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Tifon.  Joseph Conrad
Capítulo 3.
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JUKES era un hombre tan resuelto como cualquier otra media docena de oficiales que se pudieran pescar lanzando una red sobre las aguas.

Si en el primer momento la ferocidad del temporal aquel lo había tomado de sorpresa, se había sobrepuesto al instante, llamando a la tripulación para que aseguraran todas las aperturas que no hubieran quedado cerradas al anochecer. Con su voz fresca y estentórea, clamaba:

-Apúrense, muchachos, y ayuden -al tiempo que él personalmente encabezaba el trabajo, y para sí murmuraba-: Esto es justo lo que yo esperaba.

Pero a la vez comenzaba a tener conciencia de que esto sobrepasaba lo que había previsto. Desde el primer soplo de viento que le rozó la mejilla, la tempestad parecía haber aumentado con el ímpetu acumulado de una avalancha. Espesas salpicaduras de espuma envolvían al Nan-Shan de proa a popa, y súbitamente, saliéndose de su vaivén, se comenzó a sacudir y precipitar como si hubiera enloquecido de miedo.

"Esto no es broma", pensó Jukes, mientras cambiaba gritos explicativos con el capitán. Un brusco recrudecimiento de obscuridad sobrevino en la noche, cayendo sobre sus ojos como algo palpable. Se hubiera dicho que las luces veladas del mundo habían sido apagadas. Jukes estaba indiscutiblemente contento de sentir la proximidad de su capitán. Sentía un alivio, tal como si por el solo hecho de haber aparecido sobre el puente ese hombre hubiera cargado sobre sus hombros el peso mayor de la tempestad.

Ese es el privilegio, el prestigio y el peso de un comandante.

El capitán MacWhirr no podía esperar de nadie en el mundo un alivio semejante. Tal es la soledad del comando. Trataba de penetrar las intenciones recónditas de la embestida, y de adivinar su fuerza y dirección, observando a la manera de los marinos vigilantes, cuya mirada penetra el ojo del viento como si fuera el de un adversario. El viento fuerte lo azotaba desde la vasta obscuridad; debajo de sus pies sentía el desasosiego de su barco; pero ni siquiera podía discernir la sombra de su forma. Rogaba porque todo cambiara; y mientras esperaba inmóvil, sintió la angustia impotente del hombre ciego. Tanto en el día como en la noche el silencio era su estado natural. Jukes a su lado se hacía oír a través de las ráfagas, con sus comentarios animados.

-Ya debemos de haber pasado lo peor, de un solo golpe, capitán.

El vago fulgor de un relámpago relumbró alrededor, como alumbrando la entrada de una caverna, hacia un cuarto secreto y obscuro del mar, y que tuviera un piso de espuma y de olas.

Por un instante se reveló una masa de nubes rasgadas y bajas, los perfiles largos del barco, y sobre el puente, las siluetas sombrías de los marinos, con sus cabezas agachadas, como petrificados en el acto de topar. Palpitaron las tinieblas por encima de todo, y fue en ese instante cuando la tempestad se desencadenó por fin.

Llegó formidable y veloz, como el estallido súbito de un inmenso frasco de ira.

Pareció explotar alrededor de la nave con una repercusión sobrecogedora, y cayó un torrente de agua como si una enorme represa hubiera sido volada por el viento. En un segundo los hombres perdieron el contacto con sus compañeros. Ese es el poder desintegrante de los grandes vientos: aíslan al hombre de sus semejantes. Un terremoto, un desmoronamiento, una avalancha, lo alcanzan incidentalmente, por decirlo así, sin cólera. Pero una tempestad furiosa lo ataca como a un enemigo personal, trata de atraparle sus brazos, sus piernas, le paraliza el cerebro, y procura dejarlo sin voluntad.

A Jukes lo apartó de su comandante. Se creyó en un remolino, volando por los aires.

Todo desapareció, y hasta, por un instante, su propia facultad de pensar; pero entonces encontró el puntal de la baranda. La angustia en nada se le aliviaba, dada su propensión a no creer en la realidad de esta experiencia. Aunque joven todavía, le había tocado experimentar mal tiempo, y se vanagloriaba de poder imaginar lo peor; pero esto sobrepasaba tanto lo que su fantasía había imaginado, que no creyó que navío alguno sería capaz de resistir. De no haber estado absorto en la lucha agotadora que le era necesaria para sostenerse contra esa fuerza que pretendía arrancarlo de su punto de apoyo, hubiera profesado idéntica incredulidad con respecto a sí mismo. Tuvo la seguridad de no haber sido destrozado completamente, porque se sentía medio ahogado, brutalmente sacudido y en parte sofocado.

Durante largo, largo rato le pareció haber quedado desoladoramente solo, aferrado al puntal. La lluvia le cayó por encima a torrentes que arreciaban por rachas. Jadeaba para respirar; algunas veces el agua que tragaba era dulce y otras salada. La mayor parte del tiempo mantenía los ojos cerrados, apretados, como si hubiera temido que su vista le fuera arrancada por la inmensa conmoción de los elementos. Cuando se aventuró a pestañear, extrajo soporte moral de la luz verde que, a estribor, brillaba débilmente sobre la lluvia y la espuma que se dispersaba. Y mientras la miraba, la luz se posó sobre el mar, y éste, levantándose, la apagó. Vio el romper de la ola que, con su leve ruido, añadió al tremendo tumulto que lo rodeaba encolerizado. Y en el mismo instante le fue arrancado el puntal de sus manos. Después de un aplastante golpe en la espalda, se sintió bruscamente elevado, flotando a una gran altura. Su primer pensamiento, irresistible, fue que todo el mar de la China se había vaciado sobre el puente. Su segundo pensamiento, más juicioso, fue que había sido arrastrado fuera de borda. Y mientras era arrojado, lanzado, arrollado por los grandes volúmenes de agua, no dejaba de repetir mentalmente: "¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¡Mi Dios?” De repente, rebelándose contra la calamidad y la desesperación, resolvió salir de allí.

Y empezó a batir sus brazos y piernas. No bien hubo comenzado con sus esfuerzos se vio confundido con una cara, un impermeable y unas botas. Aferrándose ferozmente a estos objetos que se le escapaban de las manos, encontrándolos de nuevo para perderlos una vez más, finalmente se sintió rodeado por un par de brazos robustos. A su vez, él abrazó un cuerpo fuerte y sólido. Había encontrado a su capitán. Tumbándose, dando vueltas y vueltas, estrecharon más el abrazo. De súbito, el agua que se retiraba los dejó caer brutalmente, desamparados, sin aliento y machucados, al costado de la timonera. Se levantaron, tambaleando contra el viento y sujetándose donde pudieron.

Jukes salió de esto horrorizado, como si hubiera escapado a algún ultraje sin paralelo y dirigido a sus sentimientos. Le debilitó la fe en sí mismo. Se puso a gritarle al hombre que sentía cerca de él en esas tinieblas malvadas; a gritar desesperadamente: "¿Es usted, capitán? ¡Eh! ¿Es usted, capitán?", hasta que sus sienes parecieron estallar.

Y oyó una voz que le respondía, una voz lejana, como un grito huraño, que le llegaba de lejos, desde una gran distancia, y que dijo una sola palabra: "¡SU' Otras olas barrieron de nuevo el puente. Las recibió indefenso sobre su cara. Tenía las manos ocupadas en sostenerse.

Los movimientos de la nave eran exagerados. Eran de una impotencia aterradora ante las arremetidas: cabeceaba y se levantaba en el aire como encaminándose a un vacío, y cada vez que caía parecía estrellarse contra una pared. Los bandazos la ladeaban totalmente, y al enderezarse recibía un golpe tan demoledor, que Jukes la sentía tambalear, como tambalea un hombre que ha recibido un garrotazo, antes de desplomarse.

La tempestad bramaba y se arrastraba en forma gigantesca por las tinieblas, como si el mundo entero hubiera sido una sola hondonada negra.

Por momentos el viento llegaba al barco como succionado por un túnel, en un impacto de fuerza sólida y concentrada, levantándolo del agua y sosteniéndolo suspendido un instante, con un solo temblor que lo recorría de punta a punta, y después lo dejaba caer de nuevo en esa caldera hirviente que era el mar.

Jukes se esforzó en recobrar su cordura y juzgar las cosas fríamente.

El mar, aplastado por momentos por las ráfagas más fuertes, se volvía a levantar, elevando los extremos del Nan-Shan en un torbellino de espuma nevada, que en la obscuridad se prolongaba hacia adentro de las barandas; y sobre esta sábana resplandeciente, tendida bajo la negrura de las nubes, y que daba un resplandor azulado, el capitán MacWhirr alcanzaba a ver algunas manchitas como de ébano; la superficie de las escotillas, las tapas de las bodegas, las cabezas cubiertas de los cabrestantes, la base del mástil, era todo lo que podía ver de su barco. El castillo del medio, tapado por el puente donde el capitán se encontraba con su oficial, con la timonera cerrada, donde el timonel gobernaba encerrado por temor a ser barrido junto con todo, semejaba una roca de media marea como las que se ven en las costas. Era como una roca distante con el agua hirviéndole a su rededor, bañándola, escurriéndose, rodeándola, como la roca en medio de una marejada a la que se aferran los náufragos antes de desprenderse de ella, sólo que ésta se levantaba, se hundía, se bamboleaba continuamente, sin alivio, sin descanso, como una roca que milagrosamente hubiera ido a la deriva, revolcándose en el mar.

La tormenta robaba al Nan Shan, con una furia destructora, y sin sentido, velas arrancadas de sus cajetas, lonas aseguradas doblemente que volaban, el puente barrido, los encerados trizados, las barandas retorcidas, las defensas de las luces aplastadas, y desaparecidos dos de los botes salvavidas. Habían desaparecido sin ser vistos ni oídos, como si se hubieran derretido en un oleaje inesperado. Sólo más tarde, cuando otra embestida del mar con su resplandor brillante hubo estallado sobre el puente, Jukes pudo vislumbrar dos pares de pescantes de botes brincando negros y siniestros en la obscuridad, una tira de aparejo remendada que volaba al viento, y un cuadernal cabriolando en el aire; gracias a esto se dio cuenta Jukes de lo que acababa de suceder a menos de tres metros de él.

Estiró el cuello hacia adelante buscando a tientas el oído de su superior. Sus labios por fin lo encontraron, grande, carnoso, empapado. Con voz agitada le gritó:

-Se nos están yendo los botes, capitán.

De nuevo escuchó esa voz, forzada y con sonido débil, pero que tenía la virtud de pacificar en esa enorme discordancia de ruidos, como si hubiera sido enviada desde algún remoto sitio de paz, más allá de la negra desolación de la tormenta; de nuevo oyó la voz del hombre -sonido frágil, pero indomable que llevaba consigo una infinidad de pensamientos, resoluciones y designios, y que hasta el día del juicio final, mientras se estén derrumbando los cielos y se esté haciendo justicia, estará formulando palabras de confianza-, de nuevo la oyó, una especie de grito llegado de muy lejos:

-¡Está bien!

Jukes creyó que no le había entendido y repitió:

-Nuestros botes, capitán. ¡Dos desaparecidos!

La misma voz a sólo dos pulgadas de él, y con todo tan remota, gritó sensatamente:

-No hay nada que hacerle.

El capitán MacWhirr no había dado vuelta la cara, pero Jukes recogió más palabras al viento:

-Qué... puede... esperar..., a través..., tal... Inevitable..., se pierde algo..., es lógico...

Atento, Jukes esperó oír más; pero fue todo; el capitán MacWhirr no tenía nada más que decir. Y Jukes pudo imaginar más que ver la maciza espalda delante de él. Una obscuridad impenetrable se posó sobre los reflejos fantasmales del mar. Una convicción sin esperanza se apoderó de Jukes; no había nada más que hacer.

Si el timón no cedía, si el inmenso volumen de agua no hundía la cubierta o aplastaba las escotillas, si las calderas seguían funcionando, si se podía orientar al barco en ese tremendo viento, y si no se hundía en una de esas horribles olas, cuyas crestas al sólo vislumbrarlas sobre la proa oprimían el corazón, entonces habría una esperanza. Pero algo pareció dar un vuelco en Jukes confiriéndole la seguridad de que todo estaba perdido.

"Todo ha terminado", se dijo con gran agitación, como si hubiera descubierto un significado inesperado en esa idea. De todas estas eventualidades una tendría que suceder. Nada se podía evitar ahora, ni nada remediar. Los hombres de a bordo no contaban, y el barco no podía luchar más. El tiempo era demasiado imposible.

Jukes sintió un brazo que le caía pesadamente sobre sus hombros y correspondió a este avance tomando al capitán por la cintura.

Así se mantuvieron entrelazados en la noche ciega, sosteniéndose contra el viento, mejilla contra mejilla, como dos cascos amarrados de popa a proa.

Y Jukes escuchó, apenas si más fuerte que antes, pero más cerca, la voz de su comandante, como si marchando a través del prodigioso ímpetu del huracán se le hubiera acercado, trayendo consigo esa extraña sensación de tranquilidad del fulgor sereno de un halo.

-¿Sabe dónde está la tripulación? -preguntó la voz vigorosa y evanescente al mismo tiempo, sobrepasando la fuerza del viento para desvanecerse de inmediato.

Jukes no sabía nada. Todos se encontraban sobre el puente cuando atacó el huracán con toda su furia. No sospechaba en dónde se podían haber refugiado. En estas circunstancias tanto daba donde se encontraran, pues no se les podía utilizar en nada. Con todo, esta pregunta del capitán angustió a Jukes.

-¿Los necesita, capitán? -repuso con ansiedad.

-Tengo que saber -confirmó el capitán MacWhirr, añadiendo-: Sosténgase fuerte.

Se sujetaron con fuerza. Un nuevo estallido de furia desencadenada; una acometida maligna de viento inmovilizó al barco; durante un momento de suspenso terrible a éste sólo se le vio mecerse un poco con los movimientos livianos y cortos de una cuna; mientras toda la atmósfera pasaba al barco en una huida furiosa, alejándose con bramidos de la tenebrosa tierra.

Sofocados, con los ojos cerrados, Jukes y el capitán se sujetaron con más fuerza, y con la magnitud de la sacudida una columna de agua se elevó en la obscuridad, embistió a la nave, se quebró de un golpe y cayó con todo su peso mortal sobre el puente.

Un fragmento de ese derrumbamiento los envolvió de los pies a la cabeza, llenando sus ojos, bocas y narices de agua salada. Les golpeó sus piernas, asió sus brazos y con rapidez empapó hasta sus mentones: cuando abrieron los ojos pudieron ver las masas de espuma amontonada, lanzada de un lado al otro de lo que parecía ser las ruinas del barco.

El NanShan, acosado, había cedido. Sus corazones palpitantes también cedieron ante el tremendo golpe; y de súbito todo empezó de nuevo; el Nan-S han recomenzó sus zambullidas desesperadas como tratando de desprenderse de entre las ruinas.

Las olas, en la obscuridad, se aceleraban de todos lados para mantenerlo fijo donde pudiera perecer. Había odio y ferocidad en los golpes que le propinaban. Se hubiera dicho un ser viviente arrojado a la cólera de la muchedumbre: víctima expuesta, tratada brutalmente, golpeada, levantada por el aire, lanzada al suelo, pisoteada. El capitán MacWhirr y Jukes no se soltaban; ensordecidos por el ruido, amordazados por el viento; el gran tumulto físico que sacudía sus cuerpos les trajo la demostración de una pasión desenfrenada y un gran desamparo a sus almas.

Uno de esos gritos salvajes, despavoridos, que se sienten pasar misteriosamente sobre nuestras cabezas, descendió sobre el barco, como lo hubiera hecho un pájaro de presa. Jukes, por encima del ruido, gritó:

-¿Sobrevivirá a esto?

El grito le fue arrancado de su pecho. Fue tan sin intención como el nacimiento de un pensamiento, y ni él mismo lo oyó. Todo se extinguió de un golpe -pensamiento, designio, esfuerzo- y de su grito sólo emanó la inaudible vibración que fue a juntarse en el aire con las ondas de la tempestad.

No esperaba nada. ¿Qué contestación podía esperar Jukes? No había respuesta posible a esta llamada. Sin embargo, después de un rato, oyó con asombro la voz frágil.

pero resistente, sonido empequeñecido en el tumulto gigantesco:

-¡Puede ser !

Fue un grito sordo, más difícil de distinguir que un susurro.

-¡Esperemos que sí ! -gritó el imperturbable hilo de voz solitaria, pero que parecía ajena a toda esperanza o temor; añadió palabras inconexas-: Barco... Esto. .. Nunca... En todo caso... para bien. -Jukes desistió.

Entonces, como si de súbito hubiera encontrado ese algo necesario para hacerle frente a la tormenta, pareció recobrar fuerza y firmeza, de manera que sus últimas frases se oyeron con claridad.

-Continúen. .. , constructores. .. , hombres buenos. .. Arriesgarse. .., máquina. ..

Rout... , buena persona.

Tan obscura estaba la noche, que al quitarle el capitán su brazo de sobre los hombros a Jukes, dejó de existir para éste. Después de haber tenido los músculos tan en tensión, los sintió relajar.

Junto con una incomodidad profunda, sentía un increíble deseo de dormir. Se sentía hostigado, atormentado por el sueño. El viento, apoderándose de su cabeza, trataba de arrancársela de los hombros; su ropa llena de agua le pesaba como plomo, y la sentía fría como hielo derretido; tiritó durante mucho rato; y con sus manos sujetas a su punto de apoyo, cedió a una profunda angustia física. Tan concentrado en sí mismo estaba su pensamiento, sin rumbo, dejándolo vagar, que cuando sintió que algo le rozaba las rodillas, se sobresaltó desmesuradamente.

En su impulso hacia adelante golpeó la espalda del capitán MacWhirr; éste se quedó inmóvil; y entonces una mano le cogió el muslo.

Se había producido una calma, una de esas calmas amenazantes, cuando la tempestad recobra aliento. Jukes sintió que la mano le recorría el cuerpo. Era el contramaestre.

Jukes reconoció esas manos gruesas y enormes que parecían pertenecer a una nueva especie de hombre.

El contramaestre había llegado al puente gateando en cuatro patas para resistir la fuerza del viento, y su cabeza había topado con las piernas del oficial. Inmediatamente se había agachado comenzando a explorar el cuerpo de Jukes de abajo para arriba, con prudencia, como corresponde a un inferior.

Era un marinero de unos cincuenta años, rudo, mal parecido y raquítico. Peludo, de piernas cortas y brazos largos, semejaba a un mono viejo. Su fuerza era inmensa, y con sus manos enormes, que le colgaban como guantes de boxeo de sus brazos peludos, levantaba los objetos más pesados como si fueran juguetes. Aparte de su pecho peludo, su aspecto amenazante y su voz ronca, no tenía ninguno de los otros atributos que le hubieran correspondido. Su bondad rayaba en la imbecilidad: los hombres hacían lo que querían con él y en su carácter fácil y locuaz no había ni un gramo de iniciativa. Por estos motivos a Jukes le disgustaba, y era con desagrado y desprecio que veía como el capitán MacWhirr consideraba a este inferior como un excelente oficial subalterno.

Sujetándose a la chaqueta de Jukes se levantó, tomándose esa libertad sólo porque la fuerza del huracán lo obligaba a hacerlo.

-¿Qué pasa?, a ver, ¿qué pasa? -gritó Jukes impaciente.

¿Qué podía querer este miserable sobre el puente? El tifón le había tomado los nervios a Jukes. Los gritos roncos del otro, aunque ininteligibles, parecían denotar un estado de animada satisfacción. No había equivocación alguna. El viejo idiota estaba contento por algo.

La otra mano del contramaestre había encontrado otro cuerpo; y en un tono cambiado preguntó:

-¿Es usted, capitán? ¿Es usted, capitán? El viento ahogó los gritos.

-¡Sí! -gritó el capitán.