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Tifon.  Joseph Conrad
Capítulo 2.
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AL observar la caída del barómetro, el capitán MacWhirr reflexionó. "Por algún lado se está dando muy mal tiempo", eso fue lo único que pensó. Había tenido experiencia con temporales. El término "mal", cuando se aplica al tiempo en el mar, sólo le da al marino una idea de incomodidad. Si alguna autoridad indiscutida le hubiera informado que el fin del mundo iba a ser provocado por una conmoción catastrófica de la atmósfera, habría asimilado esa información, catalogándola sencillamente como mal tiempo, porque no había tenido jamás experiencia con cataclismos; y es cosa cierta que el convencimiento no implica, por fuerza, la comprensión. Con sabiduría, su condado había decretado por un Acta Parlamentaria que, antes de ser entregado un barco, su presunto comandante tendría que contestar a algunas preguntas sencillas sobre posibles tormentas circulares, tales como huracanes, ciclones o tifones; era evidente que él las había contestado con conocimiento, puesto que ahora tenía a su mando el Nan-S han, y navegaba por los mares de la China en plena época de tifones. Pero si bien contestó con corrección a las preguntas, éstas ya habían sido olvidadas. Con todo, tenía conciencia de una incomodidad provocada por el calor pegajoso. Salió al puente sin encontrar alivio a esta opresión. El aire era espeso, y respiraba, boqueando, como pescado fuera del agua, de modo que llegó a pensar que estaba enfermo.

El Nan-Shan abría un surco en el mar, y éste se desvanecía en un círculo que se ondulaba y relucía como un trozo de seda gris. Del sol pálido y sin rayos emanaban un calor pesado y una extraña luz. Los chinos yacían postrados sobre las cubiertas. Sus caras exangües, contraídas, amarillas, semejaban las de inválidos biliosos.

El capitán MacWhirr se fijó especialmente en dos de ellos, tendidos de espaldas bajo el puente. Otros tres, sin embargo, discutían acaloradamente; un hombre grande, medio desnudo, con hombros hercúleos, se apoyaba fláccidamente sobre un cabrestante; otro, sentado sobre cubierta, sus rodillas recogidas, la cabeza inclinada a un lado, con actitud de muchacha, trenzaba su coleta con una languidez infinita que se notaba en toda su persona, hasta en el mismo movimiento de sus manos... El humo salía con dificultad de la chimenea, y en lugar de elevarse al cielo, se desparramaba, extendiéndose como una nube infernal, con emanaciones de azufre, y dejando caer una llovizna de hollín sobre los puentes.

-¿Qué diablos está haciendo allí, señor Jukes? -preguntó el capitán MacWhirr.

Al sentir que se le había dirigido la palabra en forma tan inusitada, el señor Jukes se sobresaltó como si le hubieran clavado debajo de una costilla, aunque el tono había sido más un murmullo que una pregunta airosa. Había hecho traer al puente un taburete bajo, y sentado sobre éste, con una cuerda enroscada a sus pies y un pedazo de lona estirado sobre sus rodillas, procuraba con fuerza pasar una aguja. Levantó la vista, y la sorpresa que demostró dio a sus ojos una expresión de inocencia y candor.

-Sólo estoy cosiendo este lote de bolsas nuevas que hicimos en el último viaje para recoger el carbón -contestó suavemente-; las vamos a precisar en la próxima carga de carbón, capitán.

-¿Qué sucedió con las otras?

-Se gastaron, por supuesto, capitán.

El capitán MacWhirr, irresoluto, miró a su oficial, manifestando tener la convicción sombría y cínica de que más de la mitad se habrían caído al mar. "Si tan sólo se pudiera llegar a la verdad", y diciendo esto se retiró a la otra punta del puente. Jukes, exasperado ante este ataque sin provocación, quebró la aguja a la segunda puntada, y dejando caer su trabajo maldijo en sordina el calor. La hélice dio un golpe, los tres chinos que habían estado discutiendo dejaron de hacerlo súbitamente, mientras el que se estaba trenzando la coleta cruzó sus piernas, y por encima de sus rodillas dirigió una mirada descorazonada. La deprimente luz solar formaba sombras vagas y enfermizas. La marea se alzaba y aceleraba más a cada momento, y el barco se sacudía en las profundas y lisas hondonadas del mar.

-Me pregunto de dónde vendrá esta corriente -comentó fuerte Jukes, al tiempo que recobraba el equilibrio.

-Desde el nordeste -gruñó desde el puente MacWhirr-. Por algún sitio se está desatando una tormenta. Vaya a mirar el barómetro.

Cuando salió de la sala de navegación, la expresión en el rostro de Jukes había cambiado; se le notaba concentrado y preocupado. Se sujetó a la pasarela del puente y miró fijo hacia adelante.

La temperatura había subido a cuarenta y siete grados centígrados en la sala de máquinas. Desde el cuarto de calderas, a través de un tragaluz, llegaban las voces irascibles, en áspera y retumbante confusión, mezclándose con el estrépito y roce de los metales, como si hombres con extremidades de hierro y gargantas de bronce se estuvieran peleando. El segundo ingeniero chocaba con los fogoneros porque éstos habían dejado que bajara la presión de las calderas. Era un hombre temido, con brazos como los de un herrero; pero esa tarde los paleadores le contestaban inquietos, golpeando las puertas de las calderas con la furia de la desesperación. Súbitamente cesó todo ruido y el segundo ingeniero emergió de la sala de máquinas, empapado y cubierto de tizne. Parecía un deshollinador saliendo de un pozo. No bien apareció, comenzó a enojarse con Jukes, aduciendo que los ventiladores correspondientes a la sala de máquinas no estaban bien orientados; a esto Jukes le contestó con gestos que indicaban: "No hay viento, no hay nada que hacerle, usted mismo lo puede constatar". Pero el otro no atendía razones. Sus dientes destellaban furia en su cara sucia. Dijo que le tenía sin cuidado tener que golpear las malditas cabezas que se encontraban allá abajo, ¡maldición!; pero ¿acaso creían los condenados marineros que se podía mantener la presión de las calderas abandonadas por la mano de Dios pegándoles a los fogoneros? ¡No! Se precisaba también que circulara el aire. Y acá abajo bramaba el ingeniero jefe, deteniéndose ante el medidor de presión, para continuar marchando, como enloquecido, de arriba abajo en la sala de máquinas. ¿Para qué se creía Jukes que se le tenía allá arriba? ¿Acaso no podía conseguir que uno de sus decadentes, inútiles, inválidos marineros girara los ventiladores en el sentido del viento?

Las relaciones entre la "sala de máquinas" y el "puente" del Nan-Shan eran de lo más cordiales; de modo que Jukes, en tono reprimido, rogó al otro no ponerse en ridículo, pues el comandante estaba al otro lado del puente; pero el segundo declaró no importarle un bledo quién estuviera al otro lado, de modo que Jukes, pasando instantáneamente de una desaprobación altiva a un estado de exaltación, lo invitó, en términos poco halagadores, a que viniera él mismo a girar los aparatos y a coger todo cuanto viento le fuera posible atrapar a un asno como él. Se precipitó sobre el ventilador el segundo ingeniero, como si pretendiera arrancarlo y botarlo por la borda. Sólo consiguió mover el sombrerete unas pulgadas, mediante un enorme desgaste de fuerzas, y pareció agotarse con el esfuerzo. Se inclinó a la timonera en tanto que Jukes se le acercaba.

-¡Mi Dios! -exclamó con voz debilitada el ingeniero. Levantó los ojos al cielo dejando que su mirada opaca bajara hasta el horizonte que parecía levantarse inclinado a un ángulo de cuarenta grados, para enseguida volver a descender lentamente-. ¡Cielos, Phew ! ¿Qué sucede ahora?

Jukes, separando sus piernas largas, adquirió un aire de superioridad.

-Esta vez sí que nos va a llegar -dijo-. El barómetro está bajando enormemente, Harry, y tú tratando de buscar camorra...

La palabra "barómetro" pareció avivar en el ingeniero toda su animosidad.

Armándose de nuevas energías le dijo a Jukes, en tono bajo pero brutal, que se tragara el maldito instrumento. Era el vapor, la presión que estaba bajando; y entre los fogoneros que desfallecían y el jefe que se estaba trastornando, la suya se estaba transformando en una vida de perros. Poco le importaba que todo estallara. Pareció a punto de llorar; pero reponiéndose rápido, murmuró sombríamente: "¡Ya van a ver!", y salió de prisa.

Se detuvo ante la apertura lo suficiente para levantar su puño al cielo, de donde emanaba una luz antinatural, y se dejó caer por la apertura con una exclamación.

Al darse vuelta, los ojos de Jukes se posaron sobre la espalda redondeada y las grandes orejas rojas del capitán MacWhirr.

-Ese segundo ingeniero es un hombre muy violento -comentó el capitán sin mirar a su primer oficial.

-Pero es un segundo muy bueno -gruñó Jukes-. No pueden mantener la presión - añadió rápidamente, mientras se sujetaba a la baranda para evitar las consecuencias del bandazo que se aproximaba.

Desprevenido, el capitán MacWhirr dio un resbalón, y alcanzó a sostenerse en el puntal de un toldo.

-El tiempo está horrible. Es el calor -dijo Jukes-. Haría maldecir hasta a un santo.

Aquí mismo, acá arriba, me siento como si tuviera una frazada envolviéndome la cabeza.

Levantando la vista, el capitán MacWhirr inquirió:

-¿Me quiere decir, señor Jukes, que usted ha tenido su cabeza envuelta en una frazada? ¿y para qué hizo eso?

-Es una manera de expresarme -contestó Jukes impasible.

-Las cosas que dicen algunos de ustedes. ¿Qué quiere decir eso de "santos maldiciendo"?

Ojalá que no hablaran tan alocadamente. Supongo que no sería más santo que usted.

¿ Y a qué viene eso de una frazada... o el tiempo? El estado del tiempo a mí no me hace blasfemar. Eso es prueba de mal carácter, nada más. No es más que eso. ¿De qué le sirve hablar así?

En esa forma reconvino el capitán MacWhirr contra el uso de expresiones en sentido figurado, y finalmente electrizó a Jukes con un bufido desdeñoso, seguido de palabras apasionadas y de resentimiento:

-Juro que si se descuida lo voy a despedir del barco.

Y Jukes, incorregible, pensó: "Dios mío, alguien ha dado vuelta a mi capitán. ¡Esto sí que se llama mal genio ! Naturalmente que se debe al mal tiempo. ¿Qué otra cosa podría ser? Hasta un ángel pelearía..., cuando menos un santo".

Sobre cubierta todos los chinos jadeaban como moribundos. Al declinar, el sol había disminuido en diámetro, y un fulgor pardo, sin brillo, como si millones de siglos hubieran transcurrido desde la mañana, lo acercó a su ocaso. Un opaco banco de niebla se vislumbró hacia el norte; tenía un tinte oliva oscuro y siniestro; y se posó lerdo, sin movimiento, sobre el mar. Semejaba un obstáculo sólido que se cruzaba delante de la nave. Esta se dirigió a tientas hacia él, como un animal exhausto acosado hacia su muerte.

Lentamente se desvaneció la penumbra cobriza, y en la oscuridad resaltaron multitudes de estrellas enormes, vacilantes, que como movidas por una ráfaga relucieron intensamente, pareciendo estar suspendidas sobre la tierra.

A las ocho de la noche Jukes entró en la sala de máquinas para anotar en el cuaderno de bitácora.

De su borrador copió con cuidado el número de millas y el rumbo de la nave, y en la columna donde decía "Vientos" garabateó, en la página que comprendía las ocho horas transcurridas desde el mediodía, "Tranquilo".

Se sentía exasperado por el continuo y monótono movimiento del barco. El pesado tintero se corría de un lado a otro eludiendo la pluma; se hubiera dicho que poseía una perversa habilidad para esquivarla. Habiendo escrito en el espacio intitulado "Observaciones" "El calor es muy opresivo", puso entre sus dientes la punta de la lapicera, a modo de pipa, y se secó la cara cuidadosamente.

"El barco se bambolea con el oleaje agitado"; y para sí pensó: "Agitado no expresa suficientemente la realidad". Después continuó escribiendo: "Puesta de sol amenazante, con un banco de nubes bajas hacia el norte y el este. Por encima, cielo despejado".

Apoyado sobre la mesa, con su pluma suspendida en el aire, miró hacia afuera, y en el marco que formaban los batientes de la puerta vio como las estrellas disparaban volando hacia un cielo renegrido. Desaparecieron todas, dejando sólo una obscuridad salpicada de fulgores blancos; el mar estaba tan negro como el cielo, y a lo lejos relucía la espuma. Las estrellas, que habían desaparecido con el movimiento, se volvieron a ver con el giro contrario de la nave, precipitándose en centellantes multitudes, no como puntos encendidos, sino como pequeños discos brillantes de un resplandor húmedo.

Jukes observó un momento las grandes estrellas fugaces, y luego anotó: "8 P. M. Aumenta la marejada. La nave avanza trabajosamente. Las cubiertas están bañadas de agua.

Los coolies han sido encerrados por la noche". Se detuvo un instante y pensó: "Puede que esto no tenga desenlance alguno". Después terminó sus observaciones resueltamente, escribiendo: "Todas las apariencias indican que se aproxima un tifón".

Al salir se hizo a un lado para dar paso al capitán MacWhirr, quien cruzó el umbral sin decir palabra o hacer seña alguna.

-Haga el favor de cerrar la puerta, señor Jukes -dijo desde adentro el capitán.

Jukes, dándose vuelta para hacerlo, murmuró irónicamente:

-¿Qué, tiene miedo de resfriarse?

Le tocaba su guardia abajo; pero sentía necesidad de comunicarse con sus semejantes; y dirigiéndose alegremente al segundo oficial, dijo:

-Después de todo, no se presenta tan malo el tiempo, ¿no le parece?

El segundo oficial caminaba de un lado a otro del puente, tanto descendiendo un momento a saltitos, con pequeños pasos, como al otro ascendiendo con dificultad el ángulo inclinado del puente. Al oír la voz de Jukes se inmovilizó, mirando siempre para adelante, pero sin decir palabra.

-¡Hola! Esta sí que fue seria -exclamó Jukes, inclinándose con el balanceo hasta que sus manos tocaron la cubierta. Esta vez el segundo oficial emitió desde el fondo de su garganta un sonido poco amistoso.

Era un vejancón desaliñado, con mala dentadura y una cara lampiña. Se le había contratado apresuradamente en Shanghai, en aquel mismo viaje, cuando el segundo oficial que había venido de Inglaterra se había caído (en forma que el capitán MacWhirr jamás pudo comprender) desde la borda hasta un lanchón carbonero que se encontraba amarrado a la nave. Y fue necesario mandarlo con urgencia a tierra, pues resultó con conmoción cerebral y una o dos extremidades quebradas.

Jukes no se descorazonó con el gruñido.

-¿Cómo lo estarán pasando allá abajo los chinos? -musitó-. Es una suerte para ellos que el vaivén de esta vieja sea tan suave. Vea usted, esta sacudida no fue tan brava.

-¡Espérese no más ! -espetó el segundo oficial.

Con su nariz angulosa y sus labios finos, apretados, daba la impresión de estar en un permanente estado de furia interna; y su modo de hablar era tan conciso que rayaba en la grosería. Las horas libres las pasaba ence- rrado en su cabina, observando un silencio tal que daba la sensación de que se echaba a dormir no bien cerraba la puerta; pero al que le correspondía despertarlo para su guardia, lo encontraba invariablemente tendido en su cucheta, la cabeza apoyada sobre una almohada sucia, con los ojos abiertos que destellaban una mirada feroz. Jamás escribía cartas, ni tampoco parecía esperar noticias de nadie. Una vez se le había oído mencionar la localidad de Hartlepool, pero sólo para quejarse, con gran amargura, de los precios exorbitantes que le habían cobrado en una pensión.

Era uno de esos hombres a quienes se les contrata nada más que por necesidad en todos los puertos del mundo. Son seres de bastante competencia, parecen desesperadamente necesitados de dinero, no tienen rastro de vicio alguno, pero sí todas las señales de ser fracasados por completo. Suben a bordo sólo en casos de emergencia, no le tienen cariño a barco alguno, crean una atmósfera de relaciones superficiales con sus camaradas, quienes no saben nada de ellos, y deciden abandonar el barco en los momentos más inoportunos. Bajan a tierra en cualquier puerto de mala muerte, sin despedirse de nadie, y llevando consigo un viejo baúl, atado con un cordel. Parecen sacudir de sus pies el polvo del barco.

-Espérese no más -repitió, balanceándose en su puesto y dando la espalda a Jukes.

-¿Entonces usted cree que de esta vuelta nos va a tocar algo serio? -preguntó Jukes con interés juvenil.

-¿Creer?... Yo no digo nada. A mí no se me hace caer así no más -exclamó el pequeño oficial, con una mezcla de orgullo, desprecio y astucia, como si hubiera descubierto fácilmente una trampa en la pregunta de Jukes-. ¡Ah ! ¡No! ¡No les voy a dar el gusto de que se burlen de mí ! -murmuró despacio.

Jukes se hizo la reflexión de que este oficial era un tipo malo y desagradable, y hubiera dado cualquier cosa porque Jack Allen no se hubiera accidentado al caer en la chata carbonera.

La negrura del cielo, que se veía más allá de la nave, semejaba otra noche vista a través de la noche estrellada de la tierra, la no che sin estrellas de las inmensidades más allá del universo creado, y que se vislumbraba, en su quietud imponente, por una fisura en la esfera reluciente de la que nuestra tierra es el eje.

-Cualquiera que sea la conmoción que flota en el ambiente -dijo Jukes-, nosotros estamos enfilando hacia ella.

-Es usted el que lo ha dicho -recalcó el segundo, siempre de espaldas a Jukes-. Conste que es usted quien lo dijo, no yo.

-¡Oh, váyase al diablo! -gruñó sin ambages Jukes; y el otro lanzó una risita triunfante.

-Es usted el que lo ha dicho -repitió.

-Bueno, ¿y qué hay con eso?

-He conocido a hombres muy capaces que se han indispuesto con sus comandantes por haber hecho declaraciones mucho menos serias que ésa -contestó febrilmente el segundo-. ¡ Ah, no ! Yo no caigo en la trampa.

-Parece muy empeñado en no comprometerse -observó Jukes, ya completamente amargado por tanto absurdo-. Yo no tengo miedo de decir lo que siento.

-Mientras que yo..., ¡qué diablos!, yo no soy nadie y bien que lo sé.

Después de una pausa de calma relativa, el barco comenzó con una nueva serie de vaivenes, uno peor que el otro; y durante rato Jukes estuvo concentrándose demasiado en no perder el equilibrio, de modo que no dijo una palabra. Apenas se hubo aquietado el violento bamboleo, exclamó:

-Esto es demasiado. Si se avecina algo serio o no, no lo sé, pero soy de opinión de enfrentar el barco a la corriente. El viejo se acaba de retirar para acostarse. Aunque me mate voy a hablar con él.

Pero cuando abrió la puerta de la sala de navegación vio que el capitán MacWhirr estaba leyendo un libro. Todavía no se había acostado. Estaba de pie, sosteniéndose con una mano en el borde de un estante y con la otra sujetaba un grueso volumen que mantenía abierto y en el cual fijaba la vista. Las lámparas se balanceaban en sus soportes, los libros se deslizaban de un lado a otro de los estantes, el barómetro largo giraba en círculos espasmódicos, y la mesa cambiaba constantemente de inclinación.

Sujetándose en medio de todo ese movimiento y agitación, el capitán MacWhirr levantó la vista por encima de su libro, y preguntó:

-¿Qué sucede?

-Está arreciando la marejada, capitán. -Eso ya lo he notado acá adentro. ¿Hay algo que no marcha bien?

Jukes, desconcertado por la seriedad de la expresión de los ojos que lo miraban por encima del libro, hizo una mueca de timidez. -Está bamboleándose mucho -dijo cortante.

-Sí, hay mar grueso, muy grueso. ¿Desea algo?

En eso Jukes perdió pie, tropezando.

-Estaba pensando en nuestros pasajeros

-dijo como hombre que se aferra a una esperanza.

-¿Pasajeros? -se extrañó el capitán-. ¿Qué pasajeros?

-Pero los chinos, capitán -explicó Jukes, ya enfermo ante el giro que estaba tomando la conversación.

-¡Los chinos! ¿Por qué no habla claramente? Hasta el día de hoy jamás había oído hablar de un montón de coolies como de pasajeros. ¡Pasajeros, verdad ! ¿Qué es lo que le sucede a usted?

Manteniendo la página con su índice, el capitán cerró el libro, bajó el brazo, y con tono de perplejidad preguntó:

-¿Por qué está pensando en los chinos, señor Jukes?

Jukes se zambulló como obligado.

-Es que las cubiertas están anegadas de agua. Pensé que podría navegar contra la corriente un rato. Hasta que amaine un poco. No va a demorar mucho. Se podría enfilar la popa hacia el este. Yo nunca he visto a un barco hamacarse tanto.

Se sujetaba a la puerta, y el capitán, dándose cuenta de que su punto de apoyo en el estante no era suficiente, lo soltó rápidamente, dejándose caer sobre la cucheta.

-Enfilar hacia el este -dijo procurando enderezarse-. Eso nos desviaría en más de un cuarto.

-Sí, capitán. Cincuenta grados. Sería justo lo necesario para enfrentar el temporal.

El capitán MacWhirr, al incorporarse, no había dejado caer el libro ni había perdido la página.

-¿Hacia el este? -repitió con sorpresa que iba en aumento-. ¿Pero adónde cree que nos dirigimos? Usted pretende desviar un navío en plena marcha para darles comodidad a unos chinos. He oído hablar de cosas disparatadas que se han hecho en el mundo, pero esto... Si no lo conociera, Jukes, pensaría que está bebido. Desviarse un cuarto... ¿Y después qué? Supongo que virar al lado opuesto otro cuarto para volver a tomar la ruta. ¿ Quién le puso en la cabeza la idea que yo iba a voltejear a un vapor como si se tratara de un velero?

-Afortunadamente no lo es -repuso Jukes con amargura-. Ya hubiéramos visto volar hasta el último palo que está sobre cubierta.

-En verdad, y se tendría que haber resignado a verlos volar con los brazos cruzados - dijo MacWhirr con animación-. Tenemos una calma total, ¿ no?

-Sí, capitán; pero se está preparando algo fuera de lo común, por cierto.

-Puede ser. Supongo que cree usted que yo tendría que apartarme de lo que se avecina. -El capitán hablaba de un modo y con un tono muy sencillo, fijando siempre la mirada grave en el piso de linóleo, y fue por eso que no reparó en el desasosiego ni en la expresión, mezcla de asombro y de respeto, que asomó en la cara de Jukes-. Aquí tiene este libro -continuó tenazmente, al tiempo que golpeaba su muslo con el volumen cerrado-. He estado leyendo el capítulo que trata de tormentas.

Esto era cierto. Había estado leyendo ese capítulo. Pero no había entrado en la sala de navegación con la intención de tomar el libro. Alguna influencia que flotaba en el aire

-la misma quizá que había impulsado al camarero a subir, sin que el capitán se lo ordenara, las botas y el impermeable de hule- habría guiado su mano hacia el estante; y sin perder tiempo en sentarse, se concentró con esfuerzo consciente en la terminología del tema. Se enfrascó en la lectura de semicírculos que se acercan, cuadrantes a derecha e izquierda, curvas de órbitas, variantes en los vientos y en el barómetro. Procuró asimilar todos estos datos, relacionándolos con lo que lo rodeaba, y terminó fastidiándose despectivamente ante tal cantidad de palabras y de consejos, puramente hipotéticos, todas suposiciones sin vislumbre de realidad.

-Es lo más endiablado del mundo, Jukes.

Si uno creyera todo lo que se dice allí, tendría que pasarse la mayor parte del tiempo tratando de esquivar los temporales.

"¡Correr para esquivar una tempestad ! ¿Alcanza usted a comprender eso, Jukes? ¡Es cosa de locos ! -exclamó MacWhirr, hablando entrecortadamente, y mirando fijo el piso.

"Es para hacerle pensar a uno que es una vieja la que ha escrito todo esto. A mí me sobrepasa. Si esos consejos fueran de utilidad, me vería obligado a alterar la ruta, Dios sabe hasta dónde, e irrumpir en Fu-chau desde el norte, evitando así esta tempestad que parece estarnos rodeando. Por el norte, ¿comprende usted eso, señor Jukes? Trescientas millas más de recorrido, y una linda cuenta de carbón para exhibir. Yo no podría decidirme a hacer eso, aunque todas las palabras escritas allí fueran tan veraces como la Biblia. Señor Jukes, usted no pretenderá que... -Y Jukes, en silencio, admiró este despliegue de sentimiento y locuacidad-. Pero lo que sucede es que uno no sabe si el que escribió el libro estaba en lo cierto. ¿ Cómo se puede saber lo que provoca una tempestad sin haberla jamás experimentado? Muy bien. Acá se establece que el eje de ellas está a ocho cuartos del centro del vendaval; pero aquí no tenemos viento a pesar de la caída del barómetro. ¿Dónde está entonces el centro?

-Ya pronto tendremos viento -murmuró Jukes.

-Que venga entonces -dijo el capitán MacWhirr con dignidad e indignación-. Sólo quiero demostrarle, señor Jukes, que todo no se encuentra en los libros. Estas reglas para esquivar los temporales y eludir los vientos del cielo me parecen la mayor locura, cuando se las mira con sensatez.

Levantó la vista, y viendo que Jukes lo observaba como dudando, procuró ilustrar su pensamiento.

-Casi tan extrañas como su ocurrencia de desviar la nave, por no sé cuánto tiempo, sólo para darles más confort a los chinos; mientras que lo único que debemos hacer es desembarcarlos en Fu-chau el viernes a mediodía, y sin retraso. Si me demoro por el tiempo, está bien. Pero supóngase que me desviara, y al llegar con dos días de retraso, por esa causa, se me preguntara: "¿Dónde ha estado todo este tiempo?" ¿Qué podría contestar? "He estado esquivando el temporal", diría. "Debe de haber sido tremendo", contestarían. Y yo me vería obligado a replicar: "No sé, lo estuve evadiendo". ¿Se da cuenta, Jukes? Toda la tarde he estado pensando en eso.

De nuevo levantó su mirada empañada y sin imaginación. Jamás se le había oído decir tanta cosa de una sola vez. Jukes, con sus brazos abiertos en la apertura de la puerta, parecía un hombre al que se le ha invitado a presenciar un milagro. El reflejo intelectual de sus ojos expresaba un asombro ilimitado, mientras que su cara denotaba incredulidad.

-Un temporal es un temporal, señor Jukes -insistió el capitán-. Y a una nave en todo su poderío no le queda más que hacerle frente. El mal tiempo recorre todo el mundo, y lo único que se puede hacer es enfrentarlo, prescindiendo de lo que el viejo capitán Wilson, del Melita, llama estrategia de tormentas. Días pasados le oí exponer su teoría ante varios capitanes que se habían sentado a una mesa contigua a la mía. Me pareció la tontería más grande. Les estaba contando cómo había esquivado una tempestad terrible, sin jamás dejar que se le acercara a menos de cincuenta millas. Cómo pudo él saber que había un temporal a cincuenta millas es lo que no puedo comprender. Tenía la sensación de estar escuchando a un loco. Yo hubiera pensado que el capitán Wilson era lo suficientemente viejo como para tener más cordura.

El capitán MacWhirr hizo una pausa, y después dijo:

-Le toca su guardia abajo, señor Jukes. Jukes volvió en sí con un sobresalto. -Sí, mi capitán.

-Dé órdenes de que se me llame ante el menor cambio. -Se estiró para colocar el libro en su sitio, y levantando las piernas se tendió sobre la cucheta-. Cierre la puerta para que no se vuelva a abrir, ¿quiere? No puedo soportar una puerta que golpea. Debo decir que han puesto una cantidad de cerraduras inservibles.

El capitán MacWhirr cerró sus ojos. Lo hizo así para reposar. Estaba cansado y experimentaba ese estado de vacío mental que se produce después de una discusión llevada a fondo, y en la que se han echado a volar creencias maduradas por largos años de meditación. Si tan sólo se hubiera dado cuenta, se habría apercibido de que lo que acababa de hacer era una profesión de fe; lo cual tuvo como resultado dejar a Jukes, parado al otro lado de la puerta, rascándose la cabeza durante largo rato.

El capitán MacWhirr abrió los ojos.

Pensó que había estado durmiendo. "¿Qué habrá sido ese ruido tan fuerte? ¿El viento? ¿Por qué no me habrán llamado?" La lámpara se sacudió en su soporte, el barómetro giraba en círculos, la mesa variaba de inclinación a cada momento, y un par de botas lacias con las cañas caídas se deslizaban por enfrente de la cucheta. De inmediato estiró una mano y se apoderó de una de ellas.

Por una rendija de la puerta se asomó la cabeza de Jukes: sólo su cara encendida, con ojos azorados. La llama de la lámpara vibró, voló un pedazo de papel, y una ráfaga de viento envolvió al capitán MacWhirr. Comenzando a calzarse una bota, dirigió una mirada interrogante a las facciones excitadas y congestionadas de Jukes.

-Se vino así -gritó Jukes-, hace cinco minutos..., súbitamente.

La cabeza desapareció con un portazo, y sobre la puerta cerrada se sintió una fuerte rociada y el salpicar de gotas, como si se le hubiera echado un balde de plomo derretido.

Ahora se podía distinguir un silbido por encima del sonido profundo y vibrante de afuera.

La sofocante sala de navegación parecía tener tantas corrientes de aire como un hangar.

El capitán MacWhirr atrapó la otra bota en su pasaje violento por el piso. No estaba ofuscado, pero no pudo encontrar de inmediato la apertura para insertar el pie. Los zapatos que se había quitado corrían de un lado al otro de la cabina, saltando j juguetonamente, como cachorros. No bien se incorporó, les dio un puntapié con rabia, pero sin efecto.

Entonces, como un esgrimista se fue al fondo para alcanzar el impermeable de hule; y después, tambaleándose por el espacio reducido de la cabina, se lo fue poniendo a tirones.

Muy grave, con las piernas separadas, estirando el cuello, comenzó a atar cuidadosa mente, con sus dedos gruesos que temblaban ligeramente, los cordones de su chaqueta debajo de su mentón. Hizo todos estos movimientos como una mujer que se sujeta el sombrero delante de un espejo, y que escucha tensamente y con atención, como si esperara de un momento a otro oír llamar su nombre. El oía a través del clamor confuso que se había desatado de súbito en su nave. Este clamor que aumentaba en sus oídos mientras se preparaba para salir a enfrentar lo que fuera, era muy fuerte y ruidoso. Lo provocaban las ráfagas de viento y el estallido de las olas, con esa vibración profunda y prolongada del aire que hace el redoblar remoto de un inmenso tambor anunciando la embestida de un temporal.

Se inmovilizó un instante a la luz de la lámpara, grueso, desgarbado, informe en su indumentaria de combate, vigilante y congestionado.

--Esto es una cosa muy seria -murmuró.

No bien trató de abrir la puerta, el viento se la quiso arrebatar. Sujetándose a la manija se sintió arrastrado sobre el umbral, y enseguida se encontró luchando con el viento, en una escaramuza personal, cuyo objetivo era cerrar la puerta. A último momento penetró una ráfaga de viento y de un soplo apagó la lámpara.

Más allá del navío pudo percibir, en lo bajo de la gran obscuridad, una multitud de destellos: del costado de estribor, unas pocas y asombrosas estrellas desfallecían por encima de un inmenso mar agitado, vacilantes y veladas, como si se les viera a través de una nube de humo enfurecida.

Sobre el puente, un grupo de hombres indistinguibles trabajaba haciendo grandes esfuerzos a la luz de las ventanas de la timonera, que brillaba vagamente sobre sus cabezas y espaldas. Súbitamente la luz se apagó primero en una y después en la otra ventana. Las voces del grupo, que a MacWhirr se le había perdido en la obscuridad, le llegaban como lo hacen las voces durante una tempestad; entrecortadas y en fragmentos, vociferaciones desamparadas que penetran en el oído al pasar volando.

-Vigía..., ponga contraventana en... timonera, cristales... temo... sean volados.

Jukes escuchó a su comandante que lo recriminaba:

-Previne... que cualquier cosa... avisara.

Jukes procuró explicar, aunque amordazado por el tumulto:

-Viento suave. .. , permanecí... puente. .. , de súbito... nordeste podía virar..., pensé seguramente... usted oiría...

Habían alcanzado el cobertizo y podían conversar, levantando las voces, como lo hace la gente cuando pelea.

-Tengo a toda la tripulación cubriendo los ventiladores. Por suerte me quedé sobre el puente. No pensé que estaría durmiendo, así que. .. ¿Qué dijo, capitán? ¿Qué?

-Nada -gritó el capitán MacWhirr-. Dije que está bien.

-¡Santo cielo ! Esta vez sí que nos ha llegado -rugió Jukes.

-¿No ha cambiado la ruta? -inquirió MacWhirr, forzando la voz.

-No, capitán, por cierto que no. El viento viene de barlovento y parece que el mar también.

Un bandazo del barco terminó con un golpe, como si hubiera apoyado con fuerza su pie sobre algo sólido. Después de un momento de calma, un altísimo abanico de espuma al vuelo, empujado por el viento, dio contra sus caras.

-Mantenga esta dirección el más tiempo que pueda -gritó el capitán.

Antes de que Jukes se hubiera sacado el agua salada de los ojos, todas las estrellas habían desaparecido.