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Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 6. El cachorro gris
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Resultaba diferente se sus hermanos y hermanas. El pelo de estos acusaba ya aquel matiz rojizo heredado de su madre la loba, mientras que él era el único que se parecía a su padre.

Era el cachorrillo gris de la manada. Representaba el lobo de pura cepa: en realidad, la imagen misma del Tuerto, en lo físico, con la única excepción de que él tenía dos ojos y su padre sólo uno.

No hacía mucho que los del cachorro gris se habían abierto a la luz, cuando ya veían con toda claridad. Y mientras estaban aún cerrados, tanteaba, paladeaba y olía. A sus dos hermanos y a sus otras tantas hermanas los conocía perfectamente. Había empezado a retozar con ellos débil y torpemente, y hasta puede decirse que a reñir, pues en su tierna garganta vibraba a veces un singular ruido como de carraspera -precursor del gruñido futuro- cuando estaba encolerizado. Y mucho antes de abrir los ojos conocía ya por el tacto, por el gusto y por el olfato a su madre. Ella tenía una lengua suave, acariciadora, que era como un calmante cuando se la pasaba por el delicado cuerpecillo, y le impulsaba a él a acurrucarse bien apretado contra el otro cuerpo, dormitando o durmiéndose del todo.

La mayor parte del primer mes de su vida la había pasado así, durmiendo; pero ahora, que veía bien, se quedaba despierto mucho más rato e iba aprendiendo a conocer su mundo mucho mejor. El mundo era lóbrego; pero él no lo había descubierto puesto que no sabía que existiera otro mejor. No gozaba más que de una luz opaca, pero sus ojos no habían tenido que acostumbrarse a otra. Su mundo era pequeñísimo. No tenía otros límites que las paredes del cubil. Pero como ignoraba todo acerca del ancho mundo que quedaba fuera, nunca sintió la opresión de los estrechos confines a que estaba reducida su existencia.

Sin embargo, muy pronto descubrió que una de aquellas paredes resultaba diferente de las demás. Era la boca de la cueva y el manantial de donde provenía la luz. Y averiguó esta diferencia mucho antes de que tuviera ideas propias y voliciones conscientes. Había constituido para él una atracción irresistible aun antes de que sus ojos se abrieran y pudiese mirar hacia allí. La claridad daba sobre sus cerrados párpados, y los ojos y los nervios ópticos habían vibrado en chispazos de luz de cálidos tonos y singularmente agradables. La vida de su cuerpo y de cada fibra del mismo, la vida que era como su propia sustancia corporal había deseado con ahínco esa luz y lo impulsaba hacia ella, de igual suerte que las sabias combinaciones químicas de una planta impulsan a esta hacia el sol.

Al principio, antes de que comenzara a alborear su vida consciente, él se había acercado, arrastrándose, a la boca de la covacha. Y en ello había unanimidad con sus hermanos y hermanas. Nunca, en aquel período, se arrastró ni uno de ellos hacia los oscuros rincones de la pared posterior. La luz los atraía como si fueran plantas; la química de la vida, de la que eran ellos el compuesto, pedía luz como una necesidad del ser, y sus diminutos cuerpecillos de juguete se deslizaban ciegamente, mejor químicamente, hacia ella.

Más tarde, cuando cada uno de ellos había ido desarrollando ya su personalidad y llegaron a tener conciencia de sus impulsos y anhelos, la atracción de la luz aumentó. Continuamente bregaban por llegar a ella, y su madre tenía que retirarlos hacia el interior una y otra vez.

De aquella manera precisamente, el cachorro gris se enteró de otros de los maternos atributos, distintos de aquella lengua tan suave y tan calmante de la que hemos hablado. En su incesante arrastrarse hacia la luz, descubrió que su madre poseía también una nariz que con un duro golpecito sabía administrarle un ligero castigo, y más adelante, que tenía una pata que lo aplastaba contra el suelo y lo hacía rodar luego repetidas veces con rápidos y bien calculados empujones. Así se enteró de que había cosas que hacían daño, y aprendió con ello a evitar dicho daño; en primer lugar, no incurriendo en el peligro de recibirlo, y en segundo, una vez que se había hecho acreedor al castigo, hurtando el cuerpo y retrocediendo. Eran estas ya acciones conscientes, resultado de las primeras ideas generales acerca del mundo. Antes se retiraba automáticamente de lo que le causaba dolor o molestia, como se había arrastrado, automáticamente también, hacia la luz. Después se retiraba ya de lo que le causaba daño porque sabía, había llegado a comprender, que el daño era aquello.

El cachorrillo resultaba feroz. Y sus hermanos y hermanas no le iban a la zaga. Era de esperar. Al fin y al cabo, eran animales carnívoros, de casta acostumbrada a matar para tener carne y devorarla. Solo de ella vivían sus padres. La leche que mamó al comenzar su vida era producto, transformación directa de carne, y ahora, cuando el cachorro contaba un mes, cuando no había transcurrido más que una semana desde que se abrieron sus ojos, empezaba ya él mismo a comer también carne, medio digerida por la loba y ofrecida después a sus cinco hijos, que pretendían mamar con demasiada frecuencia.

Pero de todos ellos, el peor era él. Ninguno lo aventajaba en el fuerte tono de aquella especie de incipiente gruñido que emitían. Sus rabietas superaban siempre en mucho, por lo terribles, a las de los demás. Él fue el primero que aprendió a hacer rodar por el suelo a sus hermanos, de un zarpazo hábilmente dado; el que primero clavó los dientes en la oreja de uno de los otros y tiró de lo lindo hasta arrancarle un pedazo, gruñendo, mientras, entre los apretados dientes. Y en fin, él fue el que más trabajo le dio a la madre para evitar que toda la camada se le fuera a la boca de la cueva.

La fascinación que la luz ejercía en el cachorro gris fue aumentando de día en día. Continuamente andaba en busca de aventuras en el espacio de un metro que lo separaba de la entrada de la covacha, y continuamente había que retirarlo de nuevo. Solo que él ignoraba que aquello fuera una entrada. Ni siquiera sabía que hubiera algo de tal nombre que sirviera para pasar de un sitio a otro. No conocía ningún otro lugar más que aquel, y mucho menos que hubiera un modo de penetrar allí. Así, la entrada de la cueva no era para él más que otra pared..., una pared de luz. A semejanza de lo que el sol era para el que vivía fuera de allí, así aquel muro luminoso era para él el sol de un mundo. Le atraía como una vela encendida atrae a una mariposa nocturna. No cesaba de esforzarse en alcanzarla. La vida, que tan rápidamente se desarrollaba en él, lo impulsaba hacia la luz, sabiendo que allí estaba la salida, el camino que debía pisar. Pero él mismo no sabía nada de todo esto, ni siquiera que lo exterior existiese.

Ocurría una cosa rara con aquel muro de luz. Observaba él que su padre -pues había llegado ya a reconocer a su padre como a otro habitante del mundo, como a un ser semejante a su madre, que dormía cerca de la luz y traía carne para comer- tenía la costumbre de penetrar en el distante muro blanco y desaparecer por él. El lobato gris no comprendía aquello. Aunque su madre nunca le hubiera permitido acercarse a lo que él juzgaba pared, se había aproximado a las demás, encontrando siempre una dura obstrucción de dolorosas consecuencias para su tierno hocico. Aquello dolía, y así, tras diversas tentativas, decidió no intentar penetrar por las paredes. Sin detenerse a pensar en ello, dio por cosa averiguada que el desaparecer a través de un muro era algo característico y privativo de su padre, como la leche y la carne medio digerida eran rasgos típicos de su madre.

En realidad, el cachorrillo no era muy propenso a pensar, o al menos a aquel modo de pensar que es habitual en los hombres. Su cerebro prefería para él otros oscuros caminos. Y sin embargo, las conclusiones a que llegaba eran tan claras y terminantes como las de los hombres mismos. Practicaba el sistema de aceptar las cosas sin preguntar el porqué y para qué. Nunca le preocupó el averiguar la razón de que una cosa ocurriera. Con saber cómo ocurría le bastaba. Así, cuando se golpeó la nariz varias veces contra la pared del fondo de la cueva, dio por decidido que él no podía pasar a través de los muros y desaparecer. De la misma manera admitió, en cambio, que su padre podía hacerlo; pero sin que le atormentara el deseo de averiguar a qué se debía esta diferencia entre los dos. La lógica y la física no figuraban en el caudal de sus conocimientos.

Como la mayor parte de los seres salvajes, no tardó en padecer hambre. Llegó un tiempo en que no solo cesó el suministro de carne, sino que hasta ni de los pechos de su madre brotaba la leche. Al principio, los lobeznos se limitaban a gimotear, a quejarse; pero por lo general lo que hacían era dormir. Al cabo de poco tiempo se hallaban ya en un estado comatoso debido al hambre. Se acabaron las riñas, las rabietas y los intentos de gruñir; cesaron los conatos de acercarse al consabido muro blanco en busca de aventuras. Los lobatos dormían mientras la lucecilla de su vida temblaba y se extinguía.

El Tuerto estaba desesperado. Se dedicaba a batir el monte continuamente y en todas direcciones, durmiendo pocas veces en el cubil, en el que la desdicha y la tristeza imperaban ahora. Hasta la loba abandonó la camada saliendo en busca de carne. En los primeros días de la vida de sus hijos, el Tuerto había vuelto diversas veces al campamento indio para robar los conejos que caían en las trampas; pero con el deshielo, que dejó libres los arroyos, los indios habían levantado sus chozas, y aquel medio de procurarse provisiones se acabó para él.

Cuando el lobato gris pudo salir de aquel estado comatoso, volviendo a la vida y mostrando una vez más su interés por el muro de luz que tan lejano le parecía, se halló con que la población de aquel mundo suyo se había reducido mucho. Solo una hermana le quedaba. Los demás habían desaparecido.

Y cuando se encontró más fuerte, se vio obligado a jugar solo, porque la hermana no levantaba ya cabeza ni se movía. El cuerpecillo de él se iba redondeando con la carne que comía; pero para ella era ya demasiado tarde. No hacía más que dormir, convertida en débil esqueleto cubierto de piel, en que la llama de la vida ardía cada vez más baja hasta que al fin se apagó.

Luego llegó un día en que el lobato gris no vio más a su padre apareciendo o desapareciendo a través del muro de luz, ni echado, durmiendo en la entrada de la cueva. Ocurrió esto al final de una segunda temporada de hambre, menos dura que la primera. La loba sabía por qué razón no volvió más el Tuerto, pero no existía medio de explicarle al cachorro lo que ella misma había visto. Cazando sola en busca de carne, en la parte superior de la bifurcación del arroyo en que vivía el lince, había seguido la pista reciente del Tuerto, que solo databa del día anterior. Y allí, al final del rastro, lo halló, o mejor dicho, halló lo que de él quedaba. Se veían numerosas señales de batalla y de la retirada del lince a su cubil, no sin haber obtenido la victoria. Antes de marcharse, la loba había encontrado este cubil; pero por las señales comprendió que el lince estaba dentro y no se atrevió a aventurarse. Después de esto, cuando la loba cazaba, evitaba siempre aquella bifurcación izquierda del arroyo, porque sabía que en el cubil del lince había una camada de pequeñuelos, y que la madre era de genio feroz y una terrible luchadora. Para media docena de lobos no era nada el acorralar a uno de aquellos felinos hasta llegar a obligarlo a que se subiera a un árbol, furioso y con el pelo erizado; pero era muy distinto que un lobo solo tuviera que habérselas con él..., sobre todo sabiendo que tenía detrás a sus hijuelos hambrientos.

Pero la vida salvaje tiene sus exigencias, y la maternidad, siempre protectora allí y fuera de allí, también. Así, llegaría un tiempo en que la loba, sacrificándose por el cachorro gris, se arriesgaría a volver a aquel lugar donde entre las rocas tenía su cubil el lince, y desafiaría la ira del mismo.