Read synchronized with  Chinese  English  French  Portuguese  Russian 
El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 67. El gabinete del procurador del rey
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Dejemos al banquero que se dirija apresuradamente a su casa, y sigamos a la señora Danglars en su paseo matutino.

Ya hemos dicho que a las doce y media la señora Danglars pidió sus caballos y salió en su carruaje.

Dirigióse al barrio de Saint-Germain, tomó por la calle Mazarino e hizo parar junto al Puente Nuevo.

Bajó y atravesó el puente: Iba vestida con suma sencillez, como conviene a una mujer de gusto que sale por la mañana.

En la calle de Guenegand subió a un coche de alquiler, diciendo al cochero que parase en la calle de Harlay.

No bien estuvo dentro, sacó de su bolsillo un velo muy espeso que colocó sobre su sombrero de paja; se lo puso después, y vio con placer, al mirarse en un espejito de bolsillo, que no se distinguían en absoluto sus facciones.

El coche entró por la plaza Dampline en el patio de Harlay; fue pagado el cochero al abrir la portezuela, y la señora Danglars, lanzándose hacia la escalera, que subió ligeramente, llegó sin tardanza a la sala de los Pasos Perdidos.

Debido a que por la mañana hay siempre muchos asuntos y ocupaciones en el palacio, los empleados y porteros apenas repararon en aquella mujer; la señora Danglars atravesó la sala de los Pasos Perdidos sin ser observada más que de otras diez o doce mujeres que esperaban a su abogado.

Apenas llegó a la antesala del gabinete del señor de Villefort no tuvo necesidad la señora Danglars de decir su nombre; tan pronto como la vieron, se presentó un ujier, se levantó, dirigióse a ella, le preguntó si era la persona que esperaba el señor procurador del rey, y ante su respuesta afirmativa, la condujo por un pasadizo reservado al gabinete del señor de Villefort.

El magistrado escribía sentado en un sillón, vuelto de espaldas a la puerta; oyó abrir la puerta, oyó también al ujier pronunciar estas palabras: H ¡Entrad, señora! », y oyó volverse a cerrar la puerta, sin hacer un solo movimiento; pero tan pronto como sintió perderse los pasos del ujier que se alejaba, se volvió vivamente, corrió los cerrojos y las cortinillas, a inspeccionó cada rincón del gabinete.

Cuando se hubo cerciorado de que no podía ser visto ni oído, quedó al parecer tranquilo, y dijo:

-Gracias, señora, gracias, por vuestra puntualidad.

Y le ofreció un sillón, que la señora Danglars aceptó, porque se sentía tan turbada que temía caerse.

-Mucho tiempo hace, señora, que no tengo la dicha de hablar a solas con vos, y con gran sentimiento mío nos volvemos a encontrar para tratar de un asunto muy penoso.

-No obstante, caballero, bien veis que he acudido al punto a la cita, a pesar de que seguramente esta conversación es más penosa para mí que para vos.

Villefort se sonrió amargamente.

-Verdad es, señora -dijo respondiendo más bien a su propio pensamiento que a las palabras de su interlocutora-; ¡verdad es que todas nuestras acciones dejan huellas, las unas sombrías, las otras luminosas, en nuestro pasado! ¡Verdad es también que nuestros pasos en esta vida se asemejan a la marcha del reptil sobre la arena y dejan un surco! ¡Ay!, para muchos este surco es el de sus lágrimas.

-Caballero, vos comprendéis mi emoción, ¿no es verdad? -dijo la señora Danglars-, ¡pues bien!, este despacho por donde han pasado tantos culpables temblorosos y avergonzados, ese sillón donde yo me siento a mi vez temblorosa y turbada... ¡Oh!, necesito de toda mi razón para no ver en mí una mujer muy culpable y en vos un juez amenazador.

Villefort dejó caer la cabeza sobre el sillón y exhaló un suspiro.

-Y yo -repuso-, yo digo que mi lugar no es el sillón del juez..., sino el del acusado.

-¿Vos? -dijo la señora Danglars asombrada.

-Sí, yo.

-Me parece que exageráis la situación, caballero -dijo la señora Danglars, cuyos ojos se iluminaron por un fugitivo resplandor-. Esos surcos de que hablabais hace un instante han sido trazados por todas las juventudes ardientes. En el fondo de las pasiones, más allá del placer, hay siempre un poco de remordimiento; por esto el Evangelio, ese recurso eterno de los desgraciados, nos ha dado por sostén a nosotras, pobres mujeres, la hermosa parábola de la pecadora y de la mujer adúltera. Así, pues, os lo confieso, recordando esos delirios de m¡ juventud, pienso algunas veces que Dios me los perdonará, porque, si no la excusa, al menos se ha encontrado la compensación en mis sufrimientos; pero vos, ¿qué tenéis que temer en todo esto, vosotros los hombres a quienes el mundo disculpa todo, y a quienes el escándalo ennoblece?

-Señora -repuso Villefort-, vos me conocéis; yo no soy hipócrita, o por lo menos no lo soy sin razón. Si mi frente es severa, es porque muchas desgracias la han oscurecido; si mi corazón se ha petrificado, es a fin de poder sobrellevar las fuertes emociones que ha recibido. No era yo así en mi juventud, no era yo así aquella noche de bodas en que todos estábamos sentados alrededor de una mesa en la calle del Cours de Marsella... Pero después todo ha cambiado en mí y a mi alrededor; mi vida ha transcurrido en perseguir cosas difíciles y en destruir en las dificultades a los que voluntaria o involuntariamente, por su libre albedrío o debido al azar, se cruzaban en mi camino. Es raro que lo que uno desea ardientemente no les esté prohibido a las personas de quienes quiere uno obtenerlo, o a quienes piensa arrancárselo. Así, pues, la mayor parte de las malas acciones de los hombres les salen al encuentro disfrazadas bajo la forma que el caso requiere; una vez cometida la mala acción en un momento de exaltación, de temor o delirio, se comprende que uno habría podido evitarla. El medio que se debiera emplear en aquel momento se presenta entonces a vuestros ojos fácil y sencillo, decís: ¿cómo no he hecho esto en lugar de hacer aquello? Vosotras, al contrario, rara vez sois atormentadas por los remordimientos, porque rara vez sois las que decidís; vuestras desgracias os son impuestas casi siempre; vuestras faltas son casi siempre la culpa de otros.

-Pero, al menos, caballero, convenid en que, si yo he cometido una falta personal, ayer recibí un severo castigo.

-¡Pobre mujer! -dijo Villefort estrechándole la mano-, muy severo para vuestras fuerzas, porque dos veces estuvisteis a punto de sucumbir, y sin embargo...

-¿Qué?

-Debo deciros..., haced acopio de ánimo y valor, señora, ¡porque aún no lo sabéis todo... !

-¡Dios mío! -exclamó la señora Danglars aterrada-, ¿qué más hay?

-Vos no miráis más que lo pasado, y seguramente es sombrío. ¡Pues bien!, figuraos un porvenir más sombrío aún..., espantoso..., ¡sangriento tal vez!

La baronesa conocía la serenidad de Villefort, y se asombró tanto de su exaltación, que abrió la boca para gritar, pero el grito murió en su garganta y preguntó:

-¿Cómo ha resucitado ese pasado terrible?

-¿Cómo? -exclamó Villefort-. ¡Del fondo de la tumba y del fondo de nuestros corazones, donde dormía, ha salido como un fantasma, para hacer palidecer nuestras mejillas y enrojecer nuestras frentes!

Herminia dijo:

-¡Ayl, ¡sin duda por casualidad!

-¡Por casualidad! -repuso Villefort-; ¡no, no, señora, no existe la casualidad!

-¿Pero no es una casualidad la que ha conducido esto? ¿No ha sido una casualidad que el conde de Montecristo comprase aquella casa? ¿No hizo cavar la tierra en aquel mismo sitio por casualidad? ¿No ha sido casualidad que aquel desgraciado niño fuese enterrado debajo de los árboles? ¡Pobre inocente criatura, a quien jamás he podído dar un beso y a quien tantas lágrimas he dedicado! ¡Ah!, mi corazón palpitó fuertemente cuando oí hablar al conde de aquella infeliz criatura cuyos despojos encontró debajo de las flores.

-¡Pues bien!, ahí está el error, señora.

-¡Cómo!

-Sí -respondió Villefort con voz sorda-, esto es la terrible noticia que tenía que comunicaros; no, no ha habido tales despojos debajo de las flores; no, no se le debe llorar; no, no se debe gemir, sino temblar.

-¿Qué queréis decir...? -exclamó la señora Danglars estremeciéndose convulsivamente-, ¡explicaos, por Dios!, aclarad el misterio que encierran vuestras palabras.

-Me refiero a que el conde de Montecristo, al cavar al pie de aquellos árboles, no ha podido encontrar ni esqueleto de niño, ni cofre..., porque debajo de aquellos árboles no había una cosa ni otra.

-¡Que no había una cosa ni otra! -repitió la señora Danglars fijando en el señor de Villefort sus ojos, cuyas pupilas dilatándose espantosamente indicaban un extraño terror-, ¡no había una cosa ni otra! -volvió a decir con el tono de una persona que procura fijar con el sonido de sus palabras y de su voz, sus ideas prontas a huir de su mente.

-¡No! -dijo Villefort dejando caer su frente sobre sus manos-; no, ¡cien veces no!

-¿Pero no fue allí donde dejasteis a la pobre criatura, caballero? ¿Por qué me habéis engañado? ¿Con qué objeto, decid?

-Allí fue, pero escuchadme, escuchadme, señora, y me compadeceréis; ¡preparaos a recibir un golpe fatal!

-¡Dios mío! ¡Me asustáis!, pero no importa, hablad, ya os escucho.

-Ya sabéis lo que ocurrió aquella dolorosa noche en que estabais en vuestra cama casi expirando, en aquel cuarto forrado de damasco rojo, mientras que yo casi sufriendo tanto como vos esperaba vuestra libertad. Recibí al niño en mis brazos sin movimiento, sin voz; le creímos muerto.

La señora Danglars hizo un movimiento rápido, como si quisiera lanzarse fuera del sillón. Pero Villefort la detuvo cruzando las manos como para implorar su atención.

-Le creímos muerto -repitió-, le puse en un cofre que había de hacer las veces de ataúd, bajé al jardín, cavé una fosa y le enterré apresuradamente. Apenas acababa de cubrirle de tierra, se extendió hacia mí el brazo del corso. Vi elevarse una sombra, vi relucir un relámpago. Sentí un dolor agudo, quise gritar, un estremecimiento helado me recorrió todo el cuerpo y se me ahogó la voz en la garganta..., caí moribundo y me creí muerto. Jamás olvidaré vuestro sublime valor; cuando una vez vuelto en mí me arrastré expirante hasta el pie de la escalera, donde expirante vos también me salisteis a recibir. Era preciso guardar silencio acerca de la horrible desgracia; vos tuvisteis valor para volver a vuestra casa, sostenida por vuestra nodriza; un duelo fue el pretexto de mi herida. Contra lo que vos y yo esperábamos, el secreto permaneció oculto, me transportaron a Versalles; durante tres meses luché contra la muerte; al fin, cuando ya parecía volver a la vida, me recomendaron el sol y los aires del Mediodía.

Cuatro hombres me llevaron de París a Chalons, andando seis leguas al día. La señora de Villefort seguía la camilla en su carruaje; en Chalons, me pusieron en el Saona, después pasé al Ródano; con la fuerza de la corriente llegamos hasta Arlés; desde Arlés tomé mi litera y proseguí mi viaje hasta Marsella. Mi convalecencia duró diez meses; no oí pronunciar vuestro nombre, no me atreví a informarme de lo que había sido de vos. Cuando volví a París supe que, viuda del señor Nargonne, habíais contraído nuevas nupcias con el señor Danglars.

»¿En qué había yo pensado desde que recobré el conocimiento? Siempre en la misma cosa, siempre en aquel cadáver del niño que en mis sueños se elevaba del seno de la tierra y se me aparecía amenazándome con su gesto y su mirada; así, pues, apenas estuve de vuelta en París me informé, la casa no había sido habitada desde que salimos de ella, pero acababa de ser alquilada por nueve años. Fui a ver al inquilino, fingí tener un gran deseo de no ver pasar a manos extrañas aquella casa que pertenecía al padre y a la madre de mi mujer; ofrecí una indemnización por que rescindiesen la escritura de arrendamiento; me pidieron seis mil francos, yo hubiera dado diez mil, veinte mil. Los tenía en mi mano; hice firmar en seguida y delante de mí el permiso, y apenas me lo entregaron, partí a galope con dirección a Auteuil. Nadie había entrado en la casa desde que yo había salido de ella.

»Eran las cinco de la tarde, subí a la alcoba de damasco encarnado, y esperé a que se hiciera de noche.

en mitad de la plazoleta para encenderla y en seguida continué mi camino.

»Allí se presentó a mi imaginación todo lo que me había ocurrido

»El mes de noviembre tocaba a su fin; todo el verdor del jardín había desaparecido.

»Los árboles se asemejaban a esqueletos con brazos descarnados, y oíase el crujir de las hojas secas a cada Paso mío...

»Era tal mi espanto, que al acercarme al árbol, saqué mi pistola y la monté.

»Siempre creía ver aparecer a través de las camas la figura amenazadora del torso...

»Dirigí la luz de mi linterna al árbol: no había nadie...

»Miré en derredor; me hallaba completamente solo...

»Ningún ruido turbaba el silencio de la noche, salvo el lúgubre canto de la lechuza que parecía evocar los fantasmas de la noche.

»Coloqué mi linterna en el suelo, en el mismo sitio donde la colocara un año antes para cavar la fosa.

»La hierba había brotado más espesa hacia aquel punto en el otoño, y nadie se había cuidado de arrancarla. Sin embargo había un sitio en que no había casi nada: era evidente que allí fue donde le enterré. Así pues, puse manos a la obra.

»¡Al fin había llegado aquella hors tan esperada ha cía un año!

Seguía trabajando, creyendo sentir una resistencia cada vez que dejaba caer el azadón, ¡pero nada!, y no obstante hice un hoyo dos veces mayor que el primero. Creí haberme equivocado de sitio; miré los árboles, procuré reconocer los detalles que se habían quedado grabados en mi imaginación; una brisa fría y aguda silbaba a través de las camas despojadas de sus hojas, y, sin embargo, mi frente estaba bañada en sudor. ¡Recordé haber recibido la puñalada en el momento de estar apisonando la tierra para volver a cubrir la fosa! Haciendo esta operación, me apoyé contra un sauce; detrás de mí había una roca artificial destinada a servir de banco a los paseantes, porque al dejar caer la mano, sentí el frío de aquella piedra; a mi derecha estaba el sauce, detrás de mí, la roca. Caí aniquilado sobre la piedra, me volví a levantar, y me puse a ensanchar el agujero; nada, siempre nada; el cofre no estaba allí.»

-¡No estaba el cofre! -murmuró la señora Danglars sofocada por el espanto.

-No creáis que me limité a esta sola tentativa -continuó Villefort-; no: registré perfectamente todo aquel lugar; yo pensaba que el asesino, habiendo desenterrado el cofre y creyendo que era un tesoro, querría apoderarse de él y se lo llevá; dándose cuenta después de su error, haría a su vez otro hoyo donde lo depositase, pero nada.

hacta un ano, pero bajo un aspecto mas amenazador.

»Aquel torso que había jurado vengarse, que me había seguido de Nimes a París, aquel torso, que estaba escondido en el jardín, que me había herido, me había visto cavar la fosa, me había visto enterrar al niño, podía conoceros, tal vez os conocía... ¿No podía hacer pagar algún día el secreto de aquella terrible escena? ¿No sería una venganza más dulce para él, cuando se enterase de que yo no había muerto de su puñalada? ¡Era, pues, urgente que antes de nada hiciese yo desaparecer las huellas de aquel pasado, destruyese todo vestigio material; demasiada realidad había en mi imaginación y en mis recuerdos!

»Por esto había anulado la escritura de arrendamiento, por esto había ido al jardín, por esto esperaba.

»Llegó la noche, dejé que transcurrieran varias horas; yo estaba sin luz en aquel cuarto, donde las ráfagas de viento hacían temblar las vidrieras y las puertas, detrás de las cuales creía yo ver siempre emboscado algún espía; de vez en cuando, me estremecía, me parecía oír detrás de mí vuestros lastimeros quejidos, y no me atrevía a volverme.

»Mi corazón latía en silencio, y yo lo sentía latir tan violentamente que temía volviese a abrirse mi herida; al fin fueron extinguiéndose, uno tras otro, todos esos diversos ruidos del cameo.

»Conocí que no tenía nada que temer, que no podía sec visto ni oído, y me decidí a bajar.

»Escuchad, Herminia -prosiguió Villefort-, me considero tan valiente como el que más, pero cuando saqué de mi pecho aquella llavecita de la escalera, aquella llave a la que tanto cariño profesábamos, cuando abrí la puerta, cuando a través de las ventanas vi el pálido reflejo de la luna caer sobre los escalones en espiral como una ráfaga blanca parecida a un espectro, me apoyé en la pared y estuve a punto de gritar.

»¡Creí volverme loco!

»Al fin supe dominar mis nervios.

»Bajé la escalera, escalón por escalón: lo único que no pude contener fue un extraño temblor en las rodillas. Me agarré al pasamanos, puesto que si le suelto un instante habría rodado por la escalera.

»Llegué a la puerta que está al pie de la escalera; un azadón estaba apoyado contra la misma. Lo cogí y me adelanté hacia la alameda que está enfrente de la puerta. Yo llevaba una linterna sorda; me detuve

Después me ocurrió la idea de que tal vez no habría tomado tantas precauciones y lo habría arrojado a algún rincón. Así, pues, para cerciorarme de ello, tenía que esperar a que llegase el día: volví a la alcoba y esperé.

-¡Oh! ¡Dios mío!

-Cuando amaneció, bajé de nuevo. Mi primera visita fue al árbol; esperaba encontrar en él algunas señales que me hubieran pasado inadvertidas durante la oscuridad. Yo había levantado la tierra sobre una superficie de más de veinte pies cuadrados y sobre una profundidad de más de dos pies. Apenas hubiera sido suficiente un día a un jornalero para lo que yo había hecho en una hora. Nada, no vi absolutamente nada.

»Entonces me puse a buscar el cofre por donde yo había supuesto que tal vez estaría. Por lo tanto, me dirigí al camino que conducía a la puerta de salida; pero esta nueva investigación fue tan inútil como la primera, y me volví al árbol con el corazón oprimido.»

-¡Oh! -exclamó angustiada la señora Danglars-, ¡era para volverse loco...!

-Es lo que por un momento pensé que iba a ocurrirme; pero no tuve esa dicha; sin embargo, reuniendo mis fuerzas y por consiguiente mis ideas:

< ¿Para qué se habrá llevado ese hombre el cadáver? », me pregunté a mí mismo.

-Vos mismo lo habéis dicho -repuso la señora Danglars-; para tener una prueba.

-No, señora, no podía ser así; no se guarda un cadáver un año; se le muestra a un magistrado y se le hace una declaración. Ahora, pues, nada de esto había sucedido.

-¿Entonces...? -inquirió Herminia, anhelante.

-Entonces hay una cosa más terrible, más fatal, más espantosa para nosotros: que el niño estaba vivo tal vez y que el asesino le salvó la vida.

La señora Danglars lanzó un grito terrible, y agarrando las dos manos de Villefort:

-¡Mi hijo estaba vivo! -exclamó-; ¡enterrasteis vivo a mi hijo, caballero! ¡No teníais seguridad de que estaba muerto, y le habéis enterrado. .. ! ¡Ah. .. !

La señora Danglars se había levantado y estaba en pie delante del procurador del rey, cuyas manos estrechaba entre las suyas con ademán amenazador.

-¿Qué sé yo? Os digo esto como podría deciros otra cosa -respondió Villefort con una mirada que indicaba que aquel hombre tan

poderoso estaba rozando... los límites de la desesperación y de la locura.

-¡Ah! ¡Hijo mío! ¡Pobre hijo mío! -exclamó la baronesa, cayendo sobre su silla y ahogando en su pañuelo los sollozos.

Villefort volvió en sí, y comprendió que, para aplacar la tempestad maternal que le amenazaba, era preciso comunicar a la señora Danglars el terror que él mismo experimentaba.

-Ya podéis figuraros que si es así -dijo levantándose y acercándose a la señora Danglars para hablarle en voz más baja-, estamos perdidos. Ese niño vive, alguien lo sabe, y alguien sabe nuestro secreto, y teniendo en cuenta que Montecristo habla delante de nosotros de un niño desenterrado, siendo así que este niño no estaba, él es quien posee el secreto.

-¡Dios! ¡Dios justo! ¡Dios vengador! -murmuró la baronesa.

Villefort no respondió más que con una especie de rugido.

-¿Pero ese niño, ese niño, caballero? -repuso aquélla con obstinación.

-¡Oh! ¡Cuánto le he buscado! -prosiguió Villefort retorciéndose los brazos-. ¡Cuántas veces le he llamado en mis largas noches de insomnio! ¡Cuántas veces he deseado una riqueza real para comprar un millón de secretos a un millón de hombres, y para encontrar mi secreto entre los suyos! En fin, un día que por centésima vez tomaba mi azadón, me pregunté por la centésima vez, ¿qué podía haber hecho el corso con el niño? Un recién nacido estorba mucho a un fugitivo; ¡tal vez, al reparar que estaba vivo, lo habría arrojado al río!

-¡Oh, imposible! -exclamó la señora Danglars-; se asesina a un hombre por venganza; ¡pero no se ahoga a un niño a sangre fría!

-Tal vez -continuó Villefort-, ¿lo habría puesto en el torno de la inclusa?

-¡Oh!, sí, sí -exclamó la baronesa-, ¡mi hijo está allí, caballero!

-Corrí al. hospicio, y me enteré de que aquella noche misma, la del 20 de septiembre, había sido depositado un niño en el torno; estaba envuelto en la mitad de una toalla de tela fina, cortada con intención. Esta mitad de toalla llevaba la parte de una corona de barón y la letra H.

-¡Eso es!, ¡eso es! -exclamó la señora Danglars-, toda mi ropa estaba marcada así; el señor de Nargonne era barón y yo me llamo Herminia. ¡Gracias, Dios mío! ¡Mi hijo no había muerto!

-No, no había muerto.

-¡Y me lo decís así! ¿Sin temor de matarme de alegría, caballero? ¿Dónde está, dónde está mi hijo?

Villefort se encogió de hombros.

-¿Lo sé yo acaso? -dijo-; ¿y creéis que si lo supiera os haría sufrir todas estas pruebas? ¡No!, ¡ay!, no lo sé. Me informaron de que una mujer fue a reclamarlo hacía seis meses con la otra mitad de la toalla, y habiendo presentado todas las garantías que exige la ley, se lo entregaron.

-Pero vos debíais haberos informado de aquella mujer, debíais haberla descubierto.

-¿Y qué es lo que creéis que hice, señora? Fingí una instrucción criminal, y empleé todos los medios de la policía para descubrirla. Siguieron sus huellas hasta Chalons, en donde las perdieron.

-¿Las perdieron?

-Sí, las perdieron para siempre.

La señora Danglars había escuchado esta relación sin proferir un grito, sin derramar una lágrima, pero al llegar a este punto no pudo contenerse y rompió en amargo llanto.

-¿Y no habéis hecho más? -dijo- ¿Os habéis limitado únicamente a eso... ?

-¡Oh!, no -dijo Villefort-, jamás he cesado de averiguar, de buscar, de informarme. Sin embargo, hacía unos cuantos años que habían cesado mis pesquisas. Pero hoy voy a volver a empezar con más perseverancia y encarnizamiento que nunca, y triunfaré, porque no es sólo la conciencia la que me remuerde y la que me impele, es el miedo.

-Pero el conde de Montecristo -replicó la señora Danglarsno sabe nada; si así no fuera, no obraría como lo hace, es decir, que haría su declaración.

-¡Oh!, ¡la maldad de los hombres es muy profunda! -dijo Villefort-, puesto que es más profunda que la bondad de Dios. ¿Habéis notado las miradas de aquel hombre mientras nos hablaba?

-No.

-¿Pero le habéis examinado detenidamente?

-Sin duda es extraño, pero nada más; una cosa me ha admirado notablemente, y es que de toda aquella exquisita comida que nos ofreció, él no probó ningún plato.

-Sí, sí -dijo Villefort-, también yo lo he notado. Si yo hubiera sabido lo que sé ahora, no hubiera probado tampoco ningún plato; hubiera creído que nos había querido envenenar.

-Y os hubierais engañado, como veis.

-Sí, sin duda; pero, creedme, ese hombre lleva otras intenciones; por esto he querido veros, por esto os he pedido una conferencia, por esto he querido preveniros contra todo el mundo, pero contra él sobre todo. Decidme -continuó Villefort, fijando más profunda-

mente sus ojos en la baronesa-; ¿no habéis hablado a nadie de nuestras relaciones?

-jamás, a nadie.

-Me comprendéis -replicó afectuosamente Villefort-, cuando digo a nadie, perdonadme esta insistencia, a nadie en el mundo, ¿no es verdad?

-¡Oh!, sí, sí, comprendo muy bien -dijo la baronesa sonrojándose-; nunca, os lo juro.

-¿No acostumbráis escribir por la noche lo que hacéis durante el día? ¿No escribís vuestro diario?

-¡No!, mi vida es arrastrada por la frivolidad; yo misma me olvido luego de lo que hago.

-¿No soñáis en voz alta, al menos, que sepáis?

-Tengo un sueño de niño..., ¿no os acordáis?

Sonrojóse la baronesa, y el rostro de Villefort se cubrió de una viva palidez.

-Es verdad -dijo en voz tan baja que apenas se oyó.

La baronesa inquirió:

-¿Y bien?

-¡Y bien!, comprendo lo que tengo que hacer -respondió el procurador del rey-; antes de ocho días sabré quién es el conde de Montecristo, de dónde viene, adónde va, y por qué habla delante de nosotros de niños desenterrados en su jardín.

Villefort dijo estas palabras con un acento que hubiera hecho estremecer al conde si hubiera podido oírlas.

Estrechó después la mano, que la baronesa vacilaba en darle, y la condujo con respeto hasta la puerta.

La señora Danglars tomó otro coche de alquiler que la condujo al Puente Nuevo, cerca del cual encontró su carruaje y su cochero, que la esperaba durmiendo apaciblemente sobre el pescante.