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Los Primeros hombres en la luna.  Herbert George Wells
Capítulo 12. LA CARA DEL SELENITA
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Yo me desperté acurrucado en una tumultuosa obscuridad. Durante largo rato no pude comprender dónde estaba ni cómo había llegado a una posición tan embarazosa. Pensé en el armario en que me encerraban a veces, en mi niñez, y luego en un dormitorio muy obscuro y ruidoso en que había estado enfermo un tiempo. Pero los ruidos que me rodeaban no eran semejantes a ninguno de los ya conocidos, y en el aire había un leve olor, parecido al de una caballeriza. Después imaginé que todavía estábamos haciendo la esfera, y que por alguna causa, yo había entrado en la cueva de Cavor; pero me acordé de que habíamos terminado la esfera, y entonces me dije que todavía viajábamos por el espacio.

- Cavor - exclamé:- ¿no podríamos conseguir un poco de, luz?

No obtuve respuesta.

- ¡Cavor!- insistí.

Esta vez me contestó un gemido.

- ¡Mi cabeza !- le oí decir:- ¡Mi cabeza!

Yo intente apretarme con las manos la frente, que me dolía, y descubrí que estaban atadas juntas. Esto me causó viva impresión. Me llevó las manos a la boca, y sentí la fría suavidad del metal: estaban encadenadas. Quise separar las piernas, y me encontré con que estaban sujetas de la misma manera, y también que otra cadena, mucho más gruesa, atada a la cintura me sujetaba al suelo.

El espanto que sentí entonces superó a todos mis terrores de antes.

Durante un rato, forcejeé silenciosamente con mis cadenas.

- ¡Cavor!- grité en tono agudo;- ¿ por qué estoy atado? ¿por qué me ha atado usted de pies y manos?

- Yo no lo he atado a usted - me contestó - Han sido los selenitas.

¡Los selenitas! Mi pensamiento estuvo fijo en aquello, largo rato.

Luego, empezaron a agolparse los recuerdos a mi cerebro: el desierto nevado, la licuación del aire, el brote de las plantas, nuestros extraños saltos, nuestra excursión a gatas por entre las rocas y la vegetación del cráter: todo el desconsuelo de nuestra desesperada correría tras la inhallable esfera me volvió a la memoria... y, por último, la gran tapa del abismo que se abría!

Después me esforcé por seguir nuestros últimos actos hasta el trance en que nos hallábamos; pero aquella tensión hizo que mi dolor de cabeza llegara a ser intolerable. Mis recuerdos tropezaban con una infranqueable barrera, con un obstinado vacío.

- ¡Cavor!

- ¿Qué?

- ¿Dónde estamos?

-¿Cómo puedo saberlo?

- ¿Estamos muertos?

- ¡Qué desatino!

- ¡Nos tienen presos, entonces!

Su única respuesta fue un gruñido. Los últimos restos de la embriaguez parecían ponerle singularmente irritable.

- ¿Qué piensa usted hacer?

- ¿Cómo he de saber lo que haré?

- ¡Oh, muy bien! - dije, y guardé silencio; pero poco después, salí nuevamente de mi estupor.

- ¡Oh, Dios ! - grité :- ¡ojalá no hubiera usted soplado!

Nos sumimos otra vez en el silencio, escuchando la sorda confusión de ruidos que nos llenaban los oídos, como los amortiguados ecos de una calle o de una fábrica. Yo no podía explicarme aquello: mi pensamiento perseguía primero un ritmo y luego otro, e interrogaba en vano. Pero después de largo rato noté un elemento nuevo y más incisivo, que no se mezclaba con los demás sino que se mantenía aparte, o por decirle así, se destacaba de aquel nebuloso fondo de sonidos. Era una serie de ruidos relativamente poco definidos, golpes y roces como los que hace un moscardón contra un vidrio o un pájaro en su jaula.

Escuchábamos y tratábamos de ver, pero la obscuridad se extendía ante nuestros ojos como una cortina de terciopelo negro.

De repente, oímos otro ruido, algo como los sutiles movimientos de los resortes de una cerradura bien enaceitada, y en seguida surgió delante de mí, colgando desde lo alto en la inmensidad negra, una delgada línea clara.

- ¡Mire usted! murmuró Cavor, muy quedo.

- ¿Qué es?

- ¡No sé!

Miramos fijamente.

La delgada raya de claridad se convirtió en una faja, y cuanto más se ensanchaba más pálida era, hasta parecer una luz azulada que cayese sobre una blanqueada pared. Cesó de ser igual por sus dos lados:

en uno de ellos se formó una honda endentadura. Volví la cara hacia Cavor, para hacerle observar aquello, y me sorprendí al ver una de sus orejas brillantemente iluminada... y todo el resto de su persona en la sombra. Volví aún más la cabeza, tanto como me lo permitían mis cadenas, y:

- ¡Cavor!- exclamé:- ¡Allí detrás está!

Su oreja desapareció... ¡y en su lugar apareció un ojo!

De improviso, la rendija que dejaba penetrar la luz se ensanchó, y vimos que era una puerta que se abría: atrás un fondo color de zafiro, y en el umbral, destacándose sobre aquel resplandor, una grotesca silueta.

Ambos hicimos esfuerzos para darnos vuelta, y, cuando vimos que eran inútiles, nos quedamos sentados, mirando aquello por encima del hombro. Según mi primera impresión lo que teníamos a la vista era un enorme cuadrúpedo con la cabeza baja. Después distinguí el cuerpo de un selenita, flaco, enjuto, con las piernas cortas y extremadamente secas, fajadas de arriba abajo, y la cabeza metida entre los hombros. No tenía el yelmo ni el forro exterior del cuerpo, que habíamos visto a los de afuera.

Tal como estaba allí, era un bulto negro de la cabeza a los pies; pero, instintivamente, nuestras imaginaciones proveyeron de facciones a su muy humana silueta. Yo, por lo menos, me lo describí algo jorobado, de frente espaciosa y facciones largas.

Dio tres pasos adelante y luego se detuvo un rato. Parecía no producir con sus movimientos el menor ruido. Después continuó avanzando: andaba como un pájaro: sus pies caían el uno delante del otro. Salió del rayo de luz que entraba por la puerta, y pareció desvanecerse completamente en la sombra.

Durante un momento, mis ojos lo buscaron donde no estaba, hasta que por fin lo distinguí, con la cara hacia nosotros, en plena luz.

¡Pero lo que no estaban eran las facciones humanas que yo le había atribuido! La parte delantera de su cara era una hendidura, una grieta.

Por supuesto que debí esperarlo; pero el hecho es que no lo esperaba.

La verdad me sobrecogió, y por un momento me abrumó. Aquello parecía no ser una cara, sino una marca, un horror, una deformidad que de un momento a otro quedaría borrada o explicada.

Era más bien una celada con la visera baja... Pero no me es posible explicar semejante cosa. ¿Han visto ustedes la cara de un insecto, enormemente aumentada por el microscopio? No había allí nariz ni expresión, todo era terso y duro, o invariable, con ojos abofellados, puestos a un lado y otro: yo al ver la silueta había creído que eran las orejas... He tratado de dibujar una de esas caras, pero no me ha sido posible conseguirlo. Lo único que puedo establecer es su horrible falta de expresión o, mejor dicho, su horrible falta de cambio de expresión.

Cada cabeza y cada cara que uno encuentra en la tierra, varia de expresión a menudo, pero aquella parecía apuntada fijamente por una máquina.

Allí estaba eso mirándonos fijamente.

Pero cuando digo que había en su cara una falta de cambio de expresión, no quiero decir que no hubiese en ella una especie de expresión fija, así como hay siempre una expresión fija en una espuerta de carbón, o en un tejadillo de chimenea, o en uno de esos tubos de ventilación que se alzan en las cubiertas de los vapores. Había una boca encorvada hacia abajo, como una boca humana en una cara que mira ferozmente.

El cuello en que estaba colocada la cabeza tenía tres coyunturas, casi como las de las patas del cangrejo. Las articulaciones de las piernas no estaban a la vista, porque las ocultaba la especie de vendaje ajustado a los miembros, y que era el único vestido que aquel ser llevaba.

En ese momento lo único que embargaba mi mente era la insensata imposibilidad de que semejante ser existiese. Supongo que él también estaba maravillado, y con más razón, quizás, que nosotros para asombrarse; pero había una diferencia, y era que el maldito individuo no lo demostraba. Nosotros sabíamos, por lo menos, lo que había producido aquel encuentro de incompatibles seres; pero imagínense ustedes lo que habría sido, para unos decentes londinenses, por ejemplo, el hallar un día un par de cosas vivientes, tan grandes como los hombres y absolutamente distintos de cualquier otro animal terrestre, yendo y viniendo por entre los carneros de Hyde Park!

Para él, la sorpresa debe haber sido igual.

¡Háganse ustedes una idea de cómo estábamos nosotros! Atados de pies y manos, extenuados y sucios, con la barba de dos pulgadas de largo y la cara llena de rasguños y ensangrentada. A Cavor deben ustedes imaginárselo con su calzón corto (desgarrado en varias partes por las espigas-bayonetas), su camisa Jaeger y su vieja gorra de cricket, con los tiesos cabellos en desorden, y un mechón apuntando a cada uno de los puntos cardinales. En aquella luz azul su cara no aparecía roja sino muy morena; sus labios y la sangre ya seca que le manchaba las manos parecían negros. Yo estaba, si posible era, en peor condición que él, a causa de los hongos amarillos entre los cuales había saltado. Nuestros sacos hallábanse desabotonados, y nuestros zapatos, que a ambos habían sido quitados, yacían a nuestros pies. Y los dos estábamos sentados con las espaldas vueltas hacia la curiosa luz azulada, mirando a un monstruo tal que solo Durero podría haberlo inventado.

Cavor rompió el silencio, empezó hablar, emitió unos sonidos roncos, y se limpió el pecho. Afuera comenzó un terrible bramar, como si alguna res lunar estuviera furiosa. El bramido terminó en un alarido, y todo volvió al silencio.

Entonces el selenita se dio vuelta, avanzó por entre la sombra, se quedó parado un momento en el umbral con la cara hacia nuestro lado, luego cerró la puerta, y otra vez nos hallamos en el rumoroso misterio de la obscuridad en que nos habíamos despertado.