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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 20. EL SEÑOR BEDFORD EN EL INFINITO ESPACIO
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Aquello era como si me hubieran muerto. Cierto: me imagino que un hombre muerto repentina y violentamente sentiría en el instante de morir mucho de lo que yo sentí entonces. Primero, una vehemencia de vida agonizante, y de temor; un momento después, obscuridad y quietud; ni luz, ni vida, ni sol, ni luna, ni estrellas... el vacío infinito. Aunque aquello era mi propia obra, aunque antes había experimentado ya idéntico efecto en compañía de Cavor, me sentía asombrado, aturdido y abrumado. Parecía que algo me llevara hacia arriba, dentro de una enorme obscuridad.

Mis dedos flotaban a corta distancia de las celosías; yo, todo entero, flotaba como si estuviera reducido a solo el espíritu, hasta que, por fin, muy suavemente, con mucha delicadeza, fui a dar contra el fardo, la cadena de oro y las palancas, que se habían movido también, para encontrarse conmigo en nuestro común centro de gravedad.

No sé cuanto duró aquello. En la esfera, por supuesto, más aún que en la luna, nuestra terrestre noción del tiempo no tenía aplicación.

Al sentir el contacto del fardo me desperté como de un sueño profundo.

Inmediatamente comprendí que si quería estar despierto y vivo, tenía que encender una luz o abrir una ventana para que mis ojos se ocuparan en algo. Y, por otra parte, tenía frío. Me aparté, pues, violentamente, del fardo, me agarré a las delgadas cuerdas que colgaban junto al vidrio, me icé por ellas hasta que llegué al borde interior del agujero de salida y así pude orientarme en cuanto a las llaves de la luz y de las persianas. Di media vuelta, y deslizándome por junto al fardo, pero precaviéndome de una cosa grande y floja que flotaba suelta, alcancé con una mano las llaves. Lo primero que hice fue encender la lamparita para ver qué era aquello con que tropezaba, y me encontré con que el viejo ejemplar del Lloyd's News se había deslizado del pa quete y vagaba en el espacio. Aquello me devolvió de lo infinito a mis propias dimensiones, me hizo reír desaforadamente durante un rato, y me sugirió la idea de dejar salir de uno de los cilindros un poco de oxígeno. En seguida hice funcionar la estufa hasta que se me quitó el frío, y después comí. Hecho esto, me puse a mover, de la manera más torpe, las celosías de Cavorita, para ver si de algún modo podía formarme idea de cómo iba viajando la esfera.

Apenas abrí la primera ventana tuve que cerrarla y me quedé un rato flotando, ciego y aturdido por la fuerza de la luz del sol que me había herido de lleno. Después de reflexionar un momento, me dirigí a las ventanas situadas en ángulo recto con aquélla, abrí una y esta segunda vez vi el enorme disco de la luna y detrás el pequeño disco de la tierra. Me asombró la gran distancia a que me encontraba ya de la luna. Mis cálculos habían sido que no sólo sentiría poco o nada el “envión” que la atmósfera de la tierra nos había dado cuando partimos de nuestro planeta, sino que la “separación” tangencial de la luna sería por lo menos veintiocho veces menor que la de la tierra. Había esperado descubrirme, cerniéndome sobre nuestro cráter y en el borde de la noche, pero todo aquello no era ya más que una parte del perfil del blanco disco que llenaba el firmamento. ¿Y Cavor?

Cavor era ya infinitesimal.

Bajo el inspirador contacto del periódico flotante, volví a adquirir, por un rato, el sentido práctico. Se me apareció con claridad completa el único recurso que me quedaba: volver a la tierra; y también comprendí que, por lo pronto, me alejaba de ella. Cualquiera que hubiese sido la suerte de Cavor, yo era impotente para ayudarle. Allá quedaba, vivo o muerto, detrás del manto de aquella noche sin luz, y allí quedaría hasta que yo pudiera llamar en su protección a nuestros semejantes. Este era en pocas palabras, el plan que llevaba en mi mente; volver a la tierra, y entonces, según lo determinara una reflexión más madura, o mostrar la esfera y explicar sus detalles a algunas personas discretas y proceder de acuerdo con ellas, o si no, conservar mi secreto, vender mi oro, comprar armas y provisiones, buscar un ayudante y regresar con esos elementos para habérnoslas en iguales condiciones con la floja gente de la luna, y una vez allí, salvar a Cavor o proveerme de una cantidad de oro, suficiente para fundar mis ulteriores planes sobre bases más firmes. Todo aquello era perfectamente claro y obvio, y por eso me consagré únicamente a meditar acerca de la manera más exacta de manejar la esfera para que volviese al mundo.

Por fin me dije que tenía que dejarme caer nuevamente hacia la luna, hasta acercármele lo más que me atreviera a hacerlo, en seguida cerrar mis ventanas, volar por junto a ella y cuando la hubiera pasado, abrir las ventanas, que quedaran al lado de la tierra, dirigiéndome así a mi planeta. Resuelto el punto, yo ignoraba si por aquel medio llegaría a la tierra o si no haría más que pasar por cerca de ella o flotar en su derredor, en una curva parabólica o de otra especie. Después tuve una inspiración feliz y, abriendo ciertas ventanas por el lado de la luna, que había aparecido en el cielo enfrente de la tierra, desvié el curso de la esfera hasta ponerla en dirección a la tierra. Hasta aquel momento había sido indudable para mí, que sin aquel expediente habría pasado y dejado atrás mi planeta natal. Mucho y de manera muy complicada pensé acerca de estos problemas, pues no soy matemático y ahora estoy persuadido de que lo que me permitió llegar a la tierra fue mi buena suerte, mucho más que el fruto de mis reflexiones.

Si entonces hubiera conocido, como conozco ahora, las probabilidades matemáticas que militaban en mi contra, dudo que me hubiera tomado siquiera la molestia de tocar las llaves de las celosías para hacer la menor tentativa. Una vez resuelto lo que consideraba necesario hacer, abrí todas las ventanas del lado de la luna y la esfera se lanzó hacia abajo: el esfuerzo me levantó en el aire y por un rato me quedé a algunos pies del suelo en la más grotesca postura. Esperé a que el disco creciera y creciera, atento a no pasar del punto en que debía apartarme de él para escapar en salvo: entonces cerraría las ventanas, pasaría al lado de la luna con la velocidad que había llevado al apartarme de ella - si no me aplastaba contra ella misma,- y así seguiría hasta la tierra.

Llegó el momento de hacerlo: cerré las ventanas, la vista de la luna desapareció, y yo, en un estado mental singularmente libre de ansiedad o cualquier otro sentimiento de angustia, me senté para empezar mi viaje dentro de aquel átomo de materia en el infinito espacio, viaje que duraría hasta el choque definitivo de la esfera con la tierra.

La estufa había calentado agradablemente el interior, el oxígeno había renovado el aire, y salvo la leve congestión cerebral que me acompañó constantemente mientras estuve fuera de la tierra, sentía un completo bienestar físico. Había apagado la luz para que no fuera a faltarme al fin, y me encontraba en una obscuridad apenas atenuada por el lustre de la tierra y el brillo de las estrellas desparramadas debajo. Todo estaba tan absolutamente silencioso y quieto que, en verdad, podría haberme creído el único ser del universo, y sin embargo, por más extraño que parezca, experimentaba más sensación de soledad o de miedo que si hubiera estado acostado en mi cama, en la tierra. Y esto parecerá más extraño aún, si se piensa en que, durante mis últimas horas en el cráter de la luna, la sensación de mi soledad había sido una verdadera agonía.

Increíble parecerá, pero el intervalo de tiempo que pasé en el espacio no tiene proporción alguna con ningún otro intervalo de tiempo transcurrido en mi vida. A ratos me parecía que iba sentado a través deinconmensurables eternidades, como algún dios sobre una hoja de loto, y a ratos, que aquello no era más que la momentánea pausa de un salto de la luna a la tierra. En realidad, fueron algunas semanas, midiendo el tiempo con la medida terrestre; pero durante todo aquel tiempo estuve exento de preocupaciones y de ansiedades, de hambre y de temor. Sentado, pensaba con extraña amplitud y libertad de espíritu, en todo lo que nos había sucedido, en mi vida entera, y en las secretas complicaciones de mi ser. Me parecía haber crecido, ser cada vez más grande, haber perdido toda noción de movimiento, hallarme flotando entre las estrellas, y siempre, en medio de todo aquello, el sentimiento de la pequeñez de la tierra y de la infinita pequeñez de mi vida en la tierra, agitábase implícito en mis pensamientos.

No puedo pretender explicar las cosas que me pasaban por la mente, pues es indudable que las debe atribuir, directa o indirectamente, a las curiosas condiciones físicas en que yo vivía en aquellos momentos.

Las expongo aquí tales como fueron, y sin comentario alguno. Su cualidad mas prominente fue una persistente duda acerca de mi identidad:

llegue a encontrarme, si puedo expresarme así, disgregado de Bedford; miraba a Bedford, de arriba a abajo, como a una cosa trivial, incidental, con la que me hallara casualmente en relación. Veía a Bedford en diferentes formas: como un asno o como cualquier otra pobre bestia, en vez de verle, como había acostumbrado considerarle hasta entonces, con orgullo, como una persona muy inteligente y en cierto modo superior. Le vi, no sólo como un asno, sino como el hijo de varias generaciones de asnos. Pasé en revista sus días de colegial, su adolescencia, y su primer encuentro con el amor - en mucha parte así como pudieran seguirse los movimientos de una hormiga en la arena ... Algo de ese período de lucidez,- cosa que lamento persiste aún en mí, y dudo de si llegare algún día a recuperar la plena satisfacción de mí mismo que me animaba en mis primeros años; pero entonces la cosa nada tenía de dolorosa, porque me asistía la extraordinaria persuasión de que, en el hecho, yo no era ya Bedford ni ninguna otra persona, sino una mente que flotaba en la tranquila serenidad del espacio.

¿Por qué habían de molestarme las pequeñeces intelectuales de Bedford?

Yo no era responsable de ellas, ni de él.

Durante un rato luché contra aquella ilusión realmente grotesca.

Procuré llamar en mi ayuda el recuerdo de vívidos momentos o de tiernas o intensas emociones, pues sentía que con sólo recordar una genuina fracción de sentimiento, aquella creciente separación cesaría; pero no pude. Vi a Bedford corriendo por Chancery Lane, con el sombrero en la nuca y los faldones volando, en roule para su examen público.

Le vi tropezando y rozándose con otros animalejos semejantes a él y aun saludando a algunos, en aquel hormigueo de gente. ¿Yo, ese?

Vi a Bedford aquella misma noche, en el salón de cierta dama, y su sombrero estaba en la mesa a su lado, y el sombrero necesitaba una buena cepillada, y él derramaba lágrimas. ¿Yo, ese? Le vi con la misma dama en varias actitudes y con diversas emociones: nunca había sentido una indiferencia tan grande en cuanto a aquello... Le vi llegar apresuradamente a Lympne para escribir un drama, y acercarse a Cavor y trabajar en la esfera, en mangas de camisa y caminar hasta Canterbury porque tenía miedo del viaje. ¿Yo? No podía creerlo.

Y hasta reflexionaba que todo aquello era una alucinación debida a mi soledad y al hecho de haber perdido todo peso y toda noción de resistencia. Procuré recuperar esa noción, golpeándome contra la esfera, pellizcándome las manos y apretándolas una con otra. Entre otras cosas que hice, encendí la luz, cacé el desgarrado ejemplar del Lloyd's y leí otra vez sus avisos convincentemente realistas acerca de la bicicleta, del señor prestamista y de la dama en apuros que vendía sus tenedores y cucharas. No había duda de que “ésos” existían realmente y entonces me dije: “Ese es tu mundo, tú eres Bedford, y ahora vas a vivir entre cosas como ésas todo el resto de tu vida”. Pero las dudas que persistían en mi interior podían argüir todavía: “No eres tú quien está leyendo: es Bedford; pero tú no eres Bedford, bien lo sabes. En eso precisamente está el equívoco.” - ¡Por vida!... - grité. - Si no soy Bedford ¿quién soy?

Pero de aquella dirección no me venía luz y las más extrañas fantasías afluían a mi cerebro, raras, remotas sospechas como sombras vistas desde muy lejos... ¿Saben ustedes que tengo idea de que realmente me encontraba algo fuera, no solamente del mundo, sino de todos los mundos y de que aquel pobre Bedford era sólo una claraboya por la que yo miraba la vida?...

¡Bedford! Por mucho que renegara de el estaba ligado con él de la manera más positiva, y sabía que, donde quiera que me hallara y cualquier cosa que yo fuera, tenía que sentir la vivacidad de sus de seos, participar de todas sus alegrías y penas hasta que su vida terminara.

Y cuando muriera Bedford ¿qué, ya?....

¡Basta de esa extraordinaria faz de mi aventura! Hablo de ella aquí, sólo para mostrar cómo mi aislamiento y mi apartamiento de ese planeta afectaron no solamente las funciones y sensaciones de todos los órganos del cuerpo, sino también la misma estructura mental, con extrañas é imprevistas perturbaciones. En la mayor parte de aquel extenso viaje por el espacio estuve pensando en cosas tan inmateriales como ésas, disgregado de todo y apático, especie de megalomano nebuloso, colgado entre las estrellas y planetas en el vacío, y no sólo el mundo al cual regresaba, sino las cavernas de luz azul de los selenitas, sus caras-yelmos, sus gigantescas y maravillosas máquinas, y la suerte de Cavor, disminuían miserablemente dentro de aquel mundo, me parecían infinitamente minúsculas y completamente triviales.

Así seguí hasta que por fin empecé a sentir la atracción de la tierra en mi ser, llamándome otra vez a la vida que es real para los hombres.

Y entonces, seguramente, fue apareciendo cada vez más claro para mí que yo era el mismo Bedford, en persona, que volvía de maravillosas aventuras a este mundo, y con una vida que muy probablemente iba a perder en el momento mismo de terminar su viaje de regreso...

Esto me hizo ponerme a meditar sobre la manera de caer en la tierra.