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Transmite el Hijo de Dios a su Padre las súplicas de los dos esposos, ya arrepentidos de su culpa, e intercede por ellos. Acepta Dios sus ruegos, pero declara que no pueden permanecer más tiempo en el Paraíso, y envía a Miguel con algunos querubines para que los expulsen de aquella mansión, y sobre todo, para que revele a Adán los acontecimientos futuros. Llega Miguel a la tierra. Adán muestra a Eva ciertos signos siniestros; observa la llegada de Miguel, y le sale al encuentro. Anúnciale el Angel su partida. Desconsuelo de Eva; Adán suplica y acaba por obedecer. Condúcelo el Angel a la cima de una alta colina, y en una visión le representa lo que ha de suceder hasta el Diluvio.

En esta humilde actitud permanecieron arrepentidos y orando, porque descendiendo del trono de Dios misericordioso la gracia justificante, arrancó el endurecimiento de sus corazones y puso en ellos una nueva carne regeneradora, que prorrumpía en ayes inexplicables, y que inspirada por el espíritu de la oración, se remontaba al cielo con vuelo más veloz que el de la elocuencia más sublime. No era, sin embargo, su aspecto de míseros suplicantes, ni parecía su ruego de menos interés que el de aquellos vetustos cónyuges de las antiguas fábulas, menos antiguas sin embargo, que esta historia Deucalión y la casta Pirra, cuando para reponer la anegada raza humana, se prosternaban devotos ante el santuario de Temis.

Remontáronse al cielo las súplicas de Adán y Eva, sin que los envidiosos vientos las apartaran o privaran de su camino; penetraron por las celestes puertas, como espirituales que eran; y cubriéndolas el gran intercesor con la nube de incienso que humeaba ante el altar de oro, llegaron ante el trono del Padre, donde las presentó el Hijo radiante de júbilo, dando principio a su intercesión en estos términos:

«Mira, Padre mío, los primeros frutos que en la tierra ha producido la gracia con que has animado al Hombre; los sollozos y ruegos que envueltos entre incienso te ofrezco en este incensario de oro, como sacerdote que soy tuyo; frutos cuya semilla echaste en el corazón de Adán a la par que el arrepentimiento, y de más grato sabor que los que sus manos cultivaban, que los que hubieran producido todos los árboles del Paraíso antes de quedar privado aquél de su inocencia. Presta ahora oídos a sus súplicas, y atiende, aunque mudos a sus suspiros; y pues ignora, al dirigirte su oración, de qué palabras ha de valerse, permíteme ser su intérprete, ya que soy su abogado y su víctima expiatoria. Refunde en mí sus obras buenas o malas, que mis méritos perfeccionarán las primeras, y con mi muerte redimiré las otras. Acéptame a mí, y recibe de esos desgraciados, cual si fuese mío, el anhelo de paz para la raza humana. Que por lo menos viva, reconciliado contigo el Hombre, los tristes días que le has concedido, hasta que la muerte a que está condenado, y que yo pido que se difiera, no que se revoque, lo conduzca a mejor vida, en que todos los redimidos por mí participen de esta paz y bienaventuranza, identificados conmigo, como yo lo estoy contigo.»

A quien el Padre, no velado por nube alguna, respondió sereno:

«Todas tus peticiones acepto, amado Hijo, que todas eran otros tantos decretos míos; pero permanecer más tiempo en el Paraíso, no lo consiente la ley que he impuesto a la naturaleza. Esos puros e inmortales elementos, extraños a toda combinación grosera, a toda mezcla inarmónica e impura, rechazan al Hombre manchado ahora, y se apartan de él como de materia corrompida, para que según su nueva naturaleza se procure un alimento mortal y más propio de la disolución a que lo ha traído su pecado, a consecuencia del cual se pervirtió desde luego todo, y se corrompió lo que de suyo era incorruptible. Creé al Hombre dotándole de dos dones perfectísimos, la felicidad y la inmortalidad; pero el insensato perdió la una, y la otra sólo serviría para perpetuar sus males; por lo que recurrí a la muerte. La muerte, pues viene a ser su postrer remedio, y después de una vida meritoria a fuerza de penosas tribulaciones, purificada por la fe y por los actos de la misma fe, resucitará el día de la renovación del justo a una nueva vida, elevándose triunfante al renovarse los cielos y la tierra. Convoquemos ahora el sínodo de todos los bienaventurados en los vastos términos del cielo. No quiero ocultarles mis juicios, sino que vean cómo procedo con el género humano, pues que vieron como procedí con los ángeles rebeldes; y así, aunque se conservan firmes, se afirmarán todavía más en su fidelidad.»

Calló y a la señal que hizo el Hijo al brillante ministro que esperaba sus órdenes, éste tocó su trompeta, la misma quizá que se oyó después en el Oreb cuando descendía Dios, y quizá también la misma que volverá a oírse en el juicio universal. Oyóse al punto la voz del Angel en todas las regiones, y desde sus venturosas moradas cubiertas de amaranto, desde sus fuentes y manantiales de vida, desde todos los puntos en que reposaban en un goce común, se apresuraron los hijos de la luz a acudir al supremo llamamiento; y todos ocuparon sus sedes, hasta que desde lo alto de su encumbrado trono manifestó así su soberana voluntad el Omnipotente:

«Hijos míos: el Hombre se ha hecho semejante a uno de nosotros y conocedor del bien y el mal desde que probó el fruto prohibido, pero ese conocimiento se limita al bien que ha perdido y al mal que se ha procurado. ¡Qué dichoso sería si se hubiera contentado con conocer el bien por sí mismo, y no tener del mal la menor idea! Al presente se aflige, se arrepiente y ora contrito; yo dirijo sus movimientos; pero más que estos movimientos conozco cuán variable y vano es su corazón entregado a sí mismo. Recelando, pues, que más adelante vuelva a llegar con mano aún más osada al árbol de la vida, y coma su fruto, y viva perpetuamente, o crea por lo menos que su vida ha de ser interminable, he resuelto sacarlo del Paraíso y conducirlo a lugar más a propósito, donde labre la tierra de que fue extraído.

«Miguel, tú quedas encargado de mi mandato. Elige de entre los querubines flamígeros guerreros que llevar contigo, no sea que en favor del Hombre o para asaltar la mansión que queda deshabitada, introduzca el Enemigo alguna nueva perturbación. Apresúrate, pues, y expulsa del divino Edén a los esposos pecadores; lanza a los profanos de aquel santo lugar y anúnciales a ellos y a toda su descendencia su perpetuo destierro. Mas para que puedan soportar el peso de su rigurosa sentencia, una vez que se muestran humildes y que lloran compungidos su falta, que el terror no los amilane. Si obedecen resignados tu intimación, no des lugar a que partan desconsolados; revela a Adán lo que sucederá en los tiempos futuros conforme a las advertencias que yo te inspire, y mezcla tus palabras, los con-suelos de mi nueva alianza con la regenerada estirpe de la Mujer; de modo que se despidan tristes, pero tranquilos; Para defender la parte del Edén que más fácil entrada ofrece, pon por la parte de Oriente una guardia de querubines; vibre a larga distancia la llama de una espada que infunda espanto a todo el que trate de aproximarse, y cierra enteramente el paso hacia el árbol de la vida, no sea que, convertido el Paraíso en guarida de espíritus malévolos, inficionen todos aquellos árboles y vuelvan a seducir al Hombre con sus usurpados frutos.»

Apenas dejó de hablar, se preparó a descender prontamente el poderoso Angel, y con él la esplendente legión de los vigilantes querubines. Semejante a un doble Jano, cada uno tenía cuatro rostros; cada cual llevaba cubierto el cuerpo de ojos más numerosos que los de Argos, y vigilantes hasta el punto de no dejarse adormecer ni por la flauta arcadia, ni por el caramillo pastoril o la soporífera varilla de Mermes.

Despertaba al propio tiempo Leucothea para alegrar de nuevo al mundo con su sagrada luz, y embalsamaba con un fresco rocío la tierra, cuando Adán y nuestra primera madre Eva concluían sus oraciones, y hallaban en sí una fuerza que procedía del cielo. De su misma desesperación sacaban cierta esperanza, cierta tranquilidad que no alejaba, sin embargo, todos sus temores; y Adán repetía así a Eva sus benévolos consuelos:

«Eva, fácilmente admite la fe que todo el bien que disfrutamos procede del cielo; pero que de nosotros ascienda al cielo algo que prevalezca para con el espíritu de un Dios que es el colmo de toda dicha, o que baste a captarse su voluntad, no parece igualmente creíble; y con todo, esta ferviente oración, estos anhelantes suspiros que nacen de nuestro pecho, llegan hasta el trono del Señor, y desde el momento en que con mis ruegos he procurado aplacar su ofendida divinidad, y postrado ante ella he humillado mi corazón, paréceme que, propicio y afable, inclina hacia mí su oído, y hasta llego a persuadirme de que me oye con favorable disposición. Ello es que mi ánimo recobra su calma, y que acude a mi memoria aquella promesa de que tu raza hollará la cabeza de nuestro enemigo; promesa que no había vuelto a recordar en medio de mi turbación, y que ahora me infunde la esperanza de que ha pasado ya la amargura de la muerte, y de que seguiremos viviendo. Regocíjate, pues, Eva, con razón apellidada madre del género humano, madre de cuanto vive, pues que por ti vivirá el Hombre, y para el Hombre vivirá todo.»

Pero con rostro afectuoso a la vez y triste, le replicó así Eva: «No es digna de ese glorioso título una pecadora, que destinada a ser tu ayuda, se convirtió en tu asechanza: improperios, aversión y toda especie de oprobio es lo que merezco; y sin embargo, la misericordia de mi juez es infinita. Yo, que he dado la muerte a todos, vengo a ser por su gracia fuente de vida; y tú, generoso a tu vez también me juzgas digna de tan alto título, cuando yo soy únicamente de otro. Pero ya el campo nos llama al trabajo, que ahora ha de costarnos sudor después de una noche de insomnio. Mas, ¿no ves? Mira cómo la mañana, indiferente a nuestro cansancio, vuelve a emprender risueña su rosada vía. Marchemos, pues: no me apartaré más de tu lado, cualquiera que sea el sitio a que nos conduzca nuestra cotidiana faena, que ha de sernos penosa en lo sucesivo, pues ha de durar lo que dure el día; bien, ¿qué trabajo ha de parecernos duro en medio de estos bellos pensiles? Vivamos en ellos y viviremos contentos, aunque hayamos descendido tanto de nuestro estado.»

Así discurría, a medida de sus deseos, profundamente humillada Eva; mas otra era la decisión del Hado, y la Naturaleza tardó poco en manifestarla por medio de las aves, de los brutos y del aire, porque éste eclipsó de repente el purpúreo brillo de la mañana. A su vista, el ave de Júpiter, desde lo más alto de su vuelo, cayó sobre dos pájaros de bellísima pluma a quienes perseguía, y el animal que reina en los bosques, y que por primera vez se hizo entonces cazador, bajando de una colina, se lanzó contra un ciervo y su compañera, la más hermosa pareja de aquellos montes. Huían hacia la puerta oriental del Paraíso; observábalo Adán, y siguiéndolos con sus miradas, dijo conmovido a Eva:

«¡Ay, Eva! Algún próximo contratiempo nos amenaza, cuando por medio de esos mudos indicios de la Naturaleza nos presagia el cielo sus designios o cuando menos nos da a entender que confiamos demasiado en la remisión de nuestro castigo, porque nuestra muerte se ha diferido algunos días. ¿Quién sabe lo que durarán, ni lo que hasta entonces será nuestra existencia, ni si lo más que averiguaremos es que somos polvo, que polvo volveremos a ser, y que acabaremos? ¿A qué, si no, ponernos delante de ese doble espectáculo, esa súbita persecución en el aire y en la tierra, ambas en la misma dirección y en el mismo instante? ¿Por qué esa oscuridad del lado de Oriente antes de mediar el día, y ese fulgor matutino, mas vivo que el de la aurora, que ostenta aquella nube hacia el Occidente, esparciendo destellos por el firmamento azul, y descendiendo lentamente cual si trajese una misión del cielo?»

Y no era ofuscación suya; que de aquella parte, reflejando en el Paraíso un resplandor marmóreo y posándose sobre una colina, anunciaba una aparición gloriosa, de que no hubiera dudado Adán, si el humano temor no hubiera puesto en sus ojos sombras. No aparecieron más esplendentes los ángeles cuando se mostraron a Jacob en Mahanain, viéndose cubierto el campo con las tiendas de sus fúlgidas cohortes, ni cuando en Dothán se descubrió flamígera montaña hecho un campo de fuego y amenazando al monarca sirio, que para sorprender a un solo hombre y obrando como asesino, suscitó una guerra sin proclamarla.

Señaló el príncipe de las celestes jerarquías los puestos que habían de ocupar sus brillantes potestades para apoderarse del jardín, y él se adelantó solo, buscando el sitio en que se había refugiado Adán. No se le ocultó a éste, y mientras se acercaba el supremo mensajero, dijo a su esposa: «Disponte ya, Eva, a alguna gran novedad, que quizá ha de cambiar nuestra suerte o imponernos nuevas leyes a que tendremos de someternos, porque veo a lo lejos descender de la fulminante nube que envuelve la colina un guerrero de la legión celeste, y según su apariencia, no de los inferiores. Será algún gran Potentado, alguno de los supremos Tronos; que tal es la majestad que lo rodea. No me inspira temor por su terrible aspecto, ni tiene la benigna dulzura de Rafael, que tanta confianza infunde, sino una presencia tan solemne como sublime; y para no ofenderlo, retírate tú; yo con la mayor reverencia le saldré al encuentro.»

Y apenas dijo esto, se le acercó el Arcángel apresuradamente, no en su figura celestial, sino ataviado como un hombre que ha de entenderse con otro hombre. Sobre sus resplandecientes armas flotaba una veste marcial de púrpura, más viva de color que la Melibea, o que la grana de Sarra con que en los tiempos de treguas se ornaban los reyes y antiguos héroes. Isis tejió sus matices; su estrellado yelmo con la visera alzada dejaba ver un rostro en las primicias de la virilidad que acaba de salir de la juventud; a un lado, como un radiante zodíaco, llevaba pendiente la espada, terrible espanto de Satanás, y en su mano empuñaba la lanza. Adán se inclinó profundamente; el Arcángel se mantuvo erguido, y con majestuosa dignidad le dio así cuenta de su mensaje:

«Adán, el supremo mandato del cielo no ha menester exordios: baste decirte que tus ruegos han sido oídos, y que la muerte a que estabas sentenciado desde el momento de tu trasgresión retrasará su golpe los largos días que te están concedidos para dar lugar a tu arrepentimiento, y a que borres tu criminal acción con tus buenas obras. Entonces tal vez, desenojado tu Señor, te redimirá enteramente de la instancia con que la muerte te reclama; pero no te es permitido morar más tiempo en el Paraíso, y yo he venido para sacarte de él y enviarte fuera del Edén a labrar la tierra de que fuiste formado, y a cuyo seno es bien que vuelvas.»

No dijo más; porque al oír Adán estas palabras, sintió sobrecogido su corazón y embargados sus sentidos por el hielo del más acerbo dolor, mas Eva, que aunque oculta, todo lo había escuchado, se denunció a sí misma, prorrumpiendo en gritos y agudos lamentos:

«¡Oh inesperado golpe, más terrible que el de la muerte! ¡Salir de este dulce Paraíso, dejar mi suelo natal y estos dichosos y umbríos vergeles, morada digna de dioses! ¡Y yo que esperaba subsistir aquí tranquila en medio de mi tristeza, hasta que llegase el día mortífero para ambos! Flores amadas que no hallaré en ningún otro clima, las primeras a quienes visitaba por la mañana, las últimas de quienes por la tarde me despedía; flores que tanto cuidaba mi cariñosa mano desde que os abríais, y a todas las cuales he dado nombre: ¿quién os enderezará hacia el Sol ahora, y os ordenará por tribus, y os regará con la ambrosía de estos puros manantiales? Y tú, por fin, nupcial gruta, que yo me complacía en embellecer con cuanto puede ser agradable a la vista y al olfato, ¿cómo me alejaré de ti para andar vagando por un mundo inferior, que comparado con éste será salvaje y sombrío? ¿Cómo vivir en un aire menos puro, acostumbrada a estos frutos inmortales?»

Al oír esto el Angel, la interrumpió dulcemente: «No así te lamentes Eva; renuncia con resignación a lo que justamente has perdido; no te apasiones con tanta vehemencia de lo que no es tuyo. Al salir de aquí no vas sola; va contigo tu esposo, a quien estás obligada a seguir, porque donde él habite será tu tierra natal.»

Entonces Adán, volviendo en sí de su repentino e inerte anonadamiento y recobrando el ánimo, dirigió a Miguel estas humildes palabras: «Espíritu celestial, bien seas uno de los Tronos, bien lleves el nombre de superior entre ellos, porque tu majestad puede ser propia de un príncipe que impera sobre otros príncipes: bondadosamente nos has comunicado tu mensaje, que a hacerlo de otro modo, no hubiéramos resistido a tan duro golpe; mas todo el dolor, todo el abatimiento y desesperación que puede resistir nuestra flaqueza, en tus palabras están cifrados al anunciarnos el destierro de esta feliz morada, que era nuestro dulce asilo, el único consuelo que a nuestras almas estaban acostumbradas. Cualquiera otro lugar nos parecerá inhospitalario y yermo; nos desconocerá a nosotros y será para nosotros desconocido. ¡Ah! Si a fuerza de incesantes ruegos lograse apiadar la voluntad de Aquel que lo puede todo, no cesaría un momento de importunarle con continuos clamores; pero pedirle lo que se opone a su absoluto decreto, sería tan inútil como querer contrarrestar con nuestro hálito la fuerza del viento, que rechaza sofocante sobre nosotros al exhalarlo. Me someto pues, a su soberano mandato: sólo me aflige la idea de que al partir de aquí, no volveré a ver su rostro, no contaré más que con su bendito auxilio. Aquí hubiera yo recorrido de uno en otro, adorándolos, todos los sitios en que se dignó consolarme con su divina presencia; y hubiera dicho a mis hijos: «En este monte se me apareció; bajo este árbol se me hizo visible; entre estos pinos oí su voz; aquí orillas de esta fuente conversé con El.» En muestra de reconocimiento, le hubiera erigido altares de césped, y hubiera acumulado lustrosas piedras de los arroyos en memoria y monumento para las futuras edades, y derramado sobre ellas el dulce perfume de odoríferas gomas, de los frutos y de las flores. Pero en ese otro ínfimo mundo, ¿dónde hallaré sus brillantes apariciones, ni siquiera señal de la huella de sus plantas? Porque, aunque yo huya de su cólera, una vez recobrada la- vida, y prolongada su duración y legada a la posteridad que se me promete, no me queda otro consuelo que alcanzar a ver los destellos últimos de su gloria y adorar de lejos los más leves vestigios de sus pasos.»

«No ignoras, Adán», le replicó Miguel con afectuoso semblante, «que suyo es el cielo, suya la tierra toda, no esta roca solamente que llena con su presencia la tierra, el mar, el aire; todo cuanto vive alentado por el calor de su virtual omnipotencia. Te ha concedido el dominio de la tierra toda para que la poseas y la gobiernes, don que no debes menospreciar; y así, no creas que su presencia está reducida a los estrechos límites del Paraíso o del Edén. Este hubiera sido quizá la cabeza de tu imperio, de donde hubieran salido todas las generaciones, y adonde hubieran vuelto también de todos los confines de la tierra para ensalzarte y reverenciarte a ti, su ilustre progenitor; pero tú has perdido esta preeminencia, decayendo hasta el punto de tener que morar en el mismo suelo que tus hijos. No dudes, pues, de que tan presente como aquí, está Dios en los valles y en las llanuras, de que lo hallarás en todas partes, y de que por donde quiera te seguirán las pruebas de su presencia, y te verás circuido de su bondad y paternal amor, de su verdadera imagen y de las divinas huellas de sus pasos. Y para que puedas creer y asegurarte en esto, antes que de aquí salgas, has de saber que soy enviado para revelarte lo que en los futuros siglos te acontecerá a ti y acontecerá a tu descendencia. Prepárate a presenciar bienes y males, la pugna que se empeñará entre la divina gracia y la perversidad del hombre. Así aprenderás la verdadera resignación, y a moderar la alegría con el temor y un piadoso recogimiento, de modo que te mantengas igualmente sereno en la fortuna y en la adversidad, para que puedas arrostrar más a salvo los trances de la vida, y disponerte mejor al de la muerte cuando sobreviniere. Sube ahora conmigo a esta eminencia; deja aquí a Eva, a quien ya he tranquilizado, entregada al sueño, mientras tú, despierto, contemplas el porvenir, como en otro tiempo dormías tú también cuando ella vino a la vida.»

A cuyas palabras agradecido, contestó Adán: «Sube en buena hora, que yo te seguiré como a seguro guía por el camino que me conduzcas; sumiso estoy a la voluntad del cielo en medio de mi castigo. Opondré dócil pecho a todos los males, y me armaré para hacerme superior a todos los sufrimientos y conseguir desde luego la tranquilidad por medio del trabajo, si así puedo merecerla.»

Y ascendieron ambos a la visión divina. Era aquella montaña la más alta del Paraíso, y desde su cima se descubría claramente el hemisferio de la tierra, que se dilataba hasta donde podía alcanzar la vista. No era más elevada ni en torno se extendía más la montaña a donde por diferente causa llevó el Tentador, hallándose en el desierto, al segundo Adán, para mostrarle todos los reinos de la tierra y las grandezas de cada uno.

Desde allí pudo contemplar en su propio asiento las ciudades de antigua o reciente fama, las que eran cabeza de los más insignes imperios, desde los muros destinados a Cambalu, silla del Kan del Caita, y desde Camarcanda, orillas del Oxo y trono de Temir, hasta Pequín, donde reinan los reyes de la China. De aquí corrió su vista hasta Agra y Lahor, propias del gran Mogol, y hasta el Quersoneso Aureo, o hacia Ecbatana la de Persia, después Hispahán, o a Moscú, donde es soberano el zar de Rusia, y a Bizancio, dominada por el Sultán, que nació en el Turquestá. Pudo luego fijar sus ojos en el reino de Nego y su puerto más lejano, Erecco, y los pequeños estados marítimos de Montzaba, Quiloa, Melinde y Sofala, que algunos creen Ofir, hasta los reinos de Congo y Angola más al Mediodía; y trasladándose del río Niger al monte Atlas, los imperios de Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel y Tremecén. Y desde allí contempló a Europa, y el lugar en que Roma había de dominar al mundo. Y allá en su imaginación quizá descubrió la opulenta Méjico, imperio de Motezuma, y el de Cuzco en el Perú, espléndido trono de Atabalipa y la Guyana no despojada aún, a cuya principal ciudad llamaron El Dorado los hijos de Gerión.

Mas para disponerlo a representaciones más sublimes, Miguel levantó de los ojos de Adán el velo que había puesto sobre ellos el falso fruto de que se prometió vista más perspicaz; y luego le purificó el nervio visual con eufrasia y ruda, porque tenía mucho que ver, y le introdujo en él tres gotas de agua sacadas de la fuente de la vida. La virtud de aquellas yerbas penetró de tal manera hasta lo íntimo de la vista intelectual. que precisado Adán a cerrar los ojos, cayó enajenado, cayendo todos sus espíritus en un éxtasis; por lo que el bello Angel le asió de la mano y le hizo al punto volver en sí diciéndole:

«Adán, abre ahora los ojos, y contempla en primer lugar los efectos que tu crimen original ha producido en algunos de los que nacerán de ti; los cuales sin embargo, no han tocado jamás al árbol prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni delinquido con tu pecado; pero, a pesar de ello, de ese mismo pecado, heredan la corrupción que ha de precipitarlos en acciones más violentas.»

Abrió los ojos Adán, y vio un campo que, labrado en parte, estaba lleno de haces de paja recién segada; el resto quedaba para pasto y rediles de los ganados. En medio, como marcando un límite, se alzaba un altar rústico, hecho de hierba, al cual llegaba de pronto un segador sudoroso, que depositaba en él las primicias de sus frutos, espigas verdes aún y tostados haces, pero revueltos, y según más a mano los había hallado. Inmediato a él se veía un pastor en actitud más humilde, cargado con los recentales más escogidos y mejores de su rebaño, y después de sacrificarlos, extendía las entrañas y la grasa sobre la leña ya preparada, rociándolas con incienso, y practicando todos los demás ritos debidos. De repente bajó del cielo un fuego propicio sobre su ofrenda, y la consumió con presta llama, esparciendo alrededor un grato aroma; pero la ofrenda del otro no se consumió, porque no era sincera; lo cual lo encendió en ira, y según estaba hablando con el pastor, le lanzó en medio del pecho una piedra que le dejó sin vida. Cayó, y cubierto de mortal palidez exhaló el alma entre torrentes de sangre. Sobrecogido con aquel espectáculo el corazón de Adán, exclamó:

«Maestro mío ¿por qué ha sucedido tan gran desdicha a ese hombre humilde que tan bien ha hecho su sacrificio? ¿Este premio reciben la piedad y una devoción tan pura?»

Y Miguel le respondió conmovido: «Esos dos son hermanos, Adán, y nacerán de ti. El injusto ha matado al justo, por envidia de que el cielo haya aceptado la ofrenda de su hermano; pero esa acción sanguinaria será vengada, y, como tan meritoria, la fe del otro no quedará sin recompensa, aunque lo ves morir aquí cubierto de polvo y sangre.»

«¡Ay!», dijo nuestro padre. «¡Por esa acción y por esa causa! ¿Conque lo que he visto es la muerte? ¡Y por este medio volveré yo a la tierra nativa! ¡Oh espectáculo terrible, que no puede contemplarse sin repugnancia y asombro, ni considerarse sin horror, ni sentirse sin espanto!»

A lo que contestó Miguel: «Ya has visto en el hombre la primera forma de la muerte; pero ¡cuán varias; son las que toma y cuántos los caminos que conducen a su hórrida caverna, y todos ellos tristes! Es sin embargo más pavorosa para los sentidos a la entrada que interiormente. Unos, como acabas de ver, morirán por un golpe violento, otros por el fuego, el agua y el hambre, y muchos por la intemperancia en los manjares y en las bebidas. Ella propagará por la tierra crueles enfermedades, que en monstruosa multitud se ofrecerán a tu vista para que comprendas cuántas miserias ha acarreado a la humanidad el liviano apetito de Eva.»

Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante, sombría, parecida a un lazareto, en la cual se veían amontonados gran número de pacientes, porque allí se juntaban todas las enfermedades: el horroroso espasmo, los agudos tormentos, el agonizante desmayo del corazón, toda especie de fiebres, las convulsiones, las epilepsias, los rigurosos catarros, la piedra intestina y las úlceras, los cólicos rabiosos, el infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática demencia, la lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la peste devastadora, y las dopsias, el asma y el reuma que destroza la trabazón de los miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los suspiros; la desesperación corría de lecho en lecho, acosando a los enfermos, y sobre ellos blandía su dardo la muerte triunfante, pero retardando sus golpes, a pesar de que a todas horas la invocaban con afán, como el supremo bien y la última esperanza.

¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado, con ojos enjutos espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y lloró a pesar de no haber nacido de mujer; predominó la compasión en lo más perfecto del Hombre, y por algún tiempo se entregó al llanto, aunque acudiendo a su mente, más graves pensamientos, moderó su exceso, y así que recobró la palabra, volvió a sus exclamaciones:

«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado! ¡Qué condición tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber nacido. ¿Por qué se nos ha impuesto? Si el que la recibe la conociese, ¿cómo había de aceptar semejante oferta y no rechazarla desde luego, prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿ Es posible que siendo el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan bueno, tan preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que pasar por sufrimientos tan terribles a la vista y al ánimo tan intolerables? ¿Por qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no había de estar libre de semejantes imperfecciones, preservándolo de ellas el mismo respeto que se debe a la imagen de su Creador?»

«La imagen de su Creador», replicó Miguel, «se apartó de ellos desde el momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos desordenados; desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a quien servían, del vicio brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y que los rebajó hasta el punto de hacerlos dignos de su castigo. Porque no es la imagen de Dios la que han afeado, sino la suya propia, y si alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y al convertir las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades, ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de Dios que llevaban en sí mismos.»

«Reconozco esa justicia», dijo Adán, «y me someto a ella; pero, ¿no hay otro medio menos doloroso que estos, para llegar a la muerte y confundirnos con nuestro ordinario polvo?»

«Uno hay», respondió Miguel, «que consiste en observar la regla de «No excederse», de guardar templanza en lo que se come y bebe, procurándose el alimento preciso, no los deleites de la glotonería; con lo que pasarán multitud de atos sobre tu cabeza. Así podrás vivir hasta que, como el fruto maduro, vuelvas al seno de tu madre; y no serás arrancado violentamente, sino que te desprenderás con facilidad cuando estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y entonces sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá en débil y caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos, quedarán yertos para el gusto que ahora sientes en los placeres; y en lugar de ese espíritu juvenil, confiado y vivaz, se inyectará en tu sangre un humor melancólico, frío y estéril, que amenguará tu vigor y acabará por consumir todo el bálsamo de tu vida.»

A lo que repuso nuestro primer padre:

«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho la vida; dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y fácilmente me sea posible esta pesada carga, que debo- tener sobre mí hasta que llegue el día designado para librarme de ella; y esperaré tranquilamente mi disolución.

Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te dure, esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de decirlo. Y ahora prepárate a presenciar otro espectáculo.»

Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios colores: junto a unas pastaban rebaños de ganados; de otras salían voces de instrumentos que por sus acordes melodías indicaban ser órganos y arpas; y se descubría el que movía las teclas y pulsaba las cuerdas, cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el más bajo al más alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba un hombre trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre que había derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual abrasando algún bosque en cualquier montaña o valle; y penetrando por las venas de la tierra, hubiese arrojado el ardiente metal por la boca de una concavidad, ya porque algún torrente hubiese expelido aquellas materias de las profundidades en que se hallaban. Con sólo derramar el líquido en unos moldes que tenía ya preparados, forjó primero sus propias herramientas, y luego las que podían servir para liquidar o labrar los metales mismos.

Después de éstos, aunque no a mucha distancia, bajaron la llanura desde la cima de los altos montes en que moraban, otros hombres de diferente raza. Indicaban en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio en adorar sinceramente a Dios, y en cuidarse de todo aquello que puede proporcionar a los hombres libertad y paz. Y no habían discurrido largo tiempo por la llanura cuando de pronto salen de las tiendas un tropel de mujeres bellísimas, ricamente ataviadas de joyas y galas seductoras, cantando al compás de las arpas dulces y amorosos cánticos y tejiendo vistosas danzas. Aquellos hombres que permanecían graves, las miraron, fijaron en ellas sus ojos sin temor alguno, hasta que prendidos por fin en sus halagüeñas redes, cedieron a su encanto, y cada cual eligió la que le agradaba más; y en amantes coloquios se entretuvieron, hasta que apareció, precursora del amor, la estrella de la noche; y ardiendo entonces en fuego que los devoraba, encendieron las antorchas nupciales, y mandaron que se invocase el himeneo, que por primera vez se invocó en los ritos del matrimonio; y las tiendas todas resonaron en fiestas y ruidosas músicas.

Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y de la juventud, que no malograban un solo instante aquellos cantos y lazos de flores y dulcísimas armonías, de tal modo interesaban el corazón de Adán, de suyo inclinado al placer, irresistible propensión de la naturaleza, que exclamó así:

«Verdaderamente me has abierto los ojos, ¡oh tú el primero de los ángeles benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas de pacíficos días me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era estrago y muerte y tormentos aún más terribles; en ésta la naturaleza parece realizar todos sus designios.»

«No juzgues», le advirtió Miguel, «que lo más placentero es lo mejor, por más que parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo tú, creado para fin más noble más santo y puro, y más conforme con la divinidad. Esas tiendas que tan agradables te parecen, son el albergue de la perversidad, y en ellas habitará la raza de aquel que mató a su hermano. Parecen cultivar con afán las artes que embellecen la vida de las que son raros inventores, pero se olvidan de su Creador, cuyo espíritu los ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios. Nacerá de ellos, sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de mujeres tan bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables, alegres, encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra doméstica, el principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas sólo a los apetitos lascivos, servirán no más que para cantar y danzar, y lucir galas, y ejercitar la lengua, y flechar los ojos; y esa sobria raza de hombres cuyas vidas religiosas les hacían dignos del título de hijos de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud, toda su fama a las seducciones y sonrisas de esas bellas artes ateas. Ahora nadan en placeres; nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve, el mundo se convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»

Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué vergüenza», exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en la vida, tan fácilmente se aparten de su sendero tomando otros extraviados, o desfallezcan a la mitad del camino! Y lo que veo es que siempre los males del hombre tienen un mismo origen, todos provienen de la mujer.»

«Provienen» repuso el Angel, «de la afeminada flaqueza del hombre, que debería conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido dones tan superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»

Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba, ocupado por pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades populosas, con sus puertas y fuertes torres y una muchedumbre armada, en cuyos feroces semblantes se retrataba la guerra, gigantes de inmensos cuerpos y osados en sus empresas. Unos blandían sus armas, otros aguijaban a sus fogosos bridones, y así jinetes como infantes, ya diseminados, ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un ministerio ocioso. Apostados en un camino los escogidos para este fin, acopiaban forraje y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos hermosas vacas, que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños enteros de lanudas ovejas y balantes corderillos, rico botín de todos aquellos llanos: apenas si lograban escapar con vida los pastores que pedían socorro a gritos. De repente se traba un sangriento combate: chocan entre sí y con cruel furia los escuadrones, y en el sitio mismo en que poco antes yacían los ganados, yacen multitud de cadáveres y armas destrozadas, y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados otros, asedian una población fuerte y la hostilizan con baterías, con minas, con escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto de las murallas con flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre: horrible mortandad y gigantescas proezas por ambos lados. Más allá los heraldos con sus cetros llaman a consejo en las puertas de la ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos blancos y grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que por fin se levanta un personaje de mediana edad; distinguido por su prudencia, que discurre largamente sobre el derecho y la sinrazón, la justicia, la religión, la verdad, la paz y el juicio de Dios. Vitupéranlo mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos violentamente en él, a no bajar una nube que lo arrebató, desapareciendo a los ojos de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la tiranía, la luz de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella tierra.

Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó sollozando: «¿Qué gente es ésa, ministros de la Muerte, no hombres, que así se la dan a sus semejantes, y que multiplican diez mil veces el homicidio de su hermano? Porque hermanos suyos son esos a quienes degüellan, hombres que asesinan a otros hombres. Y ese justo, que a pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberlo salvado el cielo, ¿quién era?»

«Esos», replicó Miguel, «son los resultados de los torpes matrimonios que has visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que recíprocamente se aborrecen, la imprudencia de tal unión produce monstruosos engendros de cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes, hombres de encumbrada fama, porque en semejantes tiempos sólo se admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud heroica. Vencer en las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los despojos de infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime grado de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo, para alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de la humanidad, dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran llamarse destructores y plagas de la especie humana. Así se adquirirá en la tierra fama y nombradía, y el verdadero mérito se dará al olvido. Ese, que ha de ser el séptimo de tus descendientes, único justo de esa generación perversa, ya has visto que lo odiaban por eso mismo, y cuán expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque se atrevió a ser el único virtuoso y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios, rodeado de sus santos, vendría a juzgarlos. Pero el Señor Omnipotente lo ocultó en una nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto, y Dios lo ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación en el reino de la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te dará a entender el premio reservado para los buenos, y el castigo que a los demás aguarda; y en prueba de ello, dirige allí tus miradas y considera bien lo que vas a ver.»

Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca de bronce de la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba contento y júbilo, lujuria y disolución; todo era fiestas y danzas, matrimonios o prostituciones, según mejor parecía, raptos o adulterios, y por dondequiera que pasaba una mujer hermosa, arrastraba tras sí a los hombres. De las copas del deleite salían las discordias civiles. Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado con sus vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones en que sólo veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y arrepentimiento, como a almas que gemían encarceladas y en breve habían de sufrir una sentencia terrible. Todo fue en vano; y cuando sintió que se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y mudó lejos de allí sus tiendas.

En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave de extraordinarias dimensiones; calculó los codos que había de tener en longitud, en anchura y elevación; cubrióla en derredor de betún; abrió una puerta en uno de sus costados, la llenó de abundantes provisiones para hombres y animales, y ¡oh singular prodigio!, de cada especie de animales, aves y pequeños insectos, entraron en ella a setenas y a pares, obedeciendo al precepto que se les había impuesto, y los últimos de todos, el padre, sus tres hijos y sus cuatro mujeres; después de lo cual cerró Dios la puerta.

Al propio tiempo se levantó el viento del Mediodía y desplegando sus inmensas y negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo el cielo, las cuales se aumentaron con todos los vapores, con todas las húmedas y sombrías exhalaciones que inmediatamente les enviaron las montañas. Cerróse el denso firmamento como una lóbrega techumbre, y se desgajó una impetuosa lluvia, que prosiguió cayendo hasta que la tierra se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en medio de las aguas y con su enristrada proa se abría seguro paso; las olas habían sepultado ya las demás viviendas, que con todas sus pompas rodaban por el profundo abismo; el mar inundaba al mar, dejándole sin términos y sin playas, y en los palacios que tal magnificencia ostentaban antes, se guarecían y propagaban los monstruos marinos. De todo el género humano, ha poco tan numeroso, no quedaba más que lo que iba nadando en aquella frágil embarcación.

¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia, fin tan triste, y al considerar tan completa despoblación! Tú también te hallaste sumido en otro diluvio de lágrimas y pesares, anegado y ahogado como tus hijos, hasta que blandamente sostenido por el Angel, pudiste permanecer en pie, bien que inconsolable, como un padre que llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante sus ojos; tanto, que apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Angel.

«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido ignorante del porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males; que la carga diaria se lleva difícilmente. Estas penas que se reparten en varios siglos y que caen de una vez sobre mí, mi previsión las anticipa y me atormentan con la idea de lo que han de ser antes de que existan. Que ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte que le ha de caber a él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad de males que su previsión no podrá evitar, y que sólo temerlos serán para él no menos insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero ya de esto no debo cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención, dado que los pocos que sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y acongojados, a fuerza de vagar por esos líquidos desiertos. ¡Insensato! Llegué a esperar, al ver que la violencia y la guerra desaparecían de la tierra, que todo sería ventura, y que la paz vendría a coronar a la raza humana con largos días de prosperidad; pero, ¡qué grande fue mi error! Ahora conozco que tanto como corrompe la paz, devasta la guerra. ¿Por qué ha de ser así? Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la raza humana perecerá aquí.»

Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan triunfantes y tan viciosamente opulentos, son los mismos que viste al principio llevar a cabo eminentes hechos y grandes proezas, pero sin el mérito de la verdadera virtud. Los cuales después de haber vertido torrentes de sangre, trocado en ruinas las naciones que han sometido y granjeándose por tanto en el mundo fama, insignes títulos y grandes riquezas, han cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la ociosidad, la crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y su soberbia, de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica situación, han extraído sus hostiles hechos. De la propia suerte, los vencidos y los esclavizados por la guerra han perdido, al tiempo que su libertad, toda virtud y el temor de Dios; y aunque con fingida piedad le imploren en el trance de las batallas, no los ayudará el Señor contra los invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo sucesivo vivir tranquilos, licenciosa ~y mundanalmente, poseyendo lo que les dejen gozar sus dueños, porque la tierra producirá siempre más que lo que la templanza exija. Todo, pues, degenerará, llegará a pervertirse todo; yacerán en el olvido la Justicia, la moderación, la verdad, la fe. Un solo hombre quedará exceptuando, único hijo de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos de las seducciones, de las costumbres y de un mundo perverso; que superior al temor de los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los amonestará para que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus pasos las sendas de la rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que les anunciará la cólera que amenaza a su impenitencia, y se apartará de ellos porque la escarnecen; Dios lo contemplará como el único justo entre los vivientes; y él, obediente a su mandato, construirá esa arca maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia de un mundo condenado a universal naufragio.

«No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para transmitir la vida, entre y se guarezca en el arca, cuando instantáneamente se abrirán todas las cataratas del cielo, que noche y día derramarán torrentes de agua sobre la tierra; saldrán de madre las fuentes más profundas; reventará el Océano, cubriendo todas sus playas, hasta que la inundación sobrepuje a los más encumbrados montes. Este del Paraíso, impelido por la fuerza de las olas, y asaltado a la vez por los dos brazos de la corriente, perderá su asiento, y despojado de toda su pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se precipitará por el gran río hasta la boca del golfo, donde se detendrá convertido en isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas de graznido desapacible. Todo lo cual te enseñará que Dios no vincula en lugar alguno la santidad, si no va con los hombres que lo frecuentan o en él habitan. Y ahora presta atención a lo que sigue.»

Miró y vio el arca nadando sobre el agua, que a la sazón iba descendiendo, porque las nubes se alejaban empujadas por el viento sutil del norte, cuyo duro soplo rizaba la líquida superficie a medida que decrecía. Un sol radiante reflejaba en las cristalinas ondas, y como tras larga sed se saciaba en ellas ansioso de su frescura; y en breve toda aquella inundación, formando un tranquilo lago, fue disminuyendo y estrechándose más y más, y se retiró por fin al profundo abismo, que había ya abierto sus diques a tiempo que el cielo cerró sus cataratas. Ya no sobrenada el arca, sino que parece afirmada en tierra, y fija en la cima de alguna alta montaña; y ya se descubrían como otras tantas rocas las cumbres de las colinas. Las rápidas corrientes sepultan rugiendo sus airadas olas en el mar, que se retira. Sale un cuervo volando del arca; tras él, un mensajero más seguro, una paloma enviada primera y segunda vez en busca de un árbol verde o de terreno donde pudiera asentar sus ligeros pies. Vuelve al segundo viaje, trayendo en el pico una rama de olivo, señal de paz; y al punto aparece seca la tierra; y baja del arca el venerable anciano con toda su familia, y levantando sus manos y sus piadosos ojos al cielo en muestra de gratitud, ve sobre su cabeza una nube de rocío, y en medio de ella un arco formado con tres brillantes fajas de varios colores, que indicaban la paz de Dios y una era de nueva alianza: con lo que el corazón de Adán, antes tan triste, se regocijó sobremanera, y expresó su júbilo en estos términos:

«¡Oh tú que puedes representar como presentes las cosas futuras, celestial maestro! Ya con este último espectáculo me reanimo, seguro como estoy de que vivirá el Hombre y de que subsistirán con sus razas todas las criaturas. Al presente me lamento menos de la destrucción de todo un mundo de hijos criminales, cuanto me regocijo de haber hallado un solo hombre tan perfecto y tan justo, que Dios se haya dignado de hacerle principio de otro mundo, y de dar su cólera al olvido. Mas dime: ¿qué significan esas fajas de color que se enarcan en el cielo, como si el ceño de Dios se hubiese ya apaciguado? ¿Sirven, como una margen florida para detener la fluctuación de esa acuátil nube, por temor de que vuelva a disolverse y anegue otra vez la tierra?»

Y le respondió el Arcángel: «Has acertado en tu conjetura, que Dios ha tenido la benevolencia de redimir sus iras, aunque tan arrepentido estaba últimamente de haber creado al Hombre capaz de depravación. Sintióse apesadumbrado cuando al declinar al mundo su mirada, vio llena la tierra toda de violencias, y que la carne corrompía sus obras. Pero excluidos aquellos impíos, tal gracia ha merecido a sus ojos un hombre justo, que se ha apiadado y no eliminará de la tierra a la raza humana. Consiente en no aniquilar ya el mundo con un nuevo diluvio, en no permitir que el mar traspase sus límites, ni la lluvia sumerja a hombres y animales. Siempre que tienda una nube sobre la tierra, desplegará su arco, y seguirán su invariable curso el día y la noche, la estación de la siembra y de la cosecha, del calor y de los blancos hielos, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, y así el cielo como la tierra, donde ha de morar el justo.»