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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 7. EL SOL SALE EN LA LUNA
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Lo primero que percibieron nuestros ojos era la más desierta y desolada de las comarcas. Estabamos en un enorme anfiteatro, una vasta planicie circular, el fondo de un gigantesco cráter. Sus paredes rocallosas nos encerraban por todos lados.

Del Oeste, la luz del sol, invisible para nosotros, caía sobre ellos, llegaba hasta el mismo fin de los abruptos montes, y mostraba un desordenado escarpamiento de rocas ásperas y grises, aquí y allá interrumpidas por abismos y por bancos de nieve.. Aquello se hallaba quizás, a unas doce millas de distancia, pero al principio ninguna atmósfera intermediaria disminuyó en lo mínimo la brillantez detallada con que todo aquello relumbraba ante nuestra vista. Las nevadas rocas se alzaban claras y radiantes sobre un fondo de estrellada negrura que a nuestros ojos terrestres parecía más bien una inmensa cortina de terciopelo negro que la inmensidad del firmamento.

El monte del Este apareció al principio como un simple borde sin estrellas de la estrellada cúpula.

Ningún albor rosado, ninguna palidez indecisa anunció el nacimiento del día. Sólo la corona, la luz zodiacal, una enorme aureola en forma de cono, luminosa, que se extendía hacia la rutilante estrella de la mañana, nos advirtió la inminente cercanía del sol.

Toda la luz que nos rodeaba nos venía por reflejo, de los montes del Oeste, y nos hacía ver una extensa, ondulada llanura, fría y gris - un gris que se obscurecía hacia el oriente hasta convertirse en la absoluta lobreguez de la sombra de los montes. Innumerables cumbres grises y redondas fantásticas colinas, blancas oleadas de una substancia nevosa, crestas que se sucedían unas a otras hasta la remota obscuridad, nos dieron la primera noción de la distancia a que se encontraba la pared del cráter. Aquellas colinas tenían el aspecto de la nieve, y al principio creí que fueran de nieve ; pero no lo eran...¡eran montes y más montes de aire, helado!

Eso fue lo que vimos al principio, y luego, repentina, rápidamente, con asombro de nuestros ojos, apareció el día lunar.

Los rayos del sol se habían deslizado hasta el pie de los montes, tocaban ya la base de las blancas moles, y sin detenerse, cual si llevaran calzadas las famosas botas de siete leguas, avanzaban velozmente hacia nosotros. La distante pared del cráter, parecía deslizarse y estremecerse, y al contacto del sol ascendía del fondo un velo de vapor gris, subían unos torbellinos y bocanadas y trémulas coronas grises, más espesas, más anchas y más densas, hasta que por último, toda la llanura por el Oeste despidió vapor como un pañuelo mojado que se extiende delante del fuego, y los montes de aquel lado no aparecieron ya más que como un lejano resplandor.

- Esto es aire - dijo Cavor.- Debe ser aire, pues si no lo fuera no se levantaría así al simple contacto de los rayos del sol. Y si es aire...

Miró hacia arriba, y:

-¡Vea usted! exclamó.

-¿Qué?- pregunté.

-En el firmamento. Ya viene. Allá en la obscuridad... un ligero tinte azul. ¡Vea usted! Las estrellas parecen más grandes. Y las pequeñas, y todas esas opacas nebulosidades que vimos en un espacio vacío...¡ se han ocultado!

A prisa, sin detenerse, el día se acercaba. Las cumbres grises, una tras otra, se iban iluminando y adquiriendo una intensidad blanca y humeante. Por fin, hacia el Oeste del sitio en que estabamos, no quedó más que una masa de niebla ascendente, el tumultuoso avance y ascensión de un resplandor nebuloso. La distante pared del cráter se había alejado más y más, se había obscurecido y transformado a través de aquel torbellino, y por último se había fundido, se había desvanecido a nuestra vista.

El vaporoso avance estaba, cada vez más cerca de nosotros, se aproximaba con la velocidad de la sombra de una nube impulsada por el viento del Sudoeste. En derredor nuestro se alzó un leve, anticipado resplandor.

Cavor me apretó el brazo.

-¿Qué hay?- le pregunté.

-¡Mire usted! ¡El sol sale! ¡El sol!

Me hizo volver a un lado, y señaló la ceja del muro del Este, que se destacaba sobre el firmamento, apenas un poco más claro que el resto de la montaña. Pero ya su línea se acentuaba con extrañas formas rojizas: lenguas de una llama bermeja que se alargaban y bailaban.

Yo me imaginé que fueran espirales de vapor que, bañadas de luz, formaran esas ardientes lenguas sobre el fondo del cielo; pero, seguramente, lo que veía eran las prominencias solares, una corona de fuego que rodea el sol y que nuestro velo atmosférico oculta para siempre a los ojos terrestres.

Y luego... el sol!

Firme, inevitablemente, surgió una brillante línea, un delgado borde de intolerable refulgencia que tomó una forma circular, se convirtió en un arco, en un llameante cetro, y lanzó hacia nosotros un torrente de calor, como una flecha de fuego.

Aquello me hizo realmente el efecto de algo que me lastimara los ojos. Exhalé un grito, me di vuelta ciego, y saqué a tientas mi frazada de bajo el fardo.

Y con esa incandescencia nos llegó un sonido, el primer sonido de afuera que oíamos desde que abandonamos la tierra, un silbar y crujir, el tormentoso arrastre de las aéreas vestiduras del día creciente.

Y con la llegada del sonido y de la luz la estera empezó a mecerse; ciegos y aturdidos, Cavor y yo, dando traspiés, chocábamos el uno con el otro. La esfera se tambaleó con más fuerza, y el silbido sonó más alto. Yo había cerrado los ojos por fuerza, y me desesperaba con torpes movimientos por cubrirme la cara con la frazada: en eso estaba, cuando el segundo vaivén de la esfera me hizo perder el equilibrio.

Caí contra el fardo, y al abrir los ojos, alcance a echar una rápida ojeada al aire que rodeaba nuestra cubierta de vidrio: el aire corría, hervía, como nieve en la que se ha introducido un hierro candente. Lo que había sido aire sólido, se convirtió, repentinamente, con el contacto del sol, en una pasta, en un lodo, en una fangosa licuación, que silbaba en torbellinos de gas.

Sobrevino una sacudida de la esfera, aun más violenta, y nos agarrarnos el uno del otro. Un momento después, otra sacudida nos hizo rodar de nuevo; rodamos una y otra vez; yo estaba sin aliento.

Eramos presa del día lunar; la luna iba a enseñarnos, a nosotros, diminutos hombres, lo que era capaz de hacernos.

Lancé una segunda ojeada hacia las cosas de afuera: bocanadas de vapor, un lodo medio líquido, desprendido de todas partes, caía, se deslizaba. Nos quedamos a obscuras. Yo caí, con las rodillas de Cavor sobre el pecho. Luego, le sentí separarse de mí como arrojado, y durante un rato me quedé tendido, sin aliento, con la mirada fija hacia arriba. Un enorme alud de aquella materia que se derretía, había caído sobre nosotros, nos había sepultado, y ya se fundía rápidamente, se alejaba hirviendo. Mis ojos vieron los borbotones que bailaban sobre el vidrio. Mis oídos percibieron unas débiles exclamaciones de Cavor.

Después, otro enorme alud nos arrastró y, con ruido sordo, nuestra esfera empezó a rodar por una pendiente, a rodar cada vez más rápidamente saltando grietas y rebotando en cumbres, más y más velozmente, hacia el Oeste, al ardiente, hirviente tumulto del día lunar.

Aferrados, el uno al otro, rodábamos nosotros adentro, dando contra este o el otro lado, con el fardo de nuestros equipajes saltando hacia nosotros, y golpeándonos. Nos soltábamos, nos volvíamos a agarrar, rodábamos otra vez aparte el uno del otro, nuestras cabezas chocaban, ¡y el universo entero estallaba en ardientes dardos y estrellas!

En la tierra, nos habríamos aplastado el uno al otro una docena de veces; pero en la luna, felizmente para nosotros, nuestro peso era solo la sexta parte de lo que es en la tierra, y cuando caíamos nos causábamos poco daño. Recuerdo una sensación de horrible malestar, algo como si los sesos se me voltearan dentro del cráneo, y después...

Sentí algo extraño en la cara, unas cosas delgadas me apretaban por detrás de las orejas. Luego descubrí que el brillo del paisaje que nos rodeaba estaba mitigado por unos anteojos azules. Cavor se inclinaba hacia mí, y vi su rostro cerca del mío, con los ojos también protegidos por anteojos ahumados. Su respiración era agitada, y su labio sangraba por efecto de un golpe.

- ¡Mejor!- me dijo, enjugándose la sangre con el dorso de la mano.

Durante un rato me pareció que todo se ladeaba; pero era sólo el efecto de mi aturdimiento. Noté que Cavor había cerrado alguna de las celosías de la cubierta exterior de la esfera para preservarme del fulgor directo del sol. Me di cuenta de que todo en torno nuestro estaba en extremo brillante.

- ¡Dios!- balbuceé. - ¿Qué veo?...

Alargué el cuello para ver: un resplandor enceguecedor brillaba afuera, completa transición de la lóbrega obscuridad de mis últimas impresiones.

- ¿He estado sin sentido mucho tiempo? - le pregunté.

- No sé... el cronómetro está roto. Un buen rato... ¡Querido amigo!¡ Qué miedo he tenido!

Me quedé así echado un rato, reflexionando. Vi que el rostro de Cavor conservaba aún señales de emoción. Transcurrieron unos momentos, y nada dije. Me pasé una mano escudriñadora por sobre las contusiones, y examiné la cara de mi amigo, en busca de daños semejantes.

El reverso de mi mano derecha había sufrido más que el resto de mi cuerpo: la piel habla sido arrancada, una parte de la mano estaba en carne viva. En la frente me toqué varias lastimaduras que sangraban.

Cavor me puso en la mano un frasquito que contenía un poco del cordial - de su nombre no me acuerdo,- que formaba parte de nuestras provisiones. Después de un rato me sentí algo mejor. Empecé a estirar las piernas y los brazos, cuidadosamente. Pronto pude hablar.

- No hubiera sido bueno desembarcar - dije. Como si no hubiese mediado intervalo alguno en nuestra conversación.

- ¡No, no hubiera sido bueno!

Cavor meditaba, con las manos colgando sobre sus rodillas. Echó una ojeada a través del vidrio y luego me miró.

- ¡Buen Dios!- dijo. - ¡No!

- ¿Qué ha sucedido?- pregunté, al cabo de un momento - ¿Hemos saltado a los trópicos?

- Ha sucedido lo que yo esperaba. El aire, se ha evaporado... si es aire... Sea lo que fuere, se ha evaporado, y la superficie de la luna aparece ahora. Yacemos en un banco de rocas de calidad terrestre. A trechos, se ve el suelo desnudo, una curiosa especie de suelo.

Cavor pensó que era innecesario, entrar en explicaciones. Me ayudó a sentarme, y entonces pude ver con mis propios ojos.