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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 6. Continuación de la llave de la puerta roja
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Aquella noche la Esmeralda se había dormido en su celda, olvidada ya de los malos momentos, llena de esperanza y de dulces pensamientos. Llevaba ya dormida bastante rato, soñando, como lo hacía siempre, con Febo, cuando le pareció oír ruido a su alrededor. Su sueño era ligero a inquieto como el sueño de un pájaro. Cualquier cosilla la despertaba. Abrió los ojos. La noche era muy oscura, pero descubrió en su lucera una cara que la estaba mirando. Una lámpara iluminaba aquella cara y, cuando vio que había sido descubierta por la Esmeralda, la apagó.

La joven, sin embargo, había tenido tiempo de reconocerla y sus párpados se cerraron aterrorizados.

-¡Oh! -dijo con voz ahogada- ¡El clérigo!

Todas sus desgracias pasadas desfilaron ante ella como en un relámpago y se dejó caer en la cama, helada por el miedo.

Momentos más tarde sintió un contacto a lo largo de su cuerpo que la hizo estremecerse de tal forma que se incorporó, furiosa y despierta, sobre el lecho.

El clérigo se había acercado a ella y la rodeaba con sus brazos.

Ella quiso gritar entonces, pero no pudo.

-¡Vete, monstruo! ¡Vete, asesino! -le dijo con voz baja y temblorosa, Ilena de cólera y de terror.

-¡Piedad! ¡Piedad! -murmuró el sacerdote, besando los hombros de la muchacha.

Ella le cogió la cabeza por el poco pelo que le quedaba a intentó alejarse de sus besos como si fueran mordeduras.

-¡Por favor! -insistía el infortunado-. ¡Si conocieras la fuerza de mi amor por ti! Es como el fuego, como plomo derretido; como mil cuchillos clavados en el corazón.

Y detuvo con gran fuerza los brazos de la joven; ésta le gritó asustada.

-¡Déjame o te escupo en la cara!

Él entonces la soltó.

--¡Humíllame! ¡Pégame! ¡Sé cruel conmigo! ¡Haz lo que quieras, pero ámame! ¡Apiádate de mí!

Ella entonces le golpeó con furia de niño. Sus manos se encrespaban para arañarle la cara.

-¡Vete, demonio!

-¡Por piedad, ámame! -gritaba el pobre cvra échandose sobre ella y respondiendo a sus golpes con caricias.

De pronto ella comprobó que él era el más fuerte.

-¡Hay que acabar! -dijo el clérigo apretando los dientes.

La joven se vio dominada, jadeante y rota entre sus brazos, a su merced y sintió cómo una mano pasaba lascivamente por su cuerpo. Hizo entonces un supremo esfuerzo y se puso a gritar con todas sus fuerzas.

-¡Socorro! ¡A mí! ¡Un vampiro!, ¡un vampiro!

Pero nadie acudía. Sólo Djali estaba despierta y balaba con angustia.

-Cállate -decía el cura jadeante.

De pronto, mientras se debatía, arrastrándose por el suelo, la mano de la gitana encontró algo frío y metálico. Era el silbato de Quasimodo. Lo cogió con una gran convulsión, llena de esperanza, lo llevó a los labios y sopló con todas las fuerzas que le quedaban. El silbato emitió un sonido claro, agudo, penetrante.

-¿Qué es eso? -dijo el clérigo.

Y casi al mismo tiempo se sintió cogido por una mano vigorosa. La celda estaba a oscuras y no pudo distinguir quién le sujetaba así, pero oyó un rabioso rechinar de dientes y entre la escasa luz, mezclada entre las sombras, vio brillar un gran cuchiilo por encima de su cabeza.

El clérigo creyó percibir la forma de Quasimodo y supuso que no podía ser otro. Se acordó de haber tropezado al entrar contra un bulto cruzado ante la puerta, pero como el recién llegado no pronunciaba una sola palabra, no sabía qué creer. Entonces sujetó el brazo que sostenía el cuchillo al tiempo que gritaba.

-¡Quasimodo!

Pero, en su desesperación, había olvidado que Quasimodo era sordo.

En un abrir y cerrar de ojos el clérigo estaba en el suelo con una pesada rodilla en su pecho. Por la forma angulosa de la rodilla, dedujo que se trata en efecto de Quasimodo pero, ¿qué hacer? ¿Cómo hacerse reconocer? La noche, además de sordo, le hacía ciego.

Se encontraba perdido; la joven, sin piedad, como una tigresa irritada, no intervenía para salvarle y el cuchillo estaba ya muy cerca de su cabeza. La situación era muy crítica. De pronto, su adversario se detuvo y por un momento pareció vacilante.

-¡No quiero mancharla de sangre! -dijo con una voz sorda.

Era, en efecto, la voz de Quasimodo. Entonces el clérigo notó una enorme mano que le cogía y le arrastraba por los pies fuera de la celda. Era allí, afuera, donde iba a morir. Por suerte para él, la luna había salido hacía un momento y después de franquear la puerta de la celda, uno de sus pálidos rayos cayó sobre el rostro del clérigo. Quasimodo le miró de frente y, al verle, se estremeció. Entonces le soltó al tiempo que retrocedía lentamente.

La gitana que se había acercado a la puerta vio sorprendida el brusco cambio de papeles. Ahora era el clérigo el que amenazaba y Quasimodo el que suplicaba.

Dom Claude, que amenzaba al sordo con gestos de cólera y de reproche, le hizo señas para que se retirara.

El sordo bajó la cabeza y se puso de rodillas ante la puerta de la gitana.

-Monseñor -le dijo con voz grave y resignada-, después haced lo que os plazca, pero matadme antes.

Al decir esto, tendía su cuchillo al sacerdote, que, fuera de sí, se lanzó a cogerlo, pero fue más rápida la muchacha y cogió ella el cuchillo de las manos de Quasimodo. Luego se echó a reír con furia.

-Acércate -le dijo al cura.

Mantenía el cuchillo en alto y el cura se quedó indeciso pues seguramente habría sido capaz de clavárselo.

-No te atreverás, cobarde -le gritó. Después añadió con una expresión implacable, a sabiendas incluso de que iba a atravesar con mil hierros al rojo el corazón del cura.

-¡Ah! ¡Sé además que Febo no ha muerto!

El cura derribó a Quasimodo de una patada y temblando de rabia desapareció bajo la bóveda de la escalera.

Cuando se hubo marchado, Quasimodo recogió el silbato que acababa de salvar a la gitana.

-Se estaba oxidando -le dijo al devolvérselo- y luego la dejó sola.

La joven, trastornada por la violencia de aquella escena, se derrumbó agotada en el lecho y se puso a sollozar. Su horizonte se había vuelto de nuevo siniestro.

Por su parte, el cura, había regresado a tientas hasta su celda.

Estaba ciaro. ¡Dom Claude estaba celoso de Quasimodo! Con aspecto meditativo repetía sus fatalas palabras:

-¡No será de nadie!