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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 18. EN LA LUZ DEL SOL
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A poco vimos que delante de nosotros la caverna, daba a un espacio nebuloso, y un momento después nos encontrarnos en una especie de galería pendiente que entraba en un vasto espacio circular, un enorme pozo cilíndrico y vertical. En torno de aquel pozo, la galería inclinada corría sin parapeto ni protección alguna, daba una vuelta y media, y luego se perdía, arriba, entre las rocas. Al ver aquello acudió a mi memoria el recuerdo de las vueltas espirales del ferrocarril que atraviesa el San Gotardo. Todo allí era tremendamente grande. No me hago la ilusión de dar a ustedes una idea de las titánicas proporciones de todo aquel lugar, de su colosal efecto. Nuestros ojos siguieron el vasto declive de la pared del pozo, y arriba, muy lejos, vimos una abertura redonda tachonada de estrellas apenas perceptibles, y la mitad del borde bañado por el brillo enceguecedor del sol. Al ver aquello, ambos lanzamos simultáneamente un grito.

- ¡Vamos! - dije, echando a andar delante.

- Pero ¿y aquí? - preguntó Cavor, y con mucho cuidado se acercó al borde de la galería.

Yo seguí su ejemplo, avancé el cuello, y miré hacia abajo, pero estaba deslumbrado por el fulgor de arriba, y no alcanzaba a ver más que la insondable obscuridad con manchas espectrales rojas y purpúreas, flotando en ella. Pero si no podía ver, podía oír. De aquella obscuridad salía un ruido, algo como el rumor colérico que se escucha aplicando el oído a una colmena, un ruido que se elevaba de aquel enorme hueco, quizá de cuatro millas bajo nuestros pies...

Durante un momento escuché; luego apreté mi palanca y avancé, y Cavor detrás de mí, por la galería.

- Esta debe ser la cavidad que vimos desde arriba - dijo Cavor:- la que cubría aquella tapa.

- Y allá abajo es donde vimos las luces.

- ¡Las luces! - dijo:- sí... las luces del mundo que ya no veremos nunca.

- Ya volveremos - contesté: después, de haber escapado de tantos peligros, tenía la plena seguridad de que recuperaríamos la esfera.

No alcance a oír lo que me replicó Cavor.

- ¿Eh? - dije.

- Nada – contestó; y continuamos nuestro camino en silencio.

Supongo que aquel camino inclinado lateral tenía cuatro o cinco millas de largo, contando con su curvatura, y que subía con una pendiente tal que en la tierra lo habría hecho casi impracticable, pero que en las condiciones lunares trepábamos fácilmente. Sólo vimos dos selenitas durante toda aquella parte de nuestra fuga, y apenas notaron nuestra presencia escaparon a toda prisa. Claro estaba que la noticia de nuestra fuerza y de nuestra violencia había llegado hasta ellos.

Nuestro camino hacia el exterior era inesperadamente llano. La galería espiral se estrechaba hasta convertirse en un empinado túnel ascendente, en cuyo suelo se veían abundantes huellas de reses, y tan recto y tan corto en proporción con su vasto arco, que no había en él parte alguna completamente obscura. Casi en seguida comenzó a iluminarse todo; y luego, allá lejos y muy en lo alto, con un brillo que casi nos ofuscaba, apareció su abertura exterior, una cuesta de alpina gradiente, coronada por una cresta de plantas-bayonetas, altas y ya rotas y muertas, alzando sus descarnadas siluetas hacia el sol.

Y era cosa extraña que para nosotros, para los hombres a quienes poco antes parecía tan horrible aquella vegetación, su vista fuera entonces como la de la tierra natal para el desterrado que vuelve a ella al cabo de muchos años. Recibimos con agrado hasta el enrarecimiento del aire, que nos hizo jadear al correr, y nos quitó la gran facilidad que habíamos tenido para hablar y entendernos, a la cual reemplazó una dificultad sólo superable con muchos esfuerzos. Cuanto más se ensanchaba el círculo de sol sobre nosotros, más se envolvía el túnel en un manto de insondables tinieblas. Al acercarnos a la vegetación, vimos las plantas-bayonetas, no ya con el menor tinte verde, sino renegridas, secas y duras, y la sombra de sus ramas superiores, que se perdían de vista en lo alto, formaba una densa maraña sobre las resecas rocas. Y en la inmediata boca del túnel había un ancho espacio hollado por el ir y venir de las reses.

Salimos por fin a aquel espacio, a una luz y un calor que nos hirieron, que ejercieron presión sobre nosotros. Atravesamos penosamente el área abierta, trepamos una cuesta por entre montones de ramas secas, y nos sentamos por último, extenuados, en un elevado sitio, bajo la sombra de una masa de resquebrajada lava. Aun en la sombra, la roca estaba caliente.

El aire era intensamente cálido, y sentíamos gran decaimiento físico; pero, así y todo, ya no estábamos en una pesadilla. Habíamos vuelto a nuestros dominios propios, al aire bajo las estrellas. Todo el miedo, el terror de nuestra fuga a través de los obscuros pasadizos y grietas de abajo, había desaparecido: él último combate nos había llenado de enorme confianza en nosotros mismos, en todo lo que concernía a nuestras relaciones con los selenitas. Volvimos la vista, casi con incredulidad, a la negra abertura de que acabábamos de salir. Allá abajo, en un azul resplandor que ya en nuestros recuerdos parecía próximo a la absoluta obscuridad, nos habíamos encontrado con unas cosas que parecían insensatas caricaturas de hombres, unos animalejos con yelmos, y habíamos andado temerosos ante ellos, y nos habíamos sometido a ellos hasta que por fin no pudimos someternos más. ¡Y los que no quedaban aplastados como cera, habían huido y se habían desvanecido como las creaciones de un sueño!

Me restregué los ojos, como si creyera haber soñado todo aquello por efecto de los hongos que habíamos comido: y al hacerlo noté repentinamente que tenía ensangrentada la cara y que la camisa pegada a la piel en el hombro y en el brazo, me hacía doler las heridas cuando mis movimientos la despegaban algo.

- ¡Malditos bichos! - dije, palpando mis heridas con mano investigadora; de improviso la distante boca del túnel se convirtió para mí en un inmenso ojo que nos espiaba.

- ¡Cavor! – dije - ¿Qué van a hacer ahora? Y nosotros, ¿qué vamos a hacer?

Cavor meneó la cabeza, con los ojos fijos en el túnel.

- ¿Cómo podemos saber lo que harán?- dijo.

- Eso depende - repliqué,- de lo que piensen de nosotros, y no sé cómo podemos adivinarlo. Depende también de lo que tengan en reserva.

Lo que usted ha dicho, Cavor, es cierto: hasta ahora no hemos tocado más que la simple corteza de este mundo. Pueden tener dentro toda clase de cosas. Y sólo con esos lanzaflechas nos podrían hacer bastante daño, si... Con todo, al fin y al cabo, aun en el caso de que no encontremos la esfera, tenemos probabilidades de vencer. Podemos, sostenernos, y si nos alcanza la noche, volveremos dentro y pelearemos.

Miré en mi derredor con escudriñadores ojos. El carácter del escenario había variado completamente, por razón del enorme crecimiento y del subsecuente secamiento de la vegetación. La cresta en que nos habíamos sentado era alta y dominaba una ancha perspectiva del cráter: nuestros ojos veían por todas partes la aridez y sequedad del avanzado otoño de la tarde lunar. Una tras otra se alzaban largas cuestas y mesetas de color moreno, cubiertas de huellas en desorden, dejadas por las reses que habían pastado allí: y muy lejos, en el pleno ardor del sol, un rebaño yacía desparramado, las reses permanecían tendidas perezosamente, cada una con una mancha de sombra a su lado, como carneros en la falda de un monte. Pero no se veía ni señales de selenitas. Si habían huido al surgir nosotros de los pasadizos interiores, o si acostumbraban retirarse después de llevar al pasto a sus animales, es cosa que no puedo adivinar. En aquel momento creí que fuera lo primero.

- Si pusiéramos fuego a todas estas hierbas secas - dije,- podríamos encontrar la esfera entre las cenizas.

Cavor pareció no oír. Con las manos sobre los ojos a guisa de pantalla, observaba las estrellas que no obstante la intensa luz del sol, eran todavía numerosas y visibles en el firmamento.

- ¿Cuánto tiempo cree usted que hemos estado aquí? - me preguntó por último.

- ¿Estado dónde?

- En la luna.

- Dos días, quizás.

- Cerca de diez. ¿Sabe usted? El sol ha pasado su cenit, y cae hacia el Oeste. Dentro de cuatro días o menos, será noche.

- Pero... ¡si solo hemos comido una vez!

- Lo sé;... pero, ¿y lo que dicen las estrellas?

- Pero ¿por qué ha de parecer diferente el tiempo ahora que estamos en un planeta más pequeño?

- No sé; ¡pero es así!

- ¿Cómo puede uno calcular el tiempo?

- El hambre... el cansancio... todo es diferente aquí. Todo es diferente.

Me parecía que desde que salimos de la esfera no hubieran pasado más que unas horas... largas hora... a lo sumo.

- Diez días - dije yo:- eso nos hace... - Miré hacia arriba al sol, un momento, y entonces vi que estaba en medio camino del cenit, al límite occidental del horizonte.- ¡Cuatro días!... Cavor: es necesario que no nos quedemos aquí sentados soñando. ¿Cómo cree usted que podemos empezar?

Me levanté.

- Debemos - continué,- señalar un punto fijo que podamos reconocer después: podríamos izar una bandera, o un pañuelo, o algo, y después dividir el terreno en porciones para reconocerlas una tras otra.

Cavor se levantó y se colocó a mi lado.

- Sí - dijo:- no nos queda otro recurso que buscar la esfera: nada más. Podemos encontrarla sin duda... Y si no...

- Seguiremos buscándola.

Cavor miró a un lado y otro, elevó los ojos al cielo y los bajó al túnel, y me sorprendió con un brusco ademán de impaciencia:

- ¡Oh! - dijo.- ¡Cuán locamente hemos obrado! ¡Habernos puesto en esta situación! ¡Piense usted en lo que podríamos haber hecho, en las cosas que todavía podríamos hacer!

- Todavía podemos hacer algo.

- Nunca lo que podríamos haber hecho. Aquí, bajo nuestros pies, hay un mundo. ¡Piense usted en lo que ese mundo debe ser! ¡Piense usted en aquella máquina, en la inmensa tapa y en el líquido luminoso!

Y ésas eran, apenas, cosas remotas, situadas a gran distancia del centro; y los seres que hemos visto y con quienes hemos combatido, no son sino ignorantes campesinos, habitantes de la corteza lunar, pastores y peones medio semejantes a los brutos. Pero ¡más abajo!... Cavernas bajo cavernas, túneles, construcciones, caminos... Este mundo debe abrirse más, cuanto mas se avanza hacia el centro y ser más vasto y populoso cuanto más se descienda. Eso es seguro; por lo menos hasta llegar al mar central que baña el corazón mismo de la luna.

¡Imagínese usted sus negras aguas, bajo las luces tenues! Eso, por supuesto, en el caso de que los ojos de los selenitas necesiten luz. Figúrese usted las cascadas tributarias que se precipitan hacia el centro para alimentar ese mar; piense usted en las mareas, en su superficie y en sus oleajes y crecientes. Quizá naveguen buques en él; quizá allí adentro haya grandes ciudades y caminos, y sabiduría y orden que superen a todo cuanto nos enorgullece a los hombres. Y podemos morir aquí encima, y no ver jamás a los amos que... indudablemente...

gobiernan todas esas cosas. Podemos helarnos y morir aquí, y el aire se helará y nos cubrirá, y después!... ¡Después tropezarán con nuestros cuerpos silenciosos y yertos, hallarán la esfera que nosotros no podemos encontrar, y comprenderán por último, demasiado tarde, todo el pensamiento y el esfuerzo que habrán tenido aquí, con nuestra muerte, un fin tan estéril!

Durante todo el discurso, su voz sonaba como la de alguien que hablara por teléfono, débil y lejana.

- Pero ¿y la obscuridad ?- dije.

- Podríamos vencer esa dificultad.

- ¿Cómo?

- No sé. ¿Cómo he de saberlo? ¡Podríamos llevar una antorcha, una lámpara! ... Y ellos... podrían comprender.

Permaneció en silencio un momento, con las manos pendientes y una expresión de ira en la cara, contemplando el desierto que parecía desafiarnos. Después, con un ademán de renuncia, se volvió a mí, y empezó a formular sus proposiciones para que procediéramos sistemáticamente a buscar la esfera.

- Podemos volver después - le dije.

Su mirada recorrió de nuevo el espacio.

- Lo primero que tenemos que hacer es volver a la tierra - contestó.

- Podríamos traer lámparas portátiles, y aparatos para descender, y cien otras cosas necesarias.

- Sí - me contestó.

- Con el oro que llevemos llevaremos también la seguridad de una segunda expedición fructuosa.

Cavor contempló mis dos palancas de oro, y nada dijo durante un rato. Parado, con las manos atrás, miraba toda la extensión del cráter.

Por fin, exhaló un suspiro y habló:

- Yo encontré la manera de venir aquí, pero encontrar un camino no siempre es dominarlo. Si vuelvo a la tierra ¿qué sucederá? No veo cómo podría conservar mi secreto siquiera un año .. ni una parte de un año. Temprano o tarde se hará pública la cosa, aun cuando no sea más que por que otros hombres la descubran también; y entonces... Gobiernos y pueblos lucharán por venir aquí; pelearán uno contra otro, y contra esta gente de la luna, y mi descubrimiento sólo habrá servido para aumentar los odios y multiplicar las oportunidades de guerra.

Dentro de poco tiempo, dentro de muy poco tiempo, si revelo mi secreto, este planeta se verá, hasta sus más profundas galerías, lleno de cadáveres humanos. Cualquier otra cosa podría dudarse; pero esa es indiscutible... Nada indica que la luna llegue a ser útil al hombre. ¿De que puede servir la luna los hombres? ¿Qué han hecho éstos, aun de su propio planeta, sino un campo de batalla y un teatro de infinitas locuras? Con ser tan pequeño su mundo y tan corto su tiempo, el hombre tiene allá abajo, en su reducida vida, más que hacer que lo que puede realizar. ¡No! La ciencia ha trabajado demasiado en la fabricación de armas para ponerlas en manos de los locos. Ya es tiempo de que se detenga en esa obra, y yo, por mi parte, desearía que los hombres no descubrieran mi secreto hasta dentro de mil años.

- Hay muchos medios de guardar un secreto - dije.

El me miró y se sonrió.

- Al fin y al cabo - agregó:- ¿para qué atormentarnos? Pocas son las probabilidades que tenemos de encontrar la esfera, y aquí adentro las cosas fermentan. Lo que nos hace pensar en el regreso a la tierra no es más que la costumbre humana de esperar hasta que llega la muerte. Apenas si estamos, todavía, en el principio de nuestras contrariedades.

Hemos enseñado a los selenitas la violencia de que somos capaces, les hemos hecho saborear nuestras cualidades, y las perspectivas que tenemos ahora ante nosotros son las de un tigre que se ha escapado en una ciudad, y anda suelto después de haber dado muerte a un hombre. La noticia de nuestros actos debe ir ahora corriendo hacia abajo, de galería en galería, hasta las partes centrales del planeta...

Ningún ser inteligente nos dejará tomar la esfera y marcharnos, después de lo que se nos ha visto hacer.

- Pero, con quedarnos aquí sentados no mejoraremos nuestras perspectivas - dije.

Me puse nuevamente en pie, y él también, a mi lado.

- Lo que tenemos que hacer - dijo Cavor,- es separarnos. Ataremos un pañuelo en estas matas altas, asegurándolo bien, y tomándolo como centro, recorreremos el cráter. Usted irá por el Oeste, describiendo semicírculos a derecha o izquierda, siempre en la dirección del poniente. Primero avanzará usted con la sombra de su cuerpo a la derecha, hasta que la vea usted en ángulo recto con la dirección del pa ñuelo y después con su sombra a la izquierda. Yo haré lo mismo hacia el oriente. Escudriñaremos todas las grietas, todos los recodos de las rocas; haremos todo cuanto sea posible por encontrar mi esfera. Si vemos selenitas, nos esconderemos lo mejor que podamos. Si tenemos sed la apagaremos con nieve, y si tenemos necesidad de comer, mataremos una res, si podemos, y comeremos su carne... cruda, y así continuaremos uno y otro nuestro camino.

- ¿Y si uno ú otro encuentra la esfera?

- El que la encuentre volverá aquí, adonde esté el pañuelo blanco, hará señales al otro y lo esperará.

- Y si ninguno...

Cavor alzó la mirada hacia el sol.

- Seguiremos buscando hasta que la noche y el frío nos anonaden.

- ¡Supongamos que los selenitas han encontrado la esfera y la han escondido!

Cavor se encogió de hombros.

- ¿O si de repente nos hallamos en presencia de nuestros perseguidores?

A esto no me contestó tampoco.

- Debería usted llevar consigo una de nuestras palancas - le dije.

Meneó la cabeza y apartando de mí la vista contempló el vasto desierto.

- Partamos.- dijo.

Pero pasó un momento, y Cavor no se movió: me miraba tímidamente, titubeaba.

- Au revoir - me dijo por fin.

Sentí una viva punzada en el corazón. Conmovido, iba ya a pedirle un apretón de manos - eso era lo único que se me ocurría en aquel instante,- cuando juntó los pies y se separó de mí dando un salto en dirección al Norte. Pareció volar blandamente como una hoja seca desprendida del árbol, cayó con suavidad, y volvió a saltar. Yo me quedé parado un momento, mirándole; luego volví la cara al Oeste, de mala gana, me recogí, y con una sensación parecida a la de un hombre que salta adentro de un estanque de agua helada, elegí un punto adonde brincar, y una vez que lo elegí, me lancé a explorar mi solitaria mitad del mundo lunar. Caí algo torpemente entre las rocas, me puse de pie, miré en torno mío, trepé hasta un picacho, y de allí salte nuevamente.

Cuando, en seguida, busqué a Cavor con la mirada, ya había desaparecido de mi vista, pero el pañuelo flotaba valientemente sobre el montículo blanco, en el ardiente sol. E inmediatamente resolví no perder de vista el pañuelo, sucediera lo que sucediera.