Read synchronized with  English  French  Russian 
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

El penúltimo mensaje describe, a trechos, con detalles aún más minuciosos, la entrevista de Cavor con el Gran Lunar, que es el gobernante y señor de la luna. Parece que Cavor envió la mayor parte de esto mensaje casi sin que lo molestaran, pero que en la parte final le interrumpieron. El último vino después de un intervalo de una semana.

El primero de los dos mensajes comienza así: “Por fin puedo reanudar este...,” se hace ilegible durante un rato, y luego continúa en medias frases.

Las palabras que faltan a la siguiente frase son, probablemente, “la multitud.” Poniéndolas al principio, se lee con bastante claridad lo que sigue:

“... era más y más densa a medida que nos acercábamos al palacio del Gran Lunar - sí puedo llamar palacio a una serie de excavaciones.

Por todas partes, caras que me miraban: bocas abiertas y cuerudas, máscaras sin expresión, grandes ojos asomados por sobre tremendos tentáculos-narices, y ojos pequeños bajo monstruosas frentes aplastadas; más abajo, un segundo brote de animales menores se agitaba y chillaba, y grotescas cabezas en el extremo de cuellos sinuosos, como de ganso, de largas coyunturas, se asomaban por sobre los hombros y debajo de los brazos de los que formaban las primeras filas.

Abriéndome calle avanzaba un cordón de guardias impasibles, de cabezas- yelmos, que se nos habían unido al salir del barco en que llegamos por los canales del Mar Central. El artista-pulga de diminuto cerebro, se nos unió también, y en apretado grupo un gran número de ágiles hormigas cargadoras trotaban agobiadas bajo la multitud de objetos que se habían creído necesarios para mi viaje. En la etapa final se me llevó una litera, hecha de un dúctil metal de color aparentemen te obscuro, incrustado y entrelazado con barras de otro metal más claro.

Y conmigo avanzaba una larga y complicada procesión.

Por delante, a manera de heraldos, iban cuatro seres con caras- trompetas haciendo un devastador estruendo; después unos ujieres encorvados, casi en forma de escarabajos, y a cada lado una colección de sabias cabezas, una especie de enciclopedia animada, que debía, según me explicó Fi-u, colocarse cerca del Gran Lunar para servirle de consulta. (No hay cosa en la ciencia lunar, no hay punto de vista ni método de pensamiento, que no lleven en la cabeza aquellos seres maravillosos).

Seguían guardias y portadores, y a continuación el gelatinoso cerebro de Fi-u, llevado también en una litera. Detrás de Fi-u, Tsi-puff, en una litera un poco menos importante, y en seguida yo, en litera más elegante que ninguna otra y rodeado por los servidores encargados de mis alimentos y bebidas. Más hombres-trompetas marchaban detrás, destrozando los oídos con un agudísimo griterío,- seres a quienes podríamos dar el título de corresponsales especiales o historiógrafos, y á los cuales incumbía la tarea de observar y recordar todos los detalles de la trascendental entrevista. Gran número de servidores que llevaban y agitaban banderas y manojos de hongos olorosos extraños símbolos, completaban la procesión. A ambos lados del camino se alineaban ujieres y otros funcionarios con caparazones que relucían como acero, y detrás de una y otra hilera surgían las cabezas y tentáculos de la enorme muchedumbre.

Debo advertir que todavía no me he acostumbrado, en manera alguna, al peculiar efecto de la apariencia de los selenitas, y que hallarme como un náufrago en aquel anchuroso mar de agitada entomología, nada tenía de agradable para mí. Por un instante sentí lo que me imagino que siente la gente cuando habla de “horrores.” Ya me había sucedido lo mismo antes, en aquellas cavernas lunares, en las ocasiones en que me encontró sin armas y rodeado por una multitud de selenitas; pero la impresión nunca fue tan vívida. Tal sentimiento es, por supuesto, de lo más irracional que un hombre pueda abrigar, y espero dominarlo poco a poco; pero durante un momento, al avanzar por en tre aquel inmenso hormiguero, tuve que agarrarme con todas mis fuerzas a la litera y llamar en mi ayuda toda mi voluntad, para no lanzar un grito o hacer alguna otra manifestación de esa especie. Aquello duró quizá tres minutos: después volví a ser dueño de mí mismo.

Subimos la espiral de una vía vertical durante un rato, y en seguida pasamos a través de una serie de vastos halls, con cúpulas y soberbiamente decorados. Las cercanías del Gran Lunar estaban evidentemente preparadas para dar viva impresión de su grandeza. Los halls - todos, por fortuna, suficientemente luminosos para mis terrestres ojos, - constituían un bien dispuesto “crescendo” de espacio y decoración. El efecto de su progresivo tamaño estaba realzado por la continua disminución de la luz y por una tenue nube de incienso que se iba haciendo más espesa a medida que avanzábamos. En las primeras, la luz vívida, clara, hacía que todo apareciera finito y concreto ante mis ojos; pero pronto me pareció que avanzaba continuamente hacia algo más extenso, más opaco y menos material.

Debo confesar que todo aquel esplendor me hizo considerarme miserable e indigno de él. No estaba afeitado ni lavado; no había llevado mis navajas de barba, y un enmarañado bigote me cubría la boca.

En la tierra, siempre me he sentido inclinado a desdeñar todo cuidado personal que no fuera el debido aseo; pero en las excepcionales circunstancias en que me encontraba allí, representando, como representaba, a mi planeta y mi especie, y dependiendo, en gran parte, la importancia de la recepción que se me hiciera, de lo atractivo de mi apariencia, habría dado mucho por poder presentarme con algo un poco más artístico y majestuoso que aquellas marañas. Mi seguridad de que la luna no tenía habitantes había sido tan grande que ni por un momento se me había ocurrido tomar semejantes precauciones, y allí me encontraba vestido con un saco de franela, calzón corto, medias de jugar golf, manchadas con todas las clases de suciedad que la luna puede ofrecer, y zapatillas (a la del pie izquierdo se le había caído el tacón) por cuyos agujeros pasaba mi cabeza. (Claro está que aún sigo vistiendo las mismas ropas). Las agudas cerdas que me habían brotado libremente en la cara serán todo menos un aditamento ventajoso para mis facciones; en una rodilla del calzón había un desgarrón no remendado, que se mostraba ostentosamente cada vez que me movía en la litera; mi media derecha, también persistía en abrirse junto al tobillo.

Me hago completo cargo de la injusticia que mi aspecto hizo inferir a la humanidad, y si de alguna manera hubiese podido improvisar cualquier cosa nueva e imponente, lo habría hecho; pero nada tenía a mi alcance, y me limité a hacer lo que podía: dispuse los pliegues de mi frazada a manera de toga, y me mantuve tan erguido en mi asiento cuanto el balanceo de la litera me lo permitía.

Imagínense ustedes el hall más grande en que hayan estado, cuidadosamente decorado con porcelana azul y blanco-azulada, iluminado con luz azul, sin que se supiera cómo, y llenándose de seres metálicos o de un blanco opaco, de una diversidad tan inconcebible como la que ya he descrito someramente; imagínense que ese hall termina en una arquería abierta, que es todavía un hall mayor que el primero, y más allá otro más, y así sucesivamente. Al final del panorama, una escalinata, como la de la Ara Coeli de Roma, que subía hasta perderse de vista: a medida que uno se acercaba a su base, aquellas gradas parecen ir más alto todavía. Por fin, me hallé bajo una amplísima arquería y vi la cumbre de la escalinata, y en ella al Gran Lunar sobre su trono.

Estaba sentado en un resplandor de incandescente azul. Una nebulosa atmósfera llenaba el recinto de tal modo, que los muros parecían invisiblemente remotos. Esto le hacía aparecer como flotante en un vacío azul-negro. Al principio parecía una nube pequeña, de cuyo seno brotara luz, llenando el glauco tronco: su caja cerebral debía tener varias yardas de diámetro. Por alguna razón que no puedo sondar, una cantidad de azules focos luminosos irradiaban atrás del trono, e inmediatamente detrás de él se esparcía una aureola, que le daba el aspecto de una estrella colosal y rara. En torno suyo, y pequeños y confusos en aquel resplandor, numerosos servidores lo sostenían y mantenían; después, en una relativa sombra y parados en ancho semi círculo, debajo, estaban sus auxiliares intelectuales, sus recordadores, computadores o investigadores, sus aduladores y criados, y todos los insectos distinguidos de la corte de la luna. Más abajo, de pie, los ujieres y mensajeros; después, en toda la extensión de los innumerables escalones del trono, guardias; y en la base, enorme, variada, confusa, una vasta multitud compuesta por los dignatarios menores de la luna.

Sus pies, al moverse, producían un murmullo como si rascaran el rocoso suelo, y el roce de unos cuerpos con otros hacía oír igualmente un sordo susurro.

Al entrar yo en el penúltimo hall, sonó la música y se expandió en una imperial magnificencia de sonidos, y los gritos de los anunciadores se extinguieron...

Entré en el último y mayor de los halls...

Mi procesión se abrió como un abanico. Mis ujieres y guardias se apartaron a derecha e izquierda, y las tres literas que nos llevaban a mí, á Fi-u y a Tsi-puff, avanzaron por el lustroso suelo hasta el pie de la gigantesca escalera. Entonces se dejó oír un vasto zumbido entrecortado, que se mezcló con la música. Los dos selenitas descendieron de sus literas, pero a mí se me advirtió que debía permanecer sentado, me imagino que como un honor especial. La música cesó, pero no el zumbido, y el simultáneo movimiento de diez mil ojos respetuosos, hizo que mi atención se dirigiera a la aureolada, suprema inteligencia que se cernía sobre nosotros.

Al principio, cuando dirigí la vista hacia el radiante fulgor, aquel quintesencial cerebro me pareció algo como una vejiga opaca, sin facciones, a través de cuya superficie aparecían visibles aunque tenues, las ondulantes líneas de las circunvoluciones. Luego, debajo de aquella enormidad, exactamente en el borde del trono, vi con sobresalto un par de minúsculos ojos de duende que miraban fijamente. Nada de cara, sólo ojos, que parecían mirar por un par de agujeros. Primero no pude ver más que los dos ojitos fijos; después ya vi, debajo, el cuerpecito encogido y los miembros de insecto, enjutos y blancos. Los ojos me contemplaban con extraña intensidad, y la parte más baja del hin chado globo hallábase arrugada. Unas manecitas-tentáculos, de aspecto frágil, casi inexistentes, mantenían aquella forma sobre el trono...

Aquello era grande; aquello, era, lastimoso. Uno se olvidaba del hall y de la muchedumbre.

Los portalitera me subieron a saltos por la escalinata. Me parecía que la radiante y purpúrea caja cerebral que me miraba de allá arriba se extendía sobre mí e iba adquiriendo un efecto más imponente cuanto más me le acercaba yo. Las hileras de ayudantes y servidores agrupadas en torno de su amo parecían retroceder y borrarse dentro del resplandor. De repente, vi que unos servidores que apenas se destacaban sobre el brumoso fondo, estaban muy atareados en regar aquel gran cerebro con un refrescante chorro, y lo sobaban y lo sostenían.

Yo, por mi parte, me aferraba, a mi tambaleante litera, con los ojos fijos en el Gran Lunar, incapaz de dirigir siquiera una ojeada a los lados. Y por fin, cuando llegué a un pequeño rellano separado del supremo asiento por unos diez escalones apenas, el creciente esplendor de la música llegó a un tono altísimo y cesó, y a mí se me dejó aislado, desnudo, por decirlo así, en aquella inmensidad, bajo el fijo escrutinio de los ojos del Gran Lunar.

Examinaba el primer hombre quo veía en su vida...

Mis ojos descendieron por fin de su grandeza a las tenues figuras que se movían en la azul neblina en torno suyo, y después, recorriendo las gradas, a los miles de selenitas que se apiñaban expectantes abajo.

Otra vez me sobrecogió un irracional horror... Y pasó.

Después de la pausa vino la gran salutación. Me ayudaron a bajar de la litera, y allí, parado, indeciso, vi que dos funcionarios muy delgados me hacían con gravedad varios ademanes extraños y sin duda profundamente simbólicos. El grupo enciclopédico de los sabios que me había acompañado a la entrada del último hall, apareció dos escalones más arriba del sitio en que yo estaba, a mi izquierda y a mi derecha, prontos para atender a las necesidades del Gran Lunar, y el blanco cráneo de Fi-u se colocó más o menos entre el trono y yo, en posición que le permitiera comunicarse fácilmente con los dos, sin volver la espalda al Gran Lunar ni a mí. Tsi-puff se puso detrás de él.

Unos ágiles ujieres se alinearon, volviéndose de soslayo hacia mí, pero dando plenamente la cara a la Presencia. Yo me senté a la turca, y Fi-u y Tsi-puff también se arrodillaron más arriba.

Hubo otra pausa. Los ojos de los cortesanos más próximos iban de mí al Gran Lunar y volvían a mí, y un cuchicheo y silbido de expectación pasó por la escondida multitud, y por último cesó...

El zumbido cesó también.

Por primera y última vez, hasta ahora, la luna estuvo silenciosa.

Casi en seguida, oí un débil rumor: el Gran Lunar me dirigía la palabra. Aquello era como el roce de un dedo sobre un cristal.

Yo lo miré fijamente durante un rato y luego volví los ojos hacia el atento Fi-u. Me sentía, entre aquellos blandos seres, ridículamente espeso, carnoso y sólido, con mi cara toda huesos y pelos negros. Volví a mirar al Gran Lunar. Había cesado de hablar: sus servidores estaban ocupados en algo: por la lustrosa superficie del cráneo corría y brillaba un refrescante chorro.

Fi-u meditó durante un intervalo, consulto con Tsi-puff, y después empezó a murmurar su jerga inglesa, primero algo nerviosamente, lo que hizo que no le entendiera muy bien por lo pronto.

- Mm... el Gran Lunar... desea decir... desea decir... comprende usted es... mm... hombre... que usted es hombre del planeta Tierra.

Desea decir que le da la bienvenida... y desea conocer... conocer, si puedo emplear esta palabra... el estado del mundo de usted y la razón por qué ha venido usted a éste.

Hizo una pausa. Yo iba a contestarle, cuando continuó. Procedió a hilvanar frases cuyo curso no era muy claro, aunque me inclino a pensar que todas significaban cumplimientos. Me dijo que la tierra era a la luna lo que el sol era a la tierra, y que los selenitas deseaban mucho saber lo concerniente a la tierra y a los hombres. En seguida me explicó, sin duda como una cortesía también, la magnitud y el diáme tro relativos de la tierra y de la luna, y el perpetuo interés y conjeturas con que los selenitas habían mirado a nuestro planeta.

Yo reflexioné con los ojos bajos, y opté por contestarle que también los hombres habían pensado siempre con interés en lo que podría existir en la luna y la habían juzgado muerta, idea muy lejana de magnificencias tales como las que me había sido dado ver aquel día.

El Gran Lunar, en prenda de reconocimiento, hizo que su proyector azul girara de una manera muy confusa, y por todo el gran hall corrió en cuchicheos y murmullos la repetición de lo que yo habla dicho.

A continuación procedió a hacer a Fi-u una cantidad de preguntas que eran ya más fáciles de contestar.

Había comprendido - explicó,- que nosotros vivíamos en la superficie de la tierra, que nuestro aire y nuestro mar estaban fuera del globo. Más aún: esta última parte la sabía por las observaciones de sus especialistas astronómicos. Estaba muy ansioso de tener informaciones más detalladas de lo que él llamaba extraordinario estado de cosas, pues la solidez de la tierra le había hecho inclinarse siempre a considerarla inhabitable. Trató primero de cerciorarse de los extremos de temperatura a que los seres de la tierra estaban expuestos, y le interesó vivamente mi descripción de las nubes y de las lluvias. Sus suposiciones hallaban apoyo en el hecho de que la atmósfera lunar, en las galerías exteriores del lado de la noche, está a menudo muy nublada.

Parecía maravillarse de que no encontráramos la luz del sol demasiado intensa para nuestros ojos, y le interesó mi tentativa de explicarle que la luz del firmamento estaba atenuada hasta adquirir un color azulado por efecto de la refracción del aire, lo que dudo entendiera con claridad. Le expliqué cómo el iris del ojo humano puede contraer la pupila y salvar su delicada estructura interna del exceso de luz del sol, y se me permitió acercarme hasta pocos pies de distancia de la Presencia, para que pudiera ver esa estructura. Esto nos condujo a la comparación del ojo lunar y del terrestre: el primero es no sólo excesivamente sensible a luces como las que los hombres pueden ver, sino que también puede “ver” el calor, y cada diferencia de temperatura dentro de la luna es visible para los selenitas.

El iris era para el Gran Lunar un órgano completamente nuevo.

Durante un rato se divirtió en lanzarme sus rayos a la cara y en observar cómo se contraían mis pupilas. La consecuencia de esto fue que me quedé deslumbrado y ciego durante un rato.

Pero a pesar de aquella incomodidad, encontré algo tranquilizador, gradual é insensiblemente, en la racionalidad de nuestro cambio de preguntas y respuestas. Yo podía cerrar los ojos, pensar en lo que iba a contestar, y casi olvidarme de que el Gran Lunar no tenía cara...

Cuando hube descendido a ocupar nuevamente mi sitio, el Gran Lunar me preguntó cómo nos abrigábamos del calor y de las tempestades, y yo lo expuse las artes de construcción y amueblamiento. En este punto nos perdimos en quíd pro quos y en un desordenado cambio de observaciones, debido en gran parte, debo confesarlo, a la falta de precisión de mis palabras. Durante largo rato me fue muy difícil hacerle entender la naturaleza de una casa. A él y a sus servidores les parecía lo más ridículo del mundo que los hombres construyeran casas cuando podían descender a excavaciones; y sobrevino una nueva complicación con mi tentativa de explicarle que los hombres habían tenido al principio sus moradas en cuevas, y ahora ponían sus ferrocarriles y muchos establecimientos bajo la superficie. Creo que aquí me traicionó el deseo de exhibir mi suficiencia intelectual. También se formó un considerable enredo, por mi no menos imprudente tentativa de explicar lo que son nuestras minas. Abandonando por fin este asunto, sin que lo hubiéramos apurado, el Gran Lunar me preguntó qué hacíamos con el interior de nuestro globo.

Una especie de cuchicheos y susurros se propagó hasta los más remotos rincones de aquella gran asamblea cuando se llegó, por último, a saber que nosotros, los hombres, nada sabíamos, absolutamente, del contenido del planeta sobre el cual se habían sucedido desde tiempo inmemorial las generaciones de nuestros antepasados. Tres veces tuve que repetir que de todas las cuatro mil millas de substancia que hay entre la superficie y el centro de la tierra, los hombres conocen sólo hasta la profundidad de una milla, y eso muy vagamente. El Gran Lunar hizo una pregunta que comprendí bien: ¿por qué había ido yo a la luna, si apenas habíamos tocado aún la corteza de nuestro planeta?

Pero no quiso darme en aquel momento la molestia de una explicación, pues por su parte estaba demasiado ansioso de perseguir los detalles de esa loca inversión de todas sus ideas.

Volvió a la cuestión de la temperatura, y yo traté de describir los perpetuos cambios del cielo, la nieve, las heladas y los huracanes.

- Pero cuando llega la noche - preguntó,- ¿no hace frío?

Le dije que hacía más frío que de día.

- ¿Y no se hiela la atmósfera?

Le contestó que no; que nunca hacia tanto frío como para eso, porque nuestras noches eran muy cortas.

- ¿Ni tampoco se liquida?

Iba ya a decir “No,” pero se me ocurrió que una parte por lo menos de nuestra atmósfera, el vapor de agua, se liquida a veces y forma rocío, y a veces se hiela y forma escarcha y nieve, proceso perfectamente análogo a la congelación de toda la atmósfera externa de la luna durante su noche, que es más larga. Me expliqué con claridad sobre este punto, y de allí pasó el Gran Lunar a hablarme del sueño.

La necesidad de dormir que nos viene con tanta regularidad, cada veinticuatro horas, resulta ser simplemente parte de nuestra modalidad terrestre: en la luna, los selenitas descansan sólo de vez en cuando y al cabo de esfuerzos extraordinarios.

Después traté de describirle los suaves esplendores de una noche de verano, y de esto pasé a una descripción de los animales que rondan de noche y duermen de día; le hablé de leones y de tigres, y en este punto me pareció que toda explicación era insuficiente, pues en la luna, salvo los animales que están dentro del agua, no hay uno que no esté completamente domesticado y sujeto a la voluntad del selenita, y así ha sido desde épocas inmemoriales. Hay monstruos acuáticos, pero no bestias feroces, y la idea de algún animal fuerte y grande que exista “fuera” durante la noche, es de difícil comprensión para los selenitas.

(Aquí, en un espacio de veinte palabras o tal vez más, el mensaje está demasiado incoherente para que sea posible transcribirlo.) El Gran Lunar habló con sus servidores, supongo que acerca de la extraña superficialidad e irracionalismo de los que viven en la superficie de un mundo, sujetos al capricho de las olas y los vientos y de todas las variaciones de la intemperie, que no pueden ni unirse para dominar a las fieras que hacen presa de su especie, y que, sin embargo, se atreven a invadir otro planeta. Durante este intervalo, yo seguí sentado, pensando, y después, a pedido suyo, le hablé de las diferentes clases de hombres.

Me escudriñó en todas direcciones con sus preguntas.

- Y para todas las clases de trabajo tienen ustedes la misma calidad de hombres... Pero ¿quien piensa? ¿quién gobierna?

Le hice un esbozo del método democrático.

Cuando hube terminado esta explicación, ordenó que le vertieran sobre la cabeza el chorro refrescante, y luego me pidió que volviera a explicarle lo mismo, pues temía haber entendido mal.

- Hombres no hacen diferentes cosas, ¿entonces?- me preguntó Fi-u.

Yo convine en que algunos pensaban y otros eran funcionarios, algunos cazaban y otros eran mecánicos, artistas, o trabajadores en otros ramos especiales.

- Pero todos gobiernan - añadí.

- ¿Y no tienen diferentes formas que los adapten a sus diferentes deberes?

- Ninguna diferencia visible hay - dije,- salvo quizá en las ropas.

En los cerebros la hay tal vez, aunque pequeña - recapacité.

- Considerable debe ser la diversidad de cerebros - replicó el Gran Lunar.

Con el objeto de ponerme en armonía más estrecha con sus preconcepciones, le dije que su conjetura era fundada.

- Todo está escondido en el cerebro - expliqué, - y en él residen las diferencias. Quizás si se pudieran ver las mentes y las almas de los hombres, se notaría en ellos tanta variedad como entre los selenitas.

Hay hombres altos y hombres pequeños; hombres que pueden alcanzar a gran distancia y hombres que pueden avanzar rápidamente; hombres ruidosos, con mente de trompeta, y hombres que pueden acordarse de las cosas sin pensar...

(Aquí hay tres palabras ininteligibles.) Me interrumpió para recordarme mis anteriores explicaciones.

- ¿Pero no decía usted que todos los hombres gobiernan? - insistió.

- Hasta cierto límite - dije;- y temo que con la explicación que hice en seguida aumentara la confusión.

Entonces él puso la cuestión en su punto saliente.

- ¿Quiere usted decir - preguntó,- que no hay Gran Terrestre?

Yo pensé en varias personas, pero concluí por asegurarle que no lo había. Le expliqué que los autócratas y emperadores que habíamos ensayado en la tierra habían terminado, por lo general, en la embriaguez, en el vicio, en la violencia, y que la vasta o influyente porción de pobladores a que yo pertenecía, los anglosajones, no pensaban en repetir tales ensayos, al oír lo cual, el Gran Lunar manifestó mayor asombro aún.

- Pero, ¿cómo conservan ustedes, siquiera, la sabiduría que tienen?- preguntó.

Yo le expliqué cómo ayudábamos a nuestros limitados (aquí falta una palabra, que es probablemente “cerebros”) con bibliotecas; le expliqué cómo aumentaba nuestra ciencia por la labor unida de innumerables hombres, y a eso no opuso otro comentario que el de que evidentemente habíamos llegado a dominar muchas cosas, pues de otro modo no me habría sido posible llegar a la luna. Con todo, el contraste era muy marcado. Con los conocimientos, los selenitas se engrandecían y cambiaban: la especie humana almacenaba sus conocimientos y continuaba en el estado de brutos... bien equipados. Dijo esto...

(Aquí llegamos a una parte del mensaje totalmente ininteligible.) Después me hizo explicar cómo circulábamos por la tierra, y me puse a describirle nuestros ferrocarriles y buques. Durante un rato no pudo entender que sólo hacía cien años que empleábamos el vapor, pero cuando lo comprendió, se vio claramente que esto le causaba infinito asombro. (Debo citar, como un hecho singular, el de que los selenitas miden el tiempo por años, como nosotros en la tierra, pero nada he podido saber de su sistema numeral. Esto, sin embargo, no importa, porque Fi-u comprende el nuestro). De allí pasé a decirle que el género humano vive en ciudades desde hace sólo nueve o diez mil años, y que todavía no estamos unidos en una hermandad, sino bajo diferentes forma de gobierno. Esto asombró mucho al Gran Lunar, una vez que se lo hubimos explicado con claridad. Al principio había creído que nos referíamos únicamente a áreas administrativas.

Nuestros Estados é Imperios son aún los más imperfectos esbozos de lo que el orden será un día - dije; y esto mismo me hizo explicarle...

(En este punto, hay unas treinta o cuarenta palabras totalmente ilegibles.) Mucha impresión causó en el Gran Lunar la tontería con que los hombres se aferran al mantenimiento de diversos idiomas:

- Quieren comunicarse, y sin embargo no comunicarse - dijo: y a continuación empezó a hacerme preguntas acerca de la guerra, y en esto nos pasamos largo rato.

Al principio se manifestó perplejo é incrédulo.

-¿Quiere esto decir - preguntó, para obtener una confirmación,- que ustedes corren por la superficie de su mundo, de un mundo cuyas riquezas apenas han comenzado ustedes a raspar,- matándose uno a otro para tener animales con que alimentarse?

Le contesté que esa era la verdad desnuda.

Entonces me pidió datos que le ayudaran a comprender.

Pero ¿no sufren daños en eso los bosques y las pobres ciudades? - preguntó, - y yo comprendí que la destrucción de propiedades y objetos útiles le impresionaba tanto como las matanzas.- Dígame usted más - añadió:- hágame usted ver dibujos. Yo no puedo concebir esas cosas.

Y entonces, durante un rato, aunque algo avergonzado, le referí la historia de la guerra terrestre.

Le describí las primeras órdenes y ceremonias de la guerra, las notificaciones y el ultimátum, el adiestramiento y conducción de tropas.

Le di una idea de las maniobras, de las posiciones y de las batallas.

Le expliqué los sitios y asaltos, el hambre y las penalidades que se sufrían en las trincheras, y los casos de centinelas muertos de frío bajo la nieve. Le hablé de las derrotas y las sorpresas, de las desesperadas resistencias mantenidas por débiles esperanzas, de la implacable persecución de los fugitivos, de los muertos sembrados en el campo de batalla. Le hablé también del pasado, de las invasiones y carnicerías, de los Hunos y de los Tártaros, y de las guerras de Mahoma y los Califas y de las Cruzadas. Y a medida que yo narraba y Fi-u traducía, los selenitas cuchicheaban y murmuraban con una emoción que iba gradualmente ganando en intensidad.

Conté que un acorazado podía arrojar un proyectil de una tonelada a una distancia de doce millas, y penetrar a través de una capa de hierro de 20 pulgadas de espesor, y que podíamos lanzar torpedos por debajo del agua. Describí un cañón Maxim en acción, y lo que ha sido, tal como yo la comprendo, la batalla de Colenso. El Gran Lunar no daba crédito a sus oídos, e interrumpió la traducción de mi relato para que yo mismo ratificara lo que había dicho. Lo que más dudas le inspiraba era mi descripción del gozo y las aclamaciones con que los hombres entraban en... (¿combate?) - ¡Pero seguramente no hacen eso porque les agrade! -tradujo Fi-u.

Le aseguré que los hombres de mi raza consideraban una batalla como el acto más glorioso de la vida, al oír lo cual la asamblea entera dio muestras de sin igual asombro.

- Pero, ¿cuál es la utilidad de la guerra?- preguntó el Gran Lunar, persistiendo en su tema.

- ¡Oh! En cuanto a su utilidad - dije yo,- ¡sirve para disminuir la población!

- Pero ¿por qué habría de ser necesario...?

Hubo una pausa, el chorro refrescante inundó su frente, y otra vez se hizo oír su voz.»

En este punto predominan repentinamente en el mensaje unas ondulaciones sucesivas que ya habían aparecido, como una complicación embarazosa en nuestro trabajo de descifrarlo, desde la parte en que Cavor describía el silencio que hubo antes del que el Gran Lunar hablara por primera vez. Esas ondulaciones son evidentemente resultado de radiaciones procedentes de una fuente lunar y su persistente aproximación a las señales alternadas de Cavor, sugiere la idea de algún operador que trata de introducirlas en el mensaje para hacerlo ininteligible. Al principio son pequeñas y regulares, lo que nos ha permitido, con algún cuidado, y perdiendo unas pocas palabras, desenredar el mensaje de Cavor; después son mas anchas y más largas, y de improviso se vuelven irregulares, con una irregularidad que produce el efecto de un garabateo sobre una línea correctamente escrita. Por un largo espacio nada se puede sacar de esos locos ziszás; luego bruscamente, la interrupción cesa, deja algunas palabras en claro, y después vuelve a comenzar y continúa en todo el resto del mensaje, borrando completamente todo cuanto Cavor intentaba transmitir. El por qué - si en realidad se trata de una intervención deliberada, - los selenitas prefirieron dejar a Cavor que transmitiera su mensaje en completa y feliz ignorancia de que se lo borraban en el camino, cuando estaba en su poder y era mucho más fácil y conveniente para ellos poner fin a su operación, es un problema que soy incapaz de resolver.

Así parece que ha sucedido, y esto es todo lo que puedo decir. El último fragmento de su relato sobre su entrevista con el Gran Lunar empieza en mitad de una frase:

“... me interrogó muy minuciosamente acerca del secreto. En pocos momentos nos entendimos, y por fin llegué a poner en claro lo que ha sido para mí un motivo de sorpresa desde que comprendí la amplitud de la ciencia de los selenitas, es decir, cómo no han descubierto también ellos la “Cavorita.” Veo que la conocen como una substancia teórica, pero que siempre la han considerado como una imposibilidad en la práctica, porque, por una razón ú otra, en la luna no hay hélium, y el hélium...” A través de las últimas letras de la palabra hélium se cruza nuevamente el ziszás obliterador. Tomen ustedes nota de la palabra “secreto,»

pues en ella, y en ella sola, baso mi interpretación del último mensaje que Cavor ha enviado hasta ahora, mensaje que según creemos el señor Wendigee y yo, será también el último de su vida.