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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 4. Larciate ogni speranza
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En la Edad Media, cuando un edificio estaba terminado, había pot debajo de la tierra otro tanto como lo que se veía en el exterior. Salvo los que estaban construidos sobre pilotes, como Nuestra Señora, los palacios, las fortalezas, las iglesias, tenían siempre un doble fondo. En las catedrales setrataba casi de otra especie de catedral subterránea, baja, oscura, misteriosa, ciega y muda, bajo la nave superior, rebosante de luz y con música de órgano y sonidos de campanas resonando noche y día; a veces aqueIla planta no era más que un sepulcro. En los palacios, en las fortalezas, los sótanos eran prisiones y a veces también sepulcros o ambas cosas a la vez. Esas imponentes construcciones, de las que ya en otra parte hemos explicado cómo se formaban, no tenían simplemente cimientos sino, por decirlo de algún modo, raíces que se iban ramificando, bajo el suelo, en estancias, galerías y escaleras, como lo que se edificaba en la superficie, y así los palacios y fortalezas estaban enterradas hasta medio cuerpo.

Los sótanos de un edificio constituían otro edificio, al que había que bajar en lugar de subir, y que construía sus pisos subterráneos bajo el montón de pisos exteriores del monumento igual que esos bosques o esas montañas que se invierten reflejados en las aguas límpidas de un lago por debajo de los bosques y de las montañas de la orilla.

En la fortaleza de Saint-Antoine, en el Palacio de justicia de París, en el Louvre, esos sótanos eran prisiones y sus plantas subterráneas se reducían y ensombrecían a medida que iban descendiendo. Eran otras tantas zonas en donde se iban escalonando diferentes matizaciones del horror. Dante no ha encontrado nada mejor para su infierno que esos calabozos en forma de embudos que desembocaban generalmente en un foso con fondo de cuba en donde Dante colocó a Satanás y donde la sociedad metía a sus condenados a muerte. En cuanto algún miserable era encerrado allí, decía adiós a la luz, al aire, a la vida, a ogni tperanza.

No volvía a salir de allí sino era para ser quemado o ser colgado. A veces se pudrían allí hasta la muerte. La justicia humana llamaba a eso olvidar. Entre los hombres y él, el condenado sentía pesar sobre su cabeza un amontonamiento de piedras y de carceleros; y la prisión entera, la imponente y maciza fortaleza, no era más que una inmensa y complicada cerradura que le encadenaba para siempre fuera del mundo de los vivos.

En un fondo de cuba así, en las mazmorras excavadas por San Luis, en los calabozos de la Tournelle, allí habían encerrado a la Esmeralda, condenada a la horca, por miedo quizás a una evasión. ¡Todo el colosal Palacio de justicia sobre su cabeza! ¡Pobre mosca que habría sido incapaz de remover la menor de sus piedras!

En realidad, la providencia y la sociedad habían sido igualmente injustas pues nunca habría sido necesario para sometar a una criatura tan frágil semejante exhibión de desgracias y de tortura.

Allí estaba ella, perdida en la oscuridad, sepultada, encerrada, emparedada. Si alguien la hubiera visto en cal estado, habiéndola antes visto reír y bailar al sol, se habría echado a temblar. Fría como la noche, como la muerte, sin una ligera brisa entre sus cabellos, sin ningún ruido humano en sus oídos, sin ningún rayo de luz en sus ojos, partida en dos, cargada de cadenas, acurrucada junto a una jarra de agua y un poco de pan, echada sobre un montoncito de paja en un charco de agua formado a sus pies por el rezumar del calabozo, sin movimiento y apenas sin aliento; casi no podía ni sufrir. Febo, el sol, el mediodía, el aire libre, las calles de París, sus danzas siempre aplaudidas, los dukes devaneos con el capitán; luego el clérigo, la alcahueta, el puñal la sangre, la tortura, el patíbulo, todo esto desfilaba por su cabeza, a veces como una visión alegre y dorada y otras cual una pesadilla informe. En cualquier caso sólo era una lucha terrible y vaga que se perdía en la oscuridad o una música lejana, allá, en la tierra pero imposible de oír en aquella profundidad en la que ella había caído.

Desde que se encontraba allí ni velaba ni dormía. En aquella infortunada mazmorra no era capaz de distinguir la vigilia del sueño, ni el sueño de la realidad, ni el día de la noche.

Allí todo se mezclaba y se rompía flotando confusamente en su cabeza y ya no sabía ni era capaz de sentir ni de pensar. Nunca jamás criatura alguna se había visto tan sumida en la nada. Y así, insensible, helada, petrificada, apenas si había sido capaz de oír el ruido de una trampilla que dos o tres veces se había abierto en algún lugar por encima de ella, sin dejar siquiera filtrarse un haz de luz, para que una mano pasara a través de ella un trozo de pan negro.

Sin embargo era aquélla la única comunicación que le quedaba con los hombres; las visitas periódicas del carcelero.

Había algo a lo que su oído se mostraba aún sensibilizado: por encima de su cabeza la humedad se filtraba a través de las piedras enmohecidas de la bóveda, dejando discurrir a intervalos regulares una gota de agua. Maquinalmente escuchaba el ruido de aqueIla gota al caer en el charco que había junto a ella.

Aquella gota representaba el único movimiento a su alrededor, el único reloj que marcaba el tiempo, el único entre todos los ruidos de la superficie de la tierra que llegaba hasta ella.

Para ser más exactos habría que decir que sentía también, en aquella cloaca de fango y de tinieblas, una cosa fría que, de cuando en cuando, le rozaba los pies o los brazos y que la hacía estremecerse.

Tampoco sabía cuánto tiempo llevaba allí. Se acordaba,de haber oído en algún lugar pronunciar una condena de muerte contra alguien y luego de que la habían llevado a la mazmorra. También se acordaba de haberse despertado, helada, en el silencio de la noche y de haber intentado desplazarse,arrastrándose con las manos, pero entonces unas argollas le habían lastimado los tobillos, y había sentido también el ruido de cadenas. Poco más tarde percibió que todo estaba amurallado a su alrededor y que debajo de ella había humedad en el suelo y un montón de paja. No había ni una mala luz ni un respiradero. Ella se había sentado entonces en la paja y, a veces para cambiar de postura, sobre un escalón de piedra que había en el calabozo.

Durante algún tiempo había intentado contar los negros minutos, marcados por aquella gota de agua, pero pronto aquel triste trabajo de un cerebro enfermo se había cortado por sí solo en su cabeza y la había sumido en una especie de estupor.

Por fin un día o una noche (pues día y noche tenían el mismo color en aquel sepulcro) creyó oír por encima de su cabeza un ruido más fuerte que el que de ordinario hacía el carcelero al traerle su ración de agua y de pan. Levantó entonces la cabeza y vio como un rayo rojizo pasar a través del hueco de la portezuela o trampilla practicada en la bóveda de la mazmorra. Al mismo tiempo la pesada cerradura chirrió, la trampa rechinó al girar sobre sus oxidados goznes se abrió y ella logró ver una luz, una mano y la parte inferior del cuerpo de dos hombres; la puerta era demasiado baja y no podía ver sus cabezas. Aquella luz le hirió tan vivamente que hubo de çerrar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos de nuevo la puerta ya se había cerrado, el farol se hallaba encima del escalón y un hombre, sólo uno, se hallaba de pie delante de ella. Una cogulla negra le caía hasta los pies y un capuchón del mismo color le tapaba el rostro. No se veía nada de su persona, ni su cara ni sus manos. Era un largo sudario negro que se mantenía de pie y bajo el cual podía verse que se movía algo. Ella se quedó mirándolo fijamente durante algunos minutos pero ni él ni ella se dijeron nada. Podría decirse que eran dos estatuas solamente. Dos cosas parecían tener vida en aquel calabozo; la mecha del farol que chisporroteaba a causa de la humedad ambiente y la gota de agua de la bóveda que cortaba aquella crepitación irregular con su chapoteo monótono y hacía temblar la luz del farol en círculos concéntricos en el agua aceitosa de la charca.

Por fin la prisionera rompió el silencio:

-¿Quién sois?

-Un sacerdote.

Aquella palabra, su acento, el sonido de su voz la hicieron estremecerse.

El sacerdote prosiguió articulando sordamente.

-¿Estáis preparada?

-¿Para qué?

-Para morir.

-¡Oh! -dijo ella-. ¿Será pronto?

-Mañana.

Su cabeza que se había erguido con alegría volvió a caer sobre el pecho.

-¡Es mucho tiempo! -murmuró-. ¿Que más les daba hacerlo hoy mismo?

-¿Tan desgraciada sois? -le preguntó el sacerdote tras un silencio.

-Tengo mucho frío -respondió la gitana.

Entonces se cogió los pies con las manos, en un gesto habitual de quienes sienten frío y que ya vimos también hacer a la reclusa de la Tour-Roland, y sus dientes castañetearon.

Por debajo del capuchón, el sacerdote pareció pasear su mirada por el calabozo.

-¡Sin luz! ¡Sin fuego! ¡Sin agua! ¡Es horrible!

-Sí; respondió ella con el gesto asombrado que la desgracia había dejado en su cara-. La luz es para todos. ¿Por qué sólo me dan la oscuridad?

-¿Sabéis -preguntó el sacerdote después de un nuevo silencio- por qué estáis aquí?

-Creo que alguna vez me lo dijeron -dijo pasándose sus dedos por las cejas como para ayudarse a recordar- pero ya no lo sé.

De pronto rompió a llorar como un niño.

-Querría salir de aquí, señor. Tengo frío y miedo y hay aquí bichos que se me suben por el cuerpo.

-Muy bien; seguidme.

Al decir esto el sacerdote la tomb por el brazo y, aunque la desgraciada estaba helada hasta los huesos, aquella mano le produjo una sensación de frío.

-¡Oh! -murmuró ella-, es como la mano helada de la muerte. ¿Quién sois vos?

El sacerdote alzó su capucha y ella se quedó mirándole. Era aquel rostro siniestro que venía persiguiéndola desde hacía tanto tiempo; aquella cabeza de demonio que se le había aparecido en la casa de la Falourdel, por encima de la adorada cabeza de Febo; aquellos ojos que había visto brillar por última vez cerca de un puñal.

Aquella aparición tan fatal siempre para ella y que, de desgracia en desgracia, la había ido empujando hasta el suplicio, la sacó de su embotamiento y le pareció que aquella especie de velo que había cubierto su memoria se estaba desgarrando. Todos los detalles de su lóbrega aventura, desde la escena nocturna, en casa de la Falourdel, hasta su encierro en la Tournelle, le vinieron atropelladamente a su cabeza pero no imprecisos y confusos como hasta entonces, sino nítidos, crudos, tajantes, vivos y terribles. Aquellos recuerdos medio borrados y obstruidos por el exceso de sufrimiento, se reavivaron ante el tostro sombrío que tenía delante, de igual manera que el calor hace surgir frescas en el papel blanco las letras invisibles trazadas en él con tinta simpática. Creyó, al verle, que todas las llagas de su corazón se reabrían, sangrantes, a la vez.

-¡Ah! -exclamó con un temblor convulsivo y tapándose los ojos con las manos-. ¡Es él!

Luego, descorazonada, dejó caer sus brazos y se quedó sentada, con la cabeza baja, la mirada fija en el suelo, muda y temblorosa.

El clérigo la miraba con los ojos de un milano que desde las alturas ha estado planeando en torno a una pobre alondra, oculta en los trigales, y que cada cada vez ha ido reduciendo los círculos formidables de su vuelo y de pronto se abate sobre su presa como una flecha y la sujeta jadeante en sus garras.

Ella se puso a murmurar muy bajo:

-¡Acabad! ¡Terminad ya! ¡El golpe de gracia! -y, aterrorizada, ocultaba la cabeza entre sus hombros como el cordero que espera el mazazo del carnicero.

-Así, pues, ¿os causo horror? -dijo él por fin. Pero ella no le respondió-. ¿Os causo horror? -volvió a insistir.

Los labios de la muchacha se contrajeron como si sonriera.

-Sí -contestó-. El verdugo hace escarnio del condenado. ¡Hace meses que me persigue, que me amenaza, que me aterroriza! Sin él, Dios mío, ¡qué feliz habría sido! ¡Él me ha lanzado a este abismo!

¡Santo cielo! ¡Él le ha matado! ¡Mi Febo!

En este punto dijo levantando los ojos hacia el clérigo y estallando en sollozos.

-¡Miserable! ¿Quién sois vos? ¿Qué os he hecho? ¿Por qué me odiáis? ¿Qué tenéis contra mí?

-¡Te amo! -contestó el clérigo Entonces su llanto se cortó súbitamente y se quedó mitándole de una manera estúpida. El clérigo se había puesto de rodillas ante ella y la miraba con ojos encendidos.

-¿Me oyes? Te digo que te amo.

-¡Qué triste amor! -dijo la desgraciada estremeciéndose.

El clérigo prosiguió.

-Es el amor de un condenado.

Los dos permanecieron en silencio durante algún tiempo, abrumados por el peso de sus emociones; él, como turbado, ella como idiotizada.

-Escucha -dijo por fin el sacerdote, que parecía hater recobrado una extraña serenidad-: Te lo voy a contar todo. Voy a decirte lo que hasta ahora no me he atrevido siquiera a decirme a mí mismo cuando interrogaba furtivamente mi conciencia en las horas profundas de la noche en donde la oscuridad es tal que parece que Dios no puede vernos. Escúchame, muchacha; antes de conocerre yo era feliz...

-¡Y yo! -suspiró débilmente la Esmeralda.

-No me interrumpas. Sí; era feliz o, al memos, creía serlo. Era puro y mi alma estaba Ilena de una claridad transparente. No habfa nadie más orgulloso y radiante que yo. Los sacerdotes me hacían consultas sobre la castidad y los doctores sobre la religión. Sí; lo conocía todo. La ciencia era mi hermana y me satisfacía. Y no es que no tuviera otros pensamientos, pues m£s de una vez mi cuerpo se había estremecido al paso de unas formas de mujer. Pero esa fuerza del sexo y de la sangre que, loco adolescente, había creído ahogar para siempre, m£s de una vez conmovió convulsivamente la cadena de los férreos votos que me atan, miserable de mí, a las frías piedras del altar; pero el ayuno, la oración, el esrudio, las maceraciones del claustro habían permitido que el espíritu dominase al cuerpo. Además evitaba siempre a las mujeres; y por otra pane me bastaba con abrir un libro para que todos los vapores impuros de mi cerebro se desvanecieran ante el esplendor de la ciencia. Al poco tiempo sentía cómo se iban alejando las cosas espesas del mundo y me encontraba tranquilo, deslumbrado y sereno en presencia del resplandor de la eterna verdad. Mientras el demonio no envió para atacarme m£s que vagas sombras de mujer que pasaban ante mis ojos, por la iglesia o por las calles, o en el cameo y que apenas si me venían en mis sueños, aquello lo vencía con facilidad.

Pero, ¡ay!, si no he podido alzarme con la victoria es por culpa de Dios que ha hecho al hombre y al demonio de fuerzas desiguales. Escúchame, un día...

Aquí el clérigo se detuvo y la prisionera oyó surgir de su pecho sollozos que producían estertores desgartadores.

El sacerdote prosiguió.

-... Un dia me encontra a asoma o a a ventana a mi celda... ¿Qué libro estaba leyendo entonces? ¡Todo es como un torbellino dentro de mi cabeza! En fin; estaba leyendo. Mi ventana data a la plaza y de pronto oí un ruido de pandereta y música. Molesto por verme así interrumpido en mis meditaciones, miré hacia la plaza y lo que yo vi, lo veía también mocha genre; sin embargo, creedme, no era un espect£culo hecho para ser contemplado por ojos humanos. Allá abajo, en el suelo, era mediodía y brillaba el sol, estaba bailando una criatura. Tan hermosa era que el mismo Dios la habría preferido a la Virgen y la habría escogido para madre y habría querido nacer de ella si ella hubiese existido cuando él se hizo hombre. Tenía unos espléndidos ojos negros y entre sus cabellos negros jugueteaba el sol transformándolos en hilos de oro. Sus pies desaparecían con el ritmo rápido de la danza como desaparecen los radios de una rueda que gira velozmente. Por coda su cabeza y en sus trenzas negras había unas placas de metal que destellaban con los rayos de sol y eran como una corona de estrellas sobre su frente. Su vestido cuajado de lentejuelas brillaba azul, cubierto de mil destellos, como una noche de verano. Sus brazos, ágiles y morenos, se anudaban y se movían en torno a su cintura y la forma de su cuerpo era de una belleza sorprendente. ¡Oh! ¡Era una figura resplandeciente que se destacaba con fulgor de entre la misma luz del sol!... ¡Ay, muchacha!, aquella joven eras tú. Sorprendido, embriagado, hechizado, lo miraba y lo miraba. Te miré tanto que, de pronto, me estremecí de pavor y me sentí presa de la fatalidad.

El sacerdote, emocionado, se detuvo otra vez. Más tarde prosiguió.

-Y ya medio fascinado intenté asirme a algo en mi caída. Recordé las trampas que el demonio me había tendido en otras ocasiones. Aquella criatura que veía abajo poseía esa belleza sobrenatural que sólo del cielo o del infierno puede proceder. No podía ser una simple muchacha hecha de barro y débilmente ilumi. nada en su interior por el vacilante rayo de un alma de mujer. ¡Tenía que ser un ángel! Pero un ángel de tinieblas y de llamas, que no de luz. Mientras pensaba en eso, vi junto a ti una cabra, el animal de los aquelarres, que me miraba y se reía. El sol del mediodía ponía fuego en sus cuernos. Fue entonces cuando logré entrever que era una trampa del demonio y estuve cierto de que tú venías del infierno y que venías para perderme. Estaba seguyo de ello.

Al llegar aquí el clérigo miró de frente a la prisionera y añadió fríamente.

-Y aún lo creo. Sin embargo tu hechizo iba surtiendo su efecto; tu danza me trastornaba y sentía cómo el misterioso maleficio me iba dominando. Todo lo que debería estar despierto se adormecía en mi espíritu y al igual que los que mueren de frío perdidos en la nieve, encontraba placer en dejarme envolver por aquel sueño. De pronto empezaste a cantar. ¿Qué podía hacer yo, miserable? Tu canto era aún más seductor que tu danza. Quise huir y fue imposible. Estaba clavado y fuertes raíces me sujetaban al suelo. Me parecía que el mármol del suelo me había subido hasta las rodillas y tuve que quedarme hasta el final. Tenía helados los pies y la cabeza me hervía. Por fin te compadeciste de mí, dejaste de cantar y desapareciste. El reflejo de aquella deslumbrante visión, el eco de aquella música hechicera se fueron poco a poco desvaneciendo de mis ojos y de mis oídos y caí contra un rincón de la ventana más rígido y más débil que una estatua. El toque de vísperas me despertó. Me levanté y eché a correr pero, ¡ay:, algo, dentro de mí, se había caído y no podía levantarse; algo había surgido en mí de lo que no podía desprenderme.

Tras una breve pausa, prosiguió de nuevo.

-Sí; a partir de aquel día hubo dentro de mí un hombre al que no conocía. Quise servirme de todos mis antiguos remedios: el claustro, el altar, el trabajo, los libros. ¡Locura inútil! ¡Cómo suena a hueco la ciencia, cuando golpea con desesperación una cabeza llena de pasiones! ¿Sabes acaso, muchacha, lo que desde entonces veía entre mi libro y yo? A ti. Veía tu sombra; la imagen de aquella aparición luminosa que un día había atravesado el espacio para llegar hasta mí. Pero aquella imagen no tenía ya el mismo color; era sombría, fúnebre, tenebrosa, como el círculo negro que se graba mucho tiempo en la vista del imprudence que ha mirado fijamente al sol. Como no podía librarme de ti; como oía siempre tu canción zumbona en mi cabeza y hasta en mis rezos te veía bailar y por la noche me parecía que tu cuerpo venía a deslizarse sobre el mío, quise verte, tocarte, saber quién eras, comprobar si tu imagen se asemejaba a aquella imagen ideal que de ti me había quedado; quebrar quizás mi sueño en contacto con la realidad. En cualquier caso esperaba que una impresión nueva borrara la primera, pues la primera se me había hecho ya insoportable.

Te busqué y logré verte ¡por desgracia! Cuando conseguí verte por segunda vez, deseé verte mil veces; deseé verte siempre; ¿cómo puede uno detenerse en esa pendiente infernal? Desde entonces dejé de ser yo.

El otro extremo del hilo con el que el demonio me había atado las alas estaba sujeto a tu pie y desde entonces fui, como tú, un ser errante y vagabundo. Te esperaba bajo los porches para verte, te espiaba en la calle, tras las esquinas, te vigilaba desde lo alto de mi torre. Por las noches volvía a mí mismo y me encontraba más hechizado, más desesperado, más embrujado, más perdido. Supe que eras egipcia, bohemia, gitana, zíngara, ¿cómo Podía dudar entonces de tu magia? Escucha. Esperé que un proceso pudiera liberarme de tu poder, de tu encanto. Una bruja hechizó a Bruno d'Asr la hizo quemar y se curó. Yo conocía la historia y quise intentar el remedio. Traté primero de que se lo prohibiera bailar en la plaza ante el atrio de Nuestra Señora, esperando así olvidarte si tú no volvías, pero no lo tuviste en cuenta y volviste. Más tarde se me ocurrió secuestrarte y hasta lo intenté una noche. Éramos dos y ya lo habíamos conseguido cuando surgió ese maldito capitán que te libró de nosotros y allí comenzó tu desgracia, la mía y la suya. Por fin, sin saber ya qué hacer, te denuncié al Santo Oficio pensando en curarme como Bruno d'Ast. Pensaba, aunque confusamente, que un proceso te entregaría a mí; que en una prisión podría tenerte y serías mía; que allí no podrías escaparte de mí; que hacía ya mucho tiempo que tú me poseías y que ya era hora de que yo lo poseyera a mi vez. Cuando uno hace el mal, tiene que hacer todo el mal. ¡Es una locura quedarse a medias en lo monstruoso! ¡La profundidad del crimen provoca delirios de gozo! ¡Un sacerdote y una bruja pueden fundirse en el placer sobre la paja de una mazmorra! Así que te denuncié. Fue entonces cuando te asustaba con mis encuentros. Lo que tramaba contra ti, la tormenta que iba acumulando sobre tu cabeza se escapaba de mí en amenazas y en relámpagos. Pero todavía no estaba seguro pues mi proyecto presentaba aspectos horribles que me obligaban a retroceder. Quizás si hubiera renunciado entonces, mi repugnante idea se habría podido resecar en mi cerebro sin llegar a fructificar. Creí siempre que podría depender de mí el proseguir o detener el proceso. Pero todo mal pensamiento es inexorable y desea convertirse en realidad.

En donde yo me creía poderoso la fatalidad disponía de más poder que yo. ¡Qué penal, ¡qué penal, ha sido ella, la fatalidad, la que se ha apoderado de ti y te ha entregado al engranaje terrible de la máquina que tan tenebrosamente yo mismo había construido. Escúchame, que ya estoy acabando. Un día, otro bonito día de sol, veo pasar ante mí a alguien que pronuncia tu nombre y que se ríe con lujuria en sus ojos. ¡Maldición!

Le seguí. El resto ya lo conoces. El clérigo se calló y la muchacha sólo acertó a exclamar.

-¡Oh, mi Febo!

-No pronuncies ese nombre -dijo el clérigo cogiéndola violentamente del brazo-. ¡No vuelvas a pronunciar ese nombre! ¡Qué miserables somos! ¡Ese nombre es el que nos ha perdido! O más bien, por el juego inexplicable de la fatalidad, nos hemos perdido los unos a los otros. Estás sufriendo, ¿verdad? Tienes frío, la oscuridad te ciega, el calabozo te aprisiona; pero te queda un rayo de luz en tus entrañas, ¡aunque sólo sea tu amor de niña por ese hombre vacío que jugaba con tu corazón! Para mí es distinto; ¡yo llevo el calabozo en mi interior y el frío y la desesperación están dentro de mí! ¡La oscuridad reina en mi alma!

¿Sabes acaso lo que yo he sufrido? He asistido a tu proceso. Estaba sentado en los bandos del Santo Oficio; sí; bajo una de las capuchas de los sacerdotes un condenado se retorcía de dolor. Cuando te condenaron yo estaba allí y allí estaba también cuando te interrogaron y cuando te encerraron. ¡Guarida de lobos! Era mi crimen, mi patíbulo lo que yo estaba viendo alzarse lentamente sobre tu cabeza. En cada testimonio, en cada prueba, en cada requisitoria, yo estaba allí y me ha sido posible contar cada uno de tus pasos en esta vía dolorosa. También estaba yo allí cuando esa bestia feroz... ¡Oh!, ¡pero yo no había previsto la tortura!

Escúchame. Te he seguido en la cámara de la tortura. Te he visto desnudar y manipular medio desnuda por las manos infames del verdugo. Y vi tu pie, ese pie al que hubiera querido, por un imperio, besar una sola vez y morir; ese pie bajo el que yo habría experimentado tanta felicidad si me pisara la cabeza, lo vi preso en aquella horrible bota que convierte los miembros de un ser vivo en un amasijo sangrante. ¡Oh, el miserable! Mientras veía eso, escondía bajo mis hábitos un puñal con el que me desgarraba el pecho.

Cuando tú lanzaste aquel grito, lo hundí en mis carnes; al segundo grito me lo clavé en el corazón. Mira, ¡creo que aún estoy sangrando.

Abrió entonces su sotana y en efecto, su pecho aparecía desgarrado como por el zarpazo de un tigre y tenía en un costado una herida bastante ancha todavía sin cicatrizar.

La prisionera retrocedió horrorizada.

-¡Oh! -dijo el clérigo-. ¡Ten piedad de mí, muchacha! Te crees desdichada, pero, ¡ay!, no sabes lo que es la desgracia. ¡Amar a una mujer! ¡Ser sacerdote! ¡Ser odiado! Amarla con todas las fuerzas de su alma; saberse presto a dar su sangre por la más pequeña de sus sonrisas; su reputación, su salvación, la inmortalidad, la eternidad, esta vida y la otra; lamentar no haber sido rey, genio, emperador, arcángel o dios para someterse a sus pies como el menor de los esclavos. ¡Estrecharla noche y día en mis sueños y en mis pensamientos y verla enamorada de un uniforme de soldado! ¡No poder ofrecerle sino una miserable sotana de clérigo que le provocará miedo y rechazo! ¡Estar presente con sus celos y su rabia mientras ella prodiga a un miserable a imbécil fanfarrón sus tesoros de amor y de belleza! ¡Contemplar ese cuerpo que os abrasa, esos senos tan dulces, esa carne palpitar y enrojecer bajo los besos de otro! ¡Oh, cielos! ¡Amar sus pies, sus brazos, su cuello, pensar en sus venas azules, en su piel morena hasta retorcerse noches enteras en el suelo de la celda, y ver convertirse en torturas todas las caricias, con las que uno ha soñado para ella! No haber conseguido después de todo más que acostarla en aquella cama de cuero. ¡Ésas son las verdaderas tenazas puestas al rojo en el fuego del infierno! ¡Feliz el que es aserrado entre dos tablas o descuartizado con cuatro caballos! ¿Sabes algo del suplicio que te hacen sufrir noches enteras tus propias arterias que te hierven, tu corazón que estalla y tu cabeza que se rompe; tus dientes que se muerden las manos; verdugos encarnizados que te vuelven continuamente como en una parrilla al rojo en pensamientos de amor, de celos y de desesperación? ¡Muchacha, por favor! ¡Dame un momento de tregua! ¡Un porn de ceniza para estas brasas!

Enjuga, te lo ruego, el sudor que a chorros discurre por mi frente! ¡Niña! Tortúrame con una mano pero acariciame con la otra! ¡Ten piedad, muchacha! ¡Compadécete de mí!

El sacerdote se revolvía en el agua del suelo y se golpeaba la cabeza contra las aristas de los escalones de piedra mientras la muchacha, inmóvil, le escuchaba y le miraba.

Cuando por fin se calló, agotado y jadeante, ella repitió a media voz:

-¡Oh, mi Febo!

El sacerdote se arrastró hasta ella de rodillas.

-Por favor -suplicó- ¡si tenéis entrañas no me rechacéis! ¡Te amo! ¡Soy un miserable! ¡Cuando pronuncias ese nombre, desventurada, es como si triturases con tus dientes todas las fibras de mi corazón!

¡Por favor! Me voy contigo al infierno si vienes de allí. El infierno en donde estés será mi paraíso, pues tu presencia es más encantadora que la de Dios. Dime, ¿no me amas? El día en que cualquier mujer llegase a rechazar un amor semejante, habría creído que las montañas se abrirían. ¡Oh! ¡Si tú quisieras...! ¡Podríamos ser tan felices! Huirlamos. Yo te ayudaría a hacerlo. Podríamos ir a cualquier lugar. Buscaríamos en la tierra el lugar más luminoso, con más árboles, con cielo más azul. ¡Nos amaríamos, nos entregaríamos nuestras almas y nuestra sed de nosotros mismos sería tan insaciable que la calmaríamos en común en la copa inextinguible de nuestro amor!

La muchacha le interrumpió con una risa terrible a hiriente.

-¡Fijaos, padre, tenéis sangre en las uñas!

El sacerdote se quedó petrificado durante algunos instantes, con la vista fija en sus manos.

-Pues entonces -prosiguió el clérigo, con una extraña dulzura- ultrájame, búrlate de mí, abrúmame, pero ven conmigo. ¡Apresurémonos! Te repito que es para mañana. Es el patíbulo de la Grève, ¿recuerdas?

¡Está ya preparado! ¡Es horrible, verte marchar en esa carreta! ¡Por favor, nunca había sentido como ahora todo lo que te amo! Podrás amarme quizás después de haberse salvado y no me importa que puedas odiarme tanto tiempo como quieras, pero ven, por favor. ¡Es mañana! ¡Mañana! ¡La horca! ¡Tu suplicio!

¡Sálvate! ¡Apiádate de mí!

La tomó el brazo; estaba muy turbado y quiso llevarla consigo.

Ella clavó en él una mirada penetrante.

-¿Qué le ha ocurrido a mi Febo?

-¡Ah! -dijo el clérigo soltándola el brazo-. ¡No tenéis piedad!

-¿Qué le ha ocurrido a Febo? -repitió fríamente.

-Ha muerto -contestó el clérigo.

-¿Muerto? -dijo ella con el mismo tono glacial-. Entonces, ¿por qué me habláis de vivir?

Él no la escuchaba.

-¡Oh! -decía hablando consigo mismo-; debe estar muerto. La hoja profundizó mucho a incluso creo que llegué con la punta al corazón. Sí; tenía puesta mi vida en aquel puñal.

La muchacha se lanzó sobre él como una fiera rabiosa y le empujó hacia la escalera con fuerza sobrehumana.

-¡Vete, monstruo! ¡Vete, asesino! ¡Déjame morir! ¡Que nuestras sangres dejen sobre tu frente una mancha indeleble! ¿Ser tuya? jamás! jamás! ¡Nada, ni el infierno será capaz de reunirnos! ¡Vete, maldito!

El clérigo tropezó en la escalera, cogió su lámpara y empezó a subir lentamente los escalones que llevaban a la puerta; la abrió. y salió del calabozo.

De pronto la muchacha vio de nuevo aparecer su cabeza; tenía una expresión de espanto y le gritó con una voz de rabia y desesperación.

-Te repito que ha muerto.

Ella cayó de bruces y ya no se volvió a oír en la mazmorra más que el suspiro de aquella gota de agua que hacía temblar el charco en la oscuridad.