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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 61. El jardín
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El conde de Montecristo no fue, como había dicho aquella tarde, a visitar el telégrafo; pero la mañana siguiente salió por la barrera del Infierno, tomó el camino de Orleáns, pasó el pueblo de Linas sin detenerse en el telégrafo, que precisamente en el momento en que pasaba el conde hacía mover sus largos y descarnados brazos, y llegó a la torre de Monthery, situada, como es sabido, en el punto más elevado de la llanura de este nombre.

Al pie de la colina, el conde echó pie a tierra, y por un pequeño sendero de dieciocho pulgadas de ancho, empezó a subir la montaña; así que hubo llegado a la cima, se encontró detenido por un vallado sobre el cual los frutos verdes habían sucedido a las flores sonrosadas y blancas.

Montecristo buscó la puerta del pequeño jardín, y no tardó en hallarla. Consistía ésta en una especie de enrejado de madera, que rodaba sobre goznes de mimbre, y cerrada por medio de un clavo y de un bramante bastante grueso. En un instante quedó el conde enterado del mecanismo, y la puerta se abrió.

Encontróse entonces en un jardincito de veinte pies de largo por doce de ancho, limitado a un lado por la parte de cerca en la cual estaba colocada la ingeniosa máquina que hemos descrito bajo el nombre de puerta; y el otro por la antigua torre cubierta de musgo, de hiedra y de alhelíes silvestres.

Nadie hubiera creído al verla tan florecida que podría contar tantos dramas terribles, si uniese una voz a los oídos amenazadores que un antiguo proverbio atribuye a las paredes.

Recorríase este jardín siguiendo una calle de árboles cubierta de arena roja. Esta calle tenía la forma de un 8, y daba vueltas enlazándose de modo que en un jardín de veinte pies formaba un paseo de sesenta. jamás fue honrada Flora, la risueña y fresca diosa de los jardineros latinos, con un culto tan minucioso y tan puro como lo era el que le rendían en este jardincito.

Efectivamente, de veinte rosales que brotaban en el jardín, de cuyas hojas no había una que no llevase señal de las picaduras de los moscones, ni siquiera una planta que no estuviese dañada por los pulgones o insectos que asolan y roen las plantas que nacen sobre un terreno húmedo, no era, sin embargo, humedad lo que faltaba a este jardín; la tierra negra, el opaco follaje de los árboles lo denotaban bien; por otra parte la humedad ficticia hubiera suplido pronto a la humedad natural, gracias a un pequeño estanque redondo lleno de agua encenagada que había en uno de los ángulos del jardín, y en el cual permanecían constantemente sobre una capa de verdín, una rana y un sapo, que, sin duda por la contrariedad de humor, se volvían continuamente la espalda en los dos puntos opuestos del círculo del estanque.

Por otra parte, no se veía una hierba en la calle de árboles, ni un mal retoño parásito; y sin embargo, sería imposible cuidar aquel jardín con más esmero del que lo hacía su dueño, hasta entonces invisible.

Montecristo se detuvo, después de haber sujetado la puerta con el clavo y la cuerda, y abarcó de una mirada toda la propiedad.

De repente tropezó con un bulto oculto detrás de una especie de matorral; este bulto se levantó dejando escapar una exclamación que denotaba asombro, y Montecristo se encontró frente a un buen hombre que representaba unos cincuenta años y que recogía fresas, las cuales iba colocando sobre hojas de parra.

Tenía doce hojas de parra y casi el mismo número de fresas.

El buen hombre, al levantarse, estuvo a pique de dejar caer las fresas, las hojas y un plato que también llevaba consigo.

-¡Hola!, estáis recogiendo fresas, ¿eh? -dijo Montecristo sonriendo.

-Perdonad, caballero -respondió el buen hombre quitándose su gorra-, no estoy allá arriba, es verdad; pero ahora mismo acabo de bajar.

-Que no os incomode yo en nada, amigo mío -dijo el conde-, coged vuestras fresas, si aún os queda alguna por coger.

-Todavía quedan diez -dijo el hombre-, porque aquí hay once, y yo conté ayer veintiuna, cinco más que el año pasado. Pero no es extraño; la primavera ha sido este año muy calurosa, y ya sabéis, que lo que las fresas necesitan es el calor. Ahí tenéis por qué en lugar de dieciséis que cogí el año pasado tengo este año, mirad, once cogidas, trece..., catorce..., quince..., dieciséis..., diecisiete..., dieciocho... ¡Oh! ¡Dios mío!, me faltan tres, pues ayer estaban, caballero, ayer estaban, no me cabe duda, las conté muy bien. Nadie sino el hijo de la tía Simona puede habérmelas quitado; ¡esta mañana me pareció haberlo visto andar por aquí! ¡Robar en un jardín, no sabe él bien a lo que esto puede conducirle. .. !

-En efecto -dijo Montecristo-, eso es muy grave, pero vos os vengaréis del niño ese, no ofreciéndole ninguna fresa ni a él ni a su madre.

-Desde luego -dijo el jardinero-; sin embargo, no es por eso menos desagradable... Pero os pido perdón, de nuevo, caballero: ¿es tal vez a algún jefe a quien hago esperar?

E interrogaba con una mirada respetuosa y tímida al conde y a su frac azul.

-Tranquilizaos, amigo mío -dijo el conde con aquella sonrisa que tan terrible y tan bondadosa podía ser, según su voluntad, y que esta vez no expresaba más que bondad-, no soy un jefe que vengo a inspeccionar vuestras acciones, sino un simple viajero conducido por la curiosidad, y que empieza a echarse en cara su visita al ver que os hace perder vuestro tiempo.

-¡Oh!, tengo tiempo de sobra -repuso el buen hombre con una sonrisa melancólica-. Sin embargo, es el tiempo del gobierno, y yo no debiera perderlo; pero había recibido la señal que me anunciaba que podía descansar una hora -y miró hacia un cuadrante solar, porque de todo había en la torre de Monthery-, y ya veis, aún tenía diez minutos de qué disponer; además, mis fresas estaban maduras y un día más... Por otra parte, ¿creeríais, caballero, que los lirones me las comen?

-¡Toma.. . ! , pues no lo hubiera creído -respondió gravemente Montecristo-, es una vecindad muy mala la de los lirones, particularmente para nosotros que no los comemos empapados en miel como hacían los romanos.

-¡Ah!, ¿los romanos los comían...? -preguntó asombrado el jardinero-, ¿se comían los lirones?

-Yo lo he leído en Petronio -dijo el conde.

-¿De veras...?, pues no deben estar buenos, aunque se diga: gordo como un lirón. Y no es extraño, caballero, que los lirones estén gordos, puesto que no hacen más que dormir todo el santo día, y no se despiertan sino para roer y hacer daño durante la noche. Mirad, el año pasado tenía yo cuatro albaricoques, me comieron uno. Yo tenía también un abridero, uno solo, es verdad que ésta es fruta rara; pues me lo devoraron..., es decir, la mitad; un abridero soberbio y que estaba excelente. ¡Nunca he comido otro igual!

-¿Pues cómo lo comisteis...? -preguntó Montecristo.

-Es decir, la mitad que quedaba, ya comprenderéis. Estaba exquisito, caballero. ¡Ah!, ¡diantre!, esos señores no escogen los peores bocados. Lo mismo que el hijo de la tía Simona, no ha escogido las peores fresas. Pero este año -continuó el jardinero- no sucederá eso, aunque tenga que pasar la noche de centinela cuando yo vea que estén prontas a madurar.

El conde había visto ya bastante para poder juzgar. Cada hombre tiene su pasión, lo mismo que cada fruta su gusano; la del hombre del telégrafo era, como se ha visto, una extremada afición al cultivo de las flores y de las frutas.

Entonces Montecristo empezó a quitar las hojas que ocultaban a las uvas los rayos del sol, conquistando así la voluntad del jardinero, que dijo:

-¿El señor habrá venido tal vez para ver el telégrafo?

-Sí, señor, si no está prohibido por los reglamentos.

-¡Oh!, no, señor -dijo el jardinero-, puesto que no hay nada de peligroso, ya que nadie sabe ni puede saber lo que decimos.

-Me han dicho, en efecto -repuso el conde-, que repetís señales que vos mismo no comprendéis.

-Así es, caballero, y yo estoy así más tranquilo -dijo riendo el hombre del telégrafo.

-¿Por qué?

-Porque de este modo no tengo responsabilidad. Yo soy una máquina, y con tal que funcione, no me piden más.

-¡Diablo! -se dijo Montecristo-, ¿pero habré dado por casualidad con un hombre que no tuviese ambición...?, sería jugar con desgracia.

-Caballero -dijo el jardinero echando una ojeada hacia su cuadrante solar-, los diez minutos van a expirar, yo vuelvo a mi puesto. ¿Queréis subir conmigo?

-Ya os sigo.

Montecristo entró en la torre, que estaba dividida en tres pisos: el bajo contenía algunos instrumentos de labranza, como azadones, picos, regaderas, apoyados contra la pared; esto era todo.

El segundo piso era la habitación ordinaria, o más bien nocturna del empleado; contenía algunos utensilios sencillos, como una cama, una mesa, dos sillas, una fuente de barro, además algunas hierbas secas colgadas del techo, y que el conde identificó como manzanas de olor y albaricoques de España, cuyas semillas conservaba el buen hombre; todo esto lo tenía tan bien guardado como hubiera podido hacerlo un maestro botánico del jardín de plantas.

-¿Hace falta mucho tiempo para aprender la telegrafía, amigo mío...? -preguntó Montecristo.

-No es tan largo el estudio como el de los supernumerarios.

-¿Y qué sueldo tenéis...?

-Mil francos, caballero.

-No es mucho.

-No; dan la vivienda gratis, como veis.

Montecristo miró el cuarto.

Pasaron después al tercer piso; éste era la pieza destinada al telégrafo. Montecristo miró a su vez las dos máquinas de hierro, con ayuda de las cuales hacía mover la máquina el empleado.

-Esto es muy interesante -dijo-, pero es una existencia que deberá pareceros un poco insípida.

-Sí, al principio duelen un poco los ojos a fuerza de tanto mirar, pero al cabo de uno o dos años se acostumbra uno a ello; luego, también tenemos nuestras horas de recreo y nuestros días de vacaciones.

-¿Días de vacaciones?

-Sí, señor.

-¿Cuáles?

-Los nublados.

-¡Ah!, es natural.

-Esos son mis días de fiesta; bajo al jardín estos días, planto, cavo, siembro..., y en fin..., se pasa el rato...

-¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

-Diez años, y cinco de supernumerario..., son quince... -Vos tenéis... -Cincuenta y cinco años...

-¿Cuánto tiempo de servicio os hace falta para obtener la pensión... ?

-¡Oh!, caballero, veinticinco años.

-¿Y a cuánto asciende esa pensión...?

-A cien escudos.

-¡Pobre humanidad! -murmuró Montecristo.

-¿Qué decís...? -inquirió el empleado.

-Que eso es muy interesante...

-¿El qué... ?

-Todo lo que decís..., ¿y vos no comprendéis nada de vuestras señales?

-Nada absolutamente.

-¿Ni lo habéis intentado?

-Jamás: ¿de qué me serviría?

-Sin embargo, hay señales que se dirigen a vos.

-Sin duda.

-Y ésas sí las comprendéis.

-Siempre son las mismas.

-¿Y dicen?

-Nada de nuevo..., tenéis una hora..., o hasta mañana...

-Eso es muy inocente -dijo el conde-; pero, mirad, ¿no veis a vuestro telégrafo opuesto que empieza a moverse?

-Ah, es verdad; gracias, caballero.

-¿Y qué os dice?, ¿comprendéis algo?

-Sí, me pregunta si estoy preparado.

-¿Y le respondéis?

-Por la misma señal, que revela a mi correspondiente de la derecha que le atiendo, mientras que invita al de la izquierda que se prepare a su vez.

-Eso es muy ingenioso -dijo Montecristo.

-Vais a ver -repuso con orgullo el buen hombre-, dentro de cinco minutos va a hablar.

-Todavía dispongo de cinco minutos -dijo el conde-, esto es más de lo que necesito-. Amigo mío, permitid que os haga una pregunta.

-¿Sois aficionado a los jardines?

-En extremo.

-¿Y seríais feliz si en lugar de tener un jardincillo de veinte pies, tuvieseis una huerta y jardín de dos fanegas de tierra?

-Señor, eso sería un paraíso.

-¿Vivís mal con vuestros mil francos?

-Bastante mal; pero vivo, después de todo.

-Sí, pero no tenéis más que un miserable jardín.

-¡Ah!, es verdad, el jardín no es grande...

-Y..., pequeño como es, devorado por los lirones.

-Eso es una plaga...

-Decidme, ¿y si tuvierais la desgracia de volver la cabeza cuando vuestro correspondiente hablase...?

-No lo vería.

-Entonces, ¿qué ocurriría?

-Que no podría repetir sus señales...

-¿Y qué?

-Y no repitiéndolas, por descuido o por lo que fuese..., me exigirían el pago de la multa.

-¿A cuánto asciende esa multa? -A cien francos.

-La décima parte de vuestro sueldo; ¡qué bonito!

-¡Ah! -exclamó el empleado.

-¿Os ha ocurrido eso alguna vez? -dijo Montecristo.

-Una vez, caballero, una vez que estaba regando un rosal.

-Bien. ¿Y si ahora cambiaseis alguna señal o transmitieseis otra?

-Entonces, eso es diferente, sería despedido y perdería mi pensión.

-¿Trescientos francos?

-Cien escudos, sí señor; de modo que ya podéis suponer que nunca haré tal cosa.

-¿Ni por quince años de vuestro sueldo? Mirad que vale la pena que lo penséis.

-¿Por quince mil francos?

-Sí.

-Caballero, me asustáis.

-¡Bah!

-Caballero, vos queréis tentarme.

-¡Justamente! Quince mil francos.

-Caballero, dejadme mirar a mi correspondiente de la derecha.

-Al contrario, no le miréis y mirad esto, en cambio.

-¿Qué es eso?

-¡Cómo! ¿No conocéis estos papelitos?

-¿Billetes de banco?

-Exacto; quince hay.,

-¿Y a quién pertenecen?

-A vos, si queréis.

-¡A mí! -exclamó el empleado, sofocado.

-¡Oh, Dios mío!, a vos, sí, a vos.

-Caballero, ya empieza a moverse mi correspondiente de la derecha.

-Dejadle que se mueva...

-Caballero, me habéis distraído y me van a exigir la multa.

-Eso os costará cien francos; bien veis que tenéis interés en tomar mis quince billetes de banco.

-Caballero, mi correspondiente de la derecha se impacienta, redobla sus señales.

-Dejadle hacer; y vos tomad.

El conde puso el fajo de billetes en las manos del empleado.

-Ahora ---dijo-, esto no basta; con vuestros quince mil francos no podréis vivir.

-Conservaré mi puesto.

-No; ¡lo perderéis!, porque vais a hacer otra señal que la de vuestro correspondiente.

-¡Oh!, caballero, ¿qué es lo que me proponéis?

-Una travesura sin importancia.

-Caballero, a menos de obligarme.. . -Pienso obligaros, efectivamente...

Y Montecristo sacó de su bolsillo otro paquete.

-Tomad, otros diez mil francos ---dijo-, con los quince que están en vuestro bolsillo, son veinticinco mil. Con cinco mil francos compraréis una bonita casa y dos fanegas de tierra; con los veinte mil podréis procuraros mil francos de renta.

-¿Un jardín de dos fanegas?

-Y mil francos de renta.

-¡Santo cielo!

-¡Tomad, pues... !

Y Montecristo puso a la fuerza en la mano del empleado el otro paquete de diez mil francos.

-¿Qué debo hacer...?

-Nada que os cueste trabajo, algo muy sencillo.

-Bien, ¿pero qué...?

-Repetir las señales que os voy a dar.

Montecristo sacó de su bolsillo un papel en el que había trazadas tres señales y otras tantas cifras indicaban el orden con que debían ejecutarse.

-No será muy largo, como veis.

-Sí, pero... -¡Por este poco trabajo tendréis albaricoques buenos... !

El empleado empezó a maniobrar; con el rostro colorado y sudando a mares, el buen hombre ejecutó una tras otra las tres señales que le dio el conde, y a pesar de las espantosas dislocaciones del correspondiente de la derecha, que no comprendiendo nada de este cambio, comenzaba a pensar que el hombre de los albaricoques se había vuelto loco.

En cuanto al correspondiente de la izquierda, repitió concienzudamente las mismas señales, que fueron aceptadas en el ministerio del Interior.

-Ahora sois ya rico -dijo Montecristo.

-Sí -respondió el empleado-, ¿pero a qué precio?

-Escuchad, amigo mío -dijo Montecristo-, no quiero que tengáis remordimientos; creedme, porque, os lo juro, no habéis causado ningún perjuicio a nadie, y en cambio habéis hecho una buena acci6n.

El empleado veía los billetes de banco, los palpaba, los contaba, se ponía pálido, se ponía sofocado; al fin corrió hacia su cuarto para beber un vaso de agua; pero no tuvo tiempo para llegar hasta la fuente, y se desmayó en medio de sus albaricoques secos. ..

Cinco minutos después de haber llegado al ministerio la noticia telegráfica, Debray hizo enganchar los caballos a su cupé, y corrió a casa de Danglars.

-¿Tiene vuestro marido papel del empréstito español? -dijo a la baronesa.

-¡Ya lo creo!, por lo menos, seis millones.

-Que los venda a cualquier precio.

-¿Por qué?

-Porque don Carlos ha huido de Bourges y ha entrado en España.

-¿Cómo lo sabéis?

-¡Diantre! ¡Como sé yo todas las noticias!

La baronesa no se lo hizo repetir, corrió a ver a su marido, el cual corrió a su vez a la casa de su agente de cambio, y le mandó que lo vendiese todo a cualquier precio.

Cuando todos vieron que Danglars vendía los fondos españoles, bajaron inmediatamente. Danglars perdió quinientos mil francos, pero se deshizo de todo el papel de interés...

Aquella noche se leía en El Messager:

Despacho telegráfico:

El rey don Carlos ha huido de Bourges, y ha entrado en España por la frontera de Cataluña. Barcelona se ha sublevado en favor suyo.

Toda la noche no se habló más que de la previsión de Danglars que había vendido sus créditos, y de la suerte que tuvo al no perder más que quinientos mil francos en semejante jugada.

Los que habían conservado sus vales, o los que habían comprado los de Danglars, se consideraron arruinados, y pasaron una mala noche.

Al día siguiente se leía en El Moniteur:

Carecía de todo fundamento la noticia del Messager de anoche que anunciaba la f uga de don Carlos y la sublevación de Barcelona.

El rey don Carlos no ha salido de Bourges, y la Península goza de la más completa tranquilidad.

Una señal telegráfica, mal interpretada a causa de la niebla, ha dado lugar a este error.

Los fondos subieron al doble de lo que habían bajado.

Esto ocasionó a Danglars la pérdida de un millón.

-¡Bueno! -dijo Montecristo a Morrel, que estaba en su casa en el momento en que le anunciaba la extraña jugada de que había sido víctima Danglars-; acabo de efectuar por veinte mil francos un descubrimiento por el que hubiera dado cien mil.

-¿Qué habéis descubierto? -preguntó Maximiliano.

-Acabo de descubrir el medio de librar a un jardinero de los lirones que le comían sus albaricoques...