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Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 22. En las tierras del sur
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Cuando Colmillo Blanco desembarcó en San Francisco de California, se quedó estupefacto. Por instinto estaba ya profundamente grabada en él la idea de que el poder iba siempre asociado a la divinidad; pero nunca los hombres blancos le habían parecido dioses tan maravillosos como ahora que andaba por las resbaladizas aceras de la ciudad. Las chozas construidas con leñas, que le eran conocidas, habían sido reemplazadas por enormes edificios; las calles estaban llenas de peligros..., carros, enormes carromatos, automóviles, caballos de tiro que le parecían colosales, monstruosos tranvías eléctricos y vehículos de todas clases que pasaban silbando, rugiendo, rechinando, con amenazadores gritos, parecidos a los de los linces que él había conocido en los bosques septentrionales.

Detrás de aquellas manifestaciones estaba el inmenso poderío del hombre, que lo regía, lo regulaba todo, quedando siempre patente su gran dominio de la materia. Era sencilla mente colosal, estupendo. Colmillo Blanco estaba asombrado. Llegó a apoderarse de él el miedo. En sus tiempos de cachorro había sentido su pequeñez y debilidad al llegar por primera vez desde el bosque a la aldea de Castor Gris, y ahora, en pleno vigor y en plena conciencia de su propia fuerza, volvía a sentirse pequeño, insignificante, débil. ¡Y aquellos dioses eran tantos! Su bullicio llegaba a marearlo; aquel tremendo e interminable correr de todas las cosas lo ensordecía. Entonces sintió como nunca su dependencia del hombre, su sujeción al maestro de amor, al cual seguía, pisándole los talones, sin perderle de vista un momento, fuera lo que fuese lo que ocurriera. Pero aquello para Colmillo Blanco no iba a ser más que una visión pasajera, una especie de pesadilla que luego lo perseguiría en sus sueños como algo terrible y sin existencia real. De pronto, su amo lo metió en un furgón de equipaje y lo ató con una cadena a una esquina del mismo, entre un montón de baúles y maletas.

Un musculoso dios arrojaba los bártulos a uno y otro lado, los arrastraba desde la puerta para formar los montones, o tiraba después con gran estrépito por la misma puerta para que los recogieran otros dioses que los estaban esperando.

Y en tal sitio, en aquel infierno de equipajes, Colmillo Blanco fue abandonado por su amo, o cuando menos, así lo creyó él, hasta que descubrió por el olfato que junto a él se hallaban también los sacos de lona que pertenecían a su dueño, y entonces se dedicó a guardarlos celosamente.

Ya deseaba que viniera usted -gruñó el dios que mandaba en el furgón, cuando una hora más tarde Weedon Scott se presentó en la puerta del mismo-. Ese perro de usted no me deja poner ni un dedo sobre su equipaje.

Colmillo Blanco salió del furgón. Estaba vivamente sorprendido. Aquella ciudad le parecía un aposento más que una casa, y cuando entró allí, la ciudad se extendía a su alrededor. Ahora, durante el intervalo que mediaba entre la entrada y la salida, la ciudad había desaparecido. No sentía ya aquel sordo rugir. Sus oídos estaban tranquilos. Tenían delante el campo, el campo sonriente, chorreando luz, perezoso, en plena quietud. Pero poco tiempo le quedó para maravillarse de aquella transformación. La aceptó como aceptaba todos los hechos, todas las inexplicables manifestaciones de los dioses. Así hacían ellos las cosas.

Había un carruaje esperando. Vio cómo un hombre y una mujer se acercaban a su amo. La mujer le echó a Scott los brazos al cuello..., lo que, sin duda, constituía un acto hostil. Un momento después, Scott se desprendió de aquellos brazos y se colocó al lado de Colmillo Blanco, que estaba hecho una furia, gruñendo amenazadoramente.

-No temas, mamá -decía Scott, mientras tenía cogido al animal y trataba de aplacarlo-. Se ha figurado que ibas a hacerme algún daño y no quería permitirlo. Nada, nada, no temas. Pronto comprenderá y se irá acostumbrando.

-¿Y entretanto se me permitirá querer a mi hijo y demostrárselo solo cuando no esté delante el perro? -dijo ella riendo para disimular el susto que se reflejaba en la palidez de su rostro. La mujer miró a Colmillo Blanco, que respondió a la mirada gruñendo con maligna intención y los pelos erizados.

-Tendrá que aprender cuál es su deber, y ahora mismo voy a enseñárselo, sin más tardanza -replicó Scott.

Le habló con dulzura al perro hasta que lo vio ya aplacado, y entonces, con enérgico tono, le ordenó:

-¡Échate! ¡Échate enseguida! ¡Quieto!

Esta era una de las cosas que le había enseñado su amo, y el perro obedeció, aunque de mala gana y con aspecto sombrío.

Ahora ven, mamá.

Scott abrió los brazos para estrecharla, aunque sin quitarle los ojos de encima a Colmillo Blanco.

-¡Quieto! ¡Échate! ¡Échate!

El animal, con los pelos tiesos aún, pero silencioso, medio incorporado porque su primer impulso fue el de levantarse, se echó de nuevo y se quedó contemplando la repetición de aquel acto, según él, hostil. Pero no vio que le ocasionara ningún daño a su amo, como tampoco el beso que el hombre forastero le dio después a Scott. Entonces el equipaje fue trasladado al coche, los dioses forasteros y el maestro de amor se acomodaron en él y partieron. Colmillo Blanco comenzó a trotar detrás, con aire vigilante, a uno y otro lado de los caballos, a los cuales parecía advertir, con el expresivo erizamiento de los pelos y con todo su porte, que cuidaran de que no le ocurriera el menor daño a aquel amo suyo que tan suavemente llevaban ellos de un sitio a otro. A los quince minutos, el carruaje traspasaba la entrada de piedra de una cerca, y continuó por un paseo de frondosos nogales cuyas copas se entrelazaban formando un arco. A cada lado, a lo lejos, se veían extensos prados cuya verde alfombra interrumpían de cuando en cuando enormes robles; pero más cerca, contrastando con el tierno verdor de las bien cuidadas praderas, se destacaban secos henares*, tostados por el sol hasta darles oscuros y dorados reflejos, mientras que en el fondo del paisaje se divisaban colinas con tierras de pastos en la cumbre. Sobre una suave ondulación del prado se elevaba una casa de anchos y hondos pórticos y de innumerables ventanas.

Colmillo Blanco tuvo poco tiempo para admirar todo esto tranquilamente. Apenas acababa de entrar el carruaje en aquellos terrenos cuando se vio acometido por un perro de ganado, de ojos vivos y hocico puntiagudo, que por lo visto tenía derecho a mostrarse muy indignado por su presencia en aquel lugar. Su amo fue a interponerse entre los dos, obligándolos a separarse. Colmillo Blanco no gruñó siquiera, como advertencia, sino que se preparó para arremeter contra el otro perro en silencio y con mortífera intención. Pero el ataque no llegó a realizarse del todo. A medio embestir, se paró torpe y bruscamente, clavando en el suelo las patas posteriores: tan grande era su repentino deseo de evitar todo contacto con el animal que antes pensaba atacar. Era una perra, y la ley de su raza establecía entre ambos, para tales casos, una barrera infranqueable. Toda transgresión hubiera sido contraria a sus naturales instintos.

Pero a la perra distaba mucho de ocurrirle lo mismo. Precisamente por ser hembra, carecía de aquel instinto, y por otra parte, por pertenecer a la casta de los que guardan ganado, su miedo instintivo a los animales salvajes, y en especial a los lobos, era vivísimo. Para ella, Colmillo Blanco no era más que un lobo, el acostumbrado merodeador que iba siempre en busca de los rebaños desde los tiempos en que a los corderos se les puso por primera vez como guardianes a alguno de los más remotos antecesores que ella pudiera tener. Por esto, mientras él se contenía para no embestirla y evitar hasta el contacto, la perra se le echaba encima mordiéndolo. Se le escapó un gruñido involuntario al sentir la herida; pero, aparte de eso, no hizo más, no demostró deseos de devolver el daño. Retrocedió con las patas muy tiesas dominándose, e intentó hacer un rodeo para pasarle delante. Lo intentó repetidas veces y acudiendo a todos sus hábiles recursos; pero sin resultado. Siempre se la encontraba dispuesta a cerrarle el paso.

¡Collie! ¡Ven aquí! -le gritó el forastero.

-Déjala, papá -dijo riendo Weedon Scott-. Así aprende el otro. Y como es tanto lo que tiene que aprender, no le hará ningún daño empezar desde ahora. Ya se irá acostumbrando pronto.

El carruaje siguió adelante y Collie continuaba cerrando el paso a Colmillo Blanco. Este trató de adelantar describiendo un gran círculo a través del prado, pero ella describió también otro más corto y volvió a salirle al encuentro, siempre delante de él y enseñándole los afilados y brillantes dientes. Repitió el perro la operación en sentido opuesto y se dirigió a otro prado, pero volvió a ocurrir lo mismo.

El coche se llevaba a su amo. Colmillo Blanco lograba atisbarlo de cuando en cuando, hasta que desaparecía entre los árboles. La situación era desesperada. Trató de describir otro círculo, y ella lo siguió, corriendo a toda velocidad. Y entonces él, parándose de pronto, se le echó encima. Empleó aquella treta que ya era costumbre para él: hombro contra hombro, la empujó con todas sus fuerzas. La perra no solo fue derribada, sino que, impulsada por la misma velocidad con que corría, rodó por el suelo. A ratos de espaldas, a ratos de lado, luchaba por detenerse, clavando las uñas en la arena y chillando rabiosamente para expresar su herida dignidad, su indignación.

Colmillo Blanco no perdió un momento. El camino estaba despejado y eso era lo único que se había propuesto lograr. Corrió, pues, pero detrás de él fue la perra, sin dejar de alborotar ni un instante. Iban ahora en línea recta y, si aquello se convertía en carrera tendida, Colmillo Blanco era un maestro que podía darle a ella lecciones. La perra corría como una loca, con todo el esfuerzo de que era capaz y que gastaba rabiosamente en cada salto que daba, mientras que el otro parecía deslizarse tan solo suavemente, en silencio, cada vez más lejos, con naturalidad, sin fatiga, como un espectro que resbalaba blandamente por el suelo.

Al rodear la casa para dirigirse a la puerta de la cochera, se encontró con el carruaje; que acababa de pararse y del cual se apeó el amo. En aquel momento, y mientras corría aún a toda velocidad, sintió de pronto que le atacaban por un lado. Era un galgo que se arrojaba sobre él. Colmillo Blanco intentó hacer frente al ataque; pero el mismo impulso que llevaba y el tener demasiado cerca al galgo se lo impidió, recibiendo el golpe en un flanco con tal fuerza y tan inesperadamente que fue arrojado al suelo y por él rodó. Se levantó hecho una furia, con las orejas aplastadas contra el cuello, los labios torcidos y la nariz arrugada. Sus dientes chocaron al cerrarse su boca sin lograr hacer presa en la parte baja y más blanda del cuello del galgo.

El amo acudió corriendo, pero ¡estaba tan lejos...! Y fue nada menos que Collie la que salvó la vida del galgo. Antes de que Colmillo Blanco pudiera darle a este la dentellada que significaría su muerte, y precisamente en el instante de atacar, se presentó Collie, que, rabiosa por haber sido burlada y vencida, llegó como un huracán.

Su -dignidad ofendida, su justa ira y el odio instintivo a aquellos salvajes ladrones que procedían de los bosques, la dominaban. Se arrojó sobre Colmillo Blanco y este rodó de nuevo por el suelo.

Un momento después llegó el amo, que con una mano cogió a su perro dominándolo, mientras el padre de Scott se llevaba de allí a los demás.

-¡Vaya, que para un pobre lobo solitario de la región ártica, la recepción no ha podido ser más calurosa! -dijo

Weedon Scott, mientras aplacaba a Colmillo Blanco acariciándolo-. Hasta ahora, en toda su vida, solo una vez habían logrado derribarlo, y en cuanto llega aquí, lo derriban dos veces en el espacio de medio minuto.

El coche se había alejado ya y otros raros dioses salieron de la casa. Algunos se quedaron a respetuosa distancia de Scott; pero dos, que eran mujeres, perpetraron de nuevo aquel acto hostil de echarle los brazos al cuello para estrecharlo en ellos. De todos modos, el perro comenzaba ya a tolerar aquello porque a su dueño no le hacía ningún daño, y los ruidos que en semejante ocasión producían los dioses nada tenían de amenazadores. También parecía que querían acercarse a él; pero con un gruñido los mantuvo a distancia, y las palabras de advertencia que les dirigió su amo acabaron de convencerlos. Entonces el animal se recostó contra las piernas de Scott y este le dio suaves golpecitos en la cabeza.

Bajo la orden de: «¡Dick, échate!», el galgo había ido a echarse junto a uno de los pórticos que se elevaban sobre la escalinata de la casa; pero aún gruñía y no dejaba de vigilar malhumorado al intruso. A Collie la había tomado por su cuenta una de aquellas mujeres. La tenía abrazada por el cuello y la acariciaba sin cesar; pero Collie no acababa de entender aquello y gimoteaba inquieta, tomando como un insulto la presencia de aquel lobo, cosa que no podía atribuir más que a una equivocación de sus amos.

Después, todos los dioses se dirigieron a la escalera para entrar en la casa. Colmillo Blanco los siguió, pegado materialmente a su dueño y señor. Dick le gruñó desde el pórtico, y él correspondió del mismo modo desde los escalones.

-Llevaos dentro a Collie y dejad que los otros dos salden cuentas a su gusto. Después se harán amigos.

-Entonces será preciso que, para demostrar su amistad, Colmillo Blanco presida el entierro de Dick -dijo riendo Weedon Scott.

El otro Scott, el padre, miró con aire incrédulo primero al perro forastero y luego al suyo, y por fin a su hijo.

-¿Quieres decir con eso...?

-Sí, eso mismo..., que puedes dar por muerto a Dick dentro de un minuto... o a lo sumo dentro de dos. Entonces el joven se volvió hacia Colmillo Blanco y le dijo: -Ven, lobo, vente conmigo. Eres tú el que tendrás que quedarte dentro de la casa.

Con las patas muy tiesas y la cola en alto, el animal fue subiendo la escalera y cruzó el pórtico, sin apartar sus ojos de Dick para estar prevenido contra cualquier ataque, y preparado también para no dejarse asustar por nada de lo que hubiera dentro de la casa. Pero no le ocurrió nada que le pareciera pavoroso, a pesar de estarlo observando y escudriñando todo. Entonces se tendió con un gruñido de satisfacción a los pies de su amo. Sin embargo, continuó alerta, dispuesto a saltar contra cualquiera de las terribles trampas que allí debían de esconderse. Si era preciso, arriesgaría su vida en la defensa.