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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 7. El fantasma encapuchado
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La ilustre taberna de la Pomme d'Eve se hallaba en el barrio de la Universidad, en el cruce de la calle Rondelle con la de Bátonnier. Era una sala bastante amplia, situada en la planta baja. Su techo de poca altura se apoyaba en un sólido pilar de madera pintado de amarillo. Había mesas por todas partes; jarros de esraño relucientes, colgados de las paredes; mucha clientela, chicas en abundancia una cristalera que daba a la calle y una parra a la puerta. Sobre la puerta se veía una placa metálica de colores briIlantes que tenía pintadas una manzana y una mujer. La placa es:aba ya oxidada por la lluvia y giraba al viento sobre un eje de zierro. Esta especie de veleta, inclinada hacia el suelo, era el dis:intivo de la taberna.

Empezaba a anochecer y el cruce en donde se encontraba la taberna estaba ya oscuro y ésta, llena de luces, se destacaba de lejos como una fragua en la oscuridad. A través de los cristales rotos de la entrada se oía el ruido del entrechocar de los vasos, el buIlicio, los juramentos, las discusiones... A través del humo y la neblina que el ambiente de la sala empujaba hacia la cristalera de la entrada, se distinguían cien figuras borrosas y de vez en cuando se destacaba de entre ellas alguna carcajada estridente. Los transeúntes que iban a sus asuntos pasaban de largo sin mirar siquiera hacia aquella alborotadora vidriera. Sólo a veces algún rapazuelo indigente se ponía de puntillas para alzarse hasta la repisa de la ventana aquella y lanzaba al interior de la taberna el acostumbrado grito burlón con que se abucheaba a los borrachos:

-¡Borrachos, borrachos, borrachos!

Había un hombre, sin embargo, que se paseaba imperturbable por delante de la bulliciosa taberna, mirando continuamente hacia ella y no apartándose más que un centinela de su garita. Iba embozado hasta la nariz con una capa que acababa de comprar a un ropavejero muy próximo a la Pomme d'Eve, sin duda alguna para preservarse del frío de las tardes de marzo o quizás para ocultar sus ropajes. De vez en cuando se detenía ante el ventanal traslúcido, de cristales emplomados, y escuchaba o miraba o se impacientaba golpeando los pies contra el suelo.

Por fin se abrió la puerta de la taberna, circunstancia esta que debía estar esperando. Salieron de allí dos bebedores a quienes por un momento la claridad que se filtró al abrir la puerta tiñó de rojo sus rostros joviales. Entonces el embozado se escondió tras un porche del otro lado de la calle y siguió observando desde allí.

-¡Rayos y truenos! -gritó uno de los dos bebedores-. Van ya a dar las siete; es la hora de mi cita.

-Os digo -proseguía su compañero con voz muy pastosa- que no vivo en la calle Mauvaises-Paroles, indignus qui inter mala verba habitat(28); vivo en la calle Jean-Pain-Mollet, in vico Johannis-Pain-Mollet, y si decís lo contrario sois más cornudo que un unicornio. Todo el mundo sabe que el que ha montado una vez en un oso no vuelve a tener nunca miedo, pero vuestra nariz siempre tira hacia las golosinas como Saint Jacques de l'Hôpital.

28. Indigno el que vive entre las malas palabras.

Jehan, mi querido amigo; estáis completamente borracho -decía el otro.

Y el otro le respondía tambaleándose.

-Os gusta decirlo Febo, pero está comprobado que la nariz de Platón tenía el perfil de un perro de caza.

Sin duda alguna ellector ha reconocido ya a nuestros dos bravos amigos, el capitán y el estudiante. Lo mismo le pasó al que los vigilaba pues comenzó a seguir a paso lento todos los zigzás que el estudiante obligaba a hacer al capitán que, como bebedor más asiduo había conservado toda su sangre fría.

Al escucharlos atentamente el embozado pudo coger al completo esta interesante conversación.

-¡Por Baco! Intentad enderezar vuestros pasos, señor bachiIler pues ya sabéis que tengo que dejaros.

Ya son las siete y estoy citado a esa hora con una mujer.

-¡Eh! Pues dejadme. Estoy viendo lanzas de fuego y estrellas. Sois como el castillo de Dampmartin, siempre lleno de juerga.

-Por las verrugas de mi abuela, amigo Jehan, estáis fuera de razón. A propósito, ¿ya no os queda más dinero?

-Señor rector, no hay ningún error; la pequeña carnicería, parva buchería.

-¡Pero, Jehan; mi buen amigo Jehan! Sabéis que estoy citado con esa pequeña en el Pont Saint-Michel y que sólo puedo llevarla a casa de la Falourdel, la alcahueta del puente, y que tengo que pagar la habitación. La vieja zorra de bigote blanco no me fiará. ¿Jehan! ¡Por favor! ¿Nos hemos bebido acaso toda la bolsa del cura? ¿Ya no os queda ni un triste cuarto parisiense?

-La conciencia de haber sabido aprovechar bien el tiempo es un justo y sabroso condimento para la mesa.

-¡Por codas mis tripas! ¡Parad ya de hablar tonterías y decidme, por todos los demonios, si aún os queda alguna moneda! ¡Dejádmela, pardiez, o tendré que registraros aunque seais un leproso como Job y sarnoso como César.

-Señor, la calle Galiache es una calle que comienza en la calle de la Verrerie y termina en la calle de Tixeranderie.

-Muy bien, mi buen amigo Jehan, mi pobre camarada; muy bien lo de la calle Galiache, pero ¡por todos los cielos! ¡Volved a la realidad! Sólo necesito un cuarto parisino y lo necesito a las siete.

-Que todo el mundo se calle y que escuche esta canción:

Cuando las ratas se coman a los ratones, El rey será señor de Atrás.

Cuando la mar que es grande y ancha Esté helada por San Juan, Se verá por encima del hielo, Salir a los de Atrás de su ciudad.

-Bueno, estudiante del anticristo, ¡ojalá te ahorquen con las tripas de tu madre! -dijo Febo dándole un empujón con el que, borracho como estaba, fue a darse contra la pared y cayó tranquilamente al pavimento de Felipe Augusto. Con un poco de esa piedad fraterna que nunca abandona del todo el corazón de un bebedor, Febo fue empujando a Jehan con el pie hasta una de esas almohadas de pobre que la providencia ha colocado en todas las esquinas de París y que los ricos denigran con desdén Ilamándolas montones de basura. El capitán colocó la cabeza de Jehan en un plano inclinado hecho de un montón de tronchos de berza y en ese mismo instante el estudiante se puso a roncar haciendo magníficamente el bajo. Pero no se había apagado aún todo el rencor en el corazón del capitán que le dijo mientras se alejaba.

-¡Ojalá te recojan con el carro de la basura!

El hombre de la capa, que no había cesado de seguirle, se detuvo un momento frente al cuerpo del estudiante no sabiendo qué decisión tomar y finalmente, tras un profundo suspiro, se alejó también siguiendo los pasos del capitán.

Igual que han hecho ellos, nosotros vamos también a dejar a Jehan durmiendo bajo la benévola mirada de las estrellas y si, al lector le apetece, vamos a seguir a los otros dos personajes.

Al llegar a la calle Saint-André-des-Arcs, el capitán Febo observó que alguien le seguía. Había visto por casualidad, al mirar hacia atrás, una especie de sombra que se arrasttaba tras él arrimándose a las paredes. Cuando él se paraba ella se paraba también y si echaba a andar, la sombra hacía otro tanto. Sin embargo apenas si llegó a inquietarse un porn.

-¡Bah! -se dijo-; ¡si no llevo ni un cuatto!

Se detuvo de nuevo ante la fachada del colegio de Autun porque fue allí precisamente donde había iniciado lo que él llamaba sus estudios; aún le quedaban costumbres traviesas de su época de estudiante y no pasaba nunca por aquel lugar sin infligir a la estatua del cardenal, erigida a la derecha del portal, aquella especie de afrenta de la que tan amargamente se queja Priapo en la sátira de Horacio Olim truncus eram ficulnus(29). Se había encarnizado tanto en sus acciones que la inscripción Eduenrsis episcopus(30) estaba ya casi borrada. Así que se detuvo, como era su costumbre, ante aquella estatua.

29 En otros tiempos yo era un tronco de higuera (Sátiras, 1, 8).

30. Obispo de Autun.

En el momento en que distraídamente se había puesto a atarse los cordones de las botas, vio cómo la sombra se acercaba a él con pasos lentos; tan lentos eran que tuvo tiempo de fijarse en la capa y el sombrero que llevaba. Una vez a su lado se detuvo y permaneció allí más inmóvil que la estatua del cardenal Bertrand. Sus ojos lanzaron hacia Febo una mirada llena de esa luz imprecisa que se ve por la noche en los ojos de los gatos.

El capitán era valiente y le habría importado muy poco el vérselas con un ladrón con un puñal en la mano, pero aquella estatua móvil, aquel hombre petrificado, le dejaron helado. Le vinieron a la memoria no sé qué leyendas que se contaban entonces acerca de un fantasma encapuchado, vestido de fraile, que merodeaba en las noches por las calles de París. Durante unos instantes permaneció sorprendido hasta que él mismo rompió aquel silencio con una risa forzada.

-Señor, si sois un ladrón como presumo, me hacéis el efecto de una garza que pretende sacar algo de una cáscara de nuez. Mi familia está totalmente arruinada, amigo. Dirigíos, pues, a otra parte. Creo que en la capilla de este colegio hay un trozo de madera de la Vera Cruz engarzado en plata.

En ese instante la sombra sacó la mano de debajo de la capa y la lanzó pesadamente sobre Febo como la garra de un águila, al tiempo que decía.

-¡Capitán Febo de Cháteaupers!

-¡Cómo demonios conocéis mi nombre! -dijo Febo.

-No solamente conozco vuestro nombre -prosiguió el hombre de la capa, con voz sepulcral-; sé también que tenéis una cita esta noche.

-Es verdad -respondió Febo estupefacto.

-A las siete.

-Sí; dentro de un cuarto de hora.

-En casa de la Falourdel.

-Precisamente allí, sí señor.

-La alcahueta del Pont-Saint-Michel.

-De San Miguel arcángel, como reza el padrenuestro.

-¡Impío! -gruñó el espectro-. ¿Con una mujer?

-Confiteor.

-Que se llama...

-La Esmeralda -contestó Febo despreocupadamente, a la vez que notaba cómo su aplomo le iba volviendo gradualmente.

Al oír ese nombre, la garra de la sombra sacudió con furor el brazo de Febo.

-Mentís, capitán Febo de Châteaupers.

El que hubiera podido ver en aquel momento el rostro encendido del capitán, el salto que dio hacia atrás, tan violento que logró soltarse de las tenazas que le sujetaban, el gesto de bravura con el que echó su mano a la empuñadura de la espada sin que la inmovilidad de aquella sombra se perturbara un solo instante; el que hubiera visto todo esto habría sentido miedo. Era como el combate de don Juan con la estatua del comendador.

-¡Por Cristo y Satanás! -gritó el capitán-. ¡Esa palabra ha sido oída muy pocas veces por los oídos de un Cháteaupers! No te atreverás a repetirla.

-¡Mentís! -repitió fríamente la sombra.

Los dientes del capitán rechinaron y se olvidó en ese momento de fantasmas encapuchados y de supersticiones. Sólo sentía que un hombre le insultaba.

-¡Eso está muy bien! -dijo entre balbuceos con una voz ahogada por la rabia. Sacó su espada y luego, tartamudeando, pues la cólera hace temblar igual que el miedo-. ¡Aquí! ¡Ahora mismo! ¡Las espadas, las espadas! ¡Sangre en el empedrado!

El otro no se movió siquiera. Cuando vio a su adversario en guardia y presto a batirse, dijo con un acento vibrante de amargura:

-Capitán Febo, olvidáis vuestra cita.

Los arrebatos de hombres como Febo son como sopas de leche en las que una gota de agua fría es suficiente para detener la ebullición. Aquellas palabras hicieron bajar la espada que refulgía en las manos del capitán.

-Capitán -prosiguió el hombre-, mañana, pasado mañana, dentro de un mes o dentro de diez años me encontraréis presto a cortaros el cuello, pero ahora id a vuestra cita.

-En efecto -dijo Febo, como queriendo capitular consigo mismo-;son dos cosas maravillosas tener una cita con una espada y con una mujer, pero no veo, por qué he de perder la una por la otra si puedo disponer de las dos.

Y envainó su espada.

-Id a vuestra cita -insistió el desconocido.

-Señor -respondió Febo atropelladamente-, muchas gracias por vuestra cortesía. En realidad siempre tendremos tiempo mañana, o cuando sea, de llenar de puntadas y ojales el jubón de nuestro padre Adán. Os agradezco vuestra gentileza en permitirme pasar un cuarto de hora agradable. En verdad esperaba dejaros tumbado en el arroyo y disponer aún de tiempo para la bella, pensando que es de buen tono hacer esperar un poco a las mujeres en tales situaciones, pero me parecéis valiente y es mejor dejar la partida para mañana. Voy, pues, a mi cita de las siete como vos sabéis muy bien -al decir esto Febo se rascó la oreja-.

¡Por los cuernos del diablo! ¡Ya lo olvidaba! No tengo ni un ochavo para pagar el alquiler de la buhardilla y la vieja bruja querrá cobrarse por adelantado pues no se fía de mí.

-Aquí tenéis con qué pagar.

Febo sintió que la fría mano del desconocido deslizaba en la suya una moneda de buen tamaño. No pudo evitar aceptarla y estrechar aquella mano.

-¡Por Dios que sois un buen hombre!

-Con una condición -dijo el hombre-: Probadme que es cierto lo que decís y que soy yo el equivocado.

Escondedme en alguna parte desde donde pueda ver si se trata en realidad de la mujer cuyo nombre habéis mencionado.

-¡Oh! -respondió Febo-; eso me da igual. Nos quedaremos en la habitación de Santa Marta. Podréis verlo todo a vuestro gusto desde la perrera que hay allado.

-Venid, pues -dijo la sombra.

-A vuestras órdenes -respondió el capitán-. No sé si sois micer Diabolus en persona pero, por esta noche seamos buenos amigos que mañana os pagaré las deudas; las de la bolsa y las de la espada.

Y empezaron a andar rápidamente. Unos minutos más tarde el rumor del río les anunció que habían llegado al Pont-Saint-Michel, entonces con casas a ambos lados de su cauce.

-Primero voy a haceros entrar -dijo Febo a su compañero-, y luego iré a buscar a la muchacha que me estará esperando junto al Petit Châtelet.

El compañero no respondió. Desde que se habían puesto a andar no había dicho nada. Febo se detuvo frente a una puerta baja y llamó bruscamente. Un rayo de luz surgió por entre las rendijas de la puerta.

-¿Quién llama? -preguntó una voz desdentada.

-¡Por el cuerpo de Cristo y por su cabeza! ¡Por el vientre de Dios! -respondió el capitán. La puerta se abrió al instante, apareciendo en ella una vieja temblorosa sosteniendo una lámpara en sus manos no menos temblorosas. La vieja estaba casi doblada en dos, iba vestida de harapos y se le movía continuamente la cabeza en cuya cara aprecían dos ojos muy pequeños. Llevaba un pañuelo sujetándola el pelo y tenía arrugas en todas partes, en la cara, en las manos en el cuello; los labios se le apretaban contra las encías y tenía alrededor de la boca como unos pinceles de pelo blanco que le daban el aspecto de un gato. El interior del cuchitril aquel no estaba menos deteriorado que ella. Estaba formado por unas paredes de yeso, unas vigas negruzcas en el techo, una chimenea desmantelada, telas de araña por todos los rincones y en el centro unas cuantas mesas y taburetes mal calzados, un niño sucio junto a las cenizas de la chimenea y al fondo una escalera o más bien una escala de madera que conducía a una trampilla abierta en el techo. Al entrar en aquella madriguera, el misterioso compañero de Febo se embozó hasta los ojos. Sin embargo el capitán, jurando como un sarraceno, se apresuró, como dice nuestro admirable Regnier a hacer relucir el tol en un escudo.

-La habitación de Santa Marta -dijo.

La vieja le trató de monseñor y guardó el escudo en un cajón; era, claro está, la moneda que el hombre del embozo había dado a Febo. En un momento en que la vieja volvió la espalda, el muchachote despeinado y harapiento que jugaba con las cenizas se aproximó hábilmente al cajón, cogió el escudo y puso en su lugar una hoja seca que había arrancado a uno de los leños de la chimenea.

La vieja indicó a los dos gentileshombres, como ella les llamaba, que la siguieran y subió por la escala delante de ellos.

Al llegar al piso superior, colocó la lámpara en un arcón y Febo, como viejo conocido de la casa, abrió una puerta que daba a un cuartucho oscuro.

-Entrad ahí, amigo -le dijo a su compañero. El hombre de la capa obedeció sin pronunciar una sola palabra y la puerta se cerró tras él. Oyó cómo Febo corrió el cerrojo y cómo un momento más tarde bajaba la escalera con la vieja. La luz había desaparecido.