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Nuestra señora de París.  Victor Hugo
Capítulo 3. Immanis pecoris custos immanior ipse
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Era el año 1482 y para entonces Quasimodo había crecido y desde hacía ya varios años era el campanero de Nuestra Señora, gracias a su padre adoptivo, Claude Frollo, que, a su vez, había llegado a archidiácono de Josas, gracias a su superior micer Luis de Beaumocit, arzobispo de París en 1472, a la muerte de GuiIlaume Chartier, gracias a su patrón, Olivier le Daim, barbero del rey Luis XI, por la gracia de Dios.

Quasimodo era, pues, carillonero de Nuestra Señora.

Con el tiempo se había formado una especie de intimidad entre el campanero y la iglesia. Separado para siempre del mundo por la doble fatalidad de su nacimiento desconocido y de su naturaleza deforme, aprisionado desde la infancia en aquel doble cerco infranqueable, el pobre desgraciado se había acostumbrado a no ver nada en este mundo más allá de aquellos muros religiosos que le habían acogido bajo su sombra. Nuestra Señora había sido sucesivamente para él, a medida que iba creciendo y desarrollándose, el huevo, el nido, la casa, la patria, el universo.

Es verdad que existía una especie de armonía misteriosa preexistente ya entre Quasimodo y aquel edificio. Cuando, desde muy niño aún, se arrastraba torpemente y con mucho miedo bajo las tinieblas de sus bóvedas, se asemejaba, con su cara humana y su constitución animal, al reptil natural de aquellas losas húmedas y oscuras sobre las que la sombra de los capiteles románicos proyectaba formas extrañas.

Más tarde, cuando maquinalmente se colgó por primera vez de la cuerda de las torres y quedó suspendido de ella haciendo sonar la campana, le pareció a Claude, su padre adoptivo, que aquello provocaba en Quasimodo las reacciones de un niño cuando se suelta a hablar.

Y así fue como, poco a poco, desarrollándose siempre en el sentido de la catedral y viviendo y durmiendo en ella y no saliendo casi nunca de allí y aguantando noche y día su presión misteriosa, llegó a parecérsele tanto, a incrustarse de tal forma en ella que casi formaba ya parte integrante del edificio. Sus ángulos salientes se empotraban, si se nos permite la imagen, en los ángulos entrantes del edificio y así parecía no sólo su habitante sino su contenido más natural; hasta podría decirse que había tomado su misma forma, como un caracol toma la forma de la concha que lo envuelve; era su morada, su agujero, su envoltura. Existía entre él y su vieja iglesia una simpatía instintiva muy honda; existían tantas afinidades magnéticas, tantas afinidades materiales, que, en cierto modo, estaba tan unido a ella como una tortuga a su concha, y la rugosa catedral era su caparazón.

Claro que no es necesario prevenir al lector para que no tome al pie de la letra las figuras literarias que nos vemos obligados a emplear aquí para poder expresar el acoplamiento singular, simétrico, inmediato, consustancial, casi de un hombre y un edificio. Igualmente, inútil es decir hasta qué punto se había familiarizado con la catedral en una cohabitación tan íntima y tan prolongada; aquella morada le era propia; no había recoveco que Quasimodo no conociera, ni altura que no hubiera escalado y más de una vez había trepado por varios pisos de la fachada agarrándose tan sólo a las asperezas, a los salientes de las esculturas.

Las torres, por cuya superficie exterior se le veía trepar corno un lagarto que se desliza por un muro, aquellas dos gigantes gemelas, tan altas, tan amenazadoras, tan temibles, no le provocaban ni vértigo, ni aturdimiento, ni estremecimiento alguno; se diría incluso, al ver la facilidad con la que escalaba, al ver la suavidad con la que a ellas se agarraba, que las tenía amaestradas. A fuerza de trepar, de saltar, de lanzarse por entre los huecos abismales de la gigantesca catedral, se había convertido en cierto modo en mono o en gacela como los niños calabreses que aprenden a nadar antes de andar y que juegan ya, desde muy niños, con el mar.

Además daba la impresión de que no sólo era su cuerpo el que se había amoldado a la catedral, sino también su espíritu, pero resultaría muy difícil determinar en qué estado se encontraba aquel alma, qué pliegues había adquirido, qué forma había adoptado bajo aquella envoltura nudosa, en aquella vida salvaje, pues Quasimodo había nacido ya tuerto, jorobado y cojo y fue, gracias a una gran dedicación y a una inmensa paciencia, como Claude Frollo consiguió enseñarle a hablar. Pero una grave fatalidad iba unida al pobre niño abandonado: campanero de Nuestra Señora a los catorce años, un nuevo defecto vino a completar su perfección; las campanas le habían roto el tímpano y se había quedado sordo y así la única puerta de comunicación con el mundo que le había sido concedida por la naturaleza se le había cerrado bruscamente para siempre; y al cerrarse, se interceptó el único rayo de luz y de alegría que habría podido aún iluminar el alma de Quasimodo. Su alma se abismó en una noche profunda y la melancolía de aquel desgraciado se hizo incurable y total como su deformidad. Hay que decir también que su sordera le hizo, de alguna manera, mudo, pues, para no ser causa de burla en los demás, tan pronto como se vio sordo se sumió decididamente en un silencio que no rompía apenas, salvo alguna vez, cuando se encontraba solo. Ató voluntariamente aquella lengua que cantos esfuerzos había supuesto a Claude Frollo el desatar. Esto suponía que, cuando la necesidad le obligaba a hablar, su lengua se encontrara entumecida, torpe, como una puerta con los goznes oxidados.

Si ahora intentásemos penetrar en el alma de Quasimodo a través de esa corteza espesa y dura; si pudiésemos sondar las profundidades de aquel organismo contrahecho, si nos fuese dado mirar con una antorcha tras esos órganos sin transparencia, explorar el interior tenebroso de aquella criatura opaca, iluminar sus rincones oscuros, sus callejones absurdos y lanzar un fulgurante rayo de luz sobre su psique, encadenada en el fondo de aquel antro, la hallaríamos sin duda en alguna actitud desgraciada, empobrecida, encogida y raquítica como a aquellos prisioneros de los plomos de Venecia que envejecían totalmente encorvados en un cuchitril de piedra demasiado bajo y demasiado estrecho.

Es cierto que el espíritu se atrofia en un cuerpo deforme y así Quasimodo apenas si sentía moverse ciegamente dentro de él un alma creada a imagen suya. Las impresiones de los objetos sufrían una refracción considerable antes de llegar hasta su pensamiento. Su cerebro era un medio muy especial: las ideas que lo atravesaban salían de él muy tergiversadas, pues la reflexión que procedía de esta refracción era necesariamente divergente y desviada.

De ahí las mil ilusiones ópticas, las mil aberraciones de juicio, las mil desviaciones por donde divagaba su pensamiento, unas veces alocado y otras idiotizado.

El primer efecto de esa fatal organización consistía en la deformación de las imágenes a través de su vista pues sus percepciones inmediatas eran escasas; el mundo exterior se le presentaba mucho más alejado que a nosotros.

El segundo efecto de su desgracia era el hacerle malo.

Era malo en efecto porque era salvaje y era salvaje porque era repulsivo. Existía una lógica en su naturaleza, como en la nuestra.

Su fuerza, desarrollada extraordinariamente añadía un punto más a su maldad. Malus puer robustus(9), dice Hobbes. Sin embargo, hay que hacerle justicia en algún aspecto ya que su maldad no era seguramente innata en él. Ya desde sus primeros contactos con los hombres, se había sentido y luego visto abucheado, insultado, rechazado. Las palabras humanas siempre eran para él crítica o burla y, al crecer, sólo odio había visto hacia él. Y también él lo cogió; había contraído el mal general; había recogido el arma con que le habían herido.

9 Un niño vigoroso es un niño malo.

Después de todo, sólo de mala gana volvía su rostro hacia los hombres; con su catedral tenía bastante.

Estaba poblada de figuras de mármol, reyes, santos, obispos que al menos no se reían de él en sus narices y sólo tenían para él una mirada tranquila y benévola. Las demás estatuas, las de los monstruos y demonios, no sentían odio hacia él, hacia Quasimodo. Se les parecía demasiado para ello. Era más bien de los otros hombres de quien se burlaban. Los santos eran sus amigos y le bendecían y también eran amigos suyos los monstruos y le guardaban; por eso se desahogaba largos ratos con ellos; por eso, a veces pasaba horas enteras, en cuclillas, ante una de esas estatuas, charlando solitariamente con ella y, si alguien aparecía entonces, se escapaba como un amante sorprendido dando una serenata.

La catedral era para él no solamente su compañía sino su mundo, el universo entero, la naturaleza toda.

No soñaba con más árboles que las vidrieras siempre en flor, ni con más sombra que la de los follajes de piedra que surgían llenos de pájaros en la enramada de los capiteles sajones, ni con más montañas que las colosales torres de la iglesia, ni con más océanos que el de París susurrando a sus pies.

Lo que amaba sobre todo.en su edificio materno, lo que despertaba su alma y le hacía abrir sus débiles alas, replegadas míseramente en su caverna, lo que a veces le hacía feliz eran las campanas. Las quería, las acariciaba, las hablaba, las comprendía. Desde el carillón de la aguja del crucero hasta la gran campana del pórtico a todas las quería con gran ternura. El campanario del crucero, las dos torres eran para él como tres enormes jaulas, cuyos pájaros, criados por él, sólo para él cantaban. Sin embargo, eran las que le habían vuelto sordo, pero las madres quieren con frecuencia más a aquel hijo que mas les hace sufrir.

También es cierto que su voz era la única que él podía oír y en este aspecto la gran campana era su predilecta; era la que prefería de entre aquella familia de jóvenes ruidosas que se zarandeaban en torno a él los días de fiesta. Él la llamaba María y estaba sola en la torre meridional con su hermana Jacqueline, más pequeña que ella y encerrada en una jaula menos grande al lado de la suya. La llamaban Jacqueline por el nombre de la mujer de Jean de Montagu, que la donó a la iglesia, hecho este que no le impidió figurar, descabezado, en Montfaucon. En la segunda torre había otras seis campanas y finalmente las seis más pequeñas vivían en el campanario, sobre el crucero, con la campana de madera que únicamente se tocaba desde la tarde del jueves Santo hasta la mañana de la vigilia de Pascua. Quasimodo disponía, pues, de quince campanas en su harén, pero su favorita era la gran María.

Sería difícil hacerse una idea de su alegría en los días de gran repique; tan pronto como el archidiácono le soltaba diciéndole: «¡Anda!», él subía por la escalera de caracol del campanario con mayor rapidez que la que otros tienen bajando. Entraba jadeante en la cámara aérea de la gran campana y la miraba unos momentos con recogimiento y amor y luego, dirigiéndole dulcemente la palabra, la acariciaba con la mano como a un buen caballo antes de una carrera y la compadecía por el trabajo que iba a llevar a cabo. Luego de estas primeras caricias, gritaba a sus ayudantes, situados en el piso inferior de la torre, para que comenzaran. Éstos se colgaban de los cables; el cabrestante rechinaba y la enorme cápsula de metal empezaba a moverse lentamente. Quasimodo, palpitante, la iba siguiendo con la mirada. El primer golpe del badajo contra la pared de bronce hacía temblar todo el andamiaje al que Quasimodo estaba subido y él vibraba con la campana. «¡Venga!», gritaba entre enormes carcajadas. El movimiento del bordón se aceleraba y a medida que alcanzaba un ángulo más abierto, el ojo de Quasimodo se abría también cada vez más fosforescente y llameante. Empezaba por fin el gran repiqueteo y toda la torre se ponía a temblar, con sus andamiajes, plomos, siIlares, rugiendo todo a la vez desde la base de los cimientos hasta los adornos de las cresterías. Quasimodo entonces hervía hasta echar espuma; iba y venía y temblaba con la torre de pies a cabeza. La campana, lanzada ya y furiosa, mostraba alternativamente a las dos fachadas de la torre sus fauces de bronce, de donde surgía aquel trueno de tempestad que podía oírse a cuatro leguas. Quasimodo se colocaba ante aquellas fauces abiertas, se agachaba y se levantaba según el ritmo de la campana, respiraba su aliento poderoso, mirando alternativamente a la plaza que se movía allá abajo, a doscientos metros bajo sus pies, y a la enorme lengua de cobre que de segundo en segundo venía a rugir en sus oídos. Era la única palabra que él podía oír, el único sonido capaz de turbar en él el silencio universal; y se esponjaba como un pájaro al sol. De pronto el frenesí de la campana se apoderaba de él y su mirada se transformaba; esperaba el paso del bordón, como una araña espera a la mosca y se lanzaba bruscamente contra él a cuerpo descubierto y entonces, colgado sobre el abismo, lanzado con el balanceo formidable de la campana, se agarraba al monstruo de bronce por las orejuelas, lo oprimía con sus dos rodillas, lo espoleaba con sus dos talones y redoblaba, con todo el choque y todo el peso de su cuerpo, la furia del volteo.

La torre se estremecía y entonces él chillaba y hacía rechinar los dientes; sus cabellos rojizos se erizaban, su pecho hacía el ruido del fuelle de una fragua, su ojo se inflamaba y la campana monstruosa relinchaba jadeante bajo su peso y entonces ya no era el bordón de Nuestra Señora ni Quasimodo, sino más bien un sueño, un turbillón o una tempestad; el vértigo cabalgando sobre el ruido; un espíritu sobre una grupa voladora; un extraño centauro, mitad hombre, mitad campana; una especie de Astolfo horrible, llevado en un prodigioso hipogrifo de bronce(10). La presencia de este ser extraordinario hacía circular por la catedral como un soplo de vida. Parecía como si se desprendiese de él en opinión al menos de las supersticiones siempre exageradas de la gente, una emanación misteriosa que vitalizara las piedras de Nuestra Señora y que hiciera palpitar las entrañas profundas de la vieja iglesia.

10 Personaje y episodio de Orlando furioso de Ariosto; en él aparece Astolfo llevado hasta la luna por un caballo alado.

Bastaba con saber que se encontraba en ella para imaginarse cómo cobraban vida y se movían las mil estatuas de los pórticos y de las galerías. En realidad la catedral parecía una criatura que, dócil y obediente bajo su mano, esperara sus deseos para elevar su gruesa voz, o que estuviese poseída a insuflada de Quasimodo como de un genio familiar y hasta se habría podido creer que él hacía respirar el inmenso edificio, pues, en efecto, estaba en Codas sus partes, se multiplicaba por todos los puntos del monumento.

A veces se veía con espanto, en lo más elevado de una de sus torres, a un curioso enano trepando, serpeando, avanzando a cuatro patas, descolgándose sobre el abismo, saltando de saliente en saliente y urgando en el vientre de alguna gargona esculpida; todos sabían que se trataba de Quasimodo echando a los cuervos de sus nidos; otras veces uno podía tropezarse, por algún rincón oscuro de la iglesia con una especie de quimera viva, agachada y hosca; era Quasimodo meditando. O bien se podía divisar bajo un campanario una cabeza enorme y un paquete de miembros desordenados balanceándose con furia de una cuerda; era Quasimodo que tocaba a vísperas o al ángelus. Con frecuencia, por la noche, se veía vagar una forma horrible por la frágil balaustrada, como de encaje, que corona las torres y bordea el contorno del ábside; era otra vez el jorobado de Nuestra Señora. Entonces, decían los vecinos, toda la iglesia adquiría un aspecto horrible, fantástico, sobrenatural; ojos y bocas se abrían por codas partes; se oía ladrar a los perros, aullar a las tarascas de piedra, a las sierpes que vigilan día y noche con los cuellos estirados y las fauces abiertas, en torno a la monstruosa catedral y si era durante la Nochebuena mientras la gran campana, que parecía agonizar, llamaba a los fieles a la misa del gallo, se extendía por la sombría fachada un aire tan extraño que se habría dicho que el gran pórtico devoraba a la multitud y que el rosetón lo contemplaba impasible. Y todo esto procedía de Quasimodo. Egipto le habría tomado por el dios de aquel templo; la Edad Media le creía el demonio; él era su alma, en realidad.

Hasta tal extremo era así que, para quienes saben que Quasimodo ha existido, la catedral se encuentra hoy desierta, inanimada, muerta. Se percibe que algo ha desaparecido. Ese enorme cuerpo está vacío, es un esqueleto; su espíritu lo ha abandonado y lo que vemos es el hueco y nada más. Es como una calavera en donde se ven las cuencas de los ojos pero sin mirada.