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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 2. Haceos truhán
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De vuelta al claustro, el archidiácono encontró a su hermano Jehan du Moulin que le estaba esperando a la puerta de su celda. Para no aburrirse durante la espera, se había entretenido dibujando en la pared, con un carbón, el perfil de su hermano mayor, enriquecido con una nariz desmesurada.

Apenas si dom Claude miró a su hermano pues eran otros los asuntos que le ocupaban. El alegre rostro de aquel bribón cuya presencia había serenado tantas veces la fisonomía triste del clérigo no era capaz en aquellos momentos de disipar las brumas que cada día con más fuerza se iban haciendo más espesas en aquella alma corrompida y mefítica.

-Hermano, vengo a veros -le dijo tímidamente Jehan.

El archidiácono ni siquiera levantó los ojos hacia él.

-¿Pues?

-Hermano -prosiguió el hipócrita-, sois tan bueno para mí y me dais tan buenos consejos que acabao siempre volviendo a vos.

-¿Y qué más?

-¡Ay, hermano! Qué razón teníais al decirme: Jehan! ¿jehan!, cessat doctorum, doctrina, d:scipulorum disciplina(5). Jehan, sé prudente, Jehan sé estudioso, Jehan no paséis las noches fuera del colegio sin razón que lo justifique y sin permiso de los maestros. No os peleéis con los picardos, noli, Joannet, verberare picardor, no os envilezcáis como un asno inculto, quasi asinur illiteratus. Jehan, permitid que la prudencia de los maestros os imponga los castigos precisos. Jehan, Jehan, visitad todas las noches la capilla y cantad una antífona, con los versículos y las oraciones, a nuestra gloriosa señora la Virgen María. ¡Ay! ¡Qué excelentes consejos, los vuestros!

5. Abandonáis la doctrina de los dodos, la disciplina de los discípulos.

-¿Y qué más?

-Hermano, ¡tenéis ante vos a un hombre culpable y criminal, a un miserable libertino, a un monstruo!

Mi querido hermano, Jehan ha pisoteado vuestros sabios y generosos consejos como si fueran paja a inmundicia. Dios, que es extraordinariamente justo, ya me ha castigado por ello. Mientras no me ha faltado el dinero, me he entregado a las comilonas, a hacer locuras y a la vida fácil. ¡Oh! ¡Qué hermosa cara tiene el libertinaje visto de frente! ¡Pero qué horrible sin embargo visto por detrás! Ahora que no tengo ni blanca, que he vendido mis ropas, mi camisa y mi toalla, ¡se me acabó la buena vida! Se acabó la hermosa lámpara y ya no me queda más que una vulgar mecha de sebo con malos olores. Las chicas se ríen de mí. No puedo beber más que agua y los acreedores y los remordimientos me persiguen.

-¿Y ya se acabó?

-¡Ay, mi querido hermano! Me gustaría llevar una vida mejor y por eso acudo a vos con el corazón contrito, como un penitente en busca de confesión y me doy grandes golpes de pecho. Tenéis toda la razón en querer que me licencie y me haga maestro ayudante en el colegio de Torchi. Os tengo que decir que ahora siento en mí una gran vocación hacia este estado. Pero carezco hasta de tinta y tendré que comprarla; tampoco tengo plumas y tendré que comprarlas; ni papel, ni libros; me falta de todo. Necesito para todo ello algunos dineros y acudo a vos, querido hermano, con el corazón contrito.

-¿Eso es todo?

-Sí -dijo el estudiante-. Sólo un poco de dinero.

-No lo tengo.

El estudiante dijo entonces, con un aire serio y a la vez decidido. -Muy bien, hermano. Lamento mucho tener que deciros que me han hecho en otras partes propuestas muy atractivas. ¿No me vais a dar dinero?

¿No? En ese caso voy a hacerme truhán.

Al pronunciar esa terrible palabra, tomó la actitud de Ajax, esperando ver caer el rayo sobre su cabeza.

El archidiácono le dijo fríamente.

-Haceos truhán.

Jehan le hizo una profunda reverencia y se alejó, silbando, por la escalera del claustro.

Cuando pasaba por el patio del claustro, bajo la ventana de la celda de su hermano, oyó cómo se abría ésta; levantó entonces la vista y vio pasar por la abertura la severa cabeza de su hermano.

-¡Vete al diablo! Ahí va el último dinero que vas a recibir de mí.

Al mismo tiempo, el archidiácono le arrojó una bolsa que hizo al estudiante un buen chichón en la frente. Jehan se alejó, enfadado y contento a la vez, como un perro al que le hubiesen golpeado con un hueso.