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Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 21. El largo viaje
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Colmillo Blanco sentía en el aire mismo que respiraba que algo malo iba a ocurrir. Comprendía que el peligro era inminente, aun antes de hacerse tangible y de adquirir caracteres de evidencia. Estaba convencido de que iba a operarse un cambio calamitoso para él. Había llegado a ese convencimiento a través de la observación de sus propios dioses. Las intenciones de estos llegaron a revelarse más claramente de lo que ellos creían. El perro lobo, sin moverse del umbral de la choza, como un fantasma, sabía cuanto se preparaba en su interior e incluso en el cerebro de sus habitantes.

-¡Oiga usted, haga el favor de fijarse! -exclamó una noche Matt mientras los dos hombres estaban cenando. Weedon Scott se puso a escuchar con la mayor atención. A través de la cerrada puerta se oía un sordo y ansioso lamento semejante al mal reprimido sollozo que, al fin, estalla; y enseguida el prolongado resuello que acompaña al obstinado olfateo. Colmillo Blanco quería asegurarse de que su dios estaba aún dentro de la choza, y no había desaparecido por los aires como por arte de encantamiento.

-Me parece que este lobo le está espiando a usted los pasos -observó el conductor del trineo.

Scott miró a su compañero con ojos que casi disculpaban el hecho y lo veían con gusto, aunque las palabras vinieron luego a desmentir aquella impresión.

-¿Y qué diablos voy a hacer yo en California con un lobo? -preguntó.

-Pues eso es lo mismo que yo digo -replicó Matt-. ¿Qué diablos va usted a hacer allí con él?

Pero a Scott no pareció satisfacerle aquella réplica, que dejaba adivinar que el otro daba ya la cosa por resuelta. -Los perros de los blancos no podrían luchar contra él -continuó-. Los mataría a la primera arremetida y me arruinaría con las indemnizaciones que me vería obligado a pagar. Y seguro que las autoridades se apoderarían de él y lo matarían.

-Sí, ya sé que es un asesino de los más peligrosos -dijo por todo comentario Matt.

Su amo le miró receloso de lo que estuviera pensando. -No, no convendría -dijo, dando la cuestión por terminada.

-No, decididamente, no convendría -repitió el otro-. ¡Claro! Se vería usted obligado a ponerle un hombre para que lo cuidara y vigilara constantemente.

Se calmó la sospecha que Scott empezaba a sentir, y alegremente asintió a las palabras de su compañero. Durante el rato de silencio que siguió continuaron oyéndose aquellos sordos quejidos y aquel prolongado resuello, allá afuera, a través de la puerta cerrada.

-No, la verdad es que ese demonio de animal está encariñado con usted -observó Matt.

El otro le clavó la mirada con repentino enojo.

-¡Mal rayo..., hombre...! ¡Si sabré yo lo que conviene hacer o no!

-No, si estoy conforme con lo que usted dice, solo que... -Bien..., ¿solo qué? -interrumpió Scott con brusquedad. -Solo que... -comenzó a decir suavemente el conductor del trineo; pero luego continuó con súbito cambio de expresión en que era patente su mal humor-: Bueno, no hay necesidad de que usted se incomode así por esto... A juzgar por sus actos, bien podría uno creer que usted mismo no sabe lo que quiere.

Scott se quedó un rato en silencio, discutiendo interiormente consigo mismo, y luego acabó por decir, con aire más amable:

-Tienes razón, Matt. Yo mismo no sé lo que quiero; y eso es lo que me pone malhumorado -tras una pausa, añadió-: Sería sencillamente ridículo que me llevara el perro conmigo.

-Sí, señor, tiene usted razón -contestó Matt. Pero por segunda vez la respuesta no dejó satisfecho a su amo. Poco después, Matt añadió con ingenua expresión-: Lo que no me entra en la cabeza es cómo demonios sabe él que usted se marcha.

-Eso está por encima de nuestras facultades -respondió Scott con aire de tristeza.

Llegó el día en que, a través de la entreabierta puerta de la choza, Colmillo Blanco vio colocada en el suelo la fatal maleta y a su maestro de amor, muy atareado, llenándola. En la choza todo eran idas y venidas, y su plácida atmósfera de antes parecía cambiada por otra saturada de inquietud, de perturbación. Allí estaba la indudable evidencia de lo que él había presentido y que ahora podía razonar. Su dios se preparaba para otra huida. Y como la primera vez no lo había llevado consigo, también ahora era de suponer que iba a dejarlo abandonado.

Aquella noche resonó por excepción en la choza su prolongado aullido de lobo. Ya de cachorro había aullado cuando volvió de la selva a la aldea y vio que esta había desaparecido y no quedaba de ella más que señales de donde habían estado las viviendas. Ahora también levantó el hocico hacia las frías e indiferentes estrellas y les contó su pena.

En el interior de la choza acababan de acostarse los dos hombres.

-Ya ha vuelto hoy a quedarse sin comer -observó Matt desde su camastro.

Se oyó desde el de Scott una especie de gruñido, al mismo tiempo que las mantas eran agitadas con fuerza.

A juzgar por lo que hizo la otra vez que se marchó usted, no me extrañaría que esta se muriese.

Las mantas volvieron a agitarse movidas con gran irritación.

-¡Hombre, cállate! -gritó Scott en medio de la oscuridad de la habitación-. Cuando empiezas dale que dale, eres peor que una mujer.

-Tiene usted razón -y el otro se quedó dudando de si con aquella respuesta se burlaba de él o no.

Al día siguiente, la ansiedad y la inquietud de Colmillo Blanco eran más pronunciadas que nunca. Espiaba constantemente los pasos de su amo cada vez que lo veía salir de la choza, y no se apartaba del umbral cuando aquel permanecía en el interior. Como la puerta quedaba abierta, le era fácil atisbar lo que ocurría con el equipaje que estaba en el suelo. A la maleta habían añadido dos sacos de lona y un baúl, y en el portamantas, Matt enrollaba el abrigo de pieles de su amo, protegido por algunas mantas. Colmillo Blanco lo contempló todo gimoteando.

Más tarde llegaron dos indios a la choza. Los observó muy de cerca mientras cargaban la mayor parte del equipaje y salían acompañados de Matt, que llevaba la ropa de cama y la maleta. Todos se fueron cuesta abajo. Pero Colmillo Blanco no los siguió. El amo estaba aún en la choza. Al poco rato regresó Matt. Scott se dirigió hacia la puerta e hizo entrar al perro.

-¡Pobrecillo! -le dijo cariñosamente, acariciándole las orejas y la espalda-. Me voy de viaje, amigo, un largo viaje..., y tú no puedes seguirme. Anda, despídete de mí con un gruñido, muy largo, muy largo: el último.

Pero Colmillo Blanco no gruñó. Tras una pensativa y escrudiñadora mirada, metió con fuerza la cabeza bajo el sobaco de su amo y la dejó allí escondida.

-¡La sirena! -gritó Matt, aludiendo al ronco sonido que se elevaba desde el vapor preparado para zarpar en el río Yukón-. Tendrá usted que darse prisa. No se olvide de cerrar bien la puerta delantera. Yo saldré por la de atrás. ¡Pronto!

Se oyeron dos portazos a la vez y Weedon Scott se quedó esperando a que Matt se uniera a él en la fachada anterior de la choza. Dentro de esta resonaban tímidos gemidos parecidos a sollozos humanos. Luego, prolongados, hondos resuellos, acompañados de persistente olfateo.

-Cuídalo bien, Matt -recomendó Scott, mientras ambos descendían la cuesta-. Escríbeme cómo está y todo lo que hace.

-Descuide usted. Pero ¡oiga! ¡Fíjese!

Ambos hombres se pararon. Colmillo Blanco aullaba como aúllan los perros cuando se les acaba de morir el amo. Expresaba así a voces su inmensa desgracia, y su lamento se elevaba desgarrador, para venir luego a morir con una queja más suave, pero vibrante y tristísima, y elevarse de nuevo en penetrante grito.

El Aurora era el primer vapor que salía de allí aquel año rumbo al exterior del país, y sus cubiertas se hallaban atiborradas de viajeros; unos, buscadores de oro arruinados; otros, aventureros perpetuos, a quienes sonreía entonces la prosperidad; pero todos impulsados por el loco afán de marcharse, lo mismo que lo habían sentido antes por llegar y dirigirse al interior. En la pasarela, Scott se despedía de Matt, que se preparaba para volver a tierra. Al estrecharle la mano, sintió que esta se le quedaba como yerta en la suya, mientras el hombre miraba hacia atrás fijamente, sobre un punto determinado. Scott se volvió para ver qué era lo que llamaba su atención, y vio sentado sobre las patas traseras, en la cubierta a algunos pasos de distancia, a Colmillo Blanco, que no apartaba sus ojos de él.

El conductor del trineo juró entre dientes con asombro. Scott se quedó mudo y no hizo más que mirar.

-¿Cerró usted bien la puerta delantera? -preguntó Matt. El otro hizo una seña afirmativa.

-Y tú, ¿cerraste la de atrás? -preguntó a su vez.

-Ya puede usted suponer que sí -fue la respuesta, dada con caluroso apresuramiento.

Colmillo Blanco, con las orejas muy gachas, como pidiendo perdón, continuó en el mismo sitio, sin intentar acercarse a los dos hombres.

-Tendré que llevármelo a tierra -dijo Matt, dando unos pasos hacia el animal, pero este huyó de él. Entonces el hombre lo persiguió, y el perro se metió entre las piernas de algunos de los que estaban agrupados sobre cubierta. Con mil hábiles vueltas y revueltas, fue huyendo de su perseguidor, burlando todos sus esfuerzos para apoderarse de él.

Pero en cuanto habló el maestro de amor, Colmillo Blanco se fue directamente y con la mayor obediencia hacia donde él estaba.

-No quiere que le toquen estas manos que le han estado dando la comida tanto tiempo -dijo con resentimiento el conductor del trineo-, pero sí las de usted, que no se la han dado nunca desde los primeros días en que se hicieron amigos. ¡Que el diablo me lleve si entiendo cómo ha logrado saber que el amo es usted!

Scott, que había estado acariciando al animal, se agachó para observar y señalarle al otro unas cortaduras que se notaban en el hocico del perro y un gran chirlo* entre los ojos. Matt se arrodilló, y le pasó la mano por el vientre.

-En lo que no pensamos poco ni mucho fue en la ventana -dijo-. Mírelo, está como si lo hubieran llenado de heridas con un escoplo*. Está claro que se tiró de un brinco contra los cristales y pasó al otro lado como si no los hubiera. Pero Weedon Scott no prestaba ya atención a las palabras de su acompañante, sino que, embebido en sus propios pensamientos, buscaba una rápida solución. Resonó por última vez el silbido que anunciaba la salida del vapor, y numerosos hombres corrían ya por la pasarela para volver a tierra. Matt se quitó el recio pañuelo que llevaba anudado al cuello con intención de atarlo en el de Colmillo Blanco, pero Scott le cogió la mano para impedírselo.

Adiós, amigo Matt. Del lobo no hay necesidad que me hables en tus cartas. He cambiado de...

-¿Que...? -interrumpió, asombrado, el otro-. Pero ¿quiere usted decir que...?

-Eso mismo. Ahí tienes tu pañuelo; no hace falta. Soy yo quien al escribirte te daré informes de él en las cartas.

Matt se quedó parado en mitad del tablón que conducía a tierra.

-¡No podrá resistir aquel clima! -le gritó a su amo-. ¡A no ser -añadió- que lo esquile en cuanto llegue el calor! Retiraron desde el barco el tablón y el Aurora se apartó de la orilla, mientras Scott se despedía de Matt agitando la mano. Se volvió luego y se inclinó sobre Colmillo Blanco, que estaba en pie a su lado.

-Y ahora gruñe, condenado, gruñe por fin -le dijo, mientras le acariciaba la cabeza y las orejas, que se estremecían de júbilo.