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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 64. La Mendiga
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Iba oscureciendo; la señora de Villefort había manifestado deseos de volver a París, lo cual no se atrevió a hacer la señora Danglars, a pesar del malestar que sufría.

Al oír el deseo de su mujer, el senior de Villefort se apresuró a dar la orden de partida; ofreció un lugar en su carretela a la señora Danglars, a fin de que la cuidase su mujer. En cuanto al señor Danglars, absorto en una conversación industrial de las más interesantes con el señor Cavalcanti, no prestaba ninguna atención a lo que pasaba.

Montecristo, al pedir el pomo a la señora de Villefort, notó que el señor de Villefort se había aproximado a la señora Danglars, y guiado por la situación, adivinó lo que había dicho, aunque Villefort habló tan bajo que apenas la señora Danglars pudo oírlo. Dejó partir a Morrel, a Debray y a Chateau-Renaud a caballo, y subir a las dos señoras a la carretela de Villefort; por su parte Danglars, cada vez más encantado con Cavalcanti padre, le invitó a que subiese con él en su cupé.

En cuanto al hijo Cavalcanti se acercó a su tílburi que le aguardaba delante de la puerta, y cuyo caballo tenía del bocado un groom levantado sobre las puntas de sus pies y que afectaba las maneras inglesas.

Durante lá comida, Andrés no había hablado mucho, porque era un joven inteligente, y había experimentado naturalmente el temor de decir alguna tontería en medio de aquellos invitados ricos y poderosos, entre los cuales sus ojos no veían con gusto a un procurador del rey.

Había simpatizado con Danglars, que después de haber lanzado una mirada escudriñadora al padre y al hijo, pensó que el padre sería algún nabab que había venido a París para perfeccionar la educación de su hijo. Había contemplado con indecible complacencia el enorme diamante que brillaba en el dedo pequeño del mayor, porque éste, a fuer de hombre prudente y experimentado, temiendo que sucediese algún accidente a sus billetes de banco,los había convertido en seguida en un objeto de valor.

Después de la comida, bajo pretexto de industria y de viaje, preguntó al padre y al hijo acerca de su modo de vivir, y el padre y el hijo, prevenidos de que era en casa de Danglars donde debía serles abierto, al uno su crédito de cuarenta y ocho mil francos, y al otro su crédito anual de cincuenta mil libras, estuvieron muy amables y simpáticos con Danglars.

Había algo que de un modo especial aumentó la consideración, casi diremos la veneración de Danglars, hacia Cavalcanti. Este, fiel al principio de Horacio, nihil admirari, se había contentado, como se ha visto, con dar una prueba de su ciencia, diciendo en qué lago se pescaban las famosas lampreas. Había comido además su parte sin decir una sola palabra. Danglars dedujo de esto que esta especie de suntuosidades eran familiares al ilustre descendiente de los Cavalcanti, el cual se alimentaría en Luca de truchas que mandaría traer de Suiza y de langostas que le enviarían de Bretaña por medio de procedimientos semejantes a aquellos de que se había servido el conde para hacer traer lampreas del lago Fusaro, y esturiones del Volga.

Así, pues, fueron acogidas con gran satisfacción las palabras de Cavalcanti:

-Mañana, caballero, tendré el honor de haceros uña visita y hablaremos de negocios.

-Y yo, caballero -respondió Danglars-, os agradeceré sumamente esa visita.

Después de esto, propuso a Cavalcanti, si esto no le privaba del placer de estar al lado de su hijo, volverle a conducir al Hotel des Princes.

A lo cual Cavalcanti respondió que de algún tiempo a aquella parte su hijo llevaba la vida de joven soltero; que, por consiguiente, tenía sus caballos y su carruaje, y que no habiendo venido juntos, no veía ninguna dificultad en que se fuesen separados. El mayor subió, pues, al carruaje de Danglars, y el banquero se sentó a su lado, cada vez más encantado de las ideas de orden y de economía de aquel hombre, que destinaba sin embargo a su hijo cincuenta mil francos al año. Por lo que a Andrés se refiere, empezó a darse tono, riñendo a su groom, porque en lugar de venirle a buscar al pie de la escalera, le esperaba a la puerta de entrada, lo cual le había causado la molestia de andar treinta pasos más para buscar su tílbury. El groom recibió el sermón con humildad, cogió, para contener el caballo que pateaba de impaciencia, el bocado con la mano izquierda, entregó con la mano derecha las riendas a Andrés, que las tomó y apoyó ligeramente su bota charolada sobre el estribo.

En aquel momento sintió que una mano se apoyaba sobre su hombro.

El joven se volvió, creyendo que Danglars y Montecristo se habían olvidado de decirle alguna cosa, y venían a decírselo en el momento de partir.

Sin embargo, en lugar del uno o del otro, vio un rostro extraño, tostado por el sol, rodeado de una barba espesa, ojos brillantes, y una sonrisa burlona, que movía unos labios gruesos que dejaban ver dos filas de dientes blancos, unidos y salientes como los de un lobo o un chacal.

Un pañuelo de cuadros encarnados cubría aquella cabeza de cabellos canos y crespos, un chaquetón grasiento y desgarrado cubría aquel cuerpo delgado y huesoso; en fin, la mano que se apoyó sobre el hombro de Andrés, y que fue lo primero que vio el joven, le pareció de una dimensión gigantesca.

Si reconoció el joven esta fisonomía a la luz de las farolas de su tílbury, o se admiró solamente del terrible aspecto de este interlocutor, no podemos decirlo; el caso es que se estremeció y retrocedió vivamente.

-¿Qué queréis? -dijo.

-Disculpad, caballero -respondió el hombre llevando la mano a su pañuelo encarnado-; os incomodo tal vez, pero tengo que hablaros.

-No se pide limosna por la noche -dijo el groom haciendo un movimiento para desembarazar a su amo de este importuno.

-Yo no pido limosna, señorito -dijo el hombre desconocido al lacayo, fijándole una mirada tan irónica y una sonrrisa tan espantosa que éste se apartó-; deseo tan sólo decir dos palabras a vuestro amo, que me encargó de una comisión hace quince días.

-Veamos -dijo Andrés a su vez levantando la voz para que el lacayo no notase su turbación-; ¿qué queréis? Despachad pronto.

-Quisiera... quisiera... -dijo en voz baja el hombre del pañuelo encarnado-, que me ahorraseis el trabajo de tener que volver a pie a Paris. Estoy cansado y como no he comido tan bien como tú, apenas puedo tenerme en pie.

El joven se estremeció ante semejante familiaridad.

-Pero, en fin -dijo-, veamos, ¿qué queréis de mí?

-¡Y bien!, quiero que me dejes subir en tu lindo carruaje y que me conduzcas a París.

Andrés palideció, pero no respondió.

-¡Oh!, sí, sí -dijo el hombre del pañuelo encarnado metiendo sus manos en los bolsillos y mirando al joven con ojos provocadores-; se me ha ocurrido esta idea, ¿lo has oído, querido Benedetto?

Al oír este nombre el joven reflexionó sin duda, porque se acercó al groom y le dijo:

-Este hombre ha sido, en efecto, encargado por mí de una comisión cuyo resultado me tiene que contar. Id a pie hasta la barrera; allí tomaréis un cabriolé, de este modo no iréis a pie hasta casa.

El lacayo se alejó sorprendido.

-Dejadme al menos acercarme a la sombra -dijo Andrés.

-¡Oh!, en cuanto a eso, yo voy a conducirte a un sitio bueno -repuso el hombre del pañuelo encarnado.

Y cogió por el bocado al caballo, conduciendo el tílbury a un sitio donde, en efecto, nadie podía presenciar el honor que le hacía Andrés.

-¡Oh!, no vayas a creer que esto lo hago por tener la gloria de

ir en un lindo carruaje, no, lo hago solamente porque estoy agobiado de fatiga, y luego, porque tengo que decirte dos palabras.

-Veamos; subid -dijo el joven.

Lástima que no fuera de día, porque hubiera sido un espectáculo curioso el ver a este pordiosero sentado sobre los almohadones del tílbury junto al joven y elegante conductor del carruaje.

Andrés llevó su caballo al trote largo hasta la última casa del pueblo sin hablar con su compañero, quien, por su parte, se sonreía y guardaba silencio, como encantado de pasearse en un carruaje tan cómodo y elegante.

Una vez fuera de Auteuil, Andrés miró en derredor para asegurarse sin duda de que no podían verlos ni oírlos, y entonces, deteniendo su caballo y cruzando los brazos delante del hombre del pañuelo encarnado:

-Veamos -le dijo-, ¿por qué venís a turbarme en mi tranquilidad?

-Y tú, muchacho, ¿por qué desconfías de mí?

-¿Y por qué decís que yo desconfío de vos?

-¿Por qué...?, ¡diablo!, nos separamos en el puerto de Var, me dices que vas a viajar por el Piamonte y por Toscana, y en vez de hacerlo así, lo vienes a París.

-¿Y qué tenéis que ver con eso?

-¿Yo?, nada...; al contrario, confío en que me servirá de mucho.

-¡Ah!, ¡ah! -dijo Andrés-, ¿es decir, que especuláis o pensáis especular conmigo?

-¡Bueno! ¡Así me gusta, al grano, al grano!

-Pues no lo creáis, señor Caderousse, os lo advierto.

-¡Oh!, no lo enfades, chiquillo, tú bien debes saber lo que es la desgracia; la desgracia hace a los hombres celosos. Yo lo creía recorriendo el Piamonte y la Toscana, obligado a servir de facchino o de cicerone para poder comer; lo compadezco en el fondo de mi corazón, es decir, ¡te compadecía como lo hubiera hecho con mi hijo! Bien sabes, Benedetto, que yo lo he llamado siempre mi hijo y que lo he tratado como tal, y que...

-¡Adelante, adelante... !

-Paciencia, amiguito, que nadie nos persigue.

-Paciencia tengo; veamos..., acabad.

-Pues, señor, lo veo, cuando menos lo pensaba, atravesar la barrera de Bonshommes con un groom, con un tílbury, ¡con un traje precioso. .. ! Dime, chico, has descubierto alguna mina o. ..

-En fin, como decíais, confesáis que estáis celoso...

-No, estoy satisfecho, tan satisfecho que he querido darte mi enhorabuena, chiquillo; pero, como no estaba tan bien vestido como tú, no he querido comprometerte...

-¡Vaya manera de tomar precauciones! -dijo Andrés-, ¡os acercáis a mí delante de mi criado!

-¿Y qué quieres, hijo mío? Me acerco a ti cuando puedo echarte la mano, tienes un caballo muy vivo, un tílbury muy ligero, tú eres naturalmente escurridizo como una anguila; si lo me llegas a escapar esta noche, tal vez no lo hubiera encontrado nunca.

-Ya veis que no trato de ocultarme...

-¡Dichoso tú! Yo quisiera decir otro tanto; yo sí, me oculto, sin contar con que temía que no me conocieses; pero, felizmente, me has reconocido -añadió Caderousse con una sonrisa maligna-, ¡eres un buen muchacho!

-Veamos -dijo Andrés-, ¿qué es lo que necesitáis?

-¿No me tuteas ya? ¡Haces mal, Benedetto, a un antiguo camarada...!, ten cuidado, o harás que me vuelva exigente.

Esta amenaza apaciguó la cólera del joven, que, habiéndose levantado un aire violento, puso su caballo al trote.

-Haces mal, Caderousse -dijo-, en tratar así a un antiguo compañero, como decías hace poco; tú eres marsellés, yo soy...

-¿Sabes tú lo que eres...?

-No, pero he sido educado en Córcega; tú eres viejo y terco, yo soy joven y testarudo. Entre personas como nosotros, la amenaza es cosa mala, y no se debe abusar; ¿tengo yo la culpa si la fortuna que sigue siéndote adversa, me favorece a mí ahora?

-De modo que es buena lo fortuna, ¿eh? ¿Y ése no es tílbury prestado, ni tus vestidos son tampoco prestados? Bueno, ¡tanto mejor! -dijo Caderousse cuyos ojos brillaron de codicia.

-¡Oh!, bien lo ves y bien lo sabes, cuando lo acercaste a mí -dijo Andrés animándose cada vez más-. Si yo llevase un pañuelo como el tuyo en mi cabeza, un chaquetón grasiento sobre mis hombros, tampoco tú me reconocerías a mí.

-Es decir, que me desprecias, y haces mal; ahora que lo he encontrado, nada me impide ir bien vestido, puesto que conozco lo buen corazón; si tienes dos vestidos me darás uno; yo lo daba antes mi ración de sopa y de albaricoques cuando tenías mucha hambre.

-Es cierto =dijo Andrés.

-¡Qué apetito tenías! ¿Sigues teniéndolo tan bueno?

-Sí, siempre -dijo Andrés riendo.

-¡Qué bien habrás comido en casa de este príncipe de donde sales!

-No es un príncipe, es sólo conde.

-¡Un conde!, pero rico, ¿no?

-Sí, ¡pero es un hombre muy raro!

-Nada tengo yo que ver con lo conde, contigo solamente es con quien yo tengo mis proyectos, y después lo dejaré en paz. Pero -añadió Caderousse con aquella sonrisa maligna que ya había brillado en sus labios-, pero es menester que me des algo para eso, ya comprendes.

-Veamos: ¿cuánto lo hace falta?

-Yo creo que con cien francos al mes...

-¡Y bien!

-Viviría.

-¿Con cien francos?

-Pero mal, ya me entiendes, pero con...

-¿Con. . . ?

-Ciento cincuenta francos, sería muy feliz.

-Aquí tienes doscientos -dijo Andrés.

Y entregó a Caderousse diez luises de oro.

-Está bien -dijo Caderousse.

-Preséntate en casa del portero todos los días primeros de mes y lo entregarán otro tanto.

-Bueno: ¡eso es humillarme!

-¿Cómo?

-Ya me obligas a tener que andar metido con lo gente; nada, nada, yo no quiero tratar con nadie más que contigo.

-¡Pues bien!, sea así, pídemelo a mí todos los días primeros del mes; mientras tenga yo mi renta, tú tendrás la tuya:

-¡Vamos! ¡Vamos!, ya veo que no me había equivocado, eres un buen muchacho, y es una felicidad que la fortuna se muestre propicia con la gente de lo ralea, vaya, cuéntame tus aventuras.

-¿Para qué quieres saber eso? -preguntó Cavalcanti.

-¡Bueno! ¡Ya vuelves a desconfiar!

-No; ¡he encontrado a mi padre...!

-¡Un verdadero padre!

-¡Diantre!, mientras pague...

-Tú creerás y honrarás, es justo. ¿Cómo llamas a lo padre?

-El mayor Cavalcanti.

-¿Y está contento de ti?

-Hasta ahora, así parece.

-¿Y quién lo ha hecho encontrar a ese padre? >

-El conde de Montecristo.

-¿Es el conde en cuya casa has estado? ,

-Sí.

-Vamos, chico, procura colocarme en su casa, diciéndole que soy un pariente tuyo.

-Bien, le hablaré de ti; mientras tanto, ¿qué vas a hacer?

-¡Yo!

-Sí, tú.

-¡Qué bueno eres, que lo preocupas por mí!

-Me parece que, puesto que tú lo interesas por mí -repuso Andrés-, yo debo también tomar algunos informes.

-Es justo... Voy a alquilar un cuarto en una casa honrada, cubrirme con un traje decente, afeitarme todos los días, y después iré a leer los periódicos al café. Por la noche entraré en algún teatro y pareceré un panadero retirado, éste es mi sueño.

-Vamos, no está mal. Si quieres poner en práctica ese proyecto, y obrar con prudencia, todo lo saldrá bien.

-Y tú qué vas a ser..., ¿par de Francia?

-¡Oh! -dijo Andrés-, ¿quién sabe?

-El mayor Cavalcanti lo es tal vez... pero...

-Déjate de política, Caderousse... Y ahora que tienes lo que quieres y que estamos a punto de llegar, apéate y esfúmate.

-¡No, no, amigo!

-¿Cómo que no?

-Pero reflexiona, muchacho: con un pañuelo encarnado en la cabeza, casi sin zapatos, sin pasaporte y con doscientos francos en el bolsillo, me detendrían sin duda en la barrera. Entonces me vería obligado, para justificarme, a decir que tú me habías dado estos diez napoleones de oro; de aquí resultarían los informes, las pesquisas; averiguarían que me había escapado de Tolón y me llevarían de brigada en brigada a las orillas del Mediterráneo. Volvería a ser el número 106, y ¡adiós mi sueño de querer pasar por un panadero retirado! No, hijo mío, prefiero quedarme y vivir honradamente en la capital.

Andrés frunció el entrecejo; una idea sombría pasó por su mente. Se detuvo un instante, arrojó una mirada a su alrededor, y cuando su mirada acababa de describir el círculo investigador, su mano descendió inocentemente hacia su bolsillo, donde empezó a acariciar la culata de una pistola.

Pero mientras tanto Caderousse, que no perdía de vista a su compañero, llevaba sus manos detrás de su espalda y sacaba poco a poco un cuchillo que llevaba siempre consigo por lo que pudiera suceder.

Los dos amigos, como se ha visto, eran dignos de comprenderse, y se comprendieron; la mano de Andrés salió inofensiva de su bolsillo y se dirigió a su bigote, que acarició durante cierto rato.

-¡El bueno de Caderousse! -tlijo-; ¿de modo que ahora vas a ser feliz?

-Haré todo lo posible -respondió el posadero del puente de Gard, introduciendo el cuchillo en su manga.

-Vamos, vamos, entremos en París. ¿Pero cómo vas a arreglártelas para pasar la barrera sin despertar sospechas? Yo creo que más lo expones yendo en carruaje que a pie.

-Espera -dijo Caderousse-, ahora verás.

Cogió el capote que el groom había dejado en su asiento, lo echó sobre sus hombros, se apoderó después del sombrero de Cavalcanti y se lo puso. Entonces afectó la postura de un lacayo cuyo amo va conduciendo el carruaje.

-Y yo -dijo Andrés- me voy a quedar con la cabeza descubierta.

-¡Psch! -dijo Caderousse-; hace tanto aire, que muy bien puede haberte llevado el sombrero.

-Vamos -dijo Andrés-, y acabemos de una vez.

-¿Qué es lo que lo detiene? No soy yo, según creo.

-¡Silencio! -dijo Cavalcanti.

Atravesaron la barrera sin incidente alguno.

En la primera travesía, Andrés detuvo su caballo, y Caderousse se bajó del tílbury.

-¡Y bien! -dijo Andrés-, ¿y el capote de mi lacayo, y mi sombrero?

-¡Ah! -respondió Caderousse-, tú no querrás que vaya a resfriarme, ¿verdad?

-¿Pero y yo?

-Tú eres joven, al paso que yo empiezo ya a envejecer; hasta la vista, Benedetto.

Dicho esto, dirigióse a una callejuela, por donde desapareció.

-¡Ay! -dijo Andrés arrojando un suspiro-, ¡no puede uno ser completamente feliz en este mundo!