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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 3. ¡Viva la alegría!
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EL lector ya sabrá que una parte de la Corte de los Milagros estaba cerrada por la antigua muralla del recinto de la ciudad, y que buena parte de las torres de esa muralla empezaban ya a derrumbarse en aquella época. Una de aquellas torres la habían convertido los truhanes en lugar de diversión. Habían hecho un bar en la sala de abajo y las demás cosas en los pisos de arriba. Aquella torre era el lugar más activo y en consecuencia el más re pugnante de la truhanería. Era como un enjambre monstruos zumbando noche y día.

De noche, cuando el resto de la pordio sería estaba ya durmiendo y cuando no se veía ya ninguna luz e las ventanas de aquellas casas de adobes, cuando ya no se oía nin gún grito en aquel innumerable montón de casas, en aquellos hor migueros de ladrones, de prostitutas, de niños robados o de bas tardos, se podía reconocer siempre aquella torre alegre por el rui do que de ella surgía y por la luz escarlata que se difundía a la vez por los respiraderos y por las ventanas y por las grietas d sus ruinosos muros; aquel resplandor se escapaba, por decirlo así por todos los poros de la torre.

El sótano hacía, pues, de taberna. Se bajaba a ella a través d una portezuela y de una escalera tan escarpada como un alejandrino clásico. En la puerta aparecía, a guisa de emblema, una pintura mal embadurnada que representaba unas monedas nuevas y unos pollos muertos y desplumados. Por debajo de aquella pintura figuraba una inscripción interpretativa de la misma: Aux ronneurs pour les trépatsés(6).

6. Juego fonético de palabras sin equivalencia en español, que podría ser más o menos: Aux sols (sous) neufs poulets trépassés (a monedas nuevas, pollos muertos), que fonéticamente y con cierta imaginación podría leerse: Aux sonneur pour les trépassés (a los campaneros para los muertos).

Una noche, cuando el toque de queda sonaba en todas las torrres de París, si a los vigías les hubiera dado por entrar en la temible Corte de los Milagros, habrían podido ver que en la taberna aquella había más jaleo que de costumbre, que se bebía y se juraba más que nunca. Afuera había varios grupos que hablaban en voz baja, como cuando se está tramando una conspiración, mientras que acá o allá, algunos de aquellos tipos afilaban contra a empedrado las hojas de sus cuchillos.

Sin embargo, en el interior, el vino y el juego distraían tan fuertemente aquella noche a los truhanes que habría resultado muy difícil adivinar, por lo que ellos decían, de qué se trataba. Sólo se veía que estaban más alegres que de ordinario y que a todos se les veía de vez en cuando algún arma entre las ropas; una hoz, un hacha, un tajo o el cañón de un viejo arcabuz.

La sala, de forma redonda, era muy amplia pero las mesas se hallaban tan juntas unas de otras y los bebedores eran tantos que todo lo que había en la taberna: hombres, mujeres, bancos, jarras de cerveza, los que bebían, los que dormían y los que jugaban, los sanos, los lisiados... parecían amontonados con tanto orden y armonía como un montón de conchas de ostras. Había algunas velas de sebo encendidas por las mesas, pero la verdadera luminaria de la taberna, lo que hacía el papel de araña de techo en un teatro de ópera, era el fuego. Aquel sótano eran tan húmedo que nunca se dejaba apagar la chimenea, ni incluso en pleno verano. Era enorme, con campana esculpida, protegida con fuertes parrillas de hierro y atizadores.

Tenía uno de esos grandes fuegos de leña y de turba que de noche, en las calles de los pueblos, reflejan en rojo, sobre las paredes de enfrente, el espectro de las ventanas enrejadas. Un encargado, sentado gravemente cerca del fuego, hacía girar un asador, lleno de trozos de carne.

Aunque la confusión era grande, en una primera ojeada podían distinguirse entre el gentío tres grupos principales que se apiñaban en torno a tres personajes, ya conocidos del lector: uno, curiosamente ataviado con muchos adornos a la moda oriental, era Mathias Hungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia. El bribón estaba sentado encima de una mesa con las piernas cruzadas, el dedo levantado, haciendo exhibición de su ciencia, en voz alta, hablando de magia blanca o de magia negra a cuantos le rodeaban boquiabiertos.

Otro grupo se agolpaba en torno a nuestro antiguo amigo, el valiente rey de Tunos, armado hasta los dientes. Clopin Trouillefou, con aspecto serio y en voz baja, organizaba el pillaje de un enorme tonel lleno de armas, medio reventado ya, del que salían en cantidad hachas, espadas, cazoletas, cotas de malla, cuchillos, puntas de lanza y azagayas, saetas y más hierros, como salen manzanas y uvas del cuerno de la abundancia. Cada cual iba cogiendo del montón, uno un morrión, otro un estoque, otros un puñal; incluso los niños se armaban y hasta algún lisiado había que, armado y hasta acorazado, pasaba por entre las piernas de los bebedores como un enorme escarabajo.

Y, finalmente, un tercer grupo, el más ruidoso y jovial y también el más numeroso, Ilenaba los bancos y las mesas en medio de los cuales peroraba entre juramentos una voz aflautada que surgía por debajo de una pesada armadura completa, desde el casco a las espuelas. El individuo que así se había colgado toda una panoplia, desaparecía de cal manera tras aquella vestidura de guerra que sólo se veía de su persona su descarada nariz, roja, respingona, unos rizos rubios, una boca rosa y unos ojos inquietos.

Llevaba el cinturón cuajado de dagas y puñales; una gran espada al costado, una ballesta oxidada a su izquierada y una enorme jarra de vino ante él, sin contar a una rolliza moza descarriada, que se encontraba a su derecha. Todas las bocas que le rodeaban bebían, juraban y reían.

Añádase a todo esto otros veinte grupos secundarios, las mozas y mozos de servicio que iban de acá para allá con las jarras en la cabeza, los jugadores en cuclillas dándole a los dados, o a las bolas, a las tabas o al juego apasionante de las anillas; con las discusiones en un rincón y las caricias y los besos en otro.

Mecclando todo esto podrá tenerse una idea de aquel cuadro sobre el que vacilaba la luz de aquella gran chimenea llameante, que proyectaba sobre las paredes de la taberna mil sombras desmesuradas y grotescas.

En lo que al ruido se refiere, era como el interior de una campana en pleno repique.

La grasera de la que saltaba una lluvia de grasa llenaba con su chisporroteo continuo los intervalos de los mil diálogos que se entrecruzaban de una a otra parte de la sala.

Había en medio de todo aquel jaleo, al fondo de la taberna, en el banco interior de la chimenea, un filósofo que se hallaba meditando; tenía los pies en las cenizas y los ojos puestos en los tizones; era Pierre Gringoire.

-¡Vamos, rápido! ¡Apresuraos! ¡Armaos! ¡Antes de una hora estamos en marcha! -decía Clopin Trouillefou a todos aquellos charlatanes. Había también una muchacha que tarareaba:

Bonsoir, mon père et ma mère!

Les derniers couvrent le feu(7).

7. Buenas noches, padre, hasta mañana, madre, / los últimos que se acuesten tapan el fuego.

Dos jugadores de cartas discutían.

-¡Tramposo! -gritaba el más enfadado de los dos, amenazando al otro con el puño-. ¡Te voy a dejar la cara hecha un trébol! Y así podrás pasar por Mistigri(8) en el juego de cartas de monseñor el rey.

-¡Uf! -protestaba un normando, reconocible por su acento gangoso-. Estamos aquí amontonados como los santos de Caillouville (9).

8 El Valet o la Sota de trébol en la baraja.

9 Varios centenares de estatuas de santos se amontonaban en la pequeña capilla de Caillouville, cerca de la abadía de Saint-Wandrille. Víctoe Hugo hace notar en su documentación para Nuertra Señora de París el refrán normando «tassés comme les saints de Caillouville».

-Hijos -decía el duque de Egipto a su auditorio, hablando en falsete-, las brujas de Francia van a los aquelarres sin escoba ni grasa ni montura; sólo van con algunas palabras mágicas. Las brujas de Italia tienen siempre un macho cabrío esperándolas a la puerta, pero todas ellas salen por la chimenea.

La voz del joven bribón, armado de pies a cabeza, dominaba aquel barullo.

-¡Bravo! ¡Bravo! ¡Hoy hago mis primeras armas! ¡Truhán! Por Cristo que soy truhán. ¡Llenadme el jarro de vino! Amigos míos; me llamo Jehan Frollo du Moulin y soy gentilhombre. Estoy seguro de que si Dios fuera gendarme se acabaría haciendo salteador. Hermanos, vamos a hacer una bonita expedición y todos somos valientes. Asaltaremos la iglesia, derribaremos sus puertas y sacaremos de allí a la muchacha; la salvaremos de los jueces y de los curas; desmantelaremos el claustro y quemaremos al obispo en el obispado. Y además lo haremos todo en menos tiempo del que tarda un burgomaestre en tragarse una cucharada de sopas. Nuestra causa es justa. Saquearemos la catedral y se acabó. Colgaremos a Quasimodo.

¿Conocéis a Quasimodo, señoritas? ¿Le habéis visto jadear con el bordón el día de Pentecostés? ¡Por todos los diablos que es digno de verse! ¡Se diría un diablo a caballo de una gárgola! ¡Amigos míos, escuchadme!

Soy truhán hasta el fondo de mi corazón y tengo alma de bellaco. He sido rico y me comí mis bienes. Mi madre quería hacer de mí un oficial y mi padre subdiácono; mi tía consejero de los tribunales, mi abuela protonotario del rey y mi tía abuela tesorero togado; pero yo me he hecho truhán. Se lo dije a mi padre y me escupió a la cara su maldición; se lo dije también a mi madre que se echó a llorar, la pobre señora, y a babear como ese tronco en la parrilla. ¡Viva la alegría! ¡Soy un auténtico liberado! Tabernera, amiga mía, ¡más vino que todavía puedo pagarlo! Pero que no sea de Suresnes que me raspa el gaznate; preferiría, ¡qué diablos!, hacer gárgaras con un cesto.

El auditorio aplaudía y se reía a carcajadas; viendo todo aquel jaleo a su alrededor el estudiante prosiguió.

-¡Qué bien suena este ruido! Populi debacchantis populosa debacchatio!(10) Y se puso a cantar, con la vista turbada, como en éxtasis y como un canónigo entonando las vísperas.

-¡Quae cantica!;quae organa!;quae cantilenae!¡quae melodiae hic tine fine decantantur! Sonnat melliflua hymnorum, organa suavitaima angelorum melodia, cantica canticorum mira(11).

10. Popular desenfreno de un pueblo desenfrenado.

11. ¡Qué cánticos! ¡Qué instrumentos! ¡Qué melodías! ¡Qué interminables melodías se oyen aquí! Se oyen, dulces como la miel, los instrumentos de los himnos, la suavísima música de los ángeles, los cánticos más admirables de entre los cánticos. (Según San Agustín.) Se interrumpió un momento y dijo:

-¡Cantinera del demonio, dame de cenar!

Hubo un momento en que nadie hablaba y justo entonces se oyó la voz agria del duque de Egipto que adoctrinaba a sus gitanos.

-La comadreja se llama Adouine, el zorro Pie-azul o el Corredor de bosques, el lobo Pie gris o Pie dorado, el oso, el Viejo o el Abuelo. El sombrero de un gnomo le hace a uno invisible y permite ver las cosas invisibles. Para bautizar a un sapo hay que vestirle de terciopelo rojo y negro, ponerle un cascabel al cuello y una campanilla en las patas. El padrino se pone delante y la madrina detrás. Es el demonio Sidragasum quien tiene el poder de hacer bailar desnudas a las muchachas.

-¡Por todos los demonios! -interrumpió Jehan-. Ya me gustaría a mí ser el demonio Sidragasum.

Mientras tanto los truhanes seguían armándose entre cuchicheos, al otro lado de la taberna.

-¡La pobre Esmeralda! -decía una gitana-. Es nuestra hermana. Tenemos que sacarla de allí.

-Entonces, ¿sigue aún en Nuestra Señora? -preguntó un mendigo con cara de judío.

-¡Sí, pardiez!

-Pues entonces, camaradas -exclamó el mendigo-, ¡a Nuestra Señora todos! Porque además hay en la capilla de San Fereol y Ferrution dos estatuas, una de San Juan Bautista y otra de San Antonio, las dos de oro, y que pesan entre las dos diecisiete marcos de oro y quince estelines; las peanas, de plata dorada, diecisiete marcos y cincó onzas. Sé todo esto porque soy orfebre.

En este momento, sirvieron la cena a Jehan que recostándose en el pecho de la cantinera dijo:

-¡Por San Voult-de-Loucques, a quien el pueblo llama San Goguelu, que soy un hombre feliz! Tengo ante mí a un imbécil que me mira con su cara barbilampiña de archiduque y a mi izquierda otro cuyos dientes son tan largos que le tapan el mentón. Y para colmo, yo, como el mariscal de Gié en el asedio de Pontoise, tengo mi diestra apoyada en una protuberancia. ¡Por las barbas de Mahoma, camarada! ¡Pareces un mercader de pelotas y encima te vas a sentar junto a mí! ¡Amigo mío! Yo soy un noble y las mercancías son incompatibles con la nobleza. ¡Largo de ahí, pues! ¡Y vosotros, dejad ya de pegaros! ¡Pero, cómo! Tú, Bautista CroqueOison, con esa nariz tan bonita, ¿vas a exponerla ante los puños de ese buitre? ¡Imbécil!

Non cuiquam datum est habere nasum(12). ¡Eres divina, Jacqueline Ronge Oveille! ¡Es una pena que estés calva! ¡Eh! Yo me llamo Jehan Frollo y mi hermano es archidiácono. ¡Que se vaya al diablo! Todo lo que os digo es cierto. Al hacerme truhán he renunciado alegremente a la mitad de una casa situada en el paraíso y que mi hermano me había prometido: Dimidiam domum in paradiro. Cito el texto: tengo un feudo en la calle Tirechappe y todas las mujeres se enamoran de mí; esto es tan cierto como que San Eloy era un orfebre excelente y que los cinco oficios de la buena villa de París son los curtidores, los tafileteros, los talabarteros, los bolseros y los zapateros, y que san Lorenzo fue quemado con cáscaras de huevo. Os lo juro, camaradas. Preciosa, hay claro de luna; mira por la claraboya cómo el viento desgarra las nubes. Así haré yo con tu corpiño. ¡Eh, chicas! ¡Quitad los mocos a los niños y arreglad las mechas de esas velas! ¡Por Crisco y por Mahoma! ¿Qué es lo que estoy comiendo? ¡Por Júpiter! Los cabellos que no se encuentran en la cabeza de estas rameras, me los encuentro en el plato. ¡Oye, vieja! ¿Sabes? Me gustan las tortillas calvas.

¡Que el diablo te deje pasmada! ¡Valiente hostelería de Belcebú en donde las rameras se peinan con los tenedores!

12. Una nariz así no la tiene cualquiera.

Y después de todo esto rompió su plato contra el suelo y se puso a cantar a voz en grito:

-No tengo / en el nombre de Dios / ni fuego ni ley / ni rey ni Dios.

Mientras tanto Clopin Trouillefou había acabado ya con la distribución de armas y se aproximó a Gringoire que parecía sumido en una profunda meditación, con los pies apoyados en la parrilla de la chimenea.

-Amigo Pierre -le dijo el rey de Tunos-: ¿En qué diablos estáis pensando?

Gringoire se volvió hacia él con una sonrisa melancólica.

-Me gusta el fuego, querido señor. No por la razón trivial de que puede calentarnos los pies o de que sirve para calentar la sopa, sino porque tiene chispas. A veces me paso horas enteras mirando las chispas y descubro mil cosas en esas estrellas que espolvorean el fondo negro del hogar. Es como si esas estrellas fueran otros tantos mundos.

-¡Que me parta un trueno si lo entiendo! -le dijo el truhán-. ¿Sabes qué hora es?

-No lo sé -respondió Gringoire.

Clopin se acercó entonces al duque de Egipto.

-Camarada Mathias, el cuarto de hora no es bueno. Dicen que el rey Luis XI está en París.

-Razón de más para arrancarle a nuestra hermana de las garras -le respondió el viejo bohemio.

-Hablas como un hombre, Mathias -le dijo el rey de Tunes-. Además actuaremos rápidos. No hay que temer resistencia en la iglesia. Los canónigos son como liebres y nosotros somos muchos. La gente del parlamento se va a quedar mañana con un palmo de narices cuando vengan a buscarla. ¡Por las tripas del papa! ¡No quiero que la cuelguen a esa bella niña!

Clopin salió de la taberna.

Mientras tanto, Jehan seguía gritando con voz ronca:

-¡Bebo, como, estoy borracho, soy como el mismo júpiter! ¡Eh! ¡Tú, Pierre L'Assommeur!, si me sigues mirando así lo voy a desempolvar la nariz de un papirotazo.

Por su parte, Gringoire, arrancado a sus meditaciones, se había puesto a considerar lo animado de aquella escena tan alborotadora que :e rodeaba y comentaba entre dientes.

-Luxuriosa res vinum et tumultuosa ebrietas(13). ¡Ay! ¡Qué bien hago no bebiendo! Y con cuanto tino dijo San Benito: «Vinum aportare facit edam sapientes» (14).

13. El vino y la embriaguez son cosas lujuriosas.

14. El vino hace apóstatas incluso a los mismos sabios.

En aquel momento entró Clopin gritando con voz de trueno.

-¡Medianoche!

A esta palabra que hizo el efecto de un botasilla en un regimiento que ha hecho alto, todos los truhanes, hombres, mujeres y niños, salieron tumultuosamente fuera de la taberna con gran ruido de armas y hierros.

La luna se había ocultado. La Corte de los Milagros se había quedado a oscuras. No había ninguna luz, pero estaba muy lejos de quedar desierta pues podían distinguirse muchos grupos de hombres y mujeres hablando entre ellos en voz baja. Se oía el rumor de sus voces y se veía relucir toda clase de armas en la oscuridad.

Clopin se subió a una gran piedra.

-¡A vuestras filas, los de la germanía, a vuestras filas los de Egipto y vosotros también galileos!

Un gran movimiento se produjo en la oscuridad y todo aquel enorme gentío pareció formarse en columnas.

Minutos más tarde el rey de Tunos elevó la voz.

-¡Ahora silencio para cruzar París! El santo y seña es;pequeria llama vagabunda! ¡No se encenderán las antorchas hasta llegar a Nuestra Señora! ¡En marcha!

Diez minutos más tarde, la ronda de a caballo huía despavorida ante una larga procesión de hombres negros y silenciosos que bajaba hacia el Pont-au-Change, a través de las calles tortuosas que atraviesan en todas direcciones el denso barrio de las Halles.