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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 6. LA LLEGADA A LA LUNA
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Me acuerdo de cómo un día Cavor abrió repentinamente seis de nuestras ventanas y la luz me cegó, de tal modo que prorrumpí en gritos. El área entera, que abarcaba nuestra vista era una estupenda cimitarra de blanca luz de amanecer, con los bordes interrumpidos por manchas de obscuridad, la playa curva de una creciente marea negra, de la cual surgían picos y pináculos a la ardiente luz del sol. Doy por hecho que el lector ha visto cuadros o fotografías de la luna, de modo que no necesito describir los aspectos generales del paisaje, aquellas espaciosas cadenas de montes, en forma de círculos, más vastos que cualquier montaña terrestre, con sus cumbres brillantes en el día, sus sombras anchas y profundas; las llanuras grises y desordenadas; las cordilleras, cerros y cráteres, pasando todo por fin de una refulgente iluminación a un común misterio de negrura. Por encima de aquel mundo volábamos, apenas a unas cien millas de sus crestas y pináculos, y ya podíamos ver lo que ningún ojo terrestre podrá ver jamás:

que bajo el esplendor del día, los agudos perfiles de las rocas y las grietas de las llanuras y los fondos de los cráteres se volvían grises y confusos bajo una, neblina que se hacía más densa cada vez ; lo blanco de sus iluminadas superficies se interrumpía con manchas y aberturas, y se volvía a interrumpir, y se hundía y desaparecía, y extraños tintes habanos y aceitunados nacían y se esparcían aquí y allá.

Pero de poco tiempo disponíamos para mirar eso, pues va habíamos llegado al peligro real de nuestro viaje: teníamos que acercarnos aún más a la luna mientras, rodábamos en torno suyo, acortar luego nuestro andar, y espiar la oportunidad en que pudiéramos por fin atrevernos a caer sobre la superficie.

Para Cavor, el momento era de intensa atención; para mí, de ansiosa inactividad. Yo, continuaba ignorando lo que iba a hacer; él, saltaba por todo el interior de la esfera, de un punto a otro, con una agilidad que en la tierra habría sido imposible.

Incesantemente, durante aquellas últimas horas tan decisivas, abría y cerraba las ventanas de Cavorita, hacía cálculos, consultaba su cronómetro a la luz de la lámpara empañada. Durante largo rato tuvimos todas nuestras ventanas cerradas, y nos cernimos silenciosamente en la obscuridad, rodando por el espacio.

Después, le sentí buscar a tientas los resortes de las celosías, y cuatro ventanas se abrieron bruscamente. Yo di un salto y me cubrí los ojos, lastimados y cegados por el desusado esplendor del sol bajo nuestros pies. En seguida se cerraron otra vez las ventanas, dejando mi cerebro palpitante en una obscuridad que se agolpaba contra mis ojos. Y volví a flotar en un vasto y negro silencio.

Al poco rato, Cavor encendió la luz eléctrica, y me dijo que era necesario atar todos nuestros bultos de equipaje unos con otros y envolverlos en las frazadas para protegerlos del choque de la caída. Así lo hicimos, con las ventanas cerradas porque, de esa manera, todos los bultos se juntaban por sí mismos en el centro de la esfera. Aquella también fue una extraña escena: los dos, flotando sueltos en aquel espacio esférico y empaquetando, y tirando de las cuerdas: ¡ imagínense ustedes el cuadro, si pueden! Allí no había arriba ni abajo, y de cada esfuerzo resultaban inesperados movimientos: ya me sentía apretado contra el vidrio por la fuerza del puño, de Cavor; ya pateaba desatentadamente en el vacío; ora la estrella de la luz eléctrica estaba sobre, nuestras cabezas; ora se hallaba a nuestros pies; de repente, los pies de Cavor flotaban delante de mis ojos, y en el siguiente momento nos cruzábamos sin tocarnos. Pero por fin todos nuestros bultos quedaron bien atados en un solo fardo envuelto en blandas frazadas: habíamos empleado en ello todas, salvo dos con agujeros en el medio, que habíamos apartado para envolvernos en ellas.

En seguida, pues aquello no duró más que un instante, Cavor abrió una ventana del lado de la luna, y vimos que caíamos hacia un enorme cráter central, en cuyo derredor se agrupaban en forma de cruz otros cráteres menores. Y entonces otra vez lanzó Cavor nuestra diminuta esfera, con las ventanas abiertas, hacía el deslumbrador y quemante sol. Creo que usaba la atracción del sol como un freno.

-¡Cúbrase usted con una frazada! – gritó de repente, apartándose violentamente de mí.

Durante un momento, no comprendí; pero luego tiré de una punta la frazada que tenía bajo mis pies, y me envolví con ella la cabeza, particularmente los ojos.

Bruscamente, Cavor cerró de nuevo las celosías, abrió otra, la cerró en el acto, y después empezó de repente a abrirlas todas, asegurándolas una por una dentro de sus cilindros de acero. Hubo un sacudimiento, y ambos rodamos y rodamos, chocando contra el vidrio de las paredes y contra el abultado fardo de nuestro equipaje, y agarrándonos el uno al otro; afuera, una substancia blanca se aplastaba, como sí nuestra esfera rodara por un monte de nieve...

Vuelta, golpe, vuelta, nos aferramos de cualquier cosa, golpe, vuelta, vuelta...

Un choque sordo, y me encontré medio sepultado bajo el fardo.

Por un momento, inmovilidad y silencio. En seguida oí a Cavor resoplar y gruñir, y el ruido de una celosía al correr por su ranura. Hice un esfuerzo, empujé a un lado nuestro envoltorio de frazadas y cajas, y surgí de abajo de todo aquello: nuestras abiertas ventanas no parecían otra cosa que estrellas en un cielo obscuro, negro.

Cavor y yo estábamos vivos, y nuestra esfera yacía en la obscuridad producida por las paredes del gran cráter dentro del cual habíamos caído.

Nos quedamos sentados conteniendo la respiración, y palpando los chichones que teníamos por todo el cuerpo. No creo que ninguno de los dos hubiera previsto claramente el brusco trato que habíamos recibido. Penosamente, logré pararme.

- ¡Y ahora - dije,- veamos el paisaje de la luna! Pero...¡qué obscuridad tremenda, Cavor!

El vidrio estaba húmedo, y yo lo limpiaba con mi frazada, al decir esas palabras.

- Estamos como a media hora de la luz del día - contestó Cavor - Tenemos que esperar.

Era imposible distinguir nada. Si la esfera hubiera sido de acero, sin la menor ventana, no habríamos estado menos privados de la vista de afuera. Con frotar el vidrio con la frazada sólo conseguí calentar la parte frotada, y cuanto más rápidamente la restregaba, más pronto volvía a ponerse opaca con la humedad nuevamente condensada y con una creciente cantidad de pelos de la manta. La verdad es que no debía haber hecho tal uso de mi frazada, pues en mis esfuerzos para limpiar el vidrio me resbaló por su húmeda superficie y me golpeé la espinilla en uno de los cilindros de oxígeno que asomaban de dentro del fardo.

Aquello era exasperante... era absurdo. Ya estábamos en la luna, entre quién sabe qué maravillas, y todo lo que podíamos ver era la pared gris y mojada de la bola dentro de la cual habíamos ido.

- ¡Mal haya el viaje! - exclamé.- Para esto, bien podríamos habernos quedado en nuestras casas.

Y me dejé caer sobre el fardo. Tiritaba, y tuve que envolverme en la frazada.

De pronto, la humedad del vidrio se convirtió en cuadritos y vellones de nieve.

- ¿Puede usted alcanzar el botón del calentador eléctrico? - me dijo Cavor - Sí... esa bola negra. Si no, vamos a helarnos.

No esperé a que lo dijera dos veces.

- Y ahora - pregunté:- ¿ qué vamos a hacer?

- Esperar - fue su respuesta.

- ¿Esperar?

- Naturalmente. Tenemos que esperar hasta que nuestro aire se caliente y el vidrio se aclare. Nada podemos hacer hasta entonces.

Aquí es de noche aún... tenemos que esperar a que nos llegue el día.

Mientras tanto ¿no siente usted hambre?

Durante un momento no le contesté, me quedé reflexionando.

Después, de mala gana, aparté la mirada del problema oculto tras del blanco vidrio, y la fijé en el rostro de mi compañero.

- Sí - le dije:- tengo hambre. Y me siento enormemente desalentado; yo esperaba... no sé... qué esperaba, pero no era esto.

Llamé en mi ayuda toda mi filosofía, y envolviéndome en la frazada me senté otra vez en el fardo y empecé mi primera comida en la luna. No creo que la concluí... me olvidé de comer. De repente, primero a trechos, luego rápidamente en largas fajas, se fue aclarando el vidrio, se descorrió el velo húmedo que ocultaba a nuestros ojos el mundo lunar.

Los dos contemplamos ansiosos el paisaje de la luna.