galería y saltó por encima con bastante agilidad entre los aplausos de toda la truhanería. Sintiéndose dueño de la ciudadela, lanzó un grito de alegría y, de pronto, se detuvo petrificado. Acababa de descubrir a Quasimodo, con su ojo resplandeciente, oculto entre las sombras, tras una de las estatuas de los reyes.

Antes de que un segundo asaltante hubiera puesto el pie en la galería, el fornido jorobadó llegó de un salto hasta la escalera y, sin decir palabra, cogió con sus poderosas manos los extremos de los dos largueros, los levantó alejándolos del muro, balanceó durance un momento, entre clamores de angustia la larga escalera plegable, llena toda ella de truhanes y, súbitamente, con una fuerza sobrehumana, lanzó aquel racimo de hombres a la plaza. L. escalera, lanzada hacia atrás, permaneció un momento derecha y de pie, osciló después, y finalmente, describiendo un terrorífico arco de círculo de veinticinco metros de radio, cayó al empedrado, con su carga de bandidos, con más rapidez que un puente levadizo del que se rompen las cadenas. Se oyó una inmensa imprecación y luego todo se acabó. Algunos desgraciados, heridos, se retiraron arrastrándose por entre aquel montón de muertos.

Un rumor de dolor y de cólera sucedió a los primeros gritos de triunfo. Quasimodo observaba impasible, con los dos codos apoyados en la balaustrada. Parecía un viejo rey melenudo asomado a su ventana.

Jehan Frollo, por su parte, se encontraba en una situación crítica. Se hallaba en la galería con el temible campanero, solo, separado de sus compañeros por un muro vertical de veintinco metros. Mientras Quasimodo se entretenía con la escalera, el estudiante se había precipitado hacia la poterna, que suponía abierta. Pero no lo estaba. Al entrar en la galería, el sordo la había cerrado tras él. En vista de ello Jehan se había escondido tras úno de los reyes de piedra, no atreviéndose ni a respirar y mirando temeroso al monstruoso jorobado, como un hombre que, cortejando a la mujer del guardián de una casa de fieras, al dirigirse una noche a su cita amorosa, se equivocara de pared, en su escalada, y se encontrara de pronto, frente a frente, con un oso blanco.

En los primeros momentos el sordo no se preocupó de él; por fin volvió la cabeza y enderezó su cuerpo deforme. Había descubierto al estudiante.

Jehan se preparó para un choque violento pero el sordo permaneció inmóvil. Únicamente se había vuelto hacia. el estudiante al que se quedó mirando.

-¡Hé, hé! -le dijo Jehan-. ¿Por qué me miras con ese ojo tuerto y melancólico?

Y mientras decía esto el joven tensaba astutamente su ballesta.

-¡Quasimodo! -le gritó-; voy a cambiarte el mote. Te llamarán el ciego.

La flecha surgió de la ballesta, silbando y fue a clavarse en el brazo izquierdo del jorobado.

Quasimodo no se inmutó y arrancándose la saeta de su brazo la partió tranquilamente contra su enorme rodilla y luego dejó caer los dos trozos. Jehan no tuvo tiempo de dispararle una segunda vez. Una vez rota la flecha, Quasimodo resopló con violencia y dio un salto como un saltamontes para caer sobre el estudiante cuya armadura quedó aplastada contra la pared.

Y desde aquella penumbra por la que flotaba el resplandor de las antorchas, se contempló una escena horrible.

Quasimodo había cogido con su mano izquierda los brazos de Jehan, que no oponía resistencia porque ya se consideraba perdido. Con la derecha el sordo le iba quitando, una a una y en silencio, con una calma desesperantemente siniestra, todas las piezas de su armadura; la espada, los puñales, el casco, la coraza, los brazales. Se habría dicho un mono descortezando una nuez. Quasimodo iba dejando a sus pies, pieza a pieza, la cáscara de hierro del estudiante.

Al verse así desarmado, inofensivo y desnudo entre aquellas terribles manos, no intentó hablar al sordo sino que se echó a reír descaradamente y a cantar, con su intrépida despreocupación de joven de dieciséis años, aquella canción, muy popular por entonces.

Elle est bien habillée la ville de Cambrai.

Marafin l'a pillée...

No pudo terminarla. Se vio a Quasimodo de pie, en el pretil de la galería que, con una sola mano, tenía cogido al estudiante por los pies haciéndole girar sobre el vacío como una honda. Después se oyó un ruido como el de una caja ósea que estalla contra una pared y se vio caer algo que se quedó colgado a mitad de la caída en uno de los salientes de la fachada. Era un cuerpo muerto el que se quedó allí colgado, doblado en dos, con la espalda partida y la cabeza rota.

Un grito de horror surgió de entre los truhanes.

-¡Venganza! -gritó Clopin.

-¡A saco! -respondió la multitud-. ¡Al asalto! ¡Al asalto! Y entonces se produjo un griterío prodigioso en donde se mezclaron todas las lenguas, acentos y dialectos. La muerte de aquel estudiante había provocado la furia y el ardor en toda aquella multitud. Se apoderó de ellos la vergüenza y se inflamaron de cólera al comprobar que un solo hombre, un jorobado, les había mantenido en jaque durante tanto tiempo, en su asalto a la iglesia. La rabia encontró más escaleras, multiplicó las antorchas y, al cabo de unos pocos minutos, Quasimodo vio asustado, cómo aquel espantoso hormiguero se lanzaba por codas partes al asalto de Nuestra Señora. Los que no tenían escalas disponían de cuerdas de nudos y quienes no tenían cuerdas trepaban agarrándose a los salientes de las esculturas de la fachada. Unos se colgaban de los harapos de los otros y no había forma de contener aquella marea ascendente de rostros espantosos y excitados en los que brillaba el furor. El sudor chorreaba por sus frentes terrosas y sus ojos estaban encendidos Todas aquellas muecas, toda aquella miseria y fealdad iba poniendo cerco a Quasimodo. Podría decirse que alguna otra catedral había enviado al asalto de Nuestra Señora a sus gorgonas, a sus dogos, a sus dragones, a sus demonios, a sus esculturas más fantásticas. Era como si una capa de monstruos vivos se hubiera instalado sobre los monstruos de piedra de la fachada.

Pero ahora la plaza se había iluminado con mil antorchas. Aquel escenario desordenado, sumido hasta entonces en la oscuridad, aparecía súbitamente inundado de luz. El Parvis resplandecía deslumbrante en el cielo. La hoguera encendida en la plataforma superior continuaba ardiendo a iluminaba, desde lejos, a toda la ciudad. La enorme silueta de las dos torres, proyectada a lo lejos sobre los techos de París, abría, en medio de aquella claridad, un ancho tajo de sombra. La ciudad entera permanecía conmovida. Se oía a lo lejos un llanto de campanas tocando a rebato. Los truhanes aullaban, jadeaban, vociferaban, juraban, trepaban y mientras Quasimodo, impotente para contener cal avalancha de enemigos, temía por la gitana, al ver cómo aquellos rostros feroces cada vez se acercaban más a su galería, y entonces pedía al cielo un milagro y se retorcía los brazos desesperado.