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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 74. La bóveda de la familia Villefort
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A los dos días de ocurridas estas escenas, una multitud considerable se hallaba reunida, a las diez de la mañana, a la puerta de la casa del señor de Villefort, y ya se había visto pasar una larga hilera de carruajes de luto y particulares por todo el barrio de Saint-Honoré y de la calle de la Pepinière.

Entre ellos había uno de forma singular, y que parecía haber sido hecho para un largo viaje. Era una especie de carro pintado de negro, y que había acudido uno de los primeros a la cita.

Entonces se informaron y supieron que, por una extraña coincidencia, este carruaje encerraba el cuerpo del marqués de Saint-Merán, y que los que habían venido para un solo entierro acompañarían dos cadáveres.

El número de las personas era grande. El marqués de Saint-Merán, uno de los dignatarios más celosos y fieles del rey Luis XVII y del rey Carlos X, había conservado gran número de amigos que, unidos a las personas relacionadas con el señor de Villefort, formaban un considerable cortejo.

Mandaron avisar a las autoridades, y obtuvieron el permiso para que aquellos dos entierros se hicieran al mismo tiempo. Un segundo carruaje, adornado con la misma pompa mortuoria, fue conducido delante de la puerta del señor de Villefort, y el ataúd fue también transportado del carro a la carroza fúnebre.

Los dos cadáveres debían ser sepultados en el cementerio del Padre Lachaise, donde hacía ya mucho tiempo el señor de Villefort había hecho edificar el panteón destinado para toda su familia. En él había sido enterrada ya la pobre Renata, con quien su padre y su madre iban a reunirse después de diez años de separación.

París, siempre curioso, siempre conmovido ante las pompas fúnebres, vio pasar con un silencio religioso el espléndido cortejo que acompañaba a su última mansión a dos de los nombres de aquella aristocracia, los más célebres por el espíritu tradicional y por la fidelidad a sus principios.

En el mismo carruaje de luto, Beauchamp y Chateau-Renaud hablaban de aquellas muertes casi repentinas.

-Vi a la señora de Saint-Merán el año pasado en Marsella -decía Chateau-Renaud-, yo volvía de Argel. Parecía destinada a vivir cien años, gracias a su perfecta salud, a su mente tan clara y despierta y a su prodigiosa actividad. ¿Qué edad tenía?

-Setenta años -respondió Alberto-. Al menos así me han asegurado. Pero no es la edad la que le ha causado su muerte. Al parecer, la pena causada por la del marqués la había trastornado completamente, no estaba en sus cabales.

-Pero, en fin, ¿de qué ha muerto? -preguntó Debray.

-De una congestión cerebral, según se dice, o de una apoplejía fulminante. ¿No viene a ser lo mismo?

-¡Psch. .. ! , poco más o menos...

-De apoplejía -dijo Beauchamp- es difícil de creer. La señora de Saint-Merán, a quien he visto una o dos veces en mi vida, era alta, delgada y de una constitución más bien nerviosa que sanguínea. Son muy raras las apoplejías producidas por la pena en una constitución física como la de la señora de Saint-Merán.

-En todo caso -dijo Alberto-, sea cual fuere la enfermedad que la ha llevado al sepulcro, he aquí que el señor de Villefort, o más bien Valentina, o nuestro amigo Franz, entran en posesión de una pingüe herencia, ochenta mil libras de renta, según creo.

-Herencia que será duplicada a la muerte de ese viejo jacobino de Noirtier.

-Vaya un abuelo tenaz -dijo Beauchamp-: Tenacem praepositi virum. Ha apostado con la Muerte, según creo, a que enterraría a todos sus herederos. A fe mía, que se saldrá con la suya. Lo mismo que aquel viejo soldado del 93, que decía a Napoleón en 1814: “Decaéis porque vuestro Imperio es lo mismo que una espiga joven fatigada de crecer tanto. Tomad por tutora a la República, volvamos con una buena Constitución a los campos de batalla y yo os prometo quinientos mil soldados, otro Marengo y un segundo Austerlítz. Las ideas no mueren, señor, se adormecen de vez en cuando, pero despiertan más fuertes que antes”.

-Parece -dijo Alberto- que para él los hombres son como las ideas, pero una sola cosa me inquieta, y es saber cómo se las arreglará Franz d'Epinay con un abuelo que no puede pasar sin su nieta; ¿pero dónde está Franz?

-Va en el primer carruaje con el señor de Villefort, que le considera ya como de la familia.

La conversación de todos los que seguían a las carrozas fúnebres era poco más o menos la misma. Admirábanse de aquellas dos muertes seguidas la una a la otra con tanta rapidez, pero nadie sospechaba el terrible secreto que la noche anterior había revelado el señor de Avrigny al señor de Villefort en el jardín.

Después de una hora de marcha, llegaron a la puerta del cementerio. El tiempo estaba tranquilo, pero sombrío, y por consiguiente bastante en armonía con la fúnebre ceremonia que tenía lugar. Entre los grupos que se dirigieron al panteón de la familia, Chateau-Renaud reconoció a Morrel, que solo y en cabriolé, iba también muy pálido por la calle de los cipreses.

-¿Vos aquí? -dijo Chateau-Renaud cogiendo del brazo al joven capitán-. ¿Conocéis al señor de Villefort? ¿Cómo es que nunca os he visto en su casa?

-No es al señor de Villefort a quien conozco -respondió Morrel-, a quien conocía es a la señora de Saint-Merán.

En este momento Alberto se acercó a ellos acompañado de Franz.

-El momento no es muy adecuado para una presentación -dijo Alberto-, pero no importa, no somos supersticiosos. Señor Morrel, permitid que os presente al señor Franz d'Epinay, mi querido compañero de viaje por Italia. Mi querido Franz, el señor Maximiliano Morrel, un excelente amigo que he adquirido en lo ausencia, y cuyo nombre oirás en mis labios, siempre que tenga que hablar acerca de los buenos sentimientos, del talento y de la amabilidad.

Morrel quedóse un instante indeciso. Dijo para sí que era una infame hipocresía aquel saludo casi amistoso dirigido al hombre que detestaba interiormente, pero recordó su juramento y la gravedad de las circunstancias, se esforzó por que su rostro no expresase ningún sentimiento de odio, y saludó a Franz disimulando lo que sentía.

-La señorita de Villefort estará muy triste, ¿no es verdad? -dijo Debray a Franz.

-¡Oh!, caballero -respondió Franz-, sumamente triste. Esta mañana estaba tan pálida y tan demudada que apenas la conocí.

Estas palabras, en apariencia tan sencillas, desgarraron el corazón de Morrel. Aquel hombre había visto ya a Valentina, había hablado con ella.

Entonces fue cuando el joven oficial necesitó de toda su fuerza para resistir al vehemente deseo de violar su juramento.

Cogió el brazo de Chateau-Renaud y le arrastró consigo rápidamente hacia el panteón, delante del cual los empleados de las pompas fúnebres acababan de depositar dos ataúdes.

-Magnífica habitación -dijo Beauchamp dirigiendo una mirada al mausoleo-, palacio de verano y de invierno. Vos lo habitaréis también algún día, mi querido Epinay, porque pronto seréis de la familia. Yo, en mi calidad de filósofo, quiero una casita de campo, una fosa debajo de árboles sombríos, y nada de piedras sobre mi cuerpo. Al morir, diré a los que me rodean lo que Voltaire escribía a Pirón: Eo rus y punto concluido... ¡Vamos, qué diantre! ¡Valor, vuestra mujer hereda, después de todo! '

-En verdad, Beauchamp -dijo Franz-, sois insufrible. Los asuntos políticos os han acostumbrado a reíros de todo y a no creer en nada. Pero, en fin, Beauchamp, cuando tengáis el honor de presentaros delante de hombres ordinarios, y la felicidad de dejar por un momento la política, tratad de no dejaros olvidado el corazón en la Cámara de los diputados o en la de los pares.

-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Beauchamp-, ¿qué es la vida? Una espera en la antesala de la muerte.

-Dejad a Beauchamp con sus ideas -dijo Alberto.

Y se retiró con Franz, abandonando a Beauchamp a sus discusiones filosóficas con Debray.

El panteón de la familia de Villefort formaba un cuadro de piedras blancas de una altura de veinte pies. Una separación interior dividía en dos departamentos a la familia de Saint-Merán y a la de Villefort, y cada una tenía su puerta. No se veía, como en las otras tumbas, esos innobles cajones superpuestos en los que una económica distribución encierra a los muertos con una inscripción que parece un rótulo. Todo lo que se veía por la puerta de bronce era una antesala sombría y severa, separada de la verdadera tumba por una pared.

En medio de esta pared estaban las dos puertas de que hablábamos hace poco, y que comunicaban con las sepulturas de Villefort y SaintMerán.

Allí podían exhalarse en libertad los gemidos y los ayes doloridos, sin que los transeúntes, que hacen de una visita al Padre Lachaise, una partida de campo o una cita de amor, pudiesen turbar con su canto, con sus gritos o con sus carreras la muda contemplación o las oraciones bañadas de lágrimas del que visitaba la tumba.

Ambos ataúdes fueron colocados en el panteón de la derecha. Este era el de la familia de Saint-Merán, sobre unos pequeños sepulcros preparados ya, y que esperaban su depósito mortal. Solamente Villefort, Franz y algunos parientes cercanos penetraron en el santuario.

Como las ceremonias religiosas habían sido efectuadas a la puerta, y no había ya que pronunciar ningún discurso, los amigos se separaron al punto. Chateau-Renaud, Alberto y Morrel se retiraron, y Debray y Beauchamp hicieron lo mismo.

Franz permaneció con el señor de Villefort a la puerta del cementerio. Morrel se detuvo bajo un pretexto cualquiera. Vio salir a Franz y al señor de Villefort en un carruaje de luto, y concibió un mal presagio de esta unión. Volvió a París, y aunque iba en el mismo carruaje que Chateau-Renaud y Alberto, no oyó una palabra de lo que dijeron los dos jóvenes.

En efecto. Cuando Franz iba a separarse del señor de Villefort, dijo:

-Señor barón, ¿cuándo volveré a veros?

-Cuando gustéis, caballero -respondió Franz.

-Lo más pronto posible.

-Estoy a vuestras órdenes, caballero. ¿Queréis que volvamos juntos?

-¡Si esto no os causa molestia...!

-En absoluto.

Dicho esto, el futuro suegro y el futuro yerno subieron al mismo carruaje, y Morrel al verlos pasar concibió con razón graves inquietudes.

Villefort y Franz volvieron al arrabal Saint-Honoré.

El procurador del rey, sin entrar en el cuarto de nadie, sin hablar a su mujer ni a su hija, hizo pasar al joven a su despacho, a indicándole una silla, le dijo:

-Señor d'Epinay, como la obediencia a los muertos es la primera ofrenda que se debe depositar sobre su ataúd, debo recordaros el deseo que expresó anteayer la señora de Saint-Merán en su lecho de agonía, a saber: que el casamiento de Valentina se efectuara sin tardanza. Vos sabéis que los asuntos de la difunta estaban muy en regla, que su testamento asegura a Valentina toda la fortuna de los SaintMerán. El notario me mostró ayer las actas que permiten que se firme definitivamente el contrato de matrimonio. Podéis verle de mi parte y hacer que os las comuniquen. El notario es el señor Deschamps, plaza de Beauveau, barrio de Saint-Honoré.

-Caballero -respondió Franz-, no es éste el momento más oportuno para la señorita Valentina, abismada como está en su dolor, para pensar en la boda. En verdad, yo temería...

-Valentina -interrumpió el señor de Villefort- no tendrá otro deseo más vivo que el de cumplir la última voluntad de su abuela; así, pues, los obstáculos no están de su parte, os respondo de ello.

-En ese caso, caballero -dijo Franz-, como tampoco lo están de la mía, podéis obrar como y cuando mejor os parezca. Está empeñada mi palabra, y la cumpliré, no sólo con placer, sino con felicidad.

-Entonces -dijo Villefort-, nada nos detiene. El contrato debía ser firmado dentro de tres días; todo lo encontraremos preparado, podemos firmarlo hoy mismo.

-Pero ¿y el luto? -dijo Franz vacilando.

-Tranquilizaos, caballero, no es en mi casa donde se hará caso de tales cosas. La señorita de Villefort podrá retirarse durante los tres meses primeros a su posesión de Saint-Merán. Digo su posesión, potque desde hoy suya es esa propiedad. Allí, dentro de ocho días, si queréis, sin ruido, sin esplendor, sin fausto, se celebrará el casamiento civil. Era un deseo de la señora de Saint-Merán que su nieta se casase en esa finca. Después, vos podréis volver a París, mientras que vuestra mujer pasará el tiempo del luto con su madrastra.

-Como gustéis, caballero -dijo Franz.

-Entonces -repuso el señor de Villefort-, tomaos el trabajo de aguardar media hora. Valentina va a bajar al salón.

-Yo mandaré llamar al señor Deschamps, leeremos y firmaremos el contrato inmediatamente y esta misma noche la señora de Villefort conducirá a Valentina a su propiedad, donde iremos nosotros dentro de ocho días.

-Caballero -dijo Franz-, tengo que pediros un favor.

-¿Cuál?

-Deseo que Alberto de Morcef y Raúl de Chateau-Renaud estén presentes al acto de firmar el contrato. Bien sabéis que son mis testigos.

-Media hora es suficiente para avisarles. ¿Queréis irlos a buscar vos mismo? ¿Queréis que se les mande llamar?

-Prefiero ir yo mismo, caballero.

-Os esperaré dentro de media hora, barón, y dentro de media hora Valentina estará dispuesta.

Franz saludó al señor de Villefort y salió.

Apenas se hubo cerrado la puerta de la calle detrás del joven, Villefort ordenó que avisasen a Valentina que bajase al salón dentro de media hora, porque se esperaba al notario y a los testigos del señor d'Epinay.

Esta noticia inesperada produjo una gran impresión en la casa. La señora de Villefort no quería creerlo y Valentina se quedó más aterrada que si hubiese sido fulminada por un rayo.

Miró a su alrededor como para buscar a quien pedir socorro.

Quiso subir a ver a su abuelo, pero en la escalera encontró al señor de Villefort, que la cogió del brazo y la condujo al salón.

Valentina encontró en la antesala a Barrois y dirigió al antiguo criado una mirada desesperada.

Un instante después de Valentina, la señora de Villefort entró en

el salón con Eduardo. Era evidente que la mujer había tenido su parte en los pesares de la familia. Estaba pálida y parecía horriblemente cansada.

Sentóse, colocó a Eduardo sobre sus rodillas y de vez en cuando estrechaba con movimientos casi convulsivos contra su pecho a aquel niño en el cual parecía concentrarse toda su vida.

Al poco rato se oyó el ruido de dos carruajes que entraban en el patio. Uno era el del notario; el otro, de Franz y sus amigos. Todos estuvieron reunidos en seguida en el salón.

Valentina estaba tan pálida que veían dibujarse las azuladas venas de sus sienes alrededor de sus ojos y de sus mejillas. Franz experimentaba también una viva emoción.

Chateau-Renaud y Alberto se miraron con asombro. La ceremonia que se había concluido poco antes les parecía menos triste que la que iba a empezar.

La señora de Villefort se había colocado en la sombra, detrás de una cortina de terciopelo, y como estaba siempre inclinada hacia su hijo, era difícil leer en su rostro lo que sentía en su corazón.

El señor de Villefort estaba, como siempre, impasible.

El notario, después de colocar los papeles sobre la mesa, tomó asiento en el sillón, púsose los anteojos y volvióse hacia Franz.

-¿Vos sois --dijo- el señor Franz de Quesnel, barón d'Epinay? -preguntó, aunque lo sabía perfectamente.

-Sí, señor -respondió Franz.

El notario se inclinó.

-Debo preveniros, caballero -dijo-, y esto de parte del señor de Villefort, que vuestro casamiento proyectado con la señorita de Villefort ha cambiado las disposiciones del señor Noirtier respecto a su nieta y que la desposee de la fortuna que antes pensaba dejarle, pero es de advertir -continuó el notario- que no teniendo el testador derecho a separar más que una parte de su fortuna, y habiéndolo separado todo, el testamento no resistirá el ataque, pues será declarado nulo, y como si no hubiese sido hecho.

-Sí -dijo Villefort-, pero prevengo de antemano al señor d'Epinay que mientras yo viva no será impugnado el testamento de mi padre; pues mi posición no me permite que se arme semejante escándalo.

-Caballero -dijo Franz-, me disgusta en extremo que se haya promovido semejante cuestión delante de la señorita Valentina. Yo nunca me he informado de su caudal, que, por reducido que sea, será más considerable que el mío. Le que mi familia ha buscado en la alianza de la señorita de Villefort conmigo es la consideración social; lo que yo busco es la felicidad.

Valentina hizo un gesto imperceptible de agradecimiento, mientras que dos lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas.

-Por otra parte, caballero -dijo Villefort dirigiéndose a su futuro yerno-, además de la frustración de una gran parte de vuestras esperanzas, este testamento inesperado no tiene nada que deba heriros personalmente. Todo se explica con la debilidad de espíritu del señor Noirtier. Lo que desagrada a mi padre no es que la señorita de Villefort se case con vos, sino que la señorita de Villefort se case. Una unión con otro cualquiera le hubiera causado la misma impresión. La vejez es muy egoísta, y la señorita de Villefort le servía de compañera fiel, lo cual no podrá hacer siendo ya baronesa d'Epinay. El lamentable estado en que se encuentra mi padre hace que se le hable muy pocas veces de asuntos graves que la debilidad de su cerebro no podría seguir, y yo estoy perfectamente convencido de que ahora, conservando el recuerdo de que su hija se casa, el señor Noirtier ha olvidado hasta el nombre del que va a casarse con su nieta.

No bien acababa Villefort de pronunciar estas palabras, a las que Franz respondía por medio de una cortesía, cuando se abrió la puerta del salón y Barrois entró en él.

-Señores -dijo con una voz muy firme para un criado que habla a sus amos en una circunstancia tan solemne-, señores, el señor Noirtier de Villefort desea hablar inmediatamente al señor Franz de Quesnel, barón d'Epinay.

También el criado, al igual que el notario, daba todos sus títulos al prometido, a fin de que no pudiese haber un error de personas.

Villefort se estremeció y la señora de Villefort soltó a su hijo, a quien tenía sobre sus rodillas, y Valentina se levantó pálida y muda como una estatua.

Alberto y Chateau-Renaud cambiaron una segunda mirada más sorprendidos que antes.

El notario miró a Villefort.

-Es imposible -dijo el procurador del rey-. Por otra parte, el señor d'Epinay no puede salir del salón en este momento.

-Precisamente ahora es cuando el señor Noirtier, mi amo, desea hablar al señor Franz d'Epinay de asuntos muy importantes -repuso el criado con la misma firmeza.

-¡Pues qué! ¿Habla ya papá Noírtier? -preguntó Eduardo con su impertinencia habitual.

Pero esta salida no hizo sonreír ni siquiera a la señora de Villefort, tan preocupados estaban los ánimos y tan grave era la situación.

-Decid al señor Noirtier -repuso Villefort- que no se puede acceder a lo que pide.

-En ese caso, el señor Noirtier me encarga que prevenga a estos señores que va a hacerse conducir aquí.

El asombro llegó a su colmo.

En el rostro de la señorita de Villefort dibujóse una especie de sonrisa. Valentina, como a pesar suyo, levantó los ojos hacia el cielo como para darle gracias.

-Valentina -dijo el señor de Villefort-, os suplico que vayáis a saber qué significa ese nuevo capricho de vuestro abuelo.

Valentina dio algunos pasos para salir, pero luego el mismo señor de Villefort la detuvo.

-Esperad -dijo-, ¡yo os acompañaré!

-Perdonad, caballero-dijo Franz a su vez-, me parece que, puesto que por mí es por quien pregunta el señor Noirtier, yo soy quien debo acudir a su habitación; por otra parte, me aprovecharé de esta ocasión para presentarle mis respetos, no habiendo tenido ocasión de solicitar este honor.

-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Villefort con visible inquietud-. No os incomodéis.

-Dispensadme, caballero -dijo Franz con el tono de un hombre que ha tomado una resolución-. Deseo no desperdiciar esta ocasión de probar al señor Noirtier que no ha tenido razón en concebir contra mí una aversión que estoy decidido a vencer con mi cariño.

Y sin dejarse detener más por Villefort, Franz se levantó a su vez y siguió a Valentina, que bajaba ya la escalera con la alegría de un náufrago que logra al fin asirse a una roca.

El señor de Villefort los siguió.

Chateau-Renaud y Alberto de Morcef cambiaron una tercera mirada, más llena de asombro aún que las dos primeras.