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Tifon.  Joseph Conrad
Capítulo 5.
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Esperó. Delante de él las máquinas giraban lentamente, prontas a detenerse ante un grito del señor Rout. "¡Atención, Beale !" Se detenían con inteligencia, inmovilizadas en medio de sus revoluciones... ; un manubrio pesado se detuvo en el vacío; se hubiera dicho que tenía conciencia del paso del tiempo. Después, con la orden del jefe de "¡Ahora!" y con el silbido que exhalaba de entre sus dientes semicerrados, terminaban las revoluciones interrumpidas para comenzar con otras.

Había en sus movimientos una prudencia sagaz y la determinación de una inmensa fuerza. Plegarse con paciencia a todos los caprichos de una nave desamparada en el medio de la furia de las olas y en el corazón mismo del viento, tal era su cometido. Por momentos, la barba del señor Rout se posaba sobre su pequeño pecho mientras las contemplaba, con el ceño fruncido, perdido en sus pensamientos.

La voz que mantenía el huracán alejado de Jukes comenzó de nuevo:

-Lleve consigo a la tripulación.

-¿Qué haré con ellos, capitán?

Un golpe imperioso y seco sonó de súbito; los tres pares de ojos se elevaron hacia el dial del telégrafo y vieron cómo la aguja saltaba de "Adelante" a "Deténgase" como si hubiera sido empujada por un demonio. Fue entonces cuando cada uno de los tres hombres que estaban en la sala de máquinas tuvo la sensación de que un objeto detenía al barco, y que éste, encogiéndose, se preparaba para dar un salto desesperado.

-¡Deténgalo! -rugió el señor Rout.

Nadie, ni aun el capitán MacWhirr, quien solo en el puente había apercibido una línea blanca de espuma que avanzaba a una altura tal que n(, podía dar crédito a sus ojos, nadie pudo saber nunca la inclinación que había tenido esa ola ni la profundidad pavorosa que el huracán había surcado detrás de la muralla movediza de agua.

Se abalanzó al encuentro del barco; y entonces el Nan-Shan, apercibiéndose para la acción, levantó su proa y dio el salto. Se amortiguaron todas las llamas de las lámparas oscureciendo la sala de máquinas. Una se apagó. Con un ruido ensordecedor, en un tumulto furioso y envolvente, toneladas de agua cayeron sobre el puente; se hubiera dicho que el barco había penetrado dentro de una catarata.

Allí abajo se miraban atónitos.

-¡Barridos de una a otra punta ! ¡Mi Dios ! -chilló Jukes.

El Nan-Shan se sumergió dentro de la hondonada como si quisiera pasar los confines de la tierra. La sala de máquinas se ladeó amenazante, como el interior de una torre inclinándose ante un terremoto. Una baraúnda espantosa de fierro subió de las calderas.

El barco permaneció suspendido en un ángulo increíble, el tiempo suficiente para que Beale, caído sobre sus manos y rodillas, tratara de escalar, como si hubiera querido salir a gatas de la sala de máquinas. El señor Rout giró su cabeza despacio, rígido, con su cara cavernosa y la mandíbula inferior caída. Jukes había cerrado los ojos, y en un instante su cara cambió de expresión, poniéndose inexpresiva y suave como la cara de un ciego.

Por fin el Nan-Shan se levantó lentamente, titubeando y penando como si su proa tuviera que levantar una montaña.

El señor Rout cerró la boca; Jukes parpadeó, y el pequeño Beale se puso rápidamente de pie.

-Otra como ésta y estamos liquidados -exclamó el jefe.

El y Jukes se miraron y vieron que habían tenido el mismo pensamiento.

El capitán ! Todo tendría que haber sido barrido de allá arriba. Desaparecido el timón, el barco flotando como un tronco. Ya pronto llegaría el fin.

-Dése prisa -dijo el ingeniero con voz espesa y mirando a Jukes con ojos desorbitados e indecisos. Este le miró sólo con una mirada irresoluta.

El sonido del telégrafo los calmó instantáneamente. La aguja negra había saltado desde "Deténgase" hasta "Toda marcha".

-¡Ahora, Beale ! -gritó el señor Rout.

La presión de vapor silbó suavemente. Los ejes de los pistones recomenzaron su ir y venir. Jukes arrimó su oído al portavoz. La voz lo esperaba, y dijo:

-Recoja todo el dinero; hágalo rápido. Lo voy a necesitar acá arriba.

Y eso fue todo.

-¡Capitán! -llamó Jukes, pero no hubo contestación.

Se alejó tambaleando como un hombre después de una batalla. Se había cortado sobre el párpado izquierdo, sin saber cómo. Una herida que le llegaba al hueso. No se apercibía de ello: una dosis del mar de la China, lo suficiente para quebrarle el cuello, había pasado sobre su cabeza, lavando, limpiando y salando su herida; no sangraba, pero se le veía abierta y colorada: con este tajo sobre la ceja, su pelo enmarañado, el desorden de su vestimenta, daba la impresión de un hombre que acaba de terminar una pelea.

-¡Tengo que ir a recoger los dólares ! -le dijo al señor Rout, lastimosa y vagamente.

-¿Qué dijo? -exclamó el ingeniero, furioso-. ¿ Recoger... ? ¡Qué me importa ! -Entonces, con todos sus músculos vibrando, pero en tono exageradamente paternal, añadió-: ¡Váyase ahora, por el amor de Dios! Ustedes los oficiales del puente me van a enloquecer.

El segundo oficial ha estado atacando al viejo. ¿No lo sabía? Ustedes pierden la cabeza al no tener nada que hacer.

Estas palabras despertaron en Jukes un comienzo de ira. Nada que hacer..., francamente.

Demostrando un violento desprecio por el ingeniero jefe, se dio media vuelta para volver por donde había venido.

En las calderas, el pequeño hombre que atendía la maquinaria auxiliar trabajaba con su pala, en silencio, como si le hubieran cortado la lengua. En cambio el segundo se desempeñaba ruidosamente, como un loco indomable y locuaz que ha preservado su habilidad y al que nada puede distraer.

-Oiga, oficial errante. ¿No puede conseguir que algunos de sus lavapuentes vengan acá a sacar las cenizas? Me estoy ahogando entre ellas. ¡Maldición! ¿Me oye? Recuerde que el reglamento dice: "Los marineros y los fogoneros tienen que ayudarse mutuamente". ¿Me oyó?

Y mientras Jukes subía precipitadamente, el otro, con la cabeza levantada hacia él, continuaba:

-¿No puede contestar acaso? ¿Qué vino a hurguetear aquí? ¿Qué se tiene que meter?

La desesperación se apoderó de Jukes. De vuelta en el pasadizo sombrío v de nuevo junto a los hombres, sintió que sería capaz de torcerles el pescuezo ante el menor indicio de vacilación. El solo pensar en una posible rebeldía lo enfurecía. El no tenía derecho a dar marcha atrás; luego, a ellos tampoco se lo permitiría.

Cuando se reunió con los marineros les contagió su impetuosidad. Sus idas y venidas, el furor y la rapidez de sus movimientos los habían excitado y aterrorizado; durante sus bruscas irrupciones entre ellos, más bien presentidas que percibidas, Jukes se les representaba formidable, preocupado de asuntos de vida o muerte que no podían sufrir demora alguna. A la primera palabra que les dijo los oyó caer pesadamente en el pañol, uno tras otro, dóciles ante sus órdenes.

"¿Qué sucede?", se preguntaban los unos a los otros. No sospechaban nada. El contramaestre trató de explicarles. Los sorprendió el ruido de una gran pelea; y los fuertes choques que repercutían en la bodega obscura mantenían latente la sensación de peligro.

Cuando por fin el contramaestre logró abrir la puerta, les pareció que el huracán, traspasando las chapas de fierro del barco, hacía girar esos cuerpos en remolino como si fueran polvo; les llegó un rumor confuso, un tumulto tempestuoso, murmullos feroces, ráfagas de gritos, y el pisoteo de pies mezclado con los golpes del mar.

Se detuvieron un instante contemplando azorados, obstruyendo la puerta. Jukes atravesó por entre medio de ellos brutalmente. Sin decir palabra se precipitó adentro. Un nuevo racimo de coolies se había formado en la escalera, luchando como antes, a muerte, para forzar la tapa y ganar acceso al puente inundado.

El contramaestre gritó muy excitado:

-¡Vengan! Hay que sacar al oficial de allí adentro. Lo van a pisotear hasta matarlo.

Irrumpieron, aplastando a su vez pechos, dedos, caras, enredándose con montones de ropa, golpeando maderas astilladas, pero antes de que pudieran apoderarse de él, Jukes, desprendiéndose, emergió hasta la cintura de entre una multitud de manos crispadas. En el momento en que los tripulantes lo habían perdido de vista le habían sido arrancados todos los botones de su chaqueta, se le había hecho un jirón en la espalda que le llegaba al cuello, y el chaleco se le había abierto de arriba abajo. La masa principal de los combatientes rodó hacia un lado, sombría, difusa, impotente y lanzando miradas salvajes que brillaban a la luz débil de la lámpara.

-¡Por Dios, déjenme en paz ! Yo estoy bien -gritó Jukes con voz penetrante-.

Empújenlos hacia adelante. Aprovechen el momento en que el barco se inclina hacia proa. Empújenlos hacia la pared. Arrincónenlos.

La embestida de los marineros, dentro del entrepuente en ebullición, produjo el efecto de un balde de agua fría en una caldera hirviendo. Por un instante cedió la conmoción.

La masa efervescente de chinos era tan compacta que no les fue difícil a los marineros, entrelazando firmemente los brazos y aprovechando una formidable zambullida, empujarlos de un solo envión contra la pared. Detrás de sus espaldas, pequeños grupos y cuerpos aislados se zarandeaban de lado a lado.

El contramaestre hizo verdaderos prodigios de fuerza. Con sus largos brazos abiertos y sujetándose a un soporte con sus enormes manazas, detuvo la embestida de siete chinos entrelazados que rodaban como una roca en una avalancha. Se oyó el chasquido de sus coyunturas. Sólo dijo "¡Ah!" y se dispersaron.

Pero fue el carpintero quien hizo la mayor demostración de inteligencia. Sin decir palabra a nadie, volvió al pasadizo, de donde trajo implementos de carga que había visto allí, cadenas y cuerdas. Con esto tendió líneas de defensa.

No hubo resistencia. La lucha, como quiera que hubiera comenzado, se había transformado en un revoltijo de pánico ciego. Si en el primer momento los coolies habían empezado a luchar por los dólares desparramados, ahora no peleaban más que por mantenerse en pie.

Se sujetaban por el cuello sólo para evitar el ser volteados. El que encontraba un punto de apoyo golpeaba al que quisiera sujetarse a sus piernas, hasta que una nueva oleada los hacía rodar juntos a lo largo del piso.

La llegada de los diablos blancos los aterrorizó. ¿Habrían venido a masacrarlos?

Los individuos arrancados de la montonera se abandonaban fláccidos en las manos de los marineros; algunos al ser arrastrados por los talones permanecían pasivos, como cuerpos sin vida, los ojos abiertos y fijos. Acá y allá algún coolie caía de rodillas como rogando clemencia; muchos, a quienes el terror había acobardado, eran aplacados con un fuerte puñetazo entre los ojos; mientras que los que se habían sometido pestañeaban sin quejarse al ser tratados tan rudamente.

Las caras chorreaban sangre; sobre los cráneos rapados se veían rasguños, moretones, heridas y tajos abiertos. La porcelana, que se había quebrado al reventarse los cofres, era en su mayor parte responsable de estos últimos.

Aquí y allá un chino con ojos desorbitados, su trenza deshecha, se sobaba un pie sangrante.

Por fin, después de haberlos golpeado hasta la sumisión, y de haberles pegado para aquietar su excitación, se había logrado reducirlos y confinarlos codo a codo; después se les había reconfortado con palabras de estímulo que más parecían una amenaza. Se habían sentado en el suelo en hileras, abatidos y lívidos, y al fin el carpintero, ayudado por dos marineros, yendo y viniendo, los aseguró con las cuerdas para mantenerlos en su sitio. El contramaestre, abrazado de un puntal con una pierna y un brazo, luchaba con una lámpara que mantenía sujeta contra su pecho, tratando de hacer luz, mientras gruñía como un gorila afanado.

Las siluetas de los marineros subían y bajaban, sin cesar, con movimientos como de limpiadores, recogiendo todo lo que encontraban a su paso y botándolo dentro del pañol: ropa, trozos de madera, porcelana quebrada, y también unos dólares que recogían en las chaquetas de los hombres. De vez en cuando un marinero se adelantaba hacia la puerta, los brazos cargados de desechos; miradas oblicuas y dolorosas seguían sus movimientos.

A cada bandazo del barco, la larga hilera de chinos alineados se inclinaba hacia adelante, desordenadamente, y siguiendo sus movimientos todos los carretes vacíos de las cuerdas se entrechocaban, de una punta a la otra de la línea.

Mientras el ruido del agua que lavaba el puente se desvanecía, tuvo Jukes, todavía palpitante por la lucha, la ilusión de haber dominado al viento: un silencio había descendido sobre el barco, un silencio en el que sólo se oía al mar golpeando incesante contra los lados de la nave.

El entrepuente había sido totalmente despejado, desembarazado de todos sus despojos, como decían los marineros. Estos se mantenían derechos y vacilantes sobre el nivel de cabezas y hombros inclinados. Aquí y allá un coolie recobraba el aliento con un suspiro. Desde donde caía la luz, Jukes apercibía las costillas salientes de uno, la cara amarilla y nostálgica de otro, cuellos inclinados y, a veces, una mirada opaca dirigida hacia él.

No salía de su asombro al no haber encontrado cadáveres; pero, a decir verdad, la mayor parte parecían a punto de entregar sus almas y por eso se le antojaban más dignos de lástima que si hubieran muerto.

Súbitamente uno de los coolies comenzó a hablar. Un reflejo de luz alumbró su cara demacrada de rasgos tirantes; volvió la cabeza hacia atrás como un perro que aúlla. Del pañol llegaron sonidos de golpes y el tintineo de algunos dólares sueltos; estiró su brazo, y abriendo su boca como en un bostezo, soltó sonidos incomprensibles y guturales que no parecían pertenecer a ningún lenguaje humano. Llegaron hasta Jukes llenándolo de una extraña emoción, como si alguna bestia salvaje hubiera tratado de hacerse entender.

Otros dos comenzaron a emitir sonidos que a Jukes le parecieron denuncias feroces; el resto se removió gruñendo y refunfuñando.

Jukes ordenó a los marineros salir de inmediato del entrepuente. El mismo fue el último en salir, caminando de espaldas hacia la puerta, mientras los gruñidos aumentaban y se hacían amenazantes y se elevaban hacia él los puños como hacia un malhechor. El contramaestre corrió el cerrojo y comentó turbado:

-Parece que el viento ha amainado, señor.

Los marineros estaban contentos de encontrarse de nuevo en el pasadizo. Cada uno de ellos pensaba secretamente que podría lanzarse al mar a último momento..., y eso los reconfortaba; hay algo de horriblemente repugnante en la idea de ser ahogado en el fondo de una nave. Ahora que habían terminado con los chinos volvían a tener conciencia de la situación del barco.

Al salir del pasadizo, Jukes se encontró sumergido hasta el cuello en el agua ruidosa.

Alcanzó el puente y se extrañó de poder discernir formas obscuras como si su vista se hubiera agudizado de una manera antinatural.

Divisó contornos vagos. Estos no le recordaban la figura del Nan-Shan, sino más bien la de un barco desmantelado que años antes había visto pudriéndose en un banco de lodo. En realidad, el Nan-Shan semejaba ese barco naufragado.

No había ya viento; ni un hálito; sólo las ligeras corrientes producidas por los movimientos del barco.

El humo que salía de las chimeneas descendía posándose sobre las cubiertas; al pasar lo respiró. Sintió las pulsaciones de las máquinas y oyó otros ruidos débiles que parecían haber sobrevivido al temporal. La baraúnda de piezas desajustadas, la caída de algunos fragmentos sobre el puente. Distinguió vagamente la silueta morruda de su capitán sosteniéndose inmóvil en la baranda y balanceándose como si hubiera echado raíces en las tablas.

La tranquilidad inesperada oprimió a Jukes.

-Ya hemos hecho lo que usted ordenó -dijo acezante.

-Yo sabía que lo harían -replicó el capitán MacWhirr.

-¿De verdad? -murmuró Jukes como para sí.

-El viento ha cesado de golpe -continuó el capitán.

Jukes estalló:

-Si usted cree que fue tarea fácil...

Pero su capitán, sujetándose a la baranda, no le prestó atención.

-De acuerdo a los libros, lo peor aún no ha pasado.

-Si la mayor parte de ellos no hubieran estado medio muertos de terror y de mareo, ni uno solo de nosotros hubiera salido de ese entrepuente con vida.

-Había que hacer algo por ellos -murmuró obstinadamente MacWhirr-. Todo no está escrito en los libros.

-Hasta pienso que se habrían levantado en masa contra nosotros si no hubiera dado yo la orden a la tripulación de salir rápido de allí -prosiguió acaloradamente Jukes.

Hasta ahora habían tenido que desgañitarse para poderse escuchar, pero en la sorprendente tranquilidad del ambiente la menor palabra dicha con tono natural repercutía en el aire. Les parecía estar hablando en una bóveda llena de ecos.

A través de una rasgadura en el techo de nubes, la luz de algunas estrellas caía sobre el mar sombrío que subía y bajaba. A veces un cono de agua daba contra la borda, mezclándose con la espuma que rodaba sobre el puente ya anegado. El Nan-Shan se balanceaba. Un círculo de vapores densos giraba descontrolado alrededor de un centro calmo, rodeando al barco como un muro ininterrumpido e inconcebiblemente siniestro.

En el interior del círculo, el mar se agitaba como por propulsión propia, elevándose en montañas que caían a pico y que chocando entre sí iban a golpear finalmente los costados del Nan-Shan; y un quejido sostenido y débil, la infinita queja del furor de la tormenta, llegaba desde más allá de esa calma amenazante.

El capitán MacWhirr permanecía silencioso. Jukes, aguzando el oído, oyó súbitamente el rugido lejano y arrastrado de alguna ola inmensa e invisible que cobraba magnitud bajo la espesa obscuridad que formaba el límite abismante del círculo de su visual.

-¡Naturalmente! -comentó de nuevo con rencor-. Ellos habrán pensado que nos aprovechábamos para despojarlos. Naturalmente, usted nos ordenó recoger el dinero. !Más fácil decirlo que llevarlo a cabo ! No podían saber lo que pasaba por nuestras mentes.

Caímos como una tromba entre medio de ellos. Tuvimos que irrumpir por la fuerza.

-Ya que está hecho... -murmuró el capitán, sin intentar mirar a Jukes-, había que hacer lo posible por ellos.

-Tendremos que saldar cuentas cuando termine todo esto. Espere que se repongan un poco y va a ver. Nos saltarán encima. No olvide, capitán, que el Nan-Shan no es ya un barco inglés. Y esos brutos lo saben perfectamente. ¡Maldita bandera siamesa !

-Pero nosotros estamos a bordo -comentó MacWhirr.

-Nuestras dificultades no han terminado todavía -insistió Jukes con tono profético-.

El barco está hecho una ruina -añadió débilmente.

-Todo no ha terminado todavía -,asintió el capitán en voz baja-. Vigile usted un momento.

-¿Va a dejar el puente, capitán? -preguntó Jukes con ansiedad, como si por encontrarse solo la tormenta lo fuera a embestir.

Contempló al barco solitario y abatido que se esforzaba dentro del panorama salvaje de montañas de agua obscura, iluminadas por fulgores de mundos distantes. Avanzaba con lentitud, dejando en el corazón del huracán el exceso de su fuerza, una nube de vapor blanco, y las vibraciones profundas de este escape parecían el toque desafiante de una criatura marina preparándose para renovar el combate. Bruscamente cesó todo. El aire tranquilo gimió. Jukes vio sobre su cabeza el centelleo de algunas estrellas en medio de bancos de nubes. El borde renegrido de éstas enfocaba amenazante al barco. Las estrellas también lo miraban con intensidad, como si fuera la última vez; se hubiera dicho una corona de esplendor posada sobre una frente inclinada.

El capitán MacWhirr había entrado a la sala de navegación. Allí no había luz alguna; pero podía sentir el desorden de la pieza donde habitualmente vivía en forma tan ordenada. Su sillón estaba volcado. Los libros, desparramados por el suelo: un pedazo de cristal sonó bajo su bota. A tientas buscó fósforos y encontró la caja detrás del reborde de un estante. Encendió uno, y forzando la vista arrimó la llama hacia el barómetro. El instrumento de cobre y cristal relucía y parecía hacerle señas.

El mercurio estaba muy bajo, increíblemente bajo; tan bajo que hizo gruñir al capitán MacWhirr. El fósforo se apagó; rápidamente sacó otro con sus dedos gruesos y anquilosados: De nuevo brilló la pequeña llamarada sobre el vidrio y la tapa de metal. MacWhirr fijó la vista como esperando alguna señal imperceptible. Con su cara grave parecía un pagano deforme quemando incienso delante de su ídolo.

No había error posible. Jamás en su vida había visto el barómetro tan bajo.

El capitán MacWhirr emitió un silbido suave. Quedó sumido en sus pensamientos, hasta que la llama, disminuyendo, terminó por quemarle los dedos, para después extinguirse. Podría ser, pensó, que el instrumento se hubiera descompuesto.

Había un barómetro aneroide sobre su cucheta. Volviéndose hacia él encendió otro fósforo; sólo descubrió su faz blanca mirándolo en forma significativa, como si la inflexibilidad del hecho, ante el que toda contradicción resulta inútil, se hubiera impuesto a la sabiduría del hombre. Ya no le cabía la menor duda. El capitán MacWhirr, encogiéndose de hombros, botó el fósforo.

Esperaba la peor...; y si los libros estaban en lo cierto, iba a ser cosa muy tremenda.

La experiencia de las últimas seis horas había aumentado su comprensión. Ya sospechaba lo que podía significar "mal tiempo". "Va a ser feroz", pensó.

No había tenido conciencia de haberse fijado en ninguna otra cosa más que en los barómetros a la luz de los fósforos; y con todo, había visto que su botellón de agua junto con dos vasos habían sido arrancados de sus soportes. Esto pareció darle una visión más clara de las sacudidas que había tenido que soportar la nave. "Jamás lo hubiera creído", pensó. Su mesa también había sido barrida: sus reglas, lápices, tinteros -todo lo que tenía un sitio asignado y fijo-, todo había caído al suelo, como si una mano malévola los hubiera arrancado uno a uno para arrojarlos al suelo mojado.

El huracán había irrumpido en sus ordenadas costumbres, cosa que jamás le había ocurrido; un sentimiento de consternación se apoderó de MacWhirr, en lo más profundo de su flema británica. ¡Y pensar que lo peor estaba todavía por venir ! Se alegró al pensar que el disturbio en el entrepuente había sido descubierto a tiempo. De tenerse que hundir, por lo menos el barco lo haría sin que un montón de gente se estuviera peleando, carne y uña, en su interior. Eso le hubiera resultado inadmisible. Y con estos sentimientos se denotaban la comprensión humana y el sentido de justicia que animaban al capitán.

Estos pensamientos le llegaron lentos y pesados, compartiendo la esencia misma del hombre.

Extendió la mano para reponer la caja de fósforos en su sitio. Mucho tiempo atrás había dado la orden de que siempre hubiera fósforos allí. "Una caja... justo aquí, ¿ve?, no demasiado llena. .. , al alcance de la mano, mozo. Puedo tener necesidad de luz urgentemente.

Nunca se puede saber lo que se va a precisar de apuro en un barco. Recuérdelo entonces"; y como era natural en él, siempre se acordaba de dejar los fósforos en su sitio.

Así lo hizo ahora, pero antes de que hubiera retirado la mano le vino a la cabeza la idea de que posiblemente nunca más tendría oportunidad de usarlos. La fuerza de este pensamiento lo paralizó en su gesto, y durante una fracción de segundo cerró su mano sobre el pequeño objeto como si hubiera sido el símbolo de todas las costumbres sin importancia que nos esclavizan en el diario vivir. Por fin la soltó, y dejándose caer sobre la cucheta, esperó de nuevo la llegada del viento. Todavía nada. Sólo oía el ruido del mar, los golpes sordos de las olas al embestir su barco por todos lados. Jamás se le presentaría al Nan- Shan otra oportunidad de limpiar sus cubiertas.

La tranquilidad del aire lo desconcertaba. Se sentía tenso e inseguro, como si una espada suspendida por un pelo estuviera sobre su cabeza, amenazándolo.

La tremenda tormenta había derribado las defensas del hombre, obligándolo a despegar los labios. Habló en la intensa y obscura soledad de la cabina como dirigiéndose a otro ser que hubiera nacido dentro de su pecho.

-No me gustaría perderlo -se dijo a media voz.

Estaba sentado, invisible, lejos del mar, lejos de su propio barco, aislado, como abstraído en su propia existencia, donde las incongruencias como la de hablarse a si mismo no tenían cabida. Sus palmas estaban apoyadas en sus rodillas; con su cuello inclinado respiraba hondamente, entregándose a una extraña sensación de cansancio que su preocupación no le permitía reconocer como tensión mental.

Sin levantarse podía alcanzar su lavatorio. Debía de haber una toalla allí. La encontró; y cogiéndola se secó su cara empapada. Siguió frotándose la cabeza con energía en la obscuridad; después dejó caer la toalla sobre sus rodillas y permaneció inmóvil. Transcurrió un instante en un silencio tan profundo que nadie hubiera pensado que un hombre estaba sentado allí adentro, en la cabina. Entonces comenzó un murmullo:

-Todavía puede que se salve.

Cuando el capitán MacWhirr volvió a salir al puente, cosa que hizo con brusquedad, como si de súbito hubiera tenido conciencia de haberse ausentado demasiado tiempo, la calma había durado ya más de un cuarto de hora, lo suficiente para habérsele hecho intolerable a su imaginación de tan pocas fantasías.

Jukes, inmóvil al frente del puente, empezó a hablar. Su voz descolorida y forzada parecía filtrarse a través de dientes cerrados, flotando en la obscuridad y posándose en el mar.

-Relevé al timonel. Hackett comenzó a decir que no podía más. Allí está tendido, como muerto, a lo largo de la timonera. Al principio no podía conseguir que nadie subiera a reemplazar al pobre diablo. El contramaestre no sirve para nada, yo siempre lo dije. Creí que me vería obligado a ir en busca de uno de la tripulación, y traerlo aquí aunque fuera por la fuerza.

-¡ Ah! ¡Bien ! -murmuró el capitán. Permanecía vigilante al lado de Jukes.

-Y allí adentro está el segundo oficial, sujetándose la cabeza. ¿Está herido, capitán?

-No..., loco -rectificó secamente MacWhirr.

-Con todo, parece que se hubiera caído.

-Me vi obligado a golpearlo -explicó el capitán.

Jukes suspiró con impaciencia.

-El viento va a llegar súbitamente -dijo el capitán-, y creo que vendrá de allá. Sólo Dios lo sabe. Esos libros no sirven para nada. No sirven más que para embrollarle la cabeza a uno y ponerlo nervioso. Va a ser tremendo, y nada más. ¡Si tan sólo tuviéramos tiempo de virar para hacerle frente!

Pasó un minuto. Algunas estrellas centellearon rápidamente y desaparecieron.

-¿Está seguro de haberlos dejado bien sujetos? -continuó el capitán, como si el silencio se le hubiera hecho insoportable.

-¿Está pensando en los coolies, capitán? Amarré bien las cuerdas a lo largo del entrepuente.

-¿Sí?, buena idea, señor Jukes.

-No creí que le interesaría... saberlo... -dijo Jukes. Las sacudidas del barco le entrecortaban las frases como si alguien lo hubiera estado remeciendo-. ¿Cómo pude terminar...

con esa maldita... misión?... Pero lo hicimos. Y es probable... que no tenga... importancia alguna... al fin de cuentas.

-Había que hacer lo posible..., aunque no sean más que unos chinos. Tienen que tener las mismas probabilidades de salvarse que nosotros. .. ¡Qué diablos ! Todavía no está perdido. Bastante desgracia la de ellos el tener que estar encerrados durante una tempestad.

-Eso fue lo que pensé cuando usted me asignó ese trabajo, capitán -dijo Jukes taciturno.

-...Sin, por añadidura, golpearse hasta morir -prosiguió el capitán MacWhirr con una vehemencia que iba en aumento-. No podría tolerar una cosa semejante en mi barco, aunque supiera que sólo le quedaban cinco minutos de vida. No lo podría tolerar, señor Jukes.

Un ruido hueco, como el eco de un grito en un abismo rocoso, llegó hasta el barco, alejándose en seguida. La última estrella, aumentada y borrosa, que parecía volver a la bruma ardiente de su origen, luchó unos instantes con la formidable noche que se profundizaba sobre la nave; después se apagó.

-Ahora sí -manifestó el capitán-. ¿Señor Jukes?

-Sí, mi capitán.

Los dos hombres ya no se vieron.

-Tenemos que confiar en que va a atravesar todo eso y salir airoso al otro lado. Esto es claro y definido. Aquí no cabe la estrategia de tormentas del capitán Wilson.

-No, capitán.

-Va a ser golpeado y zarandeado de nuevo, durante horas -murmuró el capitán-, pero ya no hay casi nada sobre el puente susceptible de ser barrido..., a no ser usted o yo.

-Los dos, capitán susurró Jukes.

-Usted siempre se adelanta a los acontecimientos, Jukes -reconvino el capitán-. Es cierto que el segundo oficial no sirve para nada. Usted se quedaría solo acá arriba sí...

El capitán MacWhirr se interrumpió, y Jukes, mirando en vano en la obscuridad, permaneció en silencio.

-Sobre todo no se deje desconcertar ante nada -continuó precipitadamente el capitán-.

Manténgalo contra el viento, siempre contra el viento. Dirán lo que quieran, pero las olas más grandes corren siempre en el sentido del viento. Siempre de frente. Es la única forma de salir de esto. Usted es un marino joven. Hágale frente. No necesita otra indicación. Y...

sangre fría.

-Sí, mi capitán -asintió Jukes con el corazón agitado.

Durante los segundos que siguieron, el capitán habló con la sala de máquinas y luego escuchó.

Por algún motivo desconocido para él, Jukes se sintió invadido por una gran confianza, una sensación que le venía del exterior, como un hálito tibio que le penetraba haciéndolo sentirse capaz de enfrentar cualquier contingencia.

El lejano murmullo de las tinieblas se insinuó furtivamente en su oído. Lo notó sin conmoverse, gracias a esta fe en sí mismo que súbitamente lo había invadido; como un hombre seguro dentro de su armadura podría observar la punta de una lanza.

El barco bregaba sin descanso entre las negras montañas de agua, pagando con estos rudos golpes el precio de su existencia. Se le sentía gruñir en lo más profundo; y en lo alto sacudía su plumacho de vapor blanco en la obscuridad de la noche. Y los pensamientos de Jukes volaron como un pájaro a través de la sala de máquinas donde el señor Rout -buen hombre- se mantenía alerta. Cuando cesó el gruñido tuvo la sensación de que todos los otros ruidos también se habían interrumpido, una interrupción absoluta durante la cual sólo la voz del capitán MacWhirr se escuchó.

-¿Qué fue eso? ¿Un golpe de viento? -La voz se oía más fuerte, mucho más fuerte de lo que jamás se la hubiera escuchado Jukes-. Hacia adelante. Marcha bien. Todavía puede que salga de esto.

El murmullo del viento se aproximaba rápidamente. En primer término se podía distinguir una especie de lamento adormecido que pasaba, y, a lo lejos, el aumento de un clamor múltiple que avanzaba extendiéndose. Se oía una vibración como de muchos tambores, una nota imperiosa y malévola, como los cantos de una muchedumbre en marcha.

Jukes no podía distinguir a su capitán. La obscuridad se amontonaba sobre el barco.

Cuando mucho podía discernir algún gesto, un brazo levantándose, una cabeza echada hacia atrás.

El capitán MacWhirr, con un apuro inusitado en él, trataba de abrochar el botón superior de su impermeable. El huracán, con su poder de enloquecer los mares, de hundir barcos, de desarraigar árboles, de derribar murallas, y hasta de precipitar contra el suelo los pájaros del aire, había encontrado en su camino al hombre taciturno, y haciendo sus mayores esfuerzos había logrado arrancarle unas pocas palabras. Antes de que la ira renovada del temporal diera otra vez con la nave, el capitán MacWhirr se sintió como obligado a declarar en tono contrariado:

-No me gustaría perderla.

Esta contrariedad le fue evitada.