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Mujercitas.  Louisa May Alcott
Capítulo 13. CASTILLOS EN EL AIRE
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Una calurosa tarde de setiembre Laurie se mecía suavemente en su hamaca, pensando qué estarían haciendo sus vecinas, pero con demasiada pereza para ir a investigarlo. Estaba en uno de sus ratos de mal humor; el día había pasado sin satisfacción ni provecho. El calor lo volvía indolente; había rehuido sus estudios, había probado la paciencia del señor Brooke; había irritado a su abuelo tocando el piano durante la mitad de la tarde; había aterrado a las criadas dando a entender que uno de los perros estaba rabioso, había tenido un altercado con el mozo de cuadra por un descuido imaginario con su caballo; después de todo lo cual, se había tendido en su hamaca enojado con la estupidez general del mundo, hasta que la paz del hermoso día lo calmó a pesar suyo. Con la vista perdida en el abismo verde del frondoso castaño de Indias, que extendía sus ramas sobre su cabeza, imaginaba toda clase de sueños y se imaginaba a sí mismo viajando a través del océano, cuando de repente lo volvió a la tierra un sonido de voces. Mirando a través de las mallas de la hamaca vio salir a las March, como preparadas para una excursión.

"¿Qué irán a hacer esas chicas? ", pensó Laurie, intrigado por la apariencia bastante extraña de sus vecinas. Cada una llevaba un sombrero de alas anchas, una mochila de algodón moreno al hombro y un largo bastón en la mano. Meg llevaba un almohadón; Jo, un libro; Beth, un cucharón, y Amy, un cartapacio. Todas marcharon tranquilamente a través del jardín, salieron por la puertecilla de atrás y comenzaron a subir la colina que separaba la casa del río.

—¡Vaya unas frescas! —se dijo Laurie —. ¡Irse de excursión y no invitarme! No pueden ir en bote, porque ellas no tienen llave. Quizá la han olvidado; yo se las llevaré y veré lo que pasa.

Aunque tenía media docena de sombreros, tardó largo rato en encontrar uno; después tuvo que buscar la llave que al fin descubrió en su bolsillo; con estas demoras, las chicas se habían perdido de vista cuando saltó la barrera y corrió tras ellas. Cortando por el atajo hacia el cobertizo del bote, esperó su llegada, pero viendo que no venían subió la cuesta para buscarlas en el campo vecino. Una parte estaba cubierta por un bosquecillo de pinos y del fondo de aquel verdor venía un sonido más claro que el dulce murmullo de los pinos o el chirrido somnoliento de los grillos.

"¡Vaya un cuadro!", pensó Laurie, mirando entre los arbustos.

Era de veras un cuadro precioso; en un rincón de sombra estaban las hermanas, filtrándose sobre ellas los rayos del sol y agitando el viento sus cabellos, mientras los pequeños habitantes del bosque continuaban con sus trabajos como si las jóvenes no fueran extrañas sino antiguas amigas. Meg estaba sentada sobre su almohadón, cosiendo, y parecía tan fresca como una rosa con su traje del mismo color sobre el fondo verde. Beth escogía piñas de las que estaban esparcidas en gran cantidad. Amy dibujaba unos helechos y Jo hacía calceta a la vez que leía en voz alta.

Estaba el chico vacilando entre si marcharse, por no haber sido invitado, y el atractivo que ejercía sobre su espíritu inquieto aquella tranquila compañía. Tan inmóvil estaba, que una ardilla ocupada en su cosecha bajó de un pino a su lado, lo vio de repente y saltó pino arriba, dando tales chillidos que Beth levantó los ojos, descubrió la cara pensativa detrás de los abedules y le dirigió una sonrisa de bienvenida.

—¿Puedo entrar o voy a molestarlas? —dijo, acercándose lentamente.

Meg arqueó las cejas, pero Jo le echó una mirada de reproche y dijo en seguida:

—Claro que puedes entrar. Podíamos haberte invitado antes, pero pensábamos que no te gustaría un juego de chicas como éste.

—Siempre me gustan sus juegos; pero si Meg quiere que me vaya, me iré en seguida.

—No tengo nada que objetar si haces algo, es contra las reglas estar aquí ocioso —respondió Meg gravemente, aunque con gracia.

—Muchísimas gracias, si me permiten quedarme, haré lo que manden, porque allá abajo está uno tan aburrido como en el desierto de Sahara. ¿Quieren que cosa, lea, recoja piñas, dibuje, que haga todo eso a la vez? Digan lo que quieran, estoy listo.

—Acaba este cuento mientras arreglo mi punto de calceta —dijo Jo, pasándole el libro.

—Con mucho gusto —respondió humildemente, y empezó a leer, haciendo lo que podía para demostrar su gratitud por el favor de su admisión en la sociedad de "La abeja industriosa".

La historia no era larga, y cuando acabó se atrevió a hacer unas preguntas.

—Señora, ¿se me permite preguntar si esta instructiva y encantadora institución es nueva?

—¿Se lo dirernos? —preguntó Meg a sus hermanas.

—Se va a reír —dijo Amy como aviso.

—¿Qué importa? —contestó Jo.

—Creo que le gustará —añadió Beth.

—¡Claro que me gustará! Les doy mi palabra de no reírme. Comienza, Jo, y no tengas miedo.

—¡Cómo que te voy a tener miedo a ti! Pues bien. Es el caso que solíamos jugar a "El peregrino" y hemos seguido con ello todo el invierno y el verano.

—Lo sé —dijo Laurie.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó Jo.

—Un pajarito.

—No, que fui yo. Se lo dije para entretenerlo una noche en que todas ustedes estaban ausentes y él estaba algo triste. Le gustó, de modo que no me retes, Jo —respondió humildemente Beth.

—No puedes guardar un secreto. Pero no importa; así nos ahorramos explicaciones.

—Sigue, por favor —dijo Laurie, al ver que Jo se entregaba de nuevo a su trabajo.

—¿Qué? ¿No te dijo nada Beth de nuestro proyecto nuevo? Bueno; hemos procurado no desperdiciar nuestras vacaciones y cada una se ha impuesto una tarea. Las vacaciones están casi concluidas, las tareas todas terminadas y estamos muy contentas de no haber perdido el tiem— p°.

—Lo comprendo —repuso Laurie, pensando en los días ociosos que había pasado él.

—Como mamá desea que estemos al aire libre el mayor tiempo posible, traemos aquí nuestro trabajo y pasamos muy buenos ratos. Por juego llevamos nuestras cosas en estos sacos, nos ponemos sombreros viejos, usamos bastones para subir la cuesta y jugamos a peregrinos, como solíamos hacer hace muchos años. Llamamos esta colina "Las montañas de delicias", porque desde aquí podemos mirar a lo lejos y ver el país donde esperamos vivir algún día.

Jo señaló con el dedo y Laurie se incorporó para mirar, porque por un claro del bosque se podía ver, al otro lado del río ancho y azul, los prados, más allá de los arrabales de la ciudad grande, y las verdes montañas elevándose hacia el cielo. El sol estaba bajo y los cielos se enrojecían con la gloria de un atardecer de otoño. Nubes áureas y moradas cubrían las cumbres, y elevándose en la luz rosada había picos de un blanco plateado, que brillaban como las agujas de la catedral de una ciudad celestial.

—¡Qué bella es la puesta del sol! —dijo suavemente Laurie.

—A menudo es así y nos gusta observarla, porque siempre es diferente pero siempre magnífica —respondió Amy.

—Jo habla del campo donde esperamos vivir algún día; quiere decir el verdadero campo, con sus cerdos, pollos y la siega del heno. Sería agradable, pero quisiera que ese hermoso lugar allá arriba fuese real y que pudiésemos ir allá —dijo pensativa Beth.

—Hay un lugar aún más bello, donde iremos algún día si somos bastante buenos —respondió Meg con su voz dulce.

—¡Se hace tan largo esperar y tan difícil lograrlo! Quisiera volar en seguida allá como vuelan aquellas golondrinas y entrar por aquella puerta magnífica.

—Tarde o temprano llegarás allá, Beth, no hay duda de eso —dijo Jo —. Yo soy la que tendré que trabajar, sufrir, esperar, y al fin puede ser que no logre entrar.

—Yo te haré compañía si eso te sirve de algún consuelo. Tendré que viajar muchísimo antes de llegar a la vista de nuestra ciudad celestial. Si llego tarde, tú dirás algo en favor mío. ¿Verdad, Beth?

Algo en la cara del chico preocupó a su amiguita; pero dijo alegremente, con sus ojos clavados en las nubes:

—Si uno verdaderamente desea ir allá, y lo procura sinceramente toda su vida, pienso que entrará, porque no creo que aquella puerta tenga cerraduras ni guardianes. Siempre me lo imagino en la ilustración de "El peregrino", donde los seres resplandecientes extienden las manos para recibir al pobre cristiano, según sube del río.

—¿No sería una buena diversión si todos los castillos en el aire que hacemos pudieran realizarse y llegáramos a vivir en ellos? —dijo Jo después de una pausa.

—Yo he hecho tantos, que sería difícil elegir cuál de ellos tomaría —susurró Laurie, echándose en la hierba y tirando piñas a la ardilla que lo había descubierto.

—Tendrás que escoger el preferido; ¿cuál es? —preguntó Meg.

—Si digo el mío, ¿dirás tú el tuyo?

—Lo diré si las demás lo dicen también.

—Lo diremos. Vaya, Laurie.

—Después de ver tanto del mundo como deseo, me gustaría vivir en Alemania y tener toda la música que quisiera. Tengo que ser un músico famoso, que todo el mundo se atropelle por oírme, y no he de preocuparme por el dinero ni por los negocios, sino divertirme y vivir para lo que me gusta. Ese es mi castillo favorito. ¿Cuál es el tuyo, Meg?

Meg parecía encontrar un poco difícil decir el suyo y agitaba una rama delante de su cara para espantar mosquitos imaginarios, mientras decía lentamente:

—Desearía tener una casa magnífica, llena de toda clase de cosas hermosas: comidas finas, trajes bellos, muebles hermosos, gente agradable y mucho dinero. Debo ser la dueña de esa casa y gobernarla a mi gusto, con muchas criadas, de modo que no tenga necesidad de trabajar yo misma. No haraganearía, sino que haría el bien, para que todo el mundo me quisiera mucho.

—¿No tendrías un amo en tu castillo? —preguntó picarescamente Laurie.

—Ya he dicho "gente agradable".

—¿Por qué no dices un marido sabio y bueno y unos niños encantadores? Demasiado sabes que sin ellos no sería perfecto tu castillo —dijo bruscamente Jo.

—Ni el tuyo sin caballos árabes, tinteros y novelas.

—¡Claro que no! Tendría un establo lleno de caballos árabes, salas atestadas de libros y escribiría con un tintero mágico, que hiciera tan famosos mis trabajos como la música de Laurie. Antes de entrar en mi castillo, desearía hacer algo admirable que no se olvidara después de mi muerte. No sé lo que será, pero lo espero y algún día pienso sorprenderlos. Creo que escribiré libros para hacerme célebre y rica.; eso concuerda conmigo, de modo que es mi sueño favorito.

—El mío es quedarme tranquilamente en casa con papá y mamá y ayudar en el cuidado de la familia —dijo Beth.

—¿No deseas ninguna otra cosa? —preguntó Laurie.

—Desde que recibí mi pequeño piano estoy perfectamente satisfecha. Sólo deseo que todos tengamos buena salud y estemos juntos; nada más.

—Tengo muchísimos deseos; pero mi favorito es ser pintora, ir a Roma para pintar cuadros bellos y ser la mejor pintora del mundo —fue el modesto deseo de Amy.

—¡Vaya una partida de ambiciosos! Todos menos Beth queremos ser ricos, famosos y extraordinarios. Me pregunto si alguno de nosotros logrará lo que desea —dijo Laurie, mascando hierba como una ternera pensativa.

—Yo tengo la llave de mi castillo, pero falta ver si podrá abrir la puerta —susurró Jo con misterio.

—Yo tengo la llave del mío, pero no me dejan usarla. ¡A la porra la Universidad! —murmuró Laurie.

—¡He aquí la mía! —dijo Amy levantando su lápiz.

—Yo no tengo ninguna —repuso tristemente Meg.

—Sí, que la tienes —contestó Laurie.

—¿Dónde?

—En tu cara.

—¡Tonterías!, eso no sirve de nada.

—Espera y verás si no te trae algo de valor.

Meg ocultó su rubor detrás de la rama y no preguntó más.

—Si vivimos dentro de diez años, vamos a reunirnos para ver cuántos de nosotros han logrado sus deseos —dijo Jo, siempre lista con un proyecto.

—¡Pobre de mí! ¡Qué vieja seré entonces! ¡Tendré veintisiete años! —exclamó Meg, que se sentía ya persona mayor porque acababa de cumplir los diecisiete.

—Tú y yo tendremos veintiséis años, Laurie; Beth tendrá veinticuatro y Amy veintidós. Vaya una compañía venerable.

—Espero que para entonces habré hecho algo de lo cual estar orgulloso; pero soy tan holgazán que temo quedarme atrás, Jo.

—Tú necesitas hacerte un propósito, según dice mamá; y cuando tú lo tengas, ella está segura de que trabajarás bien.

—¿Eso piensa tu mamá? Claro que trabajaré bien, si me dan ocasión — dijo Laurie, incorporándose con súbita energía —. Debo de estar satisfecho para agradar a mi abuelo, y procuro hacerlo, pero va contra mi carácter, ¿comprendes?, y es algo difícil. El quiere que yo sea comerciante indiano, como fue él, y yo preferiría que me pegaran cuatro tiros. Detesto el té, la seda, las especias y toda esa basura que traen sus barcos viejos, y no me importará que se vayan todos a pique cuando me pertenezcan. Debería contentarse con que vaya a la Universidad, porque si le concedo cuatro años debe liberarme de los negocios; pero él es terco y tengo que hacer lo que él hizo, a menos que rompa con él por completo y haga mi voluntad, como hizo mi padre. Lo haría mañana mismo si hubiera algún otro que le hiciera compañía.

Laurie hablaba con emoción y parecía dispuesto a cumplir su amenaza a la menor provocación, porque, a pesar de sus modales indolentes, sentía el odio propio de los jóvenes a todo lo que fuera sujeción.

—Te aconsejo que te embarques y no vuelvas hasta que hayas triunfado —dijo Jo, cuya imaginación se animaba con el pensanmiento de una acción tan temeraria y que simpatizaba vivamente con "las penas de Laurie".

—Eso no está bien, Jo; no debes hablar así, ni Laurie debe seguir tu mal consejo. Hijo, debes hacer lo que desea tu abuelo —repuso Meg con tono maternal —. Haz cuanto puedas en la Universidad, y cuando él se dé cuenta de que procuras complacerlo, estoy segura de que no será tan exigente contigo. Como tú dices, no hay nadie que pueda quedarse con él para acompañarle, y tú no te perdonarías jamás haberlo dejado sin su permiso. No te desanimes ni te impacientes; cumple tu deber y tendrás tu recompensa, como la tiene el buen señor Brooke, a quien respetan y quieren los que lo conocen.

—¿Qué sabes de él?

—No sé más que lo que tu abuelo dijo a mamá; cómo cuidó a su madre hasta que murió y no quiso ir al extranjero por no abandonarla; y cómo ahora mantiene a una vieja que lo cuidó; no se lo dice a nadie, pero es tan generoso, paciente y bueno como puede.

—Sí que lo es, el buen amigo. Es muy de mi abuelo eso de descubrir toda su historia sin decirle nada y luego contar a otros lo bueno que es para que le tengan cariño. Brooke no podía comprender por qué tu madre era tan amable con él, invitándolo a su casa conmigo y tratándolo tan amistosamente. El pensó que tu madre era la perfección misma, y hablaba de ella día tras día; y de todas ustedes se hacía lenguas. Si alguna vez logro realizar mis deseos, verás lo que hago por Brooke.

—Empieza por hacer algo ahora, no fastidiándolo tanto —dijo severamente Meg.

—¿Cómo sabe usted que lo fastidio, señorita?

—Siempre lo puedo adivinar por la cara con que sale de su casa. Si te has portado bien, parece satisfecho y camina lentamente, como si deseara volver para corregir tu trabajo.

—¡Vaya! ¡Me gusta! ¿De modo que llevas cuenta de las notas buenas y malas que recibo yo por la cara de Brooke, no es eso? Ya he visto que saluda y sonríe cuando pasa bajo tu ventana, pero no sabía que hubieses montado un telégrafo.

—No lo tenemos; no te enojes y, por favor, no le digas nada de lo que te he dicho. Era solamente para demostrarte que me intereso por tus progresos; lo que se dice aquí se dice en confianza, ya lo sabes.

—No me gusta llevar cuentos. Pero si Brooke es un barómetro, procuraré que señale siempre buen tiempo.

—Hazme el favor de no ofenderte; no quise sermonear, ni contar historias, ni ponerme tonta; sólo pensé que Jo estaba alentándote a algo de lo cual tendrías que arrepentirte luego. Eres tan amable con nosotras, que te miramos como si fueras nuestro propio hermano y decimos lo que pensamos. Perdóname; lo dije con buena intención — y Meg le ofreció la mano con gesto amable aunque tímido.

Avergonzado de su momentáneo enojo, Laurie le estrecho la mano con sinceridad, diciéndole:

—Yo soy quien necesita perdón; he estado de muy mal humor todo el día. Me gusta que me señales mis defectos como una hermana; no hagas caso si a veces estoy gruñón; te doy las gracias de todos modos.

Deseoso de expresar que no estaba ofendido, estuvo lo más agradable que pudo, devanó hilo para Meg, recitó poesías para dar gusto a Jo, sacudió piñas para Beth y ayudó a Amy con sus helechos, acreditándose como persona digna de pertenecer a la sociedad de "La abeja industriosa".

En la mitad de una discusión animada sobre las costumbres domésticas de las tortugas — con motivo de haber venido del río uno de estos amables animalitos —, el lejano sonido de una campanilla les avisó que Hanna había preparado el té y que con dificultad podrían llegar a tiempo para la cena.

—¿Puedo venir otra vez? —preguntó Laurie.

—Claro que sí, si te portas bien y eres aplicado, como dice la cartilla —contestó Meg con una sonrisa.

—Lo procuraré.

—Entonces puedes venir y te enseñaré a hacer calceta, como hacen los escoceses; ahora hay gran demanda de calcetines —añadió Jo, agitando el suyo como una bandera de lana azul, mientras se separaban.

Aquella noche, mientras Beth tocaba el piano para el señor Laurence, Laurie, de pie en la sombra de las cortinas, escuchaba al pequeño David, cuya música sencilla calmaba siempre su espíritu tornadizo y miraba al anciano que con la cabeza apoyada en la mano pensaba con ternura en la niña muerta que había querido tanto.

Acordándose de la conversación de la tarde, el chico se dijo con la resolución de hacer el sacrificio alegremente:

—Renunciaré a mi castillo y permaneceré con mi querido y viejo abuelo mientras me necesite, porque no tiene a nadie más que a mí.