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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 14. EXPERIMENTOS DE COMUNICACIÓN
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Cuando por fin hubimos concluido de comer, los selenitas volvieron a encadenarnos las manos juntas, y después desataron las cadenas que nos sujetaban los pies y las ajustaron de nuevo, en forma que nos diera mayor libertad de movimiento. En seguida soltaron las cadenas que nos retenían por el cuerpo. Para hacer todo esto, tenían que manosearnos constantemente, y de rato en rato una de las grotescas cabezas se acercaba a mi cara casi hasta tocarla, o un suave tentáculo me rozaba la cabeza o el cuello. No recuerdo que su proximidad me asustara ni me repugnara. Creo que nuestro incurable antropormorfismo nos hizo imaginamos que dentro de aquellas máscaras crustáceas había cabezas humanas. Su piel, como todo lo demás, parecía azulada, pero era por la luz; era dura y lustrosa, como la del escarabajo, no suave o húmeda o peluda como sería la de un animal vertebrado.

A lo largo de la cima de la cabeza veíaseles una baja cordillera de blanquizcas espinas que corrían de atrás a delante, y a cada lado otra hilera de espinas, mucho más grande, encorvada sobre los ojos. El selenita que me desató usaba la boca para ayudar a las manos.

- Parece que nos sueltan - dijo Cavor - ¡Acuérdese usted de que estamos en la luna! ¡No haga usted movimientos bruscos!

- ¿Va usted a ensayar la geometría?

-Si tengo una oportunidad; pero, por supuesto, ellos pueden hacer primero alguna indicación.

Nos quedamos quietos. Los selenitas, una vez que hubieron terminado sus arreglos, se alinearon, apartados de nosotros, y parecían mirarnos. Digo que “parecían” mirarnos, porque como tenían los ojos a los lados y no enfrente, uno tenía, para determinar la dirección en que miraban, la misma dificultad que hay para saber hacia dónde miran un pez o una gallina. Conversaban con aflautados tonos, que a mi me parecía imposible imitar o definir. La puerta situada detrás de nosotros se abrió de par en par, y mirando por sobre el hombro vi, más allá, un ancho espacio, alumbrado por una luz vaga, en el que aparecía, de pie, una multitud de selenitas.

- ¿Quieren que imitemos esos sonidos? - pregunté a Cavor.

- No lo creo - contestó.

- Me parece que tratan de hacernos comprender algo.

- Yo nada puedo deducir de sus ademanes. ¿Se ha fijado usted en ese que agita la cabeza como un hombre que está molesto por un cuello ajustado?

- Agitemos nosotros también la cabeza.

Lo hicimos; pero como no produjera efecto, intentamos una imitación de los movimientos de los selenitas. Eso pareció interesarles pues todos se pusieron a hacer el mismo movimiento. Pero tampoco aquello parecía conducir a nada, por lo cual desistimos al fin, lo mismo que ellos, para dedicarse a una aflautada argumentación. Después, uno algo más bajo, y grueso que los demás, con una boca particularmente ancha, se sentó de improviso al lado de Cavor, puso las manos y los pies en la misma posición en que estaban atados los de aquél, y en seguida, con un movimiento ágil, se levantó.

- ¡Cavor! – grité - ¡Quieren que nos pongamos de pie!

Cavor los miró, boquiabierto.

- ¡Así es!- dijo.

Y jadeando, y gruñendo mucho, porque nuestras manos, atadas juntas, no nos ayudaban, conseguimos levantarnos. Los selenitas se apartaron más, ante nuestro jadeo de elefantes, y parecían charlar con mayor volubilidad. Tan pronto como estuvimos en pie, el selenita gordo se nos acercó, nos acarició a ambos la cara con sus tentáculos, y echó a andar en dirección a la puerta abierta. Aquello era también suficientemente claro, y lo seguimos. Entonces vimos que cuatro de los selenitas parados en la puerta eran más altos que los otros, e iban vestidos de la misma manera que los que habíamos visto en el cráter, es decir, con yelmos redondos y puntiagudos y el cuerpo cubierto con unos forros o cajas cilíndricas; cada uno de los cuatro tenía una especie de lanza, con la punta y la contera del mismo metal obscuro de que estaban hechas las tazas. Los cuatro se nos acercaron poniéndose uno a cada lado de nosotros dos, cuando pasamos de nuestra habitación a la caverna de la que entraba la luz.

No nos preocupamos en seguida de examinar la caverna. Nuestra atención estaba embargada por los movimientos y actitudes de los selenitas que teníamos más cerca, y por la necesidad de contener nuestros movimientos, para no alarmarlos y alarmarnos nosotros mismos con algún paso excesivo. Delante de nosotros iba el individuo bajo, grueso, que había resuelto el problema de indicarnos que nos levantáramos: hacía ademanes que nos parecían, casi todos, inteligibles, y que eran invitaciones a seguirle. Su cara impasible se volvía de Cavor a mí y de mí a Cavor con una rapidez que, visiblemente, denotaba interrogación. Por un rato, he dicho, aquello ocupó completamente nuestra atención.

Pero por fin el extenso lugar, teatro de nuestros movimientos, se impuso a nuestro examen. Allí estaba la prueba de que la fuente de una gran parte, por lo menos, del tumulto de ruidos que había llenado constantemente nuestros oídos desde el momento en que volvimos del sueño producido por los hongos, era una vasta maquinaria en movimiento, cuyas partes volantes y rodantes aparecían confusamente por entre los cuerpos de los selenitas que nos rodeaban. Y el conjunto de ruidos que poblaba el espacio no era lo único que salía de aquel mecanismo, sino también la peculiar luz azul que irradiaba en todo el lugar.

Habíamos considerado natural que una caverna subterránea estuviera alumbrada artificialmente, y aun entonces, a pesar de estar patente ante mis ojos el hecho, no me hice cargo de su importancia hasta que, poco después, nos volvimos a hallar en la obscuridad.

No puedo explicar el significado y estructura de aquel enorme aparato, porque ni Cavor ni yo llegamos a saber para qué ni cómo trabajaba. Una después de otra, grandes lanzas de metal surgían veloces de su centro, hacia arriba, y sus cabezas recorrían un radio para mí parabólico; cada una dejaba caer una especie de brazo pendiente al alzarse hacia la cima de su carrera, y se hundía abajo en un cilindro vertical empujándolo hacia adelante. Y cuando se hundía cada uno de aquellos brazos, sonaba un golpe y luego un estruendo, y por arriba del cilindro vertical se desbordaba la substancia incandescente, que iluminaba el recinto corría como corre la leche de la vasija en que hierve, y caía luminosa en un depósito de luz situado abajo. Era una fría luz azul, una especie de resplandor fosforescente, pero infinitamente más claro, y de los depósitos en que caía, corría por conductos a través de la caverna.

¡Tud! ¡tud! ¡tud! sonaban los avasalladores brazos de aquel ininte-ligible aparato, y la clara substancia chillaba y se desbordaba.

Al principio, la máquina me pareció de un tamaño racional, y cercana a nosotros; pero luego vi cuán pequeños parecían los selenitas a su lado, y me di cuenta de toda la inmensidad de la caverna y de la máquina.

Volví la vista del tremendo mecanismo a los selenitas, con expresión de respeto; me detuve, y Cavor se paró también, y contempló la tonante máquina.

- ¡Pero esto es estupendo! - dije,- ¿para que podrá ser?

La cara de Cavor, iluminada de azul, estaba llena de inteligente respeto.

- ¡No puedo estar soñando! – exclamó mi compañero.- Estos seres, seguramente... ¡Los hombres no podrían hacer una cosa como esta! Mire usted esos brazos ¿son varas de conexión?

El selenita gordo había avanzado algunos pasos, sin que le siguiéramos.

Volvió, y se paró entre nosotros y la gran máquina. Yo hice como que no le veía, pues comprendí que su idea era obligarnos a seguir adelante; pero él dio otra vez algunos pasos en la dirección en que deseaba lo siguiéramos, volvió, y nos sobó las caras para atraer nuestra atención.

Cavor y yo nos miramos.

- ¿No podríamos hacerle ver que la maquina nos interesa?- dije.

- Si – contestó Cavor- Vamos a procurarlo.

Se volvió hacia nuestro guía, sonrió, señaló la máquina, y la señaló otra vez, y luego su cabeza, y después nuevamente la máquina.

Por un defecto de raciocinio, pareció imaginarse que algunas palabras de inglés adulterado podrían servir de ayuda a sus ademanes.

- Yo mirar mucho – dijo; - yo pensar mucho en ella. Sí.

El comportamiento de mi amigo pareció por un momento contener el deseo de los selenitas, de continuar la marcha. Se miraron uno a otro, sus originales cabezas se movieron, sus aflautadas voces sonaron con mayor precipitación y más agudas. Después, uno de ellos, un animalón alto y flaco, con una especie de manteleta agregada al traje con que los demás estaban vestidos, alargó la trompa que tenía por brazo, tomó a Cavor por la cintura, y lo tiró suavemente para que siguiera a nuestro guía, que echó a andar de nuevo.

Cavor se resistió.

- ¡Podríamos empezar desde ahora, a explicarnos!- dijo.- Tal vez piensan que somos animales, ¡una nueva clase de reses, quizás! Es de capital importancia que mostremos inteligente interés hacia las cosas, desde un principio.

Y empezó a sacudir la cabeza violentamente.

- No, no - dijo:- Yo no ir hasta dentro un minuto. Yo mirar.

- ¿No existe algún punto geométrico que pudiera usted sacar a luz a propósito de la máquina? - le sugerí, mientras los selenitas entraban otra vez en conferencia.

-Puede ser que una parábola... - dijo.

¡Dio un aullido, y un salto de seis pies o tal vez más!

¡Uno de los cuatro que estaban armados se le acercó, y le dio un puntazo con aquella especie de lanza!

Yo me volví hacia el lancero que estaba detrás de mí, con un ademán veloz y amenazador: el selenita retrocedió. Mi movimiento, el aullido y el salto de Cavor los habían asombrado a todos: era evidente.

Todos retrocedieron precipitadamente, mirándonos con sus estúpidos, invariables ojos. Durante uno de esos momentos que parecen una eternidad, Cavor y yo nos quedamos parados, en actitud de colérica protesta, y frente a nosotros un semicírculo formado por aquellos extraños seres.

- ¡Me pinchó! - dijo Cavor, con acento algo amedrentado.

- Ya lo vi - contesté.

Y luego, a los selenitas:

- ¡Vayan ustedes al diablo! - les grité.- Nosotros no soportaremos estas cosas. ¿Por quién nos toman ustedes?

Miré rápidamente a derecha e izquierda. Allá lejos, a través del azul espacio desierto de la caverna, vi que corrían hacia nosotros muchos otros selenitas. La caverna se ensanchaba y se volvía más baja, y por todas partes se iba sumiendo en la obscuridad. Recuerdo que el techo parecía descender como vencido por el peso de las rocas que nos aprisionaban. No había por donde escapar... Arriba, abajo, en todas direcciones, estaba lo desconocido, y frente a frente de nosotros aquellos seres inhumanos, con sus lanzas y sus incomprensibles ademanes, y nosotros éramos sólo dos, sin amparo ni ayuda!