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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 116. El Perdón
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Al día siguiente Danglars volvió a tener hambre. El aire de aquella caverna despertaba a más no poder el apetito. El prisionero creyó que en todo aquel día no tendría que hacer nuevos gastos. Como hombre económico había ocultado la mitad del pollo y un pedazo de pan en un rincón del cuarto. Pero después de comer tuvo sed. No había contado con ello. Luchó contra la sed hasta el momento en que sintió la lengua reseca pegársele al paladar. Entonces llamó, no pudiendo resistir más tiempo el fuego que le consumía. El centinela abrió la puerta; era una cara distinta. Pensó que mejor le sería entenderse con su antiguo conocido y llamó a Pepino.

-Aquí me tenéis, excelencia -dijo el bandido presentándose con tal presteza que le pareció de buen agüero a Danglars-, ¿qué queréis?

-Beber -contestó el prisionero.

-Excelencia -dijo Pepino-, ya sabéis que el vino no tiene precio en las cercanías de Roma.

-Dadme agua entonces -dijo Danglars, pensando salir del paso.

-¡Oh!, excelencia, el agua escasea aún más que el vino. ¡Hay tanta sequía!

-Vamos -dijo Danglars-, ¡volvéis a empezar, a lo que parece!

Y sonriéndose como en aire de broma, el desgraciado sentía humedecidas las sienes con el sudor.

-Vamos, vamos, amigo -dijo Danglars viendo que Pepino permanecía impasible-, os pido un vaso de vino, ¿me lo negaréis?

-Os he dicho, excelencia -respondió gravemente Pepino-, que no vendemos al por menor.

-¡Y bien! , entonces dadme una botella.

-¿De cuál?

-Del menos caro.

-Todos son del mismo precio.

-¿Y cuál es?

-Veinticinco mil francos la botella.

-Decid -exclamó Danglars, con indescriptible amargura-, decid que queréis robarme y es más sencillo que hacerlo así paso a paso.

-Es posible -dijo Pepino- que tal sea la intención del señor.

-¿Qué señor?

-Aquel a quien se os presentó anteayer.

-¿Dónde está?

-Aquí.

-Haced que lo vea.

-Es fácil.

Poco después, Luigi Vampa se hallaba ante Danglars.

-¿Me llamáis? -preguntó al prisionero.

-¿Sois el jefe de los que me han traído aquí?

-Sí, excelencia, ¿y qué?

-¿Qué queréis de mí por rescate? Decid.

-Nada más que los cinco millones que lleváis encima.

El banquero sintió oprimido el corazón con un pasmo terrible.

-No tengo más que eso en el mundo, resto de una inmensa fortuna. Si me lo quitáis, quitadme la vida.

-Tenemos prohibido derramar vuestra sangre, excelencia.

-¿Y quién os lo ha prohibido?

-El que manda en nosotros.

-¿Obedecéis a alguien?

-Sí, a un jefe.

-Creía que el jefe erais vos.

-Soy jefe de estos hombres, pero otro lo es mío.

-¿Y ese jefe obedece a alguien?

-Sí.

-¿A quién?

-A Dios.

Danglars permaneció un momento pensativo.

-No os comprendo -dijo.

-Es posible.

-¿Y es ese jefe el que os ha dicho que me tratéis de tal modo?

-Sí.

-¿Con qué objeto?

-Lo ignoro.

-Pero ¿desaparecerá mi bolsa?

-Es probable.

-Vamos -dijo Danglars-, ¿queréis un millón?

-No.

-¿Dos millones?

-No.

-¿Tres millones...?, ¿cuatro...?, veamos, ¿cuatro? Os lo doy a condición de que me pongáis en libertad.

-¿Por qué nos ofrecéis cuatro millones por lo que vale cinco? -dijo Vampa-, eso es una usura, señor banquero, o no entiendo una palabra.

-¡Tomadlo todo! ¡Tomadlo todo!, os digo -exclamó Danglars-, o matadme.

-Vamos, vamos, calmaos, excelencia, os vais a alterar la sangre, y eso os dará apetito para comer un millón por día, ¡sed más económico, demonio!

-¿Y cuando no tenga más dinero que daros? -exclamó Danglars exasperado.

-Entonces tendréis hambre.

-¿Tendré hambre? -dijo Danglars palideciendo.

-Probablemente -respondió Vampa con sorna.

-¿Decís que no queréis matarme?

-No.

-¿Y queréis dejarme morir de hambre?

-Sí, que no es lo mismo.

-¡Y bien, miserables! -exclamó Danglars-, haré fracasar vuestros infames planes. Morir por morir prefiero acabar de una vez. Hacedme sufrir, torturadme, matadme, pero no conseguiréis mi firma.

-Como queráis, excelencia -dijo Vampa. Y salió.

Danglars se arrojó rabiando sobre las pieles de lobo.

¿Quiénes eran esos hombres? ¿Quién era ese jefe visible? ¿Quién era el jefe invisible? ¿Qué proyectos les animaban contra él?, y cuando todo el mundo podía rescatarse, ¿por qué no podía él hacerlo?

¡Oh! , seguramente que la muerte, una muerte pronta y violenta, era un buen medio de burlar a los enemigos encarnizados que parecían perseguir contra él una incomprensible venganza.

-¡Sí, pero morir!

Acaso por primera vez en su larga carrera, Danglars pensaba en la muerte con el deseo y el temor a la vez de morir, pero había llegado el momento para él de detener la vista en el espectro implacable que va en pos de toda criatura, y a cada pulsación del corazón le dice: ¡Morirás!

Danglars parecía una bestia feroz, acosada por la montería, desesperada después, y que a fuerza de su desesperación, consigue finalmente evadirse. Pensó en la fuga, pero los muros eran la roca viva, y a la única salida de la cueva se hallaba un hombre leyendo, por detrás del cual veíanse pasar y repasar sombras armadas de fusiles.

Duróle dos días la resolución de no firmar, después de los cuales pidió de comer y ofreció un millón. Tomáronselo y le sirvieron una suculenta comida.

Desde entonces la vida del desgraciado prisionero fue una tortura perpetua. Había sufrido tanto que no quería exponerse a sufrir más, y cedía a todas las exigencias. Al cabo de cuatro días, una tarde que había comido como en los tiempos de su mejor fortuna, echó sus cuentas y notó que era tanto lo gastado que no le restaban más que cincuenta mil francos.

Entonces sufrió una reacción extraña. Acabando de perder cinco millones, trató de salvar los cincuenta mil francos que le quedaban; antes que entregarlos, se propuso una vida de privaciones y llegó a entrever momentos de esperanza que rayaban en locura. Teniendo olvidado a Dios después de mucho tiempo, comenzó a creer que había obrado milagros, que la caverna podía hundirse, que los carabineros pontificios podían descubrir aquel odioso encierro y salvarle. Pensó en los cincuenta mil francos que le restaban, que eran una suma suficiente para preservarle del hambre, y rogó a Dios se los conservara, y orando lloró.

Tres días transcurrieron de este modo, durante los cuales el nombre de Dios estuvo constantemente, si no en su corazón, en sus labios. A intervalos tenía instantes de delirio, durante los cuales creía ver desde las ventanas en una pobre choza un anciano agonizando en el lecho. Este viejo también moría de hambre.

El cuarto día no era un hombre, era casi un cadáver. Había recogido hasta las últimas migajas de sus comidas, y comenzaba a devorar la estera que cubría el piso de la cueva.

Suplicó entonces a Pepino, como a un ángel guardián, le diese algún alimento, y le ofreció mil francos por un pedazo de pan. Pepino no contestó.

El quinto día se arrastró hasta la entrada de la celda.

-¿No sois cristiano? -dijo incorporándose sobre las rodillas-, ¿queréis asesinar a un hombre que es hermano vuestro ante Dios? ¡Oh!, ¡mis amigos de otro tiempo, mis amigos de otro tiempo! -murmuraba. Y cayó con la frente en el suelo.

Luego, levantándose, gritó con una especie de desesperación:

-¡El jefe!, ¡el jefe!

-Heme aquí -dijo Vampa, apareciendo de repente-, ¿qué queréis otra vez?

-Tomad el oro que me queda -balbució Danglars entregándole la cartera-, y dejadme vivir aquí, en esta caverna. No pido la libertad, sólo pido la vida.

-¿Entonces, sufrís mucho? -preguntó Vampa.

-¡Oh!, sí; sufro, sufro cruelmente.

-Hay, sin embargo, hombres que han sufrido más que vos.

-No lo creo.

-Sí; ¡por mi vida!, murieron de hambre.

El banquero acordóse entonces del anciano que, durante sus horas de alucinamiento, veía a través de las ventanas de la pobre cabaña llorar en el lecho. Golpeóse la frente contra el suelo, dando un gemido.

-Sí -dijo-, es verdad. Hay quienes han sufrido más que yo, pero al menos eran mártires.

-¿Es que al fin os arrepentís? -dijo una voz sombría y solemne, que hizo erizarse los cabellos en la cabeza de Danglars.

Su mirada débil trató de distinguir los objetos, y vio detrás del bandido un hombre envuelto en una capa, y oculto tras una pilastra de piedra.

-¿De qué tengo que arrepentirme? -balbució Danglars.

-Del mal que me habéis hecho -dijo la misma voz.

-¡Oh, sí; me arrepiento, me arrepiento! -exclamó el banquero. Y se golpeó el pecho con el puño desfallecido.

-Entonces os perdono -dijo el hombre soltando la capa y dando algunos pasos para colocarse ante la luz.

-¡El conde de Montecristo! -dijo Danglars, más pálido de terror, que lo que estaba un momento antes de hambre y de miseria.

-Os engañáis, no soy el conde de Montecristo.

-¿Quién sois, entonces?

-Soy el que habéis vendido, entregado, deshonrado, cuya mujer amada habéis prostituído, al que habéis pisoteado para poder encumbraros y alzaros con una gran fortuna, cuyo padre habéis hecho morir de hambre, a quien condenasteis a morir del mismo modo, y que, sin embargo, os perdona, porque tiene asimismo necesidad de ser perdonado: soy ¡Edmundo Dantés!

Danglars lanzó un grito y cayó de rodillas.

-¡Levantaos! -dijo el conde-, tenéis salvada la vida. No han tenido igual suerte vuestros dos cómplices. Uno está loco, otro muerto. Quedaos con los cincuenta mil francos que os restan, os los doy. En cuanto a los cinco millones robados a los hospicios, les han sido ya restituidos por una mano desconocida. Ahora comed y bebed. Esta noche os doy hospedaje.

Después, el conde se volvió y dijo:

-Vampa, cuando ese hombre esté satisfecho, que se vaya libremente.

Danglars permaneció prosternado mientras el conde se alejaba; cuando levantó la cabeza, solamente vio una especie de sombra que desapareció por el corredor y ante la cual se inclinaban los bandidos.

Según había dispuesto el conde, Danglars se vio servido por Vampa, quien mandó traerle el mejor vino y los más exquisitos manjares de Italia, y después, haciéndole montar en su silla de posta, le dejó en el camino, arrimado a un árbol. Así permaneció sin saber dónde se hallaba. Entonces vio que estaba cerca de un arroyo, y como tenía sed, se arrastró hasta él. Al bajarse para beber, vio en el espejo de las aguas que sus cabellos se habían vuelto blancos.