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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 2. El agujero de las ratas
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Permítanos el lector conducirle hasta la plaza de Grève la que dejamos ayer con Gringoire, para seguir a Esmeralda.

Son las diez de la mañana. Todo nos da a entender que es el día siguiente a una fiesta. El suelo está lleno de restos, cintas, trápos, plumas de penachos, cera de los velones y migajas del festín popular.

Buen número de gente deambula, como se dice ahora; por acá y por allá revolviendo con el pie los tizones apagados ya de la fogata de la alegría, extasiándose ante la Maison-aux-Piliers, rec.ordando las hermosas colgaduras de la víspera y contemplando hoy como último placer los clavos de los que colgaban.

Los vendedores de sidra y de cerveza pasean sus barriles entre la gente. Algunos traseúntes van y vienen con prisa. Los comerciantes charlan y se llaman desde la puerta de sus tiendas. La fiesta, los embajadores, Coppenole, el papa de los locos están en boca de todos. Todos comentan y ríen a más y mejor. Sin embargo, cuatro guardias de a caballo, que acaban de apostarse en las cuatro esquinas de la picota, han reunido a su alrededor un buen número de gente esparcida por la plaza condenada a la inmovilidad y al aburrimiento con la pequeña esperanza de poder contemplar una ejecución.

Si ahora el lector, después de haber contemplado esta escena viva y chillona que se representa en los cuatro lados de la plaza, dirige su mirada hacia la antigua casa medio gótica y medio románica de la Tour Roland que hace esquina con el muelle del poniente, podrá observar en el ángulo de la fachada un gran breviario público con ricas decoraciones, preservado de la lluvia por un pequeño tejadillo, y de los ladrones por una reja que permite sin embargo hojearlo. Al lado de aquel breviario hay una estrecha claraboya en ojiva, cerrada con dos barrotes de hierro, en forma de cruz, que es la única abertura que lleva un poco de aire y de luz a una pequeña celda, sin puerta, abierta en la planta baja, en el espesor del muro de la vieja casa, y llena de una paz tanto más profunda y de un silencio tanto más triste cuanto que choca con el ambience existente en la plaza pública que hay a su lado, la plaza más bulliciosa, animada y popular de París.

Esta celda era célebre en París desde hacía casi tres siglos, cuando madame Rolande de la Tour-Roland, en señal de duelo por la muerte de su padre en las cruzadas, la había hecho excavar en los muros de su propia casa con objeto de encerrarse allí para siempre, sin conservar de su palacio más que esa vivienda cuya puerta estaba tapiada y con la claraboya abierta constantemente tanto en verano como en invierno, y habiendo ofrecido el resto de su fortuna a Dios y a los pobres. La desconsolada dama había esperado la muerte durante veinte años en aquella tumba anticipada, implorando noche y día por el alma de su padre, durmiendo sobre cenizas, sin tener siquiera una piedra como almohada; vestida con un saco negro y viviendo únicamente de la limosna que los transeúntes depositaban en el reborde de la claraboya, pan y agua principalmente; así recibía ella la caridad después de haberla ejercitado. A su muerte, en el momento de trasladarla a su nuevo sepulcro, había legado a perpetuidad aquel sitio para las mujeres afligidas, a las madres, viudas o doncellas, que necesitaran rogar mucho por el prójimo o por ellas mismas y que desearan enterrarse vivas por un gran dolor o por penitencia. Los pobres de su época le habían ofrecido unos hermosos funerales con lágrimas y bendiciones. Pero con gran pesar suyo la piadosa joven no había Podido ser canonizada como santa por falta de medios. Los más impíos esperaban que el asunto se hubiera arreglado en el paraíso más fácilmente que en Roma y habían rogado a Dios simplemente por la difunta ya que no lo hacía el papa. La gran mayoría se había conformado con guardar como sagrada la memoria de Rolande y con hacer reliquias de sus harapos. La ciudad, por su parte, había fundado, en memoria de la dama, un breviario público, que guardaba cerca de la lucera de la celda, para que los transeúntes se detuvieran de vez en cuando, aunque sólo' fuera para rezar, para que la oración obligara a pensar en la caridad y para que las allí recluidas, herederas de la cueva de madame Rolande, no muriesen de hambre o por olvido.

No eran infrecuentes en las ciudades de la Edad Media esta especie de tumbas. Podían encontrarse con alguna frecuencia, en la calle más concurrida, en el mercado más ruidoso .y multicolor, en cualquier parte, bajo las patas de los caballos, o casi casi, bajo las ruedas de las carretas, una cueva, un pozo un calabozo vallado y con rejas en cuyo interior rogaba noche y día un ser humano, entregado voluntariamente a una eterna plegaria, a una dura penitencia. Y todas las reflexiones que despertase hoy en nosotros este extraño espectáculo, esta horrible celda, eslabón intermedio entre la casa y la tumba, entre el cementerio y la ciudad, aquel ser vivo apartado de la comunidad humana y considerado casi como muerto, aquella lámpara consumiendo en la sombra su última gota de aceite, aquel resto de vida vacilante, aquel soplo, aquella voz, aquella eterna súplica en una caja de piedra, aquel rostro vuelto para siempre hacia el otro mundo, aquellos ojos iluminados ya por otro sol, aquel oído pegado a las paredes de la tumba, aquel alma prisionera en el cuerpo, aquel cuerpo prisionero en el calabozo, bajo la envoltura de carne y granito, el rumor de aquella alma en pena, nada de todo aquello era conocido por la gente; la piedad poco razonadora y poco sutil de aquellos tiempos no discernía todas estas facetas en un acto religioso.

Tomaba la cosa en bloque y honraba, veneraba y santificaba el sacrificio en circunstancias concretas, pero no analizaba los sufrimientos que de él se derivaban y los compadecía relativamente. Llevaba de vez en cuando algo de comida al desgraciado penitence, miraba por la ventanita para comprobar si aún vivía; desconocía su nombre y apenas si sabía desde cuándo había comenzado a morir, y cuando algún forastero les preguntaba sobre el esqueleto viviente que se pudría en aquella cueva, los vecinos respondían simplemente: es el recluso, o es la reclusa, según que se tratara de un hombre o de una mujer.

Así se veía todo en aquel tiempo, sin metafísicas ni exageraciones sin cristales deformantes, a simple vista. No se había inventado aún el microscopio ni para las cosas del espíritu ni para las de la materia.

Por lo demás, aunque no causara mucha extrañeza, los ejemplos de esta clase de enclaustración en el interior de las ciudades eran frecuentes en realidad cal como acabamos de decir. Había en París un buen número de estas celdas de penitencia y de oración y casi todas estaban ocupadas, aunque bien es verdad que el clero se preocupaba de que no quedaran vacías porque podría inducir a tibieza en la fe de los creyentes y por esto mismo las ocupaban con leprosos cuando se carecía de penitentes. Además de la celda de la Grève había otra en Montfaucon, otra en el cementerio de los Inocentes, otra no sé muy bien dónde, hacia la casa de Clichon, creo, y otras tantas más en muchos lugares de las que encontramos el rastro en las tradiciones populares, a falta del lugar material de las mismas.

La Universidad también tenía la suya. En la montaña de Sainte-Geneviéve una especie de Job de la Edad Media cantó durante treinta años los salmos penitenciales sobre un estercolero, en el fondo de una cisterna, volviendo a empezar cuando los terminaba, salmodiando más alto durante la noche, magna voce per umbra.r y aún hoy el que gusta de conocer estas cosas creerá oír su voz al entrar en la calle del Pozo que habla.

Para limitarnos solamente a la celda de la Tour-Roland, hay que decir que nunca había carecido de penitentes. Desde la muerte de madame Rolande, apenas si había estado libre uno o dos años. Muchas mujeres la habían ocupado hasta la muerte, entrando en ella para llorar a sus padres, a sus amantes o por sus propias faltas. La maledicencia parisina, que se mete en todo incluso en lo que menos debería importarles, pretendía no haber visto encerradas a muchas viudas.

Según era costumbre en la época, una inscripción latina en el muro indicaba al transeúnte que supiera leer el destino piadoso de aquella celda. Hasta mediados del siglo xvi se ha conservado la costumbre de explicar la historia de algunos edificios mediante una breve leyenda colocada encima de la puerta; por ello puede hoy mismo leerse, en Francia, sobre la ventanilla de la prisión de la casa señorial de Tourville: Sileto et spera(5); en Irlanda, bajo el escudo existente sobre el portalón de entrada del castillo de Fortescue, reza la inscripción: Forte scutum, salus ducum(6); y en Inglaterra, por encima de la entrada principal de la mansión hospitalaria de los condes de Cowper, se ve: Tuum est(7). Entonces cualquier edificio encerraba un pensamiento.

Como no había puerta en la celda tapiada de la Tour-Roland, se había grabado con gruesos caracteres romanos, por encima de la ventana, estas dos palabras:

TU ORA(8) Pero como el pueblo, con su enorme sentido común, no ve tanta delicadeza en las cosas y traduce simplemente Ludovico Magno(9) por Porte Saint-Denis, había dado a esta cavidad oscura, sombría y húmeda el nombre de Agujero de las ratas(10), explicación quizás menos sublime que la otra, pero mucho más pintoresca.

5. Calla y espera.

6. Escudo fuerte, seguridad de los duques.

7. Esta es tu casa.

8. Tú reza.

9. A Ludovico Magno era la dedicatoria de la Puerta de Saint-Denis erigida en 1672 para conmemorar las vittorias de Luis XIV en el Rhin.

10. Es un juego de palabras el que se origina fonéticamente con este nombre; en francés se dice trou-aux-rats, equivalente en la pronunciación a «tru o rau, igual a Ta ora, emblema que figuraba en aquella celda.