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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 54. El alza y la baja
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Transcurridos unos días, después del encuentro referido en el capítulo anterior, Alberto de Morcef fue a hacer una visita al conde de Montecristo, a su casa de los Campos Elíseos, que había adquirido ya el aspecto de palacio que acostumbraba a dar el conde de Montecristo aun a sus moradas más provisionales. Iba a reiterarle las gracias de la señora de Danglars.

Alberto iba acompañado de Luciano Debray, el cual unió a las palabras de su amigo algunas frases corteses, que no le eran habituales, y cuyo fin no pudo penetrar el conde.

Parecióle que Luciano venía a verle impulsado por un sentimiento de curiosidad, y que la mitad de este sentimiento emanaba de la calle de la Chaussée d'Antin. En efecto, era de suponer, sin temor de engañarse, que al no poder la señora Danglars conocer por sus propios ojos el interior de un hombre que regalaba caballos de treinta mil francos, y que iba a la ópera con una esclava griega que llevaba un millón en diamantes, había suplicado a la persona más íntima que le diese algunos informes acerca de tal interior. Mas el conde aparentó no sospechar que pudiera haber la menor relación entre la visita de Luciano y la curiosidad de la baronesa.

-¿Mantenéis las relaciones casi continuas con el barón Danglars? -preguntó a Alberto de Morcef.

-¡Oh!, sí, señor conde; bien sabéis lo que os he dicho.

-¿Todavía continúa eso?

-Más que nunca-dijo Luciano-, es un negocio corriente.

Y juzgando sin duda Luciano que esta palabra mezclada en la conversación le daba derecho a permanecer extraño a ella, colocó su lente en su ojo, y mordiendo el puño de oro de su bastón, comenzó a pasear lentamente alrededor de la sala, examinando las armas y los cuadros.

-¡Ah! -dijo Montecristo-. Al oíros hablar de eso no creía, en verdad, que se hubiese tomado ya una resolución.

-¿Qué queréis? Las cosas marchan sin que nadie lo sospeche; mientras que vos no pensáis en ellas, ellas piensan en vos, y cuando volvéis os quedáis asombrado del gran trecho que han recorrido. Mi padre y el señor Danglars han servido juntos en España, mi padre en el ejército, el señor Danglars en las provisiones. Allí fue donde mi padre, arruinado por la revolución, y el señor Danglars, que no tenía patrimonio, empezaron a hacerse ricos.

-Sí, efectivamente -dijo Montecristo-, creo que durante la visita que le he hecho, el señor Danglars me ha hablado de eso -y dirigió una mirada a Luciano, que en aquel momento estaba hojeando un álbum-. La señorita Eugenia es una joven bellísima, creo que se llama Eugenia, ¿verdad?

-Bellísima -respondió Alberto-, pero de una belleza que yo no aprecio; soy indigno de ella.

-¡Habláis de vuestra novia como si ya fueseis su marido!

-¡Oh! -exclamó Alberto, mirando lo que hacía Luciano.

-¿Sabéis? -dijo Montecristo, bajando la voz-, que no me parecéis muy entusiasmado con esa boda?

-La señorita Danglars es demasiado rica para mí -dijo Morcef-, eso me asusta.

-¡Bah! -dijo Montecristo-, razón de más, ¿no sois vos también rico?

-Mi padre tiene algo..., como unas cincuenta mil libras de renta, y me dará diez o doce mil cuando me case.

-Algo modesto es eso, sobre todo en París; pero no todo consiste en el dinero, algo valen un nombre esclarecido y una elevada posición social. Vuestro nombre es célebre, vuestra posición magnífica; y además, el conde de Morcef es un soldado, y gusta ver que se enlazan la integridad de Bayardo con la pobreza de Duguesclin; el desinterés es el rayo de sol más hermoso a que puede relucir una noble espada. Yo encuentro esta unión muy conveniente; ¡la señorita Danglars os enriquecerá y vos la ennobleceréis!

Alberto movió la cabeza y quedóse pensativo.

-Aún hay más -dijo.

-Confieso -repuso Montecristo- que me cuesta trabajo el comprender esa repugnancia hacia una joven hermosa y rica.

-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Morcef-, esa repugnancia no es tan sólo de mi parte.

-¿De quién más?, porque vos mismo me habéis dicho que vuestro padre deseaba ese enlace.

-De parte de mi madre; y la ojeada de mi madre es prudente y segura. ¡Pues bien!, no se sonríe al hablarle yo de esta unión, tiene yo no sé qué prevención contra los Danglars.

-¡Oh! -dijo el conde con un tono algo afectado-, eso se concibe fácilmente. La condesa de Morcef, que es la distinción, la aristocracia, la delicadeza personificada, vacila en tocar una mano basta, grosera y brutal; nada más sencillo.

-Yo no sé si es eso -dijo Alberto-; pero lo que sé es que este casamiento la hará desgraciada. Ya debían haberse reunido para hablar del asunto hace seis semanas; pero tuve tales dolores de cabeza...

-¿Verdaderos...? -dijo el conde sonriendo.

-¡Oh!, sí, sin duda el miedo..., en fin, aplazaron la cita hasta pasados dos meses. No corría prisa, como comprenderéis; yo no tengo todavía más que veintiún años, y Eugenia diecisiete; pero los dos meses expiran la semana que viene. Se consumará el sacrificio; no podéis comprender, conde, qué apurado me encuentro... ¡Ah!, ¡qué dichoso sois al ser libre!

-¡Pues bien!, sed libre también, ¿quién os lo impide?, decid.

-¡Oh!, sería un desengaño muy grande para mi padre si no me casara con la señorita Danglars.

-Pues casaos, entonces -dijo el conde, encogiéndose de hombros.

-Sí -dijo Morcef-; mas para mi madre no sería eso desengaño, sino una pesadumbre mortal.

-Entonces no os caséis -exclamó el conde.

-Yo veré, lo reflexionaré, vos me daréis consejos, ¿no es verdad?; y si es posible, me libraréis del compromiso. ¡Oh!, por no dar un disgusto a mi pobre madre, sería yo capaz de quedar reñido hasta con el conde, mi padre.

Montecristo se volvió; parecía sumamente conmovido.

-¡Vaya! -dijo a Debray, que estaba sentado en un sillón, en un extremo del salón, con un lápiz en la mano derecha y en la izquierda una cartera-, ¿hacéis álgún croquis de uno de estos cuadros?

-¿Yo? -dijo tranquilamente-. ¡Oh!, sí, un croquis; amo demasiado la pintura para eso. No; estoy haciendo números.

-¿Números?

-Sí, calculo; esto os atañe indirectamente, vizconde; calculo lo que la casa Danglars ha debido ganar en la última alza de Haití; de 206 subieron los fondos en tres días a 409, y el prudente banquero había comprado mucho a 206. Ha debido ganar, por lo menos, 300 000 libras.

-No es ésa su mejor jugada -dijo Morcef-, no ha ganado este año un millón. ..

-Escuchad, querido -dijo Luciano-, escuchad a Montecristo, que os dirá, como los italianos:

Denaro a santità

Metá della metá.

Y es mucho todavía. Así, pues, cuando me hablan de eso me encojo de hombros.

-¿Pero no hablabais de Haití? -dijo Montecristo. -¡Oh!, Haití; eso es otra cosa; ese écarté del agiotaje francés. Se puede amar el whist, el boston, y sin embargo, cansarse de todo esto; el señor Danglars vendió ayer a 409 y se embolsó 300 000 francos; si hubiese esperado a hoy, los fondos bajaban a 205, y en vez de ganar 300 000, perdía 20 ó 25 000.

-¿Y por qué han bajado los fondos de 409 a 205? -preguntó Montecristo-. Perdonad, soy muy ignorante en todas estas intrigas de bolsa.

-Porque -respondió Alberto- las noticias se siguen unas a otras y no se asemejan.

-¡Ah, diablo! -dijo el conde-. ¿El señor Danglars juega a ganar o perder 300 000 francos en un día? ¡Será inmensamente rico!

-¡No es él quien juega! -exclamó vivamente Luciano-, es la señora Danglars; es una mujer verdaderamente intrépida.

-Pero vos que sois razonable, Luciano, y que conocéis la poca seguridad de las noticas, pues que estáis en la fuente, debierais impedirlo-, dijo Morcef sonriendo.

-¿Cómo es eso posible, si a su marido no le hace ningún caso? -respondió Luciano-. Vos conocéis el carácter de la baronesa; nadie tiene influencia sobre ella, y no hace absolutamente sino lo que quiere.

-¡Oh, si yo estuviera en vuestro lugar... ! -dijo Alberto.

-¿Y bien?

-Yo la curaría; le haría un favor a su futuro yerno.

-¿Pues cómo?

-Nada más sencillo. Le daría una lección.

-¡Una lección!

-Sí; vuestra posición de secretario del ministro hace que dé mucha fe a vuestras noticias; apenas abrís la boca y al momento son taquigrafiadas vuestras palabras. Hacedle perder unos cuantos miles de francos, y esto la volverá más prudente.

-No os entiendo -murmuró Luciano.

-Pues bien claro me explico -respondió el joven, con una sencillez que nada tenía de afectada-; anunciadle el mejor día una noticia telegráfica que sólo vos hayáis podido saber; por ejemplo, que a Enrique IV le vieron ayer en casa de Gabriela; esto hará subir los fondos; ella obrará inmediatamente, según la noticia que le hayáis dado, y seguramente perderá cuando Beauchamp escriba al día siguiente en su periódico:

«Personas mal informadas han dicho que el rey Enrique IV fue visto anteayer en casa de Gabriela; esta noticia es completamente falsa; el rey Enrique IV no ha salido de Pont-Neuf.»

Luciano se sonrió.

El conde, aunque indiferente en la apariencia, no había perdido

una palabra de esta conversación, y su penetrante mirada creyó leer un secreto en la turbación del secretario del ministro.

De esta turbación de Luciano, que no fue advertida por Alberto, resultó que Debray abreviase su visita; se sentía evidentemente disgustado. El conde, al acompañarle hacia la puerta, le dijo algunas palabras en voz baja, a las cuales respondió:

-Con mucho gusto, señor conde, acepto.

Montecristo se volvió hacia Morcef.

-¿No pensáis -le dijo- que habéis hecho mal en hablar de vuestra suegra delante de Debray?

-Escuchad, conde -dijo Morcef-, no digáis en adelante una palabra acerca de esto.

-Decid la verdad, ¿la condesa se opone a ese matrimonio?

-Rara vez viene a casa la baronesa, y mi madre creo que no ha estado dos veces en su vida en la de la señora Danglars.

-Entonces -dijo el conde- eso me alienta a hablaros con franqueza: el señor Danglars es mi banquero; el señor de Villefort me ha colmado de atenciones en agradecimiento al servicio que una dichosa casualidad me proporcionó hacerle. Bajo todo esto yo descubro una infinidad de comidas y diversiones, y además, para tener siquiera el mérito de adelantarme, si queréis, he proyectado reunir en mi casa de campo de Auteuil al señor y señora Danglars, y al señor y señora Villefort. Yo os invito a esa comida, así como al señor conde y a la señora condesa de Morcef; esto, sin que nadie sospeche que ha de ser una entrevista matrimonial; por lo menos, la señora condesa de Morcef no considerará la cosa así, sobre todo si el barón Danglars me hace el honor de no traer a su hija. De lo contrario, vuestra madre me cobraría antipatía; de ningún modo quiero yo que suceda esto, y haré todo lo posible por que nó llegue a odiarme.

-A fe mía, conde --dijo Morcef-, os doy mil gracias por esa franqueza que usáis conmigo, y acepto la proposición que me hacéis. Decís que no queréis que mi madre os cobre antipatía, y sucede todo lo contrario.

-¿Lo creéis así? -exclamó el conde con interés.

-¡Oh!, estoy seguro. Cuando os separasteis el otro día dè nosotros estuvimos hablando una hora de vos; pero vuelvo a lo que decíamos antes. ¡Pues bien!, si mi madre pudiese saber esa atención de vuestra parte, estoy seguro de que os quedaría sumamente reconocida; es verdad que mi padre se pondría furioso.

Montecristo soltó una carcajada.

-¡Y bien! -dijo a Morcef-, ya estáis prevenido. Pero ahora que me acuerdo, no sólo vuestro padre se pondrá furioso; el señor y la señora Danglars me considerarán como a un hombre de malas maneras. Saben que nos tratamos con cierta intimidad, que sois mi amigo parisiense más antiguo, y si no os encuentran en mi casa, me preguntarán por qué no os he invitado. Al menos, buscad un compromiso anterior que tenga alguna apariencia de probabilidad, y del cual me daréis parte por medio de cuatro letras. Ya sabéis, con los banqueros, sólo los escritos son válidos.

-Yo haré otra cosa mejor, señor conde -dijo Alberto-; mi padre quiere ir a respirar el sire del mar. ¿Qué día tenéis señalado para vuestra comida?

-El sábado.

-Hoy es martes, bien; mañana por la tarde partimos, y pasado estaremos en Tréport. ¿Sabéis, señor conde, que sois un hombre muy complaciente en proporcionar así a todas las personas su comodidad?

-¡Yo!, en verdad que me tenéis en más de lo que valgo, deseo seros útil y nada más.

-¿Qué día empezaréis a hacer las invitaciones?

-Hoy mismo.

-¡Pues bien!, corro a casa del señor Danglars, y le anuncio que mañana mi madre y yo saldremos de París. Yo no os he visto; por consiguiente, no sé nada de vuestra comida.

-¡Qué loco sois! ¡Y el señor Debray, que acababa de veros en mi casa!

-¡Ah!, es cierto.

-Al contrario, os he visto y os he convidado aquí sin ceremonia, y me habéis respondido ingenuamente que no podíais aceptar porque partíais para Tréport.

-¡Pues bien!, ya está todo arreglado; pero vos vendréis a ver a mi madre entre hoy y mañana.

-Entre hoy y mañana es difícil; porque estaréis ocupados en vuestros preparativos de viaje.

-¡Pues bien!, haced otra cosa; antes no erais más que un hombre encantador; seréis un hombre adorable.

-¿Qué he de hacer para llegar a esa sublimidad?

-¿Qué habéis de hacer?

-Sí, eso es lo que os pregunto.

-Sois libre como el sire; venid a comer conmigo; seremos pocos: vos, mi madre y yo solamente. Aún no habéis casi conocido a mi madre, pero la veréis de cerca. Es una mujer muy notable, y no siento más que una cosa, y es no encontrar una mujer como ella con

veinte años menos; pronto habría, os lo juro, una condesa y una vizcondesa de Morcef. En cuanto a mi padre, no le encontraréis en casa; está de comisión, y come en la del gran canciller. Venid, hablaremos de viajes; vos que habéis visto el mundo entero, nos hablaréis de vuestras aventuras; nos contaréis la historia de aquella bella griega que estaba la otra noche con vos en la ópera, a la que llamáis vuestra esclava, y a quien tratáis como a una princesa. Hablaremos italiano y español, ¿aceptáis?, mi madre os dará las gracias.

-También yo os las doy -dijo el conde-; el convite es de los más halagüeños, y siento vivamente no poder aceptarlo. Yo no soy libre, como pensáis; y tengo, por el contrario, una cita de las más importantes.

-¡Ah!, acordaos, conde, que me acabáis de enseñar cómo se zafa uno de las cosas desagradables. Necesito una prueba. Afortunadamente, yo no soy banquero como el señor Danglars, pero os prevengo que soy tan incrédulo como él.

-Por lo mismo, voy a dárosla -dijo el conde.

Y llamó.

-¡Hum! -dijo Morcef-; ya son dos veces seguidas que rehusáis comer con mi madre. ¿Habéis tomado ese partido, conde?

Montecristo se estremeció.

-¡Oh!, no lo creáis -dijo-; además, pronto os demostraré lo contrario.

Bautista entró y se quedó a la puerta en pie y esperando.

-Yo no estaba prevenido de vuestra visita, ¿no es verdad?

-Sois tan extraordinario, que no aseguraría que no lo estuvieseis.

-Por lo menos, ¿no podía adivinar que me invitaríais a comer?

-¡Oh!, en cuanto a eso, es probable.

-Escuchad, Bautista: ¿qué os dije yo esta mañana, cuando os llamé a mi gabinete de estudio?

-Que no dejase entrar a nadie a ver al señor conde después de las cinco -respondió el criado.

-¿Y qué más?

-¡Oh!, señor conde... -dijo Alberto.

-No, no, quiero absolutamente librarme de esa reputación misteriosa que me habéis adjudicado, mi querido vizconde: es muy difícil representar eternamente el Manfredo. ¿Qué más.. . ?, continuad, Bautista.

-En seguida no recibir más que al señor mayor Bartolomé Cavalcanti y a su hijo.

-Ya lo oís, al señor mayor Bartolomé Cavalcanti, de la más antigua nobleza de Italia; además, su hijo, un apuesto joven de vuestra edad, o poco más, vizconde, que lleva el mismo título que vos, y que hace su entrada en el mundo con los millones de su padre. El mayor me trae esta tarde a su hijo Andrés, el contessino, como decimos en Italia. Me lo confía y yo lo protegeré si tiene algún mérito. Me ayudaréis, ¿no es así?

-¡Desde luego! ¿Es algún antiguo amigo vuestro ese mayor Cavalcanti? -preguntó Alberto.

-No, por cierto, es un digno señor, muy modesto, discreto, como muchos de los que hay en Italia, descendiente de una de las más antiguas familias. Lo he encontrado muchas veces en Florencia, en Bolonia, en Luca, y me ha avisado de su llegada. Los conocimientos de viaje son exigentes, reclaman de vos en todas partes la amistad que se les ha manifestado una vez por casualidad. Este mayor Cavalcanti va a volver a París, que no ha visto más que de paso en tiempos del Imperio, y va a helarse a Moscú. Yo le daré una buena comida y me dejará su hijo; le prometeré vigilarle, le dejaré hacer todas las locuras que quiera y estamos en paz.

-¡Estupendo! -dijo Alberto-; veo que sois un excelente mentor. Adiós, pues, estaremos de vuelta el domingo. A propósito, he recibido noticias de Franz.

-¡Ah!, ¿de veras? -dijo Montecristo-; ¿sigue divirtiéndose en Italia?

-Creo que sí; no obstante, os echa mucho de menos. Dice que sois el sol de Roma, y que sin vos está eclipsado. Yo no sé si aun llega a decir que llueve. Aún persiste en errores fantásticos, y he aquí por lo que os echa de menos.

-Es un muchacho muy simpático -dijo Montecristo--, y por el cual he sentido una viva simpatía la primera tarde que le vi buscando una cena cualquiera, y que tuvo a bien aceptar la mía. Creo que es hijo del general d'Epinay.

-Justamente.

-El mismo que fue tan vilmente asesinado en 1815.

-¿Por los bonapartistas?

-¡Cierto! ¿No tiene él proyectos de matrimonio?

-Sí, debe casarse con la señorita de Villefort.

-¿Es eso cierto?

-Tan cierto como que yo debo casarme con la señorita Danglars -respondió Alberto riendo.

-¿Os reís?

-Sí.

-¿Y por qué?

-Porque creo que Franz tiene tanta simpatía por su matrimonio

como la hay entre la señorita Danglars y yo. Pero, en verdad, conde, que hablamos de las mujeres como las mujeres hablan de los hombres; esto es imperdonable.

Alberto se levantó.

-¿Os vais?

-Me gusta la pregunta: hace dos horas que os estoy molestando y tenéis la bondad de preguntarme si me voy.

-¡Oh!, de ningún modo.

-¡En verdad, conde, sois el hombre más diplomático de la tierra! Y vuestros criados, ¡qué bien educados están! ¡Especialmente, el señor Bautista! Jamás he podido tener uno como ése. Los míos parece que toman el ejemplo de los del teatro francés, que, precisamente porque no tienen que decir más que una palabra, siempre la dicen mal. Conque si despedís alguna vez a Bautista, os lo pido para mí antes que nadie.

-Convenido -respondió Montecristo.

-No es esto todo; saludad de mi parte a vuestro discreto mayor, al señor de Cavalcanti, y si por casualidad desease establecer a su hijo, buscadle una mujer muy rica, noble, baronesa cuando menos, yo os ayudaré por mi parte.

-¡Vaya! ¿Hasta eso llegaríais?

-Sí, sí.

-¡Oh!, no se puede decir de esta agua no beberé.

-¡Ah, conde! -exclamó Morcef-, qué gran favor me haríais y cómo os apreciaría cien veces más si lograseis dejarme soltero siquiera por diez años.

-Todo es posible -respondió gravemente Montecristo, y despidiéndose de Alberto entró en su habitación y llamó tres veces con el timbre.

Bertuccio compareció.

-Señor Bertuccio -le dijo-, ya sabéis que el sábado recibo en mi casa de Auteuil.

Bertuccio se estremeció levemente.

-Bien, señor-dijo.

-Os necesito -continuó el conde-, para que todo se prepare como sabéis. Aquella casa es muy hermosa, o al menos puede llegar a serlo.

-Para eso sería preciso cambiarlo todo, señor conde; las paredes han envejecido.

-Cambiadlo todo, excepto una sola habitación; la de la alcoba de damasco encarnado; la dejaréis tal como está actualmente.

Bertuccio se inclinó.

-Tampoco tocaréis el jardín; pero del patio haréis lo que mejor os parezca; me alegraría de que nadie pudiese reconocerlo.

-Haré todo lo que pueda para que el señor conde quede satisfecho; sin embargo, quedaría más tranquilo si quisiera vuestra excelencia darme sus instrucciones para la comida.

-En verdad, mi querido señor Bertuccio -dijo el conde-, desde que estáis en París, os encuentro desconocido; ¿no os acordáis ya de mis gustos, de mis ideas?

-Pero, en fin, ¿podría decirme vuestra excelencia quién asistirá? -Aún no lo sé, y tampoco vos tenéis necesidad de saberlo.

Bertuccio se inclinó y salió.