Read synchronized with  Chinese  English  French  Portuguese  Russian 
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Franz había salido del cuarto de Noirtier tan aterrado, que la misma Valentina tuvo piedad de él.

Villefort, que sólo había articulado algunas palabras incoherentes y que había salido de su despacho, recibió dos horas después la siguiente carta.

«Después de las revelaciones de esta mañana, no podrá suponer el señor Noirtier de Villefort que sea posible una alianza entre su familia y la del señor Franz d'Epinay, que se horroriza al pensar que el señor de Villefort, que parecía conocer los acontecimientos contados esta mañana, no le haya avisado antes.»

El que hubiese visto en este momento al procurador, abatido por el golpe, no hubiese pensado lo que preveía. En efecto, nunca hubiera creído que su padre llevaría la franqueza, más bien la rudeza, hasta contar semejante historia. Es cierto que el señor Noirtier nunca se había ocupado de aclarar este hecho a los ojos de su hijo, y éste había creído siempre que el general Quesnel, o el barón d'Epinay, había muerto asesinado y no en un duelo leal como se le había demostrado.

Esta carta tan dura de un joven hasta entonces tan respetuoso era mortal para el orgullo de un hombre como Villefort.

Apenas acababa de entrar en su despacho cuando entró en él también su mujer.

La salida de Franz, llamado por el señor Noirtier, había asombrado de tal modo a todo el mundo, que la posición de la señora de Villefort, que se quedó sola con el notario y los testigos, era cada vez más embarazosa. Entonces la señora de Villefort tomó un partido y salió anunciando que iba a ver lo que ocurría.

El señor de Villefort se contentó con decirle que, a consecuencia de una discusión entre él, el señor Noirtier y el señor d'Epinay, el casamiento de Valentina con Franz se había desbaratado.

Difícil era comunicar esto a los que esperaban. Así, pues, la señora de Villefort, al entrar, se contentó con decir que el señor Noirtier tuvo al comienzo de la conversación un ataque apopléjico, y que por esta razón el contrato se dilataba, naturalmente, para después de algunos días.

Esta noticia, aunque era falsa, causó tal extrañeza después de las dos desgracias del mismo género, que los testigos se miraron asombrados y se retiraron sin decir una palabra.

Entretanto, Valentina, feliz y espantada a la vez, después de haber abrazado y dado gracias al débil anciano que acababa de romper de un solo golpe una cadena que ella miraba como indisoluble, pidió que la dejasen retirarse a su cuarto, y Noirtier le concedió permiso para ello.

Pero, en lugar de subir a su cuarto, Valentina entró en el corredor, y saliendo por la puertecita, se lanzó hacia el jardín. En medio de todos los acontecimientos que acababan de sucederse unos a otros, un terror sordo había oprimido constantemente su corazón. Esperaba de un momento a otro ver aparecer a Morrel pálido y amenazador como el aire de Ravenswod en el contrato de Lucía de Lammermoor.

En efecto, era tiempo de que llegase a la reja Maximiliano, que había sospechado lo que iba a ocurrir al ver a Franz salir del cementerio con el señor de Villefort. Le había seguido, después de haberle visto salir y entrar de nuevo con Alberto y Chateau-Renaud. Para él ya no había duda. Se dirigió a su huerta preparado a cualquier evento, y seguro de que en su primer momento de libertad, Valentina correría en su busca.

No se había engañado Morrel. Con los ojos arrimados a las tablas de la valla, vio aparecer, en efecto, a la joven que, sin tomar ninguna de las acostumbradas precauciones, corría hacia donde él se encontraba.

A la primera ojeada que le dirigió Maximiliano se tranquilizó. A la primera palabra que pronunció ella, saltó de alegría.

-¡Salvados! -dijo Valentina.

-¡Salvados! -repitió Morrel, no pudiendo creer en semejante felicidad-. ¿Salvados, por quién?

-Por mi abuelo. ¡Oh! ¡Amadle mucho, Morrel!

Morrel juró amar al anciano con toda su alma, y este juramento lo pronunciaba con un placer tanto mayor, cuanto que desde aquel instante no sólo le amaba como a su amigo, sino que le adoraba como a un dios.

-Pero ¿cómo es posible? -preguntó Morrel-. ¿De qué medios se ha valido?

Valentina iba a abrir la boca para contárselo todo, pero se acordó de que había en el fondo de todo aquello un terrible secreto que no pertenecía sólo a su abuelo.

-Más tarde -dijo- os lo contaré todo.

-¿Pero cuándo?

-Cuando sea vuestra mujer.

Esto era poner la conversación en un estado en que Morrel accedía gustoso a todo cuanto le pedía Valentina. Dijo para sí que bastante era para un día lo que acababa de saber, pero no consintió en retirarse sino después de haber exigido la promesa de que vería a Valentina al día siguiente por la noche.

Esta prometió hacer lo que él quisiera.

Todo había cambiado a sus ojos, y seguramente le era menos difícil creer ahora que se casaría con Maximiliano, que convencerse una hora antes que no se casaría con Franz...

Durante este tiempo, la señora de Villefort había subido al cuarto del señor Noirtier, que la miró con aquellos ojos sombríos y severos con que acostumbraba hacerlo.

-Caballero -le dijo ella-, no necesito comunicaros que el casamiento de Valentina se ha desbaratado, puesto que aquí es donde ha tenido lugar este acto.

Noirtier permaneció inmóvil.

-Pero -continuó la señora de Villefort- lo que vos no sabéis es que yo siempre me había opuesto a tal enlace y que éste se iba a celebrar a pesar mío.

Noirtier miró a su nuera como pidiéndole una explicación.

-Ahora que se ha deshecho ese matrimonio, por el cual yo sabía la repugnancia que sentíais, voy a dar un paso que no podrían dar el señor de Villefort ni su hija.

Los ojos de Noirtier preguntaron qué pasó era éste.

-Vengo a suplicaros -continuó la señora de Villefort-, como la única que tiene derecho a hacerlo, porque no reportaré utilidad alguna de ello. Vengo a suplicaros que devolváis la herencia a vuestra nieta.

Los ojos de Noirtier permanecieron un instante inciertos. Evidentemente buscaba los motivos de este paso y no podía hallarlos.

-¿Puedo esperar, caballero, que vuestras intenciones estén en armonía con la súplica que vengo a haceros?

-Sí -indicó Noirtier.

-Entonces me retiro feliz y llena de reconocimiento hacia vos.

Y saludando al señor Noirtier se retiró.

En efecto, al día siguiente mandó Noirtier llamar a un notario. Se rompió el primer testamento y redactóse otro nuevo, en el que dejó todos sus bienes a Valentina, bajo las condiciones de que no la separarían de él.

Algunas personas calcularon entonces que la señorita de Villefort, heredera del marqués y de la marquesa de Saint-Merán, y amada de su abuelo, tendría algún día trescientas mil libras de renta.

Mientras en casa de los Villefort se rompía este casamiento, el conde de Morcef recibió la visita del de Montecristo, y para mostrar sus deseos de complacer a Danglars, se vistió su uniforme de gala de teniente coronel con todas sus cruces, y pidió sus mejores caballos.

Luego se dirigió a la calle de Chaussée d'Antin y se hizo anunciar a Danglars, que en aquel momento estaba efectuando sus pagos de fin de mes. No era éste el momento más a propósito para encontrar a Danglars en su mejor humor.

Así, pues, al ver a su antiguo amigo, Danglars tomó su aire majestuoso y se repantigó en su sillón.

Morcef, tan grave por lo general, había afectado al contrario un aire risueño y afable. De consiguiente, seguro como estaba de que su primera frase produciría una buena acogida, no hizo más cumplidos, y fue derecho al asunto.

-Barón -dijo-, aquí me tenéis. Mucho tiempo ha que no hemos hablado acerca de la palabra que mutuamente nos dimos...

Morcef esperaba que se alegrase la fisonomía del banquero al oír estas palabras, pero, al contrario, volvióse casi más impasible y frío que antes.

Por esto Morcef se detuvo en medio de su frase.

-¿Qué palabra, señor conde? -preguntó el banquero, como si buscase en su imaginación la explicación de lo que el general quería decir.

-¡Oh! -dijo el conde-, vos sois formalista, señor mío, y me recordáis que el ceremonial debe hacerse en toda regla. Disculpadme, ¡qué diantre! Perdonadme, como no tengo más que un hijo, y es la primera vez que pienso casarle, estoy aún en el aprendizaje. Vaya..., veamos ahora.

Y Morcef, con una sonrisa forzada, se levantó, hizo una profunda reverencia a Danglars, y le dijo:

-Tengo el honor, señor barón, de pediros la mano de la señorita Danglars, vuestra hija, para mi hijo, el vizconde Alberto de Morcef.

Pero Danglars, en vez de acoger estas palabras como un favor que Morcef podía esperar de él, frunció las cejas y sin invitar al conde a volverse a sentar, repuso:

-Señor conde, antes de responderos, tengo necesidad de reflexionar.

.-¡De reflexionar! -repuso Morcef cada vez más asombrado-. ¿No habéis tenido tiempo todavía de reflexionar después de ocho años que hablamos de ese casamiento por vez primera?

-Señor conde, todos los días están sucediendo cosas que hacen que se renueven las reflexiones.

-¿Pues cómo? -preguntó Morcef-, no os comprendo, barón.

-Me refiero, caballero, a que hace quince días, nuevas circunstancias...

-Permitid -dijo Morcef-, ¿es eso una comedia o no lo es?, quisiera saberlo.

-¿Cómo, una comedia?

-Sí, pongamos las cartas boca arriba.

-No os pido otra cosa.

-¿Habéis visto a Montecristo?

-Le veo muy a menudo -dijo Danglars con petulancia-. Es uno de mis amigos.

-¡Pues bien! Una de las últimas veces que le habéis visto, le dijisteis que yo era un olvidadizo, y que no acababa de tomar una resolución respecto a la boda.

-Es cierto.

-¡Pues bien! Yo no soy olvidadizo ni me falta resolución, bien lo veis, puesto que vengo a recordaros vuestra promesa.

Danglars no respondió.

-¿Habéis mudado tan pronto de parecer? -añadió Morcef-. ¿O no habéis provocado esta demanda sino por el placer de humillarme?

Danglars comprendió que si continuaba la conversación en el tono en que la había emprendido, la cosa no sería muy provechosa para él.

-Señor conde -dijo-, debéis estar sorprendido de mi reserva. Lo comprendo, yo soy el primero en lamentarlo, pero creed que no puedo menos de obrar así, porque circunstancias imperiosas me lo ordenan.

-Esas son disculpas, mi querido amigo -dijo el conde-,con las que se podría contentar un cualquiera, pero el conde de Morcef no es un cualquiera. Y cuando un hombre como él viene a buscar a otro hombre, le recuerda la palabra dada, y cuando este hombre falta a su palabra, tiene derecho a exigir que le den otra razón más convincente.

Dariglars era cobarde, pero no quería aparentarlo. Afectó picarse del tono que tomaba Morcef y dijo:

-No me faltan razones de peso.

-¿Qué vais a decirme?

-Que tengo una razón que os convencería, pero es difícil decirla.

-Sin embargo, vos conocéis -dijo Morcef- que yo no puedo contentarme con vuestras razones y lo único que veo más claro en todo esto es que rechazáis mi alianza.

-No, señor -dijo Danglars-; suspendo mi resolución, que es diferente.

-¡Pero no creo que supondréis que yo me he de someter a vuestros caprichos, hasta el punto de esperar tranquila y humildemente que os dé la gana resolveros!

-Entonces, señor conde, si no podéis esperar, consideremos nuestros proyectos como nulos.

El conde se mordió los labios hasta saltársele la sangre, y sufría en no poder dar rienda suelta a su furor. No obstante, comprendiendo que en tales circunstancias el ridículo estaría de su parte, ya había empezado a acercarse a la puerta del salón, cuando reflexionando, volvió sobre sus pasos.

Por su frente acababa de cruzar una nube, dejando en lugar del orgullo ofendido, las huellas de una vaga inquietud.

-Veamos -dijo-, mi querido Danglars, nosotros nos conocemos desde hace muchos años y por consiguiente debemos tener algunas consideraciones uno con otro. Vos me debéis una explicación, y quiero saber al menos la causa de esta ruptura entre nosotros. ¿Sería mi hijo el que...?

-No se trata de una cuestión personal del vizconde, esto es cuanto puedo deciros, caballero -respondió Danglars con más ironía cada vez.

-¿Y de quién es personal entonces? -preguntó con voz alterada Morcef, cuya frente se cubría de palidez.

Danglars, que espiaba todos sus movimientos, no dejó de notar estos síntomas y clavó en él una mirada más tranquila y penetrante que las demás.

-Dadme gracia porque no soy más explícito -dijo.

Un temblor nervioso, que sin duda provenía de una cólera contenida, agitaba a Morcef.

-Tengo derecho -respondió, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo- a exigir que os expliquéis. ¿Tenéis algo contra la señora de Morcef? ¿Es acaso porque mi fortuna no es tan considerable como la vuestra? ¿Es porque mis opiniones son contrarias a las vuestras...?

-Nada de eso, caballero -dijo Danglars-, ello sería imperdonable, porque yo me comprometí sabiendo todo eso. No; no tratéis de indagar, me avergüenzo yo mismo de lo que está ocurriendo. Nada, tomemos el término medio de la dilación, que no es ni un rompimiento ni un compromiso. No hay tanta prisa, ¡qué demonio! Mi hija tiene diecisiete años, y vuestro hijo veintiuno. Durante el plazo, el tiempo mismo os dirá las razones que me impulsan a obrar así. Las cosas que un día le parecen a uno oscuras, al siguiente están claras como el agua. Hay veces en que las calumnias...

-¿Calumnias habéis dicho, caballero? -exclamó Morcef poniéndose lívido-. ¿Me han calumniado a mí?

-Señor conde, no entremos en explicaciones, os lo suplico.

-De modo, caballero, que debo aguantar tranquilamente esa negativa...

-Penosa para mí sobre todo, caballero, sí, más penosa que para vos, porque yo contaba con el honor de vuestra alianza, y un casamiento desbaratado causa siempre más perjuicio a ella que a él.

-Está bien, caballero, no hablemos más -dijo Morcef.

Y arrojando sus guantes con rabia salió de la habitación.

Danglars recordó que aquélla era la primera vez que retiraba su palabra, sobre todo, habiéndosela dado a Morcef.

Aquella noche hubo una larga conferencia con muchos amigos, y el señor Cavalcanti, que había estado constantemente en el saloncito de las señoras, salió el último de casa del banquero.

Al despertarse al día siguiente, Danglars pidió los periódicos. Al punto se los trajeron. Separó tres o cuatro y tomó El Imparcial.

Este era el periódico del que Beauchamp era el redactor principal.

Rompió rápidamente la cubierta, lo abrió con una precipitación nerviosa, pasó desdeñosamente la vista por el artículo de fondo, y habiendo llegado a las noticias varias, se detuvo con una sonrisa diabólica en un párrafo que comenzaba de esta suerte:

«Nos escriben de Janina... »

-Bien, bien -dijo después de haberlo leído-, aquí tengo un parrafito acerca del coronel Fernando, que según toda probabilidad me ahorrará el tener que dar explicaciones al señor conde de Morcef.

Casi al mismo tiempo que ocurría esta escena, es decir, hacia las diez de la mañana, Alberto de Morcef, vestido de negro, con su frac abrochado hasta el cuello, el paso agitado y grave el semblante, se presentaba en la casa de los Campos Elíseos.

-El señor conde acaba de salir hace media hora -dijo el portero.

-¿Le ha acompañado Bautista? -preguntó Morcef.

-No, señor vizconde.

-Llamadle, pues quiero hablarle.

El portero fue a buscar al ayuda de cámara y al instante volvió con él.

-Amigo mío, os pido perdón por mi indiscreción -dijo Alberto-, pero he querido preguntaros a vos mismo si era cierto que vuestro amo había salido.

-Sí, señor -respondió Bautista.

-¿Para mí también?

-Yo sé cuánto gusta mi amo de recibiros, y me guardaría muy bien de incluiros en una medida general, pero ha salido.

-Tienes razón, porque tenía que hablarle de un asunto grave. ¿Crees tú que tardará mucho en volver?

-No, porque ha dicho que tenga preparado su almuerzo para las diez.

-Bien, voy a dar una vuelta por los Campos Elíseos y a las diez estaré aquí. Si el señor conde vuelve antes, suplícale que me espere.

-Podéis estar seguro, descuidad.

Alberto dejó a la puerta del conde el cabriolé de alquiler en que había venido.

Al pasar por delante del Paseo de las Viudas creyó reconocer los caballos del conde esperando a la puerta de tiro de Gosset. Acercóse y después de haber reconocido los caballos, reconoció al cochero.

-¡Hola! ¿Está en el tiro el señor conde? -preguntó Morcef a aquél.

-Sí, señor -respondió el cochero.

En efecto, ya había oído Alberto muchos tiros regulares desde que se iba aproximando a aquel sitio.

Entró. En el jardín se encontraba el mozo.

-Perdonad -dijo-, pero el señor vizconde tendrá la bondad de esperar un instante.

-¿Por qué, Felipe? -preguntó Alberto, que, a fuerza de parroquiano de aquel tiro, se admiraba de que no le dejasen entrar.

-Porque la persona que se ejercita en este momento toma el tiro para él solo y nunca tira delante de nadie.

-¿Ni siquiera delante de vos, Felipe?

-Bien veis, caballero, que estoy a la puerta de mi morada.

-¿Y quién le carga las pistolas?

-Su criado.

-¿Un nubio?

-Un negro.

-Eso es.

-¿Conocéis a ese señor?

-Vengo a buscarle; es amigo mío.

-¡Oh! , entonces eso es otra cosa, voy a pasarle recado.

Y Felipe, llevado también de su curiosidad, entró en el tiro.

Un segundo después apareció Montecristo junto a la puerta por donde salió Felipe.

-Perdonad que os haya perseguido hasta aquí, mi querido conde -dijo Alberto-, pero empiezo por deciros que nadie más que yo tiene la culpa. Me presenté en vuestra casa, me dijeron que habíais salido, pero que volveríais a las diez para almorzar. Yo me paseé a mi vez esperando que fuesen las diez, y mientras estaba paseando vi vuestros caballos y vuestro carruaje.

-Eso me hace creer que almorzaremos juntos.

-Muchas gracias, no se trata de almorzar ahora. Tal vez almorzaremos más tarde, pero en mala compañía, ¡voto a... !

-¿Qué diablos me estáis contando?

-Querido, me bato hoy mismo.

-¡Vos! ¿Qué me decís?

-¡Que voy a batirme en duelo!

-Sí, lo entiendo. ¿Pero por qué? Uno se bate por mil cosas, ya comprenderéis.

-Por el honor.

-¡Ah!, eso es más grave de lo que imaginaba.

-Tan grave que vengo a pediros un favor.

-¿Cuál?

-El de que seáis mi padrino.

-Entonces, eso es todavía más grave. No hablemos más de esto y volvamos a casa. Dame agua, Alí.

El conde se subió las mangas de su camisa, y pasó al vestíbulo que precede a los tiros y donde los tiradores solían lavarse las manos.

-Entrad, señor vizconde -dijo Felipe en voz baja-. Veréis algo bueno.

Morcef entró. En lugar de hitos, la tabla estaba llena de cartas.

De lejos, Morcef creyó que era un juego completo. Había desde el as hasta el diez.

-¡Ah!, ¡ah! -dijo Alberto-. ¿A qué jugáis?

-¡Psch! -dijo el conde-, estaba terminando una jugada.

-¿Cómo?

-Sí, como veis no había más que ases y doses, pero mis balas han hechos treses, cincos, sietes, ochos, nueves y dieces.

Alberto se acercó.

En efecto, las balas, con líneas perfectamente exactas y distancias iguales, habían reemplazado los signos ausentes, agujereando el cart6n en el sitio en que debiera estar pintado.

Al dirigirse a la plancha, Morcef recogió también dos o tres golondrinas que habían tenido la imprudencia de pasar por delante del conde y que éste mató implacablemente.

-¡Diablo! -exclamó Morcef.

-¿Qué queréis?, mi querido vizconde -dijo Montecristo enjugándose las manos en una finísima toalla que le trajo Alí-, en algo he de consumir mis ratos de ocio. Pero vámonos, os espero.

Ambos subieron al carruaje de Montecristo, que los condujo en pocos instantes a la casa número 30.

Montecristo condujo a Morcef a su gabinete, y le mostró un sillón. Ambos se sentaron.

-Ahora hablemos con toda calma y sosiego -dijo el conde.

-Bien veis que estoy perfectamente tranquilo.

-¿Con quién vais a batiros?

-Con Beauchamp.

-¿Uno de vuestros amigos?

-Con los amigos es con los que se bate uno siempre.

-Dadme al menos una razón.

-Tengo una.

-¿Qué os ha hecho?

-En su periódico de ayer hay.. . pero no, leed vos.

Alberto mostró a Montecristo un periódico en que se leían estas palabras:

Nos escriben de Janina:

Hemos llegado a conocer un hecho importante ignorado hasta ahora, o al menos inédito. Los castillos que defendían la ciudad fueron entregados a los turcos por un oficial francés, en quien el visir AlíTebelín había depositado toda su confianxa. Este oficial se llamaba Fernando.

-Y bien -preguntó Montecristo-, ¿qué es lo que os sorprende en ese párrafo?

-¿Qué es lo que me sorprende?

-Sí. ¿Qué os importa que los castillos de Janina hayan sido entregados por un oficial llamado Fernando?

-Me importa, puesto que mi padre, el conde de Morcef, se llama Fernando.

-¿Y vuestro padre servía a Alí-Bajá?

-Es decir, combatía por la independencia de los griegos. Esa es precisamente la calumnia.

-¡Ah, vizconde, hablemos razonablemente!

-No es otro mi deseo.

-Decidme: ¿Quién diablos sabe en Francia que el oficial Fernando es el mismo conde de Morcef, y quién se ocupa ahora de Janina, que fue tomada en 1822 o en 1823, según creo?

-Ahí está precisamente la perfidia. Han dejado pasar tiempo para salir ahora con un escándalo que pudiera empañar una elevada posición. Pues bien, yo, heredero del nombre de mi padre, no quiero que sobre él haya ni aun la sombra de una duda. Voy a mandar a Beauchamp, cuyo periódico ha publicado esta nota, dos testigos, y la retractará.

-Beauchamp no la retractará.

-Entonces nos batiremos.

-No, no os batiréis, porque os responderá que tal vez había en el ejército griego cincuenta oficiales que se llamasen Fernando.

-A pesar de esa respuesta, nos batiremos. ¡Oh, quiero que esto desaparezca! Mi padre, un soldado tan noble..., una carrera tan ilustre...

-O bien pondrá: «estamos seguros de que este Fernando nada tiene que ver con el conde de Morcef, cuyo nombre de pila es también Fernando».

-Quiero que se retracte de una manera más completa. No me contentaré con eso.

-¿Y vais a enviarle vuestros padrinos?

-Sí.

-Haréis mal.

-Lo cual quiere decir que me negáis el favor que venía a pediros.

-¡Ah!, ya sabéis mi teoría respecto al duelo; creo habéroslo dicho en Roma, ¿no os acordáis?

-Esta mañana, hace un momento, os encontré en una ocupación que está poco en consonancia con esa teoría.

-Porque, amigo mío, vos comprenderéis que algunas veces es menester salir de sus casillas. Cuando se vive con locos, es preciso también aprender a ser insensato. De un momento a otro, algún calavera, aunque no tenga más motivo para buscar camorra que el que tenéis vos para buscársela a Beauchamp, puede venirme con cualquier necedad, enviarme sus testigos o insultarme en público. Pues bien, tengo que matar a ese calavera.

-¡Ah! Luego, ¿también vos os batiríais?

-Naturalmente.

-¡Pues bien! Entonces, ¿por qué queréis que yo no me bata?

-No digo que no os batáis, sino que un duelo es cosa muy grave y de reflexionar.

-¿Y él ha reflexionado para insultar a mi padre?

-Si no ha reflexionado, y os lo confiesa, no debéis atentar contra él.

-¡Oh!, mi querido conde, sois demasiado indulgente.

-Y vos, demasiado riguroso. Veamos, yo supongo..., escuchad con atención. Yo supongo..., ¡no os vayáis a enojar por lo que voy a deciros!

-Escucho.

-Supongo que el hecho sea cierto...

-Un hijo no debe nunca admitir semejantes suposiciones sobre el honor de su padre.

-¡Oh, Dios mío! ¡Estamos en una época en que se admiten tantas cosas!

-Ese es precisamente el defecto de la época.

-¿Y pretendéis reformarla?

-Sí; por lo que a mí respecta.

-¡Oh! ¡Dios mío!, buen reformista haríais, amigo mío.

-No lo puedo remediar.

-Sois inaccesible a los consejos que os dan de buena fe.

-No cuando proceden de un amigo.

-¿Creéis que yo lo sea vuestro?

-Sí.

-¡Pues bien!, antes de enviar a Beauchamp vuestros padrinos, informaos.

-¿De quién?

-¡Oh.. . ! De Haydée, por ejemplo.

-Mezclar en todo esto a una mujer, ¿y qué podrá hacer?

-Decir que vuestro padre no tiene nada que ver con la derrota o con la muerte del suyo, o deciros la verdad, si por casualidad vuestro padre hubiese tenido la desgracia...

-Ya os he dicho, mi querido conde, que no podía admitir esa suposición.

-Entonces, ¿rehusáis ese medio?

-Lo rehúso.

-¿Absolutamente?

-Absolutamente.

-Oíd, entonces, mi último consejo.

-Bien, pero que sea el último.

-¿No queréis oírlo?

-Al contrario, os lo pido.

-No enviéis a Beauchamp vuestros padrinos. -¿Cómo?

-Id vos mismo a buscarle.

-Eso va contra la costumbre.

-Ese duelo nada tiene que ver con los comunes, veamos.

-¿Y por qué debo ir yo mismo?

-Porque de ese modo el asunto quedará entre vosotros dos.

-Explicaos.

-Si Beauchamp está dispuesto a retractarse, preciso es dejarle el mérito de la buena voluntad; no por eso dejará de hacer lo que le parezca. Si por el contrario, entonces será tiempo de revelar el secreto a los dos extraños.

-No serán dos extraños, serán dos amigos. -Los amigos de hoy son enemigos mañana.

-¡Oh! ¡Cómo... !

-Dígalo Beauchamp.

-Así, pues...

-Así, pues, os recomiendo prudencia.

-¿Y me aconsejáis que vaya yo mismo a buscar a Beauchamp?

-Sí.

-¿Solo?

-Solo. Cuando se quiere obtener algo del amor propio de un hombre, es preciso salvar a ese amor propio hasta la apariencia del sufrimiento.

-Me parece que tenéis razón. -¡Gracias a Dios!

-Iré solo.

-Escuchad. Creo que mejor haríais en no ir ni solo ni acompañado.

-Pero eso es imposible.

-Haced lo que os digo, os tendrá más cuenta.

-Pero en este caso, veamos: si a pesar de todas mis preocupaciones, llega a efectuarse el desafío, ¿me serviréis de testigo?

-Mi querido vizconde -dijo Montecristo con una gravedad extremada-, ya conoceréis que en todo estoy pronto a serviros. Pero lo que me pedís sale ya del círculo de lo que puedo hacer por vos.

-¿Por qué?

-Quizás un día lo sabréis. -Pero mientras tanto...

-Dispensadme, es un secreto.

-Está bien. Elegiré a Franz y Chateau-Renaud.

-Perfectamente. ¡Franz y Chateau-Renaud son muy a propósito para el caso!

-Pero, en fin, si me bato, ¿me daréis una leccioncita de espada o de pistola?

-No; eso también es imposible.

-¡Oh! ¡Qué singular sois! ¿Conque en nada queréis mezclaros?

-En nada absolutamente.

-No hablemos entonces más de ello. Adiós, conde.

-Adiós, vizconde.

Morcef tomó su sombrero y salió.

A la puerta encontró su cabriolé, y conteniendo cuanto pudo su cólera, se hizo conducir a casa de Beauchamp, que estaba en la redacción.

Entonces Alberto se hizo conducir allí.

Beauchamp estaba en un salón sombrío y oscuro como suelen ser las redacciones de periódicos.

Anunciáronle a Alberto de Morcef. Dos veces se hizo repetir el anuncio, y mal convencido aún, gritó:

-Entrad.

Alberto entró. Beauchamp lanzó una exclamación de sorpresa al ver a su amigo atravesar por entre los papeles y pisotear con la torpeza hija de la poca costumbre que tenía, los periódicos de todos tamaños que cubrían, no el pavimento, sino la mesa en que estaba escribiendo.

-¡Por aquí, por aquí, mi querido Alberto! -dijo, presentando al joven-. ¿Qué es lo que os trae por acá? ¿Venís a almorzar conmigo? Veamos, buscad una silla. Mirad, allí hay una junto a aquel geranio, que es lo único que recuerda que haya hojas en el mundo además de las de papel.

-Beauchamp -dijo Alberto-, vengo a hablaros de vuestro periódico.

-¡Vos, Morcef! ¿Qué deseáis?

-Deseo una rectificación.

-¡Una rectificación! ¿Respecto a qué, Alberto? Pero sentaos.

-Gracias -respondió Alberto por segunda vez y con un ligero movimiento de cabeza.

-Vamos, explicaos.

-Una rectificación sobre un hecho que ataca el honor de mi familia.

-¡Vamos! -dijo Beauchamp sorprendido-. ¿Qué hecho? Me parece que no se podrá...

-Lo que os han escrito de Janina.

-¿De Janina?

-Sí, de Janina. No os hagáis el ignorante.

-¡Palabra de honor que nada sé... ! ¡Bautista, un número de ayer! -gritó Beauchamp.

-Es inútil. Traigo el mío en el bolsillo.

Beauchamp leyó:

«Nos escriben de Janina..., etc.»

-Ya podéis ver que el hecho es grave -dijo Morcef, así que Beauchamp hubo leído.

-¿Ese oficial es pariente vuestro? -preguntó el periodista.

-Sí -dijo Alberto sonrojándose.

-Pues bien, ¿qué queréis que haga por serviros? -dijo Beauchamp con dulzura.

-Quisiera que retractaseis este hecho, mi querido Beauchamp.

Beauchamp miró a Alberto con una atención que anunciaba seguramente mucha bondad.

-Veamos -dijo-, es cosa de tomarlo despacio, porque una retractación es siempre asunto de gravedad. Sentaos. Voy a leer otra vez estas tres o cuatro líneas.

Alberto se sentó y Beauchamp volvió a leer las líneas acriminadas por su amigo, con más cuidado que antes.

-Ya lo veis -dijo Alberto con firmeza y hasta con sequedad-, en vuestro periódico se ha insultado a un miembro de mi familia, y exijo una retractación.

-Exigís...

-Sí, exijo una retractación.

-Permitidme que os diga, mi querido vizconde, que vuestro lenguaje no es parlamentario.

-No trato de que lo sea -replicó el joven levantándose-, quiero la retractación de un hecho que habéis anunciado ayer, y la obtendré. Sois bastante amigo -prosiguió Alberto, apretando los dientes, viendo que Beauchamp empezaba a levantar la cabeza con aire desdeñoso-, sois bastante amigo, y por lo mismo supongo que me conocéis suficientemente para comprender mi tenacidad en semejante caso.

-Con palabras como las que acabáis de decir, Morcef, conseguiréis hacerme olvidar que soy amigo vuestro, como decís. Pero, veamos, no nos enfademos o dejémoslo para más adelante... ¡Sepamos quién es ese pariente que se llama Fernando!

-Es mi padre, nada menos -dijo Alberto-, el señor Fernando Mondego, conde de Morcef, un veterano que ha visto veinte campos de batalla y cuyas cicatrices se trata de cubrir con fango impuro.

-¡De vuestro padre! -replicó Beauchamp-, la cosa ya cambia.

Ahora comprendo vuestra incomodidad, querido Alberto. Volvamos a leer.

Y leyó otra vez la nota, deteniéndose a cada palabra.

-Pero ¿en dónde veis -preguntó Beauchamp- que el Fernando del periódico sea vuestro padre?

-En ninguna parte. Pero lo verán otros, y por eso quiero que se desmienta el hecho.

Al oír la palabra quiero, Beauchamp levantó la vista para mirar a Morcef, pero bajándola al instante se quedó un momento pensativo.

-Desmentiréis este hecho, ¿no es verdad? -repitió Morcef con una cólera que iba en aumento y que procuraba reprimir.

-Sí -respondió Beauchamp.

-¡Está bien! -dijo Alberto.

-Pero después que me haya cerciorado de que es falso.

-¡Cómo!

-Sí; la cosa merece la pena de que se aclare, y yo la aclararé.

-Y qué tenéis que aclarar -dijo Alberto fuera de sí-. Si creéis que no es mi padre, decidlo sin rodeos, y si, por el contrario, creéis que es de él de quien se trata, explicadme los motivos que para ello tenéis.

Beauchamp miró a Alberto con esa sonrisa que le era peculiar y que sabía adaptarse a todas las pasiones.

-Caballero -repuso-, puesto que ya debemos tratarnos así, si habéis venido a exigirme una satisfacción, debíais haberlo hecho desde el principio, y no haberme hablado de amistad y de otras cosas ociosas como las que tengo la paciencia de oír hace media hora. Sepamos, ¿es por este terreno por el que debemos marchar en lo sucesivo?

-Sí; en el caso de que no retractéis la infame calumnia.

-Entendámonos y dejemos a un lado las amenazas, señor Alberto Mondego, vizconde de Morcef. No acostumbro sufrirlas de mis enemigos, y con mucho más motivo de mis amigos. Es decir, que tenéis formal empeño en que desmienta el hecho acerca del general Fernando, hecho en que, bajo mi palabra de honor, aseguro no haber tenido parte.

-¡Sí, lo quiero! -dijo Alberto, cuya mente empezaba a extraviarse.

-¿Sin lo cual nos batiremos? -continuó Beauchamp con la misma calma.

-Sí -replicó Alberto levantando la voz.

-Pues bien -dijo Beauchamp-. Ahí va mi contestación. Yo no he insertado ese hecho ni lo conozco, pero con vuestra conducta me habéis llamado la atención acerca de él. Subsistirá, pues, hasta que sea desmentido o confirmado por quien corresponda.

-¡Caballero! -dijo Alberto levantándose-. Tendré el honor de enviar mis padrinos. Discutiréis con ellos el sitio y las armas.

-Está bien.

-Y esta tarde, si os parece, o mañana, a más tardar, nos veremos.

-¡No, no! Estaré en el campo cuando deba estar, y me parece estoy en mi derecho, toda vez que soy el provocado, y me parece, digo, que todavía no ha llegado la hora. Sé que sois buen espadachín, mientras que yo manejo medianamente la espada; de seis blancos, soléis quitar tres, poco más o menos me sucede a mí. Sé que un desafío entre nosotros sería un desafío formal, porque vos sois valiente, y yo... lo soy también. No quiero, pues, exponerme a mataros o a que me matéis sin fundado motivo. Ahora voy a preguntaros a vos categóricamente: ¿Insistís en conseguir esa retractación hasta el extremo de matarme si no la hago, a pesar de haberos dicho, a pesar de repetiros y aseguraros bajo mi palabra de honor que no conocía el hecho, y a pesar, en fin, de declararos que nadie que no sea un visionario como vos, puede reconocer al señor conde de Morcef bajo ese nombre de Fernando?

-Este es mi empeño.

-Pues bien, señor mío, consiento en darme de estocadas con vos. Pero quiero tres semanas. Dentro de tres semanas me encontraréis para deciros: «Sí, el hecho es falso, y lo retracto, o bien: «Sí, el hecho es cierto», y desenvaino la espada, o saco las pistolas de la caja. Lo que vos elijáis.

-Tres semanas -exclamó Alberto-, pero tres semanas son tres siglos, durante los cuales estaré deshonrado.

-Si hubieseis seguido siendo mi amigo, os habría dicho: Paciencia, amigo mío; pero os habéis hecho mi enemigo, y os digo: ¿Qué me importa?

-¡Está bien! ¡Dentro de tres semanas! -dijo Morcef-. Pero, expirado ese plazo, no habrá dilación ni subterfugio que pueda dispensaros...

-Caballero Alberto de Morcef -repuso Beauchamp levantando-, no puedo arrojaros por la ventana hasta tres semanas, es decir, en veinticuatro días, y hasta esta época no tenéis derecho para insultarme. Estamos a 29 de agosto, hasta el 21 de septiembre. Hasta entonces, creedme, y es un consejo de caballero el que voy a daros, excusemos los ladridos de dos perros encadenados a larga distancia uno de otro.

Y saludando con gravedad al joven, Beauchamp le volvió la espalda y entró en la imprenta.

Alberto se vengó en un montón de periódicos que dispersó a latigazos, después de lo cual se marchó, no sin haberse encaminado antes dos o tres veces hacia la puerta de la imprenta.

Mientras Alberto fustigaba el caballo de su cabriolé, vio al atravesar el bulevar a Morrel, que con la cabeza erguida pasaba por delante de los baños chinescos, viniendo por la puerta de San Martín y encaminándose hacia la Magdalena.

-¡Ah! -dijo suspirando-. ¡He ahí un hombre feliz!

Casualmente Alberto no se equivocaba.