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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 1. Fiebre
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Claude Frollo no estaba ya en Nuestra Señora cuando su hijo adoptivo cortaba tan por lo sano aquel nudo fatal con el que el desgraciado archidiácono había atado a la gitana y se había atado a sí mismo.

Cuando llegó a la sacristía, se quitó el alba, la capa y la estola, arrojándolo todo en las manos de uno de los sacristanes y salió rápidamente por una puerta semioculta del claustro. Allí ordenó a un barquero del Terrain que le cruzara a la orilla izquierda del Sena. Una vez allí se perdió por entre las empinadas calles de la Universidad sin rumbo fijo, encontrando a cada paso grupos de hombres y mujeres que se apresuraban alegres hacia el Pont Saint-Michel con la esperanza de llegar aún a tiempo de ver colgar a la bruja. Iba pálido, perdido, turbado, más ciego y confuso que un ave nocturna suelta y perseguida en pleno día por una pandilla de muchachos.

No sabía dónde estaba ni lo que pensaba. Iba como en sueños; andaba, caminaba, corría, tomando cualquier calle al azar, sin saber cuál era, empujado constantemente hacia adelante por la Grève, por la horrible Grève que sentía confusamente a sus espaldas.

Atravesó así la montaña de Sainte Geneviève saliendo por fin de la ciudad por la Porte Saint-Victor, y continuó alejándose del recinto de torres de la Universidad hasta que las casas empezaron a hacerse más escasas, hasta que, por fin, una elevación del terreno le hizo perder de vista aquel odioso París. Cuando ya se creyó a cien leguas, en el campo, en zona deshabitada, se detuvo y le pareció que por fin respiraba.

Entonces ideas horribles se amontonaron en su cabeza. Comenzó a ver claro en su alma y se estremeció.

Pensó en aquella desventurada muchacha que le había perdido y a quien él, a su vez, había perdido.

Echó una mirada huraña a la doble vía tortuosa que la fatalidad había obligado a seguir a sus dos destinos hasta llegar a aquel punto de intersección en que el destino mismo los había destrozado implacablemente.

Pensó en el absurdo de los votos perpetuos, en la vanidad de la ciencia, de la castidad, de la religión, de la virtud, incluso en la misma inutilidad de Dios. Se hundió conscientemente en malos pensamientos y, a medida que se hundía más en ellos, sentía estallar en sus entrañas una risa satánica y cavando así en su álma, al comprobar cuán grande era el espacio que la naturaleza había reservado en ella a las pasiones, su risa se hizo aún más amarga. Removió en el fondo de su corazón todo su odio, toda su maldad y reconoció, con la mirada fría de un médico que examina a un enfermo, que ese odio y esa maldad no no eran más que amor viciado; que el amor, ese manantial en el hombre de todas las virtudes humanas, se tornaba en algo horrible en el corazón de un sacerdote, y que un hombre como él se convertía en demonio al hacerse sacerdote. Entonces su risa fue atroz y de pronto se quedó pálido al considerar el aspecto más siniestro de su fatal pasión; de ese amor corrosivo, envenenado, rencoroso, implacable que únicamente había conseguido el patibulo para uno y el infierno para el otro; condenados ambos.

Luego volvió a reírse pensando que Febo estaba vivo que, después de todo el capitán vivía, que estaba alegre y contento, que tenía un uniforme más bonito que nunca y una nueva amante a la que llevaba para ver cómo colgaban a la anterior. Pero aquella risa sarcástica fue mayor cuando se dio cuenta de que, de entre todos los seres vivos a los que habría deseado la muerte, la egipcia única criatura a la que no odiaba, era a la única a la que no había perdonado.

Su pensamiento pasó luego del capitán al pueblo y tuvo un arrebato inaudito de celos: pensó que también el pueblo, todo el pueblo habla tenido ante sus ojos y casi desnuda a la mujer que él amaba. Se retorcía los brazos al pensar que aquella mujer, cuya forma, entrevista sólo por él en la oscuridad, le hubiera proporcionado la suprema felicidad, había sido entregada, en pleno día, a todo un pueblo, vestida como para una noche de voluptuosidad. Lloró de rabia por todos aquellos misterios de amor profanados, manchados, desnudos, marchitos para siempre. Lloró de rabia imaginando cuántas miradas inmundas se habrían recreado en aquel sayal mal ajustado; pensando que aquella bella muchacha, aquella virginal azucena, aquel vaso de pudor y de delicias al que sólo temblando se habría atrevido él a aproximar sus labios, acababa de convertirse en una escudilla pública a la que el populacho más vil de París, los ladrones, los mendigos, los lacayos, se habían acercado a beber, todos juntos, un placer desvergonzado, impuro y depravado.

Y cuando intentaba hacerse una idea de la dicha que habría podido encontrar en la tierra si ella no hubiera sido gitana ni él sacerdote; si Febo no hubiera existido y si ella le hubiera amado; cuando se figuraba que una vida llena de serenidad y de amor le habría sido posible, también a él; que en aquellos momentos y en cualquier lugar de la tierra había parejas felices, disfrutando de dulces charlas bajo naranjos o a la orilla de cualquier arroyuelo, o ante un atardecer o bajo una noche estrellada; y que, si Dios lo hubiera permitido, habría podido formar con ella una de esas felices parejas, su corazón se deshacía en ternuras y se llenaba de desesperación.

-¡Oh! ¡Es ella! ¡Es ella!

Era ésta la idea fija que le asediaba sin cesar, que le torturaba, que le presionaba el cerebro y que le desgarraba las entrañas; sin embargo, no lo lamentaba, no se arrepentía; todo lo que había hecho, volvería a hacerlo una vez más. Prefería verla en las manos del verdugo que en los brazos del capitán; pero estaba sufriendo; sufría tanto que a veces se arrancaba los cabellos para ver si habían encanecido.

Hubo un momento entre otros en que pensó que quizás en aquel mismo instante la horrible cadena que había visto por la mañana podría estar apretando su nudo de hierro alrededor de aquel cuello tan frágil y tan gracioso, y ese pensamiento le hizo sudar por todos los poros de su cuerpo.

Hubo otro momento en que, mientras se reía diabólicamente de sí mismo, se representó a la Esmeralda tal como la viera el primer día, vivaz, despreocupada, alegre atractivamente vestida, inquieta, alada, armoniosa, y la Esmeralda del último día, con el sayal y la cuerda al cuello, subiendo lentamente con sus pies descalzos por la empinada escalera del patíbulo; su imaginación le presentó de cal manera este doble cuadro que no pudo evitar un grito terrible en su garganta.

Mientras que aquel huracán de desesperación transformaba, rompía, doblaba, arrancaba de raíz todo en su alma él se quedaba contemplando la naturaleza que vivía a su alrededor. A sus pies unas gallinas rebuscaban picoteando entre la maleza; los escarabajos de esmalte corrían al sol y por encima de su cabeza algunas nubes grises huían por el cielo azul y por el horizonte la torre de la abadía de Saint-Victor asomaba por un altozano su obelisco de pizarra y el molinero del otero de Copeaux contemplaba silbando el lento girar de las aspas de su molino. Toda aquella vida tranquila, activa, organizada que bajo mil aspectos, se iba reproduciendo en su entorno, le molestaba y por ello reanudó su huida.

Siguió así, campo a través, hasta la noche. Aquella huida de la naturaleza, de la vida, de sí mismo, del hombre, de Dios, de todo, se prolongó durante el día entero. A veces se tiraba al suelo y arrancaba con sus uñas plantas de trigo todavía tiernas; a veces se detenía en la calle desierta de un pueblo y sus pensamientos le resultaban tan insoportables que se cogía la cabeza con las dos manos como para arrancársela y lanzarla al suelo.

Hacia el atardecer se examinó de nuevo y se encontró casi loco; la tempestad levantada en él desde el instante en que había perdido la esperanza y la voluntad de salvar a la gitana no había dejado en su conciencia ni sola idea sana, ni un solo pensamiento en su sitio. Su razón permanecía prácticamente destruida por completo. Sólo aparecían en su mente dos imágenes muy nítidas: la Esmeralda y el patíbulo; el resto era oscuridad. Aquellas dos imágenes juntas dibujaban en su espíritu un grupo espantoso y cuanto más atención les prestaba, más se agigantaban en una progresión fantástica; una llena de gracia, de encanto, de belleza, de luz y el otro Reno de horror, de manera que, al final, la Esmeralda se le aparecía como una estrella y la horca como un enorme brazo descarnado.

Algo destacable es que, durante aquella horrible tortura, nunca le surgió la idea seria de morir. ¡Así estaba hecho aquel miserable! Se aferraba a la vida y hasta es posible que, detrás de todo ello, viese realmente el infierno.

El día seguía declinando y el ser vivo que aún existía en él, pensó confusamente en la vuelta. Se imaginaba lejos de París pero, cuando se orientó mejor, comprobó que no había hecho sino rodear el recinto de la Universidad. La torre de Saint-Sulpice y las tres altas agujas de Saint-Germain-des-Prés se recortaban en el horizonte, a su derecha y cuando oyó el quién vive de los hombres de armas del abad, los vigilantes del recinto almenado de Saint-Germain, se volvió y tomó el sendero que había delante entre el molino de la abadía y la leprosería uel burgo y un momento después se encontró cerca del Pré-aux-Clercs. Aquel prado era famoso por los tumultos que se organizaban día y noche; era la hidra de los monjes de Saint-Germain, quod monachis Sancti-Germani pratensis hydra fuit, clericis nova semper dissidiorum capita surcitantibus(1).

1. Que para los monjes de San Germán fue una hidra, pues los clérigos suscitaban siempre nuevos motivos de disputa. (Cita de Du Breul.) El archidiácono temió encontrar a alguien y tenía miedo de todo rostro humano. Acababa de evitar la Universidad, el barrio de Saint-Germain y pretendía entrar en las calles lo más tarde Posible. Pasó de largo el Pré-aux-Clercs, tomó el camino desierto que le separaba del Dieu-Neuf y llegó por fin al borde del agua.

Allí dom Claude encontró a un barquero que por unos pocos denarios parisinos, le hizo remontar el Sena hasta el puente de la Cité, y le dejó en aquel istmo abandonado en el que el lector ha visto ya soñar a Gringoire y que continuaba hasta pasados los jardines del rey, paralelo a la isla del barquero de las vacas.

El movimiento monótono del barco y el chapoteo del agua habían adormecido un poco al desventurado Claude. Cuando ya el barquero se hubo alejado, él permaneció aún estúpidamente, de pie, en la orilla, mirando hacia delante y no viendo las cosas más que a través de los movimientos deformantes que le hacían ver una especie de fantasmagoría. No es raro que el cansancio producido por un gran dolor produzca estos efectos en la mente.

El sol se había ya escondido tras la alta Tour de Nesle; era el momento del crepúsculo; el cielo era blanco como blanca era el agua del río. Entre aquellas dos blancuras, la orilla izquierda del Sena, en la que él tenía fijos los ojos, proyectaba su masa sombría y, cada vez más delgada por la perspectiva, se hundía entre las brumas del horizonte como una flecha negra. Estaba rodeada de casas, de las que sólo se distinguía su oscura silueta, nítidamente recortada en la oscuridad, en el fondo claro del cielo y del agua.

Aquí y allá las ventanas comenzaban a encenderse como brasas. Aquel inmenso obelisco negro, así aislado, entre los dos manteles blancos del cielo y del río, muy ancho en aquel lugar, produjo en dom Claude un efecto singular, comparable a lo que pudiera sentir un hombre que, tumbado de espaldas al pie de los capiteles de la catedral de Estrasburgo, viera la enorme aguja hundirse por encima de su cabeza en las penumbras del crepúsculo; sólo que aquí era Claude quien estaba de pie y el obelisco el que estaba echado; pero, como el río, al reflejar al cielo, prolongaba el abismo por debajo de él, el inmenso promontorio parecía tan atrevidamente lanzado hacia el vacío como la flecha de una catedral y la impresión era la misma.

Esta impresión tenía incluso algo de más extraño y profundo, ya que parecía la aguja de Estrasburgo, pero como si fuera de dos leguas; algo inaudito, gigantesco a inconmensurable; un edificio como ningún ojo humano haya visto nunca; una torre de Babel.

Las chimeneas de las casas, las almenas de las murallas, los piñones tallados de las fachadas, la flecha de los agustinos, la Tour de Nesle, todos aquellos salientes que mellaban el perfil del colosal obelisco, acrecentaban aquella ilusión, engañando curiosamente a la vista con los resaltes y relieves de unas esculturas densas y fantásticas. Claude creyó ver, en el estado de alucinación en que se encontraba -ver con sus ojos de la cara- el campanario del infierno; las mil luces esparcidas por toda la altura de aquella espantosa torre, le parecieron otras tantas bocas del inmenso horno interior y las voces y los ruidos, que de ellas salían, otros Cantos estertores y gritos. Entonces le entró el miedo y se tapó las orejas con las manos para no oírlos, dio media vuelta para no ver nada y se alejó a grandes pasos de aquella horrible visión.

La visión sin embargo estaba en él.

Cuando se adentró en las calles, la gente que se codeaba al resplandor de los escaparates le producía el efecto de un eterno ir y venir de espectros a su alrededor. Sentía ruidos horribles en el oído y fantasías extraordinarias le turbaban el espíritu. No veía ni casas, ni suelo, ni carros, ni hombres, ni mujeres, sino un caos de objetos indefinidos que se fundían por los bordes unos en otros. En una esquina de la calle de la Barillerie había una tienda de comestibles cuyo alero estaba, según costumbre inmemorial, guarnecido todo a lo largo de anillas de hojalata de las que colgaban bastoncitos de madera que, movidos por el viento, se entrechocaban produciendo un sonido como de castañuelas. Él creyó oír entrechocarse en la oscuridad los huesos de los esqueletos colgados en Montfaucon(2).

2 Localidad próxima a la Villete -hoy en pleno casco de París- donde se elevaba un famoso cadalso, construido en el siglo xtu. No desapareció hásta 1760. En este siniestro patíbulo podían ser colgados hasta sesenta condenados a la vez. Circunstancia curiosa es que su constructor, Marigny, fue colgado en él así como muchos otros personajes conocidos, como intendentes de finanzas, etc., incluso el almirante Gaspar de Coligny, que defendió la plaza de San Quintín,luchando contra los españoles; posteriormente convertido al protestantismo, y una de las primeras víctimas de la famosa noche de San Bartolomé, vio expuesto su cnerpo en el tristemente famoso patíbulo de Montfaucon.

-¡Oh! -exclamó-, ¡el viento de la noche empuja a unos contra otros y junta el ruido de sus cadenas con el de sus huesos! ¡Tal vez ella se encuentre ahí colgada entre los demás!

Enloquecido, no supo ya a dónde ir. Unos pasos más allá, se encontró en el Pont Saint-Michel. Vio luz en la ventana de una planta baja y se aproximó. A través de sus cristales resquebrajados, descubrió una habitación sórdida que despertó en su espíritu un recuerdo confuso. En aquella sala, mal iluminada por una débil lámpara, había un hombre rubio y jovial, de figura agradable, que estaba abrazando y besando entre grandes risotadas a una muhacha, vestida con mucho descaro. Cerca de la lámpara se veía a tna vieja hilando y cantando a la vez con una voz cascada. Corno as risotadas del joven no eran continuas, la canción de la vieja legaba a trozos hasta el clérigo. Era algo muy poco inteligible y horroroso.

Grève, aboye, Grève grouille!

File, file, ma quenouille, File sa corde au bourreau Qui siffle dans le préau.

Grève, aboye, Grève grouille.

La belle corde de chanvre!

Semez d'ici jusqu'á Vanvre Du chanvre et non pas du blé.

Le voleur n'a pas volé La belle corde de chanvre!

Grève grouille, Grève aboye!

Pour voir la fille de joie Pendre au gibet chassieux Les fenêtres sont des yeux.

Grève, grouille, Grève aboye (3).

3 ¡Grève, ladra, Grève bulle! / Hila hila rueca mía / Hila su cuerda al verdugo / Que silba en el prado / ¡Grève, ladra, grève bulle! / ¡Qué bonita cuerda de cáñamo! / Sembrad desde Issy hasta Vanvre / Cáñamo que no trigo / El ladrón no la ha robado / la bonita cuerda de cáñamo / ¡Grève buye, Grève ladra! / Para ver a la ramera / colgar de la horca asquerosa / Las ventanas son como ojos / ¡Grève bulle, Grève ladra!

Al llegar aquí, el joven volvía a reír y a acariciar a la joven. La vieja era la Falourdel y la muchacha una mujer pública; el joven era su hermano Jehan.

Dom Claude seguía mirando, pues le daba igual un espectáculo que otro.

Vio cómo Jehan se acercaba a una ventana del fondo de la sala, la abría y echaba una ojeada al muelle del Sena en donde brillaban a lo lejos mil ventanas encendidas, y le oyó decir al cerrarla:

-¡Por vida mía! Se está haciendo de noche. Los burgueses encienden sus velas y Dios sus estrellas.

Después se acercó a la chica y rompió una botella que había en una mesa a la vez que gritaba.

-¡Vacía otra vez! ¡Ya no me queda dinero! Isabeau, querida amiga, no estaré contento de Júpiter hasta que no cambie tus pechos blancos en dos negras botellas para mamar vino día y noche, vino de Beaune.

Aquella broma hizo reír a la ramera y Jehan salió.

Apenas si dom Claude tuvo tiempo de echarse al suelo para no encontrarse de frente con Jehan y ser reconocido. Por suerte la calle era oscura y el estudiante estaba borracho. Sin embargo, distinguió al archidiácono tumbado en el suelo.

-¡Vaya, vaya! Aquí hay uno que hoy se lo ha pasado bien -y empujó con el pie a dom Claude que contenía la respiración.

-Borracho del todo -dijo Jehan-. Andando, que está como una cuba; es como una sanguijuela salida del tonel. ¡Y está calvo! Es un viejo -dijo agachándose-,;Fortunate renex!

Después dom Claude le oyó alejarse y decir:

-Da igual; la razón es hermosa y mi hermano, el archidiácono es un hombre con suerte por ser bueno y tener dinero.

Entonces el archidiácono se levantó y corrió sin parar hasta Nuestra Señora, cuyas enormes torres veía aparecer en la oscuridad por encima de las casas.

Al llegar a la plaza de la catedral, totalmente sofocado, retrocedió y no se atrevió a levantar la vistá hacia el funesto edificio.

-¡Oh! -dijo en voz baja-, ¿será verdad que tales cosas hayan pasado aquí hoy; esta misma mañana?

Por fin se decidió a mirar a la iglesia. La fachada se destacaba, oscura, sobre un cielo rutilante de estrellas y la luna, en cuarto creciente, estaba en aquel momento encima de la torre derecha y parecía colgada, como un pájaro luminoso, en el borde de la balaustrada, recortada en tréboles negros.

La puerta del claustro se hallaba cerrada pero el archidiácono llevaba siempre consigo la llave de la torre en donde se encontraba el laboratorio y la utilizó para entrar en la iglesia.

Encontró allí una oscuridad y un silencio de caverna. Por las grandes sombras que caían por todas partes en anchos pliegues, se dio cuenta de que aún no habían quitado las colgaduras para la ceremonia de aquella mañana. La gran cruz de plata refulgía en la oscuridad, salpicada de algunos puntos brillantes, como una vía láctea en aquella noche de sepulcro. Las altas ventanas del coro mostraban por encima de las colgaduras negras el extremo superior de sus ojivas, cuyas vidrieras, atravesadas por la luz de la luna, sólo tenían los colores apagados de la noche, como el violeta, el blanco y el azul que sólo se ven en las caras de los muertos. El archidiácono, al ver alrededor del coro aquellas puntas pálidas de la parte superior de las ojivas, creyó ver mitras de obispos condenados. Cerró los ojos y cuando los abrió de nuevo le parecieron caras pálidas que le miraban fijamente.

Echó a andar por la iglesia y le pareció que también la iglesia se movía; que vivía; que cada pilar se convertía en una enorme pata que golpeaba el suelo con su enorme planta pétrea y que la gigantesca catedral se asemejaba a una especie de elefante prodigioso que resoplaba y que se ponía en movimiento, utilizando los pilares como patas, sus dos torres como trompas y el inmenso paño negro como gualdrapa.

La fiebre o la locura habían alcanzado tal intensidad que el mundo exterior no era para el infortunado clérigo más que una especie de apocalipsis visible, palpable, pavorosa.

Hubo un momento en que estuvo más calmado y recorriendo las naves laterales observó, detrás de uno de los pilares, una luz rojiza. Se acercó a ella como si fuera una estrella; era la pequeña lamparita que iluminaba noche y día el breviario público de Nuestra Señora, tras una rejilla de hierro. Se avalanzó sobre el santo libro con la esperanza de encontrar en él algún consuelo o algo de ánimo. El libro se encontraba abierto en este pasaje de Job por el que su vista se paseó: «Y un espíritu pasó ante mi rostro y sentí como un ligero soplo y se me erizó el vello de mi piel.»

Ante aquella lúgubre lectura, experimentó lo que experimenta un ciego al sentirse picado por el bastón que ha recogido del suelo. Las piernas comenzaron a fallarle y se derrumbó sobre el suelo, pensando en la que había muerto aquel mismo día. Sentía que pasaban por su cerebro tantas humaredas monstruosas que le parecía como si su cabeza se hubiera convertido en una de las chimeneas del infierno.

Quizás permaneció durante mucho tiempo en esta actitud, sin pensar en nada, anonadado y pasivo bajo la mano del demonio.

Poco a poco fue recobrándose y pensó en ir a refugiarse en la torre cerca de su fiel Quasimodo. Se incorporó y como sentía miedo cogió, para iluminarse la lamparita del breviario. 4quello era un sacrilegio pero no estaba en condiciones para preocuparse por tan poca cosa.

Subió lentamente por la escalera de las torres, lleno de un secreto terror, que debía afectar también a los escasos traseúntes de la plaza de Nuestra Señora que vieran aquella misteriosa luz rojiza de la lámpara ascendiendo, a aquellas horas, de aspillera en aspillera, hasta lo alto del campanario.

De pronto sintió algo de frío en su rostro y es que se encontraba bajo la puerta de la más elevada de las galerías. El aire era fresco; por el cielo corrían grandes nubes blancas que se mezclaban unas sobre otras y se aplastaban en los ángulos, asemejándose a un río desbordado por la corriente del invierno. La luna, varada en su cuarto creciente en medio de las nubes, se asemejaba a un navío celeste, encallado entre aquellos hielos del aire.

Bajó la vista y contempló durante un momento, por entre el enrejado de columnillas que une las dos torres, a lo lejos y a través de un velo de humos y de brumas, la multitud silenciosa de los tejados de París, afilados, innumerables, amontonados y pequeños como las olas de un mar tranquilo en una noche de verano.

El resplandor de la luna se esparcía por el cielo, dando a la sierra un tono de ceniza. En aquel momento el reloj levantó su voz endeble y cascada y dio las doce. El clérigo pensó en el mediodía y que eran las doce que volvían de nuevo.

-¡Oh! -se dijo muy bajo- ¡Qué fría debe estar ya!

De pronto, el viento apagó su lámpara y casi simultáneamente vio surgir, por el lado opuesto de la torre, una sombra, un resplandor, una forma blanca de mujer. Se estremeció pues junto a aquella mujer había una cabritilla que prolongaba con su balido la última campanada del reloj.

Tuvo el valor de mirarla. Era ella; estaba pálida y sombría. Su melena le caía sobre los hombros como por la mañana pero sus manos estaban libres y no llevaba la soga al cuello. Estaba libre; estaba muerta. Iba vestida de blanco y un velo blanco también le cubría la cabeza. Se acercaba a él lentamente, mirando al cielo y la cabra sobrenatural la seguía. Entonces se sintió de piedra y demasiado pesado para huir. A cada paso que ella avanzaba, él retrocedía otro; eso era todo. Así volvió hasta la bóveda oscura de la escalera. Se sentía helado ante la idea de que ella pudiera llegar hasta donde él se encontraba; si lo hubiera hecho, él habría muerto de terror.

Ella se acercó hasta la puerta de la escalera y se detuvo allí durance algunos momentos; miró fijamente hacia la oscuridad pero, aparentemente no vio al clérigo y siguió. Le pareció más alta que cuando vivía. Vio la luna a través de su vestido blanco y hasta Ilegó a percibir su respiración.

Cuando hubo pasado, empezó a bajar la escalera con la lentitud que había observado en aquella aparición, creyéndose él mismo un espectro, asustado, con el cabello erizado y con su lámpara apagada en su mano; mientras bajaba los peldaños en espiral, oía nítidamente en su oído una voz que reía y que repetía:

«... Y un espíritu pasó ante mi rostro y sentí como un ligero soplo y se me erizó el vello de mi piel.»