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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 2. Jorobado, tuerto y cojo
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En la Edad Media todas las ciudades y, hasta Luis XII, coda Francia, tenían sus lugares de asilo. Estos lugares de asilo, en medio del diluvio de leyes penales y de jurisdicciones bárbaras que inundaban la ciudad, eran como islas que se elevaban por encima del nivel de la justicia humana. Cualquier criminal que arribara a ellas podía considerarse salvado. En cada arrabal había tantos lugares de asilo como patíbulos.

Era como el abuso de la impunidad frente al abuso de los suplicios; dos cosas negativas que intentaban corregirse una con otra. Los palacios del rey, las residencias de los príncipes y principalmente las iglesias disfrutaban del derecho de asilo. A veces se hacía lugar de asilo a toda una ciudad, sobre todo cuando se necesitaba repoblarla. En 1467, Luis XI hizo de París un lugar de asilo.

Una vez puesto el pie en el asilo, el criminal era sagrado, pero tenía que guardarse muy mucho de no salir de él, pues dar un paso fuera del santuario suponía caer de nuevo a la corriente. La rueda, el patíbulo, la estrapada, montaban guardia en torno al lugar de refugio y acechaban continuamente a su presa como los tiburones en torno al barco. Se han visto condenados que encanecían así en un claustro, en la escalera de un palacio, en el huerto de una abadía, bajo los porches de una iglesia. Así, pues, el asilo era una forma de prisión como cualquier otra. Ocurría a veces que un decreto solemne del parlamento violaba el asilo y devolvía al condenado a los verdugos; sin embargo, esta circunstancia se presentaba muy raramente. Los parlamentos tenían miedo de los obispos y cuando estos dos estamentos llegaban a enfrentarse, la toga no hacía buen juego con la sotana. A veces sin embargo, como en el caso de los asesinos de Petit-Jean, verdugo de París, y en el de Emery Rousseau, asesino de Jean Valleret, la justicia pasaba por encima de la Iglesia y procedía a la ejecución de las sentencias. Sin embargo, a menos que un decreto del parlamento no les amparara, ¡ay de quienes violaran a mano armada un lugar de asilo! Ya se sabe cuál fue la muerte de Robert de Clermont, mariscal de Francia, y la de Jean de Chálons, marsical de Champagne y sin embargo el reo no era más que un cal Perrin Marc, empleado de un cambista, un miserable asesino; pero los dos mariscales habían roto las puertas de Saint-Méry. Hechos como éste se consideraban con gran severidad.

Existía en lo relativo a los refugios un gran respeto que, según la tradición, se extendía a veces hasta a los animales. Aymoin nos habla de un ciervo que, acosado por Dagoberto, se había refugiado junto al sepulcro de San Dionisio; se salvó porque la jauría se detuvo en seco, quedándose ladrando.

Las iglesias disponían generalmente de una celdita preparada para recibir a los que suplicaban asilo. En 1407, Nicolás Flamel hizo construir para ellos encima de las bóvedas de Saint Jacquesde-la-Boucherie una habitación que le costó cuatro libras, seis sueldos y deciséis denarios parisinos.

En Nuestra Señora existía una celda en la techumbre de las capillas laterales, bajo los arbotantes, frente al claustro, precisamente en el lugar en donde hoy la mujer del portero de las torres ha hecho un jardín, que es a los jardines colgantes de Babilonia lo que una lechuga a una palmera o lo que una portera es a la reina Semíramis.

Fue allí donde, tras su desenfrenada y triunfal carrera por las torres y las galerías, Quasimodo había depositado a la Esmeralda. Mientras duró aquella carrera la muchacha no había recobrado el sentido a iba medio adormilada, medio despierta, sin sentir nada excepto que iba por el aire, que estaba flotando y que volaba y que alguien la llevaba por encima de la tierra. De vez en cuando oía las risas sonoras y la voz ruidosa de Quasimodo en su oído. Cuando abría los ojos, veía confusamente abajo el París salpicado con sus mil tejados de pizarra y de tejas como un mosaico rojo y azul y delante de ella la cara horrible y alegre de Quasimodo; entonces sus párpados se cerraban de nuevo y creía que todo había terminado, que la habían ejecutado durante su desvanecimiento y que el deforme espíritu que había presidido su destino, se había apoderado de ella y se la llevaba; no se atrevía a mirarle y no Podía hacer nada.

Pero cuando el campanero de Nuestra Señora, con sus cabellos revueltos por el viento y jadeante por su esfuerzo, la dejó en la celda del refugio y cuando sintió que sus pesadas manos desataban cuidadosamente la soga que le lastimaba los brazos, experimentó esa especie de sacudida que despierta sobresaltados a los pasajeros de un navío cuando encalla en medio de una noche oscura. Sus pensamientos comenzaron también a despertarse y los recuerdos se le fueron apareciendo uno a uno. Así comprobó que estaba en Nuestra Señora y se acordó de haber sido arrancada a las manos del verdugo, recordó que Febo estaba vivo y que ya no la amaba; estas dos ideas, en las que tanta amargura se mezclaba, se presentaban juntas a la pobre condenada; entonces se volvió hacia Quasimodo que se mantenía de pie ante ella, y que le asustaba.

-¿Por qué me habéis salvado?

Él la miró con ansiedad como intentando adivinar lo que ella estaba diciendo. Ella volvió a repetirle la pregunta y entonces él le lanzó una mirada profunda y triste y huyó.

La Esmeralda se quedó asombrada.

Vovió poco después con un paquete que dejó a sus pies. Eran vestidos que algunas mujeres caritativas habían dejado para ella en el umbral de la iglesia.

Entonces se miró a sí misma y, al verse casi desnuda, se sonrojó. Estaba volv iendo la vida a la gitana.

Quasimodo pareció experimentar también una especie de pudor y, tapándose los ojos con sus enormes manos, se alejó otra vez pero, en esta ocasión, con pasos lentos.

Ella se vistió rápidamente. Era un vestido blanco y un velo también blanco; los hábitos de una novicia del Hospital.

Casi no había aún terminado cuando vio volver a Quasimodo. Traía esta vez un cesto bajo un brazo y un colchón en el otro. Había en el cesto una botella, pan y algunas provisiones; puso el cesto en el sueio y dijo:

-Comed.

Extendió después el colchón en el suelo y dijo:

-Dormid.

Eran su propia comida y su propio colchón lo que el campanero había ido a buscar.

La gitana levantó sus ojos hacia él en agradecimiento y no pudo articular palabra alguna, pues el pobre diablo era horrible, en verdad; bajó la cabeza como con un escalofrío de miedo.

Entonces él le dijo:

-Os doy miedo. Soy muy feo, ¿verdad? No es necesario que me miréis; escuchadme únicamente.

Durante el día deberéis quedaros aquí y, de noche, podéis pasear por la iglesia; pero no salgáis nunca de la iglesia, ni de día ni de noche o estaréis perdida. Os matarían y yo moriría.

Emocionada, levantó la cabeza para responderle pero ya había desaparecido. Ella se encontró sola pensando en las palabras singulares de aquel ser casi monstruoso y extrañada por el tono de su voz que era muy ronco pero, a la vez, muy dulce.

Después examinó la celda; era una habitación de unos seis pies cuadrados con una lucera y una puerta en el plano inclinado del techo; de piedras lisas. Varias gárgolas con figuras de animales parecían asomarse en torno a ella y estirar el cuello para asomarse por la pequeña claraboya. Por el borde del tejado veía la parte alta de mil chimeneas que hacían subir bajo sus ojos los humos de todos los hogares de París. Triste espectáculo para la pobre gitana, niña expósita, condenada a muerte, desgraciada criatura, sin patria, sin familia, sin hogar.

Cuando el pensamiento de su soledad se le aparecía así, más angustioso que nunca, sintió que una cabeza velluda y barbuda se deslizaba entre sus manos y entre sus rodillas y se echó a temblar (todo le asustaba ya).

Era la pobre cabra, la ágil Djali, que se había ido tras ella en el momento en que Quasimodo había dispersado a la brigada de Charmolue y que se deshacía en carantoñas a sus pies, desde hacía más de una hora, sin poder obtener ni una triste mirada. La egipcia, entonces, la cubrió de besos.

-¡Oh, Djali! -decía-. ¡Cómo lo he olvidado! ¡Tú siempre estás pensando en mí! ¡No eres ingrata!

Y al mismo tiempo, como si una mano invisible hubiera levantado el peso que oprimía las lágrimas de su corazón, desde hacía ya mucho tiempo, se echó a llorar; y a medida que las lágrimas corrían sentía que, con ellas, se iba también lo que había de más acre y de más amargo en su dolor.

Llegada la noche, la encontró tan bella y la luna le pareció tan dulce que dio la vuelta a la galería superior que rodea la iglesia. Sintió un gran alivio al comprobar qué tranquila se aparecía la tierra desde aquella altura.