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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 3. Fin del escudo transformado en hoja seca
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Cuando pálida y cojeando, volvió a la sala de la audiencia, fue recibida con un murmullo general de satisfacción. Por parte del auditorio aquel murmullo significaba un sentimiento de impaciencia satisfecha; lo mismo que se experimenta en el teatro cuando se acaba el último entreacto y cuando por fin se levanta el telón y la obra va a comenzar. Por parte de los jueces, era la esperanza de cenar pronto. Hasta la cabrita baló de alegría y quiso correr hacia su dueña; no pudo hacerlo porque la habían atado a un banco.

Se había hecho totalmente de noche. El número de velas seguía siendo el mismo y su luz era tan escasa que apenas si iluminaba los muros de la sala y todos los objetos se hallaban como sumidos entre brumas a causa de la oscuridad. Se distinguían malamente algunos de los rostros apáticos de los jueces. Frente a ellos, al otro extremo de la larga sala, podía verse un punto vago de blancura que se destacaba claramente entre las sombras: era la acusada.

Había llegado a su sitio medio arrastrándose. Cuando Charmolue se hubo magistralmente instalado en el suyo, dijo sin mostrar excesiva vanidad por su éxito.

-La acusada ha confesado todo.

-Mujer gitana -prosiguió el presidente-: ¿No es cierto que habéis confesado todos vuestros hechos de brujería y de prostitución así como el asesinato de Febo de Châteaupers?

El corazón de la gitana se encogió y sus sollozos se oyeron entre la sombra.

-Todo lo que queráis, pero matadme pronto.

-Señor procurador del rey para asuntos eclesiásticos -dijo el presidente-, la cámara está dispuesta a oír vuestras requisitorias.

Maese Charmolue exhibió un terrible montón de hojas y comenzó a leer con mucha gesticulación y con el tono exagerado propio de la abogacía una parrafada en latín en donde todas las pruebas del proceso se exponían en perífrasis ciceronianas adornadas con citas de Plauto, su comediante favorito. Lamentamos no poder ofrecer a nuestros lectores esta pieza tan destacable de su exposición. El orador se manifestaba con gestos ampulosos y todavía se encontraba en el exordio y el sudor le cubría ya la frente, los ojos y la cabeza. De pronto, se interrumpió en medio de una de sus parrafadas y su mirada, que de ordinario era tranquila y hasta un canto estúpida, se transformó y pareció fulminante.

-Señores -exclamó (ahora en francés puesto que no figuraba en los papeles)-, Satán se encuentra de cal modo mezclado en este asunto que incluso asiste a nuestros debates, importándole muy poco la personalidad de quien le represente. ¡Mirad ahí! Y al hablar así, señaló con la mano a la cabrita que, al ver gesticular a Charmolue, debió creer que ella podía hacer otro tanto y sentándose sobre sus patas traseras, imitaba como mejor le salía, con sus patas delanteras, y su cabeza con perilla, la pantomima patética del procurador del rey para asuntos de la Iglesia. Recordemos que era ésa una de sus más graciosas imitaciones. El incidente y esta prueba definitiva produjeron un gran efecto; así que ataron las patas a la cabra y el procurador del rey encontró de nuevo el hilo de su elocuencia.

Fue larguísimo aquello pero la perorata resultó admirable. Aquí tenemos la última frase; añádase a ella la voz engolada y el gesto jadeante de maese Charmolue.

-Ideo, Domini, coram rtryga demonrtrata, crimine patente, intentionet criminis exirtente, in nomine ranctae ecclesiae NottraeDominae Paritienrir, quae ert in saisina habendi omnimodam altam et balsam justitiam in hac intemerata Civitatir intula tenore praetentium declaramut nor requirere, primo aliquandam pecuniariam indemnitatem; secxndo, amendationem honorabilem ante portalium maximum Nortrae Dominae, ecclesiae cathedrali.r; tertio, rententiam in virtute cujus irta stryga cum rua capella, teu in trivio vulgariter dicto la Gréve, reu in insula exeunte in fluvio Sequanae junta pointam jardini regalir, executate .tint (5) Dicho esto, se ajustó el gorro y volvió a sentarse.

-¡Eh! -suspiró Gringoire, decepcionado-: ¡Bassa latinitas!(6) 5 Y pot tanto, señores, en presencia de una bruja comprobada, siendo patente el crimen, existiendo intención criminal, en nombre de la santa iglesia de Nuestra Señora de París, que tiene derecho a administrar toda clase de justicia alta y baja, en esta isla sin tacha de la Cité, declaramos, de acuerdo con las pruebas, requerir, en primer lugar alguna indemnización pecuniaria; en segundo lugar un retratto honroso ante el pórtico de la catedral de Nuestra Señora y en tercer lugar una sentencia, en virtud de la cual esta bruja y su cabra sean ejecutadas bien en la plaza, que vulgarmente se conoce con el nombre de Grève o bien a la salida de la isla sobre el río Sena cerca de la punta del jardín real.

6 ¡Qué latín tan vulgar!

Otro hombre de toga negra, que estaba junto a la acusada, se puso de pie. Era su abogado.

Los jueces, todos en ayunas, comenzaron a murmurar.

-Sed breve, abogado -le dijo el presidente.

-Señor Presidente -respondió el abogado-, puesto que mi defendida ha confesado su crimen, sólo me queda una palabra que decir a sus señorías. He aquí un texto de la ley sálica: «Si una bruja-vampiro se ha comido a un hombre y lo confiesa, pagará una multa de ocho mil denarios que equivalen a doscientos sueldos de oro.» Ruego a la cámara que únicamente condene a mi cliente al pago de esta indemnización.

-Ese texto está ya derogado -adujo el abogado extraordinario del rey.

-Nego -replicó el defensor.

-¡Que se vote! -terció un consejero-; el crimen es manifiesto y ya es demasiado tarde.

Se procedió a la votación sin abandonar la sala. Los jueces manifestaron su votación con el gorro porque todos tenían prisa. Se vio cómo sus cabezas se iban descubriendo una tras otra en la penumbra de la sala, ante la pregunta lúgubre que les dirigía muy bajo el presidente. La pobre acusada parecía mirarles pero sus ojos empañados no podían vet nada.

A continuación el escribano se puso a escribir y pasó al presidente un largo pergamino.

Fue entonces cuando la desventurada Esmeralda oyó cómo se removía la gente, cómo se entrechocaban las picas y oyó también una voz glacial que decía:

-Muchacha gitana, en fecha que decida el rey nuestro señor, al medio día, seréis conducida en una carreta, en sayal, descalza y con la soga al cuello, ante el pórtico de la catedral de Nuestra Señora y allí os retractaréis con una antorcha de cera, de dos libras de peso, en la mano y de allí seréis conducida a la plaza de Gréve en donde seréis colgada y estrangulada en la horca de la ciudad. Igualmente se procederá con vuestra cabra. Pagaréis a la Inquisición tres leones de ono en reparación de los crímenes que habéis cometido y que vos misma habéis confesado, de brujería, de magia, de lujuria y de asesinato en la persona del señor Febo de Châteaupers. ¡Que Dios tenga piedad de vuestra alma!

-¡Oh! ¡Debe set un sueño! -murmuró la gitana mientras sentía cómo unas rudas manos se la llevaban.