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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 65. Una escena conyugal
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En la plaza de Luis XV, los tres jóvenes se habían separado, es decir, que Morrel tomó por los bulevares; Chateau-Renaud, por el puente de la Revolución, y Debray siguió a lo largo del muelle.

Morrel y Chateau-Renaud, según toda probabilidad, se dirigieron cada cual a su casa: pero Debray no imitó su ejemplo.

Así que hubo llegado a la plaza del Louvre, echó hacia la izquierda, atravesó el Carrousel al trote largo, se metió por la calle de San Roque, desembocó en la de Michodière, y llegó a la puerta de la casa del señor Danglars, justamente en el momento en que la carretela del señor Villefort, después de haberlos dejado a él y a su mujer en el barrio de Saint-Honoré, se detenía para dejar a la baronesa en su casa.

Debray, conocido ya de la casa, entró primeramente en el patio, entregó la brida a un criado, y volvió a la portezuela para recibir a la señora Danglars, a la cual ofreció el brazo para volver a sus habitaciones. Una vez cerrada la puerta, y la baronesa y Debray en el patio:

-¿Qué tenéis, Herminia-, dijo Debray-, y por qué os indispusisteis tanto al oír aquella historia o más bien aquella fábula que contó el conde?

-Porque esta tarde ya me encontraba muy mal, amigo mío -dijo la baronesa.

-No, no, Herminia -dijo Debray-, no me haréis creer eso. Estabais perfectamente cuando fuisteis a la casa del conde. El señor Danglars era el único que estaba un poco cabizbajo, es verdad, pero yo sé el caso que vos hacéis de su malhumor; ¿os han hecho algo? Contádmelo; bien sabéis que no sufriré nunca que os causen algún pesar.

-Os engañáis, Luciano, os lo aseguro -repuso la señora Danglars-, y no ha habido más que lo que os he dicho; estaba de mal humor, sin saber yo siquiera la causa.

Era evidente que la señora Danglars se hallaba bajo la influencia de una de esas irritaciones nerviosas de las que apenas pueden darse cuenta a sí mismas las mujeres, o que, como había adivinado Debray, había experimentado alguna conmoción oculta que no quería confesar a nadie; a fuer de hombre acostumbrado a conocer el talante de las mujeres, no insistió más, esperando el momento oportuno, ya sea para una nueva interrogación o para una confesión motu proprio.

La baronesa encontró en la puerta de su cuarto a Cornelia.

Cornelia era la camarera de confianza de la baronesa.

-¿Qué hace mi hija? -preguntó la señora Danglars.

-Ha estado estudiando toda la tarde -respondió Cornelia-, y luego se ha acostado.

-Creo que oigo su piano.

-Es la señorita Luisa de Armilly que está tocando, mientras que la señorita está en la cama.

-Bien -dijo la señora Danglars-; venid a desnudarme.

Entraron en la alcoba. Debray se recostó sobre un sofá, y la señora Danglars pasó a su gabinete de tocador con Cornelia.

-Querido Luciano -dijo la señora Danglars a través de la puerta

del gabinete-, ¿os seguís quejando aún de que Eugenia no os dispensa el honor de dirigiros la palabra?

-Señora -dijo Luciano jugando con el perrito americano de la baronesa, el cual, reconociéndole por amigo de la casa, le hacía mil caricias-; no soy yo el único que os da esas quejas, y creo haber oído a Morcef quejarse a vos el otro día de que no podía sacar una palabra siquiera a su futura esposa.

-Es cierto -dijo la señora Danglars-, pero yo creo que una de estas mañanas cambiará todo eso, y veréis entrar en vuestro gabinete a Eugenia.

-¿En mi gabinete?

-Es decir, en el del ministro.

-¿Para qué?

-Para pediros que la contratéis en la ópera; ¡oh!, nunca he visto tal pasión por la música, ¡es ridícula esa afición en una persona de mundo!

Debray se sonrió.

-Pues bien -dijo-; que vaya con el consentimiento del barón y con el vuestro, y la contrataré, aunque somos muy pobres para pagar un talento tan notable como el suyo.

-Podéis marcharos, Cornelia, ya no os necesito -dijo la señora Danglars.

Cornelia desapareció y un instante después la señora Danglars salió de su gabinete con un negligé encantador y fue a sentarse al lado de Luciano.

Quedóse un momento pensativa, acariciando a su perrito.

Luciano la miró un instante en silencio.

-Veamos, Herminia -dijo al cabo de un rato-, responded francamente, tenéis un pesar, ¿no es así?

-No, ninguno -respondió la baronesa.

Y sin embargo parecía sofocada; levantóse, procuró respirar y fue a mirarse a un espejo.

-Esta noche estoy terrible-dijo.

Debray se levantó sonriendo, para desengañar a la baronesa, cuando de repente se abrió la puerta. Danglars entró en la habitación y Debray se volvió a sentar. Al ruido que la puerta produjo al abrirse, se volvió la señora Danglars, y miró a su marido con un asombro que no trató de disimular.

-Buenas noches, señora -dijo el banquero-; buenas noches, señor Debray.

Sin duda creyó la baronesa que esta visita imprevista significaba una especie de deseo de reparar las palabras amargas que se le escaparon al barón durante aquella tarde.

Adoptó un aire de dignidad, y volviéndose hacia Luciano, sin responder a su marido:

-Leedme algo, señor Debray -le dijo.

Debray, a quien esta visita inquietara algún tanto de momento, recobró su calma al observar la de la baronesa, y extendió la mano hada un libro abierto.

-Perdonad -le dijo el banquero-, pero os vais a fatigar, baronesa, velando hasta tan tarde; son las once, y el señor Debray vive bastante lejos.

Debray se quedó estupefacto, no porque el tono con que el banquero dijera estas palabras dejase de ser sumamente cortés y tranquilo, sino porque a través de esta cortesía y de esta tranquilidad, percibía un vivo deseo de parte del banquero por contrariar aquella noche la voluntad de su mujer...

La baronesa se quedó tan asombrada, y manifestó su asombro por una mirada tal, que sin duda hubiera dado que pensar a su marido si éste no hubiera tenido los ojos fijos en un periódico.

Así, pues, esta mirada tan terrible fue lanzada al vacío, y quedó completamente sin efecto.

-Señor Luciano -dijo la baronesa-, debo deciros que me siento sin ganas de dormir esta noche, tengo mil cosas que contaros, y vais a pasarla escuchándome, aunque para ello tuvieseis que dormir en pie.

-Estoy a vuestras órdenes, señora -respondió Luciano con flema.

-Querido señor Debray -dijo el banquero a su vez-, no os incomodéis en escuchar ahora las locuras de la señora Danglars, porque tendréis tiempo de escucharlas mañana; pero esta noche la consagraré yo, si así me lo permitís, a hablar con mi mujer de graves asuntos.

El golpe iba tan bien dirigido esta vez, y caía tan a plomo, que dejó aturdidos a Debray y a la señora Danglars; ambos se interrogaron con la mirada como para buscar un recurso contra aquella agresión; pero el irresistible poder del dueño de la casa triunfó, y e1 marido ganó la partida.

-No vayáis a creer que os despido, querido señor Debray -prosiguió Danglars-; no, no; una circunstancia imprevista me obliga a desear tener esta noche una conversación con la baronesa; esto me sucede muy pocas veces, para que se me guarde rencor.

Debray balbució algunas palabras, saludó y salió.

-¡Es increíble -dijo así que hubo cerrado tras sí la puerta-,

cuán fácilmente saben dominarnos estos maridos a quienes tan ridículos creemos. .. !

No bien hubo partido Luciano, cuando Danglars se acomodó en el sofá, cerró el libro abierto, y tomando una postura altamente aristocrática a su modo de ver, siguió jugando con el perrito. Pero como éste no simpatizaba lo mismo con él que con Debray, intentó morderle; entonces le cogió por el pescuezo y lo arrojó sobre un sillón al otro lado del cuarto.

El animal lanzó un grito al atravesar el espacio; pero apenas llegó al término de su camino aéreo se ocultó detrás de un cojín, y estupefacto de aquel trato a que no estaba acostumbrado, se mantuvo silendoso y sin moverse.

-¿Sabéis, caballero -dijo la baronesa, sin pestañear-, que hacéis progresos? Generalmente, no sois más que grosero, pero esta noche estáis brutal.

-Es porque estoy de peor humor que otros días -respondió Danglars.

Herminia miró al banquero con desdén. Estas ojeadas exasperaban antes al orgulloso Danglars; pero ahora no pareció darse cuenta de ellas.

-¿Y qué tengo yo que ver con vuestro malhumor? -respondió la baronesa, irritada por la impasibilidad de su marido-; ¿me importa algo? Buen provecho os hagan vuestros malos humores, y puesto que tenéis escribientes y empleados a vuestra disposición, desahogaos con ellos.

-No -respondió Danglars-; desvariáis en vuestros consejos, señora; así, pues, no los seguiré. Mis escribientes son mi Pactolo, como dice, según creo, el señor Demoustier, y yo no quiero alterar su curso ni su calma. Mis empleados son personas honradas, que me labran mi fortuna, y a quienes pago menos de lo que se merecen; no, no, me guardaré bien de encolerizarme con ellos; con los que me encolerizaré es contra las personas que se comen mi dinero, que usan de mis caballos, abusando ya, y que están arruinando mi caja.

-¿Y quienes son las personas que arruinan vuestra caja? Explicaos con más claridad, caballero.

-¡Oh!, tranquilizaos, si hablo por enigmas, no tardaré en daros la solución -repuso Danglars-. Las personas que arruinan mi caja son las personas que sacan de ella la suma de setecientos mil francos.

-No os comprendo, caballero -dijo la baronesa tratando de disimular a la vez la emoción de su voz y el carmín que iba cubriendo sus mejillas.

-Al contrario, comprendéis perfectamente -dijo Danglars-; pero si vuestra mala voluntad continúa así, os diré que acabo de perder setecientos mil francos.

-¡Ah!, ¡ah! -dijo la baronesa-, ¿acaso tengo yo la culpa de esa pérdida?

-¿Por qué no?

-¿Conque es culpa mía que vos hayáis perdido setecientos mil francos?

-Pues mía tampoco es.

-Acabemos de una vez, caballero -repuso agriamente la baronesa-, os he dicho que no me habléis de caja; es una lengua que no he aprendido ni en casa de mis padres, ni en casa de mi primer marido.

-Yo lo creo, sí, ¡diablo! -dijo Danglars-, porque ni los unos ni los otros tenían un centavo.

-Razón de más para que no haya aprendido esa jerigonza del banco, que me desgarra los oídos desde la mañana hasta la noche; ese dinero que cuentan y vuelven a contar me es odioso, y el sonido de vuestra voz me es aún más desagradable.

-¡Qué raro es lo que decís! -dijo Danglars-, ¡qué extraño es eso! ¡Y yo que había creído que os tomabais el más vivo interés en mis operaciones!

-¡Yo! ¿Y quién os ha podido decir semejante tontería?

-¡Vos misma!

-¡Yo!

-Sin duda.

-Quisiera saber cuándo os he dicho tal cosa.

-¡Oh!, es muy fácil. En el mes de febrero último vos fuisteis la primera que me hablasteis de los fondos de Haití; soñasteis que un buque entraba en el puerto de Havfe, y traía la noticia de que iba a efectuarse un pago que se creía remitido a las calendas griegas; hice comprar inmediatamente todos los vales que pude encontrar de la deuda de Haití, y gané cuatrocientos mil francos, de los cuales os fueron religiosamente entregados cien mil. Habéis hecho con ellos lo que os dio la gana, eso no me interesa.

»En el mes de marzo, tratábase de una concesión de caminos de hierro. Tres sociedades se presentaban ofreciendo garantías iguales. Me dijisteis que vuestro instinto, y aunque os presumíais enteramente extraña a las especulaciones, yo lo creo por el contrario muy desarrollado en esta materia; me dijisteis que vuestro instinto os anunciaba que se daría el privilegio a la Sociedad llamada del Mediodía. En seguida adquirí las dos terceras partes de las acciones de esta Sociedad. Se le concedió, efectivamente, el privilegio, como habíais previsto:

las acciones triplicaron de valor, y gané un millón, del cual os fueron entregados doscientos cincuenta mil francos. ¿En qué habéis empleado esta suma? Esto no me interesa.

-¿Pero adónde queréis ir a parar? -exclamó la baronesa estremeciéndose de despecho y de impaciencia.

-Paciencia, señora, tened paciencia.

-Acabad de una vez.

-En el mes de abril fuisteis a comer a casa del ministro: hablaron de España, y oísteis una conversación secreta: tratábase de la expulsión de don Carlos; compré fondos españoles, la expulsión tuvo lugar, y gané seiscientos mil francos el día en que Carlos V pasó el Bidasoa. De estos seiscientos mil francos os fueron entregados cincuenta mil escudos, habéis dispuesto de ellos a vuestro capricho, y yo no os pido cuentas de ello, pero no por eso es menos cierto que habéis recibido quinientas mil libras este año.

-¿Y qué?

-¿Y qué? ¡Pues bien!, hete aquí que de pronto perdéis vuestro tino y todo se lo lleva el demonio.

-En verdad..., tenéis un modo de explicaros...

-El modo que necesito para que me entiendan, nada más. Luego hará unos tres días hablasteis de política con el señor Debray, y creísteis oír en sus palabras que don Carlos había entrado en España; entonces vendo mi renta, se esparce la noticia, hay sospechas, no vendo, doy; al día siguiente se sabe que la noticia era falsa y esta falsa noticia me ha hecho perder setecientos mil francos.

-¿Y bien?

-¡Y bien!, puesto que yo os doy la cuarta parte cuando gano, vos tenéis que dármela cuando pierdo. La cuarta parte de setecientos mil francos son ciento setenta y cinco mil.

-Pero esto que me decís es una extravagancia, a ignoro en realidad por qué mezcláis el nombre de Debray en todo esto.

-Porque si no tenéis por casualidad esos cientos setenta y cinco mil francos que reclamo, los habréis prestado a vuestros amigos, y el señor Debray es uno de ellos.

-¡Cómo! -exclamó la baronesa.

-¡Oh!, nada de aspavientos ni de gritos, ni de escenas dramáticas, señora, si no me obligaréis a deciros que el señor Debray se estará regocijando de haber recibido cerca de quinientas mil libras este año, y dirá que al fin ha encontrado lo que no han podido descubrir nunca los más hábiles jugadores, es decir, un modo de jugar en el que no se expone ningún dinero y en el que no se pierde cuando se pierde.

La baronesa no podía contener su indignación.

-¡Miserable! -dijo-, ¿os atreveríais a decir que no sabíais lo que os atrevéis a echarme en cara hoy?

-Yo no os digo si lo sabía, o si no lo sabía; sólo os digo: observad mi conducta después de cuatro años que hace que no sois mi mujer y que yo no soy vuestro marido, veréis si ha sido consecuente consigo misma. Algún tiempo después de nuestra ruptura deseasteis estudiar la música con ese famoso barítono que se estrenó con tan feliz éxito en el teatro italiano; yo quise estudiar el baile con aquella bailarina que había adquirido tan buena reputación en Londres. Esto nos ha costado lo mismo, cien mil francos. Yo nada dije, porque en los matrimonios debe reinar una completa tranquilidad; cien mil francos porque el hombre y la mujer conozcan bien a fondo la música y el baile no es muy caro. Pronto os disgustasteis del canto, y os da la manía por estudiar la diplomacia con un secretario del ministro; os dejo estudiar. Ya comprenderéis; ¿qué me importaba mientras que vos pagaseis las lecciones de vuestro bolsillo? Pero hoy me he dado cuenta de que lo sacáis del mío, y que vuestro aprendizaje puede costarme setecientos mil francos al mes. Alto ahí, señora; esto no puede seguir así, o el diplomático dará sus lecciones... gratis, y entonces lo toleraré, o no volverá a poner los pies en mi casa; ¿habéis oído bien, señora?

-¡Oh!, eso es ya el colmo, caballero -exclamó Herminia sofocada-, ¡y es un modo muy innoble de portarse con una señora!

-Pero -dijo Danglars- veo con placer que no habéis seguido adelante, y que habéis obedecido a aquel axioma del Código: La mujer debe seguir al marido.

-¡ Injurias. .. !

-Tenéis razón: no pasemos más allá, y razonemos fríamente. Yo nunca me mezclo en vuestros asuntos sino por vuestro bien; haced vos lo mismo. ¿Mi caja no os interesa, decís? Bien; operad con la vuestra, pero ni llenéis ni vaciéis la mía. Por otra parte, ¿quién sabe si todo eso no será un ardid político? ¿Si el ministro, furioso de verme en la oposición y celoso de las simpatías populares que despierto, no está de acuerdo con el señor Debray para arruinarme?

-¡Como es muy probable!

-Sin duda: ¡quién ha visto nunca... una noticia telegráfica, es decir, una cosa imposible, o lo que es lo mismo, señales enteramente diferentes dadas por los últimos telégrafos!, es decir, expresamente en perjuicio mío.

-Caballero -dijo con acento de mayor humildad la baronesa--y no ignoráis, me parece, que ese empleado ha sido destituido de suempleo, que se ha hablado de formarle proceso, que se dio orden de prenderle, y que esta orden hubiera sido ejecutada si no se hubiera sustraído a las primeras pesquisas por medio de una huida que demuestra su locura o su culpabilidad... Es un error.

-Sí, que hace reír a los necios, que hace pasar una mala noche al ministro, que hace emborronar unos cuantos pliegos de papel a los señores secretarios de Estado, pero que a mí me cuesta setecientos mil francos.

-Pero, caballero ---dijo de pronto Herminia-, puesto que todo eso proviene del señor Debray, ¿por qué en lugar de ir a decírselo directamente a él venís a darme a mí las quejas? ¿Por qué acusáis al hombre y reprendéis a la mujer?

-¿Conozco yo por ventura al señor Debray? -dijo Danglars-; ¿quiero acaso conocerle? ¿Quiero saber si da o no consejos? ¿Quiero seguirlos? ¿Soy yo el que juego? No; ¡vos sois la que lo hacéis todo, y no yo!

-Me parece que puesto que os aprovecháis...

Danglars se encogió de hombros.

-¡Son, en verdad, criaturas locas las mujeres que se creen genios, porque han conducido una o dos intrigas!, pero suponed que hubieseis ocultado vuestros desórdenes a vuestro mismo marido, lo cual es et ABC del oficio, porque la mayor parte del tiempo los maridos no quieren ver; ¡no seríais sino una débil copia de lo que hacen la mitad de vuestras amigas las mujeres de mundo! Pero no sucede lo mismo conmigo; todo lo he visto: en dieciséis años me habréis ocultado tal vez un pensamiento, pero no un paso, una acción, una falta. Mientras vos os felicitabais por vuestro ingenio y habilidad y creíais firmemente engañarme, ¿qué ha resultado? Que gracias a mi pretendida ignorancia, desde el señor de Villefort hasta el señor Debray, no ha habido uno solo de vuestros amigos que no haya temblado delante de mí. Ni uno que no me haya tratado como amo de la casa, mi único deseo respecto a vos; ni uno que se haya atrevido a deciros de mí lo que yo mismo os digo hoy; os permito que me tengáis por odioso, pero os impediré tenerme por ridículo, y sobre todo, os prohi'bo que me arruinéis.

Hasta el momento en que pronunció el nombre de Villefort, la baronesa había manifestado algún valor contra todas aquellas quejas; pero al oír este nombre, levantóse como movida por un resorte, extendió los brazos como para conjurar una aparición, y dio tres pasos hacia su marido como para arrancarle el secreto que éste no conocía, o que tal vez algún cálculo odioso, como lo eran todos los de Danglars, no quería dejar escapar enteramente.

-¡El señor de Villefort! ¿Qué significa eso? ¿Qué queréis decir? -Quiere decir, señora, que el señor de Nargone, vuestro primer marido, como no era filósofo ni banquero, o siendo tal vez lo uno y lo otro, y viendo que no podía sacar ningún partido del procurador del rey, murió de pesar o de cólera al encontraros embarazada de seis meses después de una ausencia de nueve. Soy brutal, no solamente lo sé, sino que me jacto de ello; me he valido para ello de uno de mis medios en mis operaciones comerciales. ¿Por qué en lugar de matar se hizo matar él mismo? ¡Porque no tenía caja que salvar, pero yo, yo tengo que salvar mi caja! El señor Debray, mi asociado, me hace perder setecientos mil francos; que sufra su parte de la pérdida, y proseguiremos adelante con nuestros asuntos; si no, que me haga bancarroto de esas ciento cincuenta mil libras, y que unido a los que quiebran, que desaparezca. ¡Oh! ¡Dios mío!, es un buen muchacho, lo sé, cuando sus noticias son exactas; pero cuando no lo son, hay cincuenta en el mundo que valen más que él.

La señora Danglars estaba aterrada; sin embargo, hizo un esfuerzo sobre sí misma para responder a aquel ataque. Dejóse caer sobre un sillón, pensando en Villefort, en la escena de la comida, en aquella serie de desgracias que abrumaban una tras otra su casa, y cambiaban en escandalosas disputas la tranquilidad de aquel matrimonio.

Danglars no la miró, aunque ella hizo todo lo posible por desmayarse. Abrió de una patada la puerta de la alcoba, la volvió a cerrar sin añadir una sola palabra, y entró en su cuarto.

De suerte que al volver en sí, la señora Danglars creyó que había sido presa de una pesadilla atroz.