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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 3. Las campanas
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Desde aquella mañana de la picota los vecinos de Nuestra Señora habían creído observar que el entusiasmo de Quasimodo para tocar las campanas había remitido un canto. Antes se oían las campanadas por cualquier pretexto; largos repiques al alba que se prolongaban de prima a completas, repiques para la misa mayor, diferentes tañidos según se tratara de boda o de bautizo; en fin, repiques que se entremezclaban en el aire como un bordado hecho con los sonidos más encantadores.

La vieja iglesia, toda llena de vibraciones y sonidos, era un gozo continuo de campanas. Se notaba continuamente la presencia de un espíritu sonoro y caprichoso que cantaba por todas aquellas bocas de cobre. Y ahora aquel espíritu se había, parecía haberse diluido; la catedral estaba triste y permanecía en silencio. Las fiestas y los entierros tenían su repique sencillo, seco y desnudo; nada más que lo que exigía el ritual. De la doble sonoridad de las iglesias, órgano por dentro y campanas por fuera, sólo se oía el órgano.

Podría decirse que ya no estaba el músico del campanario. Sin embargo, allí estaba Quasimodo. ¿Qué se había transformado en él? ¿Sería que la vergüenza y la desesperación de la picota permanecían aún en el fondo de su corazón? ¿Sería que los azotes del torturador repercutían aún en su alma y que la tristeza de semejante trato había apagado en él todo sentimiento, incluso la pasión por las campanas? ¿No sería acaso que María había encontrado una rival en el corazón del campanero de Nuestra Señora y que la gran campana y sus catorce hermanas estaban siendo descuidadas por algo más amable y más bonito?

Ocurrió que en aquel año de gracia de 1482, la Anunciación cayó en un manes, 25 de marzo(3). Aquel día, la atmósfera era tan pura y transparente que Quasimodo sintió renacer su amor por las campanas.

Subió, pues, a la torre septentrional mientras que abajo el sacristán abría de par en par las puertas de la iglesia, que entonces tenían enormes paneles de madera maciza, forrados de cuero, tachonados con clavos dorados y encuadrados con tallas Kmuy cuidadosamente trabajadas».

3 La Anunciación, que no es fiesta móvil, cae siempre el 25 de marzo, nueve meses antes de Navidad.

Víctor Hugo muestra aquí y en otras partes de la novela un cierto desconocimiento en lo referente a la liturgia.

Una vez arriba, en el hueco, junto a las campanas, Quasimodo se quedó un rato contemplando, con un triste movimiento de cabeza, las seise campanas como si alguna extraña congoja se hubiera interpuesto en su corazón entre ellas y él.

Pero cuando las hubo puesto en movimiento, cuando sintió aquel racimo de campanas moverse todas bajo su mano, cuando vio, pues no la oía, la octava palpitante subir y bajar por aquella escala sonora como un pájaro que salta de rama en rama, cuando el diablo de la música, ese demonio que sacude un manojo chispeante de acordes, de trinos y de arpegios, se apoderó del pobre sordo, entonces se sintió nuevamente feliz, se olvidó de todo y su corazón, que se iba ensanchando, hizo resplandecer su rostro.

Iba y venía, volteaba aquí y allá, corría de una cuerda a otra, animaba a aquellos seis cantores con la voz y con el gesto como un director de orquesta que espolea la inteligencia de sus músicos.

-¡Vamos! -decía- ¡Vamos, Gabrielle! Lanza todo tu ruido a la plaza, que hoy es fiesta. ¡No seas perezosa, Thibauld! ¡Que lo estás parando! ¡Venga ya! ¿Acaso te has oxidado, so perezosa? De acuerdo.

¡Más de prisa, más de prisa! ¡Que no se vea el badajo! ¡Déjales sordos a todos, como yo! ¡Eso es! ¡Bravo, bravo, Thibauid! Guillaume, Guillaume, eres el más grande y Pasquier el más pequeño. ¡Pero Pasquier va más rápido! ¡Muy bien, muy bien, Gabrielle! ¡Fuerte, más fuerte aún! ¡Eh!, ¿qué hacéis ahí arriba vosotros dos, Gorriones? No os veo hacer el menor ruido. ¿Qué picos de cobre son los vuestros que parecen bostezar en vez de cantar? ¡Venga! ¡A trabajar, que hoy es la Anunciación y hace buen sol! ¡Que suene bien! ¡Pobre Guillaume, estás jadeando, amigo!

Estaba tan entregado a espolear a sus campanas, que saltaban las seis, a cada cual mejor, sacudiendo sus relucientes grupas como un tiro de mulas españolas azuzado continuamente por los gritos y los ánimos del arriero.

De pronto, dejando resbalar su mirada por entre las anchas escamas de las pizarras que cubren a cierta altura el muro vertical del campanario, vio en la plaza a una muchacha extrañamente vestida, que se detenía, que desenrollaba una alfombra en donde una cabritilla acababa de sentarse y a un grupo de espectadores que se arremolinaba a su alrededor.

Aquella escena cambió súbitamente el curso de sus ideas y detuvo su entusiasmo musical cgmo una corriente de aire solidifica unas gotas de resina líquida. Se detuvo entonces, se olvidó de las campanas y se acurrucó tras el tejadillo de pizarra, fijando en la bailarina aquella mirada soñadora, tierna y dulce que ya sorprendiera en una ocasión al archidiácono.

Las campanas, olvidadas, dejaron de tocar bruscamente, todas a la vez, con gran desesperación de los entusiastas de los volteos que estaban escuchando entusiasmados desde el Pont-au-Change y que hubieron de marcharse, decepcionados, como un perro al que se le enseña un hueso y le dan un piedra.