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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 8. UNA MAÑANA LUNAR
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La cruda acentuación, el implacable blanco y negro del escenario, habían desaparecido completamente. El resplandor del sol había, adquirido un ligero tinte ambarino; las sombras de las alturas de la pared del cráter tenían un subido color purpúreo. Por el Este, una obscura masa de niebla se aferraba todavía a las rocas y se ocultaba del sol, pero hacia el Oeste el cielo estaba azul y claro. Yo empecé a darme cuenta de la duración de mi desmayo.

No estábamos ya en el vacío: habíase formado una atmósfera en torno nuestro. Los contornos de las cosas habían adquirido mayor firmeza, eran más agudos y variados: salvo unas manchas de substancia blanca que aparecían aquí y allá, substancia que no era ya aire sino nieve, el aspecto ártico del paisaje había desaparecido totalmente.

Por todas partes, anchos espacios de un terreno desnudo, quebrado, y de un color moreno, se extendían bajo el fulgor del sol. De trecho en trecho, al píe de los montículos de nieve, se veían lagunas y pequeñas corrientes de agua, única cosa que se movía en aquel vasto desierto. El sol inundaba las dos terceras partes superiores de nuestra esfera y elevaba nuestra temperatura a un verano riguroso; pero nuestros pies estaban aún en la sombra y la esfera yacía en un lecho de nieve.

Y esparcidos aquí y allá por la falda de la montaña, y acentuados por blancos y delgados hilos de nieve todavía dura, adherida a sus lados aún sumidos en la sombra, veíanse unos como palos, palos secos y torcidos, del mismo color mohoso que las rocas sobre las cuales yacían.

¡Palos! ¿En un mundo sin vida? Luego, cuando mi vista fue acostumbrándose más a la forma exterior de aquella substancia, observé que casi toda esa superficie tenía un tejido fibroso, como la capa de agujas de color obscuro que se encuentra bajo la sombra de los pinos.

- ¡Cavor! – dije - ¿Qué?

- Este puede ser ahora un mundo muerto... pero antes...

Una cosa atrajo mi atención. Entre aquellas agujas había descubierto una cantidad de objetos pequeños y redondos y me pareció que uno de ellos se movía.

- Cavor – dije, en voz baja.

- ¿Qué?

Pero no contesté en seguida.

Fijé en la cosa una mirada incrédula. Por un instante no pude dar crédito a mis ojos. Después, lancé un grito inarticulado y tomé del brazo a Cavor, señalando con el dedo:

- ¡Mire usted! - exclamé por fin, recuperando el uso de la palabra.- ¡Allí! ¡Sí! ¡Y allá!

Sus ojos seguían la dirección indicada por mi dedo.

- ¿Eh?- decía.

¿Cómo describir lo que vi? Es una cosa tan insignificante el decirla ahora, pero entonces parecía tan maravillosa, tan conmovedora!

He dicho ya que entre esa especie de palos estaban aquellos cuerpos redondos, aquellos cuerpecitos ovalados que podían haber pasado por menudos guijarros. Y de repente, primero uno, y luego otro, se habían movido, habían rodado y se habían rajado, y por entre la rajadura cada, uno de ellos mostraba una diminuta línea de color verde amarillento, que avanzaba hacia afuera a encontrar el cálido aliento del nuevo sol. Pasó un rato, y luego un tercer objeto redondo se movió y reventó.

- Es una semilla - dijo Cavor; y en seguida le oí murmurar, muy quedo: ¡Vida!

¡Vida! E inmediatamente nos invadió la idea de que nuestro largo viaje no había sido hecho en vano, que no habíamos ido a encontrarnos con un árido montón de minerales, sino con un mundo que vivía y se movía. Ambos mirábamos intensamente. Recuerdo de que yo frotaba con la manga el vidrio delante de mí, temeroso del menor resto de humedad.

El cuadro era claro y vívido sólo en el centro del terreno: en todo lo demás, la curvatura del vidrio agrandaba y daba torcidas formas a las fibras muertas y a las semillas. ¡Pero lo que alcanzábamos a ver era bastante! Uno después de otro, en toda la parte en que daba el sol, aquellos milagrosos cuerpecitos morenos reventaron y se quedaron abiertos, como vainas de semillas, como frutas agrietadas: abrían ansiosas bocas que bebían el calor y la luz arrojados a torrentes por el naciente sol.

A cada momento se abrían nuevas cajas de semillas, y apenas lo hacían su hinchado contenido se desbordaba por la abertura y pasaba al segundo período del crecimiento. Con seguridad plena, con rápido avance, las asombrosas semillas apuntaban una raicilla hacia la tierra, y un raro capullo, de forma redonda, al aire libre. En poco rato, toda la pendiente estuvo llena de minúsculas plantas que se erguían ufanas con el ardor del sol.

No permanecieron erguidas mucho tiempo. Los capullos redondos se hincharon, se estiraron y se abrieron con un estremecimiento, y entonces quedó en descubierto una coronilla de puntitas agudas, y bajo de esta corona se desparramó una frondosidad de hojitas delgadas, puntiagudas, de color obscuro, que se alargaron rápidamente, se alargaron visiblemente, allí, ante nuestros ojos. El movimiento era más lento que el de cualquier animal, más rápido que el de cualquier planta que yo hubiera visto antes. ¿Cómo podría explicar a ustedes cómo se efectuaba el crecimiento? Las puntas de las hojas crecían tan pronto, que las veíamos avanzar. La morena cubierta de la semilla se encogía y era absorbida con igual rapidez.

¿Alguna vez, en un día frío, ha tomado usted en su mano caliente un termómetro, y observado la ascensión del pequeño hilo de mercurio por el tubo? Así crecían esas plantas de la luna.

En pocos minutos, tal como los veíamos, los capullos de las más avanzadas de aquellas plantas se habían alargado y convertido en un tallo, y de éste salía ya una segunda serie de hojas; toda la inclinada, planicie que hasta poco antes parecía una muerta faja de tierra pedregosa, estaba ya cubierta de esa creciente hierba, de color aceitunado, formada por infinito número de espigas estremecidas por el vigor de su naciente vida.

Me volví a un lado y ¡hola! En el borde superior de una roca situada al Este, aparecía un ribete igual: las plantitas habían crecido apenas un poco menos, estaban ladeadas, inclinadas, y su color obscuro resaltaba más sobre el enceguecedor fondo del fulgor solar. Y más allá de ese reborde se alzaba el perfil de una planta alta, que extendía unas groseras ramas parecidas a las de un cactus, y se hinchaba visiblemente, se hinchaba como una vejiga que alguien llenara de aire.

En seguida, por el Este descubrí también otra forma semejante a aquella, que se alzaba de la hierba. Pero allí la luz caía sobre sus lisos costados, y me permitía ver que su color tenía un vivo tinte anaranjado.

Crecía a vista de ojos; y si apartábamos éstos durante un minuto y la mirábamos de nuevo, su perfil había cambiado: sus ramas eran entonces obtusas, pesadas, hasta que, poco rato después, aparecía toda entera como un coral de varios pies de alto. Comparado con semejante crecimiento el del terrestre licoperdón, que a veces gana en diámetro un pie en una sola noche, sería un miserable paso de tortuga, pero hay que tener en cuenta que el licoperdón, al crecer, lucha contra la fuerza de atracción de la tierra, que es seis veces mayor que la de la luna.

Más lejos, de zanjas y mesetas que habían estado ocultas a nuestros ojos, pero no al presuroso sol, por sobre cuchillos y promontorios de brillante roca, un tupido brote de esbelta pero carnosa vegetación se estiraba de un modo visible apresurándose tumultuosamente a aprovechar del breve día en que debía florecer, dar fruto, semillar otra vez y morir. Aquel crecimiento era como un milagro: así - bien puede imaginarse,- se levantaron los árboles y las plantas en la creación, y cubrieron la desolación de la tierra recién creada!

¡Imagináoslo! ¡Imaginaos ese amanecer! La resurrección del aire, helado, el despertar y la prisa del suelo, y luego aquel silencioso surgimiento de la vegetación, aquella extraterrestre ascensión de espigas y hojas. Concebid todo aquello alumbrado por un fulgor que haría parecer acuosa y débil la más intensa luz del sol en la tierra. Y sin embargo, entre aquella naciente selva, en cualquier punto que se hallara aún en la sombra, se veía un banco de azulada nieve. Para darse, por último, una idea exacta de nuestra impresión completa, el lector debe recordar que todo lo veíamos a través de un espeso vidrio, curvo, que deformaba las cosas como las deforma un lente, precisas sólo en el centro del cuadro, y allí muy claras, pero hacia los bordes agrandadas y despojadas de realidad.