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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 70. El baile
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El verano había llegado a su punto más caluroso cuando llegó el sábado designado para el baile del señor de Morcef.

Eran las diez de la noche: los corpulentos árboles del jardín de la casa del conde se destacaban vivamente sobre un cielo en que se deslizaban, mostrando un inmenso manto azul sembrado de estrellas doradas de oro, los últimos vapores de una tempestad que había rugido amenazadora durante todo el día.

En los salones del piso bajo se oía una música estrepitosa; sucedíanse los valses a los galopes, mientras numerosas y deslumbradoras ráfagas de luz penetraban en el jardín a través de las persianas.

En este momento, el jardín estaba a merced de una docena de criados, a los que la dueña de la casa, tranquilizada en cuanto al tiempo, cada vez más sereno, había dado orden de disponer la mesa para la cena.

Hasta entonces se vacilaba entre cenar en el comedor o debajo de una larga tienda de cutí que se había erigido en una verdadera alameda. Aquel hermoso cielo sembrado de estrellas acababa de decidir el pleito en favor de la tienda y de la alameda.

Las calles del jardín se habían iluminado con faroles de colores, como se acostumbra en Italia, y estaban cargando de bujías y de flores la mesa, como se hace en todos los países donde se comprende un poco este lujo de mesa, el más raro de todos cuando se le quiere completo.

Cuando la condesa de Morcef entró en los salones, después de dar sus últimas órdenes, empezaban éstos a llenarse de convidados atraídos más por la encantadora hospitalidad de la condesa de Morcef, que por la posición distinguida del conde; porque todos estaban seguros de antemano de que aquella fiesta ofrecería algunos detalles dignos de ser contados.

La señora Danglars, a quien los sucesos de que hemos hablado habían inspirado profundas inquietudes, vacilaba en ir a casa de la señora de Morcef, cuando se encontró por la mañana su carruaje con el del señor de Villefort. Villefort le hizo una seña, los dos carruajes se habían acercado, y a través de las portezuelas entablaron el siguiente diálogo:

-Vais a casa de la señora de Morcef, ¿no es verdad? -preguntó el procurador del rey.

-No -respondió la señora Danglars-, me encuentro aún muy afectada.

-Hacéis mal -repuso Villefort con una mirada significativa-, sería importante que os viesen en ella.

-¡Ah! ¿Lo creéis así? -preguntó la baronesa.

-Sí.

-En tal caso, iré.

-¿Qué queréis decir?

-Quiero decir que esto marcha muy bien -repuso el vizconde riendo-, y que ya me han preguntado diecisiete veces por él; ¡diablo con el conde... !, ya le daré mi parabién.

-¿Y a todo el mundo respondéis lo mismo que a mí?

-¡Ah!, tenéis razón, aún no os he respondido, tranquilizaos, señora; tendremos aquí esta noche al hombre de moda, somos de sus privilegiados.

-¿Estabais ayer en la ópera?

-No.

-Pues él estaba.

-Sí..., el excéntrico conde hizo alguna de sus originalidades.

-¿Puede acaso prescindir de ellas? Essler bailaba en «El Diablo enamorado»; la princesa griega estaba deslumbrante. Después de la Cachucha, ató una magnífica sortija a un ramillete, y lo arrojó a la encantadora bailarina, que en el tercer acto se presentó para darle las gracias con su sortija en un dedo. ¿Y vendrá también su princesa griega?

-No, no vendrá; su posición en casa del conde no se conoce aún a punto fijo.

-Mirad, dejadme; id a saludar a la señora de Villefort -dijo la baronesa-; veo que está deseando hablaros.

Alberto saludó a la señora de Danglars, se dirigió a la de Villefort, que abrió la boca a medida que se acercaba.

-Apostaría -dijo Alberto interrumpiéndola- a que sé lo que me vais a preguntar.

-Me parece que no -dijo la señora de Villefort.

-¿Me lo confesaréis si lo adivino?

-Sí.

-¿Palabra de honor?

-Palabra de honor.

-Ibais a preguntarme si había entrado el conde de Montecristo, o si vendría.

-No era eso. No me ocupo de él en este momento. Os iba a preguntar si habíais recibido noticias del señor Franz.

-Sí, ayer.

-¿Qué os decía?

-Que salía para París al mismo tiempo que su carta.

-Decidme, pues, ahora, ¿y el conde?

-El conde vendrá, tranquilizaos.

-¿Sabéis que tiene otro nombre, además de Montecristo?

-Lo ignoraba.

-Montecristo es un nombre de isla, y él tiene un nombre de familia.

-No lo he oído pronunciar.

-¡Pues bien! Yo estoy más enterada que vos; se llama Zaccone.

-Es posible.

-Es maltés.

-Muy posible también.

-Hijo de un armador.

-¡Oh!, os aseguro que debíais referir esas cosas en voz alta, tendríais el éxito más feliz.

-Ha servido en la India, explota en la Tesalia una mina de plata, y viene a París para abrir en Auteuil un establecimiento de aguas minerales.

-¡Bien!, enhorabuena -dijo Morcef-, buenas noticias; ¿me permitís que las repita por ahí?

-Sí, pero poco a poco, una a una, sin decir que yo os las he contado.

-¿Por qué?

-Porque es un secreto.

-¿De quién?

-De la policía.

-Entonces esas noticias corrían...

-Ayer noche, en casa del prefecto. Todo París se había conmovido, como sabéis, a la vista de ese lujo inusitado, y la policía obtuvo informes...

-¡Bien...!, sólo les falta prender al conde como un vagabundo, so pretexto de que es demasiado rico.

-A fe mía, os aseguro que eso le habría podido suceder, si los informes no hubieran sido tan favorables.

-¡Pobre conde! ¿Y sospecha el peligro que ha corrido?

-Creo que no.

-Entonces es una obra de caridad advertírselo. En cuanto llegue, no dejaré de hacerlo.

En este momento, un gallardo joven de ojos negros y vivos, de cabellos negros, de negro y lustroso bigote, fue a saludar respetuosamente a la señora de Villefort. Alberto le estrechó una mano.

-Señora -dijo Alberto-, tengo el honor de presentaros al señor Maximiliano Morrel, capitán de spahis, uno de nuestros mejores y más distinguidos oficiales.

-Ya he tenido el gusto de encontrar a este caballero en Auteuil en casa del conde de Montecristo -respondió la señora de Villefort, volviéndose con marcada frialdad.

Esta respuesta, y sobre todo, el tono con que fue pronunciada, dejaron helado a Morrel; pero le estaba preparada una compensaáón; al volverse vio en el quicio de la puerta un hermoso y blanco rostro, cuyos ojos azules, dilatados y sin expresión aparente, se fijaban en él mientras el ramillete de jazmines subía lentamente a sus labios.

Fue tan bien comprendido este saludo, que Morrel, con la misma expresión de mirada, acercó a su vez su pañuelo a la boca, y las dos estatuas vivas, cuyo corazón latía con tanta violencia bajo el mármol de su rostro, separadas por toda la longitud de la sala, se olvidaron un instante o más bien olvidaron el mundo en aquella muda contemplación.

Habrían podido permanecer más tiempo de este modo, perdidas una en otra, sin que nadie notase su olvido de cuanto los rodeaba, pues... el conde de Montecristo acababa de entrar.

Como hemos dicho anteriormente, el conde, fuese prestigio ficticio, fuese prestigio natural, llamaba la atención en todas partes donde se hallaba; no era su frac negro, sencillo y sin condecoraciones; no era su chaleco blanco sin ningún bordado; no era su pantalón, de cuyo botín salía un pie de la forma más delicada, los que llamaban la atención; eran, sí, su blanca tez, sus cabellos negros y rizados ligeramente, su rostro sereno y puro, sus ojos profundos y melancólicos, en fin, su boca dibujada con una delicadeza maravillosa, y que sabía tomar tan fácilmente la expresión del mayor desdén, lo que hacía fijar en él todas las miradas.

Podía haber hombres más apuestos; pero seguramente no los habría más significativos (permítasenos esta expresión); todo en el conde quería decir algo y tenía su valor; porque la costumbre del pensamiento útil había dado a sus facciones, a la expresión de su rostro, y a sus gestos insignificantes, una flexibilidad y una firmeza incomparables.

Y además, el mundo parisiense es tan raro, que no hubiera dado a esto ninguna importancia, si no hubiese habido debajo de todo ello una historia dorada por una inmensa fortuna.

Finalmente, el conde se adelantó bajo el peso de las miradas y a través de los saludos, hasta la señora de Morcef, que estaba en pie delante de una chimenea; le había visto en un espejo que estaba frente de la puerta y se preparó a recibirle.

Volvióse hacia él con una sonrisa encantadora, y en el momento en que se inclinaba delante de ella.

Sin duda creyó que el conde le iba a hablar; sin duda el conde por su parte creyó que iba a dirigirle la palabra; pero ambos permanecieron mudos, y después de saludarse mutuamente, el conde de Montecristo se dirigió hacia Alberto, que corría hacia él con la mano abierta.

-¿Habéis visto a mi madre? -preguntó Alberto.

-Acabo de tener el honor de saludarla -dijo el conde-, pero no he visto a vuestro padre.

-Vedle, allí está hablando, en aquel grupo de grandes celebridades.

-¡Ah! -dijo Montecristo-, ¿aquellos señores que hay allí son celebridades? No sabía nada. ¿Y de qué género? Hay celebridades de toda especie, como sabéis.

-Allí tenéis primeramente un gran sabio, aquel señor alto y flaco; ha descubierto en la campiña de Roma una especie de lagarto que tiene una vértebra más que los otros, y ha venido a participar este descubrimiento al Instituto. Al principio hubo sus disputas. La vértebra causó mucha sensación en el mundo erudito; el señor alto y flaco no era más que caballero de la Legión de Honor y le nombraron oficial.

-¡Enhorabuena! -dijo Montecristo-, esa es una cruz perfectamente merecida; entonces, si encuentra una segunda vértebra ¿le harán comendador?

-Es probable -dijo Morcef.

-¿Y aquel otro que ha tenido la feliz ocurrencia de ponerse un frac azul bordado de verde, quién podrá ser?

-La ocurrencia no fue de él, sino de la República, la cual, como sabéis, era tan poco artista que, queriendo dar un uniforme a los académicos, suplicó a David que les dibujase un traje.

-¡Ah, ya! -dijo Montecristo-. ¿Conque ese caballero es un académico?

-Hace ocho días que forma parte de la docta corporación.

-¿Y cuál es su mérito, su especialidad?

-¿Su especialidad? Yo creo que introduce alfileres en la cabeza de los conejos, que hace comer rubia a las gallinas y yo no sé cuántos otros méritos.

-¿Y por eso ha de pertenecer a la Academia de Ciencias?

-No, a la Academia Francesa.. .

-Pero ¿qué tiene que ver con eso la Academia Francesa?

-Voy a deciros, parece...

-Que sus experimentos han fomentado sin duda el progreso de la ciencia.

-No, pero escribe en muy buen estilo.

-¡Oh! -dijo Montecristo-, eso debe lisonjear soberanamente

el amor propio de los conejos en cuyas cabezas introduce alfileres, a las gallinas cuyos huevos tiñe de encarnado, y, etc...

Alberto soltó una carcajada.

-¿Y aquel otro? -inquirió el conde.

-¿Aquel otro?

-Sí, el tercero.

-¡Ah!, el del frac azul.

-Eso es.

-Ese es un colega del conde, el que tan encarnizadamente se opuso a que la cámara de los Pares tenga uniforme; ha tenido un gran éxito de tribuna respecto a este punto: se dice que le van a nombrar embajador.

-¿Y cuáles son sus méritos?

-Ha escrito dos o tres óperas bufas; ha adquirido cuatro o cinco acciones en el Siècle, y ha votado cinco o seis veces con el ministerio.

-¡Bravo!, vizconde -dijo Montecristo riendo-, sois un cicerone encantador: ahora me haréis un favor, ¿no es cierto?

-¿Cuál?

-No me presentaréis a esos señores, y si os lo piden, me avisaréis.

En este momento el vizconde sintió que alguien apoyaba la mano en su brazo, se volvió y vio a Danglars.

-¡Ah! ¡Sois vos, barón! -dijo.

-¿Por qué me llamáis barón? -dijo Danglars-; bien sabéis que no use mi título. No soy como vos, vizconde, vos lo usáis, ¿no es verdad?

-Desde luego -respondió Alberto-, porque si no fuese vizconde no sería nada, mientras que vos, aunque sacrifiquéis vuestro título de barón, siempre quedaréis millonario.

-Ese título me parece el más hermoso, en estos tiempos por lo menos -dijo Danglars.

-Por desgracia -dijo Montecristo- no dura tanto ese título como el de barón, el de par de Francia o el de académico; díganlo si no los millonarios de Franck y Polmaun, de Francfort, que acaban de quebrar.

-¿Cómo? -dijo Danglars palideciendo.

-Esta tarde he recibido la noticia; yo tendría aproximadamente un millón en su casa; pero, habiendo sido avisado a tiempo, exigí el reembolso hará un mes.

-¡Ah! ¡Dios mío! -dijo Danglars-, por lo menos me hacen perder doscientos mil francos.

-Pero ya estáis avisado, su firma vale un cinco por ciento.

-Sí, pero avisado demasiado tarde -dijo Danglars-, he hecho honor a su firma.

-¡Bueno! -dijo Montecristo-, juntando esos doscientos mi] francos con...

-¡Chist!, ¡silencio! -dijo Danglars-, no habléis de esas cosas -y acercándose a Montecristo...-, sobre todo delante de Cavalcanti hijo -añadió el banquero, que al pronunciar estas palabras se volvió sonriendo hacia el joven.

Morcef se separó del conde para ir a hablar con su madre.

Danglars le dejó también para ir a saludar a Cavalcanti hijo.

Montecristo se quedó solo un instante.

El calor era excesivo. Los criados circulaban por los salones con bandejas cargadas de dulces, frutas y helados.

Montecristo se enjugó con su pañuelo el rostro bañado en sudor; pero se retiró cuando el criado le presentó una bandeja y no tomó nada para refrescarse.

La señora de Morcef no perdía de vista a Montecristo. Vio pasar la bandeja sin que tomase nada de ella; también observó el movimiento que hizo cuando el criado le presentó la bandeja.

-Alberto -dijo-, ¿no habéis reparado en una cosa?

-¿Qué es ello, madre mía?

-Que el conde no acepta la comida en casa del señor de Morcef.

-Sí, pero aceptó el almuerzo en mi casa, puesto que por ese almuerzo hizo su entrada en el mundo.

-Vuestra casa no es la del conde -murmuró Mercedes-, y desde que está aquí, no le pierdo de vista.

-¿Y qué?

-Que no ha tomado nada.

-El conde es muy sobrio.

Mercedes se sonrió tristemente.

-Acercaos a él, y a la primera bandeja que pase, insistid.

-¿Por qué motivo, madre mía?

-Hacedme ese favor, Alberto -dijo Mercedes.

Alberto besó la mano de su madre y fue a colocarse junto al conde.

Pasó otra bandeja cargada como las precedentes: Alberto insistió aún, tomó un helado y se lo presentó, pero rehusó obstinadamente.

Alberto volvió al lado de su madre; la condesa estaba muy pálida.

-¡Y bien! -dijo-, ya veis como no ha querido tomar nada.

-Sí, ¿pero por qué os preocupa esto tanto?

-Bien lo sabéis, Alberto; las mujeres somos muy singulares. Hubiera visto con placer tomar al conde algo en mi casa, aunque no fuese más que un grano de granada. Quizá no esté al corriente de

las costumbres francesas, tal vez tiene preferencia por alguna cosa.

-¡Oh!, no, no, yo le he visto en Italia comer de todo; sin duda está indispuesto esta noche.

-¡Oh!, tal vez -dijo la condesa-, como ha habitado siempre climas ardientes, es menos sensible que cualquier otro al calor.

-No lo creo así, porque se quejaba de que se ahogaba de calor, y preguntaba por qué no han abierto las celosías, puesto que han abierto las ventanas.

-En efecto -dijo Mercedes-, ése es un medio de asegurarme si esa abstinencia es algo premeditado o no.

Y salió del salón.

Un instante después, las persianas se abrieron y a través de los jazmines que rodeaban las ventanas, pudo verse todo el jardín iluminado con linternas, y la cena servida debajo de una tienda.

Los bailadores y los jugadores lanzaron un grito de alegría; todos aquellos pulmones medio sofocados aspiraban con delicia el aire que entraba en abundancia.

Al momento volvió a entrar Mercedes más pálida que había salido, pero con la seriedad que era de notar en ella en ciertas circunstancias. Se dirigió al grupo en medio del cual se hallaba su marido.

-No encadenéis a estos señores, señor conde -dijo-; preferirán tal vez respirar el aire del jardín a ahogarse aquí.

-¡Ah!, señora -dijo un viejo general muy galante-, no creo que iremos solos al jardín.

-Bien-dijo Mercedes-, yo voy a daros el ejemplo.

Y dirigiéndose a Montecristo:

-Señor conde --dijo-, hacedme el honor de ofrecerme vuestro brazo.

El conde vaciló al oír estas sencillas palabras; después miró a Mercedes un momento, rápido como el relámpago, y sin embargo, este momento fue un siglo para la condesa, tantos pensamientos reflejaba aquella mirada.

Ofreció su brazo a la condesa; ella apoyó ligeramente en él su pequeña mano, y los dos bajaron una de las escaleras limitada a un lado y a otro por heliotropos y camelias.

Detrás de ellos y por otra escalera, se lanzaron al jardín, con estrepitosas exclamaciones de alegría, unos veinte convidados.