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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 2. Continuación del escudo transformado en hoja seca
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Después de subir y bajar varios escalones por entre pasillos tan oscuros que era necesario iluminarlos con lámparas en pleno día, la Esmeralda, rodeada continuamente de su lúgubre cortejo, fue introducida a empujones por los guardias del palacio en una cámara siniestra. Era una cámara redonda en la planta baja de uno de esos torreones que todavía hoy, en nuestro siglo, sobresalen por entre las modernas construcciones con que el nuevo París ha recubierto al antiguo. No había ventanas en aquella especie de cueva ni más aberturas que la entrada misma, baja y con una pesada puerta de hierro, aunque no por ello carecía de claridad.

Empotrado en el mismo muro había un horno encendido con un gran fuego y era éste el que llenaba aquella cueva con sus reverberaciones, haciendo totalmente inútil la iluminación de una miserable vela que aparecía colgada en un rincón. El rastrillo de hierro que servía de cierre para el horno estaba levantado en aqueIlos momentos y de su boca llameante, empotrada en el muro tenebroso, sólo dejaba ver la extremidad inferior de sus barrotes como una hilera de dientes negros, agudos y espaciados que semejaba una de esas bocas de dragón legendario lanzando llamaradas.

A la luz que salía de aquella boca, la prisionera vio, esparcidos por la estancia, terribles instrumentos cuyo use ella desconocía aún. En el centro y casi a ras de tierra se extendía un colchón de cuero del que colgaba una correa con hebilla, unida a una argolla de cobre que mordía un monstruo achatado esculpido en la piedra angular de la bóveda. Tenazas, pinzas con largos brazos de hierro, se amontonaban en el interior del horno y al rojo vivo entre las brasas.

El sangrante resplandor del horno sólo iluminaba en toda aquella estancia un montón de cosas horribles.

Aquel infierno se llamaba sencillamente la cámara del interrogatorio.

En la cama estaba displicentemente sentado Pierrat Torterue, el torturador oficial. Sus ayudantes, dos enanos de cara cuadrada, con delantales de cuero, sujetos con cintas de lona, ponían a punto los hierros del horno.

Por más que la pobre muchacha había recobrado su valor, sintió un miedo horrible nada más entrar en aquella estancia.

Los guardias del bailío del palacio se colocaron a un lado, los sacerdotes de la Inquisición en otro.

El escribano, la escribanía y una mesa se encontraban al fondo de la cámara. Maese Jacques Charmolue se aproximó a la gitana con una sonrisa.

-Querida niña -le dijo-, ¿persistís en vuestra negativa?

-Sí -respondió ella, con voz casi apagada.

-En ese caso -prosiguió Charmolue-, nos será muy penoso interrogaros con más insistencia de lo que quisiéramos. Sentaos en esta cama, por favor. Maese Pierrat, dejad sitio a esta joven y cerrad la puerta.

Pierrat se levantó con un gruñido.

-Si cierro la puerta, se me va a apagar el horno.

-Muy bien -continuó Charmolue-, pues dejadla abierta entonces.

La Esmeralda se había quedado de pie pues aquel lecho de cuero, en el que tantos desgraciados se habían retorcido, le hacía estremecerse y el terror le calaba hasta la médula de los huesos. Así, pues, se quedó allí asustada y semiinconsciente. A una señal de Charmolue, los dos ayudantes la cogieron y la sentaron en aquel camastro. No le hicieron ningún daño pero cuando aquellos hombres la tocaron, cuando estuvo en contacto con el cuero, sintió como si toda su sangre fluyera al corazón. Echó una mirada turbada por toda la habitación y le pareció que todo se movía y que todo avanzaba hacia ella; que la subía a lo largo del cuerpo para morderla y pincharla. Le pareció que todo aquel deforme utillaje de tortura que había visto en la estancia fueran murciélagos, arañas, ciempiés y y otros bichos.

-¿Dónde está el médico? -preguntó Charmolue.

-Aquí -respondió alguien vestido de negro, a quien ella no había visto antes.

La Esmeralda se estremeció.

-Señorita -prosiguió la voz dulce y suave del procurador para asuntos de la Iglesia-, os lo pregunto por tercera vez: ¿persistís en negar los hechos de los que se os acusa?

En esta ocasión, no pudo responder más que con una señal de cabeza pues le faltó la voz.

-¿Persistís? -dijo jacques de Charmolue-. Entonces, sintiéndolo mucho, me veré obligado a cumplir con los deberes que me exige mi cargo.

-Señor procurador del rey -interrumpió bruscamente Pierrat-: ¿Por dónde comenzamos?

Charmolue dudó un instance haciendo un gesto ambiguo, como el de un poeta que busca una rima.

-Por el borceguí -contestó al fin.

La desventurada se sintió tan profundamente abandonada por Dios y por los hombres, que su cabeza cayó sobre su pecho como algo inerte incapaz de sostenerse por sí mismo.

El torturador y el médico se acercaron a ella al mismo tiempo y mientras tanto los dos ayudantes se pusieron a rebuscar entre aquel horrible arsenal.

Al ruido de aquellas espantosas herramientas, la infortunada joven tembló como una rama muerta galvanizada.

-¡Oh! -murmuró tan bajo que nadie pudo oírlo-. ¡Oh, mi Fébo! -y luego se sumió en una inmovilidad y en un silencio totales.

Aquel espectáculo habría desgarrado el corazón de cualquiera, excepto el corazón de los jueces. Podría decirse que era una pobre alma pecadora interrogada por Satanás ante el portillo escarlata del infierno.

El desgraciado cuerpo al que iban a aplicar aquel espantoso revoltijo de sierras, ruedas y caballetes, el ser que iban a manipular las rudas manos de los verdugos y los brazos de las tenazas, no era sino aquella criatura frágil, dulce y blanca. ¡Pobre grano de mostaza el que la justicia humana entregaba para ser triturado a las espantosas muelas de la tortura.

Pero ya las manos callosas de los ayudantes de Pierrat Torterue habían puesto brutalmente al descubierto aquella encantadora pierna, aquel delicado pie que tantas veces habían maravillado a los transeúntes con su gracia y con su belleza en tantas plazuelas de París.

-¡Qué penal -masculló el torturador al contemplar aquellas formas tan graciosas y tan delicadas. Si el archidiácono hubiera estado presente, irremisiblemente habría tenido que acordarse en aquel momento de su símbolo de la mosca y la araña. Poco después la desdichada vio, a través de una nube que se extendía por sus ojos, aproximarse la bola y en seguida vio su pie aprisionado entre cierres de hierro desaparecer envuelto en aquel espantoso aparato. Fue entonces cuando el mismo terror le devolvió su coraje.

-¡Quitadme eso! -gritó con rabia, incorporándose con su cabellera revuelta-. ¡Piedad! -volvió a exclamar.

Entonces se lanzó fuera de aquella cama para echarse a los pies del procurador del rey, pero su pierna permanecía sujeta al pesado bloque de roble y de hierros y cayó encima de la bota, más rota que una abeja que tuviera plomo en sus alas.

A una señal de Charmolue la llevaron nuevamente a la cama y dos enormes manos sujetaron a su fino talle la correa que colgaba de la bóveda.

-Por última vez, ¿confesáis los hechos del proceso? -preguntó Charmolue con su imperturbable aspecto de bondad.

-Soy inocente.

-Entonces, muchacha, ¿cómo explicáis las circunstancias que concurren en vuestra causa?

-Lo siento, monseñor. No lo sé.

-¿Lo negáis, pues?

-Todo.

-Proseguid -dijo Charmolue a Pierrat.

Pierrat hizo girar la manivela de la bota y ésta comenzó a oprimir el pie, lo que obligó a la desgraciada a lanzar uno de esos gritos que carecen de transcripción en cualquier lengua humana.

-Deteneos -dijo Charmolue a Pierrat-. ¿Confesáis? -preguntó a la gitana.

-¡Todo! -gritó la miserable-. ¡Lo confieso todo! Pero, ¡tened piedad!

No había calculado sus fuerzas al afrontar el tormento. ¡Pobre niña! Su vida había transcurrido tan alegre, tan suave, tan dulce, que el primer dolor la había vencido.

-La piedad me obliga a deciros -observó el procurador del rey- que es la muerte lo que os espera, si confesáis.

-Me lo imagino -dijo, y cayó en la cama de cuero, deshecha, doblada en dos, colgada de la correa atada a su pecho.

-¡Arriba, preciosa! Aguantad un poco -le dijo maese Pierrat mientras la levantaba un poco para soltarle las correas-. Os parecéis al borreguito de oro que cuelga del cuello de monseñor de Borgoña.

Jacques Charmolue dijo elevando el tono de voz.

-¡Tomad nota, escribano! Joven gitana, ¿confesáis vuestra participación en los ágapes, aquelarres y maleficios del infierno, con los fantasmas, las brujas y los vampiros? Responded.

-Sí -dijo tan bajo que sus palabras se perdían en sus labios.

-¿Confesáis haber visto al macho cabrío que Belcebú hace aparecer entre nubes para convocar el aquelarre y que sólo las brujas pueden ver?

-Sí.

-¿Confesáis haber adorado las cabezas de Bofomet, esos abominables ídolos de los templarios?

-Sí.

-Y haber tenido trato habitual con el diablo bajo la forma de una cabra familiar, como figura en el proceso.

-Sí.

-Y finalmente ¿confesáis y reconocéis que, con la ayuda del demonio y con la del fantasma, conocido vulgarmente por el fantasma encapuchado, en la noche del veintinueve de marzo pasado habéis apuñalado y asesinado a un capitán llamado Febo de Châteaupers?

Entonces la Esmeralda levantó sus grandes ojos y se quedó mirando fijamente al magistrado; después respondió como maquinalmente, sin convulsiones ni estremecimientos.

-Sí.

Era evidente que todo se había desquiciado en aquella mujer.

-Anotad, escribano -prosiguió Charmolue. Luego, dirigiéndose a los ayudantes, añadió:

-Desatad a la prisionera y llevadla a la audiencia.

Cuando detcalzaron a la prisionera, el procurador para asuntos eclesiásticos examinó su pie todavía hinchado por el dolor.

-¡Bueno! El mal no ha sido muy duro. Parece que habéis gritado a tiempo. Todavía podréis bailar, preciosa.

Después se volvió hacia sus acólitos de la Inquisición.

-¡Por fin la justicia se ha hecho luz! ¡Es tranquilizador esto, señores! La señorita podrá atestiguar que hemos actuado con toda la dulzura posible.