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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 55. El mayor Cavalcanti
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Acababan de dar las siete, y el mayordomo partió acto seguido para Auteuil, según la orden que acababa de recibir. En el mismo momento, un coche de alquiler se detuvo a la puerta del palacio, y pareció huir avergonzado apenas hubo dejado junto a la reja a un hombre como de cincuenta y dos años, vestido con una de esas largas levitas verdes, cuyo color es indefinible, un ancho pantalón azul, unas botas muy limpias, aunque con un barniz bastante agrietado; guantes de ante, un sombrero con la forma del de un gendarme, y una corbata negra. Tal era el pintoresco traje bajo el cual se presentó el personaje que llamó a la reja, preguntando si era allí donde vivía el conde Montecristo, y que apenas hubo oído la respuesta afirmativa del portero, se dirigió hacia la escalera.

La cabeza pequeña y angulosa de este hombre, sus cabellos canos, su bigote espeso y gris, fueron reconocidos por Bautista, que ya tenía conocimiento del aspecto del personaje que le esperaba en el vestíbulo. Así, pues, apenas pronunció su nombre, fue introducido en uno de los salones más sencillos.

El conde le esperaba allí y salió a su encuentro con aire risueño. -¡Oh!, caballero, bien venido seáis. Os esperaba.

-¡De veras! -dijo el mayor Cavalcanti-, ¿me esperaba vuestra excelencia?

-Sí, me avisaron de vuestra visita para hoy a las siete.

-¿De mi visita? ¿Conque estabais avisado?

-Completamente.

-¡Ah!, tanto mejor; temía, lo confieso; yo creía que habrían olvidado esta precaución.

-¿Cuál?

-La de avisaros.

-¡Oh!, ¡no!

-¿Pero estáis seguro de no equivocaros?

-Segurísimo.

-¿Era a mí a quien esperaba vuestra excelencia?

-A vos, sí. Por otra parte, pronto estaremos seguros de ello.

-¡Oh!, si me esperabais -dijo el mayor-, ¡no merece la penal

-¡Al contrario! --dijo Montecristo.

El mayor pareció ligeramente inquieto.

-Veamos -dijo Montecristo-, sois el marqués Bartolomé Cavalcantí, ¿verdad?

-Bartolomé Cavalcanti -repitió el mayor-, eso es.

-¿Ex mayor al servicio de Austria?

-¡Ah!, ¿era mayor...? -preguntó tímidamente el veterano.

-Sí -dijo Montecristo-, mayor. Este nombre se da en Francia al grado que teníais en Italia.

-Bueno -dijo el mayor-, no pregunto más, ya comprendéis...

-Por otro lado, ¿no venís aquí por vuestro propio interés? -repuso Montecristo.

-¡Oh!, seguramente.

-¿Venís dirigido a mí por alguna persona?

-Sí.

-¿Por el excelente abate Busoni?

-Eso es -exclamó el mayor con alegría.

-¿Y tenéis una carta?

-Aquí está.

-Dádmela, entonces.

Y Montecristo tomó la carta que abrió y leyó.

El mayor miraba al conde con ojos asombrados, que dirigía con curiosidad a cada objeto del salón, pero que se volvían inmediatamente hacia el dueño de la casa.

-Esto es... ¡Oh!, ¡querido abate!, < el mayor Cavalcanti; un digno patricio de Luca», descendiente de los Cavalcanti de Florencia -continuó Montecristo leyendo-, que tiene medio millón de renta...

Èl conde levantó los ojos por encima del papel y saludó.

-Medio millón -dijo-; ¡diantre!, querido señor Cavalcanti.

-¿Dice medio millón? -preguntó el mayor.

-Con todas sus letras, y así debe ser; el abate Busoni es el hombre que mejor conoce todos los caudales de Europa.

-¡De acuerdo con que sea medio millón! -dijo el mayor-; pero es doy mi palabra de honor de que no sabía que ascendiese a tanto.

-Porque tendréis un mayordomo que os robará; ¿qué queréis, señor Cavalcanti?, ¡es preciso pasar por todo!

-Acabáis de darme una idea -dijo gravemente el mayor-; pondré al muy bribón en la calle.

Montecristo continuó:

-«Y al cual no le faltaba más que una cosa para ser dichoso.»

-¡Oh! ¡Dios mío, sí! una sola --dijo el mayor suspirando.

-Encontrar un hijo adorado.»

-¿Un hijo adorado?

-Robado en su niñez, o por un enemigo de su noble familia, o por unas gitanas.

-¡A la edad de cinco años, caballero! -dijo el mayor con un profundo suspiro y levantando los ojos al cielo.

-¡Pobre padre! -dijo Montecristo.

El conde prosiguió:

-«Le devuelvo la esperanza, la vida, señor conde, anunciándole que vos le podéis hacer encontrar este hijo, a quien busca en vano hace quince años.»

El mayor miró a Montecristo con una inefable expresión de inquietud.

-Yo puedo hacerlo -respondió Montecristo.

El mayor se incorporó.

-¡Ah, ah! -dijo- ¿La carta era verdadera?

-¿Lo dudabais, querido señor Bartolomé?

-¡No, jamás! ¡Como, un hombre grave, un hombre investido de un carácter religioso como el abate Busoni, no había de mentir! ¡Pero vos no lo habéis leído todo, excelencia!

-¡Ah!, es verdad-dijo Montecristo-,hay una posdata.

-Sí -replicó el mayor-, sí..., hay... una... posdata.

-«Para no causar al mayor Cavalcanti la molestia de sacar fondos de casa de su banquero, le envío una letra de dos mil francos para sus gastos de viaje, y el crédito contra vos de la suma de cuarenta y ocho mil francos.»

El mayor seguía con la mirada esta posdata con visible ansiedad.

-¡Bueno! -dijo Montecristo.

-Ha dicho bueno -murmuró el mayor-, conque... -repuso el mismo.

-¿Conque?... -inquirió el conde.

-Conque, la posdata...

-¡Y bien!, la posdata...

-¿Es acogida por vos de un modo tan favorable como el resto de la carta?

-Claro. Ya nos entenderemos el abate Busoni y yo. Vos, según veo, ¿dabais mucha importancia a esa posdata, señor Cavalcantí?

-Os confesaré -respondió el mayor-, que confiado en la carta del abate Busoni, no me había provisto de fondos; de modo que

si me hubiese fallado este recurso, me habría encontrado muy mal en París.

-¿Es que un hombre como vos se puede encontrar apurado en alguna parte? -dijo Montecristo.

-¡Diablo!, no conociendo a nadie... -¡Oh!, pero a vos os conocen... -Sí, me conocen; conque...

-Acabad, querido señor Cavalcanti.

-¿Conque me entregaréis esos cuarenta y ocho mil francos?

-Al momento.

El mayor no podía disimular su estupor.

-Pero sentaos -dijo Montecristo-, en verdad, no sé en qué estoy pensando..., hace un cuarto de hora que os tengo ahí de pie...

-No importa, señor conde. ..

El mayor tomó un sillón y se sentó.

-Ahora -dijo el conde-, ¿queréis tomar alguna cosa? ¿Un vaso de Jerez, de Oporto, de Alicante?

-De Alicante, puesto que tanto insistís, es mi vino predilecto.

-Lo tengo excelente; con un bizcochito, ¿verdad?

-Con un bizcochito, ya que me obligáis a ello.

Montecristo llamó; se presentó Bautista, y el conde se adelantó hacia él.

-¿Qué traéis? -preguntó en voz baja.

-EL joven está ahí -respondió en el mismo tono el criado.

-Bien, ¿dónde le habéis hecho entrar?

-En el salón azul, como había mandado su excelencia.

-Perfectamente. Traed vino de Alicante y bizcochos.

Bautista salió de la estancia.

-En verdad -dijo el mayor-, os molesto de una manera...

-¡Bah!, ¡no lo creáis! -dijo Montecristo.

Bautista entró con los vasos, el vino y los bizcochos.

El conde llenó un vaso y vertió en el segundo algunas gotas del rubí líquido que contenía la botella cubierta de telas de araña y de todas las señales que indican lo añejo del vino. El mayor tomó el vaso lleno y un bizcocho.

El conde mandó a Bautista que colocase la botella junto a su huésped, que comenzó por gustar el Alicante con el extremo de sus labios, hizo un gesto de aprobación, a introdujo delicadamente el bizcocho en el vaso.

-De modo, caballero -dijo Montecristo-, ¿vos vivíais en Luca, erais rico, noble, gozabais de la consideración general, teníais todo cuanto puede hacer feliz a un hombre?

-Todo, excelencia -dijo el mayor, comiendo el bizcocho-, absolutamente todo.

-¿Y no faltaba más que una cosa a vuestra felicidad?

-¡Ay!, una sola-repuso el mayor.

-¿Encontrar a vuestro hijo?

-¡Ah! --exclamó el mayor tomando un segundo bizcocho- eso únicamente me faltaba.

El digno mayor levantó los ojos al cielo a hizo un esfuerzo para suspirar.

-Veamos ahora, señor Cavalcanti -dijo Montecristo-, ¿de dónde os vino ese' hijo tan adorado? Porque a mí me habían dicho que vos habíais permanecido en el celibato.

-Así creía, caballero -dijo el mayor-, y yo mismo...

-Sí -repuso Montecristo-, y vos mismo habíais acreditado ese rumor. Un pecado de juventud que vos queríais ocultar a los ojos de todos.

El mayor asumió el aire más tranquilo y más digno que pudo, mientras bajaba modestamente los ojos, para asegurar su aplomo, o ayudar a su imaginación, mirando de reojo al conde, cuya sonrisa anunciaba siempre la más benévola curiosidad.

-Sí, señor -dijo-; falta que yo quería ocultar a los ojos de todos.

-No por vos -dijo Montecristo-, porque un hombre no se inquieta por esas cosas.

-¡Oh!, no por mí, ciertamente -dijo el mayor sonriendo maliciosamente.

-Sino por su madre --dijo el conde.

-¡Eso es! -exclamó el mayor tomando un tercer bizcocho-, ¡por su pobre madre!

-Bebed, querido Cavalcanti -dijo Montecristo llenando un tercer vaso-; la emoción os embarga.

-¡Por su pobre madre! -murmuró el mayor haciendo los mayores esfuerzos por humedecer sus párpados con una falsa lágrima.

-¿Que según tengo entendido, pertenecía a las primeras familias de Italia?, según creo.

-¡Patricia de Fiesole, señor conde, patricia de Fiesole!

-¿Y se llamaba. .. ?

-¿Deseáis saber su nombre?

-Es inútil que me lo digáis -dijo el conde-; lo sé yo.

-El señor conde lo sabe todo -dijo el mayor inclinándose.

-Olivia Corsinari, ¿no es verdad?

-¡Olivia Corsinari!

-¿Marquesa...?

-¡Marquesa!

-Y finalmente os casasteis con ella, a pesar de la oposición de la familia...

-Señor conde, al fin y al cabo me casé. –

¿Y traéis en regla los papeles? -repuso Montecristo.

-¿Qué papeles? -preguntó el mayor.

-Vuestra acta de casamiento con Olivia Corsinari y la fe de bautismo del niño. ¿No se llamaba Andrés?

-Creo que sí -dijo el mayor.

-¡Cómo!, ¿no estáis seguro?

-¡Diantre! , hace mucho tiempo que le he perdido.

-Es justo -dijo Montecristo-. En fin, ¿traéis todos esos papeles?

-Señor conde, con gran sentimiento de mi parte, os anuncio que no sabiendo lo necesarios que eran, se me olvidó traerlos.

-¡Diablo! -exclamó el conde.

-¿Tanto urgían?

-Como que son indispensables.

El mayor se rascó la frente.

-¡Ah! , per Baccho -dijo-, ¡indispensables!

-Claro está; ¿y si surgiesen aquí algunas dudas acerca de vuestro casamiento, de la legitimidad de vuestro hijo?

-Es verdad -dijo el mayor-; podría muy bien suceder.

-Eso sería muy triste para ese joven.

-Sería fatal.

-Pudiera hacerle perder algún magnífico casamiento.

-O peccato!

-En Francia, ya comprenderéis, hay en este asunto mucha severidad; no basta, como en Italia, ir a buscar un sacerdote y decide: nos amamos, echadnos la bendición. Hay casamiento civil, y para casarse civilmente se necesitan papeles que hagan Constar la identidad de las personas.

-Pues ahí está la desgracia; me faltan esos documentos.

-Por fortuna los tengo yo -dijo Montecristo.

-¿Vos?

-Sí.

-¿Que vos los tenéis?

-Sí.

-¡Ah! -dijo el mayor-, he aquí una felicidad que yo no esperaba.

-¡Diantre!, ya lo creo; no se puede pensar en todo a la vez.

-Otro, felizmente el abate Busoni, ha pensado en ello en lugar

-¡Oh! , el abate, ¡qué hombre tan amable!

-¡Es un hombre precavido!

-Es un hombre admirable -dijo el mayor-; ¿y os los ha enviado?

-Aquí están.

El mayor juntó las manos en señal de admiración.

-Os habéis casado con Olivia Corsinari en la iglesia de San Pablo de Monte Cattini; aquí tenéis el certificado del sacerdote.

-Sí, a fe mía, éste es -dijo el mayor, mirándolo estupefacto.

-Y ésta es la partida de bautismo de Andrés Cavalcanti, dada por el cura de Saravezza.

-Todo está en regla -dijo el mayor.

-Tomad, entonces, estos papeles, que a mí no me hacen ninguna falta; los entregaréis a vuestro hijo, que los guardará cuidadosamente.

-¡Ya lo creo... ! ¡Si los perdiese!

-Si los perdiese, ¿qué? -preguntó Montecristo.

-Sería muy difícil procurarse otros -repuso el mayor.

-Muy difícil, en efecto-dijo Montecristo.

-Casi imposible -respondió el mayor.

-Me alegro que comprendáis el valor de esos documentos.

-Los miro como impagables.

-Ahora -dijo Montecristo-, en cuanto a la madre del joven...

-En cuanto a la madre del joven... -repitió el mayor lleno de inquietud.

-En cuanto a la marquesa Corsinari...

-¡Dios mío! -dijo el mayor, quien a cada palabra se enredaba en una nueva dificultad-; ¿tendrían acaso necesidad de ella?

-No, señor-repuso Montecristo-, por otra parte ha...

-¡Ah, sí! -dijo el mayor-, ha... -Pagado su tributo a la naturaleza.. .

-¡Ah, sí! -dijo vivamente el mayor.

-Ya lo sé -repuso Montecristo-, murió hace diez años.

-Y todavía lloro yo su muerte, señor -dijo el mayor, sacando de su bolsillo un pañuelo a cuadros y enjugándose alternativamente primero el ojo izquierdo, después el derecho.

-¿Qué queréis? -dijo Montecristo-, todos somos mortales. Ahora, ya comprenderéis, señor Cavalcanti, que es inútil que en Francia se sepa que estáis separado desde hace quince años de vuestro hijo. Todas estas historias de gitanos que roban niños no están en

toga entre nosotros. Vos le habéis enviado a instruirse a un colegio de provincia, y queréis que acabe su educación en el mundo parisiense. He aquí por qué habéis salido de Vía Regio, donde vivíais desde la muerte de vuestra mujer. Esto bastará.

-¿Lo creéis así?

.-Así lo creo.

-Pues entonces, muy bien.

-Si supiesen algo de esta separación...

-¡Ah!, sí, ¿qué decía?

-Que un preceptor infiel, vendido a los enemigos de vuestra familia...

-¿A los Corsinari?

-En efecto..., había robado a ere niño para que se extinguiese vuestro nombre.

-Exacto, puesto que es hijo único...

-¡Pues bien!, ahora que todo lo sabéis, ¿sin duda habéis adivinado que os preparaba una sorpresa?

-¿Agradable? -preguntó el mayor.

-¡Ah! -dijo Montecristo-, observo que nada se escapa a los ojos ni al mrazón de un padre.

-¡Hum! --exclamó el mayor.

-¿Os han hecho alguna revelación indiscreta, o habéis adivinado que estaba aquí?

-¿Quién?

-Vuestro hijo, vuestro Andrés.

-Lo he adivinado -respondió el mayor con la mayor flema del mundo--, ¿de modo que está aquí?

-Aquí mismo -dijo Montecristo-; al entrar hace poco el criado, me anunció su llegada.

-¡Ah!, ¡perfectamente, perfectamente! -dijo el mayor cruzando las manos y arrimándoselas al pecho a cada exclamación.

-Señor mío, comprendo vuestra emoción -dijo Montecristo-; es preciso daos tiempo para que os repongáis; quiero también preparar al joven para esta entrevista tan deseada. Porque yo presumo que no estará menos impaciente que vos.

Cavalcanti dijo:

-¡Ya lo creo!

-¡Pues bien!, dentro de un cuarto de hora estaré con vos.

-¿Me lo vais a traer? ¿Llevaréis vuestra amabilidad hasta el extremo de presentármelo?

-No; yo no quiero colocarme entre un padre y un hijo; estaréis solos, señor mayor; pero tranquilizaos, en el caso en que no le reconocierais, os daré algunas señas: es un joven rubio, demasiado rubio, de modales desenvueltos, esto os bastará.

-A propósito -dijo el mayor-; sabéis que no traje conmigo más que los dos mil francos que tuvo la bondad de darme el bueno del abate Busoni... Con esto he hecho el viaje y...

-Y necesitáis dinero..., es muy natural, querido señor Cavalcanti; tomad, aquí tenéis ocho billetes de mil francos para empezar.

Los ojos del mayor brillaron de codicia.

-Os quedo a deber cuarenta mil francos -dijo el conde.

-¿Quiere vuestra excelencia un recibo? -dijo el mayor introduciendo los billetes en uno de los bolsillos de su chaleco, de una hechura antiquísima.

-¿Para qué?

-Para arreglar vuestras cuentas con el abate Busoni.

-Ya me daréis un recibo global cuando tengáis en vuestro poder los cuarenta mil francos que aún no os he dado. Entre hombres honrados, siempre están de más semejantes precauciones.

-¡Ah, sí, es verdad -dijo el mayor-, entre hombres honrados!

-Escuchad ahora una palabrita, marqués.

-Decid.

-¿Me permitís una ligera observación?

-¡Oh, señor conde, os la suplico!

-Haríais bien en quitaros ese chaleco, que más bien parece una chupa.

-¿De veras? -dijo el mayor sonriéndose.

-Sí, eso aún se lleva en Vía Regio; pero en París hace mucho tiempo que ha pasado esa moda, por elegante que sea.

-¡Caramba! -dijo el mayor-. Lo haré así.

-Si queréis, ahora os podéis mudar.

-¿Pero qué queréis que me ponga?

-Lo que encontréis en vuestras maletas.

-¿Cómo en mis maletas?, si no he traído ninguna.

-Tratándose de vos, no lo dudo. ¿Para qué os habíais de incomodar? Por otra parte, un antiguo soldado gusta siempre de llevar poco equipaje.

-Esa es la verdad...

-Pero vos sois hombre precavido y habéis enviado antes vuestras maletas. Ayer llegaron a la fonda de los Príncipes, calle de Richelieu. Allí creo que es donde habéis fijado vuestra morada.

-Luego, entonces, en esas maletas...

-Supongo que vuestro mayordomo habrá tenido la precaución de hacer encerrar en ellas todo lo que necesitéis: trajes de calle,

uniformes. En ciertas circunstancias os vestiréis de uniforme, es una costumbre establecida aquí. No olvidéis vuestras cruces. De esto se burlan bastante en Francia, pero todos los que las tienen las llevan.

-¡Bravo, bravo, bravísimo! -exclamó el mayor cada vez más sorprendido.

-Y ahora -dijo Montecristo-, ahora que vuestro corazón está preparado para recibir una fuerte emoción, disponeos, señor Cavalcanti, a volver a ver a vuestro hijo Andrés.

Y haciendo una gentil inclinación al mayor, desapareció Montecristo por una puertecita oculta hasta entonces por un tapiz.