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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 5. La llave de la puerta roja
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El archidiácono había llegado a enterarse por los rumores de la calle de qué forma se había salvado la egipcia y cuando lo confirmó no supo lo que sintió. Se había hecho a la idea de la muerte de la Esmeralda y de esta manera vivía tranquilo pues había llegado a la sima más profunda del dolor. El corazón humano (dom Claude había meditado mucho sobre este tema) no puede aguantar más que un cierto grado de desesperación. Cuando la esponja está ya totalmente empapada, el mar puede cubrirla pero sin añadirle ni una lágrima más.

Si la Esmeralda hubiera muerto, la esponja estaría empapada y ya todo estaría dicho para dom Claude en esta tierra. Pero al saberla viva, al igual que Febo, nuevamente volverían las torturas, las sacudidas, las alternativas; la vida en fin. Y Claude estaba harto de todo aquello.

Así, pues, al confirmar la noticia, se encerró en su celda del claustro y no apareció ni en las conferencias capitulares ni en los oficios. Cerró la puerta a todos incluso al obispo y así quedó enclaustrado durante varias semanas. Le creyeron enfermo y así era, en efecto. ¿Qué hacía así encerrado? ¿Bajo qué pensamientos se debatía el infortunado? ¿Se estaba entregando a su última batalla, a su temible pasión?

¿Estaba elaborando un último plan de muerte para ella y de perdición para él?

Su Jehan, su adorado hermano, su niño mimado, Ilegó a su puerta en una ocasión y llamó y juró y suplicó y se identificó diez veces, pero Claude no abrió.

Pasaba jornadas enteras con la cara pegada a los cristales de la ventana. Desde aquella ventana, situada en el claustro, veía la celda de la Esmeralda a incluso a veces la veía con su cabra o con Quasimodo. Se fijaba en las delicadas atenciones del vulgar sordo, en su obediencia, en sus maneras delicadas y sumisas para con la gitana. Se acordaba, porque su memoria era excelente, y la memoria es el tormento de los celosos, se acordaba de la forma especial con que el campanero la había mirado en una ocasión y se preguntaba qué motivos habrían movido a Quasimodo para salvarla. Fue testigo de mil detalles entre la bohemia y el sordo cuya pantomima, vista de lejos y analizada por su pasión, le pareció muy tierna.

Desconfiaba de la particularidad de las mujeres y sintió confusamente que se le despertaban unos celos, que nunca habría sospechado y que le hacían enrojecer de vergüenza y de indignación.

-¡Pase aún por el capitán, pero por éste!

Tal pensamiento le trastornaba.

Sus noches eran terribles. Desde que supo que la gitana estaba viva, las frías ideas del espectro y de la tumba, que durance un día entero le habían obsesionado, se habían desvanecido y la carne volvía a aguijonearle y se retorcía en el lecho sabiendo a la muchacha tan cerca de él.

Cada noche su delirante imaginación le representaba a la Esmeralda en todas las actitudes que más le habían hecho hervir la sangre. La veía echada sobre el capitán apuñalado, con los ojos cerrados y sus hermosos senos manchados con la sangre de Febo; y aquel momento de delicias en que el archidiácono había depositado sobre sus labios pálidos un beso que, aunque medio muerta, la desgraciada sintió que la quemaba. La veía desnudada por las manos salvajes de los verdugos, dejando descalzo y permitiendo que metieran en aquella bota de tornillos de hierro su pequeño pie, su pierna fina y redonda, su rodilla ágil y blanca.

Seguía viendo aún aquella rodilla de marfil, que quedaba fuera del horrible aparato de Torterue. Y se la imaginaba también con el sayal y la soga al cuello, descalza, con los hombros desnudos, casi desnuda, como la había visto el último día.

Aquellas imágenes voluptuosas le hacían crispar los puños y estremecerse.

Una noche, entre otras, aquellas imágenes le calentaron tan cruelmente su sangre virgen de sacerdote, que mordió su almohada, saltó de la cama, se echó un sobrepelliz encima y salió de su celda medio desnudo, con la lámpara en la mano y fuego en la mirada.

Conocía dónde se encontraba la llave de la Puerta Roja que comunicaba el claustro con la iglesia; además siempre llevaba consigo, como ya sabemos, una llave de la escalera de las torres.