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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 71. El pan y la sal
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La señora de Morcef entró con su compañero debajo de una bóveda de follaje; era un paseo de tilos en dirección a un invernadero.

-Hacía mucho calor en el salón, ¿no es verdad, señor conde? -dijo.

-Sí, señora, y vuestra idea de abrir las puertas y las ventanas ha sido excelente.

Al decir estas palabras, el conde notó que la mano de Mercedes temblaba.

-Pero vos -dijo-, con ere vestido tan ligero y con el cuello al aire, tendréis frío, sin duda.

-¿Sabéis adónde os llevo? -dijo la condesa, sin responder a la pregunta de Montecristo.

-No, señora -dijo éste-, pero ya veis que no hago ninguna resistencia.

-Al invernadero, que está al final del paseo que seguimos.

El conde miró a Mercedes como para interrogarla; pero ella siguió su camino sin decir nada, y Montecristo permaneció callado. Llegaron al lugar indicado, lleno de flores y frutas magníficas, que desde el principio de julio, llegaban a su madurez bajo aquella temperatura calculada siempre para reemplazar el calor del sol. La condesa soltó el brazo de Montecristo y fue a coger de una parra un racimo de uva moscatel.

-Tomad, señor conde -dijo con una triste sonrisa, tan triste que casi asomaron dos lágrimas a sus párpados-; tomad, ya sé que nuestros racimos de Francia no son comparables a los de Sicilia o a los de Chipre, más espero que seréis indulgente con nuestro pobre sol del Norte.

El conde se inclinó y dio un paso atrás.

-¿Me despreciáis? -dijo Mercedes con voz temblorosa.

-Señora -dijo Montecristo-, os suplico que me disculpéis, pero no como nunca moscatel.

Mercedes dejó caer el racimo, suspirando. Un precioso albaricoque colgaba de un árbol próximo, calentado lo mismo que la parra, por aquel calor artificial del invernadero. Mercedes se acercó a la fruta y la cogió.

-Tomad entonces ere albaricoque -dijo.

Pero el conde hizo el mismo ademán negativo.

-¡Oh!, ¡tampoco! -dijo con un acento tan doloroso que evidentemente ahogaba un gemido-; en verdad tengo desgracia.

Un largo silencio siguió a esta escena; el albaricoque, lo mismo que el racimo de uvas, rodó por la arena.

-Señor conde -repuso Mercedes mirando a Montecristo con ojos suplicantes-, hay una tierna costumbre árabe que hace eternamente amigos a los que han comido el pan y la sal juntos bajo el mismo techo.

-Lo sé, señora -respondió el conde-; pero estamos en Francia y no en Arabia, y en Francis ni se parten el pan y la sal, ni hay amistades eternas.

-Pero, en fin -dijo la condesa, palpitante, y con los ojos fijos en el conde de Montecristo, cuyo brazo estrechó convulsivamente Pntre sus manor-; somos amigos, ¿no es verdad?

Toda la sangre se agolpó al corazón del conde, que se quedó pálido como la muerte, subiendo después del corazón a la garganta, invadió sus mejillas y sus ojos se abrieron desorbitadamente durante algunos

-Claro que somos amigos, señora -replicó-; ¿por qué no habíamos de serlo?

Este tono estaba tan lejos de ser el que deseaba la señora de Morcef que se volvió para dejar escapar un suspiro que más bien parecía un gemido.

-Gracias -dijo.

Y empezó a andar.

Dieron una vuelta al jardín sin pronunciar una palabra.

-Caballero -exclamó de repente la condesa después de diez minutos de paseo silencioso-, ¿es verdad que habéis visto y viajado tanto, que tanto habéis sufrido?

-Es verdad, señora, he sufrido mucho -respondió Montecristo.

-¿Sois feliz ahora?

-Sin duda -respondió el conde-, puesto que nadie me oye quejarme.

-¿Y os dulcifica el alma vuestra felicidad presente?

-Mi felicidad presente iguala a mi miseria pasada -dijo el conde.

-¿No estáis casado? -inquirió la condesa.

-¡Yo casado! -respondió Montecristo estremeciéndose-, ¿quién ha podido deciros tal cola?

No me lo han dicho, pero muchas veces os han visto conducir a la ópera a una hermosísima joven.

-Es una esclava que he comprado en Constantinopla, señora; una hija de príncipe a quien miro mmo hija mía, porque no me liga al mundo ningún otro vínculo.

-¿De modo que vivís solo?

-Solo.

-¿No tenéis hermana..., hijo..., padre?

-No tengo a nadie en el mundo.

-¿Cómo podéis vivir así, sin nada que os haga apreciar la vida?

-No es culpa mía, señora. En Malta amé a una joven; estaba a punto de casarme cuando vino la guerra, y me arrastró lejos de ella como un torbellino. Yo había creído que me amaría bastante para esperarme, para serme fiel aun después de la muerte. Cuando volví, estaba casada. Esta es la historia de todo hombre que ha pasado por la edad de veinte años. Quizá tenía yo el corazón más débil que otro cualquiera, y he sufrido más que otros en mi lugar.

La condesa se detuvo un momento, como si hubiese tenido necesidad de ello para respirar.

-Sí -dijo-, y os ha quedado en el corazón ese amor..., no se ama verdaderamente más que una vez..., ¿y habéis vuelto a ver a esa mujer?

-Nunca.

-¡Nunca!

-No he vuelto al país donde ella vivía.

-¿A Malta?

-Sí, a Malta.

-¿De modo que está en Malta?

-Creo que sí.

-¿Y le habéis perdonado lo que os ha hecho sufrir?

-A ella sí.

-Pero a ella solamente; ¿seguís odiando a los que os alejaron de su lado?

-Yo no: ¿por qué había de odiarlos?

La condesa se colocó frente a Montecristo y volvió a ofrecerle otro racimo de uvas.

-Tomad -dijo.

-No como nunca moscatel, señora -respondió Montecristo, como si fuera la primera vez que la condesa le hacía aquel ofrecimiento.

La condesa arrojó las uvas contra la arena con un ademán lleno de desesperación.

-¡Sois inflexible! -murmuró.

Montecristo permaneció tan impasible como si aquella queja no hubiera sido dirigida a él.

En este momento Alberto corría hacia ellos.

-¡Oh!, ¡madre mía! -dijo-, una gran desgracia.

-¿Qué ha sucedido? -preguntó la condesa como si después de un sueño se despertase y conociese la realidad-; ¡una desgracia!, en efecto, ¡muchas desgracias deben suceder!

-Está aquí el señor de Villefort.

-¿Y bien?

-Viene a buscar a su mujer y a su hija.

-¿Por qué?

-Porque la señora marquesa de Saint-Merán ha llegado a París,

ha traído la noticia de que el señor de Saint-Merán ha muerto al salir de Marsella, en la primera parada. La señora de Villefort, que estaba muy alegre, no quería comprender ni dar crédito a aquella desgracia, aunque su padre tomó algunas precauciones, todo lo adivinó; este golpe la aterró como si la hubiese herido un rayo, y cayó desmayada.

-Y el señor de Saint-Merán, ¿qué es de la señorita de Villefort? -preguntó el conde.

-Su abuelo materno. Venía para acelerar el casamiento de Franz y de su nieta.

-¡Ah!, ya...

-He aquí aplazada la boda. ¡Qué lástima que el señor de SaintMerán no fuese también abuelo de la señorita Danglars!

-¡Alberto! ¡Alberto! -dijo la señora de Morcef con un tono de dulce reproche-, ¿qué decís? ¡Ah!, señor conde, vos, a quien él tiene tanta consideración, decidle que eso está mal.

Y dio unos pasos hacia adelante.

Montecristo la miró de un modo tan extraño y con una expresión tan pensativa y llena de una admiración tan afectuosa, que Mercedes se volvió.

Cogióle entonces una mano mientras estrechaba la de su hijo, y mirándole exclamó:

-Somos amigos, ¿no es verdad?

-¡Oh!, vuestro amigo, señora; no aspiro a tanto; pero, en todo caso, soy vuestro más respetuoso servidor.

La condesa se separó de ellos con el corazón tan lastimado y tan conmovido, que antes de haber andado diez pasos, el conde la vio acercarse su pañuelo a los ojos.

-¿Cómo? ¿Os habéis disgustado con mi madre? -preguntó Alberto asombrado.

El conde respondió:

-Al contrario, puesto que acaba de decirme delante de vos que éramos amigos.

Y volvieron al salón, del cual acababan de salir Valentina y el señor y la señora de Villefort.

Excusado es decir que Morrel salió detrás de ellos.