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Tifon.  Joseph Conrad
Capítulo 1.
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ERA el capitán MacWhirr, del vapor NanShan, un hombre cuya fisonomía, en cuanto a apariencias externas se refiere, reflejaba fielmente su mentalidad. No denotaba características, tales como la firmeza o la estupidez. Carecía en absoluto de características pronunciadas. Era el suyo un rostro corriente e inmutable.

De su aspecto sólo se podría decir que se le traslucía a veces cierta timidez; porque llegado a tierra, acostumbraba sentarse en las oficinas, sonriente, tostado por el sol, y con los ojos entornados. Cuando levantaba la vista se le descubría una mirada franca y azul.

Su cabello rubio y en extremo delgado le cubría la calvicie, de sien a sien, con una pelusa sedosa. Contrastaba con el pelo de su cara, rojizo y brillante. Parecía éste un brote de alambre de cobre, cortado al ras del labio superior. Por mucho que se afeitara, cualquier movimiento de su cabeza ponía en juego reflejos metálicos sobre sus mejillas. Era más bien bajo, de hombros cargados, y debido a que sus brazos y piernas eran tan morrudos, su ropa daba siempre la impresión de quedarle demasiado ajustada. Tal cual si le fuera imposible diferenciar entre las latitudes, llevaba siempre un tongo marrón, un terno completo de tintes cafés y un par de toscas botas negras. Esta tenida para desembarcar daba a su figura maciza una apariencia de elegancia rígida. Una delgada cadena de plata para el reloj cruzaba su chaleco; y jamás dejaba el navío sin antes coger con sus poderosas manos un elegante paraguas de la mejor calidad que mantenía suelto. El joven Jukes, primer oficial del barco, acompañaba a su jefe hasta la planchada. Algunas veces, armándose de coraje y dirigiéndose a él con la mayor deferencia, le decía: "Permítame, señor", y así diciendo tomaba el paraguas y lo levantaba en el aire al tiempo que lo sacudía para ordenar los pliegues, y se lo devolvía de inmediato; toda esta maniobra la llevaba a cabo con tal expresión de gravedad, que al observarlo desde el tragaluz, mientras fumaba su cigarro matutino, el ingeniero jefe, Solomon Rout, tenía que dar vuelta la cara para disimular una sonrisa. "¡Ah, sí!, gracias, Jukes, gracias", murmuraba amistosamente el capitán sin alzar la vista.

Su imaginación le alcanzaba justo para cumplir con las jornadas que se sucedían día a día, y con eso le bastaba para tener una serena seguridad en sí mismo. Gracias a esto no era en absoluto engreído. Es siempre el jefe imaginativo el que es sensible, dominante y difícil de complacer. Pero todo vapor comandado por el capitán MacWhirr era una morada flotante de armonía y de paz. A decir verdad, hubiera sido tan difícil para él dar vuelo a alguna fantasía, como para un relojero hacer funcionar un cronómetro sin otras herramientas que un martillo pesado y un serrucho; pero las vidas poco interesantes de aquellos que las dedican únicamente a subsistir tienen también sus misterios. Le resultaba imposible a MacWhirr comprender qué móvil podía haber inducido a ese muchachón corriente, hijo de un modesto almacenero de Belfast, a arrancar al mar, y, con todo, él había hecho lo mismo a los quince años. El meditar sobre estas cosas lleva a concebir la imagen de una mano inmensa, potente, enterrándose en el montículo de hormigas que es el mundo, cogiendo hombros, golpeando cabezas y forzando a dirigir las miradas inconscientes de la multitud hacia metas inconcebibles y caminos jamás soñados.

Su padre nunca pudo perdonar su estupidez poco filial. Más tarde se le oyó decir: "Nos pudimos manejar sin él, pero se trataba del negocio, y además era nuestro único hijo". A raíz de su desaparición, su madre lo lloró mucho tiempo. No se le había ocurrido dejar indicio de su paradero, de modo que se le lloró como si hubiera muerto, hasta que, ocho meses después, recibieron la primera carta mandada desde Talcahuano. Esta era breve y decía: "Tuvimos muy buen tiempo durante nuestra travesía"; pero era evidente que lo primordial en la mente del que escribía era relatarles cómo, en ese mismo día, el capitán lo había hecho ingresar como marinero ordinario, "porque -como él lo explicabasoy capaz . de trabajar". De nuevo lloró la madre, mientras el padre expresó su sentir diciendo: "Tom es un asno". Era el padre un hombre corpulento, muy dado a la jarana, y fue en ese espíritu que mantuvo las relaciones con su hijo hasta el final de sus días, mezclándolas también con un poco de lástima, como si se tratara de un débil mental.

Las visitas que hizo MacWhirr a su casa fueron forzosamente escasas. Durante el transcurso de los años envió otras cartas a sus padres, informándolos de todos sus ascensos y de sus movimientos a través del amplio mundo. En estas cartas solían encontrarse frases como ésta: "El calor acá es tremendo", o "El día de Navidad a las 4 P.

M., nos encontramos con algunos témpanos de hielo". Sus viejos padres terminaron familiarizándose con los nombres de muchas naves y con los nombres de los capitanes que las comandaban; con los nombres de los propietarios ingleses y escoceses; con los nombres de mares, océanos, estrechos, promontorios; con nombres estrafalarios de puertos madereros, de puertos arroceros, de puertos algodoneros; con nombres de islas; por fin, con el nombre de la novia de su hijo.

Se llamaba Lucy. Y a él jamás se le ocurrió hacer mención alguna de la belleza del nombre. Y después murieron sus padres.

Llegó a su debido tiempo el gran día de la boda de MacWhirr y, a poco, el día cuando le fue otorgada su primera comandancia.

Todos estos acontecimientos sucedieron muchos años antes de la mañana en que, estando en la sala de navegación del vapor Nan-Shan, se confrontó con una caída del barómetro que no le infudió desconfianza. Esta caída, tomando en cuenta la perfección del instrumento, la época del año y la situación de la nave en el globo terráqueo, era perturbadora; pero la cara encendida del hombre no denotaba inquietud alguna. Los presagios nada le decían, y era incapaz de adivinar ningún mensaje profético, hasta no haberlo sentido en carne propia. "Esto sí que es una caída, no hay duda alguna -pensó para sí-. Debe de haber muy mal tiempo-por algún lado." El Nan-Shan volvía del sur hacia el puerto de Fu-chau con carga en sus bodegas y cerca de trescientos coolies chinos, quienes, después de varios años de trabajo en diferentes colonias tropicales, regresaban a sus pueblos natales en la provincia de Fo- Kien. La mañana se presentaba perfecta: el mar, como aceitoso, se ondeaba sin turbación, y en el cielo se veía una extraña mancha nebulosa que parecía formar un halo en torno al sol. El puente de estribor, repleto de chinos, parecía ensombrecido por vestimentas obscuras, rostros amarillentos, coletas, todo salpicado de hombros desnudos, pues no corría aire y el calor era sofocante. Los coolies descansaban, charlaban, fumaban, o perdían su mirada en la lejanía; algunos recogían agua del costado de la nave y se la echaban encima a sus compañeros para refrescarlos; otros dormitaban sobre las cubiertas de las bodegas, mientras pequeñas partidas de a seis rodeaban, en cuclillas, unas bandejas de hierro cargadas con platos de arroz y minúsculas tazas de té; cada uno de estos seres llevaba consigo todo lo que le pertenecía en el mundo, un cofre de madera con esquineros de bronce y un gran candado, dentro del cual estaban guardados todos sus bienes: algunos ropajes de ceremonia, palos de incienso, quizá un poco de opio, varias baratijas con un valor muy relativo, y una pequeña cantidad de dólares de plata, habidos ya fuera por trabajos en cargueros de carbón, ganados en casas de juego o por canjes insignificantes, escarbados de la tierra o conseguidos con el sudor dejado en las minas, en líneas de ferrocarril, en selvas mortales, bajo pesadas cargas, acumulados con paciencia, guardados con cuidado, atesorados ferozmente.

Una corriente gruesa cruzada, que desde las diez se venía formando en la dirección del canal de Formosa, dejaba sin cuidado a estos pasajeros, pues bien sabían que el Nan- Shan, con su fondo plano, sus maderos colocados a lo largo del casco para estabilizarlo, su gran manga, gozaba de la fama de ser un barco muy marino. El señor Jukes, cuando bajaba a tierra,- tenía momentos de gran expansión, y refiriéndose a la nave solía proclamar a quien lo quisiera oír que "la vieja era tan bonita como segura". Jamás se le habría ocurrido al capitán MacWhirr emitir una opinión favorable en forma tan estruendosa o en términos tan floridos.

Indudablemente era un buen barco y bastante nuevo. Hacía menos de tres años que lo había construido una firma en Dumbarton, por orden de unos mercaderes siameses, Sigg e Hijo. Sus armadores lo miraron con orgullo cuando al fin fue botado ya totalmente listo para emprender una carrera de trabajo.

-Sigg nos ha encomendado encontrarle un comandante consciente para navegarlo - dijo uno de los socios.

Y el otro, tras reflexionar un rato, añadió: -Creo que en este momento MacWhirr se encuentra en tierra.

Y sin dudar más, el principal ordenó:

-Telegrafíale de inmediato, es el hombre que necesitamos.

A la mañana siguiente, tras haber viajado en el expreso desde Londres, y después de una repentina y circunspecta despedida de su mujer, se presentó MacWhirr, imperturbable. La mujer era hija de un matrimonio de categoría, que había visto días mejores.

-Revisemos el barco juntos, capitán -propuso el socio principal; y los tres hombres comenzaron a recorrer la nave, deteniéndose ante los perfeccionamientos que se habían hecho en el Nan-Shan desde la popa a la proa y desde la quilla hasta los soportes de sus gruesos mástiles.

-En el correo de ayer, mi tío escribió sobre usted a los señores Sigg, nuestros queridos amigos, en términos muy favorables, de modo que sin duda lo confirmarán en el mando -dijo el otro socio-. Podrá enorgullecerse de tener bajo sus órdenes uno de los barcos más manuables, en su categoría, que viajan por las costas de la China.

-¿Ah, sí?, gracias -murmuró vagamente MacWhirr, a quien una eventualidad lejana no ofrecía más atractivos que a un turista corto de vista le puede ofrecer un lejano y bello horizonte. Sus ojos se posaron en ese momento en la cerradura de la puerta de la cabina, y enderezándose con firmeza se dirigió hacia ella. Empezó a sacudir el picaporte vigorosamente, mientras que con su voz baja musitaba-: No se les puede tener confianza a los obreros hoy en día. Una cerradura nueva y no funciona. Está atascada. ¿Ven? ¿Ven?

En cuanto se encontraron a solas en las oficinas de tierra, el sobrino, con cierto aire socarrón, dijo al otro:

-Tú alabaste a este hombre ante Sigg, ¿ qué es lo que le encuentras?

-Reconozco que no tiene nada del comandante que impresiona -replicó el mayor de ellos secamente-. ¿Está el sobrestante del Nan-Shan allí afuera? Entre, Bates. ¿Cómo pudo permitir usted que los obreros de Tait nos colocaran una cerradura que no funciona en la puerta de la cabina? El capitán lo notó de inmediato. Hágala cambiar enseguida. i Ah!, los pequeños detalles, Bates... , los pequeños detalles...

Se cambió la cerradura y pocos días después, sin que MacWhirr hubiera hecho ninguna otra observación sobre sus mejoras, zarpaba hacia el este el Nan-S han. Tampoco se le había oído pronunciar palabra alguna que denotara orgullo de su barco, agradecimiento por su nombramiento o satisfacción ante lo que se le ofrecía.

Dado su temperamento, ni locuaz ni taciturno, no sentía necesidad alguna de conversar.

Naturalmente que había órdenes que cumplir..., directivas e instrucciones que dar; pero él estimaba que habiendo terminado el pasado, y no habiéndose alcanzado todavía el futuro, las actualidades del día no necesitaban mayor comentario, porque los hechos hablan por sí solos con gran precisión.

Al viejo Sigg le gustaban los hombres de pocas palabras. "Uno que no intente modificar mis instrucciones." MacWhirr llenaba estos requisitos, de modo que fue confirmado en el comando del Nan-Shan, y se dedicó a hacer navegar con cautela su barco por los mares de la China. La nave había sido botada bajo registro británico, pero después de un tiempo los señores Sigg juzgaron mejor hacerla navegar bajo bandera siamesa.

Ante la noticia de la anunciada transferencia, Jukes se inquietó como si se le hubiera hecho una afrenta personal. Se le oía gruñendo y soltando risas despectivas.

-Imagínese, tener un elefante tal como el del Arca de Noé en el emblema del barco – le comentó al ingeniero-. Yo no lo podré soportar: creo que voy a rescindir mi contrato.

¿A usted, señor Rout, no le afecta este cambio?

El ingeniero jefe sólo carraspeó, pues bien sabía él el valor de un buen empleo.

La primera mañana en que Jukes vio flamear la nueva bandera sobre la popa del Nan-Shan, se quedó observándola con amargura. Largo rato luchó contra sus sentimientos para finalmente exclamar:

-Curiosa bandera, ¡ y tener que navegar bajo ella, capitán!

-¿Qué le pasa a la bandera? -inquirió MacWhirr-. Para mí está muy bien -y diciendo esto atravesó el puente de mando para poder observarla mejor.

-A mí me parece extraña -exclamó exasperado Jukes al tiempo que abandonaba el puente.

El capitán MacWhirr quedó anonadado ante estos modales. Después de un rato entró tranquilo a la sala de navegación, y sacando el Código Internacional de Señales, encontró en la página donde, en hileras, figuraban las vistosas banderas. Las recorrió todas hasta llegar a la de Siam, con su elefante blanco sobre fondo rojo. Nada podía ser más sencillo; pero para cerciorarse bien, tomó el libro y se lo llevó al puente, para desde allí poder cotejar el dibujo coloreado del libro con la insignia que colgaba del mástil de popa.

Cuando se volvió a encontrar con Jukes, quien todavía continuaba con aire de furia reprimida, le observó:

-No hay error alguno en esa bandera.

-¿No? -murmuró Jukes, arrodillándose ante una alacena de cubierta y sacando de ella un rollo de cordel.

-No. Lo he comprobado en el libro. Tiene dos veces más de largo que de ancho, y justo en el centro está el elefante. Ya me parecía a mí que en tierra bien podían hacer una bandera de la localidad. Es lo lógico. Usted estaba equivocado, Jukes...

-Bien, capitán -dijo Jukes, levantándose nervioso-, lo único que digo es que... -Buscó la punta del cordel con manos que le temblaban.

-Está bueno -replicó el capitán MacWhirr procurando tranquilizarlo, a la vez que se sentaba en un taburete plegadizo de lona-. Ahora lo único que tiene que hacer, hasta que se acostumbren a la nueva bandera, es verificar que no la vayan a izar al revés.

Jukes lanzó el cordel a través del puente, advirtiéndole al marino que lo recibía: "No olvide de empaparlo bien", y así diciendo se enfrentó a su comandante con expresión resuelta; pero el capitán MacWhirr sólo apoyó su codos cómodamente en la pasarela.

-Supongo -dijo- que el invertirla podría interpretarse como señal de peligro. ¿ Qué le parece? Ese elefante ha de tener un significado semejante al del Union Jack (pabellón militar de la Gran Bretaña)...

-¡En verdad! -exclamó Jukes, de tal modo, que todos los que estaban sobre la cubierta volvieron sus miradas hacia el puente. Luego suspiró y resignándose humildemente, dijo-: Por cierto que podría denotar peligro.

Mas tarde acosó al ingeniero jefe y le dijo confidencialmente:

-Deje que le cuente la última del viejo.

El señor Solomon Rout, del que con frecuencia se hacía alusión como Sol el Largo, Viejo Sol o Padre Rout, por ser siempre el hombre más alto de toda la tripulación, tenía una manera como condescendiente de inclinarse sobre los demás.

Su cabello era escaso y de color arena, sus mejillas planas y pálidas, sus muñecas huesudas, y sus largas manos también eran pálidas, como si hubiera vivido siempre a la sombra.

Desde su altura le sonrió a Jukes, pero continuó fumando y observándolo tranquilamente.

Parecía un tío amable que escucha paciente mientras un colegial hace un relato animado.

-¿Y? ¿Renunció a su puesto?

-No -exclamó Jukes, con voz fuerte pero descorazonada que se levantaba sobre el zumbido áspero que hacían los cabrestantes al girar. Todos trabajaban duro, cogiendo bultos de carga que pendían de las grúas, para en seguida dejarlos caer en el fondo del barco. Las cadenas gruñían, y golpeaban los costados del Nan-S han-. No -gritó Jukes-, no lo hice. ¿Para qué lo habría de hacer? Sería lo mismo entregarle mi renuncia a una compuerta. Creo que es imposible hacerle comprender algo a un hombre como el capitán.

Me tiene totalmente desorientado.

En ese instante regresaba de tierra el capitán MacWhirr, siempre con su paraguas en la mano. Cruzó el puente escoltado por un chino triste que calzando zapatos de seda con suela de papel lo seguía, también llevando un paraguas.

El comandante del Nan-Shan, hablando en forma casi inaudible, y mirándose las botas como era su costumbre, dijo que en este viaje tendrían que hacer escala en Fu-chau, de modo que deseaba que el señor Rout tuviera pronta la presión de las calderas para el día siguiente a la una de la tarde. Empujó para atrás su sombrero y se secó la frente al tiempo que de claraba que no le gustaba bajar a tierra. Aunque lo sobrepasaba en estatura, el señor Rout no se dignó decir palabra, y continuó fumando austeramente, frotándose el codo derecho con la palma de la mano izquierda. El capitán, con la misma voz queda, ordenó a Jukes que dejara libre de carga la entrecubierta de proa. Allí iban a ser ubicados doscientos coolies, que embarcaba de regreso a sus pueblos la Compañía Bun Hin. Un sampán iba a traer, como provisión, veinticinco bolsas de arroz. Todos estos hombres habían trabajado durante siete años, y cada uno traía de vuelta su cofre de madera de alcanfor. El carpintero tendría que poner manos a la obra para hacer una baranda en la cubierta de abajo, evitando así que se cayeran al océano los cofres en caso de una marejada. Ordenó a Jukes que se ocupara de esto de inmediato. "¿Me oyó, Jukes?" El chino que lo acompañaba iría hasta Fuchau en calidad de intérprete. Era empleado de la firma Bun Hin, y en esta forma esperaba ver nuevos horizontes. Mejor sería que Jukes lo llevara luego a proa. "¿Me oyó, Jukes?" Jukes contestó a estas instrucciones con el obligado: "Sí, mi capitán", pero esto fue dicho sin entusiasmo. Su brusco "Sígame, John; trata mirar, ver", puso en movimiento al chino, quien lo siguió pisándole los talones.

-Quiero tú ver, todos poder también ver - dijo Jukes. Como no tenía facilidad alguna para las lenguas extranjeras, deformaba en forma cruel el propio pidgin, inglés chapurrado en China. Señalando la bodega, dijo-: Pescar número uno sitio para dormir. ¿Eh?

Tal como correspondía a su superioridad racial, su modo fue rudo pero amistoso. El chino, mirando triste y silenciosamente la profundidad obscura de la bodega, daba la impresión de estar suspendido al borde de una tumba.

-No recibir lluvia allá abajo, ¿savee? -le hizo saber Jukes-. Suponiendo buen tiempo, coolie subir cubierta -prosiguió dando rienda suelta a su imaginación-. Hacer así, ¡phoooo! -E hinchando el pecho, inhalando profundamente, soltó después el aire con fuerza-. ¿Sanee, John? Respirar aire fresco. Bueno. ¿Eh? Lavar pantalones, rancho, chow-chow en cubierta, ¿ves, John?

Con sus manos y con su boca hizo movimientos exagerados de comer y lavar ropa; y el chino disimuló con su modo suave y de refinada melancolía la desconfianza que le inspiraba tal pantomima, y mirando una vez más la profunda bodega, volvió sus ojos almendrados de nuevo hacia Jukes. "Estar bien", murmuró con tono desconsolado, y apuró su paso por las cubiertas, evitando los obstáculos que encontraba por el camino.

Desapareció detrás de una nueva carga de bolsas que contenían alguna mercadería valiosa, pero con olor repulsivo.

Mientras tanto el capitán MacWhirr había subido al puente, y de allí a la sala de navegación, en donde lo esperaba una carta que había comenzado dos días antes. Estas largas cartas empezaban siempre con "Mi querida esposa", y el mozo aprovechaba toda oportunidad que se le ofrecía, entre fregar pisos y limpiar cajas de cronómetros, para leerlas. Le interesaban mucho más a él que a la mujer a quien estaban dirigidas; y el motivo de esto era que sólo relataban detalladamente todo viaje que hacía el Nan-Shan.

Su comandante, fiel a los hechos, anotaba sólo lo que él percibía, en muchas páginas y con un cuidado minucioso. La casa, en un suburbio nortino, a la que iban dirigidas estas páginas tenía un pequeño jardín ante una ventana arqueada, un agradable porche, y en la puerta de entrada, vidrios de color enmarcados con una imitación de plomo. Pagaba un alquiler de cuarenta y cinco libras, el que no consideraba caro, porque a la señora MacWhirr (una persona pretenciosa, con un cuello descarnado y un modo desdeñoso) se le tenía por muy señora en la vecindad, y se le consideraba "muy superior".

El único secreto de su vida era el terror que le infundía el pensamiento de que algún día su esposo regresaría para siempre.

También se albergaban bajo el mismo techo una hija, llamada Lydia, y un hijo, Tom.

Estos apenas si conocían al padre. Más bien lo consideraban como un visitante privilegiado, que en la noche fumaba su pipa en el comedor, y después se quedaba a dormir en la casa. La desgarbada niña se avergonzaba de su padre, y al muchacho le era franca y totalmente indiferente; pero demostraba su forma de sentir en la manera directa, sin afectación y encantadora que tienen los muchachos varoniles.

El capitán MacWhirr escribía, doce veces al año, desde la costa de China, siempre recordando a sus hijos, y terminando indefectiblemente sus cartas con un "Tu amante esposo", tal como si estas palabras, tantas veces usadas por tantos hombres, se hubieran gastado, o su significado, descolorido.

Los mares de la China, tanto al norte como al sur, son mares estrechos. Son mares repletos de realidades y de hechos diarios, elocuentes, tales como islas, bancos de arena, arrecifes, corrientes veloces y cambiantes..., hechos todos entrelazados, pero que no obstante le hablan al marino en un lenguaje claro, preciso. Lo que estas cosas le transmitían estaba tan de acuerdo con su sentido de la realidad, que el capitán MacWhirr había hecho abandono de su camarote, y prácticamente vivía todos sus días en el puente de mando. Muy a menudo se hacía subir la comida, y dormía en la sala de navegación.

Allí redactaba sus cartas. Cada una de ellas, sin excepción, llevaba la frase: "Durante este viaje el tiempo ha estado muy bueno", o cualquier otra expresión que significara lo mismo. Y esta aseveración, en su magnífica insistencia, se asemejaba, por su perfecta veracidad, a toda otra que él hubiera podido hacer.

El señor Rout también escribía cartas; pero nadie a bordo sabía cuán locuaz podía llegar a ser pluma en mano, porque el ingeniero jefe tenía la imaginación suficiente corno para cerrar con llave su escritorio. Su mujer gozaba con el estilo de sus cartas. Era un ma trimonio sin hijos, y la señora Rout, mujer de cuarenta años, jovial y de amplio pecho, compartía un pequeño chalet, cerca de Teddington, con la venerable y desdentada madre de Rout. Con ojos que le brillaban leía su correspondencia a la hora del desayuno, y gritaba, con voz alegre, los párrafos interesantes, para que la sorda viejita los pudiera oír. Cada parte que extractaba la comenzaba con una exclamación de advertencia: "¡ Solomon dice!" Tenía la costumbre de ametrallar a extraños con dichos de Solomon, y éstos se extrañaban ante lo original de las observaciones y la vena inesperadamente jocosa de sus comentarios. Cuando por primera vez vino de visita el cura párroco al chalet, ella de inmediato encontró la oportunidad para citar: "Como dice Solomon: los ingenieros que navegan pueden admirar los enigmas de las almas marinas"; pero el cambio de expresión en el rostro de su visita la hizo detener.

-Solomon... , ¡ Oh!. .. Señora Rout -tartamudeó, con la cara muy encendida el joven-.

Debo decir... Yo no sé. . .

-Es mi marido -le dijo a gritos, a la vez que se sentaba con fuerza en su sillón. Al darse cuenta de la confusión, rió inmoderadamente, cubriéndose los ojos con su pañuelo, mientras que el joven cura permanecía sentado, tieso, con una sonrisa forzada, y, dada su falta de experiencia con mujeres sanamente alegres, llegó a la conclusión de que ella era lamentablemente loca. Tiempo después se hicieron muy buenos amigos; porque reflexionando se dio cuenta de que era excelente persona, y le absolvió sus irreverencias; con el tiempo aprendió a oír, sin inmutarse, otras muestras de la sabiduría de Solomon.

Según su mujer, Solomon habría dicho una vez: "A mí denme el asno más aburrido como capitán antes que un sinvergüenza. Hay maneras para llegar al burro, pero el sinvergüenza es siempre listo y escurridizo". Esta generalización se basaba en el caso particular del capitán MacWhirr, cuya honradez tenía toda la pesadez de un mazacote de yeso.

Por otra parte, el señor Jukes, incapaz de hacer generalizaciones, soltero y libre, se sinceraba con un viejo camarada y ex compañero de viajes, que en la actualidad hacía de segundo oficial en un buque de la ruta del Atlántico.

Jukes insistía sobre las ventajas del comercio del Este, insinuando esa superioridad sobre los océanos del Oeste. Alababa el cielo, los mares, los barcos y la vida fácil del Lejano Oriente. El Nan-Shan, afirmaba, era el mejor navío.

"No tendremos uniformes recamados, pero sí somos como hermanos -escribía-: tomamos nuestro rancho todos juntos, y vivimos como gallos de riña... Los hombres del destacamento negro son de lo mejor, y el Viejo Sol es muy seco, pero somos buenos amigos. En cuanto al capitán, difícil sería encontrar un ser más tranquilo. A veces llega uno a pensar que no tiene capacidad para darse cuenta si algo no marcha bien. Y con todo, eso es imposible. Ya hace años que está comandando barcos, y nunca hace algo que no deba. Su nave funciona sin que nadie sea molestado. Creo que su inteligencia no le da ni para gozar provocando una pelea. Yo no me aprovecho de él. No me rebajaría a eso.

Aparte de sus deberes de rutina, parece no comprender la mitad de las cosas que se le dicen. A veces nos reímos de él; pero a la larga se hace pesado convivir con un hombre así. El Viejo Sol dice que no tiene mucha conversación. ¡Conversación ! ¡Mi Dios ! Si jamás habla. Días atrás yo había estado hablando con uno de los ingenieros y él nos debe de haber escuchado. Cuando subí a tomar mi guardia, salió de la sala de navegación, miró por todos lados, observó las luces laterales, se detuvo ante el compás y entrecerró los ojos, dirigiendo la vista a las estrellas. Así se comporta habitualmente. Después de un rato me dijo: "¿Era usted el que conversaba esta tarde en cubierta?" "Sí, mi capitán." "¿Con el tercer ingeniero?" "Sí, mi capitán." Se encaminó a babor y allí se sentó en su taburete, sin hacer ningún ruido, durante media hora, con excepción de un estornudo que se le oyó. Más tarde sentí que se levantaba y se dirigía a estribor donde estaba yo. "No puedo comprender -dijo- cómo puede tener tanta cosa que decir. Dos horas enteras hablando. No lo culpo. En tierra veo personas que se pasan todo el día conversando y todavía de noche se juntan a beber algo y continúan. Deben de estar repitiendo las mismas cosas una y otra vez. No lo puedo comprender." "¡Dime si has oído algo semejante en tu vida! ¡Y pensar que todo fue dicho con tanta paciencia ! Realmente le tuve lástima. Pero algunas veces llega a exasperar. Claro que aunque fuera posible uno no haría nada para molestarlo. No vale la pena. Es tan inocente que si uno le hiciera un gesto burlón, es posible que se quedara pensando gravemente: "¿Qué le pasará a esa persona?" En una ocasión me dijo, con simpleza, que le costaba comprender las actitudes extrañas de la gente. La verdad es que no merece la pena ocuparse de él. Es demasiado cerrado." Así escribió el señor Jukes a su camarada que viajaba por el Oeste, dando vuelo a su fantasía y abriendo su corazón.

Había expuesto sinceramente su opinión. No valía la pena tratar de impresionar a un hombre como el capitán. Si el mundo hubiera estado repleto de tales seres, la vida le habría parecido a Jukes monótona y sin asunto. No era él el único que tenía este parecer.

El mismo mar, como compartiendo la tolerancia del señor Jukes, nunca se había salido de madre para sorprender al hombre silencioso, que seguía vagando inocente sobre las aguas, con el único fin visible de procurar alimentos, vestuario y casa para los tres seres que quedaban en tierra. Naturalmente que le había tocado mal tiempo, se había empapado, cansado y sentido incómodo, pero todas estas sensaciones que experimentaba en un momento dado de inmediato las olvidaba. De modo que se justificaba que escribiera a su casa contando del buen tiempo. Pero nunca se le había dado el poder vislumbrar la fuerza inconmensurable y la furia descontrolada del mar, esa furia que pasa exhausta pero jamás aplacada, esa ira y furia que encierran los océanos. Sabía que existían, como nosotros sabemos de crímenes y abominaciones; había oído hablar de esas cosas como cualquier ciudadano pacífico en un pueblo puede haber tenido noticia de batallas, hambrunas e inundaciones, pero sin por eso conocer su verdadero significado, aunque se pueda haber visto mezclado en peleas callejeras, haber pasado sin su comida alguna vez, y haberse empapado hasta los huesos durante un chaparrón. El capitán MacWhirr había navegado sobre la superficie de los océanos tal cual algunos hombres se deslizan a través de la existencia, para finalmente hundirse en una tumba, sin jamás haber sabido lo que envuelve de perfidia, violencia y terror. Hay en la tierra y en el mar hombres tan afortunados o tan despreciados por el destino y el mar.

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