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Tifon.  Joseph Conrad
Capítulo 4.
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Lo único que el contramaestre le pudo hacer llegar al capitán MacWhirr, entre medio de sus vociferaciones, fue la fantástica noticia de que "¡Todos los chinos del entrepuente de proa se han desamarrado, capitán!" Jukes se encontraba a sotavento y los oía gritar, a pocos centímetros de su cara, como se puede oír en una noche tranquila a dos personas conversando de un lado al otro de un campo.

-¿ Qué?... ¿Qué?. .. -preguntó exasperado el capitán; y la voz forzada y ronca del otro:

-En bloque..., los vi yo mismo..., espectáculo atroz. .. , pensé avisarle.

Jukes permaneció indiferente, imposibilitado por la fuerza del huracán, consciente sólo de la inutilidad de toda acción. Por ser tan joven, encontraba que el mantener su corazón templado contra lo que pudiera ocurrir era tan absorbente, que sintió una repugnancia invencible por toda otra actividad. No tenía miedo; y sabía que no lo tenía porque, estando convencido como lo estaba de que no vería otro amanecer, permanecía tranquilo.

Hay momentos de pasividad heroica a la que a veces se resignan los hombres más valientes. Más de un oficial de marina puede recordar sin duda casos en su experiencia, cuando un estoicismo semejante se ha apoderado de la tripulación entera. Jukes, sin embargo, no tenía gran experiencia de hombres y tormentas.

Creía estar tranquilo, inexorablemente tranquilo; pero a decir verdad estaba aterrado; no vergonzosamente, pero sí en la medida que lo puede estar un hombre recto sin avergonzarse de sí mismo.

Fue como el adormecimiento de su espíritu. Lo provocó la larga tensión del huracán, el suspenso interminable en espera de una culminación, y también la extenuación física provocada por tratar de mantenerse con vida dentro del tumulto desmedido; una extenuación insidiosa que penetra profundamente en el pecho del hombre para abatir y entristecer su corazón.

Jukes estaba más aturdido de lo que creía. Se sujetaba empapado, helado, sus extremidades agarrotadas; y en una alucinación pasajera tuvo visiones fugaces (se dice que el hombre que se está ahogando recorre así toda su vida, en un instante) ; se le representaron recuerdos sin relación alguna con su estado actual. Recordó a su padre: un meritorio hombre de negocios que al primer revés se echó a la cama para morir poco tiempo después en un perfecto estado de resignación. Jukes sólo se imaginó la cara del pobre hombre, sin que por su mente pasaran los detalles que lo llevaron a ese desenlace; también recordó un cierto juego, ya olvidado, que jugaban los marineros cuando él era jovencito; las cejas espesas de su primer comandante; y recordó también a su madre, esa mujer resuelta, sin medios, cuya austeridad había ayudado en su educación; la recordó sin emoción, como años atrás podía haberlo hecho al entrar con desgano a su pieza y haberla encontrado leyendo.

Todo eso no pudo haber durado más de un segundo, menos quizás. Un brazo pesado cayó sobre sus hombros; la voz del capitán MacWhirr llegaba a sus oídos pronunciando su nombre:

-¡Jukes! ¡Jukes!

Advirtió en ella un tono de honda preocupación. El viento embestía al barco con todo su peso tratando de atraparlo en medio de las olas... Estas los barrían como si pasaran por encima del tronco sumergido de un viejo árbol; y el volumen acumulado de los estallidos amenazaba desde lejos. Las olas se elevaban en la noche y una luz fantasmal iluminaba sus crestas, la luz de la espuma de mar que un feroz y pálido resplandor descubrió sobre el esbelto casco, el torrente volcándose, la caída rápida, y la hirviente fuga precipitada de cada ola. Nunca, ni por un instante, podría el NanShan sacudirse toda esa agua de encima.

Jukes, rígido, percibía signos ominosos en los tumbos fortuitos. Ya no había lógica alguna en sus movimientos: mala señal; era el anuncio y el comienzo del fin; y el acento de inquietud y preocupación en la voz del capitán MacWhirr alarmó a Jukes como un síntoma de locura ciega y total.

El hechizo se había apoderado de Jukes. Lo penetraba y absorbía; lo mantenía fijo con todo el rigor de una atención silenciosa. El capitán MacWhirr persistía con sus gritos; pero el viento se interponía entre ellos como una cuña sólida. El capitán se apoyó sobre su cuello, más pesado que una piedra, y súbitamente chocaron sus cabezas.

-¡Jukes! ¡Vea, Jukes!

Había que responder a esa voz que no se quería silenciar. Y como de costumbre, Jukes respondió:

-Sí, mi capitán.

Pero de inmediato su corazón relajado por la tormenta, que engendra un deseo tremendo de paz, se rebeló contra la tiránica disciplina de todo comando.

El capitán MacWhirr sujetaba firmemente la cabeza de su segundo en la curva de su codo; la acercaba a sus labios que chillaban. A veces Jukes lo interrumpía advirtiéndole con premura: "¡Cuidado, capitán!", o si no era el capitán el que con urgencia y desgañitándose lo exhortaba: "¡Sujétese fuerte!", y todo el universo sombrío pareció tambalear con el barco. Se hizo una pausa. Todavía flotaba. Y el capitán MacWhirr recomenzaba sus gritos:

-... Digo... que todos... a la deriva. . . Tendría que ver... lo que sucede.

No bien la fuerza del huracán embistió al barco, ninguna de las partes del puente ofreció más sostén; y los marineros, aturdidos y consternados, se refugiaron en el pasadizo de babor, debajo del puente. Cerraron una puerta que daba hacia atrás; allí adentro hacía frío y estaba negro y lúgubre. A cada bandazo del barco gemían todos al unísono en las tinieblas y escuchaban como caían desde lo alto las toneladas de agua tratando de alcanzarlos.

El contramaestre se complacía en hacer comentarios bruscos; pero, como dijo más tarde, jamás le había tocado estar con un montón de hombres menos razonables. Bastante cómodos estaban allí, fuera de peligro y sin que nadie les exigiera hacer nada; y con todo no hacían otra cosa que refunfuñar y quejarse malhumoradamente como niños enfermos.

Uno de ellos terminó por declarar que, si por lo menos tuviera un poco de luz para alcanzar a verse la punta de la nariz, la situación no sería tan triste. Declaró que lo estaba enloqueciendo el estar esperando en la obscuridad el hundimiento del barco.

-¿Por qué no sales entonces, y así terminas de una vez por todas? -preguntó el contramaestre.

Esto provocó maldiciones en su contra, y se vio anonadado por los reproches que le hicieron. Parecían tomar a mal que no se les hubiera sido creada, al instante y de la nada, una lámpara. Clamaban por luz para por lo menos poder ver cuando se ahogaran. Y, aunque fuera irrazonable, la insistencia del pedido de luz afectaba enormemente al contramaestre. No le parecía justo que lo fastidiaran en esa forma. Así se lo dijo, provocando nuevas injurias. Buscó refugio entonces encerrándose en un silencio amargado. Pero como no dejaban de inquietarlo los quejidos, suspiros y rezongos que oía, por fin recordó que había seis lámparas de globo colgadas en el entrepuente y que los coolies no se verían mayormente perjudicados si se les privaba de una de ellas.

El Nan-Shan tenía un pañol de carbón transversal que se comunicaba con el entrepuente de proa por una puerta de fierro. En algunas ocasiones se empleaba este espacio como bodega. Por el momento estaba vacío; su abertura de acceso era la primera que se encontraba en el pasadizo, de modo que el contramaestre podía entrar al pañol sin salir a cubierta; fue grande su sorpresa al comprobar que nadie se prestaba para ayudarlo a sacar la tapa de la apertura; ensayó solo, a tientas. Uno de los marineros, acostado atravesado en el camino, ni siquiera quiso moverse.

-Pero si lo único que quiero es traerles esa maldita luz, por la que tanto claman - exclamó en un tono que más parecía un ruego.

Alguien le gritó:

-¡Déjanos en paz y que no te veamos más !

El lamentó no reconocer la voz y que estuviera demasiado obscuro para ver, pues hubiera querido arreglar cuentas con ese gallito. Y no obstante se empeñó en demostrarles que era capaz de procurarles una lámpara, aunque tuviera que morir haciéndolo.

La violencia de los bandazos hacía peligroso todo movimiento. Ya era un esfuerzo el solo hecho de mantenerse acostado. Casi se desnucó al dejarse caer en el pañol. Y cuando cayó, de espalda, fue disparado de lado a lado en la peligrosa compañía de una barra de fierro, posiblemente el mango de alguna pala abandonada Dios sabe por quién. Este objeto lo puso tan nervioso como si hubiera sido una bestia salvaje. No lo podía ver; el interior del pañol, recubierto por polvo de carbón, era de una obscuridad totalmente impenetrable, pero lo oía resbalando ruidosamente, golpeando de derecha a izquierda, y siempre cerca de su cabeza. Hacía un ruido extraordinario, dando golpes sordos. Se hubiera dicho la viga de un puente. Todas estas reflexiones se las hacía mientras daba tumbos de estribor a babor y de babor a estribor y se desgarraba las uñas al tratar de asirse desesperadamente a las superficies lisas del pañol en un intento de sujetarse. La puerta que daba al entrepuente no ajustaba bien, de modo que por abajo pudo ver un hilo de luz.

Como buen marino y hombre activo todavía, no tardó mucho en recobrar el equilibrio y ponerse de pie; y por una feliz casualidad, al enderezarse puso su mano sobre la barra de fierro, levantándola consigo. Hubiera tenido miedo, si no, de que esa barra le quebrara las piernas o lo tumbara de nuevo. Al principio se quedó quieto. Se sentía inseguro en esta obscuridad que convertía los movimientos del barco en extraños, imprevisibles y difíciles de contrarrestar.

Por un instante se sintió tan sacudido que no se animó a moverse, por miedo a ser derrumbado de nuevo.

Dos veces ya se había golpeado la cabeza; seguía un poco aturdido. Todavía le parecía oír con claridad los ruidos metálicos que la barra había hecho cerca de sus oídos, de modo que la sujetó bien con sus manos para asegurarse de que no se soltara.

Se sorprendió ante la claridad con que se podía oír allá abajo el furor de la tormenta.

Los aullidos y gemidos del viento, en el vacío del pañol, parecían adquirir caracteres casi humanos, que sin ser tan vastos son infinitamente conmovedores. Y con cada bandazo también se oían golpes, golpes profundos, golpes sonoros, como si una masa de cinco toneladas se hubiera soltado, jugando en la bodega. Sin embargo, no había tal cosa. ¿ Algo en el puente? Imposible. ¿0 a lo largo de la cubierta? Tampoco.

Pensó todo esto rápidamente, claramente, competentemente, como corresponde a un marino, y permaneció perplejo. El ruido, con todo, le llegaba apagado, desde afuera, junto con el de las trombas de agua que caían sobre el puente de arriba. ¿Sería el viento?

Probablemente. Producía un estrépito allá abajo como lo podría hacer el vocerío de un montón de hombres medio enloquecidos. Y entonces descubrió en sí mismo el deseo de tener también una luz -aunque sólo fuera para verse ahogar- y la necesidad imperiosa de salir de ese pañol lo más rápido posible.

Corrió el pasador; la pesada chapa de fierro giró sobre sus bisagras; y fue como si hubiera abierto la puerta a todos los ruidos de la tempestad.

Una ráfaga de gritos roncos llegó hasta él; no obstante el aire estaba tranquilo, pero el torrente de agua que pasaba por encima de su cabeza se ahogaba en un concierto de gritos sofocados y guturales que producían un efecto de confusión desesperada. Separó sus piernas a lo ancho de la puerta y estiró el cuello. En el primer momento no vio más que lo que había venido a buscar: seis pequeñas llamaradas que se balanceaban violentamente en la penumbra del gran espacio vacío.

El entrepuente estaba apuntalado como la galería de una mina, con una hilera de postes en el medio, coronada por unas vigas cruzadas, que se perdían en las tinieblas, al parecer indefinidamente. A babor, una masa voluminosa, de perfil oblicuo, se vislumbraba indistintamente; se hubiera dicho una cavidad en la pared. Todo esto, con sus sombras y siluetas, se movía de continuo. El contramaestre miró con ojos desencajados; el barco dio un bandazo a estribor, y un enorme rugido salió de esa masa que tenía la inclinación que puede tener la tierra al desmoronarse.

Pedazos de madera pasaban volando. "Maderos", pensó con estupor, echando para atrás la cabeza. Un hombre tendido de espaldas, los ojos muy abiertos, se deslizó a sus pies, con los brazos levantados hacia el vacío; otro, rebotando como una piedra que se ha soltado, la cabeza entre las piernas y los puños cerrados, su trenza fustigando el aire, trataba, con una mano, de asirse a la pierna del contramaestre; de su otra mano, abierta, rodó un disco blanco y brillante que vino a parar a los pies del marino. Con un grito de estupor éste reconoció un dólar de plata. El montículo de cuerpos que se contorsionaba, apilado, a babor, se desprendió de la pared con ruido de pasos precipitados, un restregamiento de pies desnudos, gritos guturales, y, deslizándose, fue a dar, inerte, contra la pared de estribor en un choque seco y brutal. Cesaron los gritos. El contramaestre oyó un quejido largo, entre el rugir y los silbidos del viento. Vio una confusión inextricable: cabezas, hombros, pies desnudos pataleando en el aire, puños levantados, espaldas volteadas, piernas, trenzas y caras.

"¡Mi Dios! -gritó horrorizado, cerrando la puerta de un portazo sobre esta abominable visión.

Y era para contar esto que había subido al puente. No lo podía guardar para sí, a bordo no hay más que un solo hombre en quien valga la pena confiarse. De regreso por el pasadizo los hombres lo insultaron y lo trataron de imbécil. ¿Por qué no había traído la lámpara? ¿A quién diablos le podían importar los coolies?

Cuando se encontró de nuevo afuera, la situación precaria en que se hallaba el barco era tal, que lo que sucedía en su interior le pareció de muy poca importancia.

Lo primero que pensó fue que había salido del pasadizo en el preciso instante en que el barco se hundía. Las escaleras habían desaparecido, pero una enorme ola que cubría todo lo elevó hasta el puente. Después permaneció acostado largo rato, boca abajo, aferrado a una argolla, recobrando el aliento de vez en cuando, y tragando agua salada.

Sobre manos y rodillas avanzó luchando, demasiado asustado y perturbado para soñar en darse vuelta. En esa forma llegó hasta la parte de atrás de la timonera. En ese sitio, relativamente protegido, encontró al segundo oficial. El contramaestre tuvo una sorpresa muy agradable, pues había creído que todos los que estaban sobre el puente habían sido barridos hacía rato. Ansiosamente preguntó dónde se encontraba el capitán.

El segundo oficial, agazapado como un pequeño animal maligno debajo de una cerca, dijo:

-¿El capitán? Hace rato que se lo llevaron las olas, y después de habernos metido en este lío.

Suponía que al piloto también. Otro imbécil. Nada tenía importancia. A todo el mundo le iba a suceder lo mismo tarde o temprano.

A pesar del viento, el contramaestre se arrastró otra vez hacia afuera; no tanto por tener alguna esperanza de encontrar a alguien, dijo más tarde, sino para apartarse de "ese hombre". Se arrastró como un proscrito que va a enfrentarse con un mundo inclemente.

De ahí su inmensa felicidad al encontrar a Jukes y al capitán.

Pero en ese momento lo que estaba sucediendo en el puente era de menor importancia. Además era difícil hacerse oír. Logró transmitir la noticia de que los chinos se estaban zarandeando, a la deriva, junto con sus cofres, y que él había subido para informar acerca de esto. En cuanto a la tripulación, estaba toda bien. Entonces, tranquilizado, se dejó caer sobre el puente, sentándose y abrazando con sus brazos y piernas el pilar de comunicación de la sala de máquinas, un tubo de fierro del grosor de un poste. Suponía que si éste era arrancado él se perdería también. No pensó más en los coolies.

El capitán MacWhirr le había hecho entender a Jukes que tenía que ir allá abajo, para informarse.

-¿Qué es lo que debo hacer, capitán? -El temblor de todo su cuerpo mojado hacía vibrar su voz como si estuviera balando.

-Primero ver. .. Contramaestre. .. dice... a la deriva...

-El contramaestre es un maldito idiota - bramó, tiritando, Jukes.

El absurdo de lo que se le exigía sublevó a Jukes. Era reacio a ir, como si creyera que el barco se fuera a hundir justo en el momento que él dejara el puente.

-Tengo que saber..., no puedo dejar...

-Ya se las arreglarán, capitán.

-Pelean..., el contramaestre dice que pelean... ¿Por qué?..., no puedo... permitir peleas a bordo... Preferiría tenerlo a usted aquí..., en caso... de ser yo barrido... al mar...

Deténgalos en alguna forma... Vaya a ver... y dígame. .. por el tubo de la sala de máquinas... No suba... acá... muy seguido. Es peligroso... caminar por... el puente.

Jukes, colocado en un aprieto, tuvo que escuchar estas horribles posibilidades.

-No quiero... perderlo... mientras. .. el barco... no esté... Rout..., buen maquinista...

Barco... puede... salir a salvo... todavía...

De súbito, Jukes comprendió que de todas maneras tendría que ir.

-¿Cree que se puede salvar, capitán? - gritó.

El viento devoró la contestación, pero Jukes alcanzó a oír una sola palabra, pronunciada con energía:

-Siempre...

El capitán MacWhirr soltó a Jukes, e inclinándose sobre el contramaestre, ordenó:

-Vuelva con el oficial.

Jukes sólo sabía una cosa: ya no tenía ese brazo sobre sus hombros. Se le había despedido con sus órdenes..., para hacer ¿qué? Estaba tan exasperado, que inadvertidamente se soltó de su soporte, y de inmediato fue arrastrado por el viento. Le pareció que nada podría impedirle ser volado por sobre la popa al mar. Rápidamente se dejó caer y el contramaestre que lo seguía se le dejó caer encima.

-No se vaya a levantar todavía, señor -exclamó el contramaestre-. Hay tiempo.

Una ola los cubrió. Jukes oyó al otro murmurando que las escaleras del puente habían sido voladas.

-Lo voy a ayudar a bajar, despacio, con las manos, señor.

También lo oyó vociferar que más probabilidades tenían las chimeneas de caerse fuera de borda que de permanecer donde estaban. A Jukes esto le pareció muy posible, y se imaginó los fuegos apagados, el barco impotente. A su lado, el contramaestre continuaba vociferando.

-¿Qué? ¿Qué es lo que sucede? -preguntaba Jukes, desesperado, y el otro decía: - ¿Qué diría mi vieja si me viera ahora? En el pasadizo ya se había infiltrado una gran cantidad da agua que salpicaba todo en la obscuridad. Los hombres estaban quietos como la muerte; pero Jukes, tropezando con uno de ellos, se puso a injuriarlos salvajemente por estar en el camino. Dos o tres voces ansiosas y débiles preguntaron:

-¿Tenemos alguna esperanza?

-¿Qué les pasa a ustedes, idiotas? -contestó brutalmente. Tuvo deseos de dejarse caer entre ellos para no levantarse nunca más. Pero los hombres parecieron regocijarse, y, multiplicando las advertencias obsequiosas de "¡Cuidado! Preste atención a la escotilla", lo dejaron caer cuidadosamente dentro del pañol.

El contramaestre se desplomó detrás de él y, no bien se hubo enderezado, comentó:

-Ella diría: "Te viene bien, viejo imbécil; esto te enseñará a no irte al mar haciéndote el marino".

El contramaestre tenía un poco de dinero y se complacía en hacer alusión a esto con frecuencia. Su mujer -una matrona gorda- y sus dos hijas crecidas tenían una verdulería en el barrio este de Londres.

En la obscuridad, Jukes, que se tambaleaba sobre sus piernas, escuchó un zapateo tenue. Una gritería apagada le llegaba de muy cerca; y desde arriba los ruidos más fuertes de la tormenta descendieron sobre estos otros. La cabeza le daba vueltas.

El también, encerrado en esa pieza, encontraba insólitos y amenazantes los movimientos del barco, que sacudían y minaban su voluntad como si fuera ésta la primera vez que viajaba.

Tuvo la tentación de salir de allí; pero el solo recuerdo de la voz del capitán MacWhirr lo imposibilitó. Se le había dado la orden de inspeccionar. Hubiera querido saber para qué. Enfurecido se dijo: "¿Qué es lo que voy a ver?" El contramaestre, dando tumbos, le advirtió que tuviera cuidado al abrir la puerta; había una feroz pelea allí adentro. Y Jukes, como sufriendo un gran dolor físico, se preguntó por qué diablos estarían peleando.

-¡Por los dólares ! Dólares, señor. Todos sus cofres de porquería se les han reventado, las malditas monedas se desparraman por todos lados, y ellos, en el afán de encontrarlas, se derriban desgarrándose y mordiéndose como locos. Hay un verdadero infierno allí dentro.

Jukes abrió la puerta convulsivamente. El pequeño contramaestre dio una ojeada por debajo de su brazo.

Una de las lámparas se había apagado, posiblemente quebrada.

Gritos guturales y de rencor llegaron a sus oídos, junto con el sonido de pechos palpitantes al esforzarse. Un golpe rudo se sintió contra el costado del barco; el agua caía sobre el puente con un ruido ensordecedor; y en el primer plano de la penumbra, allí donde el aire era rojizo y espeso, Jukes vio una cabeza golpeándose violentamente contra el piso, dos gruesas pantorrillas agitándose en el aire, brazos musculosos enroscados a un cuerpo desnudo, una cara amarilla, la boca abierta, que, mirándolo fijamente, volvió la vista para desaparecer deslizándose.

Un cofre vacío se volcó ruidosamente; un hombre, de un salto, cayó de cabeza, como si hubiera sido encumbrado por un puntapié; más allá, otros pasaban veloces, confusos, como piedras precipitadas desde una pendiente, cayendo sobre el piso, de pie, y agitando los brazos violentamente. La escalera de la escotilla estaba llena de coolies como un enjambre de abejas sobre una rama. Colgaban de los escalones en racimos que se movían y trepaban y golpeaban salvajemente la parte interior de la bodega cerrada; entre medio de las lamentaciones, se oía cómo pasaban allá arriba los torrentes de agua. El barco se inclinó más y empezaron a caer, primero uno, después dos, y, finalmente, todo el resto junto se desprendió lanzando un gran alarido.

Jukes estaba aterrado. El contramaestre le rogó con brusca ansiedad: -No entre allí, señor.

El entrepuente parecía girar sobre sí mismo. El barco, sin dejar de sacudirse, se elevó sobre una ola, y Jukes tuvo la impresión de que todos esos hombres se le iban a caer encima, en una sola masa. Retrocediendo, cerró la puerta y aseguró el pasador con manos que le temblaban.

No bien se fue su primer oficial, al encontrarse solo sobre el puente el capitán MacWhirr llegó zigzagueando hasta la timonera. La puerta se abría hacia afuera, de modo que tuvo que librar un combate con el viento para traerla hacia sí, y cuando finalmente logró entrar, fue como si un disparo de fusil lo hubiera hecho atravesar la madera.

El mecanismo de la dirección perdía vapor, y una ligera niebla cubría el espacio reducido donde el cristal de la bitácora formaba un óvalo de luz. El viento aullaba, cantaba, silbaba o se lamentaba en ráfagas súbitas, que sacudían las puertas y postigos en medio de los chubascos malignos de las olas.

Dos rollos de líneas de sondeo y un bolso de lona blanca, que colgaban de un cabo, se alejaban en movimiento de péndulo para volverse a aplastar contra la mampara. El enjaretado casi flotaba; con cada golpe de mar, el agua se infiltraba por las rendijas de la puerta; el timonel se había quitado la gorra y su chaqueta, y se mantenía apoyado contra la caja de engranajes. La pequeña rueda de bronce del timón parecía un juguete frágil y brillante entre sus manos. De su camisa de algodón rayada sobresalían los músculos del cuello, resistentes y magros; una mancha negra se destacaba en el hueco de su garganta, y su cara estaba tranquila y hundida como en la muerte.

El capitán MacWhirr se secó los ojos. La ola que casi lo había arrastrado le había arrancado la gorra de su cabeza calva. Su pelo rubio y sedoso, ahora empapado y obscurecido, parecía una madeja de algodón sucio que le rodeaba el cráneo. Su cara, brillando con el agua salada, se había enrojecido con el viento y las salpicaduras del mar, de modo que daba la impresión de salir sudando de un horno.

-¿Usted acá? -murmuró pesadamente.

El segundo oficial se había deslizado dentro de la timonera, un rato antes. Instalado en un rincón, con las piernas recogidas, las sienes apoyadas en sus puños, su actitud sugería rabia, tristeza, resignación y entrega, mezclada con un rencor concentrado.

Contestó lúgubre y desafiante:

-Me toca mi guardia abajo ahora, ¿no?

La caja de engranajes resonó, se detuvo y volvió a resonar. Los ojos del timonel se desorbitaban mirando la rosa de los vientos, encerrada en la bitácora de cristal, como si ésta hubiera sido un trozo de carne. Sabe Dios cuánto tiempo había estado allí gobernando el barco, olvidado de todos sus compañeros.

Las campanas no habían sonado, ni se habían producido relevos; el viento había barrido con la rutina, las costumbres y el empleo del tiempo; pero él trataba de todas maneras de mantener la proa hacia el nornordeste. Podría haberse perdido el timón, haberse apagado los fuegos, quebrado las máquinas, haber estado el barco a punto de volcarse de lado como un cadáver, y él no hubiera sabido nada de nada. Su única preocupación era la de no confundirse ni perder la dirección del barco. Preocupación mezclada con angustia, porque la rosa del compás, al girar sobre su pivote, de derecha a izquierda, parecía por momentos dar la vuelta entera. Se acentuaba su tensión mental; tenía un miedo terrible de que la timonera entera fuera arrasada. Montañas de agua continuaban cayéndole encima. Cuando el barco se hundía desesperadamente en el mar, los extremos de sus labios se crispaban.

El capitán MacWhirr levantó la vista hacia el reloj de la timonera. Atornillado a la pared, sus agujas negras sobre la esfera blanca parecían inmóviles. Era la una y media de la mañana.

-Un nuevo día -murmuró para sí.

Pero el segundo lo oyó y levantando la cabeza, como quien ha estado llorando entre ruinas, dijo:

-No lo verá despuntar.

Se podría ver cómo entrechocaban sus rodillas y puños, de tanto que temblaba.

-No, por Dios, no lo verá...

Y de nuevo se sujetó la cabeza entre las manos.

El cuerpo del timonel apenas si se había movido; pero su cabeza permanecía inmóvil sobre su cuello, fija como una cabeza de piedra sobre una columna. Soportando un bandazo que casi le segó las piernas, y tambaleando para equilibrarse, el capitán MacWhirr dijo austeramente:

-No haga caso de lo que dice ese hombre. -Añadiendo muy grave, con un tono indefinible-: No está de guardia.

El marino no contestó.

El huracán continuaba sacudiendo la pequeña cabina, que parecía hermética, mientras la luz de la bitácora vacilaba sin cesar.

-No ha sido relevado -continuó el capitán MacWhirr, mirando hacia abajo-. Quiero, no obstante, que continúe gobernando mientras pueda. Ya tiene la mano hecha. Otro hombre podría echar a perder todo. No es posible. No es juego de niños. Y probablemente la tripulación está ocupada en algo allá abajo. ¿Cree que puede continuar?

La caja de engranajes se sacudía violentamente, y el hombre, quieto, inmóvil su mirada, estalló como si toda la pasión contenida en su cuerpo se hubiera concentrado en sus labios:

-¡En nombre de Dios, capitán!; puedo gobernar por los siglos de los siglos, si nadie me habla.

-¡Ah!, ¡muy bien!, ¡muy bien... -y por primera vez el capitán miró al hombre-, Hackett!

Pareció descartar este asunto de su cabeza. Se inclinó hacia el tubo portavoz que comunicaba con la sala de máquinas, y soplando se agachó para oír. El señor Rout desde abajo contestó y el capitán de inmediato puso sus labios en la embocadura.

Aplicaba sus labios alternando con su oído, mientras la tormenta lo rodeaba con su ruido ensordecedor; y la voz del ingeniero subía hacia él, áspera, como en el calor de un combate. Uno de los fogoneros se había accidentado, los otros estaban incapacitados, el segundo ingeniero junto con el auxiliar atendían las calderas. El tercer ingeniero cuidaba el vapor de las válvulas. Las máquinas eran atendidas a mano.

-¿Cómo está allá arriba?

-Bastante mal. Ahora depende mayormente de usted -dijo el capitán MacWhirr-.

¿Está allá abajo el primer oficial? ¿No?, bueno, ya pronto llegará. -Que el señor Rout le permitiera hablar por el portavoz, por el de cubierta, porque él, el capitán, se dirigía de inmediato al puente. Había algún desorden entre los chinos. Parecía que estaban peleando. "No puedo permitir peleas." Pero el señor Rout se había ido; el capitán MacWhirr pudo sentir contra su oído las pulsaciones de las máquinas; parecían el latido del corazón de la nave.

Se oyó la voz del señor Rout a la distancia. El barco hundió su proa, las pulsaciones se detuvieron bruscamente con un silbido. La cara del capitán MacWhirr permaneció impasible, y sus ojos descansaron inconscientemente sobre el cuerpo agachado de su segundo oficial. Desde las profundidades llegó de nuevo la voz del señor Rout, y las pulsaciones recomenzaron su latido, primero con lentitud, acelerando después.

El señor Rout había vuelto al portavoz.

-No tiene mayor importancia lo que hagan los chinos -dijo apresuradamente; después con irritación añadió-: El barco se zambulle como si no tuviera intención de volver a subir.

-Mar muy grueso -murmuró la voz del capitán desde arriba.

-Prevéngame a tiempo para evitar la última zambullida -ladró Solomon Rout por el tubo.

-Llueve y está obscuro. Imposible ver lo que se viene -musitó la voz-. Imprescindible...

mantener... velocidad... lo suficiente para... poder gobernar... y correr el riesgo -- continuó separando las palabras.

-Acá arriba se está destrozando mucho -siguió la voz con dulzura-. Con todo, no nos va tan mal. Naturalmente que si fuera arrancada la timonera...

El señor Rout, prestando atención, comentó algo con acritud.

Pero la voz pausada que llegaba de arriba se animó, preguntando:

-¿Jukes no ha llegado todavía? -y después de una pequeña pausa-: Desearía que se apurara, quisiera que terminara y que subiera acá por si sucediera algo. Para vigilar el barco. Estoy solo. El segundo oficial está perdido...

-¿Qué? -preguntó desde la sala de máquinas el señor Rout. Luego hablando por el tubo gritó-: ¿Se cayó fuera de la borda? -y enseguida puso el oído para escuchar.

-Perdió la cabeza -continuó desde arriba la voz sensata-. Es una situación muy delicada.

Inclinado sobre el portavoz, el señor Rout abrió desmesuradamente los ojos ante esta noticia. Oyó ruidos de pelea y exclamaciones entrecortadas. Puso más atención.

Mientras tanto, Beale, el tercer ingeniero, con los brazos en alto, sostenía entre las palmas de sus manos el borde de una pequeña rueda negra que sobresalía del costado de un tubo grande de cobre; la sostenía sobre su cabeza como si ésa hubiera sido la postura correcta de algún deporte nuevo.

Para mantenerse en su sitio apoyaba su espalda contra la pared blanca con una pierna en flexión. Un trapo le colgaba de su cinturón. Sus mejillas imberbes estaban ennegrecidas y acaloradas y el polvo de carbón que se había posado sobre sus párpados como las líneas de un maquillaje realzaba el brillo líquido del blanco de sus ojos, dándole a su cara un aspecto femenino, exótico y fascinante. Cuando el barco cabeceaba, él giraba la rueda con movimientos precipitados.

-Se enloqueció -volvió a repetir la voz del capitán por el tubo-. Se abalanzó sobre mí.

.. , me vi obligado a golpearlo... en este preciso instante. ¿Me oyó, señor Rout?

-¡Diablos! -murmuró el ingeniero-. ¡Cuidado, Beale !

Su grito resonó como la alarma de una trompeta entre las paredes de fierro de la sala de máquinas. Pintadas de blanco, éstas se elevaban hacia la penumbra del tragaluz, inclinándose como un techo; y todo el vasto espacio parecía el interior de un monumento, dividido por enrejados de metal, con luces que centelleaban a distintos niveles; en el centro, una columna de penumbra hesitaba en medio del esfuerzo ruidoso de las máquinas, debajo del bulto inmóvil de los cilindros. Una vibración intensa y salvaje, compuesta por todos los ruidos del huracán, flotaba en el silencio del aire cálido; estaba impregnada de un olor a metal recalentado, a aceite y de una vaga bruma. Los golpes del mar, sordos y formidables, parecían atravesar la sala de máquinas de un lado a otro.

Destellos que parecían llamas largas y pálidas temblaban sobre la superficie lustrosa del metal; los enormes manubrios emergían por turnos como una llamarada de cobre y acero, y desaparecían, mientras que las bielas con sus junturas gruesas, como huesos de un esqueleto, parecían hundirlos para después levantarlos con una precisión fatal. Y en lo hondo de la media luz, otras bielas iban y venían esquivándose deliberadamente, mientras que las piezas en cruz se balanceaban, y discos de metal se frotaban, sin dañarse, unos contra otros, lentos y calmos dentro de la confusión de sombras y luces.

De vez en cuando todos estos sonidos poderosos disminuían su ritmo simultáneamente, como si formaran parte de un organismo viviente, atacado súbitamente por un acceso de languidez; entonces los ojos del señor Rout se oscurecían dentro del marco de su cara larga y pálida.

Libraba esta batalla calzando zapatillas; una chaqueta corta y pequeñísima que apenas si le cubría la espalda, y de las mangas apretadas sobresalían sus puños y manos blancos; parecía que esta situación hubiera aumentado su estatura, alargado sus extremidades, intensificado su palidez y hundido más aún sus ojos.

Se movía incesantemente, subiendo y desapareciendo en el fondo, con método, inquieto pero resuelto, y cuando se inmovilizaba sujetándose a la baranda continuaba mirando el manómetro que estaba a su derecha y el nivel del agua sujeto a la pared blanca e iluminado por la lámpara que se balanceaba.

Las bocas de los portavoces bostezaban estúpidamente cerca de su codo, y el dial del telégrafo & la sala de máquinas semejaba un enorme reloj de gran diámetro cuya esfera contuviera palabras en lugar de números. Las letras se destacaban, gruesas y negras, rodeando el eje del indicador; sustituyendo así enfáticamente las exclamaciones de "Adelante", "Atrás", "Despacio', "Media Marcha"; y la gruesa aguja negra marcando hacia abajo la palabra "Todo"; así destacada, capturaba las miradas como puede atraer la atención un grito agudo. El cilindro de baja presión, en su caja de madera, formaba sobre su cabeza una masa amenazante y majestuosa y exhalaba un suspiro débil a cada golpe de pistón; aparte de ese ligero silbido, las máquinas hacían funcionar sus partes de acero a toda velocidad o lentamente, pero siempre con una determinación silenciosa y suave.

Y todo esto, las paredes blancas, el acero movedizo, las chapas del piso bajo los pies de Solomon Rout, el enrejado de fierro sobre su cabeza, la obscuridad y los reflejos, se elevaba y descendía, coordinado, siguiendo el movimiento de las olas que golpeaban contra el casco de la nave. La espaciosa sala que el viento hacía resonar sordamente parecía balancearse en la cumbre de un árbol, o a veces se ladeaba como llevada de uno a otro lado por las formidables ráfagas.

-Tiene que apurarse en subir -dijo el señor Rout no bien vio aparecer a Jukes en la puerta.

Jukes tenía la mirada vaga; parecía un ebrio con su cara encendida e hinchada como si hubiera estado durmiendo demasiado tiempo.

El camino para llegar hasta allí había sido arduo y había recorrido el trayecto con una rapidez extenuante, correspondiendo la agitación de su cuerpo a la de su mente. Se había precipitado fuera del pañol, tropezando en el pasadizo sombrío con un grupo de hombres aterrorizados, que, al pasarlos todavía inseguro, le preguntaron rodeándolo: "¿Qué es lo que sucede, señor?" Bajó por la escala hasta las calderas, saltándose en su apuro algunos de los escalones de fierro. Llegó por fin a ese sitio profundo como un pozo y negro como el infierno; sitio que se movía para adelante y para atrás como un balancín.

El agua en la cala rugía cada vez que el barco se inclinaba, y pedazos de carbón rodaban de un lado a otro; se hubiera dicho una avalancha de piedras volcándose por una pendiente de metal.

Alguien allí adentro gimió de dolor, y se podía vislumbrar a otro ser agachado sobre lo que parecía el cuerpo inerte de un hombre muerto; una voz fuerte blasfemó; el resplandor que emanaba por debajo de cada una de las puertas de los hornos se parecía a un charco de sangre cuya radiación terminaba en una oscuridad aterciopelada.

Una ráfaga de viento dio contra la nuca de Jukes y un instante después lo envolvía hasta sus tobillos mojados. Los ventiladores de la sala de calderas zumbaban: delante de las puertas de los seis hornos, dos figuras extrañas, el torso desnudo, tambaleaban agachándose al luchar con dos palas.

-¡Hola! Ahora sí que tenemos bastante corriente de aire -gritó el segundo ingeniero, quien parecía no haber estado esperando más que la llegada de Jukes para expresarse.

El hombre encargado de la máquina auxiliar, un individuo chico y ágil, con tez deslumbrante y un pequeño bigote descolorido, trabajaba en una especie de éxtasis sordo.

Se mantenían las máquinas a toda presión; un runruneo profundo, como el que puede hacer un camión vacío rodando sobre un puente, formaba un bajo sostenido en el concierto de todos los otros ruidos.

-Hay que dejar escapar el vapor de continuo -gritó el segundo.

La boca del ventilador, haciendo el ruido de mil cacerolas al ser fregadas, le espetó sobre sus hombros un chorro de agua salada, a lo que éste respondió con una andanada de imprecaciones, una maldición colectiva dentro de la cual englobaba su propia alma, y divagando como un loco continuó atendiendo su trabajo. Con un estrépito la visera de metal se levantó, dejando caer un reflejo pálido y ardiente sobre su cara insolente y la mueca de sus labios, para cerrarse en seguida con otro estampido metálico.

-¿Dónde diablos está el barco? ¿Me lo puede decir? ¿Bajo agua o qué? Llega hasta aquí a torrentes. ¿Se han ido al infierno las malditas tapas? ¿Eh? ¿No sabe nada usted, marino desgraciado?

Jukes, después de un instante de estupor, había atravesado por delante de las calderas como una flecha, impulsado por el envión de un bandazo; no bien su vista abarcó la paz, brillo y amplitud relativa de la sala de máquinas, el barco, cayendo pesadamente de popa en el mar, lo precipitó con la cabeza gacha contra el señor Rout. El brazo del ingeniero jefe, largo como un tentáculo y movido como por un resorte, se tendió a su encuentro e hizo desviar su embestida hacia el portavoz, adonde llegó girando sobre sí mismo.

El señor Rout le repetía con insistencia:

-Tiene que darse prisa en subir, pase lo que pase.

Jukes gritó:

-¿Está usted ahí, capitán? -y después escuchó. Silencio. De pronto el rugir del viento retumbó en sus oídos; pero un instante más tarde una voz lejana apartó tranquilamente las vociferaciones del huracán:

-¿Es usted, Jukes?... ¿Qué hay?

Jukes no quería otra cosa que hacer su relato; sólo el tiempo parecía faltarle. Se explicaba perfectamente lo que estaba sucediendo. En su imaginación veía a los coolies encerrados en el entrepuente nauseabundo, sin esperanza de poder salir, acostados, enfermos de malestar y de terror entre las hileras de cofres; y después uno de esos cofres o quizás varios a la vez se habían desprendido al inclinarse el barco, golpeándose unos contra otros, reventándoseles los costados, volando las tapas, y todos los chinos se habían levantado a la vez para salvar lo que les pertenecía: y después, cada golpe del barco lanzaba a esa multitud que gritaba, de un lado a otro, en un remolino de madera rota, ropa hecha jirones y dólares que rodaban. Una vez comenzada la lucha, a ellos mismos se les hacía imposible detenerse. Sólo una fuerza mayor podría detenerlos ahora. Era un desastre. Jukes había visto todo esto; no tenía nada más que decir. Creía que algunos de ellos ya habían muerto. El resto continuaría peleando.

Sus palabras se aglomeraron en el tubo, tropezando una con otra. Subieron hasta lo que parecía ser el silencio de una comprensión iluminada que había permanecido sola allá arriba con el huracán; y Jukes sólo deseó con fervor no tener que enfrentarse más con ese desorden local, mezquina y odiosa adición a la ya gran aflicción de la nave.